Chapter 1
CUENTOS PROMISCUOS
Como no me importan los vivos muertos, mejor dedico estos cronicuentos a muertos que aún siguen vivos.
A Lukiano, porque de haber viajado a México, más fantasmagórico sería.
A Petronio, por sus comelitonas que aún siguen dándose en unos poquitos de este país.
A Apuleyo, testigo en su tiempo de la transformación de los hombres en burros… como hoy.
A Boccaccio, cuyas mujeres no necesitaron de minifaldas para lucir más turbadoras.
A Chaucer, y sus peregrinos sin banderines ni porras ni estadios.
A Rabelais, educador de gigantes que gobernarían mejor nuestra urbe gargantuesca y pantacruélica.
A Swift, cuyos enanos, sí eran solidarios y no le tenían miedo al gigante, que después de todo también era enano en otros mundos.
A Voltaire, que se reiría de tantos cándidos e ingenuos macropatas.
A Jarry, desde esta metrópoli patatísica.
A Soiza Reilly, porque algún día estemos como en su ciudad de los locos.
Gracias
Arqueles Vela, por el cuenteo estridentista de tus días y de tus noches.
Y A TI, porque no sólo lees, sino actúas.
"Lenguas malignas y orejas malignas hacen que las murmuraciones sean sabrosas."
Anónimo S. XVI
Están dos sierras muy altas y muy maravillosas, porque en fin de agosto tienen tanta nieve que otra cosa de lo alto de ellas si no la nieve, se parece; y de la una que es la más alta, sale muchas veces, así de día como de noche, tan grande bulto de humo como una gran casa, y sube encima de la sierra hasta las nubes, tan derecho como una sierva, que según parece, es tanta la fuerza con que sale, que aunque arriba en la sierra andaba siempre muy recio viento, no lo puede torcer.
Hernán Cortés
Y dio un mandamiento para que el soldado que las tuviese luego se las diesen, si las indias se querían volver de buena voluntad... y había muchas mujeres que no se querían ir con sus padres, ni madres, ni maridos, sino estarse con los soldados con quienes estaban, y otras se escondían y otras decían que no querían volver a idolatrar; y aún algunas de ellas estaban ya preñadas.
Bernal Díaz Del Castillo
I
Era un hombre extraño... más que visible, invisible; más que inmutable, mudable... y más que endeble, indeleble.
Peregrino caminaba sin fatiga por senderos cotidianos e imprevistos como nacido para buscar arduamente siempres donde sólo se han sembrado nuncas...
Y a propósito exploraba llanuras enlodadas y cordilleras estériles y mares en estruendo y ríos sin cauce y abismos sin fin...
Y se alojaba en pueblos despojados de sol o en ciudades desmayadas de humos...
O en…
EL LAGO DE LOS CISNES.
La ciudad es inmensa... Como enorme mancha de asfalto se ha ido extendiendo llena de mentiras sobre el valle apócrifo y los antiguos lagos que desde hace siglos la sostenían en un islote, hipnotizada en su tunal y en su águila, yacen reducidos a unos cuantos charcos de miserias al oriente; de folclor plastificado al sur; de aburguesamiento populachero y demagógico al poniente y de polvos desolantes, pero vengadores, al norte. Cual espejo oxidado por un vaho mortífero que deforma su antigua perfecta equis, las aguas de los riachuelos que culebreando la refrescaban y la vestían de jades, han quedado asiladas en tuberías descomunales que, posesivas, penetran sus podredumbres subterráneamente y la disfrazan de moderna.
La ciudad es inmensa... Pareciera que la esquizofrenia de los mestizos poderosos que la detentan, decretara dedalmente la destrucción de sus conflictos bastardos de antigualla avergonzada, para sentirse libre de creídos pasados afrentosos y como nuevos de inmaculada virginidad, reconstruír aristocracias fallidas y culeras con carteles de progreso, a pesar de seculares tradiciones cósmicas.
La ciudad es inmensa... Desde las cúspides de sierras milenarias que la rodean, eternas serpientes asoleadas tragándose su propia cola, alcahuetas de volcánicos amoríos petrificados al fluir de las edades, se contempla sumisa, ensimismada, condescendiente y colorida; como complaciente trabajadora sexual en plena labor satisfactoria que se hunde de tantas movidas dentro de su hoya.
