Cuentos valencianos

Part 2

Chapter 23,987 wordsPublic domain

Indignábase al ver que aquel granujilla, forrado en la mugre de la carne muerta, aún tenía la pretensión de que continuase lo que solo había sido un capricho... una condescendencia compasiva... ¡Arre allá! Cuando no manifestase su cariño con zarpadas y aprendiese a decirla ¡flor de guayaba! y ¡mulatita! como el otro, entonces podría ponerse en su presencia.

La buena moza fue inflexible, acabó por no escuchar, y desde entonces la calle de Borrull tuvo un alma en pena, que fue el _Menut_.

En las noches de verano, cuando el calor arrojaba a las familias en medio de la calle y se formaban corros en torno de las cenas servidas sobre mesitas de zapatero, la gente veía pasar al celoso chiquillo recatándose en la sombra, misterioso y fatídico como un traidor de melodrama.

La aparición terrorífica pasaba varias veces ante la puerta de Pepeta, lanzando miradas espeluznantes al coro que hacía la corte a la buena moza, y después desvanecíase por un escotillón: el cafetín donde el _Menut_, cual nuevo Prometeo, entregaba sus entrañas a las rampantes garras de las _águilas_ amílicas.

¡Qué noches aquellas! Los nuevos amores de Pepeta tenían la acera por escenario y por coro aquel corrillo donde sonaba el acordeón, y ella recibía honores de reina festejada. A su lado, la madre, una vieja insignificante que no abría la boca sin recibir un bufido de Pepeta.

La calle, tostada todo el día por el sol, revivía con los primeros soplos de la noche.

Los lóbregos faroles, cuyos palmitos de gas parecían pintados en la pared con almazarrón, dejábanlo todo en fresca penumbra; en las puertas destacábanse las manchas blancas de la gente casi en paños menores: chorreaban rítmicamente los balcones con el riego de las plantas; en cada balaustrada asomaba un botijo, y de arriba, de aquel cielo oscuro que parecía un lienzo apollillado transparentando lejana luz, descendía un soplo húmedo que reanimaba a la tierra, arrancándola suspiros de vida.

En todas las puertas sonaban el acordeón con su chillona melancolía, la guitarra con su rasgueo soñador, el canto a coro desentonado y estridente, y algunas veces en las esquinas estallaba una tempestad de aullidos, el estrépito de la lucha cuerpo a cuerpo, y los antipáticos perros chatos chocaban sus amenazantes cabezas de foca, hasta que el silletazo de algún vecino de buena voluntad los ponía en dispersión.

Despedazábanse en los corros enormes sandías; hundíanse las bocas en tajadas como medias lunas; pringábanse las caras con el rojo zumo; extendíanse los arrugados moqueros bajo la barba para no mancharse, y al fin, la gente, con el vientre hinchado de agua, sumíase en dulce beatitud, escuchando como angélicas melodías los arañazos de los acordeones.

Y a esta hora de digestión líquida, al cantar el sereno las once y estar los corrillos más animados, era cuando a lo lejos la difusa luz de los faroles marcaba algo que se aproximaba balanceándose, trazando zigzags como una barca sin timón, echando la pesada ancla en cada esquina.

Era el padre de Pepeta, que con la gorra desmayada y el pañuelo de hierbas en una mano volvía de la taberna. Saludaba a la reunión con tres gruñidos, despreciaba las insolencias de la hija, y se hundía por fin en la oscuridad de su casa, maldiciendo a los avaros caseros que, para fastidiar a los pobres, hacen siempre las puertas estrechas.

En aquellas horas de regocijo público, en medio de la calle, acariciados por la expansión de todos los vecinos, se arrullaban el licenciado y Pepeta; él, dulzón y empalagoso, hablándole al oído; ella, grave, estirada y seria, apretando los labios como si estuviera ofendida, porque una chavala que se respete debe poner siempre al novio cara de perro. Los hombres son muy presuntuosos, y si llegan a comprender que una está chiflada por ellos... ya, ya.

