Part 2
Mientras su padre andaba cazando, Delgadina se entretenía en los quehaceres de la casa, porque era muy hacendosa; en seguida arreglaba la comida que había sobrado el día anterior y se la daba a otras personas más pobres que ellos, porque era muy compasiva y sufría con la desgracia de los otros; y una vez terminadas estas tareas, se ponía a jugar con la Culebrita a las escondidas, al pillarse y a otros juegos en que se entretienen los niños. Las dos eran muy buenas amigas y se querían como si fuesen hermanas.
Con el cuidado de Delgadina creció rápidamente la Culebrita, de tal modo que al poco tiempo no cabía en la canastilla. Hubo que ponerla en una gran canasta y poco después en una tina; tanto creció y engordó.
Ya la Culebrita se había convertido en un gran culebrón y fué preciso trasladarla a un tonel; pero el tonel también se hizo chico al fin, pues no tenía espacio para moverse ni podía salir de él.
Entonces el Culebrón le dijo a Delgadina que subiese sobre una silla y apoyase sus manos en el borde del tonel para lamérselas; que con esto cada vez que se las lavara y las sacudiera sin secárselas caerían onzas de oro de entre sus dedos.
Delgadina obedeció, y el Culebrón pasó repetidas veces su lengua por las manos de la niña. En seguida le dijo que se iba porque ya no cabía en donde estaba. Delgadina lloró mucho, porque desde que llegó a casa de su padre la Culebra había sido la única amiga que había tenido y estaba muy acostumbrada con su compañía.
El Culebrón la consoló y le dijo que no llorase, que él siempre la acompañaría; que estuviese tranquila, que velaría por ella y la libraría de los peligros en que pudiera verse envuelta.
Terminadas estas palabras, el tonel estalló y el Culebrón desapareció.
Delgadina se quedó muy triste con la ida de su compañera y esa noche apenas cerró los ojos. Al otro día se levantó muy de alba y fué al estero vecino a lavarse. Cuando concluyó de lavarse sacudió las manos y a cada movimiento que hacía caían de entre sus dedos multitud de onzas de oro. Ella no conocía el valor de estas monedas, ni siquiera se le ocurrió de que fuesen dinero; más bien pensó que eran botones.
En ese momento pasaba por ahí mismo un falte y le dijo a Delgadina que si le daba esos botones le traería zapatos, ropa blanca y vestidos muy elegantes. Delgadina le dió las onzas, que eran muchas, y al día siguiente, a la misma hora, el falte le trajo lo que le había prometido.
Delgadina se lavó y peinó con más cuidado que otras veces, se vistió la nueva ropa, con la cual se veía más hermosa aún, y se fué a su casa para que la viese su padre; pero éste ya había salido a cazar.
Mientras regresaba el padre, Delgadina fué a casa de su madrina, que era una vieja bruja mala y envidiosa, que tenía una hija muy fea y tan mala y envidiosa como ella. Ambas se quedaron asustadas de ver a Delgadina tan bonita y elegante y le aconsejaron que se volviese a su casa a esperar la vuelta de su padre para que le diera una sorpresa.
Así lo hizo Delgadina. Mientras tanto la vieja y la hija se quedaron acechando al cazador, y en cuanto lo divisaron salieron a su encuentro y lo convidaron a almorzar; le dijeron que tenían leche con arroz, postre que sabían le gustaba mucho.
Cuando el caballero estaba tomando el postre, la vieja, que hervía de envidia, le dijo que Delgadina tenía unos vestidos de mucho valor y que se los había regalado un hombre.
El caballero, inquieto, se levantó inmediatamente, cargó su fusil hasta la boca, y sin siquiera dar las gracias se fué precipidamente para su casa.
Delgadina, que estaba en la puerta esperándolo, no hizo mas que verlo y corrió hacia él con los brazos abiertos; pero él le apuntó con el fusil y disparó. El arma, desviada por una mano invisible, no dió en el blanco, y las balas se clavaron en la tierra.
Delgadina, asustada de la acción de su padre y maliciando cuál era la causa de su enojo, corrió al estero, se mojó las manos, y sacudiéndolas le decía al caballero, que la había seguido: «Estos botones me ha costado la ropa que tengo puesta»--y era de ver cómo caían las onzas, unas tras otras, brillantes como si acabasen de ser acuñadas.
Con esto el padre se tranquilizó, y muy contento se puso a recoger las monedas. Recogió una cantidad muy grande, porque Delgadina, cuando veía que sus manos se secaban, corría al estero a mojárselas de nuevo y sacudirlas; y esto lo repitió tantas veces que del cansancio no podía mover los brazos y tuvo que irse a acostar a la cama para descansar.
El padre de Delgadina pasó a ser uno de los hombres más ricos y poderosos de su país.
Sucedió que la fama de su riqueza y de cómo la había hecho corrió de boca en boca y llegó por fin a oídos del Rey, que mandó buscar al caballero para conocerlo.
Después de varios días de viaje por mar, porque la Corte estaba distante, llegó el caballero a presencia del Rey y le contó su historia. El Rey quiso conocer a Delgadina y ordenó al caballero que se la trajera, porque deseaba ver cómo caían las onzas de oro de sus manos. Le agregó que si no la traía, la cabeza le costaba.
Llegó el padre a su casa llorando inconsolablemente y no se atrevía a decirle a su hija lo que le había pasado. Pero, en vista de la insistencia y ruegos de Delgadina, se lo contó todo. Ella le dijo:--«Lléveme no más, padre, ¿qué puede pasarnos? nada tenemos que temer, pues nada malo hago».
La malvada vieja, madrina de Delgadina, que estaba presente, se ofreció para acompañarla:--«Compadre,--le dijo al caballero--usted no soportará su dolor si el Rey quiere dejarla; yo la llevaré».--El caballero accedió, porque verdaderamente ya sufría mucho.
