Part 5
Una vez el niño encontró un clavo y, jugando, se puso a escarbar la pared al lado del sitio que ocupaba su madre. La muralla, con la humedad, estaba blanda, así es que en pocos momentos hizo un pequeño forado por el que penetró un poco de luz; le dieron deseos de salir para conocer el mundo, de que tanto había oído hablar a su madre, y para conseguirlo continuó trabajando hasta que el agujero fué suficientemente grande para dejarlo pasar. Le contó a su madre lo que había hecho y le pidió que mientras él andaba afuera cubriera ella el forado con su cuerpo para que el carcelero no lo viese.
Salió el chico y se encontró con un hermoso huerto. No se cansaba de admirar el cielo, tan azul y tan bello; mucho también le llamaron la atención los árboles, las flores y los frutos; tomó algunos de éstos, los probó y los encontró sabrosísimos. Cogió entonces todos los que pudo para llevárselos a su madre, la cual sólo entonces comunicó la existencia de su hijo a sus compañeras de desgracia e hizo que el niño les repartiera frutas.
Desde ese momento el niño fué la alegría de todas, que lo quisieron entrañablemente, y él les pagaba su cariño renovándoles cada día las provisiones que tomaba en el huerto.
Cada vez que el niño estaba fuera, la madre pasaba sobresaltada, temiendo que uno de los hortelanos lo encontrara y lo llevase a presencia del Rey. Por lo que pudiese suceder, le dijo un día:--Hijo, si te llegan a ver, te preguntarán de dónde vienes, cómo te llamas y quiénes son tus padres, y tú contestarás que vienes del mundo que tu nombre es el Viento y que eres hijo del Trueno y de la Lluvia.
Pasó algún tiempo, más de un año, sin que nada se descubriera, porque el chico practicaba sus excursiones muy de mañana y los hortelanos no eran madrugadores; pero una vez que uno de éstos se levantó más temprano que de costumbre, fué cogido y llevado a la presencia del Rey. Al Rey le cayó en gracia el chico y le preguntó:
--¿De dónde vienes?
--Del mundo.
--¿Quién es tu padre?
--El Trueno.
--¿Y tu madre?
--La Lluvia.
* * * * *
Poco después de haberle hecho sacar los ojos a su séptima mujer y haberla encerrado en el calabozo, el Rey se había casado por octava vez; pero en ésta _le salió el futre_, como vulgarmente se dice, porque la nueva esposa no era el manso cordero, ni la humilde paloma que las anteriores. Mujer de carácter fuerte, de corazón duro y envidiosa, dominó a su marido por completo. El Rey se fué acostumbrando poco a poco a obedecer, y como consecuencia, su carácter se debilitó y dulcificó.
Como dijimos, el chico le cayó en gracia al Rey, sólo de verlo, y mucho más cuando lo oyó responder con tanto despejo a sus preguntas; y ordenó que lo vistiesen bien y lo dejasen en completa libertad para andar por el palacio y sus dependencias.
El niño vivía con la servidumbre, que lo adoraba. Cuando concluía su comida, recogía todos los restos y se los llevaba a las ciegas, con las cuales conversaba un rato cada vez que entraba a la prisión, especialmente en la noche, antes de retirarse al cuarto que se le había destinado.
A medida que el niño crecía en altura, crecía también en inteligencia, de tal modo que su fama salió de los patios de la servidumbre y llegó a oídos de la Reina. Ella también quiso oírlo, y al escuchar sus contestaciones tan prontas y oportunas, se propuso perderlo. La Reina era envidiosa y no tenía hijos. Se fingió enferma, hizo llamar al Rey y le dijo que había soñado que no sanaría de su enfermedad sino tomando leche de leona traída por un león en odre de león, y que había de ser el niño quien la fuese a buscar.
El Rey, que no hacía sino la voluntad de su mujer, aunque a disgusto ordenó al niño que cumpliera los deseos de la Reina. El niño, muy afligido, fué a contarle a su madre lo que le pasaba, y ésta le dijo:
--La Reina quiere perderte, pero nada te sucederá si sigues mis consejos. Pide al cocinero, antes de partir, una cacerola, pan, leche y sal suficiente para sazonarla; te vas por tal y tal camino hasta que llegues a una llanura en que verás una gran peña a orillas de un riachuelo sombreado de árboles; haces una sopa de pan con leche y dejas la cacerola entre el arroyo y la peña y te ocultas detrás de un árbol. Poco después llegará un león, que después de olfatear la sopa la comerá; una vez que se la haya tomado toda, dirá él:--¡Qué buena está esta sopa! ¿Quién la habrá traído?--Entonces sales de tu escondite y le contestas:--«Yo, señor», y el león, agradecido te dará lo que le pidas.