Y mientras tanto, la pobre alma en pena a la puerta del cafetín, con la garganta abrasada por el amílico y el corazón en un puño, oyendo de cerca las bromitas de sus amigachos y a lo lejos las canciones del corro de Pepeta, unos retazos de zarzuela repetidos con monotonía abrumadora.

Pero ¡qué cargantes eran los amigos del cafetín! ¿Que Pepeta no le quería ya? Bueno; dale expresiones... ¿Que él era un chiquillo y le faltaba esto y lo de más allá? Conformes; pero aún no había muerto, y tiempo le quedaba para hacer algo. Por de pronto, a Pepeta y al _Cubano_ se los pasaba por tal y cual sitio. Ella era una _carasera_ y él un mariquita con su hablar de chiquillo y su peluca rizada. Ya les arreglaría las cuentas.... A ver, tío _Panchabruta_: otra águila de petróleo refinado. De aquel que está en el rincón, en el temible tonel que ha enviado al cementerio tres generaciones de borrachos.

Y el fresco vientecillo, haciendo ondear la listada cortina de la puerta, arrojaba todos los ruidos de la calle en el ambiente del cafetín, cargado del calor del gas y los vahos alcohólicos.

Ahora cantaban a coro en casa de Pepeta:

Vente conmigo y no temas estos parajes dejar...

Adivinaba la voz de ella, rígida y fría como siempre, y la otra aguda y mimosa, la del cubano, que decía: _Vente conmigo_, con una intención que al _Menut_ parecía arañarle en el pecho. Conque _vente conmigo_, ¿eh?... ¡Cristo! Aquella noche iba a arder todo en la calle de Borrull.

Y se lanzó fuera del cafetín sin llamar la atención de los bebedores, acostumbrados a tan nerviosas salidas.

Ya no era el alma en pena; iba rectamente a su sitio, a aquel corro maldito que tantas noches había sido su tormento.

--Tú, Cubano, _ascolta._

Movimiento de asombro, de estupefacción. Calló el organillo, cesó el coro y Pepeta levantó fieramente la cabeza. ¿Qué quería aquel pillete? ¿Había por allí algún borrego que robar?...

Pero sus insolencias de nada sirvieron. El licenciado se levantaba estirando fanfarronamente su levitilla de hilo.

--Me _paese_... me _paese_ que ese muchachito se la va a cargar por torpe.

Y salió del corro, a pesar de las protestas y consejos de todos.

Pepeta se había serenado. Podían estar tranquilos; ella lo aseguraba. No llegaría la sangre al río. El _Menut_ era un chillón que no valía un papel de fumar, y si se atrevía a hacer pinitos ya le limpiaría los mocos el otro. Vaya... a cantar. No debía turbarse la buena armonía por un bicho así.

Y la tertulia reanudó su canto débilmente, de mala gana, mirando todos con el rabillo del ojo a los dos que estaban plantados en el arroyo, frente a frente.

Que la que aquí es prima donna, reina en mi casa será...á...á

Pero al hacer una pausa se oyó la voz del _Menut_, que decía lentamente, con rabia y acentuando las palabras como si las mascase:

--Tú eres un morral... sí señor; un morral.

Todos se pusieron en pie, rodaron las sillas, cayó el acordeón al suelo, lanzando un quejido, pero... ¡quiá! por pronto que acudieron ya era tarde.

Se habían agarrado como gatos rabiosos, clavándose las uñas en el cuello, empujándose, resbalando en las cortezas de sandía y lanzando sucias blasfemias.

Y el _Cubano_ de pronto se bamboleó para caer como un talego de ropa, y en aquel momento desvaneciose la melosidad antillana, y el lenguaje de la niñez reapareció junto con la desgracia.

--¡Ay, _mare mehua_!... ¡_Mare mehua_!

Retorcíase sobre los adoquines como una lagartija partida en dos, agarrábase el vientre allí donde había sentido la fría hoja de la navaja, comprimiendo instintivamente el bárbaro rasgón, al que asomaban los intestinos cortados, rezumando sangre e inmundicia.

Corría la gente desde los dos extremos de la calle, para agolparse en torno del caído; sonaban pitos a lo lejos, poblándose instantáneamente los balcones, y en uno de ellos la _siñá_ Serafina, en camisa, desmelenada, sorprendida en su primer sueño por el grito de su hijo, daba alaridos instintivamente, sin explicarse todavía la inmensidad de su desgracia.

