Part 10
Las caras rojas, barnizadas por el sol, brillaban con el reflejo de las llamas del hogar, los cuerpos rezumaban el sudor de la penosa jornada, saturando de grosera vitalidad la atmósfera ardiente de la cocina, y a través de la puerta de la masía, bajo un cielo de color violeta, en el que comenzaban a brillar las estrellas, veíanse los campos pálidos e indecisos en la penumbra del crepúsculo, unos segados ya, exhalando por las resquebrajaduras de su corteza el calor del día; otros con ondulantes mantos de espigas, estremeciéndose bajo los primeros soplos de la brisa nocturna.
El viejo se quejaba del dolor de sus huesos. ¡Cuánto costaba ganarse el pan!... Y este mal no tenía remedio: siempre existirían pobres y ricos, y el que nace para víctima tiene que resignarse. Ya lo decía su abuela: la culpa era de Eva, de la primera mujer... ¿De qué no tendrán culpa ellas?
Y al ver que sus compañeros de trabajo --muchos de los cuales le conocían poco tiempo-- mostraban curiosidad por enterarse de la culpa de Eva, el tío _Correchòla_ comenzó a contar en pintoresco valenciano la mala partida jugada a los pobres por la primera mujer.
El suceso se remontaba nada menos que a algunos años después de haber sido arrojado del Paraíso el rebelde matrimonio con la sentencia de ganarse el pan trabajando. Adán se pasaba los días destripando terrones y temblando por sus cosechas; Eva arreglaba en la puerta de su masía sus zagalejos de hojas... y cada año un chiquillo más, formándose en torno de ellos un enjambre de bocas que solo sabían pedir pan, poniendo en un apuro al pobre padre.
De vez en cuando revoloteaba por allí algún serafín, que venía a dar un vistazo al mundo para contar al Señor cómo andaban las cosas de aquí abajo después del primer pecado.
--¡Niño!... ¡Pequeñín! --gritaba Eva con la mejor de sus sonrisas--. ¿Vienes de arriba? ¿Cómo está el Señor? Cuando le hables dile que estoy arrepentida de mi desobediencia... ¡Tan ricamente que lo pasábamos en el Paraíso!... Dile que trabajamos mucho, y solo deseamos volver a verle para convencernos de que no nos guarda rencor.
--Se hará como se pide --contestaba el serafín. Y con dos golpes de ala, visto y no visto, se perdía entre las nubes.
Menudeaban los recados de este género, sin que Eva fuese atendida. El Señor permanecía invisible, y según noticias, andaba muy ocupado en el arreglo de sus infinitos dominios, que no lo dejaban un momento de reposo.
Una mañana, un correveidile celeste se detuvo ante la masía:
--Oye, Eva; si esta tarde hace buen tiempo, es posible que el Señor baje a dar una vueltecita. Anoche, hablando con el arcángel Miguel, preguntaba: «¿Qué será de aquellos perdidos?»
Eva quedó como anonadada por tanto honor. Llamó a gritos a Adán, que estaba en un bancal vecino doblando, como siempre, el espinazo. ¡La que se armó en la casa! Lo mismo que en víspera de la fiesta del pueblo cuando las mujeres vuelven de Valencia con sus compras, Eva barrió y regó la entrada de la masía, la cocina y los _estudis_; puso a la cama la colcha nueva, fregoteó las sillas con jabón y tierra, y entrando en el aseo de las personas, se plantó su mejor saya, endosando a Adán una casaquilla de hojas de higuera que le había arreglado para los domingos.
Ya creía tenerlo todo corriente, cuando la llamó la atención el griterío de su numerosa prole. Eran veinte o treinta... o Dios sabe cuántos. ¡Y cuán feos y repugnantes para recibir al Todopoderoso! El pelo enmarañado, la nariz con costras, los ojos pitarrosos, el cuerpo con escamas de suciedad.
--¡Cómo presento esta pillería! --gritaba Eva--. El Señor dirá que soy una descuidada, una mala madre... ¡Claro! los hombres no saben lo que es bregar con tanto chiquillo.
Después de muchas dudas, escogió los preferidos (¡qué madre no los tiene!), lavó los tres más guapitos, y a cachetes llevó hasta el establo a todo aquel rebaño triste y sarnoso, encerrándolo a pesar de sus protestas.
