Chapter 7
Y el desconcertado escuchaba conmovido lo inescuchado. De pronto, una mueca de sorpresas inundo su faz. ¿Qué había ocurrido? ¿Por qué todo se encontraba transformado? Nadie vigilaba a nadie. Todo era serenidad. Los pocos que transitaban nunca dejaban de sonreír y eran tan amables. No se oían gritos ni reprimendas ni insultos ni comentarios maliciosos ni palabras envenenadas. Parecía que nada perturbaba lo apacible de la atmósfera o lo incoloro del asfalto. El atónito contemplaba aquel indescrito mundo. Veía que nadie intentaba hacerse daño, que la amistad y la ayuda mutua imperaban. El odio, el rencor, la envidia, la venganza, la ira, la codicia, el desprecio, los prejuicios, la mentira, la humillación, la injusticia, la miseria, la indignidad eran cenizas, escombros, ruinas... Ahora los humanos se amaban de verdad. La amistad sonreía. La cooperación triunfaba y todo era comprensión, autodominio. La nobleza de la gente se levantaba sobre los antiguos despojos de la ingratitud y de la ignominia, de la soberbia y de la abyección. La simiente buena del hombre había logrado su apoteosis. La obertura se había hecho realidad. Una nueva conciencia se expandía en cada hombre, en cada mujer y los unía para perfeccionarlo todo: la naturaleza, la sociedad, la cultura. Y el desconcertado lloró de alegría, sus lágrimas, mares risantes, se desmayaban en la ondulación de su sonrisa. - ¡AI fin! ¡Al fin! -murmuró como si hubiera hallado el complemento de sus ansias y su voz, ufana y sin cadenas, resonó en el espacio, embriagada de felicidades inefables, resurgir de opresos lares, vibración etérea, esencia verdadera de la humanidad - ¡Al fin! ¡Al fin! ¡Al fin la solidaridad! Fuera del miedo, la mente se ha desencadenado de sus esclavitudes de siglos para lograr el triunfo del bien, de la verdad y de la belleza. ¡Al fin el buen amor! ¡El único y real amor! El que da, el que comparte, el que reparte, el que no admite discriminación alguna. Y en aquel éxtasis se encontraba el desconcertado, cuando un ruido infernal se inició taladrante en su cerebro, se sintió arrastrado por vientos huracánicos y algo lo cegó... Cuando abrió los ojos, el despertador repiqueteaba las cinco de la mañana. El desconcertado se incorporó a duras penas de su lecho de rosas y tambaleándose,se dirigió al baño. Caminaba dormido hasta que sintió la frescura del agua. (Quizás puede ser que...) medio pensó entre el bullicio de las gotas frías que escurrían en su cuerpo joven. Y suspiró recuperando la realidad que le preocupaba, un retardo en la oficina, si no se apuraba...
XVIII
Es... un hombre extraño, inconmensurable; más que visible... navega en nosotros mismos. Se encuentra en cada yo desde los comienzos. Era... y es: el que respira logros... el que cultiva esfuerzos... el que domina miedos... ...el único. El que hoy intenta como nunca, como siempre, liberarse de sus prisiones, de sus cadenas inútiles, de sus candados atávicos, y brotar sin engaños, sin fraudes, sin dogmas, sin máscaras, a las superficies de un mundo en cierne, destructor de los sistemas subhumanos... Y compartirá las hoces.,. Y compartirá el martillo... Y el pan... Y el vino.... Y los peces... Y no tendrá carteles... Emergerá desde el fondo de nosotros y nos avasallará su libertad de polen..