Provisto de la cacerola y de las raciones de pan, leche y sal suficientes, se dirigió afuera de la ciudad y siguió por el camino que su madre le había indicado, hasta llegar a la peña. Allí se detuvo, hizo la sopa de pan con leche y depositó la cacerola entre el riachuelo y la peña y ocultándose detrás de un corpulento árbol, esperó. Pocos momentos después llegaron a sus oídos los espantosos rugidos de un león, y casi en seguida vió aparecer a la terrible fiera, que, rabiosa, rugía y escarbaba la tierra, y abriendo las narices aspiraba el aire en todas direcciones como si buscara con el olfato el lugar en que se encontraba un ser extraño; pero sucedió que lo primero que llegó a sus narices fué el olor suavísimo para él de la sopa de pan con leche, y dirigiéndose al sitio en que el niño la había dejado, se la tomó poco a poco, saboreándola con delicia.
Una vez que concluyó de comérsela, se lamió los bigotes y exclamó:
--¡Qué cosa más rica! ¡Quién la habrá dejado aquí? Y entonces el niño, saliendo de su escondite, exclamó:
--Yo la traje, señor León.
El León lo miró un poco sorprendido y después de un rato, le preguntó:
--¿Qué quieres que te dé en pago del placer que me has proporcionado?
--Señor León--le contestó el niño--lo que quiero es un poco de leche de leona en odre de león, y que sea llevada al palacio por un león, para que se mejore la Reina, que está enferma.
--Está bien--le dijo el León--tendrás lo que pides; pero, en cuanto llegues al palacio, le pegarás tres veces en la cabeza con esta varillita al leoncito que conduzca el odre y le dirás «ándate para tu casa».
Y mientras el León hablaba, apareció un leoncito con un odre sobre sus espaldas.
Púsose en marcha el niño, yendo adelante el leoncito con su carga. Cuando llegaron frente al palacio, estaba la Reina en uno de los balcones, y al divisar al niño y a su compañero, casi se murió de ira.
Frente a la puerta del palacio echó el niño sobre sus hombros el odre y, recordando las instrucciones del León, dió al leoncito tres golpes con la varilla, diciéndole al mismo tiempo: «ándate para tu casa». El leoncito desapareció.
El odio de la Reina para con el hijo de la ciega creció después de esta aventura y juró que lo haría morir. Hízose enferma nuevamente y le dijo al Rey que había soñado que no sanaría sino viendo las torres cantando y las almenas bailando, y que debía ser el niño quien se las había de traer. El Rey, temiendo la ira de la Reina, ordenó al niño, a pesar del cariño que le tenía, que fuese en busca de los objetos que aquélla decía necesitar.
El niño se fué llorando al calabozo y le contó a su madre lo que la Reina exigía de él.
--No tengas cuidado--le dijo la ciega--la Reina quiere que mueras; pero si sigues mis instrucciones, nada te sucederá. Pide al hortelano que te preste un burrito y a la mujer del jardinero su guitarra. Montado en el burro, tomas tal y tal camino; y después de andar siete horas, llegarás a una ciudad encantada, en la cual no verás más ser humano que una vieja bruja. Desde que divises la ciudad tocarás la guitarra sin cesar hasta que salgas, y, aunque la vieja te la pida, ni dejarás de tocar ni se la darás. Tú tienes bastante inteligencia para manejarte bien en lo demás que pueda sucederte.
Se abrigó el niño con un poncho, porque hacía mucho frío, y montado sobre el burro y con la guitarra colgada al cuello por medio de una correa, se dirigió a la ciudad. Cuando estuvo cerca, se puso a tocarla y le salió al encuentro una horrible vieja que le pidió se la vendiera; pero el niño, sin dejar de tañerla ni un momento, le contestó que no la vendía, pero que más allacito se la daría si le mostraba todo lo que había de interesante y curioso dentro de la ciudad.
