Cuentos populares en Chile

Part 6

Chapter 64,299 wordsPublic domain

--Rosa,--dijo a su mujer--esta situación no puede continuar; si aquí no encuentro en qué ganar la vida, iré a buscarla fuera del pueblo; y como necesito llevar algún dinero para mis primeros gastos, venderemos los muebles que no te sean indispensables, y del producto tomaré yo una parte y te quedarás tú con la otra para subvenir a tus necesidades y a la de nuestro hijo, mientras encuentras costuras y yo vuelvo. Dios ha de permitir que nada les falte en mi ausencia y que ésta sea corta.

La venta de los muebles produjo mil pesos. El tomó seiscientos, y con las lágrimas en los ojos se despidió de su mujer y su hijo.

Al pasar por la casa de un compadre, excelente persona, pero un poco alocado--se dijo:

--Voy a despedirme de mi compadre y a recomendarle que cuide de su ahijado mientras yo regreso,--y entró.

--A despedirme de Ud. vengo, compadrito.

--¿A dónde va, compadre?

--A donde Dios quiera, pues. Voy a tentar suerte, a ver si encuentro trabajo en otra parte, ya que aquí no se gana ni para cigarros.

--Yo lo acompaño, compadre. ¿Cuánto lleva Ud. para el camino?

--Trescientos pesos.

--¡Lo que son las casualidades! yo también tengo aquí otros trescientos; me los echo al bolsillo y vamos andando.

De mucho consuelo sirvió a Juan la compañía de su compadre, que era hombre alegre y decidor. Sus chistes le hacían reir y distraerse de la pena que le ocasionaba la separación de su familia, y conversando y conversando, marchaban sin sentir el camino.

Después de andar una semana, llegaron a la plaza de una ciudad, y en una de sus esquinas vieron una muchedumbre de gente reunida. La natural curiosidad hizo que se acercaran y vieron en medio del grupo a un anciano que pregonaba:

--Tres consejos, señores, por sólo trescientos pesos; tres consejos que procurarán la fortuna y la felicidad a quién los conozca! Tres consejos, a cien pesos cada uno! ¿Nadie se interesa por ellos?

Juan sintió como si una voz interior le ordenara comprarlos, y sin poder contenerse se acercó al anciano y le dijo:

--Yo los compro; aquí están los trescientos pesos.

El anciano recibió el dinero y acercando sus labios al oído de Juan, murmuró:

--Estos son los tres consejos, que te harán feliz si los sigues en todo momento: No dejes lo viejo por lo mozo; No preguntes lo que no te importe; y No te dejes llevar de la primera nueva.

Al apartarse Juan del anciano, todos lo miraban lastimosamente.

--Está loco,--decían.--¡Pobrecito!

Su compadre le preguntó:

--Pero, compadre, por Dios, ¿qué ha hecho? ¿Que ha perdido el juicio? ¿Que no ve que ese viejo es un miserable charlatán, que lo ha robado?

Juan callaba y se decía:--Bien puede que así sea, pero también puede ser que todos se equivoquen;--y se proponía seguir los consejos que había recibido, cada vez que se le presentara la ocasión.

Almorzaron y salieron de la ciudad, porque en ella había también escasez de trabajo; y poco después se encontraron con que el camino que seguían se dividía en dos, uno antiguo y otro recién construido. Preguntaron cuál de los dos era mejor y le contestaron que el viejo era muy largo e incómodo y por eso nadie transitaba por él, y que todo el mundo prefería el nuevo por ser nuevo, más cómodo y más corto.

Juan, que se acordó del primer consejo que le había vendido el anciano, dijo a su compañero:

--Vámonos por el camino antiguo; acuérdese, compadre, del refrán que dice: _No dejes lo viejo por lo mozo ni lo cierto por lo dudoso_.

--No, compadre, dijo el otro, mejor es que sigamos por el nuevo para llegar más pronto.

--Yo, compadre, me voy por el viejo.

--Y yo por el nuevo, y verá cuál de los dos entra primero a la ciudad. Lo esperaré en la plaza.

En verdad, el camino que tomó Juan, que había sido completamente abandonado hacía más de un año, era muy incómodo; estaba cubierto de matas de cardo y de toda clase de malezas, de charcos y de montones de piedras y de tierra, que dificultaban el paso; y sólo después de cuatro horas de penoso marchar logró salir de él y llegar a otra ciudad.

