Chapter 2
- ¿Ya vio? Se lo dije. Cuando anda tan ocupado no le hace caso ni a su madre. -como con finura sonríe la secretaria, mientras esboza su ironía. - Bueno, ni modo. Vendré mañana. - Diri-giéndose a la mujer que con burla le habla. - Eso es problema de usted. -Y la empleada continúa felinesca revisando sin revisar unos documentos. El tímido despreciado se aleja con disgusto. Las once... La oficina de gobierno se encuentra en pleno apogeo. Ruido por doquiera, agitación por donde sea, trabajo fingido, pérdida de tiempo, asesinatos. Un día más dentro de la rutina. Lo mismo a cada hora, a cada mes, año tras año... Las once... Las puertas del elevador se abren y aparece el individuo que el día anterior había estado esperando audiencia. Refleja en su rostro una cierta y desconocida transformación. La timidez se ha vuelto seguridad. La vergüenza, osadía. Algunos lo miran como si quisieran sonreírle. Él, ni hace caso. Las once... Se dirige con paso firme hasta el privado. La secretaria se pone en pie al darse cuenta de la proximidad del ex-tímido y con amabilidad, unas horas antes arrogancia, le dice: -¡Ah! Señor Mateos, ¿Cómo está usted? Lo esperábamos con impaciencia. El señor director le aguarda. Hemos recibido órdenes para que le demos toda clase de facilidades en lo tocante a su empleo y evitar así que usted salga dañado en sus intereses, porque ya ve, no es culpa suya. Le daremos la lista de los rumbos de la ciudad en los cuales desee trabajar, y... si gusta, lo podemos llevar hasta el lugar que usted elija para ver si le conviene. El auto del señor director está a su disposición. - Gracias, muy amable. - Ya sabe que estamos para servirle... - y abre la puerta de la oficina del principal. El transformado entra. - Antes que nada, permítame presentarle mis disculpas por haberme visto imposibilitado para atenderlo ayer mismo. Es que como no me habían avisado.
Usted sabe... Tengo que resolver un sinnúmero de cuestiones y no puedo hacerlas a un lado.- sonriente y levantándose apresurado el mandamás saluda a la vez que se justifica. - No se preocupe. Comprendo...- Replica burlesco el transformado. - Tal vez mi secretaria le ha informado que ordené para usted las mejores facilidades. Puede reincorporarse al trabajo en el sitio y horario que más le convenga. - Se lo agradezco mucho - Mordaz. - Espero esté contento. Nosotros hemos tratado de servirle en lo más que podemos...-y el señor director oprime un botón. La secretaria entra diciendo en su rapidez lo de siempre: "Diga usted..." - Tenga listos los documentos y los trámites "a realizar". El señor Mateos no puede perder más tiempo. - Se han portado muy gentiles. - La mujer le muestra unos papeles. Discuten amablemente. El director hace algunas sugestiones al extímido. Los tres ríen. La metamorfosis se efectúa en artes de magia... Al parecer todo se ha arreglado. Y la lámpara funciona. Y el sistema también... El señor director y el exvergonzoso salen de la oficina exclusiva. Conversan satisfechos. Bajan. Se encaminan hacia la calle. La mañana se abraza ardorosa con el sol opaco. La neblina parece haber huido ante tanto humo vehicular y fabril. Un inmenso automóvil aguarda en su brillante luto. - Lleva al señor Mateos a la dirección que te indique - ordena al chofer. - Muy agradecido, señor director...- y se dan la mano. - Me saluda a su estimado tío. - Con mucho gusto. Ya le comunicaré lo que usted ha hecho por mí. El habrá de recompensarlo. - ¡Adiós! - y el aparato se pone en marcha. El señor director sonríe lleno de gusto. Contempla angelicalmente como se aleja el auto. (Espero ganarme un ascenso) piensa. Y feliz, regresa a sus oficinas...