Se pusieron en marcha, el niño toca que toca y la vieja chancleteando a su lado, hasta que llegaron a un chiquero muy elegante, en que había un chanchito muy bien cuidado.
--¿Y este chanchito, mamita?
--Este chanchito es la vida de la actual mujer de tu padre; ¡pero dame tu guitarra, niño!
--Más adelante se la daré, mamita.
Continuaron por la misma calle; el niño dale que dale a las cuerdas de la guitarra y la vieja sin perderle pisada. Llegaron a una plaza, en medio de la cual, entre flores de colores brillantísimos que despedían una fragancia exquisita, se elevaba una delgada columna de agua dorada.
--¿Qué es esto, mamita? preguntó el niño.
--Esta es el agua maravillosa que da vista a los ciegos; pero ¡dame tu guitarra, hijito!
--Más adelante se la daré, mamita.
Un poco más allá, siguiendo la misma calle, en medio de otra, entre jardines y sobre una mesa hecha de un solo diamante, vió el niño un castillo en miniatura, de marfil, del cual salían voces argentinas de una belleza inefable que lo dejaron extático por un momento; se habría dicho que dentro había un coro de ángeles. Al mismo tiempo, de las troneras del castillo salían como disparados unos pequeños proyectiles, que una vez en el aire, se movían graciosamente como si bailasen.
El niño preguntó:
--¿Y qué son estas cosas, mamita?
--Estas son las torres que cantan y las almenas que bailan; pero ¡dame tu guitarra, hijito!
--Dentro de poco se la daré, mamita; no tenga cuidado.
Por fin llegaron a un lugar en que había muchas velas encendidas, unas largas, casi enteras, otras medianas y otras menores.
--Y esto ¿qué es, mamita?
Estas velas son la vida de los habitantes del país.
--¿Y esta vela tan alta y tan gruesa, que está adelante de todas? ¿Tal vez es la vida del Rey mi padre?
--No, hijito; esa es mi vida, que, como ves, durará más, mucho más que las otras; pero dame tu...
No alcanzó a terminar la frase la bruja, porque el niño, sin dejar de tocar con la mano izquierda, con la derecha tomó un extremo del poncho y dando con él un fuerte golpe a la vela, la apagó, y la vieja cayó al mismo tiempo en el suelo muerta para siempre.
En seguida el niño llenó un frasco del agua maravillosa, guardó en las petacas que llevaba el burro las torres cantando y las almenas bailando, y ató el chancho con un lazo que aseguró a la enjalma, y se volvió muy alegre a la ciudad en que residía el Rey su padre.
Cuando llegó a la plaza del palacio, divisó a la Reina asomada al balcón, y cuando ésta vió al niño sano y salvo, de la rabia se arrancaba los cabellos.
El niño se desmontó de su cabalgadura y tomando entre sus manos al chanchito lo arrojó con fuerza al suelo matándolo inmediatamente; en el momento mismo la malvada Reina lanzó el último suspiro y entregó su alma al diablo.
Después de esto se fué a la prisión en que estaban las ciegas, y con el agua maravillosa volvió la vista a su madre y a sus seis compañeras de infortunio. Hecho lo cual se fué a ver al Rey y le contó todo lo sucedido. El Rey se sintió doblemente feliz y aliviado al oir la relación del niño, primeramente de verse libre de aquella mujer que le había hecho perder su personalidad; y segundo, de saber que aquel niño a quien tanto cariño había tomado, era su hijo.
Se casó nuevamente con la madre del niño y hubo grandes fiestas en palacio. El pueblo también se divirtió, porque el Rey quiso que todos se alegrasen. Lo pasado sirvió de lección al soberano, que en adelante fué bueno con su pueblo y gobernó justicieramente. Las seis compañeras de la nueva Reina se casaron cada una con un grande de la Corte y fueron muy felices.
Y aquí se acabó el cuento y se lo llevó el viento por la mar adentro.
11. EL MIÑIQUE.
(Referido por el niño Mannel Oporto, de 14 años, de Temuco, que lo oyó contar en Santiago en 1911)
Para saber y contar y contar para aprender. Estos eran dos viejecitos muy pobres y muy desgraciados. El marido era aguador y la mujer lavandera; pero por más que trabajaban, el dinero que recibían apenas les alcanzaba para no morirse de hambre.
