Cuentos populares en Chile

Part 7

Chapter 74,322 wordsPublic domain

A los siete días de camino se encontró con la viejecita.

--¡Una limosnita, mi señorita, para esta pobre vieja!

--¡Cómo no, mamita! ¡Con mucho gusto! Y dígame antes ¿vive usted sola?

--No, mi hijita, me acompañan siete nietecitos, que no tienen padre ni madre y cuyo único sostén es esta pobre vieja desvalida.

La niña, que era muy bondadosa y compasiva entregó a la anciana la mitad de las provisiones y del dinero que llevaba. La viejecita se deshizo en agradecimientos, y le preguntó:

--¿A dónde va, mi hijita?

--En busca de mis padres a quienes no conozco ni sé dónde se encuentran, y de dos hermanos que salieron con el mismo objeto y que no han vuelto, a pesar de haber transcurrido de más el plazo que fijaron para su regreso. Y le contó su historia.

--Yo, hijita, la ayudaré a encontrarlos, y créame que los encontrará. El bien que se hace, tiene que ser premiado. Tome estos tres ovillos de hilo y ande todo el largo de ellos; al concluirlos, llegará al palacio de un Rey ciego, quien le indicará lo que debe hacer en seguida.

Anduvo la hermosa niña hasta concluir los tres ovillos de hilo, en lo cual demoró siete días completos. Entró al palacio del Rey ciego, que la recibió afablemente y le dió las mismas instrucciones que a sus hermanos. Cuando le trajeron el caballo, lo acarició pasándole la mano por la cabeza y por el cuello, y le decía:

--¡Qué pelo tan suave! Si parece que fuera de seda. ¡Qué caballo tiene vuestra Majestad, señor Rey! Yo nunca he visto otro de tan buen porte y tan proporcionado como éste!

El caballo, como si comprendiera las alabanzas de la niña, relinchaba alegremente.

Montó Luna en él, y despidiéndose del Rey, partió a toda carrera.

Más o menos a medio día llegaron a un hermoso prado atravesado por un arroyuelo de limpidísimas aguas. La niña invitó al caballo a que se detuviera para bajarse, y el animal se paró. Descendió la niña, le quitó el freno y le dijo, acariciándolo:

--Come, caballito lindo, y bebe y descansa que bastante falta te hace, pues has corrido tanto y debes sentirte fatigado.

Después de solazarse el caballo un par de horas, él mismo se acercó a Luna, que volvió a montar y continuó su marcha.

Todos los días, hasta completar el séptimo, que llegaron a la plazoleta, Luna dió dos horas de descanso a su cabalgadura, escogiendo siempre los sitios mejor empastados y con buena agua, para que el noble bruto pudiera reponerse.

El caballo dejó su preciosa carga cerca del Arbol, el cual inmediatamente se puso a cantar las más armoniosas melodías, e inclinó su copa hacia la niña, como si la convidara a cortar el cogollo; lo cual, ejecutado por Luna, el Arbol la invitó a que fuera a traer el agua de la vida.

Cuando la niña llegó al pozo, el agua alcanzaba al borde del brocal, así es que inmediatamente llenó el jarro sin dificultad. En el mismo momento en que Luna introducía el jarro en el agua, un hermosísimo loro de brillantes y variadas plumas se posó en su hombro derecho y la saludó:

--Buenos días, bella Luna.

--Buenos los tengas tú, preciosa ave. ¿Eres tal vez el Loro adivino, que me ayudará a encontrar a mis padres?

--Sí, yo soy. Apresúrate a verter agua de la vida sobre las piedras para que volvamos pronto al palacio del Rey ciego e irnos, en seguida, a tu casa.

Comenzó la niña a echar agua sobre las piedras que rodeaban el brocal del pozo, y al mojar la primera se levantó Lucero, que abrazó cariñosamente a su hermano. Apenas el agua tocaba una piedra, se alzaba un hombre: un conde, un marqués, un príncipe. Continuó con las que estaban a la entrada de la plazoleta, y al caer el agua sobre la primera de éstas, apareció Sol. Los tres hermanos se estrecharon entre sus brazos, y Sol y Lucero agobiaban a Luna a preguntas, que ella contestaba risueña, sin dejar de echar agua sobre las piedras. Terminada esta tarea, montó a caballo y salió de la plazoleta seguida de una multitud de apuestos jóvenes, que lanzaban hurras y vivas a su libertadora: jamás rey ni reina llevó tan numeroso y escogido séquito ni fueron tan aclamados como lo fué Luna en esta ocasión.