EL PARAÍSO PERDIDO
- Oiga mesera, una taza de café. -Y el individuo enfundado en una gabardina gris mugre se la quedó mirando provocativamente. Ella sonrió. -¿Caliente...? ¿O tibio? - ¿La podría ver en algún lado? -insinuó el parroquiano. - Me está viendo... ¿o no? -musitó con sensualidad y se alejó haciendo alarde de su hermosura. El hombre movió la cabeza y los labios, como si saboreara un suculento bocado interior. - ¡Ay, Silvia! ¡ Qué bello lugar! ¡Cuánta elegancia y modernidad! Ni parece que estamos donde estamos. - Sí. Ofe, es único. - Tomemos algo caliente mientras allá afuera está que rabia el aguacero. - ¡Y qué música tocan! La primera vez que me trajeron... - ¿Quién...? ¿Tu marido? Creía que se encontraba en Europa... - Sí, pero... Vine con un amigo... - ¡Ah...! - Y las muchachas se tienen que dejar manocear por los rucos de la facultad, hay uno que ya está más dado al catre que su abuela y todavía les lanza los canes a las chamacas. Creo que a ese ya ni se le para, pero sigue haciendo la lucha. María, ya ves que entre todas es la más estudiosa, dice que la otra vez que le tocó examen con él, le dijo que si quería sacarse un diez, debía mostrarle sus habilidades... no en el salón, sino... ya sabes dónde... Ella salió muy indignada. Se la tronó. - ¡Ah jijos! ¡Ya ni la amuela! Todavía si se lo hubiera dicho y hecho a Eva o a la Primavera, que son tan... menos mal, al fin y al cabo que... Sólo acuérdate las veces que se han ido las tres con nosotros y nosotros nos hemos venido con ella más de varias... Pero lo que es a María, no... - Pues sí, ya ves... En la facultad se hace y se deshace. Por eso, hay que cotorrearle mucho y andar tras los maistros pa'que lo pasen... - Una noche... un amor... - otra noche... otro amor... - Así siempre vivo amando. - Así siempre viviendo estoy. - Hasta cuándo, hasta cuándo - mi vacío terminará y el amor que es verdadero llegará, llegará. Todos piensan, que mi vida dulce vida, sólo es... pero nadie ha comprendido la amargura que hay en mí. Hasta cuando... hasta cuándo... mi vacío terminará... - Una mujer esbelta y de atractivo vestuario cantaba al ritmo de Mack, the Knife para divertir a los asistentes y se deshacía en frenéticos y voluptuosos balanceos sin cansarse de repetir aquella melodía sensual al unísono del conjunto de jazz que la acompañaba. - Una noche... un amor... - ¿Qué sitio! ¡Es paradisíaco! - ¡Fascinante, tú! Mañana, tarde y noche está abierto. Además, ¡qué variedades! Ya verás las bailarinas. Hasta parece que estoy en París o en Nueva York. - ¡Esta si es vida! Y la música de jazz continúa estremeciendo el lugar. Anochece. El café, enciclopedia citadina, recopiladora del sentir intrascendente, cementerio de ocios infructíferos, a cada instante se va llenando más, y más, y más...
XIX
Era... Yes... El hombre recóndito. El que nos camina su diuturna peregrinanza. El que no se ve, pero se siente. El que aún no vive con plenitud, pero palpita. El que aún no ha nacido, pero crece, crece, crece... y se vitaliza. Era el hombre concreto, inmerso en su abstracción de arquetipo, configurándose... siluetizándose... iluminándose...