Una noche que hablaban de su pobreza y de su soledad, dijo la viejecita:
--Si siquiera hubiéramos tenido un hijo, aunque hubiera sido chiquitito, nos habría ayudado a pasar sin tantas escaceses y habríamos tenido con quien conversar en las noches y quien nos cuidara cuando hubiésemos caído enfermos.
--Así es, respondió el aguador; pero, ¿qué sacamos con hablar de estas cosas?
--Tendrán el hijo que desean--dijo una voz que venía del techo.
Los dos ancianos se miraron asustados; y como era tarde, se acostaron y se quedaron profundamente dormidos.
Al otro día se levantaron de madrugada, como de costumbre; el viejecito se fué a acarrear agua para sus parroquianos, y su mujer se puso a lavar ropa.
Apenas se había puesto la lavandera a su trabajo, sintió que por entre el brazo derecho y la manga de la camisa le andaba algo, y creyendo que podía ser una lagartija u otro bicho, se asustó y sacudió el brazo. Sintió caer algo en la artesa; pero aunque nada vió, oyó una vocesita atiplada, que decía:
--Mamita, sáqueme luego del agua, que me ahogo. Buscó la anciana y después de fijarse mucho descubrió una guagua tan pequeñita que apenas se veía y que movía pies y manos en el agua jabonada, como si nadara.
Los viejos lo criaron con todo cariño y cuidado y como era tan chiquitín, lo llamaron Miñique, nombre que le venía muy bien, porque, en verdad, el niño nunca fué más grande que el menor de los dedos de la mano.
En lo único que creció Miñique fué en fuerzas, que llegó a tenerlas prodigiosas; y en voz, que cuando gritaba, era más recia que la de cualquier hombre.
Los ancianos lograron ocultar la existencia del niño, que ni siquiera era sospechada de nadie. Era tan lindo, que temían se lo robaran, y el conversar y entretenerse con él era el único consuelo que tenían.
Pasaron siete años y los viejecitos se pusieron tan achacosos que no podían trabajar y el dinero se les concluía.
Treinta centavos no más les quedaban, cuando la antigua lavandera le dijo a Miñique:
--Hijito, tome este diez, y vaya a la carnicería y me lo compra de carne.
Fué el Miñique a la carnicería y golpeó en el mostrador. El carnicero miraba y como a nadie veía, dijo:
--¿Quién golpea?
--Yo, el Miñique--le contestó un vozarrón que llegó a asustarlo:--véndame un diez de carne.
Se asomó el carnicero por encima del mostrador y después de algún trabajo logró ver a un hombrecito que apenas se levantaba unos diez centímetros del suelo.
--¿Y de dónde vas a sacar fuerzas para llevarte diez centavos de carne? El trozo que te diera sería muy pesado para ti.
--Pero, señor, ¿que quiere reírse de mí? ¡Si un buey entero me da, soy capaz de llevarme el buey!
--Bueno, replicó el carnicero; dame el diez y te llevas ese buey que está colgado en la puerta.
Esto que oye el Miñique, se echa el buey al hombro y se lanza a correr con su carga. El carnicero se quedó con la boca abierta, alelado, sin acertar ni a moverse; y toda la gente que transitaba por la calle se hacía cruces, pues no se explicaba como podía correr un animal despostado y con las patas hacia arriba; porque al Miñique, como era muy chiquitito y estaba debajo del animal, nadie lo veía.
Los viejecitos se pusieron muy contentos con la adquisición del Miñique, y le dijeron que fuese a comprar cinco centavos de pan.
Se fué el Miñique corriendo a la panadería y se puso a golpear en el mostrador. El panadero sentía los golpes, pero no veía a nadie.
--¿Quién golpea?--preguntó.
--Yo, el Miñique--contestó el niño, con voz formidable.--Deme un cinco de pan.
El panadero se inclinó sobre el mostrador y, asustado de ver aquel pedacito de hombre, le dijo:
--¿Y cómo podrás llevar, siendo tan chico cinco centavos de pan?
