Cuentos populares en Chile

Part 9

Chapter 94,362 wordsPublic domain

--No muy mal, señor: cuando corremos cuesta arriba, salimos iguales, pero cuando corremos cuesta abajo, yo se la gano al Viento.

--¿Y cómo se llama usted?

--Corrín, Corrón hijo del buen Corredor.

--¿Por qué no se viene con nosotros? No le faltará trabajo: vamos a las Tres Puntas del Aromo, donde hay un Rey que tiene una hija muy linda, que se llama Hermosura del Mundo y la da para casarse al que de tres azuelazos levante frente al suyo, en tres días, un castillo en que se vean el Sol y la Luna, y yo voy con la intención de levantar ese castillo y casarme con la Princesa. ¿Por qué no me acompaña usted y me ayuda? Habrá, además, un premio de un millón de pesos.

--Vaya, pues, lo acompañaré, porque supongo que me pagará bien.

--Como no, pues, ho! una vez que me case con la princesa te daré harta plata. El millón de pesos que me entregue el Rey será para ustedes.

Y los cinco continuaron andando hasta que dieron con uno que estaba con los calzones abajo aspirando aire a dos carrillos.

--¿Qué está haciendo amigo?

--Preparándome para rosar esa montaña y esa risquería que ahí se divisan, porque pienso sembrar en ellas.

--¿Pero cuánto tiempo se va a demorar en rosarlas, cercarlas y sembrarlas?

--Un ratito no más, pues; va usted a ver con qué facilidad lo hago.

Los hizo retirarse a un lado, y después de aspirar más aire comenzó a lanzarlo por el trasero con tanto tino que los troncos de los árboles y los riscos, que volaban en todas direcciones, al caer iban formando una cerca perfectamente hecha y el terreno quedó completamente limpio, en punto de ararlo.

--¿Y cómo se llama usted?

--Peín, Peón, hijo del buen Peorrón.

--¿Por qué no se viene con nosotros? le pagaremos bien. Vamos a las Tres Puntas del Aromo, donde hay un Rey que tiene una hija muy linda que se llama Hermosura del Mundo y la da para casarse al que de tres azuelazos levante frente al suyo, en tres días, un castillo en que se vean el Sol y la Luna, y yo voy con la intención de levantar ese castillo y casarme con la Princesa. Habrá, además, un premio de un millón de pesos, que se repartirá entre ustedes.

--Si es así, dejaré este trabajo para otra vez y me iré con ustedes.

Y los seis siguieron la interrumpida marcha y por fin llegaron al castillo del Rey, que los recibió en presencia de la Reina, de la Princesa y de toda la Corte.

Se adelantó Comín, que hacía de jefe de los recién llegados, y respetuosamente habló así al Rey:

--Después de muchos días de penoso viaje llego a presencia de su Sacarrial Majestad a pretender la mano de vuestra hija Hermosura del Mundo, para lo cual me comprometo a hacer en tres días como su Sacarrial Majestad lo exige, un castillo tan lindo o mejor que el de su Sacarrial Majestad, de sólo tres azuelazos, y no espero para levantarlo sino saber si siempre su Sacarrial Majestad mantiene su promesa, y en caso de que sí, que se me indique el sitio en que debo construirlo.

La Princesa, que estaba sentada a la izquierda del Rey (la Reina estaba a la derecha), le pegó en el codo y le dijo al oido:

--Papá, no quiero casarme con él, aunque haga el castillo de tres azuelazos; es muy gordo y muy ordinario; impóngale otras obligaciones.

La verdad es que hasta entonces no se habían presentado otros pretendientes que reyes y príncipes, y que Comín, ante ellos, tenía que parecer a Hermosura del Mundo un ser despreciable; así es que el Rey encontró razón a su hija, y en consecuencia de lo que ella pedía, contestó a Comín:

--Encuentro que es corta mi exigencia de hacer solamente un castillo en cambio de la mano de mi hija, así es que últimamente he decidido que a esa prueba se agreguen otros seis trabajos más, de modo que por todos sean siete.

--¿Y se podría saber de antemano cuáles son esos seis trabajos?

--Los iré diciendo uno a uno a medida que se ejecuten los anteriores.

--Está bien, señor, me someto a todas las exigencias de su Sacarrial Majestad.

