Cuentos valencianos

Part 4

Chapter 43,935 wordsPublic domain

Allí estaban los autores. El _Desgarrat_ al frente y toda la parentela de la _siñá_ Tomasa. Pero lo que más indignaba al tío Sènto era que estuviese allí _Dimòni_ acompañando con su dulzaina las indecentes coplas, cuando el muy ladrón había recibido dos horas antes dos duros como dos soles por su trabajo en la boda. ¡Y cómo se reía aquel hereje cada vez que su amigo el _Desgarrat_ cantaba una desvergüenza!

Había para hacer un disparate.

Lo que más alteraba al tío Sènto, aunque él lo callase, era ver que aquel insulto a su persona lo presenciaba medio pueblo, los mismos que antes le temían o le buscaban humildes e imploraban su favor. Su estrella se eclipsaba. Todos le perdían el respeto después de su calaverada casándose con una chica.

Despertábase su soberbia de hombre rudo acostumbrado a imponer su voluntad, y temblaba de pies a cabeza ante los feroces insultos.

Conformábase con el ruido: que golpeasen cuanto quisieran, pero que no cantase aquel perdido, pues sus coplas le aglomeraban la sangre a los ojos.

Pero el _Desgarrat_ era infatigable, la gente acogía las coplas con aullidos de entusiasmo, y el viejo, ya trastornado, se hacía atrás como si en la oscuridad del _estudi_ fuese a buscar algo.

Aún permaneció en el ventanillo viendo cómo la multitud abría paso a algunos amigos del _Desgarrat_ que conducían en hombros un objeto largo y negro.

--¡Gori, gori, gori! --aullaba la multitud, parodiando el canto de los entierros.

Y el novio vio pasar en la punta de un palo, a guisa de un guión, unos cuernos, enormes, leñosos y retorcidos, y después un ataúd, en cuyo fondo descansaba un monigote con dos grandes marañas de pelo en lugar de las cejas.

¡Cristo, aquello era para él! Ya se atrevían a lanzarle en el rostro aquel apodo de _Sellut_ que nadie había osado proferir en su presencia.

Rugió apartándose del ventanillo, buscó a lo largo de la pared, a tientas en la oscuridad, algo apoyó en su rostro contraído por la rabia y sonaron dos truenos que hicieron parar en seco la ruidosa cencerrada. Había tirado a ciegas, pero tal era su deseo de matar, que hasta estaba seguro de haber acertado.

Se apagaron las rojas antorchas, oyose el rumor de la gente que huía apresurada y algunas gritaban desde la calle:

--¡Pillo... asesino! El _Sellut_ es. _Asómat_, granuja.

Pero el tío Sènto nada oía. Estaba plantado en medio del _estudi_ como asombrado de lo que había hecho, con la caliente escopeta quemándole las manos.

Marieta, poseída de pasmo, gimoteaba en el suelo. Su estertor ansioso era lo único que oía él, y dirigiendo su furia a lo que más cerca tenía, murmuraba con ferocidad:

--_¡Calla... cordóns!... ¡Calla o te mate a tú!..._

El tío Sènto no salió de su estupor hasta que golpearon rudamente la puerta de la calle.

--¡Abran a la Guardia Civil!

Debían estar levantados los criados desde mucho antes, pues la puerta se abrió, acercándose al _estudi_ el ruido de culatas y zapatos claveteados.

Cuando el tío Sènto salió a la calle entre los dos guardias, vio el cadáver del _Desgarrat_ hecho una criba. No se había perdido un perdigón.

Los compañeros del muerto amenazáronle de lejos con sus navajas; hasta _Dimòni_, tambaleando por el vino y la emoción, le apuntaba fieramente con su dulzaina, pero él nada veía, y se alejó cabizbajo, murmurando con amargura:

--¡_Bonica nit de novios_!

La apuesta del _esparrelló_

La oí una tarde de invierno, tumbado en la arena, junto a una barca vieja, sintiendo en los pies los últimos estremecimientos de la inmensa sábana de agua que espumeaba colérica bajo un cielo frío, ceniciento y entoldado.