La ciudad es inmensa... Prismáticas molicies, ostentosas y gigantescas moles, intentos piramidales que se rematan con lujosas quintas colgantes, enmarcan con sus aceros y sus cristales, con sus cementos y sus ladrillos forrados de brillos para el aire, la frigidez de su silueta; individualidades fálicas que se yerguen altaneras entre la colectividad matriarca y que perfilan, como grotescas venas egoístas, a las avenidas que se alargan envidiosas; que se cruzan y entrecruzan agresivas; que se enroscan ardidas de su condena reptil, para enmarañarse en incansable agitación perpetua de automóviles, camiones, motocicletas. Cínicos que rugen sin importarles nada más que su prisa. Pulular de microbios peantes y energúmenos. Imperios de las máquinas humiferas y otras pestes...
La ciudad es inmensa... Vista desde puntos lejanos la urbe finge hipócrita sosiego, pero mientras poco a poco va uno acercándose a ella, se escucha acrecentándose el estruendo de su murmullo; la violencia de su agitación; la explosión de sus escándalos y quienes los engendran, van sucumbiendo en mezcla desesperada de incomprensiones parlantes, de indiferencias autómatas, de orgías desérticas, de cuentos promiscuos. Algunos se alejan, aunque estén en sí; inmóviles cactus; otros se aproximan sin saber a qué. Ciertos se recrean en su perdición narcótica; muchos se envenenan en sed de rencores alcohólicos. Otros cuelgan cascabeles libertarios entre gatos locos y fatuos. Algunos dilucidan la vanidad de su esqueleto fugitivo al compás de un rock perecedero, parchados de nostalgias mierderas. Muchos se enrolan en la común manía de sentirse eternos las puedo todas. Miles se ultrajan con vestuarios de otros teatros y pavonean sus miserias ricas con marihuana en mano. Miles se aborregan de almacenes en grey electrónica de foquitos múltiples y masivamente sopesan la ilusión de que viven según los guiones del cine y la televisión. Y atraviesan las calles con desenfreno las multitudes soberbias Y se atropellan las balumbas sin consideración. Y a ratos grita estrujado algún niño; o un anciano se arrincona para no ser pisoteado por la multitud. Y todos en la mirada vidriosa lucen la hipnosis de una programación encartelada de sueños tontos: Un vestido como aquél; pantalones como ésos; un perfume como el mío, un cigarro como el de él, una casa como la suya; una hembra como la del cartel; un macho como el de los calzones mini y una oración inescuchable, pero que se oye: Ayúdame. Ayúdame Dios mío; ayúdame a tener dinero; a tener dinero, dinero, dinero, dinero, dinero, dinero... Alguien, inesperadamente se detiene a contemplar algún escaparate luminoso e interrumpe el organizado desorden de la ciudad. Estorba. Nadie debe detenerse. Obstruye el paso. Siga de frente. No empuje. A la derecha. A la izquierda. Por el centro. Alto. Siga. Disculpe las molestias. Desviación. Hágase a un lado. Y la metrópoli ruge estremecida por arriba y por debajo. Brotan de sus hocicos cavados, vómitos de mezcolanzas humanas; sudorosas, rabiosas, voluptuosas, espantosas. Y el tránsito escandaliza iracundo. Los peatones se desbordan de las aceras e invaden las pistas de la circulación mecánica. La gente rabia. Las bocinas retiemblan. La gente ladra. Las bocinas estallan. La gente aúlla. Y el calor se agranda; y la lluvia se encharca; y el frío se congela; y el sol que ya no se ve, pero se presiente mortífero. Y chocan los mundos diversos, las ideas opuestas, los pensamientos inútiles, los sentimientos cobardes, los deseos hartos, las traiciones sacras, las mentiras televisadas, las componendas de altura, las promesas diseñadas, la