A poca distancia de la plazoleta la avenida se dividía en tres caminos, y allí se despidieron todos de los tres hermanos, tomando cada cual el que le convenía. Sol, Lucero y Luna siguieron por el que conducía al palacio del Rey ciego, al que llegaron en breve tiempo, porque parece que las distancias se habían acortado.

Se desmontó la niña del caballo y el Loro le dijo al oído:

--Humedece con el agua de la vida los ojos del Rey y en seguida arroja un poco de la misma agua a la cabeza del caballo.

La niña obedeció, y el Rey recobró la vista y el caballo se convirtió instantáneamente en el más hermoso y gallardo príncipe que haya pisado la tierra. El Rey y el Príncipe se abrazaron tiernamente.

--¡Por fin han terminado nuestras penas--dijo el Rey--gracias a esta heroica niña!

Y refirió a los tres hermanos que hacía veintiún años que una bruja, su enemiga, lo había dejado ciego a él y había encantado a su hijo, situaciones que debían durar hasta que alguien se apoderara del Arbol que canta, del Agua de la vida y del Loro adivino.

El Príncipe, que se había enamorado de Luna, pidió a su padre que lo dejara casarse con ella, si ella lo aceptaba por esposo. Luna manifestó su alegría ante tal petición; pero el Rey les observó que, aun cuando él aceptaba plenamente esta unión, era menester esperar que los niños encontraran a sus padres para pedirla en matrimonio. Se convino en que se haría así, y al otro día partieron nuestros pequeños héroes.

Cuando nuestros viajantes llegaron a su casa, Luna plantó la rama del Arbol que canta en medio del jardín, y en tres días había crecido tanto y estaba tan corpulento como el árbol de que provenía. El Loro adivino vivía en sus ramas y solía acompañar en sus cantos al Arbol, que era la delicia de todo el vecindario.

La fama de este Arbol maravilloso se extendió por todo el país y bien pronto llegó a oídos del Rey, que quiso conocerlo; y al efecto, acompañado de la Corte, de sus cuñadas y de muchas damas, se trasladó a la casa de los niños.

Lo primero que llamó la atención de todos fué la hermosura incomparable de los tres hermanos y la simpatía que despertaban.

Parecía que el Arbol hubiese reservado sus mejores cantos para esta visita: las melodías que entonó eran tan dulces, tan suaves, tan armoniosas, que el Rey y su comitiva se quedaron extasiados escuchándolo y las horas pasaron sin sentirlas.

De pronto el Arbol calló y poco a poco el auditorio volvió en sí. El Rey fué el primero en hablar:

--¡Qué cosa tan extraordinaria--dijo--que un árbol cante!

El Loro habló entonces, con voz entera y clara, que todos oyeron perfectamente:

--Es verdad, su Majestad, que es muy extraordinario; pero no tanto como el que una mujer dé a luz tres perros, en vez de tres criaturas, cosa que tan fácilmente hicieron creer a vuestra Majestad sus cuñadas.

--¿Cómo? ¿Qué dice ese Loro?

--Yo contaré a vuestra Majestad cómo pasaron las cosas. Pero ante todo, haga vuestra Majestad que amarren bien a sus cuñadas a un árbol, porque al ver que se van a poner en descubierto sus picardías, tratarán de escabullirse y huir. Y ordene también que inmediatamente saquen a la Reina de su entierro, porque si no sale luego de ahí, morirá; y que la traigan aquí, pues su presencia es necesaria.

El Rey dispuso que, con fuertes correas, ataran a un árbol a las hermanas de su mujer, y que, sin demora, libraran a la Reina del emparedamiento en que estaba y la trajeran.

Momentos después llegó la Reina en silla de manos. Los doce años de encierro y la falta de alimentos la habían convertido en un esqueleto viviente; no podía andar, ni tenía fuerzas para hablar. Pero Luna, apenas la vió, como impulsada por un resorte, corrió a su habitación y volviendo con el jarro del agua de la vida le dió a beber un trago. Al punto la Reina se levantó de la silla en que estaba sin ánimos y como muerta, revestida de su antigua juventud, belleza y esplendor; y al verla, los personajes de la Corte, sin poder contenerse, prorrumpieron en gritos de júbilo, aclamando a su soberana.

