Cuentos populares en Chile

Part 4

Chapter 44,404 wordsPublic domain

El Rey hizo llamar al Peluquero y después de apostrofarlo duramente le dijo que le haría pagar con la vida su indiscreción. El Peluquero respetuosamente repuso:--Señor, yo juré a Vuestra Majestad no decirle a ninguna persona su secreto y lo he cumplido, porque hasta ahora no se lo he dicho a alma nacida. ¿Qué culpa tengo yo si los capachitos lo andan proclamando a los cuatro vientos?

Por cierto que se cuidó de contarle lo que había hecho, y como de esto no había testigos, el Rey hubo de perdonarlo.

8. EL CUERPO SIN ALMA.

(Referido en 1912 por Beatriz Montecinos, de 50 años, de Talca)

Para saber y contar y contar para saber.

Este era un caballero que tenía un fundo cerca de la ciudad, muy grande y muy hermoso, pero que tenía la maldición de que nadie podía vivir en él, porque, sin saber cómo ni por qué, al otro día amanecían muertos los que pretendían trabajarlo. El caballero estaba desesperado, y ofreció darlo a medias al que se atreviese a sembrarlo.

Había en la misma ciudad una viuda muy pobre, que tenía tres hijos, decididos y valientes, los cuales se pusieron de acuerdo para trasladarse al fundo. Partieron, llevando cada uno un pedazo de pan y otro de queso, que para más no les alcanzó el poco dinero que tenían.

Habían andado ya un buen trecho, cuando el menor se hizo a un lado de sus hermanos, que siguieron andando, porque se le ofreció una necesidad. Iba ya a reunirse con ellos, cuando se le presentó una pobre vieja pidiéndole una limosna. El, compadecido, le dió el pan y el queso que llevaba, y entonces la anciana le entregó una varillita, diciéndole que era de virtud y que le haría todo lo que le pidiese, y desapareció.

Llegaron los tres hermanos al fundo muy de madrugada y convinieron en que mientras iban a trabajar los dos menores, el mayor se quedaría haciendo la comida para los tres.

Fueron los menores al trabajo y cuando el mayor tenía hecha la comida y en punto para servirla, salió de un pozo que había cerca de la cocina un enorme Culebrón, y el joven, del susto, se fué de espaldas y casi se mató del golpe.

--La vida o la comida, le dijo el Culebrón.

--La comida, le contestó el pobre, más muerto que vivo.

El Culebrón devoró la comida y en seguida desapareció por el pozo.

Poco después llegaron los otros dos hermanos, quienes, de tanto que habían trabajado, venían que no podían más de hambre. Cuando supieron lo que había pasado, casi se murieron de rabia.

Al día siguiente se quedó el segundo haciendo la comida, partieron a trabajar los otros dos, y sucedió lo mismo que el día anterior: salió el Culebrón, se comió la comida, y dejó tocando tabletas a los tres hermanos.

El tercer día se quedó el menor, y en el momento en que éste retiraba la olla del fuego, salió el Culebrón y le dijo:

--La vida o la comida.

--Ni la vida ni la comida, le respondió el joven, y poniéndose en facha con su varillita en la mano, obligó al Culebrón a retirarse a su pozo bastante mal herido.

Llegaron los otros dos, y comieron todos con mucho apetito.

Después dijo el más joven:

--Para vernos libres en adelante de este estorbo, amárrenme con un cordel y descuélguenme en el pozo y yo mataré al Culebrón donde se encuentre. Cuando mueva la cuerda es para que la tiren y me suban.

Bajó el joven, y en el fondo del pozo se encontró con un hermosísimo palacio, que tenía todas las puertas y ventanas cerradas. Golpeó inútilmente, porque no le abrieron. Entonces, sacando su varillita, dijo:

--Dios y una hormiguita, e inmediatamente se convirtió en hormiga. Así pudo entrar por una rendija y llegó a una sala en donde había una niña más bella que el sol. Se le subió por un costado y de repente la picó.

--¿Quién me pica? dijo la niña.

--Yo, señorita, contestó el joven desencantándose.

Se pusieron a conversar. La niña le dijo que eran tres hermanas, hijas del Culebrón, el cual las tenía encerradas bajo siete llaves y no les permitía ver a nadie.