dignidad planificada, las libertades falsas, las esperanzas absurdas, las risotadas demócratas, la pachanga mítica, las revoluciones cóncavas, los guajolotes difundidos para exhibir descaros hasta transformarlo todo en vértigo incansable de humos sin final y polvos sin magia... esmog más transparente del aire; vuelo de zopilotes agoreros; cuentos de tecolotes codiciosos: - Lo primero es el dinero! - Pero... - N'ombre! Ni hables! El dinero lo hace todo; con él compras lo que quieres... Hasta lo que no. - Pero... - Qué'güey eres. El mejor amigo es un peso en la bolsa; con dinero baila el perro y si no ... uno es el que baila como perro. - Pero... - ¡Qué poca visión tienes! Estás miope o qué... Sin lana qué haces? - Pero... -... No seas ridículo. Con la centaviza te ganas todo. Se tapa lo feo, lo enano, la ñango, lo animal. -Pero... -Dirás misar la feria es la feria y con ella... hasta el más pendejo la hace. Ya ves a aquellos... -Pero... -No, no podemos. Es lo más barato. -Es que no nos alcanza. -¡Entonces no lo entierren...! -Pst...Pst... -¿Qué...? -¿Vamos...? -¿Cuánto...? -Doscientos varos... -Un toleco... ¿no? -¿Cincuenta? ¿pus que eres que estoy tan jodida? ¡Mira nomás que buena...! ¿En...? ¿Que harías con esto...? ¿Y con esto... mi amor? ¿y con esto...? -¡Orales pues! Ya me calentaste. Le entramos al palo, pero vamos pronto; ya me anda... -¡Claro mi cielo! Acá a la vuelta está un hotelito. Es algo baratón, pero tiene cama... además no cuesta muchos billetes. -Mejor cómprale a Miguelito un mecano. Se divertirá aprendiendo. -¡Esos juguetes son mariconadas! Pa'que se enseñe a macho le voy a comprar una metralleta, de esas del norte. -...pero cuestan carísimas. -¡Y qué ! Con mi aguinaldo puedo comprar lo que se me de la pinche gana. -Invertiremos quinientos cuarenta y cinco millones! Será un éxito financiero señor. Incuestionable. Nuestra compañía, nunca falla. Todo lo tenemos planeado; hasta el mínimo detalle: Anuncios de promoción, sorteos, ¡Uff!, con decirle que también hay alguno que otro escandalito por ahí para aumentar la fama del lugar. Tenemos tan buenos publicistas que el triunfo es de esperarse: cine, radio, televisión, prensa, señor, ¿Quiere más poder? -¿Y cuánto van a durar los juegos? -Unos veinte días. -¿Y tanto se va a gastar? Se me hace que... -No dude, se lo suplico. A como dé lugar sacamos la inversión, ya ve que el pueblo es rependejo. Y si es deporte y baile... pos ... ya ve, que con eso de que debemos ser sanos, las cervecerías y vinos nos patrocinan. Recuerde sus porcentajes. Verá como muchos van a querer aprovechar la fama internacional del lugar... ¡Y el negocio redondo! O cuadrado, como usted prefiera señor presidente ¡Y cueste lo que cueste!, Así tengamos que matar a los escandalosos opositores. -Me conviene casarme con él. ¡Tiene un caserón que qué bárbaro! ¡ Cinco carrazos! Y una pachochiza que... ¡Dejo este mugre trabajo! -¡Que suerte la tuya! -Peor es nada... ¿no? -Ya quisiera yo que me saliera un partido igual. Mi Alejandro apenas si gana para medio vivir. Sin embargo... ¡Lo quiero tanto! ¡Tanto! -Yo diría que mejor lo dejaras. Con amor te mueres de hambre. Si gustas... Entre los conocidos de mi futuro podrías encontrar... -No, gracias. Con él no me importa pasar miserias. -¡Tonta! Yo te presento con algunos excelentes partidos... Tienen la pura papeliza. Algunos son politiquillos gruesos. -Necesitaría pensarlo detenidamente... bueno... ándale... -Yo sólo acepto quedarme si me pagan lo triple que a los médicos comunes. Especialistas como yo, hay pocos. Muy pocos. A mí me llueven ofertas. Sí, ya se lo que vas a decir; tu noble