Pepeta retorcíase con epilépticas convulsiones entre los brazos de varios vecinos; avanzaba sus uñas de fiera enfurecida, y no pudiendo llegar hasta el _Menut_, le escupía a la cara siempre los mismos insultos con voz estridente, desgarradora, que despertaba a todo el barrio:

--¡_Lladre_!... ¡Granuja!...

Y el autor de todo estaba allí, sin huir, con su figurilla triste y desmedrada, el cuello desollado por varios arañazos, el brazo derecho teñido en sangre hasta el codo y la navaja caída a sus pies. Tan tranquilo como al degollar reses en el Matadero, sin estremecerse al sentir en sus hombros las manos de la policía, con una sonrisita que plegaba ligeramente los extremos de su boca.

Salió de la calle con los brazos atados sobre la espalda, y la blusa encima, la innoble cara llena de arañazos, hablando con su escolta de municipales, satisfecho, en el fondo, de que la gente se agolpase a su paso, como en la entrada de un personaje.

Cuando pasó ante el cafetín, saludó con altivez a sus amigotes que, asombrados, como si no hubiesen presenciado el suceso, le preguntaban qué había hecho.

--_Res; còses d’hòmens._

Y contento con su suerte, erguido y triunfante, siguió el camino de la cárcel, acogiendo el infeliz las miradas de la curiosidad con la prosopopeya de la estupidez satisfecha.

La cencerrada

I

Todos los vecinos de Benimuslín acogieron con extrañeza la noticia.

Se casaba el tío Sènto, uno de los prohombres del pueblo, el primer contribuyente del distrito, y la novia era Marieta, guapa chica, hija de un carretero, que no aportaba al matrimonio otros bienes que aquella cara morena, con su sonrisa de graciosos hoyuelos y los ojazos negros, que parecían adormecerse tras las largas pestañas entre los dos rodetes de apretado y brillante cabello que, adornados con pobres horquillas, cubrían sus sienes.

Por más de una semana esta noticia conmovió al tranquilo pueblecito, que entre una inmensidad de viñas y olivares alzaba sus negruzcos tejados, sus tapias de blancura deslumbrante, el campanario con su montera de verdes tejas y aquella torre cuadrada y roja, recuerdo de los moros, que destacaba soberbia sobre el intenso azul del cielo su corona de almenas rotas o desmoronadas como una encía vieja.

El egoísmo rural no salía de su asombro. Muy enamorado debía estar el tío Sènto para casarse, violando tan escandalosamente las costumbres tradicionales. ¿Cuándo se había visto a un hombre que era dueño de la cuarta parte del término, con más de cien botas en la bodega y cinco mulas en la cuadra, casarse con una chica que de pequeña robaba fruta o ayudaba en las faenas de las casas ricas para que la diesen de comer?

Todos decían lo mismo. ¡Ah, si levantase la cabeza la _siñá_ Tomasa, la primera mujer del tío Sènto, y viese que su caserón de la calle Mayor, sus campos y su _estudi_, con aquella cama monumental de que tan orgullosa estaba, iban a ser para la mocosuela que en otros tiempos la pedía una rebanada de pan!

Aquel hombre debía estar loco. No había más que ver el aire de adoración con que contemplaba a Marieta, la sonrisa boba con que acogía todas sus palabras y las actitudes de chaval con que se mostraba a los cincuenta y seis años bien cumplidos. Y las que más protestaban contra aquel hecho inaudito eran las chicas de las familias acomodadas, que, siguiendo las egoístas tradiciones, no hubieran tenido inconveniente en entregar su morena mano a aquel gallo viejo, que se apretaba la exuberante panza con la faja de seda negra y mostraba sus ojillos pardos y duros bajo el sombraje de unas cejas salientes y enormes que, según expresión de sus enemigos, tenían más de media arroba de pelo.