--Yo mataré al Culebrón y las libraré a ustedes.

--No podrás matarlo--le dijo la joven--porque mi padre es el Cuerpo sin Alma.

--Pero tú podrás averiguar en dónde tiene el alma y entonces yo daré buena cuenta de él.

Fué la niña al lugar en que estaba su padre, y con ella el joven, convertido en hormiga, pegado a su costado.

--Papá, ¿por qué lo llaman a usted el Cuerpo sin Alma?

--No te lo diré, porque las paredes tienen oídos y los matorrales ojos.

--Pero si aquí estamos solos, y encerradas como vivimos ¿a quién podría confiarle lo que usted me diga?

Entonces él repuso:

--Hija, has de saber que en el monte vecino hay una laguna; dentro de la laguna hay un toro; matando a ese toro, sale de su cuerpo un león; matando a ese león, sale una zorra muy corredora, que nadie la podrá alcanzar; adentro de la zorra hay una paloma; y adentro de la paloma, un huevo. Ese huevo es mi alma, y si llegan a quebrarlo, soy muerto.

Siguieron hablando un rato sobre otras cosas y poco después la niña se retiró a su pieza. Inmediatamente el joven se fué corriendo para la laguna, y apenas había llegado a la orilla, salió el toro bramando y escarbando la tierra que daba miedo.

--Dios y un toro de los más bravos--dijo el joven sacando la varillita y al punto se convirtió en toro y se puso a pelear con el que había salido de la laguna, hasta que lo mató. Por el hocico del toro muerto salió un león, que echaba el cielo abajo con sus rugidos.

--Dios y un león de los más bravos--dijo el joven a la varillita, y convirtiéndose en león, atacó rudamente a su contrario y lo mató. Entonces salió la zorra corredora del hocico del león muerto, y tanto y tan bien corría que no se le veían las patas.

--Dios y un perro zorrero, de los más corredores y más bravos, dijo el joven, y en el mismo instante se volvió perro, y tan ligero corría, que las patas no tocaban el suelo. En un momento alcanzó a la zorra y también la despachó.

Mientras tanto el Cuerpo sin Alma se sentía muy enfermo y daba unos quejidos terribles. La niña se acercó a preguntarle qué tenía.

--Retírate, traidora--le dijo el Culebrón--si no quieres que te mate.

Del cuerpo de la zorra salió una paloma, que se perdió en el espacio. El joven dijo:

--Dios y un halcón de los más voladores;--y convertido en halcón dió alcance a la paloma, la mató y le sacó del buche el huevo que tenía guardado y que era el alma del Culebrón.

Poco después se presentó en el palacio y mostrándole el huevo, dijo al Culebrón, que apenas respiraba ya, tan desfallecido estaba:

--¿Conoces esto?

--¿Cómo no lo he de conocer, si es mi alma?

--Te la entregaré si me das el manojo de llaves del palacio.

El Cuerpo sin Alma le entregó las llaves y el joven, disparándole el huevo, le dijo:

--Ahí la tienes.

Pero el huevo le dió en la frente al Culebrón y se reventó, y el Culebrón cayó muerto.

El joven se fué a librar a las tres niñas, pero la menor, que era la que él había visto, no quería que sacase a las otras, porque estaba enamorada de él y temía que sus hermanas, que también eran muy bellas, le robasen su amor. Pero él le dijo:

--Si nosotros también somos tres; mis hermanos se casarán con tus hermanas.

Las sacó a las otras dos de su encierro y amarrando primeramente a la menor, movió el cordel y los que estaban arriba la subieron. Los dos hermanos, cuando la vieron tan buena moza, se pusieron a pelear, para ver cuál se la llevaba; pero ella les dijo que eran tres y que luego subirían las otras dos.

Cuando hubieron subido las tres niñas, los hermanos mayores no volvieron a echar el cordel, y tomando cada uno a su compañera, dejaron abandonada a la menor, que esperó en vano que subiera el joven que había quedado en el pozo.

Un momento después conoció éste su desgracia, y, turbado con la pena que le causaba la traición de sus hermanos, por decirle a la varillita “siete estados para arriba”, le dijo “siete estados para abajo” y llegó a la tierra de los pigmeos, donde, del golpe tan violento que recibió, quedó sin sentidos. Cuando volvió en sí, los pigmeos le habían robado su varillita de virtud.