Cuando Juan entró a la plaza, se asombró grandemente de no encontrar a su compadre, el cual, según sus cálculos, debía haber llegado más de una hora antes que él. No sabiendo qué pensar ni qué hacer, se sentó en un escaño a esperar los acontecimientos. De pronto, el ruido que producían varias personas que se acercaban lo sacó de su meditación y, poniéndose de pie se dirigió al grupo. ¡Cuál no sería el asombro del pobre Juan al ver que traían muerto a su compadre, que había sido acribillado a puñaladas en el camino nuevo para robarle la cartera! Juan lloró sinceramente a su amigo y no se separó de su cadáver hasta dejarlo sepultado.

Juan se encontraba sin recursos, pero en fin estaba vivo; y del cementerio salió pensando que el primer consejo bien valía los cien pesos que le había costado; pero esto no lo salvaba de la triste situación en que se veía. Por suerte, al día siguiente, encontró ocupación, y aunque el trabajo era rudo y no muy bien remunerado, se propuso no salir de la ciudad. Como era económico y llevaba una vida tranquila y arreglada, logró reunir en los nueve años que vivió en ella algún dinero, y pensó entonces en volver a su pueblo a reunirse con su mujer y su hijo, de quienes en todo ese tiempo no había tenido noticias, a fin de establecerse y trabajar por su cuenta al lado de ellos.

Se despidió de su jefe y de sus compañeros de trabajo, que sintieron su ida muy de veras, pues todos lo apreciaban por sus buenas prendas, y partió contento y lleno de ilusiones en el porvenir. Pero tal vez el ensimismamiento en que iba lo hizo equivocar el camino y tomó otro diferente del que pensaba seguir y de repente se encontró en medio de un espeso bosque.

Era de noche y desesperaba ya de encontrar salida, cuando divisó una luz. Guiándose por ella, llegó a un gran palacio, y dirigiéndose a un hombre que estaba allí cerca, le preguntó quién era el dueño.--Nadie lo conoce; pero se sabe que el que entra a su casa nunca más sale de ella.

Juan dijo:--Yo entraré. Entre morir comido de las fieras si duermo a la intemperie y correr la aventura de salvar estando adentro, prefiero lo último--y llamó a la puerta.

Salió a abrir un criado muy bien vestido.

--¿Qué se le ofrece?--preguntó.

--Deseo que se me dé alojamiento por esta noche--respondió Juan.

--Aquí no se niega el alojamiento a nadie; pase a la sala mientras aviso al señor conde.

Poco después entró un caballero de aspecto simpático y le dió la bienvenida. Conversaron un rato y al cabo de un momento el dueño de casa lo invitó a cenar y pasaron al comedor, una hermosa sala, por cierto, regiamente amueblada, como todo el palacio. Pero, una cosa llamó particularmente la atención de Juan y fué que en un extremo de la bien presentada mesa había una calavera colocada entre dos velas encendidas. Cuando tal vió, un estremecimiento nervioso recorrió todo su cuerpo, porque se acordó de lo que le había dicho el hombre que estaba cerca del palacio:--«El que entra a esta casa nunca más sale de ella».--Pero también vino inmediatamente a su memoria el segundo consejo del anciano:--No preguntes lo que no te importe;--y continuó la conversación, fingiendo toda indiferencia.

Se sirvió la cena, y aunque la vista de la calavera le había quitado el apetito, no lo quiso manifestar, y comió con la mayor tranquilidad.

Al fin de la comida, dos sirvientes condujeron al medio del comedor a una hermosa dama cargada de cadenas, y a una seña del conde comenzaron a azotarla sin piedad, hasta que, una vez que le corrió la sangre por la espalda, dejaron de martirizarla y se la llevaron.

Juan miraba hacer y callaba.

El conde estaba sorprendido de ver que su huésped no le dirigiese ninguna pregunta sobre lo que veía, a pesar de que él se valía de todos los medios posibles para que se las hiciese; pero el recuerdo del segundo consejo sellaba los labios de Juan.