El Loro pidió que le escucharan, y al instante se hizo el silencio mas profundo. Entonces refirió como las hermanas de la Reina corroídas por la envidia, aprovecharon la ausencia del Rey para substituir por tres perrillos despreciables los hermosos hijos que Flor-María había tenido y que, como lo había prometido, nacieron el uno con el Sol en la frente, el otro con el Lucero y la niña con la Luna llena; cómo Flor-Rosa los había echado al arroyo en una artesa y habían sido salvados por el hortelano; cómo se habían criado y crecido ignorando su origen; y por fin, cómo Luna había logrado conquistar al Arbol que canta, al Agua de la vida y al Loro adivino, que era él.

El Rey preguntó:

--¿Y cómo podré encontrar a mis hijos?

--Ahí están, al lado de la Reina; que les quiten las fajas que cubren su frente y vuestra Majestad los reconocerá.

La Reina se apresuró a descubrir la frente de sus hijos; y si bellos los había encontrado el Rey y los personajes de sus séquitos cuando entraron a la huerta, más hermosos aparecieron a su vista despojados del paño que les ocultaba la frente y la cabeza. La Reina no se cansaba de acariciarlos, y ellos le pagaban su cariño cubriéndola de besos y llamándola «mamacita querida».

El Rey pidió perdón a su esposa por los sufrimientos que tan injustamente le había infligido y la Reina se lo acordó cumplidamente.

Cuando se disponía a regresar a palacio, sintieron gran ruido, como si se acercara numerosa tropa de caballería, y luego se oyeron sones de trompetas y clarines.

Eran el Rey que había recuperado la vista gracias a Luna, y el Príncipe su hijo, que venían a pedir la mano de la princesa, y que, previo consentimiento de la interesada, que lo dió de muy buen grado, le fué concedida.

Las cuñadas del Rey, Flor-Rosa y Flor-Hortensia, fueron atadas de manos y pies a cuatro caballos, los que, partiendo cada uno en opuesta dirección, las descuartizaron.

El matrimonio del Príncipe con Luna se celebró siete días después. Las fiestas de palacio y las organizadas para solaz del pueblo fueron tan espléndidas que todavía se alude a ellas en el reino cuando se quiere ponderar la magnificencia de alguna solemnidad.

Los personajes de este cuento vivieron muchos años y todos fueron muy felices y venturosos.

Y con esto se acaba el cuento del Periquito Sarmiento, que estaba con la guatita al aire y el potito al viento.

14. EL MEDIO POLLO[D].

(Contado en 1906 por Polonia González, de 50 años, más o menos, natural de la provincia de Colchagua)

Para saber y contar y contar para saber. Est’era y esterita para secar peritas; est’era y esterones para secar orejones.

Est’era una Gallineta muy buena ponedora y muy buena sacadora; y una vez que puso veinte huevos, se echó y sacó diez y nueve pollitos no más y se levantó muy atingida porque había perdido un huevito.

Bueno, pues. Principió la Gallinita a darle vueltas al huevito y conoció que estaba medio huero, y entonces pensó:

--Si me echo otra vez, saldrá cuando menos un medio pollito.--Y así fué que salió un medio pollito del cascaroncito.

Bueno, pues. La Gallinita era muy querendonaza con sus hijitos; pero quería más que a ninguno al Medio-pollito, porque le tenía un cariño con lástima, porque cada vez que lo veía le daba pena del verlo que no podía volar, porque no tenía mas que una alita pues, y andaba a saltitos porque no tenía mas que una patita.

Entonces el Medio-pollo fué creciendo y la Gallinita poniéndose viejancona, y no podía trabajar. Entonces el Medio-pollito le dijo a su mamita:

--Viejecita, écheme la bendición porque me voy a rodar tierras y no volveré hasta que tenga qué darle para que descanse.

Bueno, pues. Entonces la Gallinita le echó la bendición al Medio-pollo y se quedó llorando y el Medio-pollo salió a rodar tierras y se fué a saltitos, porque no tenía más que una patita sola no más.

