Part 8
No habían andado todavía media hora, cuando tropezaron con un cazador, que con un fusil de caza hacía la puntería a un objeto que ninguno de los dos alcanzaba a divisar.
--¿A quién le apuntas?--preguntó Antonio.
--A un mosco que veo volando como a una legua de altura--respondió el cazador.
--¿Y crees que podrás matarlo?
--¡Que si lo creo! estoy seguro de que lo mataré! y si no, esperen un momento.
Y dicho esto, disparó.
Un buen rato después cayó a los pies de ellos el mosco con el cuerpo atravesado de un balín. Antonio y su compañero quedaron admirados, tanto de la buena vista del Cazador como de su admirable puntería.
--¿Quieres venirte conmigo?--le dijo Antonio.--Posiblemente tenga que servirme de ti en una empresa en que me he metido, y una vez que le dé buen fin, me encontraré en situación de pagarte como sea debido.
--Pues, señor, me voy con usted.
Y los tres continuaron la interrumpida marcha; y después de haber andado una media hora, toparon con un hombre muy alto y muy flaco que estaba fuertemente abrazado al tronco de un grueso árbol.
--¡Qué hombre más raro!--dijo Antonio--,¿por qué estará abrazado al árbol?
--Señor,--le contestó el hombre--mi oficio es correr y más correr, y si no me ataran o me sujetara como ahora lo estoy, tendría que seguir corriendo.
--¿No sería bueno--dijo Antonio a sus compañeros--que llevásemos a este hombre con nosotros? quién sabe si necesitemos de la virtud que tiene!
--Bueno sería que viniese con nosotros--contestaron los interpelados.
--Me gustaría irme con ustedes--dijo el hombre corredor--pero sería necesario, para no seguir corriendo, que me llevasen amarrado.
Entonces uno de los acompañantes de Antonio se sacó de la cintura una fuerte correa y con ella ató las piernas del Corredor, que fué llevado en hombros de uno y otro alternativamente; así continuaron su camino hasta que encontraron a otro hombre que estaba tendido en tierra con una oreja pegada al suelo.
--¡Qué curioso lo que oigo,--decía el hombre--, qué curioso!
--¿Y qué es lo que oyes?--interrogó Antonio.
--Oigo que una señora aconseja a su hija que no deje de regar temprano con sus aguas cierto árbol, cada vez que se presente algún pretendiente de su mano para hacer un barco de tres hachazos, porque regado el árbol, nadie podrá hacer el barco en el mismo día.
--Pues es preciso que tú nos acompañes--dijo Antonio--y no tengas cuidado, que se te pagará bien.
--Bueno, pues, señor, me iré con usted.
Y los cinco siguieron camino hasta llegar al palacio del Rey, en el cual se les dió alojamiento, como se acostumbraba con todos los que pretendían hacer el barco.
Fijado el día de la prueba, Antonio se puso en acecho desde antes que amaneciera, y cuando el sol despuntaba sus rayos, como viera que la Princesa llegaba al pie del árbol y, encuclillándose, se preparaba para regarlo, sacó el pito que le había obsequiado el anciano y llevándoselo a los labios sopló, y se produjo ¡Dios mío! un sonido tan espantoso que la Princesa, toda asustada, huyó a refugiarse en su aposento, sin conseguir regar el árbol.
La prueba debía tener lugar a las 12, y desde mucho antes los corredores del patio en que estaba el árbol se hallaban repletos de nobles y grandes de la Corte que, presididos por los Reyes y la Princesa, querían presenciarla. Al dar el reloj el primer campanazo, salió Antonio con su hacha al hombro, y sonando el duodécimo, pegó, uno en pos de otro, ni uno más, ni uno menos, los tres golpes que tenía derecho a dar, y lo que hasta entonces ninguno de los numerosos candidatos que habían tentado la empresa había podido hacer, resultó ahora de la manera más sorprendente: como por encanto surgió del lugar que hasta un momento antes ocupaba el árbol, un buque maravilloso, con toda la armazón de oro y las velas de plata, que se movía majestuosamente en un hermoso estanque, entre cisnes y pececitos dorados. Un hurra estruendoso salió de la boca de todos y los mismos Reyes y la Princesa, muy a su pesar, no pudieron contener sus aplausos.