--Las cosas de Ud.; ¿que cómo me los llevaré? Pues, lo mismo que se lo lleva toda la gente que viene a comprarle. Si me da lleno de pan aquel gran canasto que está sobre el mostrador, verá Ud. que me lo llevo muy bien.
--Dame los cinco centavos y llévate el canasto.
--Tome el cinco, y écheme el canasto al hombro.
Cogió el panadero la pequeña moneda, y, temiendo aplastar al Miñique con el peso del canasto, con mucho cuidado se lo colocó encima.
Apenas sintió el Miñique que tenía el canasto en sus hombros, echó a correr como si la carga que llevaba fuese una pluma; y aquí fué la admiración del panadero, y de todos los que pasaban por la calle, que veían como un canasto corría solo sin que nadie lo empujara o lo llevara tras de sí.
Llenos de alegría recibieron los viejos al Miñique; y muy pronto se sentaron a comer un buen asado. El viejecito dijo:
--Dejaremos carne para dos días, y la demás la haremos charqui mañana y así tendremos para comer mucho tiempo.
Siguieron conversando muy contentos. En la noche dijo la anciana:
--¡Quién pudiera tomar un matecito!
--Mamita, le dijo el niño, déme diez centavos y yo le traeré un cinco de azúcar y otro cinco de yerba.
--Aquí tiene, hijito.
Salió el Miñique y se dirigió al almacén de la esquina.
--¿Quién golpea?--preguntó el despachero.
--El Miñique,--contestó el niño.--Deme un cinco de azúcar y un cinco de yerba.
Se asomó el comerciante por encima del mostrador y cuando vió aquel pergenio, le dijo:
--Pero, niño, ¿y cómo vas a llevar el azúcar y la yerba? Es mucho para ti.
--No tenga cuidado por eso, señor, que si por un 5 me da un cajón de azúcar y por otro 5 un barril de yerba, yo me los llevaré solito, sin que nadie me ayude.
--Bueno, pásame los 10 centavos y llévate aquel cajón y aquel barril.
--Aquí tiene el 10; pero amarre el barril encima del cajón y después me los echa a la espalda y verá bueno. No sabe usted las fuerzas que tengo.
El despachero se reía de lo que le decía el Miñique, que creía eran puras bromas; sin embargo, hizo lo que el niño le pidió, y al cargar el enorme bulto sobre el pequeñuelo le dijo:
--¡Cuidado, niño, no te vaya a aplastar!
--No tema nada; échemelo no más.
Al sentir el Miñique que el bulto tocaba sus espaldas, se asió de la cuerda y echó a correr, dejando asombrado al almacenero.
Es de imaginarse el gusto de los padres del Miñique cuando lo vieron llegar con su preciosa carga. Ya no se morirían de hambre: tenían bastante carne, pan, azúcar y yerba. ¿Qué más querían? Se tomaron sus buenos mates y se acostaron; y al otro día el viejo charquió la carne del buey.
Cuando el charqui estuvo hecho dijo la viejecita:
--¡Quién tuviera algunas cebollitas para hacer un valdiviano!
--¿No le queda todavía un cinco, mamita? Démelo y yo le traeré cebollas.
Le entregó la anciana el cinco, y al salir el niño a la calle se encontró uno de esos cortaplumas pequeñitos que algunas personas suelen usar como dije. Lo tomó, se lo guardó en la faltriquera y siguió su camino.
A poco andar encontró a un cebollero, que llevaba su mercancía en dos grandes árgenas que pendían a uno y otro lado del caballo que montaba.
--Oiga, amigo--le gritó el Miñique--véndame un cinco de cebollas.
El cebollero miraba a todas partes, pero no veía al comprador, a quien ocultaba la yerba que brotaba a la orilla de la acera.
--¡Que me venda un cinco de cebollas, le digo!--repitió el Miñique.
Pero apenas concluyó de decir estas palabras, una vaca que venía por la misma calle comiendo la yerba que crecía en la orilla de la acera, junto con tragarse un puñado de ella, se tragó al Miñique. El Miñique siguió gritando desde adentro de la barriga del animal:
--¡Véndame luego el cinco de cebollas! ¡Mire que mi mamita me está esperando!
El cebollero, casi se volvía loco buscando al que le hablaba, sin poderlo encontrar. ¿Cómo iba a figurarse que la voz salía de adentro de la vaca?