Y temblando su deseo, recorría los parajes sin nombre todavía, propulsado de fuegos solares tras el momento de pregonar sus pasos y gritar la verdad de su universo. Y atravesaba paredes. Y ascendía escaleras. Y se asomaba a ventanas. Y en su silencio andante, el hombre invisible imploraba en alas abiertas la inefable ansiedad de que lo vieran, de que lo palparan, de que lo atendieran, mas... sin agitar las indiferencias que no lo escuchaban ni lo suponían, continuaba el trayecto sin doblegarse, sin caer...encadenado a su ruego...esperando el instante del hallazgo...labrando su epopeya interior. Oyendo...
HANSEL Y GRETEL O... LA CASITA DE CHOCOLATE. - Allí, sí; allí... ¡Mira!, Fíjate bien. Por la Avenida de las Palmas...Allí va el matrimonio más honorable de la ciudad. ¿No sabes de su fama? Quienes lo conocen la pregonan. Si supieras que los adornos de sus virtudes son infinitos y por ello, es uno de los principales integrantes de las asociaciones en pro de la limpieza física y espiritual que tanta falta hacen. - A Don Casto, por su omnipotente voluntad, le atribuimos el más alto concepto de la moralidad las damas caritativas de la urbe, de las cuales soy representante. Y Doña Pura, ¡Oh que mujer digna y misericordiosa!, es un modelo de virtud...Cierta vez, dicen, cuando descubrió que la recamarera y el jardinero se comportaban indiscretamente, consideró tal hecho como un insulto al decoro familiar y al buen uso de las costumbres. ¡Los despidió de inmediato! ¡Qué rectitud! ¿No, crees?. - Doña Pura y Don Casto, profesan una intensa devoción por nuestra Santa Madre Iglesia. No hay un día sin que vayan al rosario ni domingo en el cual no escuchen de dos a tres misas seguidas, y mucho
menos, viernes primeros de cada mes en los que no comulguen. Yo soy testigo de ello. Siempre andan juntos. Concurren a nuestros té canasta, a las reuniones y juntas para el beneficio de los pobres y cooperan en todo lo que su bolsillo puede sostener, como que son riquísimos. ¡Ah, eso sí, son riquísimos!. Debido a tantas cualidades, la Asociación de Católicos Incólumes los hemos condecorado dándoles medalla al mérito por ser los casados perfectos. También la Sociedad de Damas Marianas les ha concedido varios diplomas por semejante motivo. ¡Y mira qué elegantes son!. Don Casto es miembro honorario de la Unión Mundial de Banqueros y éstos lo estiman inmensamente, pues saben lo que vale. Nada realizan sin antes habérselo consultado. Su sabia opinión pesa muchísimo, según cuenta mi marido. Además, por si fuera poco, es el principal cuentahabiente del Banco Internacional Hipotecario. Su depósito asciende a quién sabe cuántos millones de millones, herencia de sus rancios antepasados que con suma habilidad ha venido administrando desde 1910. Y no digamos Doña Pura, es humildísima, ¿ves? Pertenece a las Devotas Hermanas de la caridad, Asociación Civil. Nada existe que no dé, hasta lo que no tiene. Aún en los momentos más insignificantes se muestra bondadosa y abnegada. Admira a quienes conocen a matrimonio tan santo, el que tenga tal rectitud y discreción. Él está en la plenitud de la existencia. Calcúlansele entre cuarenta y cincuenta años. Y ella, como en sus veinte, aunque se sospecha que frisa los treinta y tantos. Está tan bien conservada. Mírala. Nunca han tenido hijos. Algunos infieren que por no pecar. Así, dicen, no ofenden al prestigio inmaculado que los rodea y esperan que el espíritu santo, obre. ¡Qué inocencia en nuestros tiempos! ¿No crees…? No obstante, como siempre, imagínate que las florecillas son devoradas por las alimañas y las lenguas viperinas de los infieles y malagradecidos criados, despedidos por inmorales, osan murmurar verdaderas calamidades, odiosas afirmaciones, calumnias execrables e impías. Lo bueno es que nadie, ¡nadie hace caso a sus vituperios! ¡Cómo es posible pensar siquiera que Doña Pura y Don Casto sean capaces de hacer lo afirmado por esos canallas exsirvientes. ¡Imposible! i No se puede creer! A la alta