Ya era hora. Una nube blanquísima y luminosa descendía por el horizonte, y el espacio vibraba con rumor de alas y la melodía de un coro que se perdía en el infinito, repitiendo con mística monotonía: _¡Hossana! ¡hossana!_... Ya echaban pie a tierra, ya venían por el camino con tal resplandor, que parecía que todas las estrellas del cielo habían bajado a pasear por entre los bancales de trigo.
Primero llegó un grupo de arcángeles: el piquete de honor. Envainaron las espadas de fuego, dirigieron unos cuantos chicoleos a Eva, asegurando que por ella no pasaban años y aún estaba de buen ver, y con marcial franqueza se esparcieron después por los campos, subiéndose a las higueras, mientras Adán maldecía por lo bajo, dando por perdida su cosecha.
Después llegó el Señor: las barbas de resplandeciente plata y en la cabeza un triángulo que deslumbraba como el sol. Tras él San Miguel y todos los ministros y altos empleados de la corte celestial.
Acogió el Señor a Adán con una sonrisa bondadosa, y a Eva le dio un golpecito en la barba diciéndola:
--¡Hola, buena pieza! ¿Ya no eres tan ligera de cascos?
Emocionados por tanta amabilidad, los esposos ofrecieron al Señor una silla de brazos. ¡Qué silla, hijos míos! Ancha, cómoda, de algarrobo fuerte y con un asiento de trencilla de esparto del más fino, como la puede tener el cura del pueblo.
El Señor, arrellanado muy a su gusto, se enteraba de los negocios de Adán, de lo mucho que le costaba ganar el sustento de los suyos.
--Bien, muy bien --decía--. Esto te enseñará a no aceptar los consejos de tu mujer. ¿Creías que todo iba a ser la sopa boba del Paraíso? Rabia, hijo mío, trabaja y suda; así aprenderás a no atreverte con tus mayores.
Pero el Señor, arrepentido de su dureza, añadió con tono bondadoso:
--Lo hecho, hecho está, y mi maldición debe cumplirse. Yo solo tengo una palabra. Pero ya que he entrado en vuestra casa, no quiero irme sin dejar un recuerdo de mi bondad. A ver, Eva, acércame esos chicos.
Los tres arrapiezos formaron en fila frente al Todopoderoso, que los examinó atentamente un buen rato.
--Tú --dijo al primero, un gordinflón muy serio, que le escuchaba con las cejas fruncidas y un dedo en la nariz--, tú serás el encargado de juzgar a tus semejantes. Fabricarás la ley, dirás lo que es delito, cambiando cada siglo de opinión, y someterás todos los delincuentes a una misma regla, que es como si a todos los enfermos los curasen con el mismo medicamento.
Después señaló al otro, un morenito vivaracho, siempre con un palo para sacudir a sus hermanos.
--Tú serás un guerrero, un caudillo. Llevarás tras de ti a los hombres como el rebaño que marcha al matadero, y sin embargo, te aclamarán; la gente, al verte cubierto de sangre, te admirará como un semidiós. Si los otros matan serán criminales; si tú matas, serás héroe. Inunda de sangre los campos, pasa los pueblos a hierro y fuego, destruye, mata, y te cantarán los poetas y escribirán tus hazañas los historiadores. Los que sin ser tú hagan lo mismo, arrastrarán cadenas.
Reflexionó el Señor un momento, y se dirigió al tercero:
--Tú acapararás las riquezas del mundo, serás comerciante, prestarás dinero a los reyes tratándolos como iguales, y si arruinas todo un pueblo, el mundo admirará tu habilidad.
El pobre Adán lloraba de agradecimiento, mientras Eva, inquieta y temblorosa, intentaba decir algo, sin decidirse a ello. En su corazón de madre se agitaba el remordimiento; pensaba en los pobrecitos encerrados en el establo, que iban a quedar excluidos del reparto de mercedes.
--Voy a enseñárselos --decía por lo bajo a su marido.
Y este, tímido siempre, se oponía murmurando:
--Sería demasiado atrevimiento. Se enfadará el Señor.
Justamente, el arcángel Miguel, que había venido de mala gana a la casa de aquellos réprobos, daba prisas a su amo:
--Señor, que es tarde.