Sólo al rato de haber sido tragado vino a darse cuenta el Miñique del lugar en que se encontraba; pero como era de ánimo esforzado, no se atemorizó, antes bien sacó su cortaplumas del bolsillo y poco a poco abrió un buen tajo en la guata del animal y salió por ahí, no muy limpio ni muy fragante, en verdad, pero sano y salvo. El animal cayó muerto a los pocos instantes, y el Miñique, cogiéndolo de la cola lo arrastró hasta su casa, en donde fué hecho charqui también.
Inmediatamente de dejar la vaca en poder de sus padres, que lo lavaron y le cambiaron ropa, volvió el Miñique tras el cebollero, y habiéndolo alcanzado, le gritó:
--¿Qué hubo, amigo? Me vende o no el cinco de cebollas?
--Pero niño--respondió el cebollero,--¿cómo podrás llevar media docena de cebollas grandes? Una sola sería demasiado peso para ti.
--¿Qué se ha imaginado usted, señor cebollero? Si me da por el cinco las dos árgenas, verá que me las llevo yo solito, sin necesidad de pedir ayuda a nadie.
--Ya está, te doy las dos árgenas con cebollas por el cinco--le dijo el cebollero, pensando que eran simples bravatas las del chiquitín:--dame el cinco y aquí tienes las dos árgenas--agregó, bajándolas.
Le entregó el Miñique la moneda y cogiendo las árgenas de la parte en que estaban unidas, apretó a correr, arrastrándolas tras de sí, con tanta ligereza, que en un momento se perdió de vista, dejando estupefacto al vendedor de cebollas.
Con estas aventuras, la fama del Miñique se extendió por todo el país y el Rey manifestó deseos de conocerlo.
Como la capital estaba lejos, el Miñique quiso ir a caballo y cogió una lauchita que domesticó fácilmente. De una horquilla de peinado hizo frenos y estribos; de un pedazo de cabritilla de guante viejo, la silla de montar; y de un cordón de zapatos las riendas y demás arreos; se colgó a la cintura, a manera de espada, el pequeño cortaplumas con la cuchillita abierta, y montando en su cabalgadura se dirigió a la capital del reino.
Cuando llegó a palacio, fué la admiración de todos: el Rey, la Reina, los Príncipes, las Princesas, los señores y damas de la Corte, lo acogieron con entusiasmo; no sabían qué admirar más en él, si su pequeña estatura o sus fuerzas prodigiosas, o si su belleza o su voz estentórea. Fué calificado como la primera maravilla del reino, y el Rey quiso mantenerlo a su lado. Pero cuando el monarca le comunicó su decisión, el Miñique observó respetuosamente que no podía abandonar a sus padres, ancianos, achacosos y miserables, cuyo único sostén era él; si él les faltaba, los pobres viejos se morirían.
Mucho le agradaron al Rey los buenos sentimientos del Miñique para con sus padres, a quienes hizo venir, les dió habitación en palacio y proveyó a todas sus necesidades.
El Miñique sirvió al Rey de modo extraordinario en una guerra a que fué provocado por sus enemigos; él solo bastó para mover toda la artillería, en ocasión de que los caballos se habían hecho muy escasos; y él también, con su voz potente, transmitió las órdenes del general en jefe. Por sus servicios fué condecorado y ascendido a capitán en el campo de batalla; y vivió el resto de sus días querido y agasajado de todos.
12. LOS TRES CONSEJOS.
(Contado por la Señora Clorinda B. de Somerville, en 1915)
Han de saber que vivía en un pueblo un matrimonio muy bien avenido y que habría sido completamente feliz si la fortuna le hubiese prestado alguna ayuda; pero parece que se complacía en volverle las espaldas. Era inútil cuanto había hecho el marido, hombre bueno a carta cabal, para encontrar trabajo, porque nadie se lo proporcionaba. La mujer, que era una perla, cosía y bordaba a la perfección; pero, por desgracia, tampoco nadie la ayudaba. Tenían un hijo de unos doce años, bueno como ellos, estudioso e inteligente, que era su único consuelo; y sin embargo, su vista hacía sufrir al padre, porque pensaba en el triste porvenir que le aguardaba.
Un día, Juan--así se llamaba nuestro hombre--tomó una determinación desesperada.