y sacrificado juramento. ¡Bah! A la chingada con las cursilerías. O me pagan lo que quiero... o me largo. -Pero señor, estoy al corriente de mis impuestos y sin embargo clausuraron mi hotel. De seguir así esto, va a ser imposible la situación. De la nada nos infraccionan: porque toman, porque no toman; porque se levantan, porque se acuestan; porque sí, porque no... ya casi hasta porque respiramos en demasía... ¡Y con demasía? -Lo siento son cien mil de multa. -¡Cien mil! ¡No es justo! Interceda usted por mí... ¿no? -¡Y qué quiere que yo haga? Cumplo con mis obligaciones. - Órale, ¿no?, tenga... sólo es un milagro. De algo ha de servirle. No sea malo. - Nnno... no debía... pero... veré qué puedo hacer. Sin luz uno no es nada. - ¿Que bueno es usted! Con estos papelitos se entiende la gente. - ¡Grasa joven, grasa! - Oye muchacho, ven acá... - A sus órdenes, jefazo. - Limpia mis zapatos. - En un dizme ya, pa luego, luego. - ¿Vas a algún gimnasio, verdad? - Síjefe. - Se ve; tienes buen cuerpo. - Pos las pesas. Le doy duro. - Se nota... Te gustaría emplearte en algo mejor. - ¡Pos claro! - ¿Cuantos años tienes? - Voy a cumplir diecinueve. - Si quieres, yo te recomiendo... - Pero es que ni la primaria terminé. - No le hace... Con ese cuerpo y esa cara te basta. Y con que tengas ritmo y sepas moverte bien... - ¡Voytelas ¿Pos qué se trai? - Nada. - Sólo quiero ayudarte. - ¿Sí... ? Y a cambio de qué ? - Termina y me sigues. Voy a darte unos pesos, muchos pesos. ¡Anímate! - ¡Chántele! Ya sé pa' donde va. - Si te molesta no vengas, aunque tienes más que ganar que de perder conmigo. No hagas panchos. No te conviene. - Y... si voy... ¿Cuánto me da? - ¿Qué te parecen quince mil pesotes? - ¡Quince! ¡Juega! Por esa marmaja voy las veces que quiera. - ¿Y cuánto te dejo tu abuelo de herencia? - Poco... menos de los que esperaba. El muy tacaño ahora se le ocurrió ponerse dadivoso y lo regaló todo, o casi, a las dizque casas de beneficencia. - Algo es algo. De eso a nada. - Por cierto de ese algo: dos millones y un vejestorio de edificio. - ¿Qué querías más?. - Por supuesto, así de qué sirvió que se muriera. ¡Valió sombrilla! ¡Yo ya esperaba la lanísima. Ya vez que con eso de la inflación pus, todo se te esfuma. - ¡Bueno! Si eres pendeja... Si no ... - ¡Mami ! ¡Mami! Te quiero mucho. ¡Dame mi domingo! - Quedamos en que me daría el veinte por ciento de los setentamil que le prestaron gracias a mi intervención. - Me importa poco andar con esa bruja de garra. Mientras me afloje la plata. Tu sabes, como que uno se siente más seguro al traer la cartera repleta. Además, las viejas siempre nos deben pagar bien. Pa que andan de putas. - ¡Dinero! ¡Dinero! Siempre lo mismo. Nadie deja un momento de preocuparse por eso. Ni les conmueve nada con tal de conseguirlo. Hasta tú, mi propia madre. - ¡No sé quién te ha metido esas ideas estúpidas, Cloti! - ¡Yo misma las he concluido! A poco crees que no me doy cuenta de lo que sucede. Te he visto a ti y a muchas como tú, o peores. - No tienes derecho a hablarme así. Soy tu madre. Me debes respeto. - Respeto. ¿Cómo vamos a respetar a quienes nunca han hecho lo que nos predican en pos de la decencia. Cómo se va a respetar a los inmorales agiotistas. Los peores explotadores de las necesidades humanas, aunque se persignen los domingos en la iglesia. - Mide tus palabras. ¿Inmoral yo? Me he ganado a pulso el sitio que merezco en la sociedad gracias a mi habilidad en los negocios y de los cuales ahora tú disfrutas. ¡Es el colmo! Estos jóvenes de hoy que nos quieren enseñar lo que es malo. ¡Increíble! - Párale mamá. Hasta pareces de telenovela. Nuestra