Los Reyes, no obstante el buen éxito de la prueba, no quisieron conceder a Antonio la mano de su hija, aunque ella, en vista del espléndido resultado obtenido por el joven y su gallarda figura, se inclinaba a aceptarlo por marido, y le impusieron, para conseguirla, la ejecución de nuevos trabajos, que Antonio aceptó de lleno, decidido como estaba a casarse con la Princesa, de quién se había enamorado profundamente, desde que la vió.
Aceptadas las nuevas exigencias de los padres de la Princesa, el Rey condujo a Antonio a una inmensa bodega toda llena de enormes toneles de vino y le dijo:
--Tienes que beberte todo este vino antes que den las 12 del día de mañana, so pena de la vida,--y le entregó las llaves y se fué.
Esperó Antonio que el Rey se alejase, y cuando calculó que ya estaría en palacio, fué en busca del Bebedor e introduciéndole en la bodega, le preguntó si se encontraba capaz de ingerir antes del mediodía todo el vino y licor que allí se guardaba. El Bebedor le contestó que tan capaz se sentía de bebérselo que no le pedía sino dos horas para dejar completamente secos los toneles. Y así fué, en efecto, porque dos horas más tarde volvió Antonio a la bodega y no halló ni rastros de líquido; sólo vió al Bebedor, que, sentado en un poyo, fumaba tranquilamente un cigarro.--«Aquí estamos, señor,--le dijo--descansando un poco, porque después de beber, mejor que andar, es sentarse un ratito y pitar un cigarro».
Al otro día el Rey pidió a Antonio las llaves de la bodega, y se quedó mudo de espanto al ver que aquella grandísima cantidad de toneles poco antes repletos de vino y licores, estaba completamente vacía. Atontado se fué a sus habitaciones, pero antes dijo a Antonio:
--En un momento más te llamaré.
El Rey tenía un hechicero a su servicio y a él le pidió consejo acerca de qué trabajo debería proponerle a Antonio que éste no fuera capaz de ejecutarlo.
El hechicero le dijo:
--Escriba V. M. dos cartas para el Rey su vecino, una me entrega a mí, que me transformaré en jote y la llevaré en un santiamén; la otra se la entrega al pretendiente de la Princesa para que él le dé curso, y veremos cuál de los dos trae primero la contestación.
--Me parece bien--murmuró el Rey, y ordenó a su secretario que inmediatamente escribiese las dos cartas y que estuvieran listas en un momento. Con esto, mandó el monarca que llamasen a Antonio, quien, de pie ante el trono, oyó respetuosamente la orden que se le daba, y que, como la anterior, se sancionaba con pena de la vida. Antonio prometió entregar al Rey la contestación antes que el jote, y salió.
Inmediatamente reunió a sus compañeros y les contó el apuro en que se encontraba.
--No tenga cuidado, señor,--dijo el Hombre Largo--yo me encargaré de llevar la carta y traer la contestación, y por muy ligero que vuele el jote yo correré más rápidamente que lo que él vuela.
--Y nosotros velaremos por lo que pueda suceder--agregó el Cazador.
Y al punto el Hombre Largo tomó la carta y zancajeando con velocidad pasmosa, se perdió de vista en un momento. Y tan lijero anduvo que cuando el jote iba aún con la carta, el Hombre Largo volvía ya con la respuesta. Se cruzaron en lo alto de un cerro, el corredor corriendo y el Jote volando, y cuando éste, que como se ha dicho, era el Hechicero, lo divisó, dejó caer desde lo alto un anillo. El Hombre Largo, a pesar de la rapidez de su carrera, vió brillar el anillo en el suelo y se detuvo a recogerlo; encontrolo hermoso y pareciéndole que no le quedaría mal, se lo puso; pero apenas introdujo el dedo en el anillo, cayó en tierra dominado de un violento sueño. Con su vista perspicaz el Cazador vió todo lo ocurrido desde el lugar en que se hallaba, y comprendiendo que era el anillo el que había dejado como muerto a su compañero, le hizo los puntos con su fusil y disparó con tanto acierto que la bala rompió el anillo y cayó destrozado al suelo. Roto el encanto, el Hombre Largo continuó su carrera y en un momento llegó donde Antonio y le entregó la respuesta, que Antonio llevó inmediatamente al Rey. El Jote se demoró más de un día aún en llegar con la contestación, y el Rey, despechado, lo hizo matar.