SINUHE
(¡Ultimo día de labores! ¡Al fin las vacaciones! Pasaron largos, eternos, horribles los días de trabajo. Esta mañana ha de ser la última de la temporada. ¡Ah! Si no fuera por estos merecidos descansos, no sé lo que pasaría con nosotros. Todos tenemos derecho a un poco de reposo, tranquilo, apacible, desligado de las odiadas y cotidianas ocupaciones; del arduo, constante, por desgracia necesario y fatigoso quehacer. ¡Trabajar! ¡Siempre trabajar! Parece que no existe otra fórmula para poder vivir... ¡Qué digo vivir! Para gozar de la existencia, única, aunque quebradiza como porcelana. ¡Trabajar! ¡Siempre trabajar! Día tras día, lo mismo. Semana tras semana, semejante. Mes tras mes, igual. ¡Ah! ¡Qué fastidio! Lo que más se desprecia es lo que está más cerca de nosotros, y lo que tanto se desea, permanece tal cual si se hiciera del rogar, como si dijera: "piensa en mí a cada instante, tenme frecuentemente en tus recuerdos, en tus ambiciones, en tus anhelos: Soy la felicidad, etérea princesa. Invisible, pero hermosa. Inaudible, pero vivo estremeciendo a los hombres con el roce de mi nítida voz. Sigue mis ansiadas huellas. Intenta alcanzarme, aunque sea para hacerte más desdichado. Yo soy la felicidad. Husmea... como perro, e intenta hallar la morada donde habito..." ¡Ah! ¡Último día de trabajo! i Al fin las vacaciones...!) (Ya falta muy poco para que suene la hora en la que daremos término a nuestra faena. Nos sentimos alegres. Hasta los siempretristes están así. Cuánto vigor impregna al cuerpo la esperanza del descanso apetecido. Los alientos renacen, se fortifican las ilusiones, los ensueños se vuelven realidad, tangible verdad. La tiranía está agonizando. Los lazos con los que nos encontrábamos atados comienzan a romperse. Los minutos avanzan en su galope de segundos. Se aproxima el instante de la libertad. El yugo se desgarra y nada puede contener el torrente que brota de sus heridas. ¡Al fin unos días de alivio! Sin la preocupación cotidiana de levantarse temprano, sobre todo en el invierno, con la frialdad de sus bofetadas, con el estruendo de su helada piel. Y descansar, dormir un poco más... ¡Ah! ¡Qué delicia permanecer indefinidos instantes en el mullido calor de la cama! ¡Muy envueltos...! Alejados de las indeseables horas de trabajo habitual. Empiernados con... ¡Ah mi amor! Y además, no más prisas ni carreras ni apuros ni sustos ni enojos ni empellones: el camión se pasó. (¡Condenado!) va completamente lleno, (¡Me lleva...!) se hace tarde (¡Maldición!) y ante el amenazante retardo, la angustia voraz que nos carcome al ánimo y nos hunde en el mal humor. (Chin...ya llegué tarde). Sin embargo, ahora, ¡qué descanso! ¡Hasta que volvamos otra vez a lo de siempre! Pero mientras tanto; ¡libre! ¡libre al fin! ¡Oasis dulcificante, manantial en el desierto, frescura en el infierno citadino! ¡Adiós a la pena diaria! Y descansar... descansar... sin obligaciones, sin apuros, sin temores, sin desasosiegos, sin preocupaciones y así... ¡vagar! Vagar por la urbe turbulenta, a lo me vale madre; gozar mientras cientos se desbaratan aún por lograr cosas indispensables para su existencia empolvecida. Y recorrer calles, y avenidas, y calzadas, y callejones... Vagabundear laberintos de la vida, recintos de la muerte, Contemplar los jardines de siluetas esbeltas y configuraciones armónicas y húmedas de tanta fuente. Admirar los molescos edificios que como péndulos del cielo ondulan arrogantes sus carnes de acero en invisibles giros. ¡Ah! ¡Cuánta alegría! Recóndito sadismo que late en cada uno de nosotros, por más bondadosos y sacrificados que aparentemos ser al escuchar furtivamente las quejas de los iracundos o las risas sarcásticas, irónicas, burlescas, picaras o melancólicas del mundo, de este mundo hecho para gozar y no otro... Por fin podré recorrer con tranquilidad mi ciudad y perderme en sus enredos gigantescos. Aprovecharé para conocerla, reconocerla y darme cuenta de sus cambios tan emperiodicados: sus nuevas avenidas, sus pasos subterráneos, sus vías de comunicación veloz, sus rascacielos sin fin... ¡Ah! ¡Qué largo viaje a través de este zoológico humano! ¡Cómo voy a divertirme! Las adolescentes que se adornan para lucir mayores y entre sus rostros abstractos de mugre y color, quitarse la edad y hacerse las ingenuas vampirescas de ojitos aborregados e hipócritamente ¡nocentes. ¡Y los jovenzuelos! ¡Ah, con sus suéteres y chamarrones de trasnochados beatniks, con sus pantalones ligeramente sueltos y sin peine! Muchachitos idiotas que aspiran a liberarse del yugo (papá y mamá) por medio de grupillos eufóricos que les respalden su miedo (papá le pega a mamá o... viceversa), pues en lo más íntimo, saben que lo que tratan de encubrir entre muchos, es su pavor latente ante la vida ignorada, ante lo futuro inaplazable, ante su angustia de cada día... La pandilla les hace creerse importantes, como los personajes amaestradores del cine. Y me reiré de las caducas que se esfuerzan por parecer más jóvenes, cuarentonas que llevan vestigios de veinteañeras mal logradas, flacas o gordas. Cincuentenarias y hasta de más siglos que se adornan con flores extravagantes y otros artefactos para dárselas de elegantes y chics. Pero lo más risible han de ser los donjuanes sobrepasados de años que van tras la conquista de una bella y candorosa joven, bueno, no tanto ni tonta, porque, calculando bien el momento de la muerte de su rico viejo inútil, heredarán lo poco o lo mucho que su amante tenga... itontitos! Y qué decir de los ansiosos de sexo que se cuelgan mutuamente tras las bardas, en las bancas de los jardines, entre los autos o los zaguanes.