El Señor se levantó, y la escolta de arcángeles, bajando de los árboles, acudió corriendo para presentar armas a la salida.
Eva, impulsada por su remordimiento, corrió al establo, abriendo la puerta.
--Señor, que aún quedan más. Algo para estos pobrecitos.
El Todopoderoso miró con extrañeza aquella caterva sucia y asquerosa que se agitaba en el estiércol como un montón de gusanos.
--Nada me queda que dar --dijo--. Sus hermanos se lo han llevado todo. Ya pensaré, mujer; ya veremos más adelante.
San Miguel empujaba a Eva para que no importunase más al amo, pero ella seguía suplicando:
--Algo, Señor; dadles cualquier cosa. ¿Qué van a hacer estos pobres en el mundo?
El Señor deseaba irse, y salió de la masía.
--Ya tienen destino --dijo a la madre--. Esos se encargarán de servir y mantener a los otros.
--Y de aquellos infelices --terminó el viejo segador-- que nuestra primera madre ocultó en el establo, descendemos nosotros los que vivimos encorvados sobre la tierra.
La tumba de Alí-Bellús
--Era en aquel tiempo --dijo el escultor García-- en que me dedicaba, para conquistar el pan, a restaurar imágenes y dorar altares, corriendo de este modo casi todo el reino de Valencia.
Tenía un encargo de importancia: restaurar el altar mayor de la iglesia de Bellús, obra pagada con cierta manda de una vieja señora, y allá fui con dos aprendices, cuya edad no se diferenciaba mucho de la mía.
Vivíamos en casa del cura, un señor incapaz de reposo, que apenas terminaba su misa ensillaba el macho para visitar a los compañeros de las vecinas parroquias o empuñaba la escopeta, y con balandrán y gorro de seda salía a despoblar de pájaros la huerta. Y mientras él andaba por el mundo, yo, con mis dos compañeros, metidos en la iglesia, sobre los andamios del altar mayor, complicada fábrica del siglo XVII, sacando brillo a los dorados o alegrándoles los mofletes a todo un tropel de angelitos que asomaban entre la hojarasca como chicuelos juguetones.
Por las mañanas, terminada la misa, quedábamos en absoluta soledad. La iglesia era una antigua mezquita de blancas paredes; sobre los altares laterales extendían las viejas arcadas su graciosa curva, y todo el templo respiraba ese ambiente de silencio y frescura que parece envolver a las construcciones árabes. Por el abierto portón veíamos la plaza solitaria inundada de sol; oíamos los gritos de los que se llamaban allá lejos, a través de los campos, rasgando la inquietud de la mañana, y de vez en cuando las gallinas entraban irreverentemente en el templo, paseando ante los altares con grave contoneo, hasta que huían asustadas por nuestros cantos. Hay que advertir que, familiarizados con aquel ambiente, estábamos en el andamio como en un taller, y yo obsequiaba a aquel mundo de santos, vírgenes y ángeles inmóviles y empolvados por los siglos, con todas las romanzas aprendidas en mis noches de _paraíso_, y tan pronto cantaba a la _celeste Aida_ como repetía los voluptuosos arrullos de Fausto en el jardín.
Por eso veía con desagrado por las tardes cómo invadían la iglesia algunas vecinas del pueblo, comadres descaradas y preguntonas que seguían el trabajo de mis manos con atención molesta, y hasta osaban criticarme por si no sacaba bastante brillo al follaje de oro o ponía poco bermellón en la cara de un angelito. La más guapetona y la más rica, a juzgar por la autoridad con que trataba a las demás, subía algunas veces al andamio, sin duda para hacerme sentir de más cerca su rústica majestad, y allí permanecía, no pudiendo moverme sin tropezar con ella.
El piso de la iglesia era de grandes ladrillos rojos, y tenía en el centro, empotrada en un marco de piedra, una enorme losa con anilla de hierro. Estaba yo una tarde imaginando qué habría debajo, y agachado sobre la losa rascaba con un hierro el polvo petrificado de las junturas, cuando entró aquella mujerona, la _siñá_ Pascuala, que pareció extrañarse mucho al verme en tal ocupación.