El pobre entró a sufrir mucho y llegó su miseria a tal estado que se vió obligado a ocuparse como cuidador de los rebaños del Rey de los pigmeos para ganarse la vida.

Un día que lloraba su desgracia, se le apareció una Aguilita y le preguntó:

--¿Por qué está tan triste y llorando?

--¿Cómo no he de llorar, distante de la que amo y viéndome en el estado en que me hallo y sin esperanzas de volver a la tierra?

--Yo lo sacaré de aquí si le parece; pero tiene que llevar mucha carne, porque el viaje es largo y hay que atravesar el mar.

--Está bien, llevaremos un cordero.

Y el joven mató un cordero y dividiéndolo en cuartos lo puso sobre el Aguila y él se montó en seguida encima.

Al poco rato el Aguilita pidió de comer y él le puso en el pico un cuarto de cordero. Volaron un rato, y el Aguilita pidió más, y él le entregó el segundo cuarto; después, el tercero; y por fin el único que quedaba.

Iban volando por sobre el mar cuando el Aguilita dijo:

--Compañero, ¿queda carnecita? mire que me faltan las fuerzas y nos caeremos al mar y nos ahogaremos si no como.

El joven se cortó una pierna y se la atravesó en el pico al Aguila. Esta escena se repitió dos veces más, y el joven tuvo que cortar su otra pierna y el brazo izquierdo, que el Aguila devoró en un instante. De pronto dijo el Aguila:

--Ya llegamos; bájese, compañerito, que en aquel palacio está su niña; y apúrese porque la van a casar con un príncipe y ella no quiere, porque lo está esperando a usted.

--¿Y cómo me bajo--respondió el joven--si no tengo piernas?

--Echese al suelo no más, y no se demore, que lo dejan sin novia.

Al dejarse caer, el joven se encontró con sus dos piernas y sus dos brazos, y si buen mozo había sido antes, quedó desde entonces mucho mejor. Llorando de alegría, le dió las gracias a la Aguilita, y ella, convirtiéndose en ángel, le dijo que era el de su guarda, que viéndolo tan triste, había venido a sacarlo de apuros.

Cuando llegó al palacio en que estaba su amada, la alegría de ésta fué grande, y en lugar de celebrarse el matrimonio con el príncipe con quien la obligaban a casarse, se casó con el joven que tanto había sufrido por ella y había sido su primer amor. La fiesta estuvo muy buena y hasta ahora estará que se arde; yo me encontré en ella y comí y tomé hasta que casi reventé. Y aquí se acabó el cuento y se lo llevó el viento para serranías de más adentro.

9. LA HUACHITA CORDERA.

(Referido en Abril de 1914 por Mercedes Albornoz, de 14 años, Villa Alegre)

Este era un hombre que vivía en el campo y había quedado viudo con dos hijos pequeños: un niñito y una niñita. El hombre era pobre y para alimentar a sus hijos tenía que salir a trabajar todos los días antes que apareciera el sol, y como los niños no eran capaces de hacer nada, se los dejaba encomendados a una vecina que los trataba con mucho cariño, les lavaba su ropita y les daba muy bien de comer.

Mejoró un poco la situación del hombre y se casó con la vecina; pero ésta, apenas salía su marido de la casa, obligaba a los niños a hacer el fuego, a que le trajesen agua del río en baldes que eran muy pesados para ellos, a barrer y ejecutar otros trabajos superiores a sus escasas y débiles fuerzas; y si la leña no estaba bien encendida, o los baldes no llegaban completamente llenos, o quedaba un poco de basura en el suelo, les pegaba cruelmente con lo primero que hallaba a mano.

Una vez, el niño le dijo a la niña:--Vámonos de aquí, hermanita; ¿para qué estamos sufriendo tanto?,--y al otro día muy temprano dejaron su lecho, abandonaron la casa en que habían nacido y marcharon a la ventura, alimentándose de frutas y de yerbas y durmiendo en las cuevas de las montañas o en los ranchos abandonados que encontraban en su camino.