sociedad nos conduele enterarnos de ello; por eso ofendida le damos las espaldas a los rumores, porque sabemos que no es cierto. ¡No es cierto! ¡Calumnias! ¡Sólo calumnias!. Yo no lo creo. ¡Son tan buenos! ¡Tan nobles! ¡Tan católicos! ¡Tan de aristocrática sangre y de linaje sin igual! ¡Cómo es la gente de malvada tú!, ¡Tan virtuosos y decir eso... ! ¡Oh! ¡Qué infamia! ¡No lo creo! ¡No lo creo! - Y estaba sirviéndole la merienda en su recámara, cuando de pronto me dijo: "Facunda, te voy a decir algo... Nadie más que tú debe saberlo. Tienes que callarlo como una estatua. Muda. Ni sientes ni ves ni hablas. Si te atreves a decirlo, te despido. Si permaneces como si nada, mis retribuciones no se harán esperar... " Y entonces que me abraza. Yo tuve miedo al principio. Me apretó tú déjate y me dijo sofocado: "No temas, tú déjate." Y me llevó hasta su cama. "Nada pasará... y si sucede... yo sabré como apaciguar al mundo, para eso tengo dinero en abundancia. ¡Desnúdate! Yo me sentí ofendida y avergonzada a la vez, pero ... nomás de pensar en lo difícil de encontrar buenos empleos, tuve que obedecer.
Además como no es tan mal parecido, pues... "Quítate la blusa y la falda rápidamente". Siguió ordenándome mientras me miraba entreabriendo los labios. Con mucho nerviosismo hice lo que pedía y cuando estaba en ropas interiores, acercó sus manos hacia mí, tembloroso me toco los pechos y fue quitándome el brasier. Acarició mi cuerpo como si probara la suavidad de una tela. Yo estaba medio asustada, pero me imaginaba la posible lana que me daría y me dejaba. De pronto, sin esperarlo, me hizo a un lado con brusquedad y quitándome las pantaletas comenzó a besarlas y a morderlas, mientras se la jaloneaba. Yo lo miraba sorprendida, pero sus muecas me comenzaron a causar asco. Ya presentía lo mero bueno, cuando me gritó con severidad: "Vístete y vete". Recuerda lo que te dije. Ni una palabra... ¿eh? Si no, ya sabes." Me vestí con rapidez y salí medio cachonda de su recámara. Lueguito me fui a desquitar con mi viejo. - Pues... Yo no lo creo. ¡Son tan virtuosos! - Era de noche. Andaba inspeccionando que las puertas de la casa hubieran quedado bien cerradas. Cuando al pasar por el jardín escuché mi nombre en voz baja. - Eh, Eduardo. Pregunté quién era y qué sorpresa mano; la señora se hallaba sentada en el pasto, detrás de un arbusto, completamente encuerada "Eduardo" me dijo, "venga acá". Y me acerqué apenado. "No dirá nada a nadie. Si algo dice le costará muy caro. Guarde el secreto y lo recompesaré. Siéntese a mi lado. Yo obedecí por sus amenazas, además, uno es hombre y si nos la ofrecen, pues... Ella empezó a acariciarme y entre caricia y caricia, fue desabrochándome la camisa y bajándome los pantalones. Estaba reborracha. Cuando quedé en cueros, que me hace recostarme y que se me monta y que me comienza a tentar y que me lo agarra y que me lo soba y que me lo mama. De inmediato respondí a sus ardores. Ella me abrazaba y mordía mi carne bien apasionada. Ni con mí vieja lo había sentido. Así estuvimos como una hora, restregándonos, rodando por el pasto hasta que... Yo ya no aguantaba las ganas. Por fin, me la puse debajo y colocándoselo ella misma, hice lo que debía. Ni trabajo me costó. Entró sabrosamente. Desde entonces, cada noche hacíamos lo mismo, hasta que ella se fastidió y me corrió. - Pues... yo no lo creo. ¡Son tan virtuosos! - Fíjate que a lo mejor ni me crés, pero te lo voy a contar. Nomás pa' que veas cómo es la gente dizque honorable. ¿Te acuerdas que trabajé como mozo en la casa de los Morales? - ¡Claro ! Te pagaban un dineral. Si te hubieras portado bien - Eso piensas. Yo cumplía con todo. Lo que pasó es que pos ... Ya no quería hacer lo que me mandaba don Casto. Hartas veces lo hice y me dio mi buena lana, pero... terminaba vomitando. - ¿Pus qué hacías? - Me da no sé qué decírtelo, pero total, eso ya pasó. Tenía que hacerla de vieja. Siempre a las doce en punto de la noche llegaba a mi cuarto, se acostaba