Toda la tarde la pasó cerca de mí, en el andamio, sin hacer caso de sus compañeras que parloteaban a nuestros pies, mirándome fijamente mientras se decidía a soltar la pregunta que revoloteaba en sus labios. Por fin la soltó. Quería saber qué hacía yo sobre aquella losa que nadie en el pueblo, ni aun los más ancianos, habían visto nunca levantada. Mis negativas excitaron más su curiosidad, y por burlarme de ella me entregué a un juego de muchacho, arreglando las cosas de modo que todas las tardes, al llegar a la iglesia, me encontraba mirando la losa, hurgando en sus junturas.
Di fin a la restauración, quitamos los andamios; el altar lucía como un ascua de oro, y cuando le echaba la última mirada, vino la curiosa comadre a intentar por otra vez hacerse partícipe de _mi secreto_.
--_Dígameu_, pintor --suplicaba--. Guardaré el _secret_.
Y el pintor (así me llamaban), como era entonces un joven alegre y había de marchar en el mismo día, encontró muy oportuno aturdir a aquella impertinente con una absurda leyenda. La hice prometer un sinnúmero de veces, con gran solemnidad, que no repetiría a nadie mis palabras, y solté cuantas mentiras me sugirió mi afición a las novelas interesantes.
Yo había levantado aquella losa por arte maravilloso que me callaba, y visto cosas extraordinarias. Primero una escalera honda, muy honda: después estrechos pasadizos, vueltas y revueltas; por fin una lámpara que debía estar ardiendo centenares de años, y tendido en una cama de mármol un _tío_ muy grande, con la barba hasta el vientre, los ojos cerrados, una espada enorme sobre el pecho y en la cabeza una toalla arrollada con una media luna.
--Será un _mòro_ --interrumpió ella con suficiencia.
Sí, un moro. ¡Qué lista era! Estaba envuelto en un manto que brillaba como el oro, y a sus pies una inscripción en letras enrevesadas que no las entendería el mismo cura; pero como yo era pintor, y los pintores lo saben todo, la había leído de corrido. Y decía... decía... ¡ah, sí! decía: «Aquí yace Alí-Bellús; su mujer Sarah y su hijo Macael le dedican este último recuerdo.»
Un mes después supe en Valencia lo que ocurrió apenas abandoné el pueblo. En la misma noche, la _siñá_ Pascuala juzgó que era bastante heroísmo callarse durante algunas horas, y se lo dijo todo a su marido, el cual lo repitió al día siguiente en la taberna. Estupefacción general. ¡Vivir toda la vida en el pueblo, entrar todos los domingos en la iglesia y no saber que bajo sus pies estaba el hombre de la gran barba, de la toalla en la cabeza, el marido de Sarah, el padre de Macael, el gran Alí-Bellús, que indudablemente habría sido el fundador del pueblo!... Y todo esto lo había visto un forastero, sin más trabajo que llegar, y ellos no. ¡Cristo!
Al domingo siguiente, apenas el cura abandonó el pueblo para comer con un párroco vecino, una gran parte del vecindario corrió a la iglesia. El marido de la _siñá_ Pascuala anduvo a palos con el sacristán para quitarle las llaves, y todos, hasta el alcalde y el secretario, entraron con picos, palancas y cuerdas. ¡Lo que sudaron!... En dos siglos lo menos no había sido levantada aquella losa, y los mozos más robustos, con los bíceps al aire y el cuello hinchado por los esfuerzos, pugnaban inútilmente por removerla.
--¡_Fòrsa, fòrsa_! --gritaba la Pascuala capitaneando aquella tropa de brutos--. ¡_Abaix_ está el _mòro_!
Y animados por ella redoblaron todos sus esfuerzos, hasta que después de una hora de bufidos, juramentos y sudor a chorros, arrancaron no solo la losa, sino el marco de piedra, saltando tras él una gran parte de los ladrillos del piso. Parecía que la iglesia se venía abajo. Pero buenos estaban ellos para fijarse en el destrozo... Todas las miradas eran para la lóbrega sima que acababa de abrirse ante sus pies.
Los más valientes rascábanse la cabeza con visible indecisión; pero uno más audaz se hizo atar una cuerda a la cintura y se deslizó murmurando un credo. No se cansó mucho en el viaje. Su cabeza estaba aún a la vista de todos cuando sus pies tocaban ya el fondo.