La gente estaba conforme en que el tío Sènto había perdido la razón. Cuanto poseía antes de casarse y todo lo que había heredado de la _siñá_ Tomasa, iba a ser de Marieta, de aquella mosca muerta que había conseguido turbarle de tal modo, que hasta las devotas a la puerta de la iglesia murmuraban si la chica tendría hecho pacto con el malo y habría dado al viejo polvos seguidores.

El domingo en que se leyó la primera amonestación, el escándalo fue grande. Después de la misa mayor, había que oír a los parientes de la _siñá_ Tomasa. Aquello era un robo, sí señor; la difunta se lo había dejado todo a su marido, creyendo que no la olvidaría jamás, y ahora el muy ladrón, a pesar de sus años, buscaba un bocado tierno y le regalaba lo de la otra. No había justicia en la tierra si aquello se consentía. ¡Pero vaya usted a reclamar en estos tiempos! Bien decía don Vicente, el _siñor retor_, que ahora todo está perdido. Debía mandar don Carlos, que es el único que persigue a los pillos.

Así vociferaban en los corrillos de la plaza los que se creían perjudicados por el futuro matrimonio, ayudándoles en la murmuración casi todos los vecinos de Benimuslín.

El caso era que tal casamiento no acabaría bien. Aquel vejestorio atacado de rabia amorosa estaba destinado a llorar su calaverada. ¡Pequeños iban a ser los adornos!... Todo el pueblo sabía que Marieta tenía un novio, _Tòni el Desgarrat_, un vago que había pasado la niñez con ella correteando por las viñas, y ahora, al ser mayor, la quería con buen fin, esperando para casarse que le entrasen ganas de trabajar y perder la costumbre de beberse en la taberna los cuatro terrones de su herencia en compañía de su amigo el dulzainero _Dimòni_, otro perdido que venía a buscarle del inmediato pueblo para tomar juntos famosas borracheras, que dormían en los pajares.

Los parientes de la _siñá_ Tomasa miraban ahora con simpatía al _Desgarrat_. Este se encargaría de vengarles.

Y los mismos que antes le despreciaban, los ricachos que volvían la cara al encontrarle, buscábanle en la taberna el día de la primera amonestación, plantándose ante el muchachote, que estaba sentado en un taburete de cuerda con la vistosa manta sobre las rodillas, la colilla pegada al labio y la mirada fija en el porrón, que herido por un rayo de sol, reflejaba inquieta mancha roja sobre el cinc de la mesilla.

--_Che, Desgarrat_ --le decían con sorna--, Marieta se casa.

Pero el _Desgarrat_ acogía esta burla levantando los hombros. Aquello aún había de verse. Hasta el fin nadie es dichoso, y él... ¡_recordóns_! ya sabían todos que era muy hombre para vérselas con el tío Sènto, que también la echaba de terne.

Así era, y por lo mismo todos esperaban un choque ruidoso.

Allí iba a pasar algo.

Al tío Sènto --según propia afirmación-- nadie le ganaba a bruto. Levantaba mucho peso en las elecciones, tenía grandes amigos en Valencia, había sido alcalde varias veces y estaba acostumbrado a enarbolar en medio de la plaza el grueso _gayato_ de Liria para sacudirle dos palos con la mayor impunidad al primero que le incomodaba.

II

Llegó el momento de las cartas dotales. El tío Sènto no hacía las cosas a medias, y además, buena era Marieta y su familia para despreciar la ocasión.

En trescientas onzas la dotaba el novio, sin contar la ropa y las alhajas pertenecientes a su primera mujer.

La casa de Marieta, aquella casucha de las afueras sin más adorno que el carro a la puerta y dos o tres caballerías flacas en el establo, fue visitada por todas las chicas del pueblo.

Aquello era un jubileo. Todas formando grupo, cogidas de la cintura o de las manos, pasaban ante el largo tablado cubierto por blancas colchas, sobre el cual los regalos y la ropa de la novia ostentábanse con tal magnificencia, que arrancaban exclamaciones de asombro:

--¡Reina y santísima! ¡Qué cosas tan preciosas!