¡Uf! Y los fornidos, hércules de bolsillo, que lucen sus musculaturas inyectadas por las calles en transparentes playeras, aunque esté helando, para enguajolotarse de indestructibles y tratar de gritarle a cualquier enclenque... ¡Ah! Y los borrachitos que caminan haciendo eses y zetas. Y los que se afanan en parecer lo que no son... y los peladitos, y los enigmáticos barbones que se dicen intelectuales y los elegantes y los que se dicen privilegiados y los misteriosos de anteojos negros con aires de mapaches aventureros, i Que días fenomenales voy a tener! ¡Y sin que me cueste! ¡Sin que me cueste! ¡Al fin las vacaciones...! Unos irán a las playas y harán que gozan de los candentes y benéficos, aunque maltratantes, rayos del sol. Y se tenderán en la arena y relajarán el cuerpo en forma placentera y sólo pensarán en sí mismos, narcisismo indispensable, y en su belleza cosmetificada. Muchos se confundirán con enorme deleite en las aguas del mar contaminado y entre babas y orines, se sentirán peces en las albercas lujosas o populares. Otros intentarán gozar de la pureza del aire montañero y el regocijo los dominará y se sentirán vaqueros o niños excursionistas o pioneros o gambusinos; nostalgia animal de las cavernas trogloditas... y... ¡Ah! ¡Al fíin las vacaciones! El momento se avecina, se acerca. Las palomas revolotean su blancura por el campanario cercano. Lo ansiado se aproxima. El reloj toca la hora soñada. Se oyen gritos, exclamaciones, euforia. ¡Felicidades! ¿A qué parte vas a ir? Hasta el año que entra. ¡Adiós! ¡Qué descanses! El silbato de la fábrica está sangrando estrepitoso. Rasga lo intangible. Alboroto. Se profana el silencio. El sol comienza a declinar. Nace la tarde. Se acerca la noche. En tropel salen los vacacionistas a gozar de su descanso neurótico. Recompensa a sus actividades maquinales desplegadas para beneficio de... del país. El tumulto se vomita en las puertas de las fábricas, de los edificios, de las tiendas. Es enorme. Salen como alegres. Cada hombre, cada mujer, se apresura a alejarse de ahí con tanta rapidez como si temiera una explosión inesperada o que los patrones, autoritarios y déspotas, fueran a arrepentirse de haberlos dejado libres, de haber interrumpido la planificada explotación (Necesitamos obreros tecnificados, mano de obra. La industria requiere del esfuerzo proletario. Habrá justicia social. Seguro. No desconfíen. No pienses. Prohibido. Disolución social. El sindicato vela por tus intereses. Tus líderes sacrificados se esfuerzan por ti. Trabaja, trabaja, trabaja, trabaja, trabaja, trabaja, trabaja, tornillo, bisagra, roldana, martillo. Uno, dos, tres... Uno, aprieta, aprieta, aprieta, aprieta, aprieta. Tecla, tecla, tecla, tecla, tecla. ¡Basta! Cállate, cállate, cállate. No grites, no protestes, agáchate, di que sí, aunque no; di que sí, aunque no; di que sí, aunque no...) Y todos parecen ir radiantes de gozo. ¡Radiantes! ¡Al fin las vacaciones! ¡No más labor! ¡Qué importa que sea por unos días nomás! (Los hará regresar el^ hambre) (Se acabó el dinero. Todo está tan caro. Los hoteles tendrán éxito. ¡Qué gentío! La moda presentará los atractivos de la temporada. ¡Cómo no ser in!) (Los hará regresar el hambre, las hambres...) (Yo produzco, ustedes consumen ¿No necesitan? ¡Pues es necesario, si no... ¡Amargado! ¡Resentido! ¡Retrógrada! ¡Loco! ¡Avaro! ¡Comunista! ¡Subversivo!) ¡Ah! ¡Las vacaciones! ¡Y que trabajen los burros... o los desposeídos!.