--Piénsalo bien, antes, mira que cualquiera de las pruebas que no lleves a buen fin les costará la vida a ti y a tus compañeros, porque supongo que cuentas con la ayuda de ellos para ejecutarlas.

--Así es, efectivamente, señor.

--Pero cada prueba no puede ser llevada a cabo sino por uno solo y todos seis sois solidarios del desempeño de cada uno.

--Como he dicho me someto respetuosamente a todas las condiciones de su Sacarrial Majestad.

--Si es así, puedes comenzar; el castillo debe levantarse en esa plaza que está frente a mi palacio: tienes tres días de plazo para hacerlo y en cada día no puedes dar más de un azuelazo.

Comín se dirigió al sitio que se le indicaba y levantando la azuelita que le había dado el viejito, dió el primer azuelazo; y los Reyes, Hermosura del Mundo y la Corte vieron asombrados lo que hasta entonces no habían conseguido ver: la azuela que toca la tierra y los cimientos que quedan hechos instantáneamente.

--Papá, este roto va a salir con la suya; yo no me caso con él.

--No tenga cuidado, hijita, que si logra hacer el castillo, todavía tendrá que hacer otros seis trabajos, a cual más difícil, para lo cual nos aconsejaremos de su madrina, a quien, como bruja que es, se le ocurrirán cosas que será imposible hacer.

--Ojalá sea así, papá, porque yo no me caso con este guatón indecente.

Trascurrieron una tras otra las 24 horas que tiene el día, el sol salió por donde siempre sale y llegó el momento en que Comín debía dar el segundo azuelazo, y lo dió ante la familia real y la Corte con el mismo éxito que el primero, pues tocar la tierra con la azuela y alzarse las murallas del castillo fueron cosas simultáneas.

Todos se quedaron con la boca abierta.

Cuando volvieron en sí, Hermosura del Mundo dijo al Rey:

--Papá, ya le he dicho, por nada del mundo me caso con ese hombre.

--Si ya lo sé, hijita; no tenga cuidado, confíe en su padre.

Pero al otro día crecieron los temores de la Princesa: tercer azuelazo dado por Comín y el castillo que queda terminado. Pero ¡qué castillo, señores! Había que verlo! Ante él el del Rey parecía un mamarracho. Amigos, todos, todos sin excepción, al ver aquella maravilla, se cayeron de espaldas.

Cuando volvieron de su estupor, dijo Comín:

--¿Por qué no pasamos a visitarlo?

Y se dirigieron al castillo presididos por el Rey.

¡Qué les diré de la admiración que produjeron los decorados, los tapices, y los muebles! No salían sino voces de alabanza de todos los labios y el Rey, enamorado del hermoso alcázar, resolvió quedarse viviendo ahí y dejar el otro palacio para la servidumbre. Pero a pesar de todo, la Princesa no se resolvía a dar su mano al gordo Comín.

--Señor,--dijo éste, una vez que el Rey y acompañantes recorrieron el palacio--¿cuál será la prueba a que vuestra Majestad me va a someter mañana?

--Esta tarde te la daré a conocer--contestó el monarca. (El Rey quería darse tiempo para consultar a su comadre bruja, y fué lo que hizo cuando Comín y sus compañeros se retiraron.)

--Comadre, ¿qué hacemos para que el castillo nos salga de balde y Comín no se case con Hermosura del Mundo?

--Pídale que en tres días le haga otro castillo igual o mejor en el aire.

--De veras, comadre, que esto no lo podrá hacer.

Mientras tanto Escuchín oía lo que el Rey y la Bruja conversaban y dijo a Comín y compañeros:

--En la mala estamos, amigos. Por consejo de la Bruja, el Rey va a mandar hacer a Comín un castillo en el aire igual o mejor que el de los tres azuelazos. Pero se me ocurre una idea que puede salvarnos: Comín ofrece hacer el castillo diciéndole al Rey que nosotros pondremos los maestros, pero que él proporcione los trabajadores y los materiales; los maestros serán tres loros que oigo hablar a siete leguas de aquí, como si fueran cristianos. Hay que irlos a buscar, enseñarles lo que deben decir y los ponemos en el aire, muy alto para que no los vean y desde ahí pidan los materiales.

--Pero ¿quién los va a buscar?

--Corrín puede ir por ellos.