Nazaret, con su extenso rosario de blancas casuchas, estaba a nuestras espaldas, y a mi lado un viejo pescador, momia acartonada, que parecía bailar dentro de su traje de bayeta amarilla, hinchado de aire. Echábase la gorrilla de seda sobre una oreja y chupaba su pipa con la gravedad de un moro, en cuclillas, trazando con la mano, como un manojo de sarmientos, complicados arabescos en la arena.

Había llovido fuerte allá por las montañas de Teruel; el río arrojaba en el mar su agua arcillosa y fría, y todo el golfo teñíase de un amarillo rabioso, que a lo lejos debilitábase hasta tomar tonos de rosa. La estrecha faja verde que recortaba el límite del horizonte delataba que era un mar lo que parecía inundación de tisana.

Y mientras mirábamos la rojiza extensión, en cuyo límite se marcaba como ligera nubecilla el cabo de San Antonio, la arremangada gente de Nazaret tiraba de los _bolichones_ o se arrojaba en el agua sucia.

El viejo adivinaba el éxito de la pesca. Aquel era un buen día. Iban a caer los _esparrellóns_ como moscas.

Y eso que el _esparrelló_ era el bicho más ladino y malicioso que se paseaba por el golfo.

¿Que no lo sabía yo? Pues atención, que para comprender cómo las gastaba el tal animalito, iba a contarme un cuento, que indudablemente sería un sucedido, pues de no ser así, no se lo habría contado a él su padre.

Y el buen viejo, siempre en cuclillas, sin soltar la pipa comenzó a contarme el _sucedido_ con su seriedad de lobo de playa, en un valenciano pintoresco, cuyas palabras silbaban al pasar por entre las despobladas encías.

* * * * *

También aquel día había crecido el río, y cerca de la orilla resbalaba el _bolichó_ traidoramente por entre las turbias olas, arrastrando hacia la arena seca a los incautos peces, atraídos por la frescura del agua dulce y sucia.

El _esparrelló_ del cuento, panzudo, pequeñito y vivaracho, un pilluelo que correteaba por los escondrijos y rincones del golfo con grave disgusto de su familia, acababa de ver caer a todos los suyos entre las mallas de una red. Se salvó él por ligereza, y como era un perdis y los sentimientos de familia no están muy arraigados en su especie, solo se le ocurrió huir mar adentro, moviendo graciosamente la colita, como si quisiera decir:

--Sálveme yo y perezca la familia: mejor es el agua turbia que el aceite de la sartén.

Pero cerca de la entrada del puerto oyó un poderoso ronquido que conmovía las aguas, como si el suelo del mar se estuviera desgarrando.

El _esparrelló_ dejose caer en línea recta, y en una hondonada abierta por las dragas en el fango, vio tumbado como un canónigo a un _reig_ corpulento, que lo menos pesaba cuatro arrobas; un animalote insolente y matón que cobraba el barato en todo el golfo y apenas movía una agalla hacía temblar a todo el escamado enjambre.

¡Vaya un modo de dormir! Cansado de las aguas verdes y tranquilas cargadas de calor y de luz, le placía la frescura y la semioscuridad del barro líquido que arrastraba el río, y roncaba como si estuviera en una alcoba con las cortinas corridas.

El _esparrelló_ quiso pasar un buen rato con el terrible personaje, pero sus malas intenciones no iban más allá del deseo de divertirse a costa ajena, y se limitó a pasar y repasar por las jadeantes narices del coloso, haciéndole cosquillas con las finas púas de su cola.

Pero bueno era el _reig_ para inquietarse por tales caricias. A fuerza de sufrir cosquillas cesó de roncar y se incorporó un poco moviendo su poderosa cola, pero tumbose sobre el otro costado, y siguió bramando con la tranquilidad del que, seguro de su fuerza, no teme peligros.

--¡Animal! --le gritaba el pececillo junto a una agalla--; ¡animal, despiértate!

--¿Eh? --exclamaba el _reig_ entre dos ronquidos con su bronca voz de borracho.

--Que te despiertes. Hay por ahí un belén de mil demonios. La gente de Nazaret ha roto hostilidades, y a miles se lleva prisioneros a los nuestros.

--Allá vosotros. Eso va con la morralla y no con personas de mi clase.