Al otro día, bien temprano, el Rey, aconsejado por la Reina, hizo entregar a Antonio veinte conejos que debía soltar en la montaña para que anduviesen libremente y traerlos todos en la tarde; si no los traía su cuello recibiría las caricias de la cuchilla del verdugo. Antonio ofreció volver con los veinte conejos; y preguntó si esa sería la última prueba a que se le sometía. El Rey le prometió que si salía bien en ésta, no le impondría sino otra más.
Partió Antonio llevando los conejos y acompañado del mayordomo de palacio, que iba para comprobar si Antonio soltaba los animalitos; y como viera que en cuanto llegaron a la montaña les daba completa libertad y que desaparecieron en un abrir y cerrar de ojos, se volvió y contó a los Reyes cómo los conejos habían huído más que ligero y que sería muy difícil que Antonio pudiera cogerlos. El Rey, que recordaba cómo Antonio, había salido tan bien de las empresas anteriores, pidió a la Reina que se disfrazase y fuese a comprarle un par de conejos y le diese por ellos el dinero que le pidiese. Hízolo así la Reina; se vistió con los vestidos de su doncella, se peinó de distinta manera que como Antonio la había visto y, arreglada, en fin, de modo que no la conociese, partió para la montaña. Antonio la divisó desde lejos y la conoció perfectamente, y sacando el pito, lo hizo sonar. Como por encanto los conejos, saliendo de todas partes, se reunieron en un momento frente a Antonio, retozando graciosamente.
Poco después llegó la Reina, se sentó al lado de Antonio y entabló conversación con él. Primero le habló de otras cosas y después de los conejos.--Qué hermosos los conejitos--le dijo--,¿por qué no me vende un par para hacer cría?--Antonio le contestó que no podía, que tenía que entregar los veinte, completos, en la tarde, so pena de vida. Ella le ofrecía lo que quisiera, este mundo y el otro; pero inútilmente, porque Antonio no cedía ni aflojaba un pelo. Sin embargo, como la Reina continuara con sus exigencias, Antonio le dijo que sólo de una manera le entregaría el par de conejos, y hasta media docena si le parecía y era dejándose aplicar una marca en las posaderas. La Reina, que no quería que Antonio se casara con su hija, viendo que no había otro medio de concluir con él, aceptó la proposición, y Antonio, para no hacerla sufrir, ya que con su sufrimiento nada ganaba, en vez de calentar el hierro, lo impregnó de tinta indeleble y lo estampó en las partes convenidas; después de lo cual la falsa doncella recibió los dos conejos y envolviéndolos en el delantal, se fué contentísima a paso ligero. ¿Qué le importaba a ella la marca? Antonio, que no podía entregar sino 18 conejos, moriría a manos del verdugo y nadie sabría lo que a ella le había pasado. Pero la Reina no contaba con el pito de Antonio, quién una vez que calculó que la Reina estaba próxima a llegar a palacio, sacó el silbato y lo hizo sonar: un minuto después el par de conejos estaba con sus compañeros frente a Antonio. La Reina no se dió cuenta de la huida de los animalitos, así fué que casi se cayó muerta de rabia cuando al querer mostrarlos al Rey se encontró con que no traía ninguno. Contó al Rey lo que le había sucedido y sólo pudo consolarse con la esperanza de que los conejos no se hubieran ido a reunir con los otros que tenía Antonio, esperanza que le salió fallida, ya que poco después entró el joven y entregó al Rey los veinte conejos.
--Señor,--le dijo--me parece que he cumplido. Ojalá, para salir luego de cuidados, me diga cuál es el trabajo que me falta ejecutar.
--Es éste--le contestó el Rey:--toma ese saco; a las 12, me lo traes lleno de nada, nonada, tres ayes y una verdad; y ya sabes, si falta alguna de estas tres cosas ¡fuera cabeza!
--No tenga cuidado S. M., que será complacido.