La ropa blanca clasificada por tamaños, apilada en altas columnas que casi llegaban al techo, cuidadosamente doblada, algo morena, como tejido fuerte, pero con un olor a limpieza y lejía que daba gloria; todo a docenas de docenas, desde las camisas hasta los trapos de cocina, con iniciales de colores chillones y guarnecidas con profusión de randas las ropas de uso interior: los vestidos de seda, gruesos y crujientes, con vivos reflejos metálicos; las faldas de rameado percal mostrando una fresca florescencia de primavera; las mantillas con sus sutiles y complicados arabescos; los corsés blancos y negros pespunteados de rojo, delatando con impudencia en sus rígidos contornos el cuerpo de la novia; y encerrados en sus marcos de cartón, los pañolones de Manila, con aves fantásticas volando en un cielo de seda blanca, y grupos de chinos, unos bigotudos y fieros, otros pelones y bobos, admirando con sus caritas de porcelana a las sencillas muchachas, que soñaban despiertas en aquellos misteriosos países donde los hombres gastan faldas y tienen ojitos de cerdo. Después venían los regalos de los amigos, en su mayoría pilillas de agua bendita para la alcoba, con sus ángeles de porcelana; cajas con cuchillos y cubiertos de plata, y dos grandes candelabros que descollaban majestuosamente. Eran el regalo del marqués, del cacique de la comarca, el hombre más eminente de España, según el tío Sènto, el cual, siempre que se trataba de sacarle diputado por el distrito, estaba tan dispuesto a empuñar el garrote como a echarse la escopeta a la cara.

Y como digno final de aquella exposición, en lugar preferente ostentábanse las joyas chispeando sobre la almohadilla granate de los estuches: las uvas de perlas para las orejas, los alfileres de pecho con sus complicados colgajos, las grandes horquillas de oro para los caracoles de las sienes, las tres agujas con cabezas de apretadas perlas que habían de atravesar el airoso rodete y aquel aderezo, famoso en Benimuslín, que la _siñá_ Tomasa había comprado en catorce onzas de la calle de las Platerías.

¡Vaya una suerte la de Marieta! Ella se hacía la modesta, enrojeciendo cada vez que ponderaban su futura felicidad, pero había que ver los lagrimones de la madre, una mujercilla flaca, arrugada e insignificante, y la emoción del carretero, que iba como un criado tras su futuro yerno, guardándole todas las consideraciones debidas a un ser superior.

Por la noche fue la lectura de las cartas. Llegó don Julián el notario en su vieja tartana acompañado de su acólito, un infeliz de cara hambrienta con el tintero de cuerno asomado a un bolsillo y el papel sellado bajo el brazo.

Don Julián fue entrado casi en triunfo en la cocina, donde ya estaba preparada una mesilla para el escribiente con velón de cuatro brazos.

¡Qué hombre tan sabio aquel! Leía las escrituras en valenciano e intercalaba en el árido texto chistes de su cosecha... Vamos, que no había palurdo que pudiera estar serio en presencia de aquel señor siempre grave, que tenía cierto aire eclesiástico, con su largo paletó negro semejante a una sotana, el rostro carrilludo y frescote, cuidadosamente afeitado, y las recias gafas montadas en la frente, lo que era para los vecinos de Benimuslín un capricho inexplicable propio de los grandes talentos.

Comenzó el notario a dictar en voz baja; garrapateaba el escribiente en los pliegos de papel sellado, y mientras tanto iban llegando los amigos de casa con el cura y el alcalde, y desaparecían del largo tablado los regalos de boda para dejar sitio a los macizos bizcochos espolvoreados de azúcar, los platos de _amargos_ y las tortas _finas_ secas como cartón, a más de una docena de botellas de rosa y marrasquino.

Tosió varias veces don Julián, púsose en pie tirando de las solapas de su paletó, y todos quedaron en silencio, mientras él agarraba los pliegos escritos con la tinta todavía fresca y comenzaba a leer en valenciano.

¡Qué hombre tan chistoso! Al nombrar al novio hizo una mueca grotesca, y el tío Sènto fue el primero en celebrarlo con una ruidosa carcajada; al mentar a la novia saludó a Marieta con una reverencia de baile y volvió a repetirse la risa; pero cuando llegaron las condiciones del contrato, todos se pusieron graves: un viento de egoísmo y de avaricia parecía soplar en aquella cocina, y hasta la novia levantaba la cabeza con los ojos brillantes y las alillas de la nariz dilatadas por la emoción al oír hablar de onzas, de la viña de la Ermita y del olivar del Camino Hondo: todo lo que iba a ser suyo. El tío Sènto era el único que sonreía satisfecho de que tan honorable concurso apreciara hasta dónde llegaba su generosidad.