Entonces el Medio-pollo anduvo muchos días sin encontrar trabajo; y un día que estaba escarbando con el pico en un montón de hojas, se encontró una naranjita de oro y casi se cagó del gusto y la escondió debajo de la alita y pensó:--Si se la llevo al Rey me dará gransitas para llevarle a mi mamita.

Bueno pues. Se fué donde el Rey y en el camino se encontró con un Arriero que traía una recua muy grande de mulas y que venía de vuelta.

Entonces el Medio-pollo le preguntó al Arriero:

--¿De dónde viene, mi Arrierito?

--Me he vuelto--es que le dijo el Arriero--porque el río trae mucha agua y no me animo a pasarlo porque se pueden ahogar las mulitas.

--Donde usted me ve--es que le dijo el Medio-pollo--yo lo voy a pasar no más, porque tengo que ir donde el Rey.

Entonces le dijo el Arriero:

--¿Por qué no me lleváis con mis mulitas, Medio-pollo?

Bueno--es que le dijo el Medio-pollo--

Métete en mi potito y tráncate con un palito.

Y entonces se metieron en el buche del Medio-pollo el Arriero y todas sus mulitas.

Bueno. Entonces el Medio-pollo llegó al río, que venía muy anchazo de tanta agua que traía y se paró a la orilla y se puso a pensar:--Yo no puedo volar porque no tengo mas que una alita. ¿Qué hago yo? me voy a tomar toda la agüita para dejarlo seco y poder pasar.

Y entonces el Medio-pollo se tomó toda el agua del río y pasó para el otro lado, y siguió marchando un día entero hasta que topó con un Tigre que estaba descansando en una piedra. Entonces el Medio-pollo es que le dijo:

--¿Qué hace ahí, compadrito Tigre?

--Tengo que ir donde el Rey--es que le dijo el Tigre--y estoy muy cansado. ¿Por qué no me lleváis vos, Medio-pollito?

--Bueno--es que le dijo el Medio-pollo--

Métete en mi potito y tráncate con un palito.

Y entonces es que el Tigre se metió en el buche del Medio-pollo.

Bueno, pues. Entonces el Medio-pollo la endilgó por el camino otro día más, hasta que se encontró con un León que estaba echado en un ladito. Entonces el Medio-pollo es que le dijo:

--¿Qué hace ahí, compadrito León?

--¡Qué he de hacer Medio-pollito!--es que le dijo el León.--Estoy medio despiado de tanto andar y tengo que ir a la casa del Rey y no puedo más. ¿Por qué no me lleváis vos, Medio-pollito?

--Bueno--es que le dijo el Medio-pollo--

Métete en mi potito y tráncate con un palito.

Y al tirito se metió el León en el buche del Medio-pollo.

Todavía tuvo que andar un día más el Medio-pollo, hasta que tropezó con una Zorra que se estaba haciendo la dormida debajo de unos árboles. Entonces el Medio-pollo es que le dijo:

--¿Qué está haciendo ahí, mi comadrita Zorra?

Y es que la Zorra le dijo:

--Aquí estoy, compadrito, medio muerta de hambre. Hace una pila de días que no como ni un racimito de uvas siquiera.

Entonces es que le dijo el Medio-pollo:

--Yo la llevaré, comadrita, donde el Rey; pueda ser que le tenga lástima y le dé alguna cosita que comer.

Métase en mi potito y tránquese con un palito.

Bueno, pues. Se metió la Zorra en el buche del Medio-pollo y siguió andando hasta que topó con el palacio del Rey. Y entonces el Medio-pollo, cuando lo llevaron donde el Rey, es que le dijo:

--Mi Rey, mi soberano, aquí he venido desde muy lejazo para traerle a su Sacarrial Majestad esta naranjita de oro, que es regalo que yo le traigo.

Bueno. Entonces el Rey agarró la naranjita y les dijo a sus pajes que llevaran al Medio-pollo al gallinero para que estuviera con todos sus compañeros, y les dijo que le echaran harta gransita, y harto triguito y maicito bastantazo, para que se llenara.

Y entonces cuando dejaron al Medio-pollo en el gallinero, todos los gallos, las gallinas y los pavos se le fueron encima a picotearlo y casi se lo comieron vivo. Y entonces el Medio-pollo, cuando se vió acorralado y que me lo querían avasallar, se fué a un rinconcito, pujó un poquichicho y entonces salió la Zorra y se comió todos los gallos y toditas las gallinas y toditos los pavos, y no dejó ni unito, y se arrancó para la Cordillera; y entonces es que el Medio-pollo se comió todas las gransitas.