conmigo, me bajaba los calzones y comenzaba a manocearme. La primera vez por poco y le rompo el hocico, pero puso en mis manos cinco billetes de a mil y... pos me aguanté. Así saqué pa' comprarle a mi vieja su casita. Me corrió porque ya no quise seguirle el juego. Me rozaba un montón. Me amenazó con ponerme tieso si yo decía algo. Como tiene unos matones a su servicio, ni modo de ponerme... - Pues yo no lo creo. ¡Son tan virtuosos! - Seis veces ha quedado embarazada, y lo pior es que no de su marido, sino del jardinero, del plomero, del mayordomo, del chofer, de un albañil, y hasta de un desconocido que creo que ni ella conoce. Y se lo digo comadrita, porque ella misma me ha dado mis centavos con tal de que le saque al hijo antes de que se le comience a notar... - Pues yo no lo creo. ¡Son tan virtuosos! - La vieja me dio muy buenos pesos para que la dejara hacer sus porquerías en mí. Lo mismo se mete con los criados que con las criadas. ¡Es una puerca!. Todavía con puros machos, menos mal. Para eso estamos las viejas y para eso están ellos, pero eso de que... - Pues yo no lo creo. ¡Son tan virtuosos! - Debíamos juntarnos todos y denunciarlos. - ¡Cómo crees que nos van hacer caso! Los hacen unos santitos. Ya casi los ven como divinos. - Tienes razón, pero nomás pa'abrirles los ojos a las verdaderas buenas personas que los estiman. No es justo que los decentes se sobajen frente a esos asquerosos falsos. Asquerosos, no por lo que hacen, al fin y al cabo cada quien es libre de hacer de su culo lo que la gana le dé, sino por hipócritas, ¡por hipócritas! - ¿Y cómo sabes que los demás son muy palomitas? A lo mejor son peores, sólo que se callan, o lo hacen callar. - Por eso es mejor vivir como vivimos, abiertamente. Sólo una vez se vive y hay que darnos gusto. La vida se pasa en un decir Jesús, y a veces ni a decirlo alcanza uno. Ya ves, con suerte un día de estos nos apachurra un camión, o te dan un balazo sin saber por qué, o nos da un patatús eterno, o quién sabe... La muerte es malora y no avisa. Hay que procurarnos lo que nos haga sentir placer y ser felices, pero sin hipocresías y sin joder a los demás. Total, qué importa: la vida es corta; es breve y gozar se debe. ¿Tú qué crees? - Pos es la mera verdá; pa' mí, lo único malo es matar. Todos tenemos derecho a vivir y a gozar como sea. Lo demás me viene guango. - Sí' mano, pero también no es bueno el abuso ni la estafa ni el robo ni la explotación ni la falsedad... - ¿Y a poco eso no es matar? Se mata la fe, la esperanza, la ilusión, la confianza, la verdá... Y he así que esto y más, se murmura del honorable y beato matrimonio, el ejemplo de los ejemplos del ejemplo, el más rico y recto. Y aunque a su paso se levantan miles de comentarios, ora detractándolos, ora elogiándolos, ellos siguen imperturbables, como si nada, allí... por la Avenida de las Palmas. Su olor a santidad los protege... - ¡Hipócritas! ¡Perversos! ¡Convenencieros! ¡Marranos! - Pues yo no lo creo. ¡Son tan virtuosos! - Ojos vemos, corazones no sabemos. - Pues yo no lo creo. ¡Son tan virtuosos! - No todo lo que relumbra es oro. - Pues yo no lo creo. ¡Son tan virtuosos! - Detrás de la cruz está el diablo. - Pues yo no lo creo. ¡Son tan virtuosos! -Cuando trabajamos en esa casa, este pícaro de mí marido se metió con la vieja, y ya iba a criar, pero se lo hizo perdedizo. Cuando supo que él y yo éramos novios, nos sacó de su dizque honorable hogar. Al menos así piensan muchos... - Pues yo no lo creo ¡Son tan virtuosos! - Un asno cargado de oro sube ligero por una montaña y llega a parecer una estrella. - Pues yo no lo creo ¡Son tan virtuosos! - Lo que pasa es que no quiere creerlo. Averigüe y vera. Cuando lo descubra mejor cálleselo. Le conviene hacerles la barba. ¿O no? - ¡Ay, cómo será usted y los demás! Decir eso... ¡Qué malvados! ¡Tan buenos que son! ¡Ah, la maledicencia! - ¡Hipócritas que! ¡Eso! ¡Hipócritas! ¡Hipócritas! - ¡Ah, qué calumnias! ¡Qué calumnias! Son sólo calumnias. ¡Sólo calumnias!.