XX
Era... Y es...el hombre generoso y bueno; el que perdona en la acción vuelta humildades; el que sonríe comprensión ante la afrenta que lo lacera; el buscador de justicias que sí vean y equidades que no denigren. ...en una no lejana época brotará exuberante de nuestras profundidades a pesar de que hoy no queremos ni quieren muchos que surja, aunque surgirá. Surgirá... cuando sea el dueño de su economía y de su destino... cuando logren sus brazos la fiel ronda... cuando venza su estatua y cobre a las farsantes ilusiones el pago a tantos siglos de inconciencia. ...porque el hombre ignoto, el verdadero, insólito y anónimo, persistirá en su aventura opacada, en sus intentos de incendio, en sus afanes de marcha... Y triunfará... Triunfará. ...proseguirá recorriendo vías lácteas hasta el encuentro promisorio de su fin, que será su gran principio... Y nadie nos lo matará... ... mientras el hombre viva.
LA BELLA DURMIENTE DEL BOSQUE
¿Qué pasa en la ciudad? ¿Por qué ha cesado sus murmullos, sus estruendos y sus gritos enclaustrantes? ¿Cuál es el motivo de su fúnebre silencio? ¿Dónde han quedado las vibraciones de su vida cotidiana? ¿Hacia dónde huyeron las excitaciones sonoras y pétreas que la confundían de voces impenetrables? ¿Qué pasa en la ciudad? ¿Qué acontece? ¿Ha transformado sus ropajes de siempre en vestuarios mudos? ¿Ha conmutado su inacabable agitación en quietud sin final? ¿Qué sucede? ¿Es la muerte? ¿Es la conclusión? ¿Por qué ya no se escuchan los ruidos maquinarios que la invaden? ¿Ni se percibe más el escándalo de asfaltos rotos? ¿Ni los cláxones ni los suspiros desiertos ni los alaridos candentes ni el misterio de las lucubraciones fallidas? ¿Qué pasa? (La ciudad está desierta.) ¿Qué pasa? (La ciudad se ha vuelto calma.) ¿Qué pasa? Nada agita sus puntos angulares. Nada conmueve torres ni callejones. Tácita permanece, sumergida en las sombras de sus gasneones. No hay rumores ni lamentos ni congojas ni voces desesperadas. (La ciudad se ha vuelto calma) Ni inesperadas. (La ciudad se ha vuelto estatua.) Ni esperadas. (La ciudad se ha vuelto muda.) ¿Qué sucede en la gran urbe de perfiles orgullosos, de gigantes acerados, de paredes de cristal? (La ciudad está desierta) ¿Por qué ha cesado sus espasmos estrujantes? ¿Por qué ha tornado distancia sus estruendos? ¿Qué pasa en la ciudad? (La ciudad está callada.) ¿Dónde las convulsiones de su angustia? ¿Y los tormentos de sus golpes? ¿Y la huella...? (La ciudad se ha vuelto calma) ¡Calma! ¡Calma! ¡Calma calma! (La ciudad se ha desmayado en los silencios y en las tinieblas.) ¿Qué le pasa? ¿Qué sucede? ¿Qué acontece? (La ciudad se ha enredado con la noche) ¿La noche? Sí... ¡Es de noche! La ciudad está dormida con la noche. Se ha querido alejar del sopor de tantos hombres que la violan, que la ultrajan, que la humillan, que la pisan, que la visten y desnudan, que la escupen y la bañan, que la pulen y la manchan, que la viven y la matan, que la lloran y la cantan, que la besan y la rasgan, que la insultan y la aman... (La ciudad está cansada) Sólo la noche lesbiana la rescata de las