Así se hacían las cosas. Los padres de Marieta lloraban y las vecinas movían la cabeza con expresión de asentimiento. A un hombre así se le podía entregar una hija sin remordimiento alguno.

Cuando el papelote quedó firmado, comenzaron a circular los dulces y las copas. El notario lucía su ingenio, mientras el famélico escribiente se atracaba en representación propia y de su principal.

Aquel don Julián era el encanto de su rudo auditorio. Ya verían de lo que era capaz el día de la boda. Don Vicente el cura y él se habían de emborrachar, brindando por la felicidad de los novios: palabra de honor.

A las once terminó la fiesta de las cartas. El cura acababa de retirarse escandalizado de estar en pie a aquellas horas teniendo que decir la misa primera; el alcalde le había acompañado, y salió por fin el tío Sènto con el notario y el escribiente, los que llevaba a dormir a su casa.

Las calles estaban oscuras. Más allá de la casa de Marieta estaba la densa lobreguez de los campos, de la que salían rumores de follaje y cantos de grillos. Sobre los tejados parpadeaban las estrellas en un cielo de intenso azul. Ladraban los perros en los corrales, contestando a los relinchos de las bestias de labor. El pueblo dormía, y el notario y su ayudante andaban con precaución, temiendo tropezar con algún pedrusco de aquellas calles desconocidas.

--¡Ave María purísima! --gritaba a lo lejos una voz acatarrada--; las _onse_... sereno.

Y don Julián sentíase algo intranquilo en aquella lobreguez. Le parecía ver bultos sospechosos, y en la esquina de la calle, espiando la puerta de Marieta, creyó distinguir gente en acecho...

¡Allá va! Y sonó un terrible chasquido, como si se rasgara a un tiempo toda la ropa blanca de la novia, y de la esquina surgió una gruesa línea de fuego que avanzó rápida y serpenteante con un silbido atroz, que puso los pelos de punta al buen notario.

Era un enorme cohete. ¡Vaya una broma! El notario se arrimó tembloroso a una puerta, mientras el escribiente casi caía a sus pies, y allí estuvieron los dos durante unos segundos, que les parecieron siglos, viendo con angustia cómo el petardo iba de una pared a otra como fiera enjaulada, agitando su rabo de chispas, conteniendo por tres o cuatro veces su silbante estertor, hasta que por fin estalló en horrendo trueno.

El tío Sènto había permanecido valientemente en medio de la calle... ¡_Redéu_! ya sabía él de dónde venía aquello.

--¡_Chentòla indesent_! --gritó con voz ronca por la rabia.

Y agitando su enorme _gayato_ avanzó amenazante, como si tras la esquina fuese a encontrar al _Desgarrat_ con toda la parentela de la _siñá_ Tomasa.

III

Las campanas de Benimuslín iban al vuelo desde el amanecer.

Se casaba el tío Sènto, noticia que había circulado por todo el distrito, y de los pueblos inmediatos iban llegando amigos y parientes, unos a caballo en sus bestias de labranza con el sobrelomo cubierto con vistosas mantas, y otros en sus carros con sillas de cuerda atadas a los varales, en las que iba sentada toda la familia, desde la mujer con el pelo reluciente de aceite y la mantilla de terciopelo, hasta los chicos que lloriqueaban por las maternales bofetadas recibidas cada vez que atentaban a la limpieza de sus trajes de fiesta.

La casa del tío Sènto era un verdadero infierno. ¡Qué movimiento! Desde el día anterior que allí no se descansaba. Las vecinas que gozaban justa fama de guisanderas, iban por el corral con los brazos remangados y el vestido prendido atrás con alfileres, mostrando las blancas enaguas, mientras que cerca de la gran higuera algunos muchachos atizaban las hogueras de secos sarmientos.