Cuentos promiscuos

Chapter 3

Chapter 33,986 wordsPublic domain (Wikisource)

-¡Pobre-cucarachita! -Un hombre más que gordo, más que calvo y más que feo, exclamaba conmovido mientras veía correr al insecto que se deslizaba veloz por la plataforma sin comida de una mesa aparente. -¡Pobrecita! Debo dejarla vivir. No merece la muerte. ¡Pobre! Todos tenemos derecho. Somos hijos de un solo señor. No la mataré ni la haré sufrir. Voy a dejarla tranquila para que corra cuanto desee y cuanto pueda por las superficies de mi casa. Además, mirándola bien, no es tan repugnante como muchos creen. Tiene un lindo color rojizo, casi bermellón. Sus patitas parecen alambres aterciopelados y su cabeza, ¡Ah, su cabecita!, un simpático alfiler dorado. Sigue tu senda, cucarachita. No he de matarte. No he de volverte materia muerta. Continúa conociendo el mundo que te rodea. Tus antenas, como hilos en movimiento, seguirán previniéndote de los múltiples peligros que te aguardan. ¡Anda! Ve tranquila por tu camino, cucarachita, hermana... Pero cuídate de pasar cerca de las telarañas que pueden ser mortales. Procura no entrar en lavabos resbaladizos ni en tinas anticuadas. Sin saber dónde; ignorando cómo y cuándo, puede brotar un torrente que te arrastre hasta el caño y... ¡Zas! ¡A perecer ahogada! ¡Lejos de los tuyos! ¡De tus hijas! ¡De tus amigos! ¡Oh, no cucarachita! Ve tranquila, no voy aplastarte... Y el hombre más que gordo, más que calvo y más que feo, como delirando, la contemplaba con embeleso, mientras que el ágil animalejo proseguía en libertad por su ruta. Después de algunos silencios continuó: - Es un insecto perjudicial. Causará destrozos en mi cocina e invadirá libremente los alimentos. Creo que mejor la mataré. ¡Sí! Eso es lo que debo hacer antes de que se pierda de mi vista. ¡Sucio animal! Por dondequiera que pases, irás dejando una estela de microbios... iAh! ¡Y cómo te reproducirás! En poco tiempo mi casa estará infectada. ¡Y los gastos para combatirte! ¡Oh! ¡Qué plaga! ¡Mi deber es destruirte! Sólo así me libraré de tu presencia y de todos los que son como tú. ¡Insectos! ¡Cucarachas!. Y el hombre más que calvo, más que gordo y más que feo, cogió un matamoscas previamente colocado tal cual si por las dudas sobre un desportillado armario y... -Pero... -Sudaba -¿Y si dios me castiga por ser tan malo con los hermanos animales? ¡Son tan indefensos! Nuestro padre San Francisco los amaba tanto. ¡De seguro iré al infierno cuando muera! Y allí... iOh, no! Miles como éste me atormentarán y nunca me darán la paz. Mejor no la mataré. iPobrecita! (Iniciando una sonrisa ingenua) ¡Tan graciosa! ¡Tan pequeña! (Entusiasmado) Dejaré que siga su camino y que haga lo que bien pueda. (Haciendo cara de inocencia) Yo no soy quién para destruirla. Aquél que nos dio la vida que se la quite. Yo no... (Con decisión) Yo no. Y el hombre más que calvo, más que gordo y más que feo, puso la mejor de sus caras y, contemplando al animalito, lo dejo escapar. Se encontraba tan extasiado en su mirada que no escuchó el enronquecido sonsonete del timbre del departamentucho donde vivía. Varias veces éste tuvo que ser tocado para que el hombre, estremecido, terminara con brusquedad asustada sus cavilaciones en voz alta y se dirigiera a la puerta. Apenas hubo abierto, una mujer humilde, poco menos que joven, lo saludó: - Buenas, Don Anselmo... - ¡Ah! ¡Qué milagro que viene usted a verme! -La interrumpió contrariado. - Es que no había tenido... - ¿Y ahora sí...? -volvió a cortar ansiosa y hoscamente las explicaciones de la humilde. - Ven ...go... -titubeante- a darle disculpas porque... Me ha ido muy mal...y...Sólo traigo la mitad de los réditos - prosiguió mientras iba sacando de la bolsa algunos billetes de a cien. El hombre más que calvo, más que gordo y más que feo, se los arrebató precipitadamente y amenazó furioso: - ¿¡Nada más esto!? ¡Si para mañana no trae lo demás, procederé en su contra! Le voy a embargar todo lo que acredite el valor del préstamo, más el veinte por ciento mensual de mis intereses... ¡Y ya son dos años! - Pero, Don Anselmo... suplicante - ¡No sea usted así! - ¡Qué mejor quiere que sea yo! Otro no le hubiera prestado con tantas facilidades y sobre todo, confiando nada más en una letra, sin exigirle propiedades a cambio. De mí nadie se compadece. Yo sólo vivo de esto, i Son mis únicas entradas! Si ustedes me fallan... Yo también tengo compromisos... - Pero si ya le llevo pagado más del doble... - ¡Ah! ¡Y hasta con ingratitud e insolencia! ¡Así paga esta gente! ¡Váyase! Me está quitando el tiempo -Iracundo- Y no se le olvide que para mañana necesito lo demás, ¿Eh? Si no, ya sabe... Y la mujer humilde salió quién sabe qué murmurando del suceso. Pronto se diluyó entre los enormes pasillos del vetusto edificio. El hombre más que gordo, más que calvo, más que feo, después de cerrar la puerta con brusquedad y disgusto, se recargó sobre ella y entre sonrisas jadeantes, ojos vidriosos, respiración excitada, manos trémulas, comenzó a contar con lentitud el dinero recibido. Era como si un inmenso e indescriptible orgasmo lo invadiera con su placer: -¡Cien, doscientos, trescientos, cuatrocientos, quinientos...