--Es que para ti también hay. Por arriba va la barca del _Toto_ explorando, y si ha oído tus ronquidos, ahora mismo tienes aquí el _bolichó_ de cuerdas, y mañana estás en la Pescadería hecho cincuenta cuartos.

--¡Cincuenta demonios! --roncó con furia el _reig_, y dando un furioso coletazo abandonó la cama de barro, poniéndose en facha de escapar, mientras al ladino _esparrelló_ le temblaban todas las escamas con las convulsiones de una risita aguda e insolente.

El _reig_ se amoscó al ver que tomaban a broma su prudencia, y avanzando el cuerpo hacia el diminuto bicho, quiso reconocerle en la semioscuridad.

--¿Eres tú, granuja? Tú acabarás mal; y si no fuera porque me tacharían de ingrato, lo que no corresponde a una persona de mi edad y mi peso, ahora mismo te tragaba. ¿Crees tú, mocoso, que me dan miedo todos esos pelambres que vienen a buscarnos en el fondo de las aguas? Soy demasiado guapo para dejarme coger. Pregúntale a ese _Toto_ de quien hablas cuántas veces de una _morrá_ le he roto el bolinchón de cuerdas. Si repito muchas veces la fiesta le arruino. Pero tengo conciencia; antes que hacer daño a un padre de familia prefiero huir a tiempo, y me va tan ricamente con este sistema, que mientras los de mi familia han ido a morir faltos de respiración en la playa, yo escapo siempre, y aquí me han de caer las escamas de puro viejo.

--Lo mismo soy yo --dijo con petulancia el pececillo--; los míos se han dejado arrastrar, pero a mí no me falta ligereza, y aquí estoy. Es gran cosa el ser pequeño.

--Quita allá, bicho ruin. Lo que vale es ser grande como yo, con más fuerza que un caballo y capaz de llevarse por delante de un empujón todas las redes de esos pelagatos.

Y para demostrar su fuerza, en menos de un segundo dio dos o tres coletazos con la aviesa intención de pillar desprevenido al _esparrelló_, y con tanto empuje, que si lo alcanza lo revienta.

Pero el granuja se echó a un lado oportunamente, amoscado por tan villanas caricias.

--Fuerte sí que lo eres; convenido. Si no salto me partes, y eso no está bien entre personas decentes, que deben ser agradecidas. Pero en cambio soy más ligero: corro más que tú. Mira como tu cola no me alcanza.

--¿Tú correr más?... ¡Jo! ¡jo! ¡jo!

Tan graciosa era la afirmación del petulante pececillo, que el _reig_ se revolcaba con convulsiones de risa, y sus carcajadas, sonoras como ronquidos, hacían hervir el agua.

--Calla, condenado, que el _Toto_ debe andar por arriba.

La advertencia devolvió al _reig_ su seriedad, pero le cargaba que aquel bicho insignificante sacara a colación a cada momento el nombre del pescador, y quiso vengarse.

--¿Que tú corres más? --dijo con su expresión de jaque testarudo--; eso pronto se verá. Hagamos una apuesta: a ver quién llega antes al cabo de San Antonio. Apostaremos... ¡vaya! ya está. Si yo llego antes te dejarás comer en castigo a tu fanfarronería, y si quedo rezagado te protegeré siempre y seré tu siervo. ¿Conviene, chiquitín?

¡Pobre _esparrelló_! Le temblaban todas las escamas al verse metido en porfía con tan peligroso bruto, pero entre ser devorado al momento o de allí a unas horas, optó por lo último.

--Conforme, grandullón --contestó con risita forzada--; cuando quieras empezaremos.

--Vamos a las aguas verdes, que esto está turbio.

Y lentamente, moviendo con indolencia la cola, como dos buenos amigos que salen a tomar el fresco, el _reig_ y el _esparrelló_ llegaron al sitio donde se aclaraban las aguas con un dulce tono de esmeralda líquida.

El gigante dio unos cuantos coletazos alegres, roncó, haciendo hervir el agua con sonoras burbujas, y se puso en facha para correr.

--Mira, chiquitín: sé que te quedarás atrás, pero no pienses en huir, porque te buscaría por todo el golfo. Aunque grandote, no soy tan bruto como crees.

--Menos palabras, y al avío.

--¿Vaya, chiquillo?