generación es distinta a la tuya; mami, compréndelo: Más potente, más pujante, mejor preparada. Nadie nos puede convencer con engaños ni nos sujetamos a los preceptos de la gente que se las da de decente. Y el dinero no nos impresiona, burgueses podridos. La revolución los pondrá en su sitio. - Bueno, ¡Cállate ya! Basta de comprensión. Aquí se hace lo que yo digo y se acabó. Si quieres hacer lo que se te dé la gana, pues lárgate. Ándale... - ¡Pero ya! Cuando necesites dinero verás cómo regresarás convencida de que el dinero es la base para todo. - Está bien; me largo. Nomás dame la factura de mi coche. - Pos pa mí lo más importante de la vidurria es la centaviza. -¡Claro mano! Yo aunque sea de putañero, pero saco. Y no me importa que sean maricones. Te dan más lana y hasta cogen más sabroso. ¡Y cómo te tratan! Hasta te sientes rey... - Aproveche, aproveche, oferta limitada. - Véndemelo... - No malgaste su dinero, invierta con nosotros. - ¡Barato! ¡Barato! - Si me dan lo que pido, lo dejo; si no... no. - ¿Y a ti cuánto te pagan? - No traigo ni quinto. - ¿Y cual es mi comisión? - ¡Qué negocio! - Yo estoy aquí por la lana de mi tío. - Aquí su dinero es bien recibido. - Si no compra no mallugue, vieja apretada. - Vamos a hacer una tanda. - ¿Y con eso vives? - A mí, en efectivo. Nada de cheques balines. - A dos por peso, a dos por peso. - Quiero mis réditos. - ¡Y a mí cuánto me va a tocar? - Éntrele a la rifa; mil por el numerito. - Yo cobro caro. - Necesito veinte mil para la operación. - Voy a subirle los intereses. - Compre aquí; todo rebajado. - ¿Y qué porcentaje pagan. - ¡Que poco vales! - ¿Paga con tarjeta...? - Si quieres divorciarte de mí me toca la mitad de todo, más mi pensión. - Ropa usada qué vendan. - No tiene ni en qué caerse muerto. - Le pago con letras, ¿no? - ¿Y en cuánto te lo dejaron? - No me conviene. - Sin enganche, sin interés. Su firma es su valor. - Yo los he visto menos caros. - A mí, si me dan una lana, les digo quién fue. - Con seis más completaré el millón. - ¡Pobre muerto de hambre! - Fírmame este pagaré. - A mí de contado, nada de abonos. - Pero qué jodido está… - Adquiéralo hoy mismo. - Cómprelo. - Se vende. - A diez la docena. - A diez. - A veinte. - A cincuenta. - A cien. - A mil. - ¡Cómpreme! ¡Cómpreme! ¡Cómpreme! ¡Cómpreme! ¡Cómpreme!...
La ciudad es inmensa... Y en el estruendo de la vacuidad que la consume, se extiende cada vez más y más, y más...y más... y más... Y sus asfaltos esterilizan tierras y engendran mundos vanos para el consumo de necesidades fomentadas. Y los que creen que tendrán una vida regalada, siguen llegando a ella. - Si yo te he dicho siempre, mana: El dinero no es la felicidá, pero qué linda imitación ¿No crés tú?. - Pos, sí. Yo por eso me vine de mi pueblo. Y aunque sea de puta, pero tengo mis tierritas. ¡Quien quite y llego a ser estrella de cine y me levanto mi estatua de oro! Y me hago la Diva.
La ciudad es inmensa. Testigo pétreo de las inquietudes absurdas; de las conmociones felonas; de las voces falsarias; de los gritos electrónicos; de las soledades multitudinarias; de las angustias miserables; de los vacíos drogadictos; de las agonías rutinarias; de los tiempos laberínticos que vivimos.
¿Que vivimos?
II
Era un hombre extraño. Miraba sin tener ojos para deslumbrar oscuras. Hablaba sin labios artesanos de su voz. Existía..... y sin embargo nadie se percataba de ello. Era misterioso. Imperceptible. Ignorado. Y aunque su apariencia se presentía... pocos lo sospechaban... Era... Y no era. Quería ser... ¡Ser! Y deambulaba anónimo por las calles como...
ALADINO Y LA LÁMPARA MARAVILLOSA.
Las once...