Después de muchos días de marcha, llegaron a una tierra desierta, sin casas ni árboles, en la que el calor del sol se hacía sentir con toda su fuerza. Los niños morían de sed y en ninguna parte hallaban agua para aplacarla. Por fin llegaron a la orilla de una laguna y cuando se disponían a beber, oyeron una voz que decía:

--El que de esta agua bebiere tiburón se ha de volver y devorará a su hermano.

--Hermanita, no tomemos de esta agua--dijo el niño--aguantemos la sed y vámonos, puede ser que más allá encontremos agua buena.

Muy tristes se apartaron de la laguna y a cada instante más sedientos; pero luego tropezaron con un pozo y el corazón se les alegró. Sirviéndose de una cuerda que estaba en el suelo al lado del brocal, echaron adentro un tiesto que cerca estaba, y cuando ya lo alzaban repleto de agua, salió del pozo una voz que decía:

--El que de esta agua bebiere, sierpe se ha de volver y devorará a su hermano.

--Hermanita, no tomemos de esta agua--dijo el niño--aguantemos la sed y vámonos, pueda ser que más allá encontremos otra mejor.

La niña no soportaba la sed, y si no hubiera sido por la amenaza de que si bebía de esa agua devoraría a su hermano, habría bebido hasta saciarse.

Continuaron su camino muy tristes, desfallecidos, casi sin fuerzas para andar, pero a los pocos pasos tropezaron con un arroyo de agua fresca y cristalina. Echáronse de bruces para beber y cuando sus secas fauces estaban a punto de humedecerse, oyeron estas palabras que salían de la corriente:

--El que de esta agua beba, corderito se ha de volver.

--Hermanita no tomemos...--alcanzó apenas a decir el niño, cuando vió a su hermana convertida en corderita. La pobrecilla, no oyendo la amenaza de que si bebía devoraría a su hermano, se apresuró a apagar su sed y alcanzó a tragar unos cuantos sorbos de aquella agua maldita.

Es fácil suponer en qué estado dejaría esta desgracia a los pobres hermanos, que ya no tuvieron otro consuelo que conversar y comunicarse sus penas, porque, por suerte para ellos, al experimentar la niña su transformación, no había perdido el uso de la palabra. Sin embargo, el niño lloraba mucho; no podía acostumbrarse a ver a su hermana convertida en animal.

Un día le salió al paso una viejecita.

--¿Por qué llora tanto, hijito?--le preguntó.

--¿Cómo no he de llorar, mamita, con la desgracia que nos ha sucedido? ¡Qué no daría yo por ver a mi hermana convertida en mujer otra vez!

--Hijito, eso no es posible por ahora; pero con esta varillita de virtud que voy a ocultar en las lanas de la Corderita, tendrá ella lo que quiera; podrá hasta volverse mujer por tres horas cada vez que lo desee, y para siempre cuando un príncipe quiera casarse con ella.

Y desapareció después de colocar una varita entre las lanas de la Cordera.

Desde ese momento la Corderita dejó de lamentarse y se la veía brincar y correr al rededor de su hermano y balar alegremente; porque ha de saberse que no hablaba con él sino cuando estaban solos.

Pasó algún tiempo, y el niño que ya se había convertido en hombre, entró a servir como pastor de los rebaños del Rey, el cual, como era muy bondadoso, le permitió conservar la Corderita a su lado.

Sucedió que en la noche del primer día en que el pastor había entrado en funciones, el hijo del Rey tuvo que pasar por el patio en que estaban las habitaciones de los sirvientes, y se extrañó de oir de la más alejada, que era la que ocupaba el pastor y la Corderita, una voz femenina. Se detuvo a escuchar para referirle a la Reina, su madre, lo que oyera, pues era prohibido que las sirvientas penetraran a las piezas de ese patio; pero no sintió sino murmullos y no alcanzó a entender ni una palabra. Al día siguiente, el Príncipe refirió a su madre lo sucedido, y en la tarde, cuando el pastor regresó, después de guardar el ganado, fué conducido a presencia de la Reina.

A la pregunta que le hizo la Reina de quién era la mujer que en la noche anterior había estado en su aposento, contestó:

--No estaba, señora, con ninguna mujer, sino con una huachita Cordera que el Rey mi Señor me ha permitido guardar a mi lado y a la que he conseguido enseñar varias palabras. (No se atrevió a contarle la verdad).