Terminada la cena, el conde invitó a Juan a visitar las demás habitaciones del palacio, y después de recorrerlas, nuestro hombre se limitó a alabar el buen gusto con que estaban adornadas y la riqueza de los muebles, por todo lo cual felicitó al propietario. Este le dijo:--No acepto sus felicitaciones hasta que concluyamos, y aún nos queda por ver lo mejor:--Y abriendo una puerta de bronce, se presentó a los ojos de Juan el espectáculo más horrible. No menos de cien esqueletos apoyados en las paredes rodeaban la enorme sala, y un sinnúmero de calaveras y de huesos sueltos cubrían todo el piso. Juan se extremeció por segunda vez, pero no habló ni media palabra.

--¿Qué le parece esto? le preguntó el conde.

--Que esta sala es posiblemente el cementerio de sus antepasados.

--No, señor mío. Todos los esqueletos y huesos que Ud. ve son de personas que fueron mis huéspedes, como Ud.; pero todas ellas me preguntaron qué significaba la calavera alumbrada por dos velas que tenía en la mesa del comedor; quién era la dama que azotaban mis criados y por qué la maltrataban; y yo, que había jurado matar a todo el que me dirigiera estas preguntas, en vez de contestárselas los hacía estrangular. La dama que mis sirvientes llevaron encadenada al comedor y azotaron tan cruelmente, es mi mujer, y recibe ese castigo por haber faltado a la fe que me debía; y la calavera que está en la mesa, es la de su cómplice, a quien maté con mis propias manos. Usted es un hombre extraordinario; es Ud. el único que, en diez años que pasaron estos acontecimientos, no me ha hecho ninguna pregunta; y como mi juramento agregaba que dejaría de heredero de todos mis bienes al primero que no me las hiciera, mañana entregaré a Ud. el testamento en que lo constituyo mi heredero universal.

Cuando Juan despertó al siguiente día, encontró el testamento ofrecido sobre el velador. Se levantó apresuradamente para agradecer al conde su generosa determinación, salió de su cuarto para preguntar si ya se había levantado y vió todo el palacio enlutado y a los criados vestidos de negro.

--¿Qué ocurre?--les preguntó.

--El señor ha amanecido muerto.

--Muy afligido puso a Juan esta noticia, y lloró de corazón la muerte de su benefactor.

Al otro día, después de sepultar los restos del fallecido, Juan convocó a la servidumbre y les leyó el testamento. Todos le reconocieron inmediatamente por su patrón.

Juan dijo al mayordomo:

--Yo voy a partir en busca de mi mujer y de mi hijo para establecernos aquí; pero mientras tanto querría que no se martirizara más a la esposa del antiguo amo de este palacio; creo que ha purgado bien su falta y que, si su marido no la perdonó, ya Dios la habrá perdonado. Atiéndasela en mi ausencia de modo que nada le falte y que descanse en sus últimos días.

--Señor, la señora condesa amaneció muerta esta mañana.

Dispuso Juan que se la sepultase dignamente, y montando en un hermoso caballo y con la cartera repleta de buenos billetes partió a buscar a su esposa y a su hijo.

A pesar de las tétricas aventuras que le habían pasado, iba contento por el camino, y pensaba:--¡Qué bien hice en comprarle los tres consejos al anciano! Bien vale el segundo los cien pesos que di por él!

Cuando llegó a su pueblo no le conocieron. Preguntó por su mujer y le dijeron que se había ido con un hijo que tenía, un año después de haber sido abandonada por su marido, pero no sabían a dónde. Entonces picó espuelas a su caballo y después de algunos días de marcha llegó a una gran ciudad, en la que, a fuerza de preguntar, le dieron noticias de ella. Le dijeron donde vivía y que, aunque a nadie molestaba, también nadie la visitaba, con excepción de un clérigo que todos los días iba a verla. Y esto se lo dijeron con cierto retintín nada tranquilizador.

Pero Juan se acordó a tiempo del tercer consejo, y aquietado, fué a la casa y llamó. La sirvienta le dijo que la señora no recibía a nadie, pero él insistió en verla diciéndole que era muy amigo de su marido y que le traía muy buenas noticias de él. Con este recado, la señora lo recibió inmediatamente. El, sin darse a conocer, estuvo conversando con Rosa un buen rato y le inventó una historia cualquiera de su marido. Contándosela estaba, cuando entró un joven clérigo. Rosa se lo presentó diciéndole que era su hijo, a quien había logrado educar a costa de grandes sacrificios, que por suerte estaban plenamente compensados, pues el joven era muy bueno con ella y era su único sostén. Y mientras decía esto lo acariciaba cariñosamente.