--¿Qué _veus_? --preguntaban los de arriba con ansiedad.
Y él se agitaba en aquella lobreguez, sin tropezar con otra cosa que montones de paja arrojada allí hacía muchos años después de un desestero, y que putrefacta por las filtraciones despedía un hedor insufrible.
--¡Busca, busca! --gritaban las cabezas formando un marco gesticulante en torno de la lóbrega abertura. Pero el explorador solo encontraba coscorrones, pues al avanzar su cabeza chocaba contra las paredes. Bajaron otros mozos, acusando de torpeza al primero, pero al fin tuvieron que convencerse de que aquel pozo no tenía salida alguna.
Se retiraron mohínos entre la rechifla de los chicuelos, ofendidos porque les habían dejado fuera de la iglesia, y el griterío de las mujeres, que aprovechaban la ocasión para vengarse de la orgullosa Pascuala.
--¿_Com_ está Alí-Bellús? --preguntaban--. ¿Y su hijo Macael?
Para colmo de sus desdichas, al ver el cura roto el piso de su iglesia y enterarse de lo ocurrido, púsose furioso; quiso excomulgar al pueblo por sacrílego, cerrar el templo, y únicamente se calmó cuando los aterrados descubridores de Alí-Bellús prometieron construir a sus expensas un pavimento mejor.
--¿Y no ha vuelto usted allá? --preguntaron al escultor algunos de sus oyentes.
--Me guardaré mucho. Más de una vez he encontrado en Valencia a alguno de los chasqueados; pero ¡debilidad humana! al hablar conmigo se reían del suceso, lo encontraban muy gracioso, y aseguraban que ellos eran de los que presintiendo la jugarreta, se quedaron a la puerta de la iglesia. Siempre han terminado la conversación invitándome a ir allá para pasar un día divertido; cuestión de comerse una paella... ¡Que vaya el demonio! Conozco a mi gente. Me invitan con una sonrisa angelical, pero instintivamente guiñan el ojo izquierdo como si ya estuvieran echándose la escopeta a la cara.
El dragón del Patriarca
TRADICIÓN VALENCIANA
Todos los valencianos hemos temblado de niños ante el monstruo enclavado en el atrio del Colegio del Patriarca, la iglesia fundada por el beato Juan de Ribera. Es un cocodrilo relleno de paja, con las cortas y rugosas patas pegadas al muro y entreabierta la enorme boca, con una expresión de repugnante horror que hace retroceder a los pequeños, hundiéndose en las faldas de sus madres.
Dicen algunos que está allí como símbolo del silencio, y con igual significado aparece en otras iglesias del reino de Aragón, imponiendo recogimiento a los fieles; pero el pueblo valenciano no cree en tales explicaciones; sabe mejor que nadie el origen del espantoso animalucho, la historia verídica e interesante del famoso _dragón del Patriarca_, y todos los nacidos en Valencia la recordamos como se recuerdan los cuentos _de miedo_ oídos en la niñez.
* * * * *
Era cuando Valencia tenía un perímetro no mucho más grande que los barrios tranquilos, soñolientos y como muertos, que rodean la Catedral. La Albufera, inmensa laguna casi confundida con el mar, llegaba hasta las murallas; la huerta era un enmarañado marjal de juncos y cañas que aguardaba en salvaje calma la llegada de los árabes que la cruzasen de acequias grandes y pequeñas, formando la maravillosa red que transmite la sangre de la fecundidad, y donde hoy es el Mercado extendíase el río, amplio, lento, confundiendo y perdiendo su corriente en las aguas muertas y cenagosas.
Las puertas de la ciudad inmediatas al Turia permanecían cerradas los más de los días, o se entreabrían tímidamente para chocar con el estrépito de la alarma apenas se movían los vecinos cañaverales. A todas horas había gente en las almenas, pálida de emoción y curiosidad, con el gesto del que desea contemplar de lejos algo horrible y al mismo tiempo teme verlo.
Allí, en el río, estaba el peligro de la ciudad, la pesadilla de Valencia, la mala bestia cuyo recuerdo turbaba el sueño de las gentes honradas, haciendo amargo el vino y desabrido el pan. En un ribazo, entre aplastadas marañas de juncos, un lóbrego y fangoso agujero, y en el fondo, durmiendo la siesta de la digestión, entre peladas calaveras y costillas rotas, el dragón, un horrible y feroz animalucho nunca visto en Valencia, enviado, sin duda, por el Señor --según decían las viejas ciudadanas-- para castigo de pecadores y terror de los buenos.