La oficina de gobierno se encuentra en pleno apogeo. Hombres y mujeres trasladan sus pasos de un lado a otro. El teclado de las máquinas de escribir organiza su sinfonía y uno que otro vocería se mezcla con el humo de los cigarrillos. Palabras, frases entrecortadas, murmullos, gritos, protestas, súplicas, se arremolinan en confusión de rostros, en temblores de labios y en desesperaciones de manos. Las once... Los empleados dan prisa a su labor: rasgar de lápices, doblar de hojas, abrir y cerrar de archiveros, de escritorios. Ruido de sillas arrastradas. Tacones que golpean su orgullo en el mosaico aparentemente limpio. Balumba metódica. Las once... Por la puerta principal aparece un hombre con algo entre manos buscando, como cohibido, un lugar preciso. No
decide hacia dónde dirigirse . Quizá por un alejo de timidez o un mucho de temor a lo ridículo se abstiene de preguntar. Pasea la vista de un extremo a otro, como deseoso de encontrar lo que espera... Un avejentado letrero metálico, amarillento y con letras de otro tiempo, anunciantes de informes, confusiones y quejas, llama su atención y se dirige hacia el escritorio que lo soporta. Ahí, una mujer, aparentemente hermosa, aumenta sus atributos con despreocupación ensayada. Arregla sus despeinados cabellos, colorea sus labios agrietados a dietas, delínea sus cejas a los mínimo, aumenta sus pestañas a lo máximo y contempla la imagen de su rostro mascaroide en un supuesto espejo de oro, como si en nada pensara. - Buenos días señorita...-Irrumpe con amabilidad el vergonzoso. - ¿Perdone, podría usted informarme dónde puedo localizar al señor director?. - iAy, qué susto me dio! ¡Qué manera de interrumpir a una sus ocupaciones!. Su privado está en el piso siguiente. -Molesta como que prosigue la bella a fuerzas. - Muchas gracias. -Y se aleja rumbo a la salida. Al mismo tiempo la mujer insinúa: - Sólo recibe mediante previa cita, ¿eh? -como para desanimarlo. El sujeto reagradece. Siente un algo de sopor que lo hace vibrar. Resigue. El ascensor lo conduce hasta el piso donde se encuentra la jefatura de aquella institución pública. "Siempre arriba y ...sobre los demás". Piensa. Se topa con otra secretaria, y cortando sus ideas, pregunta inseguro: -Perdone...¿puedo hablar con el señor director? - ¿Trae usté' alguna tarjeta? -con despotismo. - No... Es un asunto particular muy importante. Necesito hablar con él. - Dudo que lo reciba, pero en fin, voy a ver si es posible... Y destruyendo la descansada postura en la que se hallaba, la mujer entra en un privado sin privaciones, como quien no quiere. El tímido mira a su rededor. A través del enorme ventanal que permite ver desde las alturas a la extensa ciudad, observa cuan pequeño parece todo desde ahí: Edificios, jardines, automóviles, seres. Hormiguero. Agitación. Movimiento inacabable de quienes luchan cotidianamente por sobrevivir, por no naufragar en la mancha que los devora, que los envuelve en redes desconocidas, indestructibles, destructoras. Desde allí se ve la urbe de acero, de roca, de cristales, de asfaltos. Pareciera que la neblina bochornosa de esa mañana se esfumara en convulsiones tanáticas y dejara latente el pánico reprimido de las multitudes que caminan, como sin saber a dónde, llevando egoístas sus propios intereses endeudados y nada más, aislándose en su terror a perderse en la nada. Deseo de sobrepasar los qué dirán. Ardor inútil por vivir en el olvido de su muerte. Y se presiente en la apacibilidad de la distancia, un gemido de cuerpos que en marabunta sofocante, intentan mezclarse y confundirse entre sí, para no aumentar las arenas de su angustia y de su soledad que luchan para que no se les note la desolación; abandonados de un destino que no saben; despojados de misiones solidarias. Y el hombre contempla a puntos indefinidos como si meditara en un profundo y recién descubierto pensamiento. Una voz interrumpe sus cavilaciones: -No lo puede ver en este momento. Está muy ocupado. Tal vez para mañana... -Pero... es urgente que lo vea. Me han cambiado de empleo sin más pretexto que una orden venida de autoridades superiores. ¡Es una injusticia! Salgo perjudicado.
Entre la alegata de protesta alcanza a darse cuenta que un individuo alto, moreno, canoso, de cierta edad y cierto elegante lujo sale del privado al cual su interlocutora momentos antes se había introducido El temeroso lo encamina con los ojos. Los empleados lo saludan cortésmente, y el señor director, sintiéndose la grandeza personificada, responde a los halagos serviles con un disimulo de sonrisa. - ¿No me dijo que estaba muy ocupado?. - ¿Y no sabe que va arreglar un asunto extra urgente? Ahora que... si le quiere hablar. He aquí la oportunidad...- Y el tímido, perdiendo su inseguridad, no espera repeticiones. Con paso medio firme se acerca hasta el mandamás que aguarda ya frente al elevador para salir de la oficina y murmura: - Señor director, perdone, me permite unos instantes.. Es muy... - Lo siento. Ahora no puedo. Se me hace tarde. Concierte usted una cita para mañana con mi secretaria. A ver si hay tiempo... - Es que...- La puerta del ascensor se abre y el funcionario se introduce con rapidez; torna automáticamente a cerrarse y el tímido se queda con lo que iba a decir.