VI Y sus manos... ...manos carentes de silueta... ...acariciaban por igual a los espinos y a las corolas... ...a los perfumes y a los venenos... ...a los gusanos y a las palomas... Y vivificaban las hojas en otoño... Y encendían las grutas sumergidas de tinieblas... Y quemaban los andrajos de las hienas. Y caminaba... Era un hombre extraño...

...más que visible... ...invisible. Y proseguía como...

ULISES.

Se detiene y subo. En pocos segundos rueda nuevamente con ligereza. Todo se transforma en movimiento, en agitación, cual terremoto. Postes, árboles, casas, edificios, emprenden su carrera veleidosa... Entre los ruidos que produce el motor del transporte, veo que los pasajeros conversan y sus voces me trascienden. Yo, aturdido por el caos ambulante, casi ni escucho, me ato a un común adormecimiento... como todos los que van en este viaje, sin oir tantas sirenas deambulantes. - ¡Pobrecita! tan buena que es y luego el marido que tiene. Pero si yo se lo dije: "Mira, no te cases. Ese hombre no te conviene. No tiene oficio ni beneficio..." Pero como estaba tan enamorada, dizque, se largó con él. -Una gorda murmuraba a otra del mismo peso. Su cara pintarrajeada escupe las palabras. Y se hace la elegante. Como locutora de televisión. - ¿Qué? i No me diga! ¿Antes de casarse -Ladra la otra, hecha la sorprendida y como gozosa. - Sí, la muy tonta se dejó engañar y después ya la andaba abandonando, así nada más. Si no es por mi compadre que le exigió cumplir su palabra, orita fuera una de tantas... ¡Ay! Es que Helenita... -¡Ver para creer! Estoy segura que nadie lo sabe. Yo no creía que le hubiera sucedido su de malas -Silencio momentáneo- O su de buenas -y rió maliciosamente- ¡Quién la viera tan remilgosa! ¡Tan mosquita muerta! Tan yo ni un plato quiebro. - Sí, hay muchas cosas que pasan y nadie se las huele. Lo bueno fue que no dio lugar a murmuraciones, porque ya ve como son los chismes. Parecen reguero de pólvora. No sé por qué existe gente así y nadie la castiga, con eso de la libertad de expresión, pues... - ¿Y se casó de blanco, verdad? - insi-nuante. - Sí, al fin que no se le notaba nada. - ¡Pero que descaro! ¡Qué insulto para nuestra Santa Madre Iglesia! ¡Ave María Purísima! ¡Las cosas que se ven hoy! Estamos viviendo una depravación horrible. - Es que ha de estar acercándose el fin del mundo. Dicen que ya pronto; no ve cuantas cosas feas suceden cada día. - Sí, Doña Casandra ya lo advirtió ¿No la ha visto por la tele? -¡Claro! y dice que para entonces no habrá ni polvo de nosotras, o quién sabe... El padre Holocausto también en su sermón del otro día, nos dijo que debíamos comenzar a arrepentimos de nuestros pecados, porque según las sagradas escrituras, vivos y muertos habremos de padecer las llamaradas que brotarán de la tierra. - ¡Ay nana! - y quedaron en silencio unos momentos, como si pensaran en las torturas del juicio final. - Yo por eso ayudo a los demás, pa'que cuando eso sea, mis pecados sean perdonados. - Ora que dice de los pecados, ¿está viendo la comedia nocturna? - ¿Cuál? ¿Torrentes de martirio? - No, esa la pasan por la mañana. Yo le digo Corona de Pecados. - ¿A poco le gusta ésa? A mí no. Me gustan más las que son muy sentimentales, como las de la tarde, ¿cómo se llama? - ¡Cadena de lágrimas! - ¡Sí! Esa es. ¿Qué bien hecha está verdad? ¡Y