Fué Corrín y en un cuarto de hora estaba de vuelta con los tres loros.

Les enseñaron a las avecitas lo que tenían que hacer, y como eran muy inteligentes, en poco rato aprendieron la lección.

Al otro día muy temprano estaban los loros en el aire, colocados a cierta distancia uno de otro; y la cosa resultó a maravilla, porque el día amaneció con una neblina tan espesa que ni con anteojos de larga vista los habrían divisado.

Llegó la hora de la prueba y estaba todo preparado: los canteros con la piedra labrada para los cimientos y para las murallas; los albañiles, con la mezcla en punto; los carpinteros, con las puertas y ventanas; y así los demás.

Cuando ya estaban todos reunidos, se oye la voz de los maestros que desde el aire piden los materiales:

--¡Ya están hechos los heridos! suban luego las piedras para los cimientos! ¿Qué hacen que no suben la mezcla? ¡Pronto, porque no es cosa para demorarse!

Y gritaban de todos lados que se apuraran, que estaban perdiendo tiempo. Pero los trabajadores no hacían más que mirar para arriba y no hallaban por donde subir; hasta que una comisión de ellos se presentó al Rey y le dijo que no sabían como pasar los materiales que desde tan alto les pedían los maestros; que aunque hubiera escaleras que alcanzaran a llegar hasta ellos nadie se atrevería a subir tan arriba, pues todos temerían caer con el peso de los materiales, o que les diera un vahido y se les fuera la cabeza. El Rey les encontró razón sobrada, y dispuso que no se siguiera el trabajo, y a Comín le dijo que en la tarde le diría cuál sería el que tendría que ejecutar al día siguiente.

Cuando quedaron solos, el Rey preguntó a la Bruja:

--Comadre, ¿qué trabajo daremos mañana a Comín?

--Haga que le pongan cuarenta fondos de comida, de los más grandes que se encuentren, y ordénele que él, o uno de sus compañeros, se lo coma en un solo día, y si no se lo come, los manda fusilar y el castillo le sale de balde y la Princesa no se casa con el guatón.

Escuchín que todo lo oía dijo a sus compañeros:

--Perdidos somos, amigos; la maldita bruja aconseja al Rey que mañana haga poner cuarenta fondos de comida para que uno solo de nosotros se lo coma en un día, y si no, nos manda fusilar a todos.

Y entonces dijo Comín, cuya gracia no conocían sus amigos:

--Compañeros, ¿para qué estoy yo aquí? hace un montón de días que no como casi nada, así es que los cuarenta fondos puedo despacharlos en un suspiro; tengo apetito como un diacho.

Desde antes que aclarara, los cocineros del Rey se pusieron a preparar los cuarenta fondos de comida. ¡Puchas que echaban carne! Veinte terneros y veinte corderos tuvieron que descuerar y destripar. ¡Y papas! y porotos! y choclos! y cebollas! un saco de cada cosa vaciaron en cada fondo, fuera del arroz, del cilantro, yerbabuena y comino! Y como si todo eso fuera poco, al lado de cada fondo vaciaron una gran canastada de pan. Había para dar de comer a un ejército entero!

Comín, que veía los preparativos, se refregaba las manos de gusto. ¡Hacía tiempo que no comía hasta quedar satisfecho!

Dando las 12 el reloj del castillo, anunció el Cocinero Mayor que la comida estaba en punto y pidió que se adelantara el que debía comérsela. Comín se presentó y preguntó si ya podía comenzar.

--A la hora que quiera--contestó el Cocinero Mayor--pero no tiene de plazo sino hasta las 5 de la tarde para comérselo todo.

--¿Hasta las 5?--dijo Comín--va a ver que antes de las 2 van a quedar los fondos pelados.

Y así fué, en efecto; porque aquel hombre no puede decirse que comía, ni que tragaba, ni que engullía, sino que devoraba todo lo que estaba a su alcance y las enormes presas de carne y las cucharonadas de papas, porotos, y cebollas y los panes desaparecían como por encanto al llegar a su boca, y llegaban incesantemente.

A las 2 de la tarde no quedaban ni rastros de aquel inmenso guisado, y el Maestro de Cocina y sus ayudantes vieron con asombro que no había necesidad de limpiar los fondos, porque tan limpios los dejó Comín que brillaban como patenas.