Juan entonces se dió a conocer y es de imaginarse cuán grande sería la alegría de los tres.

Pasadas las primeras espanciones, Juan refirió su verdadera historia, y después de descansar tres días partieron los tres a intaslarse en el palacio que el conde había dejado a Juan.

Nuestro héroe pensaba por el camino:

--¡Qué bien hice en seguir el tercer consejo del anciano! Si no es que lo recuerdo a tiempo, mato a mi mujer, y yo y mi hijo habríamos sido desgraciados para siempre! ¡Feliz consejo! Qué bien dados fueron los cien pesos que pagué por ti!

Juan y Rosa y su hijo vivieron muchos años en el palacio, siendo bendecidos de todos, pues la enorme fortuna que poseían les permitía practicar grandes obras de caridad.

13. EL LORO ADIVINO.

(Referido por José Luis Pino, de 20 años, de Rancagua, en 1912)

Para saber y contar, aprender y escuchar. Esta era una perrita muerta que me quería morder, y yo, como estaba vivo, me supe defender. Este era un hombre que tenía dos hijos, uno era más grande y el otro era más chico, uno se llamaba Pancho y el otro Francisco, uno comía pan y el otro ballico. Fin del principio y principio del fin.

Han de saber que en una ciudad, capital de un reino, vivía una viuda pobre, pero hacendosa, que tenía tres hijas muy bellas, que se llamaban Flor Rosa, Flor Hortensia y Flor María; las había criado muy bien, y eran honestas, modestas y trabajadoras. Los vecinos apreciaban mucho a esta familia y se deshacían en alabanzas cuando hablaban de ella; que es cuanto puede decirse en su favor.

Sucedió que una noche en que las tres niñas cosían empeñosamente, porque al otro día temprano tenían que entregar un traje de novia, conversaban haciéndose bromas para acortar las horas. Las alegres carcajadas que provocaban sus dichos atrajeron la atención del Rey, que casualmente pasaba en ese momento frente a la puerta de la casa de la viuda, y se detuvo a escuchar lo que decían. Hablaban de casamiento.

--A ver, Flor-Rosa,--decía una de ellas,--si pudieras escoger ¿con quién te casarías?

--¡Vaya una pregunta! pues con el pastelero del Rey, para comer todos los días sabrosos pasteles. ¿Y tú, Flor-Hortensia?

--¿Yo? Yo me contentaría con el cocinero del Rey, y entonces comería los mejores guisados que se hacen en el país. ¿Y tú, Flor-María?

--Si en mí estuviese, yo me casaría con el Rey y le daría dos hijos y una hija, que serían los más bellos de la tierra y tendrían el Sol, el Lucero y la Luna en la frente.

El Rey se retiró y al otro día se presentó en la casa de la viuda acompañado de sus Ministros, de su pastelero y de su cocinero.

--Vengo--dijo--a cumplir los deseos de vuestras hijas. ¿Cuál es Flor-Rosa?

Flor-Rosa se adelantó.

--Te casarás con mi pastelero y tendrás veinte mil pesos de dote. ¿Cuál de las dos que queda es Flor-Hortensia?

Flor-Hortensia se presentó ante el Rey.

--Te casarás con mi cocinero y también tendrás veinte mil pesos de dote. Y tú, Flor-María, te casarás conmigo; pero tendrás que darme dos hijos y una hija que tengan el Sol, el Lucero y la Luna en su frente, como lo has prometido.

Se celebraron las bodas, y todo en apariencia marchó bien durante los primeros meses; pero la envidia se había apoderado del corazón de las dos hermanas mayores, que a toda costa querían la pérdida de la Reina.

Poco antes de enterarse los nueve meses de matrimonio, un Rey vecino declaró la guerra al marido de Flor-María, que tuvo que salir apresuradamente con su ejército a defenderse del enemigo; pero antes de partir recomendó a sus cuñadas que cuidaran de su mujer.