Al día siguiente salió Antonio provisto de su saco, y después de echar en él, alternativamente, el hierro para marcar, un gran manojo de hortiga caballuna, una piedra y un trozo de madera, ató la boca del saco, se fué al palacio y colocándose al lado del estanque en que estaba el buque de los tres hachazos, esperó que bajaran el Rey, la Reina, la Princesa y los nobles, como en todas las pruebas anteriores. Poco antes de las 12 ya estaba reunida toda la concurrencia, y sonando la duodécima campanada del reloj, dijo el Rey:
--Supongo que habrás traído _nada_ en el saco.
--Sí, Majestad, y aquí está--contestó Antonio--sacando el pedazo de madera, que arrojó al estanque;--ya ve V. M. que nada.
--Es verdad--dijo el Rey--¿y la nonada?
--Aquí la tiene V. M.--respondió el joven, mostrando la piedra que extrajo del saco,--pues si la arrojo al agua, _no nada_.
El Rey no tuvo más remedio que asentir, y con voz alterada por la cólera al verse vencido, preguntó:
--¿Y los tres ayes?
--Para eso será preciso que V. M. comisione a alguno de los suyos, para que no se crea que los falsifico.
Ordenó el Rey a la doncella de la Princesa que fuese a sacar los ayes, y al acercarse al joven para cumplir el mandato, éste le dijo:
--Es preciso meter al saco las dos manos y buscar con cuidado entre unas yerbas que hay en el fondo, para que no se escapen.
La niña creyó que si buscaba rápidamente los ayes podrían escaparse y el joven perder la partida, y para conseguirlo, metió las manos precipitadamente entre las ortigas, que juntaba y apartaba para facilitar la salida de los ayes, pero no duró sino un instante, porque las manos se le irritaron de tal manera y era tan grande el dolor que sentía que tuvo que sacarlas casi al momento, gritando «¡ay, ay, ay!» Antonio dijo entonces al Rey:
--Ahí tiene V. M. los tres ayes que me había exigido.
--Ahora veamos esa verdad, dijo el Rey con voz alterada.
Y sacando Antonio del saco el hierro de marcar, dijo:
--Ha de saber V. M. que ayer, mientras cuidaba los conejos en la montaña, vino la Reina, a quién conocí perfectamente, a pesar del disfraz, y me pidió que le vendiera dos de esos animalitos, y yo, después de discutir un poco, consentí en dárselos con la condición...
--De que se le diera la mano de nuestra hija--exclamó la Reina, dirigiéndose al Rey, pero de modo que todos oyeron lo que decía.
--Eso es,--confirmó Antonio--y espero que después de lo sucedido, V. M. no se negará a permitir mi matrimonio con su hija.
--Lo permito gustoso--contestó el monarca,--tanto más cuanto veo que eres una persona de tal mérito que no hay empresa que se te encomiende, por difícil que sea, que no la ejecutes de la manera más cumplida.
Y así fué como Antonio, mozo pobre, pero bueno, se casó con la hija del Rey y llegó más tarde a sentarse en el trono, siendo feliz hasta donde se puede serlo en esta tierra de desgracias, con su mujer y los numerosos hijos que tuvo.
16. HERMOSURA DEL MUNDO, O EL CASTILLO DE LOS TRES AZUELAZOS.
(Contado por Tránsito González, maestro carpintero, de Choapa y 57 años de edad. Me lo refirió en Peñaflor, en 1922.)
Vivían en un pueblo dos viejitos casados desde hacía muchos años; pero Dios no los había favorecido dándoles un hijo siquiera. Tenían numeroso ganado y algún dinero, y temiendo morirse pronto y no sabiendo a quien dejarle sus bienes, adoptaron a un huerfanito que recién nacido había perdido a sus padres, y lo criaron con grande esmero y cariño. El chiquitín se llamaba Nicomedes, pero el nombre no le venía, porque era un comedor terrible: cuando era guagua, no le aguantó ninguna ama, porque, a las que le llevaban, les secaba los pechos de dos o tres chupetadas y tuvieron que criarlo con leche de vaca, y apenas le bastaba la de dos. Cuando le salieron dientes, comenzó por comerse un conejo y una gallina al día, después siguió con un cabrito, después con una oveja o un cordero, y cuando tenía doce años se comía un buey descansadamente. Por causa de su voraz apetito nadie lo llamaba por su nombre y todos le decían Comín, Comón, hijo del buen Comedor.