--Cuando quieras.

--Pues ¡va!

¡Caballeros y qué modo de correr! Aquel _reig_ era una tempestad. Al primer coletazo salió como un rayo, envuelto en espuma, moviendo un estrépito de todos los demonios. Tan ciego iba, que casi se estrelló los morros contra la popa de una fragata inglesa cargada de guano que había naufragado veinte años antes y estaba hundida en la arena como una carroña carcomida por los miles de pececillos que se albergaban en su vientre.

Pasó adelante sin sentir el encontronazo, jadeante, enfurecido, moviendo a un tiempo cola, aletas y agallas, de un modo vertiginoso, con un ruido y un hervor que conmovía todo el golfo.

¿Y el _esparrelló_? ¡Pobrecito! quiso seguir a su corpulento enemigo, pero el hervor de la espuma le cegaba, la violenta ondulación producida por cada coletazo del _reig_ le hacía perder camino, y a los pocos minutos se sentía rendido por una carrera tan loca.

Pero el animalito panzudo era un costal de malicias. Esforzándose, llegó hasta la cabeza del _reig_, y fijándose en las grandes agallas que se abrían y cerraban con movimiento automático, hizo una graciosa evolución y se coló por una de ellas.

No se estaba mal allí. Viajar gratis, a doble velocidad y acostadito en aquel nido forrado de suave escarlata, era una dicha.

--¡Je! ¡je! ¡je! --reía socarronamente el pececillo sacando la cabeza por la ventana de su guarida.

Y el _reig_ daba un salto, murmurando:

--Ese bicho ruin me da alcance. Oigo su risita burlona. Corramos, corramos.

Y cada carcajada del _esparrelló_ era como un espuelazo para el pescadote.

¡Qué loca carrera! Aquella cola poderosa batía los profundos algares, y en el verdoso espacio flotaban arremolinados los pardos hierbajos, mientras que las larvas, las indefinibles mucosidades que vivían misteriosamente en el seno de los estercoleros submarinos, salían escapadas huyendo del brutal azote.

Después de los algares, las colinas sumergidas, aquellos peñascales en cuyas cuevas jugueteaban los peces recién nacidos, transparentes y diáfanos como sombras.

¡Qué espantosa revolución llevaba el _reig_ a estos tranquilos lugares!

Le conocían bien por sus brutales majaderías, por sus caprichos de matón que alarmaban a todo el golfo, y las plantas submarinas que tapizaban los peñascos agitaban sus puntiagudas y verdes cabelleras, como si quisieran gritar con angustia:

--¡Atención, que llega ese loco!

Las almejas, gente tranquila que huye del ruido, al ver aproximarse el torbellino de espuma y furiosos coletazos, replegábanse medrosicas, cerrando herméticamente las dos hojas de su negra vivienda; los erizos apelotonábanse, formaban el cuadro, presentando por todos lados sus haces de agudas bayonetas; los calamares sentían tal miedo, que se envolvían en su diarrea de tinta; los gatos de mar sacaban por entre las piedras sus chatas cabezas y vientres atigrados con trémula inquietud; las lapas agarrábanse a la roca con más fuerza que nunca; los langostinos ocultaban su transparencia de nácar bajo el brillante fanal de alguna caracola hueca; los salmonetes huían en bandadas, esparciéndose como el brillante chisporroteo de una hoguera aventada, y en aquel mundo verdoso e inquieto, el paso veloz del enfurecido animalote producía entre los torbellinos de la espuma un hervor de carmín y plata, de escamas que despedían al huir fantásticos reflejos y colas que se agitaban con la ansiedad del pánico.

Una rozadura del _reig_ bastó para arrancarle dos patas a una langosta, y la pobrecita, apoyada en un salmonete que se prestaba a ser su procurador, emprendió la marcha hacia las Columbretes, para pedir justicia y venganza a algún tiburón de los que rondan aquellas islas.

Dos alegres delfines que estaban acabando de merendarse un atún putrefacto, levantaban sus morros de cerdo y se burlaban de su amigote gritando:

--¡A ese, a ese, que está loco!

Y decían verdad; si no estaba loco, poco le faltaba; aquella maldita risa del _esparrelló_ la tenía siempre en los oídos, y el pobre animal corría y corría espoleado por la vergüenza de ser vencido.