--¿Y qué palabras sabe? preguntó la Reina admirada.

--Dice ya, papá, mamá, hermano y otras.

--Tráeme la Corderita; quiero verla.

Fué el jóven a su pieza, contó a su hermana lo que había hablado con la Reina y le aconsejó que mientras tanto no dijese más palabras que las que él había dicho a la Reina que le había enseñado, y la condujo a la presencia de la soberana.

La Corderita se bañaba todos los días en el río, de modo que siempre estaba muy limpia. La Reina quedó encantada y le dijo al pastor que se la dejase, que ella la cuidaría muy bien.

La Reina le tomó mucho cariño y a todas partes iba con ella. La Corderita la llamaba mamá; al Rey le decía papá, y al Príncipe hermano.

La Reina se dijo un día:--Si un rústico pastor ha podido enseñar a este animalito a pronunciar unas cuantas palabras, ¿por qué no he de conseguir yo que aprenda a hablar como una persona?

Desde ese día comenzó a enseñarle a hablar, y la Huachita se hacía la que no sabía y que poco a poco iba aprendiendo.

Pasó así algún tiempo, hasta que para celebrar una victoria obtenida por el Rey, se organizaron grandes fiestas, entre ellas unas carreras de caballos a que debía concurrir toda la Corte.

Cuando llegó ese día, la Corderita, que hasta entonces no había hecho uso de la virtud que tenía, quiso ir a las carreras; y después que los Reyes, el Príncipe y demás potentados que vivían en palacio salieron, ella también salió sin que nadie la viera, y se fué al campo, y al lado de un espino que allí había, dijo:

--Varillita de virtud, por la virtud que Dios te ha dado, haz que me convierta en mujer, vestida con un traje de color de estrellas y que aparezca aquí para llevarme a las fiestas una carroza de plata arrastrada por dos parejas de caballos y servida por tres pajes negros. E inmediatamente se encontró convertida en una hermosísima joven, vestida como había pedido y con el coche con los tres negritos. La piel de cordero estaba a su lado, y antes de subir a la carroza la dejó colgada de una rama del espino, y partió.

Cuando llegó a la plaza, atrajo las miradas de todos por su hermosura y la riqueza y esplendor de su traje. Nadie la conocía y unos a otros se decían: «¿de dónde vendrá esta princesa?» El Príncipe, sobre todo, la atendió mucho y se enamoró perdidamente de ella. Cuando sonó la hora en que debía retirarse, el Príncipe le preguntó si volvería al día siguiente y ella le contestó que sí.

En la Corte no se habló en el resto del día de otra cosa que de la fiesta; pero la preocupación de todos era la bellísima joven desconocida.

Llegó el día siguiente y todo el mundo se trasladó a las carreras.

Una vez que la Corderita se encontró sola, volvió al campo, y al pie del espino pidió a la varillita que la transformara en mujer, vestida con traje de color de la luna y las estrellas y la condujese a la fiesta en una carroza de oro arrastrada por tres parejas de caballos y servida por seis pajes negros; y al punto todo se hizo como ella lo había pedido. Dejó la piel de oveja colgada de una rama del espino, subió al carruaje y se fué a las fiestas.

A su entrada, la atención de la multitud se concentró en ella, y si hermosa la habían encontrado el día anterior, más hermosa aun la encontraron en este día. El Príncipe, todavía más enamorado, fué a colocarse inmediatamente a su lado y allí estuvo conversando con ella hasta el momento que la joven se levantó para retirarse.

El otro día era el último de las carreras. La afluencia de gente fué mayor; puede decirse que toda la ciudad se había trasladado a presenciarlas.

A la misma hora que los días anteriores, llegó la joven en una carroza de diamantes arrastrada por cuatro parejas de caballos y servida por doce negros; su traje tenía los colores de la luna, de las estrellas y del sol naciente, y si linda la habían encontrado las otras dos veces, más linda la hallaron esta vez. Todos los ojos estaban clavados en ella y de los labios de la muchedumbre no salían sino alabanzas en su honor. Apenas la divisó el Príncipe fué a sentarse a su lado a cortejarla. Cuando estaba hablándola con más entusiasmo, llegó un paje con un recado de la Reina y el Príncipe tuvo que abandonar su asiento por un momento; a su regreso se encontró con que estaba vacío el lugar que ocupaba la niña.