Llegó el caso de que de tanto comer el niño, el ganado se les iba concluyendo a los viejos, quienes, por otra parte, gozaban de muy buena salud y parecía que cada día estaban mejor y que nunca se iban a morir; temieron, entonces, quedar en la miseria, y para evitarlo le dijeron a Comín que saliera a buscar a donde ganarse la vida, que ya no podían tenerlo a su lado por más tiempo.
Se despidió Comín de sus padres adoptivos, y llegó a una hacienda cuyo dueño lo tomó a su servicio para que le cuidara un enorme ganado de ovejas que tenía, y como era muy friolento, para que en la noche le tuviera fuego encendido a la hora que se lo pidiera. El sueldo que pagaba era bueno; pero había una condición bastante dura, y era que si alguna vez no le tenía fuego encendido, o le faltaba alguna oveja, que las contaban una vez por semana, lo mandaba degollar. Comín aceptó el contrato, pero tenía la intención de comer a su gusto todas las ovejas que su hambre insaciable le pidiese, siquiera por siete días, y mandarse cambiar antes que contasen el ganado.
El hacendado le pedía fuego todas las noches a distintas horas y Comín siempre se lo proporcionaba, de modo que nunca lo pudo pillar, y como las ovejas las contaban sólo una vez por semana, tampoco pudieron notar que se comía cuatro o cinco cada día.
Seis hacía ya que estaba en la hacienda, cuando en la cocina, en la hora de la comida, oyó contar que el Rey de las Tres Puntas del Aromo ofrecía dar en matrimonio a su hija Hermosura del Mundo y un millón de pesos a aquel que frente a su castillo, de tres azuelazos, construyera en tres días otro castillo tan lindo o mejor que el del Rey y en el cual debían lucir el Sol y la Luna, y el que se presentara a hacerlo y no lo hiciera, tenía pena de la vida. Comín se dijo:--Yo voy a tentar la aventura: entre que mañana me degüellen cuando vean que faltan tantísimas ovejas y correr la suerte de poder levantar el castillo de tres azuelazos, lo haga o no, prefiero esto último. Y al otro día por la mañana, después de salir con el ganado y dejarlo abandonado en el campo, se mandó cambiar, no llevando por todo bastimento sino un pan que había guardado en el desayuno.
Unas cuantas horas había andado cuando le salió al encuentro un viejito y con voz temblorosa le pidió algo que comer, si llevaba.
--Sí, llevo un pan, buen anciano,--le dijo Comín--y tómelo todo para usted.
--Y tú ¿qué vas a comer, hijito?
--Lo que Dios quiera, taitita; lo que es con un pan no tengo ni para comenzar, y lo mismo me da comerlo que no comerlo.
--Está bien, hijito, ¿y a dónde vas?
--Voy a conquistar la mano de Hermosura del Mundo, hija del Rey de las Tres Puntas del Aromo y a ganar un millón de pesos.
--¿Y lo conseguirás?
--No lo sé, pero a eso voy. Me dicen que el Rey la dará en matrimonio al que de tres golpes de azuela le haga, en tres días, frente al suyo, un castillo tan lindo o mejor que el de él, en el que, además, se vean el Sol y la Luna; y el que se presente y no lo haga, tiene pena de la vida.
--¿Y con qué cuentas para hacerlo?
--Con la ayuda de Dios solamente, porque ni siquiera tengo la azuela.
--Quiero premiar tu buen corazón, Toma esta azuelita--le dijo el viejo pasándole una nuevecita que sacó de debajo del poncho;--con ella, en el primer día darás un solo golpe en el suelo en el lugar que te indiquen, e inmediatamente aparecerán los cimientos; en el segundo día darás también con la azuelita un golpe en los cimientos y aparecerán las murallas; en el tercer día darás otro golpe con la misma azuelita en las murallas, y entonces quedará completamente terminado el castillo, que será más hermoso y estará mejor amueblado que el del Rey. Toma, además, este pitito; haciéndolo sonar cuando te encuentres en apuros, te verás libre de todo mal.
Y despidiéndose de Comín, se fué el viejito por un lado y Comín por otro.
A poco andar Comín encontró a un hombre que estaba tendido en el suelo y con una oreja pegada a la tierra.
--¿Qué hace amigo?--preguntó Comín.
--Estoy oyendo a unos pimeos que discuten acaloradamente sobre una carrera, y estoy muy entretenido con la disputa que tienen acerca de si ganó este caballo o ganó el otro.