computadoras, de los robotes y la acaricia, la amamanta. Sólo la noche lesbiana le da besos que no sangran, ternuras que no atan, coitos que no atascan. ¡Es la ciudad en la noche! Distante de lo mismo, por lo mismo, de los mismos... La ciudad está dormida con la noche... La noche que apacigua doncelleces voluptuosas y da fresco a los ardores de la ciudad desierta. La noche que la obliga al sueño, en sueño de mansiones ilusorias... Dormir, soñar... soñar... un nuevo cielo, un nuevo sol, distantes de los llantos que la mojan, de las cadenas que la marcan, de los grilletes que la apresan... La ciudad reposa en su lecho solitario para emprender con bríos vitalizados su marcha inútil... (¿Para qué? ¿Para qué? ¿Para qué? ¿Para qué?) Y aunque se destroza diariamente y se conmueve, y se agita y explota en fragmentos doloridos, no sabe a dónde va... ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? y sigue en la penumbra a despecho del luciente día, prisionera de la noche amasia, descubriendo los engaños que encerraban las promesas de un regazo vuelto cárcel, prisión de los sentidos, esclava. ¡Y sufre! ¡Y llora! Quisiera romperse en pirotécnicas, mas no anda... La ciudad está dormida y en su profundidad durmiente anhela continuar inmóvil hasta que un príncipe desconocido y arrogante, emanado del esfuerzo colectivo, le dé un beso y la despierte... Mientras, la ciudad va refugiándose en la noche, exiliada a pleno día, a pesar de sus estruendos y de sus escándalos, de sus ardidas y de sus fatuidades, porque el enigma tardará mucho tiempo aún en resolverse. La ciudad continuará desierta, a todas horas noche. Ni un alma ha de poblarla, solamente autómatas... Autómatas, porque la ciudad está vacía, vacía, vacía, vacía, vacía... vacía... vacía... vacía...
XXI
Era un hombre extraño... ...mas que visible, invisible. (¡Cursi! ¡Ridículo! ¡Soñador! ¡Anticuado! ¡Idealista!) Solo que... ¡Sí! ¡Oh diáfano prodigo de los hechos! ¡Sí! ¡Químico prodigio de merlines cósmicos! ¡Sí! ¡Física locura de antiestáticas poleas! ¡Sí! ¡Pronto ha de llegar el tiempo en que ya no lo sea!
LOS PESCADORES DE PERLAS
Y de pronto... Nadie supo cómo... Nadie supo por qué... Pero... En un abrir y cerrar de ojos los hombres se extraviaron. Una espesa oscuridad se extendió por la urbe y la luz se extinguió entre las tinieblas. Nada se veía. Y los hombres sintieron que se separaban de sí mismos y que sus cuerpos eran sólo materia y que sus mentes eran sólo energía. Una fuerza inconmensurable los dividía para arrastrarlos en aquel recién surgido paisaje sin formas ni siluetas. Se fragmentaban y todo se retornaba vacío y oquedad. Mas en la estática visión de aquella inercia, una voz potente y melodiosa, brotada desde un lugar impreciso, invadió el espacio nebuloso penetrando, cual oxígeno, hasta el centro de los hombres divididos y reconfigurándolos diversos, les dio sentido a nuevos sentidos. Al principio nada se le comprendía; parecía emplear un idioma inescuchado, pero luego... lentamente, se fue aclarando a la vez que el contorno de un helicóptero dorado surgía del infinito...