Comín dijo al Cocinero Mayor:

--Señor Cocinero Mayor, ¿no prepararon un fondito de dulce de alcayota o de manjar blanco? mire que estoy acostumbrado a tomar desengraso. Y también me hace falta un barril de café, bien cargadito, para asentar el estómago.

El Cocinero Mayor se fué con Comín a donde el Rey.

--Señor,--dijo el Cocinero--ya se comió este bárbaro los cuarenta fondos de comida, y todavía pide un fondo de postre y un barril de café.

El Rey, admirado, preguntó a Comín:

--¿Y cómo pudiste pasar tanta comida?

--A fuerza de pan, pues, señor,--contestó Comín.

--¿Y todavía persistes en tomar postre y café?

--Si su Sacarrial Majestad se digna ordenar que me lo den, me lo tomaré, señor.

El Rey ordenó que complacieran a Comín, y a éste le dijo que al otro día temprano le daría un nuevo trabajo.

El Rey mandó llamar a la Bruja.

--Comadre, ¿qué trabajo les damos mañana a estos bárbaros, que no lo puedan hacer para que el castillo me salga de balde y Hermosura del Mundo no se case con Comín?

--Disponga Su Majestad que uno de ellos se tome en un solo día cuarenta toneles de aguardiente y de vino, veinte de cada cosa, y si no lo hace, que no lo hará, los manda fusilar a todos y así le sale de balde el castillo y la Princesa seguirá soltera.

--Me parece bien el consejo, comadre.

Escuchín, que todo lo oía, dijo a sus amigos:

--Perdidos somos, compañeros; la maldita bruja aconseja al Rey que mañana haga tomar a uno de nosotros 40 toneles de aguardiente y de vino, veinte de cada cosa, en un solo día, y si no se lo toma, nos hace fusilar a todos.

--¿Y para qué he venido yo?--dijo Tomín.

--Pero, compañero, se le van a quemar las tripas con tanto aguardiente.

--No se apure por eso, amigo, que mis tripas están blindadas.

Al día siguiente dijo el Rey a Comín.

--Voy a encerrar a uno de ustedes en la bodega y antes de las 5 de la tarde debe beberse los veinticinco toneles de aguardiente y los veinticinco de vino que hay en ella, y si no, ya saben lo que les pasa. (El Rey agregó diez toneles más, por lo que pudiera suceder).

Se adelantó Tomín:

--A mí me toca, Sacarrial Majestad, desempeñar esa prueba. Puede su Sacarrial Majestad encerrarme en la bodega a la hora que quiera, con la seguridad de que sus deseos serán cumplidos.

Y efectivamente, cuando el Rey abrió la bodega, a las 5, vió con asombro que los toneles estaban completamente secos.

--Pero, hombre, por Dios ¿cómo has podido beber tanto?

--Señor, es que yo no tomo sino en dos ocasiones: cuando tengo sed y cuando no la tengo.

--Se comprende, entonces; aunque no lo encuentro muy claro.

--Comadre, le dijo a la Bruja una vez que quedaron solos,--voy saliendo mal con sus consejos; si siguen así las cosas, tengo que largar el millón de pesos y dejar que Comín se case con Hermosura del Mundo; es preciso que se le ocurra algo más difícil, algo que ninguno de estos bárbaros pueda hacer.

--Mire, compadre, esta vez si que la sacamos bien con seguridad: dígale que uno de ellos tiene que apostar conmigo a cuál llega primero a Roma con una carta que su Majestad, nos entregará y si yo llego primero con la contestación, ellos perderán, vuestra Majestad los manda fusilar y el Castillo le sale gratis y Hermosura del Mundo no se casa con Comín.

--Compañeros,--dijo Escuchín a sus amigos--perdidos somos; el Rey, por consejo de la maldita Bruja, va a hacer que uno de nosotros apueste con la Bruja a cual vuelve primero con la contestación de una carta que han de llevar a Roma, y si gana la Bruja nos fusilan a todos.

--¿Y para qué estoy yo aquí--dijo Corrín--sino para correr con quien quiera?

Tempranito, al otro día, hizo llamar el Rey a Comín y a sus compañeros.

--Uno de ustedes y mi comadre van a llevarme cada uno una carta a Roma y si mi comadre vuelve primero con la contesta, los seis serán fusilados sin remisión. ¿Cuál es el que va a ir?