Días después la Reina tuvo dos hijos y una hija: los tres, que eran hermosísimos lucían en su frente, un Sol el que primero había nacido; el segundo un Lucero, y la niña la Luna llena.

Flor-Rosa y Flor-Hortensia, que asistían a su hermana, encontraron que no podía ser más propicia esta ocasión para saciar su envidia; y cambiaron los niños que acababan de nacer por tres perrillos que en la mañana había tenido una perra de Flor-Rosa. Cuando Flor-María pidió sus hijos para verlos, le pasaron los tres animalitos.

Las hermanas de la Reina mandaron un propio al campamento a dar al Rey la triste nueva, que ambas envidiosas habían cuidado de hacer pública y que ya todos conocían en el país. El Rey mandó decir que emparedaran a la Reina y no dejaran sino un pequeño ventanillo en la muralla, del tamaño indispensable para poderle pasar todos los días un pan y un vaso de agua, único alimento que tendría hasta que Dios se sirviese llevarla.

Mientras tanto Flor-Rosa había colocado a las tres criaturas en una artesa que depositó en un arroyo que corría a los pies del palacio.

Un hortelano que vivía más abajo del palacio sacaba agua del arroyo justamente en el momento que la artesa pasaba por ahí y metiéndose en el agua, la sacó.

La mujer del hortelano, una robusta campesina que también había tenido una guagua en la noche anterior y se le había muerto recién nacida, en cuanto vió a los tres pequeñuelos que le presentaba su marido, tan bellos tan risueños, dijo que los criaría y cuidaría como si fueran sus propios hijos.

Los niños recibieron los nombres de los astros que cada uno llevaba en su frente; de modo que el que había nacido primero se llamó Sol; el segundo Lucero; y la niña, Luna.

Los tres crecieron creyendo que eran hijos del honrado hortelano y de su mujer y amándolos y respetándolos como si hubiesen sido sus padres verdaderos.

Trascurrieron algunos años y murió la excelente mujer que los había críado.

Los niños, a medida que crecían en edad, crecían en hermosura; pero desde pequeñitos los habían acostumbrado a llevar un pañuelo que les cubría la frente y la cabeza, así es que nadie sabía que cada uno de ellos tenía un astro en la frente.

A los doce años, el hortelano se enfermó gravemente; llamó a los niños y les contó su historia. Poco después murió y los dejó de herederos.

Terminado el luto que guardaron por él, dijo Sol a sus hermanos:

--Voy a salir a buscar a nuestros padres; y mientras tanto Uds. se sostendrán con el producto de la huerta.

Lucero y Luna no querían que se fuese, pero él les dijo que era necesario, y partió apercibido de dinero y provisiones para un mes.

Anduvo Sol varios días sin tropezar con nadie, hasta que, por fin, al terminar la semana, se encontró con una viejecita muy simpática, que le pidió una limosna. El niño le dió un pedacito de pan y otro de queso. La viejecita le dió las gracias y le preguntó:

--¿A dónde va, hijito?

--A buscar a mis padres, a quienes no conozco ni sé dónde se encuentran,--le contestó Sol--y le contó su historia.

La viejecita le dijo:

--Para encontrarlos, necesita apoderarte del Arbol que canta, del Agua de la vida y del Loro adivino; y yo lo ayudaré a dar con ellos.

Y entregándole tres gruesos ovillos de hilo, le agregó:

--Ande todo el largo del hilo que contienen estos ovillos y llegará al palacio de un Rey ciego; él le dirá lo que tiene que hacer para encontrar lo que busca.

Ató el niño la punta de la hebra de uno de los ovillos al tronco de un árbol, y despidiéndose de la viejecita se fué, desenrollando el ovillo; concluido éste, hizo lo mismo con el segundo, y después con el tercero, y por fin llegó donde el Rey ciego.

El Rey le preguntó:

--¿Qué desea, joven?

--Vengo de parte de una viejecita que me entregó tres ovillos de hilo y me dijo que su Sacra y Real Majestad me diría cómo debía hacer para apoderarme del Arbol que canta, del Agua de la vida y del Loro adivino, por medio de los cuales podría encontrar a mis padres.