Bueno, pues. Entonces al otro día fueron los pajes, con las claras, al gallinero para ver como había amanecido el Medio-pollo, y se quedaron todos patifríos cuando vieron que el Medio-pollo se había comido todas las aves, porque no sabían que se las había comido la Zorra; y entonces se fueron todos apurados donde el Rey y es que le dijeron:

--Señor, el Medio-pollo se ha comido todas las aves y no ha dejado una ni para un remedio.

Entonces es que dijo el Rey:

--Bueno. ¿Qué hacemos entonces con el Medio-pollo? Yo no lo puedo matar porque me ha traído este regalo.

Y es que un paje le dijo:

--Si a su Sacarrial Majestad le parece, lo echaremos al potrero donde están los caballos y los coches de su Majestad y pueda ser que los caballos lo maten a patadas.

--Bueno,--es que les dijo el Rey--; pero yo les prohibo que ustedes lo maten.

Y lo echaron al potrero.

Y entonces, cuando el pobrecito Medio-pollo se vió entre las patas de tantísima bestia, le dió miedo como un diablo, y arrimándose a un rinconcito, pujó un poquichicho y echó al León para afuera; y entonces el León se comió a todititos los caballos y no dejó ni unito ni para un remedio; y se arrancó para la Cordillera.

Bueno, pues. Al otro día bien de albita, fueron los pajes a ver si los caballos habían matado al Medio-pollo, y casi se fueron de espaldas cuando vieron al Medio-pollo arriba de un árbol cantando a todo lo que le daba el pico, como haciéndoles burla porque se había comido todos los caballos. Así lo creían ellos, porque ellos no sabían que se los había comido el León. Y entonces se fueron corriendo donde el Rey y se lo contaron todo.

Bueno. El Rey se quedó todo admirado y es que les dijo:

--Yo no puedo matar a ese Medio-pollo que me ha traído esta naranja de oro de regalo. Ustedes sabrán lo que con él hacen, pero les prohibo que lo maten.

Bueno. Entonces el paje principal es que le dijo:

--Si su Sacarrial Majestad quiere, lo echamos a este Medio-pollo al potrero donde están las vacas y ahí lo matan con seguridad.

El Rey no dijo nada; y entonces lo echaron al potrero de las vacas.

Bueno, pues. El pobre Medio-pollito se vió todo afligido entremedio de las patas de tantísima vaca, y no hallaba qué hacerse, porque con el susto se le había olvidado que todavía tenía adentro del buche al Tigre; y entonces de puro miedo se le escapó un pedito, y donde se le abrió el potito salió el Tigre hecho una fiera y se comió todititas las vacas; y arrancó después para la Cordillera.

Al otro día bien tempranito, con las diucas, se fueron los pajes para el potrero de las vacas, y cuando vieron que no quedaba ni una ni para un remedio, casi se cayeron muertos, y en nada estuvo que no se quedaron muertos de la rabia cuando vieron al Medio-pollo encaramado en una rama y que se reía de ellos y cantaba ¡cucurucú! ¡cucurucú!

Bueno, pues. Se fueron entonces todos furiosos donde el Rey, y es que le dijeron:

--Señor, hay que matar a este Medio-pollo, porque tiene al diablo metido adentro del cuerpo; se ha comido en la noche todas las vacas, y si lo dejamos con vida nos va a comer a todos nosotros.

Entonces el Rey es que les dijo:

--¿Cómo voy a matar a este Medio-pollo que me ha traído un regalo tan bueno? Ya he prohibido que lo maten.

--Bueno, pues, señor,--dijo el paje principal--no lo mataremos; pero si su Sacarrial Majestad no se enoja, lo echaremos al horno del pan para que se ase al rescoldo, porque, en la de no, nos va a comer a todos.

Entonces esos brutos echaron al Medio-pollito al horno, cuando estaba bien caldeado, y el pobrecito casi se cagó del susto. Se arrimó como pudo a la boca del horno y se puso a pensar:--¿Qué hago yo? Si me largo un pedito, con el vientecito que eche van a crecer las llamitas y me quemo más lueguito.

Ya se le estaban chamuscando las plumitas al pobrecito.