es tan triste y conmovedora! Me hace llorar, pero así es la realidad. ¡Estamos en un valle de lágrimas!, ¡Y que vestuario tan lujoso! ¡Y las casas de los ricos cómo se ven!. - Es bonita, sí, aunque a mí me agradan más las de aventuras. Como ésa que pasan a las siete de la noche: La Venganza del Hijo del Hijo del Hijo de Nadie. - ¡Son tan emocionantes! Estoy de acuerdo con usted. Lástima que ya casi se va a terminar. Dicen que nomás llega al capítulo cinco mil y ahorita ya va en el cuatro mil novecientos nueve. ¡Ojalá que escriban una continuación... ¡Ay! ¡Que distracción! ¡Aquí nos bajamos! ¡Bajan, chofer! ¡Bajan! -interrumpen la plática y armando una revolución de gritos, ambas se levantan de sus asientos y con sus tremebundas humanidades tratan de hacerle al equilibrista y le indican al conductor que se detenga. El camión como que navega- Ya quisiera yo llegar. Estos veinte minutos me causan un sopor de la chingada. Y tantos pendejos hablando. ¡Cómo quisiera taparme los oídos! - ¿Esta noche? - No. No... - ¿Cuándo...? - ¡Calla! Eso no puede ser... - ¿Pero por qué? Dame una explicación -conversan entre el escándalo con ruedas dos novios aparentes. - No puedo... Me es muy difícil. - ¿Acaso no te gusta? - ¡Sí! Me encanta, pero... esta noche no... - ¡¿Por qué?! -exasperado - Yo ya quiero ir...Tú dijiste que vendrías... - Sí, mas... ahora... cálmate! La gente se va a dar cuenta. - ¡No importa! ¡No nos conocen! - ¡Armando! Comprende, no seas atrabancado. - ¡Qué quieres que comprenda! Yo también entro a trabajar muy temprano. Además no tardamos. En tres horas... - Mejor el sábado en la tarde. Entonces sí, lo que tú quieras... - Bueno, a ver si ahora me cumples. Nada más no vayas a salir a última hora con que quieres ir a ver otra película y no la que yo quiero... - ¡Pinche...! - ¡Mami! ¡Mami! ¡Papi! ¡Papi! Allí venden los juguetes que les pedí a los Santos Reyes. - ¡Ah, qué inocente es nuestro hijito! Aún cree en los Santos Reyes. - Estuvo regalada la prueba - un adolescente presume con otro de su edad. -¡Por primera vez no me truenan! - prosigue. - Para lo que se preocupan en mi casa. -Precisa alguno más. - ¡Hoy sí saco diez! El viejo de literatura ni cuenta se dio de mi acordeón. - ¿Te fijaste en Cuca, Héctor? - Amárratela! Está re'buena y ella te trae ganas... Nomás fíjate cómo te mira. ¡Aviéntate! - Eres bien buey. Si no le vas a hacer caso, dame chancita ¿no? - ¡Cuidado con Cuca! No la vacilen. No sean cabrones. - También tú ni le hablas. ¡Cógetela! O un R.C.A. al menos... - ¡Deja de joder! ¡Yo sé lo que hago! - ¡Uf! ¡Qué calor! - Y más en estos sucios camiones. Va tan amontonada la gente. - ¡Es insoportable! Siquiera porque cobran tan caro debían procurar que las pasajeras fuéramos cómodas. - Yo llego a casa terriblemente agobiada y con un sueño desesperante. - ¡Qué vamos a hacer! ¡Conformarnos! - Hasta por la noche continúa esta hogaza, ¡Cómo ha cambiado el clima! - Es cierto. Yo siento más calor que en el día. No sé por qué... - Tu marido ha de tener la misma opinión, ¿no...? - ¡Ay, tú! ¡Cómo eres! - ¡Estuvo muy barato! - ¡De oferta! Un auto de ese modelo y a tan buen precio. ¡Lo que es la necesidad! - También Jorge es un abusivo, nada más se entera de que una persona necesita dinero y que vende algo conveniente para él, de inmediato aprovecha la