Por fortuna, en el verdoso y confuso horizonte comenzaron a marcarse las masas negras de las estribaciones submarinas del cabo, con sus profundas cuevas, donde las señoras del golfo en estado interesante iban a depositar sobre el tapiz de hierba fina sus innumerables huevos.

El jadeante _reig_, que no podía ya con su alma, llegó junto a las rocas y dijo con angustioso ronquido:

--Ya llegué.

Pero la vocecilla cargante contestó con timbre de falsete:

--Yo primero.

El muy granuja acababa de saltar desde el interior de la agalla, y se pavoneaba ante el hocico del cansado _reig_, como si hubiera llegado mucho antes.

El sencillo animalote no sabía qué hacer. Sintió tentaciones de darle un trompis al insolente bicho que lo convirtiese en papilla, pero encorvándose se llevó varias veces la cola entre los ojos y se rascó con expresión reflexiva.

--Bueno --roncó por fin--. En esto debe haber trampa, pero la palabra es palabra. Mocoso, manda lo que quieras; seré tu criado.

* * * * *

Y el viejo pescador, terminado su cuento, sonreía y guiñaba los ojos maliciosamente.

Aquello era de los tiempos en que los pescados hablaban, pero tenía _intríngulis_.

¿Que no lo adivinaba? Pues era sencillo: que en este mundo puede más el listo y el astuto que el fuerte que todo lo fía al corazón y a la acometividad. Que vale ser más _esparrelló_ pequeño y malicioso, que _reig_ enorme y sencillote. Que acometiendo de frente y arrollándolo todo solo se consigue ser vehículo del listo que se esconde en la agalla para salir a tiempo.

Y el vejete me miraba con tal expresión de malicia y lástima, que me ruboricé, murmurando para adentro:

--Este tío me conoce.

La caperuza

Vivía yo entonces en el piso segundo, y tenía por vecino en el primero a don Andrés García, fiscal de profesión, figura arrogante, con muchas canas en la barba, el más buen mozo de cuantos vestían toga con vuelillos en la Audiencia; un hombre, en fin, que realizaba en su físico ese ideal de la justicia majestuosa e imponente.

Todas las tardes, al bajar la escalera, oía los mismos gritos a través de la puerta. «¡_Pilín_!... ¡vida mía!... ¡rey de los pillos!... ¡ven aquí, príncipe de Asturias!...»

Era la familia que se entregaba en cuerpo y alma al culto de su ídolo. El fiscal, que acababa de llegar hambriento, anonadado por sus derroches de elocuencia, que enviaban gente a presidio, abrazaba a su mujer y ambos reían y gritaban como unos locos en torno de la niñera, que mantenía en sus brazos al tirano de la casa, al único señor, a _Pilín_, un granuja que apenas tenía un año y a quien bastaba un leve grito para que los padres palideciesen de inquietud y las criadas corriesen aturdidas, no sabiendo cómo cumplir a un tiempo tantas órdenes contradictorias.

¡Vaya un matrimonio especial! La mujer era casi una niña, una señorita algo boba que aún no había salido de su asombro al verse madre. Miraba a su marido con respeto: era tímida, de carácter dúctil, y como siempre sucede en los matrimonios desiguales por la edad, donde la amistad suple al amor, don Andrés era padre y esposo a un tiempo, cuidando tanto de la madre como del niño.

Lo único que sacaba de su apatía característica a la joven señora era el pequeñín, juguete raro al que amaba con pasión inextinguible y que no se parecía a ninguno de los que formaban sus delicias cinco o seis años antes. Mucho le había costado. En su memoria, donde se borraban las cosas con facilidad, quedaba aún brumoso y sombrío el recuerdo de aquellos tres días de tormento, de espantoso potro, de susto y sorpresa más que de dolor, con la casa alborotada por sus berridos y el marido sudoroso, jadeante, con los lentes inseguros, preparando medicinas y riñendo por torpes a las criadas. Pero ya todo había pasado, no volvería más, no señor: ella lo aseguraba con una firmeza cándida que hacía reír; y ahora, en premio a sus tormentos, tenía al lindo monigote, a aquel _bebé_ de carne y hueso, a quien todos en la casa llamaban _Pilín_, por bautizarle con tan extravagante nombre la rústica niñera, una criadita cerril que, en opinión de algunos, la habían cazado con lazo en las montañas de Chelva.