IV
Y como el acompasado reloj que con su rutina mecánica profana los dilatados mutismos del tiempo, los vocablos no escuchados de aquel hombre invisible palpitaban amorosos desatándose en canciones desafiantes, retadoras de vacíos y de plenos; de altivos y de opresos; de potentados y miserables... Y atravesaba las plazas... Y se perdía entre mercados... Y se confundía en los jardines... Y en sus cantares de galaxia loca, se desparramaba hasta los rincones alejados de luces y caminos, de huertos y ufanías, ausentes y escondidos... Era un hombre extraño.
BARBA AZUL
- ¿Crees que no te vi, coqueta! ¡Desgraciada! ¡Vieja puta!. -Un celoso de su honra reprendía con no muy apacible encanto a la mujer que lo acompañaba. Y su voz pretendía aumentar de volumen como para impresionar a todos los de la calle. - ¡Ay tú! ¡Cómo eres! Yo ni siquiera... - ¡Cómo de que no! Si te miré hacerle ojitos a aquel jovencillo enclenque. ¡Desgraciada! Ni porque vienes conmigo. - Se te figuró. No veas lo que no hay. - ¡Y lo niegas! ¡Desvergonzada! ¿Crees que no me di cuenta de las señas que te hacía y que tú le sonreíste?. - ¡Ay, cállate! La gente comienza a mirarnos. ¡Qué pena! - ¡Qué pena ni que ojo de hacha! No cambies la conversación. Si se dan cuenta, ¡Qué bueno!, ¡mejor! para que te conozcan lo... - Andrés, no sigas... - ¡Al cuerno con tus protestas! Ya estuvo suave de que me veas la cara de... -y hacían como que caminaban... La mujer era pasante de la plenitud. Tal vez por eso se vislumbraba indiscretamente que intentaba aumentar sus deterioradas cualidades con el uso de variados cosméticos. Color en las pestañas, color en la mejillas, color en las uñas y con el vestido provocativamente ajustado; un poco abajo de los hombros para mostrar la suavidad exuberante de sus muestras, y un poco arriba de las rodillas para enseñar lo que pudiera... Y el hombre, apenas separado de su pavoneante, fruncía el rostro y disponía el cuerpo a la pelea con su consorte dándole uno que otro empellón. - ¡Ay, Andrés! Estate quieto. En casa regáñame todo lo que quieras, pero ahora no. - ¡Nada que! Lo has de haber citado en algún sitio para... - ¡Cómo crees! ¡Estás loco! (Aunque no estaría mal) -y miraba a quienes principiaban a verlos por el escándalo que iban realizando. - ¡Ah! Y dices tú que no me engañas, ¡Desdichada! Ya lo andas buscando, ¿Verdad? ¡Niégalo! Y qué dijiste, a este imbécil ya lo hice... pero no. Te has equivocado. Conmigo no juegas y ahora te... - ¡Andrés! No sigas... afligida y suplicante. - Falsa! -y le golpeó la cara. - ¡Oh, qué te pasa! ¡Cálmate! - Ni creas que yo..., ¡Toma! -y enfurecido volvió a pegarle con tal fuerza que la hizo caer. La boca de la mujer comenzó a sangrar. - ¡Toma, jija de la chingada! ¡Puta! -y le daba de puntapiés por donde podía. - ¡Ya no! ¡Ya no! ¡Ya no me pegues Andrés! ¡Perdóname! Te prometo que no vuelvo a darte motivos de disgusto, -y lloraba, y los colores se le esfumaban para dejar al descubierto un rostro avejentado, plasmado de manchones indefinibles. - ¡Ah, lo confiesas, canalla! -y seguía golpeando a la derribada. La gente