oportunidad. Ahora ya lo ves, tengo que viajar en camión con toda esta bola. - ¡Qué partidazo el del domingo pasado! - Sí, mano. Y el box por la noche no se quedó atrás. - No me pierdo la próxima pelea. - Yo también. A como de lugar iré, ¡Así pida prestado! - Y tu novio qué dice... ¡Cuándo se casan? - Nada más que termine la carrera. - ¿Le falta mucho? - Sí, tres años. - ¡Qué resistencia la tuya! Yo ya lo hubiera dejado. Tantos buenos partidos que te rondan y los desprecias por estar esperando a tu famoso heroecito, para que luego, a lo mejor, vaya a salirte con la tontería que ya no te quiere o que es de los otros. Yo que tú... - ¡Qué rabia! ¡Esos elogios me los merezco yo! Dime si no. Yo tengo más años de trabajar allí. He cooperado en todo, he ayudado. Y nada... Ese mentecato de Antonio llegó nada más a opacarme. Ni que valiera tanto. Puro blof. Yo valgo más que él. Yo sé más que él. Yo conozco más que él. Yo soy más que él... y más inteligente. ¡Es un hipocritón! ¡Desgraciado! Pero me las va a pagar cuando menos lo espere. Ya le encontraré una fallita y entonces... ¡Desdichado! Venir a deslucirme. ¡A mí! ¡Fíjate! ¡Nada menos que a mí! Los patrones son unos ciegos. No les interesan los verdaderos valores como yo. No vayas a pensar que tengo envidia, pero... Ese desgraciado! ¡Verás cómo me la va a pagar! ¡Vas a ver...! ¡Es que me da un coraje...! - Ojalá que me den chamba. El sueldo es muy bueno. - Falta nos hace. - Lo que gano en la oficina casi no nos alcanza. Menos del mínimo. ¡Es el colmo! Y pensar que hay tantos, que ni sé cómo le hacen, que reciben cientos de veces más y sin trabajar. Nomás por compadrazgos y favoritismos. - Pero eso es muy sospechoso. Nadie gana tanto honradamente. - Sí, por honrados somos pobres, o como quien dice tarugos. - ¡Juy...juy...juy...juy...! Me río de los estúpidos politiqueros, politicastros y politiquillos de a tostón. ¡Bola de interesados! ¡Manada! - ¡No diga eso! Se lo van a llevar a la cárcel, o lo pueden mandar asesinar por accidente; o hacer algún mal. Ya sabe cómo son... En la política todos salen tiznados. - ¡Que lo hagan! ¡Que me maten! ¡Qué! Mucho miedo. ¡Cobardes! ¡Jijos de la mierda! Al fin que siempre han de saber que lo que digo es la verdad. Nunca alcanzarán a sobresalir medianamente por sí mismos, si no es a fuerza del abuso, de la traición, del rastrerismo y del engaño. Son viles perros que controlan el rebaño, dizque sus partidarios, sin saber los muy ojetes que estos sólo los siguen por el interés de vivir gratis… ¡Cerdos! - ¡Mejor cállese, antes que lo vayan a callar para siempre. -¡Bajen a ese borracho! -¡Bájame si puedes, desgraciado!. Y ante aquellas voces tengo que hacer gala de resistencia. ¡Cómo gritan! Lo bueno es que estos veinte largos minutos de galopante recorrido por el marenostrum citadino, se han acabado. Ya llegamos al fin. Allí está ella esperando en la esquina. Teje y desteje como para perder el tiempo ganado o perdido. Bajo con prontitud, sonrío. Corro hacia ella. Los pasajeros continúan con sus pláticas sin importancia. Nada reflejan. El autobús reemprende la marcha y se pierde entre el laberinto de la ciudad. La abrazo y le doy un beso. Los dos nos dirigimos hacia donde quedamos. Ella ríe y yo más...Al fin me va a dar lo que tanto he esperado... y deseado...¡Y los demás que se chinguen!