--¿Y cómo se llama usted?
--Escuchín, Escuchón, hijo del buen Escuchador.
--¿Quieres que vamos juntos a rodar tierras?
--No, señor, déjeme aquí, que estoy muy divertido con la carrera de los pimeos.
--Vamos mejor a las Tres Puntas del Aromo, donde hay un Rey que tiene una hija muy linda que se llama Hermosura del Mundo y la da para casarse al que levante en tres días, frente al suyo, de tres azuelazos, un castillo en que se vean el Sol y la Luna, y yo voy con la intención de levantar ese castillo y casarme con la Princesa. ¿Por qué no me acompaña usted y me ayuda? Habrá, además, un premio de un millón de pesos.
--Vaya, pues, lo acompañaré por tratarse de una aventura poco común y yo soy muy amigo de las aventuras.
Marcharon en compañía por un buen rato conversando alegremente, hasta que encontraron a un hombre que miraba con mucha atención hacia arriba.
--¿Qué hace, amigo?--preguntó Comín.
--Aquí estoy aguaitando a una aguilita que anda muy altazo por las regiones del cielo.--Y haciéndoles los puntos con una carabina que tenía al lado disparó. Nada divisaban ni Comín ni Escuchín, por más que miraban, pero como un cuarto de hora más tarde percibieron un puntito negro que poco a poco se fué agrandando, hasta que, por fin, media hora después del disparo, vieron caer a sus pies una águila.
--¿Y cómo se llama usted?
--Aguaitín, Aguaitón, hijo del buen Aguaitador.
--¿Por qué no vamos juntos a rodar tierras?
--No, señor, déjeme aquí, que lo paso muy entretenido cazando pajaritos.
--Vamos mejor a las Tres Puntas del Aromo, donde hay un Rey que tiene una hija muy linda que se llama Hermosura del Mundo y la da para casarse al que levante en tres días frente al suyo, de tres azuelazos, un castillo en que se vean el Sol y la Luna, y yo voy con la intención de levantar ese castillo y casarme con la Princesa. ¿Por qué no me acompaña usted y me ayuda? Habrá además un premio de un millón de pesos.
--Si es así, lo acompañaré, por tratarse de una aventura que no se ve todos los días, y yo me muero por las aventuras raras.
Siguieron andando los tres, departiendo amigablemente, hasta que llegaron a la orilla de un gran río, muy ancho y muy correntoso, y en la margen opuesta vieron a un hombre que con pies de cabra formaba una represa.
--¿Qué hace ahí, mi amigo?
--Juntando un poquito de agua, señor, para tomármela y apagar mi sed.
--¿Y cómo se llama usted?
--Tomín, Tomón, hijo del buen Tomador.
--¿Por qué no se viene con nosotros a rodar tierras?
--No señor, déjeme por aquí, que hay tantos ríos; mire que yo ando siempre sediento y me hace mucha falta el agua.
--Vamos mejor a las Tres Puntas del Aromo, donde hay un Rey que tiene una hija muy linda que se llama Hermosura del Mundo, y la da para casarse al que levante en tres días, frente al suyo, de tres azuelazos, un castillo en que se vean el Sol y la Luna, y yo voy con la intención de levantar ese castillo y casarme con la Princesa. ¿Por qué no me acompaña usted y me ayuda? Habrá además, un premio de un millón de pesos.
--Por tratarse de casamiento, en donde habrá harto que tomar, lo acompañaré, pues; pero si van a las Tres Puntas del Aromo tienen que pasar para este lado.
--Díganos si sabe, donde está el puente para atravesarlo.
--Qué puente ni qué niño muerto, señor; si para atravesarlo no hay más puente que mi estómago, como ustedes van a verlo;--y tendiéndose de guatita, dió dos o tres sorbidos, ¡qué sorbidos, Dios Santo! y dejó el río completamente seco y Comín y sus compañeros pudieron pasar a pie enjuto al otro lado, y acompañados de Tomín siguieron su camino.
Poco después llegaron a un llano y vieron a un hombre que corría con una rapidez extraordinaria.
--¿Qué hace, amigo?--le preguntó Comín.
--Aquí me tiene señor, apostando carreras con el Viento.
--¿Y cómo le va en las carreras?