se había arremolinado para ver aquella escena. Y se divertía. - i No! ¡No! No más amorcito. - ¡Desgraciada! ¡Infiel! ¡Perra! ¡Ramera! -y desenfrenado, como loco, furibundo, continuaba en su orgía de golpes. La mujer lloraba tendida en el suelo y trataba de cubrirse de las arremetidas iracundas de su amado. - ¡Basta! ¿Por qué le pega a esta mujer indefensa? - un compadecido saltó al ruedo en defensa de la dama... Como los caballeros del medievo. - ¡No se meta en lo que no le importa. ¡Jijo de la tiznada! Vaya y… - y no terminó de gritar cuando el compadecido asestó un puñetazo en la barbilla y el celoso cayó estrepitosamente de bruces. La golpeada se dio cuenta de aquello y se levantó presurosa con los amoratados ojos extra abiertos. Aulló... - ¡Auxilio! ¡Auxilio! ¡Un gendarme! ¡Un gendarme! ¡Llamen a la policía! Este desgraciado está matando a mi señor. ¡Socorro!. - ¡Maldito! -murmuró desde los suelos el caído. - ¿Por qué le pega a la señora? - continuó el defensor en posición amenazante. - ¡No se meta en donde no le llaman! ¡Es mi marido! Y si me pega... ¿qué? -interrumpió imponente la golpeada y con prodigiosa rapidez le arrojó colérica uno de sus zapatos, quitado a propósito para sorpresa del compadecido. - ¡Qué sucede aquí! -Llegó pitando a todo estruendo un vigilante desorientado. - ¡Este hombre que medio mató a mi esposo! -Vociferó la mujer al mismo tiempo que se hincaba para tratar de detener con un pañuelo la hemorragia nasal de su marido. - Con que esas tenemos, ¿No? -El gendarme musitó, como quien no quiere tanta cosa. Frunció las cejas, sacó el garrote y dijo al caballeroso en tono de las puedo todas: - ¡Camínale bravucón! -y lo cogió del brazo. El compadecido no supo qué decir. - Es que... Este hombre... - ¡Cállese! Ya lo alegará en la delegación. La mujer lo miró con furia, con voracidad y re exclamó: - ¡Desgraciado! Meterse en lo que no le importa. -Los curiosos sonreían burlones. Los semi ofendidos siguieron al gendarme que llevaba del brazo al Amadís, como si temiera que fuera a desaparecer. - ¡Ya verás! ¡Ya verás! En casa te voy a dar una joda que sólo para ti será buena. Vas a explicarme por qué chingados quiso ayudarte ese idiota. - El golpeado alegó discreto, como si no quisiera que lo escucharan. - Por nada, tú. Te consta que le di su merecido por metiche. - ¡Puros cuentos! Ya verás la tranquiza que voy a darte. ¡Qué casualidad de que por nada te defendió! Algo has de haberle insinuado. -Y en seguimiento del gendarme y del preso, se dirigieron hasta la delegación de policía. - ¡Crees que no te vi! ¡Coqueta! ¡Desgraciada! ¡Vieja puta! Pero me las vas a pagar. Vas a ver, vas a ver llegando...-Y continuó el regaño sin fin. Los espectadores gozaban y sonreían...
V Y su corazón de desgajaba en flores... Y huía de sí sin remontarse... Y se alejaba sin mudarse de su sitio... Y en su desnudez volátil afrontaba valeroso los peligros, sin desmayar en el vértigo de su lid a cuestas... Y en pie, inmaculado de rencor, levantaba el rostro indemne, victorioso de perdón sobre los precipicios traidores... Era...
SANTA CLAUS