VII

Y sus labios... ...rosas míticas... ...eran perpetua sonrisa. Y sus ojos... ... fuegos místicos... ...eran ansia viva por volcarse en llamas amantes... ternura inusitada... reflejos de amor bueno... tenue desgranar de fe y de esperanza, desterrados de caridades hipócritas.

Y quería hablar...

NAZARIN.

El fúnebre aspecto de un individuo deslizaba sus aristrocracias por la concurrida y transitada avenida, ancha y alegre. Su altivez andante dejaba ver con descaro la insinuación de quienes se muestran superiores, aunque no lo sean. Erguía el cuerpo con aparente categoría y su mirada se llenaba de menosprecios. El traje oscuro que llevaba, pasado de moda y al parecer de casimir muy fino, ajustaba a la perfección con la delgadez de su soberbia humanidad. Un sombrero del mismo tono coronaba su alardoso porte. Era un enlutado. El más enlutado de los enlutados. O como los que se creen... En una de sus manos cargaba un voluminoso libro negro y pendiente de la otra, un paraguas décimononesco que combinaba con la tristeza de los matices de su vestimenta. La gente lo veía de reojo y entre sonrisas de malicia comentaba sus extravagancias. El domingo, con su amanecer de siempre, se desperezaba. Un sorprendente sol derramaba sus bondades en efluvios que se correteaban a todo lo largo y a todo lo ancho de la urbe recién bañada la noche anterior.

Varias fueron las calles andadas por el individuo de fúnebre aspecto para llegar a un jardín estratégicamente situado frente a una iglesia modernoide. Lo primero que hizo fue mirar un reloj que con principesca delicadeza sacó de uno de los bolsillos de su chaleco, compararlo con el de la parroquia y comprobar que iban a ser las ocho de la mañana. Allá en las torres del templo se observaba al sacristán que tocaba con ligereza las vetustas campanas, agonizantes de vejez y que a pesar de su antigüedad sonaban alegres y potentes como en los primeros días en que habían sido colocadas en las alturas, quién sabe si para estar más cerca de Dios o' más lejos de los hombres. La misa primera iba a comenzar. Muchos apresuraban sus pasos para llegar lo más rápidamente posible. Las mujeres, al entrar, se encubrían cuidadosas con velos de diversas calidades mientras ellos quedaban al descubierto. El enlutado no se había movido del sitio que parecía haber seleccionado para algo. Ahí permanecía como tétrica escultura y serenamente observaba a su rededor. Cuando vio que la iglesia se encontraba casi llena y que la misa principiaba, atravesó el jardín con ritmo ágil, llegó hasta las puertas del templo y quitándose el anochecido sombrero, entró. Apenas si podía introducirse, pero él, lo intentaba a la fuerza. ¡Tal era el gentío! Los que devotamente oraban, lo veían con enojo. (¡Impertinente!) y murmuraba. El no atribuía ningún crédito a sus protestas y a empellones se abría camino entre aquel océano de carnes perfumadas. Después de haber logrado avanzar un poco, concluyó la ceremonia. Los creyentes se persignaron y con lenta solemnidad, como descargados de enormes pesos, salieron rebañescamente. Pronto la iglesia quedó vacía. Algunos se detenían con su santo favorito y rezaban unos momentos más. Mientras tanto, el individuo de fúnebre aspecto, como iluminado, no se movía de su lugar. Su mirada como hecha de dolor y de melancolía se diluía en el altar de reluciente oros. Sus manos, largas y finas, como las de los mártires góticos acariciaban el libro de oraciones A los pocos segundos greyes renovadas comenzaron a entrar. Llegaban a la misa siguiente. Y aunque el recinto sacro se iba llenando otra vez, el enlutado permanecía en su sitio de siempre. Cuando se dio cuenta que la iglesia al fin reabundaba en fieles, continuo su labor de desplazamiento hacia el altar, de manera semejante a como la había hecho con anterioridad: Empellón tras empellón y sin disculpas. Quizás era una manda... Apenas hubo salido el sacerdote, se reconoció la celebración de un matrimonio. El cura se dirigió solemne para recibir a los novios que aguardaban en la puerta principal del local. Los invitados resplandecían de elegancia. Mujeres entre adornos y hombres de adustos gestos acompañaban a los desposantes como en desfile de carnaval: Falange de plumas, de pieles, de máscaras, en mezcla de colores y de olores, seguían a la pareja que entraba al compás de una estrepitosa organillera y cual más envanecido, se ufanaba en su religiosa fatuidad. La muchedumbre era enorme. Y aunque era difícil moverse, el fúnebre trataba, reiniciando su marcha forzada, de llegar hasta sus objetivos. Al terminar el acto, sudoroso por el calor de verano que se había desatado en esos momentos, todos abandonaron la iglesia, menos él. ¡Seguía rezando! ¡Y rezando! ¡Tan devoto como el que más ... ! Los golpes que se daba en el pecho con el puño cerrado a cada instante, resonaban en la oquedad del edificio santuario. Parecía anhelar su conversión en santo. Tal era su religiosidad. Y la misa tercera llegó y ocurrió algo semejante a lo anterior. Terminada, continuó la otra y la otra y la otra y el funéreo individuo no se alejaba de su puesto. Sin duda era un apasionado por la meditación y el ruego,, por el diálogo con la divinidad. (Ah! ¡Si todos los hombres del mundo...! ¡Si todos fueran así!¡Nuestro fuera el reino de los cielos! Alguien había dicho en una película de Hollywood). Las horas transcurrieron con su mismo trote, y las misas, y las masas que iban y venían, que entraban y salían, también. Cuando el místico se dio cuenta que cerraban el templo, se arrodilló apasio-nadamente, como en señal de gracias; persignóse con beatitud; enfático tornó a incorporarse y adoptó la postura de los sacrificados con las manos unidas en toda su extensión a la altura del pecho y después en forma de cruz. Algo imperceptible murmuró tremulante y se dirigió a la salida. – Gracias señor.