Bueno, pues. El Medio-pollito no se acordaba que tenía metido el Río en el buche; pero con el calor de las llamitas principiaron a alborotarse las aguas y a sonarle las tripitas, y entonces, medio muerto de gusto, se acordó del Río y pujó con todas sus fuerzas, y entonces es que salió toda el agua de un de repente y apagó el fuego. Y como era la hora en que venían los pajes, se ahogaron toditos y no quedó ni unito.

Entonces fué el Medio-pollo donde el Rey y es que le dijo:

--Ya están muertos todos esos condenados que me querían matar.

Entonces el Rey, muy contento de ver vivo al Medio-pollito, es que le dijo:

--Yo les había prohibido a mis pajes que te mataran. Y ¿qué vais a hacer ahora Medio-pollito?

--Si su Sacarrial Majestad me da permiso, yo me voy para mi tierra--es que le dijo el Medio-pollo--porque quiero ver a mi mamita, que estará con cuidado.

El Rey mandó entonces al mayordomo que le diera al Medio-pollo todo el trigo que había en la troje, que era una barbaridad; y entonces el Medio-pollo volvió a pujar y salió el Arriero con todas sus mulitas y cargaron todo el triguito.

Bueno. Entonces cuando llegaron a su tierra, el Arriero y el Medio-pollito se repartieron el trigo como hermanos, hicieron dos pilas igualitas y cada uno agarró la suya.

Entonces la Gallinita se puso muy contenta de volver a ver a su Medio-pollito, y ya nunquita más tuvo que trabajar.

Y aquí se acabó el cuento y se lo llevó el viento.

15. EL BARCO DE LOS TRES HACHAZOS.

(Me lo refirió el Capitán D. Alberto Muñoz Figueroa, de Santiago, en 1922).

Para saber y contar etc.

Han de saber que un Rey tenía en medio del huerto de su palacio un árbol muy corpulento que nunca fué regado sino con aguas de su hija, y esta circunstancia, por disposición de una bruja que había criado a la Princesa, había comunicado al árbol la virtud de que no pudiera ser tocado por ninguna herramienta, so pena de morir el que la manejara, salvo que la operación se hiciera en día que no hubiera sido regado directamente por quien tenía la obligación de hacerlo.

Pues bien, el Rey, que conocía esta virtud, hizo publicar por todas partes que no daría la mano de su hija sino a quien fuese capaz de hacer un barco con solos tres hachazos que diera al tronco de aquel árbol.

Muchos pretendientes se presentaron a tentar la prueba, pero todos, al descargar el primer golpe, caían muertos como si hubieran sido heridos por un rayo.

Entre los súbditos del Rey había un joven pobre, excelente hijo, que un día amaneció con la idea de ir a conquistar la mano de la Princesa, y provisto de la bendición de su madre, de una hacha, de un hierro para marcar y de una tortilla que su madre le dió, emprendió el camino, sin darse cuenta de la dificultad de la empresa que iba a acometer.

A poco andar, le salió al paso un viejecito que con voz compungida le pidió una limosna. El joven, compadecido, le entregó la tortilla que llevaba, y el viejecito, en pago de su buena obra, le dió un pito diciéndole que podría servirle cada vez que se encontrara en apuros. Antes de retirarse, le aconsejó que tomara a su servicio a las cuatro primeras personas que encontrara en su camino; y despidiéndose de él, le indicó por donde debía seguir.

Nuevamente púsose en marcha el joven y después de tres días de camino se encontró con un hombre que estaba tendido de bruces en el suelo, bebiéndose el agua de un río.

--¿Qué estás haciendo?--preguntó Antonio, que así se llamaba el joven.

--¿Qué quiere que haga?--contestó el interpelado--tomándome el agua de este río, hasta dejarlo seco, porque hoy he amanecido con una sed muy grande.

--¿Y serás capaz de bebértela toda?

--¡Ya lo creo, pues; si para mí el agua que arrastra un río es como un vaso de agua para otros! Y si en vez de agua arrastrara vino, mejor que mejor; más luego lo secaría!

--¿Por qué no te vienes conmigo? Tú puedes servirme y cuando termine la empresa en que me he metido, te pagaré bien.

--Perfectamente, me voy con Ud., señor.

Y siguieron muy tranquilamente por el mismo camino.