--Para alcanzar todas estas cosas, monta en el caballo que luego van a traerte y lo dejas ir; él, por si solo, te llevará hasta el Arbol que canta, del cual tomarás nada más que el cogollo, que basta, pues, plantado, en tres días será tan corpulento como el Arbol mismo y cantará como él. El Arbol te dirá lo que debes hacer en seguida. Cuidado con incomodar al caballo en lo más mínimo, porque, en cuanto se sienta molestado se deshará de tí y no conseguirás nada.

Si logras salir bien en tu empresa, pasas a verme a la vuelta.

Sol prometió obedecer en todo, se despidió del Rey ciego y montó en el caballo que le acababan de traer, que, en cuanto sintió el peso de su jinete, partió a toda velocidad.

Después de siete días de marcha, llegaron caballo y caballero a una plazoleta cubierta de menudo césped y rodeada de hermosos árboles a cuya entrada había dos enormes montones de piedras. El caballo, que hasta entonces se había limitado a correr en línea recta, se puso a hacer cabriolas alrededor de la plazoleta; y Sol, entusiasmado de los movimientos elegantes del animal, le clavó las espuelas, en un momento en que se detuvo, para que continuara; pero el bruto, dando un salto, lo sacó de la silla y lo disparó lejos, convirtiéndose el niño en piedra al tocar el suelo.

Trascurrieron treinta días desde la partida de Sol, y Lucero y Luna perdieron la esperanza de que volviera. Entonces acordaron que Lucero saliese a buscarlo.

Tomó Lucero un poco de dinero y provisiones para un mes y con un abrazo se despidió de su hermana, prometiendo volver antes de los treinta días.

A los siete de marcha, le salió al encuentro la misma viejecita que había hablado con Sol.

--¡Una limosnita, mi caballerito!

Lucero le dió un pan y un buen pedazo de queso.

--¡Gracias, hijito! ¿Y se puede saber a dónde va?

--¡Cómo no! Voy en busca de mis padres, a quienes no conozco, ni sé siquiera dónde se encuentran, y de mi hermano mayor, que hace más de un mes salió de la casa, en la misma diligencia que yo y aún no ha vuelto.

Lucero contó su historia a la viejecita, que la escuchó atentamente como si no la conociera, y una vez que terminó, le dió las mismas instrucciones que a su hermano y le entregó los tres ovillos.

Llegó Lucero al palacio del Rey ciego, quien, con las correspondientes recomendaciones, le hizo entregar el caballo.

Cuando estuvieron en la plazoleta, el caballo se puso a bailar alrededor del árbol, pero Lucero permaneció tranquilo hasta que el bruto se detuvo. Se bajó entonces, y con algún trabajo pudo subir por el tronco hasta el cogollo, que cortó.

En cuanto Lucero estuvo en tierra, el Arbol comenzó a cantar melodiosamente, y cantando dijo al niño:

--Sigue el camino que está al frente de tí, y donde termina encontrarás un pozo; toma una jarro que hallarás a su lado, y sentándote en el brocal, espera que las aguas suban hasta llegar al borde; entonces solamente llenarás el jarro. En seguida viertes un poco del agua que saques sobre las piedras que encuentres alrededor del pozo y a la entrada de esta plazoleta, sin temor de que el agua se acabe, porque es inagotable, y verás que las piedras se convierten inmediatamente en hombres, pues lo son, y entre ellos está tu hermano, que se han convertido en guijarros por no seguir fielmente las instrucciones que recibieron del Rey ciego, ni las que yo les dí.

Llegó Lucero al pozo, tomó el jarro y se sentó en el brocal, esperando que las aguas, que subían con una lentitud desesperante, alcanzaran hasta arriba; pero transcurrían las horas, una tras otra, se acercaba la noche, y aún faltaba medio metro para que las aguas tocaran el borde del brocal. El niño era nervioso y no aguantó más; se inclinó hacia el interior, introdujo el jarro en el agua, pero apenas tocó el líquido, una fuerza violenta lo arrojó hacia atrás y al caer en el suelo quedó, como su hermano, convertido en piedra.

Luna esperó pacientemente la vuelta de Lucero; pero trascurrió el mes y no apareció. Tomó entonces dinero y provisiones para un largo viaje y se puso en marcha, dispuesta a no regresar sin sus hermanos.