Por la mañana, cuando el señor estaba en la Audiencia salvando la sociedad a fuerza de oratoria indignada, la mamá se entretenía con _Pilín_, dando rienda suelta a sus aficiones de colegiala traviesa, que la maternidad no había extinguido. Madre e hijo tenían moralmente la misma edad. _Pilín_ pataleaba como un gatito panza arriba sobre la alfombra del salón, mostrando sus rosadas desnudeces, lanzando aulliditos a falta de palabras, diciendo sin duda, en el misterioso lenguaje de la lactancia, que su mamá era una loca; y ella, ajando sus vestidos lujosos, que se llevaban la mitad de la paga del fiscal, moviendo grotescamente su linda cabecita despeinada, andaba a gatas en torno del bebé, hacía el perro para asustarle, y si sus gracias arrancaban una risita al mimado príncipe de Asturias, entonces llegaba a la demencia de su borrachera cariñosa, se arrojaba sobre él, le agarraba la cabezota enorme cubierta de pelillos rubios, su _bola de oro_, según ella decía, y cuando _Pilín_ gimoteaba próximo a la sofocación, la caricia bajaba, tibia, cariñosa, y la infantil señora, con tanta unción como si adorase la santa faz, besuqueaba furiosa las nalgas de rosa del muñeco con esa fuerza de estómago que solo tienen las madres.

¿Y él?... Estaba sublimemente ridículo en la adoración de aquel monigote que le llegaba a los cuarenta y cinco bien cumplidos. La mamá y el niño salían a recibirle en la escalera, y los vecinos veíamos cómo después de comerse a besos a _Pilín_, se lo echaba al hombro y se metía dentro andando con majestad, como un San Cristóbal, con chistera y lentes. ¡Y pensar que por bajo del bigote aún le revoloteaba la _vindicta pública_, _la espada vengadora de la ley_, _la acusación justa..._ todas las palabrotas con que regalaba veinte años de presidio al primero que caía bajo su mirada iracunda de acusador!

Los periódicos se hacían lenguas de su elocuencia, de la lógica con que formulaba sus acusaciones, pero él así hacía caso de tales elogios, como si fuesen dirigidos al Gran Turco. La fama le preocupaba poco: lo único que le enorgullecía era ser padre de _Pilín_, y que su mujer, que antes era tan poquita cosa, tuviese unos pechos abultados, fuertes, siempre llenos, y la abnegación bastante rara de criar a su hijo.

Salía poco de casa. Los autos y _Pilín_ le absorbían, y por las mañanas tenía que hacer un penoso esfuerzo para entregar el niño a la mamá y marcharse a la Audiencia. ¡Qué ministros los de Justicia! De seguro que no eran padres. Porque vamos a ver: ¿qué perdería la magistratura con que él llevase a _Pilín_ a la Sala, sentándolo a su lado para que presenciara los triunfos del papá?

Las noches eran terribles para don Andrés. Los pisos de cartón y tabiques de papel que fabrica la moderna arquitectura, nos permitían a los vecinos oír sus paseos desesperados, las cancioncillas a media voz con que intentaba aplacar a aquel granuja que llevaba en brazos, sonriente de día, pero malhumorado de noche, y con el especial gusto de que nadie durmiera en la casa. ¡Pobre don Andrés! Recordando murmuraciones de las criadas, me lo imaginaba dando vueltas por el salón, en camisa, las piernas desnudas, los pies en pantuflos, y a pesar de todo, grave y digno, luciendo su barba de apóstol y los brillantes lentes con la misma majestad que cuando, cruzándose la toga sobre el pecho, se sentaba en el terrible banco. Y en vez de reírme infundíame respeto la santa paciencia de aquel hombre, que se veía padre cuando ya caminaba hacia la vejez y que para aplacar al energúmeno que llevaba en brazos pasaba la noche cantando cancioncillas con voz de falsete y recordando las óperas oídas cuando estudiante, mientras la señora roncaba cara a la pared.