--Yo, señor,--dijo Corrín.

Y el Rey entregándoles una carta a Corrín y otra a la Bruja, los hizo colocarse uno al lado del otro, como cuando se colocan los caballos para correr, y diciéndoles “una, dos, tres”, salieron disparados como flechas, pero todavía no salían de la ciudad y ya Corrín se les perdió de vista y no había ni luces de él. Cuando Comín venía de vuelta con la contesta, la Bruja no llevaba andado ni la mitad del camino de ida; la Bruja lo divisó desde lejos y viéndose perdida, se transformó en una linda jovencita y lo esperó sentada en una piedra, a la sombra de un árbol.

--¿A dónde va tan ligero, señor, con tanto calor como hace? Siéntese un ratito a descansar y sírvase estos membrillitos para que se refresque;--y le mostraba dos hermosos membrillos, que llegaban a estar fragantes.

Corrín no resistió la tentación y se sentó al lado de la joven. Conversaron un rato y después dijo él:

--Voy a dormir una siestecita, tengo tiempo de más para cumplir mi encargo;--y se recostó en la falda de la Bruja, la cual, en cuanto Corrín se quedó dormido, le puso adormideras en la cabeza para que no despertara tan luego, le sacó del bolsillo la carta que traía de Roma y partió con ella de regreso, dejando a Corrín con la cabeza apoyada en la piedra en que acababa de estar sentada.

Pero todo lo que hablaron Corrín y la Bruja transformada en niña lo oyó Escuchín y les dijo a sus compañeros:

--Perdidos somos, amigos; la Bruja ha hecho tal y cual cosa, le ha robado la contesta a Corrín, a quien ha puesto adormideras en la cabeza, y lo ha dejado durmiendo y la maldita vieja estará de vuelta, con la carta, en un par de horas.

--No hay cuidado dijo Aguaitín; desde aquí veo durmiendo a Corrín y lo voy a despertar, y al mismo tiempo castigaré a la Bruja.

Y haciendo la puntería con su carabina primero a la Bruja, le quebró una pata y la dejó coja que no podía ni mover el pie; y de otro disparo atravesó una oreja a Corrín que despertó y salió corriendo a todo escape, hasta que encontró a la vieja y quitándole la carta, en dos zancajos llegó al palacio y se la entregó al Rey.

Comín preguntó al Rey cuál sería la otra prueba; y el Rey, esperando que llegara la Bruja, le contestó que les daba una semana de descanso.

Transcurridos siete días, llegó la Bruja cojeando, y como estaba picada con Comín y sus compañeros, para embromarlos de una vez a todos, le aconsejó al Rey que mandara a los seis amigos solos a pelear contra el numeroso ejército de los moros que le había declarado la guerra, y siendo ellos tan pocos contra tantos, con seguridad los matarían, o cuando menos los tomarían prisioneros, y entonces el Rey se quedaría de balde con el castillo y la Princesa seguiría tan soltera como hasta entonces. Al Rey le pareció que este consejo era el mejor que había recibido de la Bruja y ya le parecía verse libre de Comín y de sus compañeros; pero Escuchín, que no se descuidaba, lo oyó todo y se lo comunicó a sus amigos:

--Perdidos somos--les dijo;--la Bruja aconseja al Rey que nos mande a nosotros solos a combatir con el numeroso ejército moro que le ha declarado la guerra; ¿qué va a ser de nosotros?

--En la buena estamos, compañeros--dijo Comín.--Cuando nos coloquen frente a los moros y cuando estén todavía lejos, Aguaitín les disparará con su carabina, y cuando el ejército enemigo esté más cerca, Peín les disparará con su transpontín y con ésto quedamos vencedores.

Así quedó convenido y el plan se ejecutó al día siguiente en todas sus partes tal como se había establecido. Primeramente Aguaitín dió buena cuenta de gran número de moros, pero ésto se hacía sólo con el objeto de dar tiempo a Peín para prepararse, y tan bien se preparó, tanto aire aspiró que cuando los moros habían avanzado hasta llegar a una legua de distancia, bajándose los calzones volvió el trasero hacia ellos y lanzando una terrible andanada de ventosidades, los elevó a todos a grande altura, yendo a caer muertos a enorme distancia. Esta fué la primera batalla en que se usaron los gases asfixiantes.