Se acabaron las fiestas y nadie volvió a ver a la joven.

El Príncipe se puso muy triste y languidecía rápidamente. Los médicos nada pudieron para curar su mal y los Reyes lloraban la próxima muerte de su único hijo.

Un día, cuando ya se había perdido toda esperanza de salvación, dijo la Corderita a la Reina:

--Mamá, ¿quiere que vaya yo a cuidar al enfermo? Quién sabe si pueda sanarlo!

¡Qué se perdía con que fuese! La Reina consintió y ella misma condujo a la Corderita a las habitaciones del enfermo y la dejó allí.

Apenas se retiró la Reina, la Corderita pidió muy quedito a la varillita que la convirtiera en mujer, ataviada con el mismo traje con que se había presentado a las carreras, y una vez transformada, se acercó a la cama del enfermo y lo llamó dulcemente. El Príncipe abrió los ojos y a la vista de su amada sintió que le volvía la vida.

Tres horas conversaron alegremente y al terminar este tiempo la joven tornó a convertirse en la Huachita Cordera.

El Príncipe hizo llamar a los Reyes, y les dijo:

--Padres, la Corderita me ha sanado; me siento perfectamente bien y es preciso que me dejen casarme con ella.

Apenas el Príncipe dijo estas palabras, cumpliéndose el vaticinio de la viejecita que había dado a la Corderita la virtud, se transformó ésta para siempre en la bellísima niña que todos habían visto en las fiestas, y los Reyes, henchidos de contento, consintieron en el matrimonio de su hijo con la joven.

Los novios fueron muy felices y vivieron en una perpetua luna de miel y tuvieron muchos hijos.

El hermano de la joven, que hasta el día antes del matrimonio había continuado como pastor, fué ennoblecido y siguió viviendo en la Corte, desempeñando empleos muy principales.

Y aquí se acabó el cuento y se lo llevó el viento.

10. LAS SIETE CIEGAS.

(Referido por el niño Luis Smith, de 12 años, en 1910)

Hubo en un país lejano un Rey muy malo que se complacía en el daño que causaba a sus súbditos.

Un día que salió a cazar, y se extravió en el bosque, vió en la puerta de una choza a una jovencita muy bella y agraciada, y llevándola a Palacio se casó con ella.

Un mes nada más duró la felicidad de la Reina. Transcurrido este corto tiempo, durante el cual el Rey fué tierno y cariñoso con ella, se reveló nuevamente en él el hombre perverso, de fieros instintos. Con pretextos y sin pretextos, todo lo encontraba malo, y como la Reina era la persona que tenía más cerca, la desgraciada pagaba el pato. Un día que amaneció de más mal humor que de ordinario, hizo sacar los ojos a la Reina y ordenó que la encerrasen en un calabozo húmedo y sin luz, que daba a uno de los patios interiores del palacio, y que la sometiesen a una alimentación escasa.

Poco tiempo después, el Rey se casó con otra joven, la cual también sólo un mes fué feliz, y pasó otro mes al lado de su esposo sufriendo toda clase de vejámenes; después, privada de la vista, fué a hacer compañía en el calabozo a su predecesora.

La misma suerte corrieron cinco niñas más, con las cuales el monarca contrajo matrimonio sucesivamente.

Las siete desgraciadas tuvieron un hijo cada una en su prisión, pero sólo la primera lo conservó; las otras, muertas de hambre, se comieron los suyos, y si no hubiera sido porque la primera mujer logró ocultar a su hijo y que éste, como si adivinara el destino que le estaba reservado si las compañeras de su madre lo descubrían, jamás lanzó el menor gemido ni se le oyó llorar.

La criatura era hermosa y fué creciendo. Su madre le enseñaba a hablar en las noches, cuando sus compañeras dormían, y paulatinamente fué comunicándole los pocos conocimientos que tenía, lo que el niño aprendía con suma facilidad, porque estaba dotado de gran inteligencia.