¡Qué no hacía la ciudad para librarse de aquel vecino molesto que turbaba su vida!... Los mozos bravos de cabeza ligera --y bien sabe el diablo que en Valencia no faltan-- excitábanse unos a otros y echaban suertes para salir contra la bestia, marchando a su encuentro con hachas, lanzas, espadas y cuchillos. Pero apenas se aproximaban a la cueva del dragón, sacaba este el morro, se ponía en facha para acometer, y partiendo en línea recta veloz como un rayo, a este quiero y al otro no, mordisco aquí y zarpazo allá, desbarataba el grupo; escapaban los menos, y el resto paraba en el fondo del negro agujero, sirviendo de pasto a la fiera para toda la semana.
La religión, viniendo en auxilio de los buenos y recelando las infernales artes del maléfico en esta horrorosa calamidad, quiso entrar en combate con la bestia, y un día el clero, con su obispo a la cabeza, salió por las puertas de Valencia, dirigiéndose valerosamente al río con gran provisión de latines y agua bendita. La muchedumbre contemplaba ansiosa desde las murallas la marcha lenta de la procesión; el resplandor de las bizantinas casullas con sus fajas blancas orladas de negras cruces; el centellear de la mitra de terciopelo rojo con piedras preciosas y el brillo de los lustrosos cráneos de los sacerdotes.
El monstruo, deslumbrado por este aparato extraordinario, les dejaba aproximarse, pero pasada la primera impresión movió sus cortas patas, abrió la boca como bostezando, y esto bastó para que todos retrocediesen con tanta prudencia como prisa, precaución feliz a la que debieron los valencianos que la fiera no se almorzara medio cabildo.
Se acabó. Todos reconocían la imposibilidad de seguir luchando con tal enemigo. Había que esperar a que el dragón muriese de viejo o de un hartazgo; mientras tanto, que cada cual se resignara a morir devorado cuando le llegara el turno.
Acabaron por familiarizarse con aquel bicho ruin como con la idea de la muerte, considerándolo una calamidad inevitable, y el valenciano que salía a trabajar sus campos, apenas escuchaba ruido cerca de la senda y veía ondear la maleza, murmuraba con desaliento y resignación:
--Me tocó la mala. Ya está ahí _ese_. Siquiera que acabe pronto y no me haga sufrir.
Como ya no quedaban hombres que fuesen en busca del dragón, este iba al encuentro de la gente para no pasar hambre en su agujero. Daba la vuelta a la ciudad, se agazapaba en los campos, corría los caminos, y muchas veces en su insolencia se arrastraba al pie de las murallas y pegaba el hocico a las rendijas de las fuertes puertas, atisbando si alguien iba a salir.
Era un maldito que parecía estar en todas partes. El pobre valenciano, al plantar el arroz encorvándose sobre la charca, sentía en lo mejor de su trabajo algo que le acariciaba por cerca de la espalda, y al volverse tropezaba con el morro del dragón, que se abría y se abría como si la boca le llegase hasta la cola, y ¡zas! de un golpe lo trituraba. El buen burgués que en las tardes de verano daba un paseíto por las afueras, veía salir de entre los matorrales una garra rugosa que parecía decirle: «¡Hola, amigo!», y con un zarpazo irresistible se veía arrastrado hasta el fondo del fangoso agujero donde la bestia tenía su comedor.
Al mediodía, cuando el dragón inmóvil en el barro como un tronco escamoso tomaba el sol, los tiradores de arco, apostados entre dos almenas, le largaban certeros saetazos. ¡Tontería! Las flechas rebotaban sobre el caparazón y el monstruo hacía un ligero movimiento, como si en torno de él zumbase un mosquito.
La ciudad se despoblaba rápidamente, y hubiese quedado totalmente abandonada a no ocurrírsele a los jueces sentenciar a muerte a cierto vagabundo, merecedor de horca por delitos que llamaron la atención en una época en que se mataba y robaba sin dar a esto otra importancia que la de naturales desahogos.