A pesar del beneficio que para el reino significaba tan espléndida victoria, Hermosura del Mundo no cedía, y pidió al Rey que le exigiera el trabajo que faltaba para completar los siete. Y he aquí cual fué el séptimo trabajo, siempre aconsejado por la Bruja:

Tenía el Rey una hermosa conejera poblada de cincuenta lindísimos conejos de raza fina. Díjole la Bruja:

--Entregue a Comín los cincuenta conejos y le ordena que los lleve a la montaña durante tres días y los suelte en ella, y que en la tarde los traiga arriándolos como si fuesen un rebaño de corderos, y si no vuelve con los cincuenta, sin que le falte ninguno, los hace fusilar a todos.

Y así se hizo.

Llevó Comín los conejos en dos sacos y los soltó en la montaña, y los animalitos, apenas se vieron libres, huyeron en todas direcciones. Comín pensaba:

--Ahora sí que es cierto que el Rey nos hace sacar el orujo a mí y a mis compañeros, porque ¿cómo voy a juntar estos conejos de miéchica cuando llegue la hora de volverme con ellos, sueltos, como si fuesen un rebaño de corderos? Seguramente llegaré sin ninguno.

Comín se quedó triste y pensativo por un momento y se recostó en el musgo, sobre el costado izquierdo; después de un rato, sintiéndose cansado, se dió vuelta al otro lado y sintió que algo duro le molestaba; creyó que sería una piedra y se incorporó para quitarla, pero no halló nada en el suelo; entonces se registró para ver qué podía ser lo que le incomodaba y encontró en un bolsillo de sus pantalones el pito que le había dado el viejito, y se dijo, acordándose de un verso que había oído cantar antes de salir de su tierra:

--Quién canta su mal espanta, quién llora, su mal aumenta;

no estoy yo para dejarme morir; pasemos este mal rato tocando el pito y esto algo disipará mis penas;--y se llevó el pito a la boca y no hizo mas que hacerlo sonar y principian a llegar de carrerita todos los conejos, unos de un lado, otros de otro y se pusieron a bailar delante de él al compás de lo que tocaba. Imagínense cuánto sería el gusto del atribulado Comín, porque, por más que él tratara de engañarse, el susto se lo comía vivo; tanta fué la alegría de que se vió inundado todo su ser que no pudo contenerse y se puso a bailar con los conejos, hasta que se sintió fatigado. Díjoles entonces a los conejitos:

--Váyanse a corretear y a comer no más, mientras yo duermo una siestecita, que cuando sea tiempo los llamaré.

Y con esto los animalitos se fueron y perdieron de vista en un abrir y cerrar de ojos.

Mientras Comín dormía, el Rey le dijo a la Bruja:

--Comadre, no sé por qué me tinca que este diablo de Comín va a volver con los cincuenta conejos, ¿por qué no va a ver si los ha soltado y le compra uno, aunque le pida lo que le pida?

--Voy, compadre, y haré lo posible por quitarle uno siquiera.

Y se fué la vieja para donde estaba Comín, pero en la mitad del camino se transformó en la misma hermosa niña que robó la carta a Corrín. Pero, Comín que la había divisado desde lejos, antes que se transformara, se preparó para el ataque y poco antes que la Bruja llegase tocó el pito, y los conejos, apareciendo por todos lados, se formaron en círculo delante de Comín, como esperando sus órdenes. Llegó la Bruja transformada en niña y en verdad que venía hecha una tentación, pero Comín, que no olvidaba lo que le había pasado a su compañero pocos días antes, cuando volvía con la contestación de la carta que había llevado a Roma, apenas la falsa joven se le sentó al lado y con palabras halagüeñas le pidió que le vendiera un par de esos lindos conejitos, que los quería para cría, y que estaba dispuesta a darle lo que por ellos pidiera, fuese lo que fuese, Comín le dijo:

--Señorita, aquí está muy fresco, así es que no se imagine que tengo calor y no me venga a ofrecer membrillos para refrescarme, por que no seré tan leso como lo fué Corrín en días pasados, que se dejó embaucar tan fácilmente por usted. A otro perro con ese hueso.

--¿De qué cosas me habla usted, que no le entiendo? ¿Quién es ese Corrín y qué membrillos son esos?