Apenas su rostro fue bañado de sol, se reacomodó el sombrero con gran unción donde mismo y echó a caminar por donde había venido. Cruzó el jardincillo con rapidez. Anduvo calles y más calles hasta que llegó a un edificio sórdido e imponente de diez pisos; mugroso y mal oliente. Se detuvo unos instantes. Vio hacia todos lados: A la derecha, a la izquierda, abajo, arriba, adelante, atrás y cuando se sintió satisfecho de su inexplicable curiosidad, sonrió con angelical dulzura. En el bolsillo del chaleco buscó su reloj, se dio cuenta de la hora y entró con grave gesto en la repulsiva construcción. Subió por las penumbrosas escaleras hasta la azotea. Había allí varios cuartos semiderruídos. Se dirigió a unos de ellos. Sacó una llave enorme y abrió la puerta. Gimieron los goznes con misterioso y espeluznante quejido. De pronto, un ser deforme y monstruoso: enano, tuerto, medio jorobado, barbón y sucio apareció amenazante. Sus ojos de fulgores bestiales brillaron; su cara cicatrizada adoptó una mueca diabólica; sus manos crispadas se elevaron dispuestas al ataque y... con voz cavernosa exclamó: -¡Ah! ¡Eres tú...! ¿Qué tal te fue? ¡Ora cuántas carteras?

E indescubierto volaba a cumbres inasibles e impregnaba de auroras los nocturnos hasta volver claridad las hondonadas. Y por donde transitaba, florecían sus huellas, aunque después, como todo, lentamente se borraban ante las humillaciones de los temporales altaneros, de los ciclones envidiosos, de las lluvias contaminadas, de los fangos poderosos, de los desiertos drogadictos... ...de los imperios del miedo... y del odio pederasta. Mas no obstante las cegueras sifilíticas, él persistía, ensimismado en su guarda, tras la hora de la era... ...destilando...

FANTASÍA

Una muchedumbre infinita y milenaria se encontraba reunida en la principal ágora de la urbe, con el propósito de realizar una manifestación pacífica como protesta a ciertos desmanes premeditadamente ocultos del gobierno, para algunos, tiránico, antidemocrático, demagógico, supertecnócrata, anticívico, ultrarretrógrado y esdrújulos más. Los obreros, sacados de sus fábricas por compromisos, llevados con lujo de facilidades para defender su derechos pisoteados por el abuso, por el descaro, por el robo y la explotación, levantaban, aunque algunos no sabían leer, ni por qué, enormes carteles en los que se veían escritas súplicas desafiantes, insultos gratuitos y peticiones instintivas: MUERAN LOS TRAIDORES, DEFENDAMOS NUESTROS DERECHOS. LIBERTAD Y REFORMA. Un demóstenes apócrifo gritaba desaforado, como loco, hasta desgañitarse. Se despeinaba furioso y brincaba, y manoteaba, y lanzaba amenazas a lo largo y a lo ancho de los vientos. Y casi devoraba el micrófono.