Se embarcaron en un buque Delgadina, la vieja y la hija de ésta.
Cuando ya habían navegado tres días y el buque estaba muy distante de la costa, la vieja dijo a su hija:
--«Matemos a Delgadina y la echamos al mar, y yo haré que el Rey se case contigo».--«No la matemos,--le dijo la hija;--saquémosle los ojos no más y la echamos al agua».
Y así lo hicieron. Una noche esperaron que Delgadina estuviese bien dormida, le arrancaron los ojos y la arrojaron a las olas.
Pero aconteció que la niña, en vez de caer al agua cayó en el bote de un viejo pescador que en ese preciso momento pasaba al lado del buque, sin lo cual habría perecido seguramente.
Dejemos por un momento a Delgadina.
Llegó la vieja con su hija donde el Rey, y postrándose a sus plantas, habló de esta manera:--«Señor, mi esposo, a quien Vuestra Majestad ordenó trajera a su presencia a nuestra hija Delgadina, muy a su pesar no ha podido concurrir, pero me encargó a mí que yo la trajera, y hela aquí, pero debo advertir a Vuestra Majestad que con la navegación ha perdido la virtud que tenía de que al mojar sus manos y sacudirlas le brotaban de ellas onzas de oro, y que no la recuperará hasta que se case y tenga un hijo».
El Rey creyó lo que la vieja le dijo, y a pesar de que la muchacha le era muy antipática, se casó con ella.
Ahora volvamos a Delgadina.
El viejo pescador en cuya barca había caído Delgadina era muy pobre y con el producto de su trabajo ganaba apenas para sustentar a su mujer y a sus pequeños hijos; pero el hombre era bueno, tuvo lástima de la pobre ciega, y vistiéndola de hombre la llevó a su choza, donde fué recibida como miembro de la familia. Todos la querían por su buen carácter y procuraban con su cariño y atenciones hacerla olvidar su desgracia. En el pueblo no maliciaban que era mujer y la llamaban Delgadino.
Un día que estaban conversando sentados en la puerta del ranchito, pasó frente a ellos un leñador con su carreta cargada de leña.--«¿Qué lleva esa carreta, taitita?» preguntó Delgadino al viejo.--«Leña, hijito», le contestó él.--«Y por qué no la compra».--«Porque no tengo plata, pues, hijito».--«Taitita, lléveme para adentro», le dijo Delgadina.
La llevó para adentro el viejo y cuando estuvieron en la pieza Delgadina le pidió que le trajese una palangana con agua y que la dejase sola por un instante. Cuando el pescador se fué, Delgadina metió las manos en el agua y sacándolas las sacudió repetidas veces, y de cada sacudida caían a chorro de entre sus dedos las onzas de oro.
Delgadina llamó al viejo.--«Tome esas monedas, taitita, le dijo, y compre la leña y lo demás que necesite, porque toda esa plata es suya.»
El viejo pescador compró con las onzas una gran casa y allí se instaló la familia con toda clase de comodidades. Ya habían dejado de ser pobres, no necesitaban trabajar, de nada les faltaba, vivían felices.
Una mañana Delgadina fué sorprendida con el llanto y los gritos de angustia de su familia adoptiva. Quiso saber qué había ocurrido, y el viejo, entre sollozos le dijo:--«¡Ay, Delgadino! esta mañana mandé al mozo con mi hijito menor al campo y de repente salió de debajo de un gran peñasco que hay a la orilla del camino, un enorme Culebrón que se llevó a mi hijito. ¡Ya se lo habrá comido! Ay, ay, ay! pobre hijito mío! ya no te veremos más!»
Delgadina se entristeció mucho, porque el niño arrebatado por el Culebrón había sido siempre muy cariñoso con ella y era su regalón; pero pensaba entre sí que el Culebrón bien podía ser la culebrita que ella había criado, y le dijo al viejo que la llevara al lado del peñasco. El viejo no quería; sin embargo, después de mucho rogarlo Delgadina, consintió en ello y la condujo hasta el pie del peñasco.
Ellos que llegan y el Culebrón que aparece arrastrándose suavemente y llevando sobre sus espaldas al niño, que iba risueño, sano, sin el menor rasguño y cargado de regalos.
El Culebrón le dijo al viejo:--«Te entrego a tu hijo, vivo, pero con la condición de que le saques los ojos, y se los pongas a Delgadina, y si no lo haces yo lo mataré y yo mismo se los sacaré. Vestirás a Delgadina de mujer con los vestidos más ricos que encuentres; e irás a la ciudad gritando por las calles que el Culebrón va a salir y se va a comer a chicos y a grandes»; y desapareció inmediatamente sin dar lugar a que Delgadina le pidiera, como era su intención, que no dejaran ciego al niño, que ella se había acostumbrado ya a no ver la luz y que vivía contenta como estaba.
El viejo no tuvo más remedio que hacer lo que el Culebrón le había mandado. Era preferible tener a su hijo ciego que muerto, y por otra parte Delgadina había sido tan buena con ellos.
Al día siguiente muy temprano se trasladó el viejo a la ciudad y con su voz más fuerte se fué gritando por las calles:--«El Culebrón va a salir y se va a comer a chicos y a grandes».
El Rey oyó los gritos y preguntó qué bulla era ésa. Cuando le contaron de qué se trataba, ordenó que diesen al viejo cien azotes para que no anduviera atemorizando a la gente.
Ya le iban a dar al viejo los cien azotes cuando apareció Delgadina vestida con un traje riquísimo a interceder ante el Rey para que no lo castigaran. El Rey quedó deslumbrado de la hermosura de Delgadina, de la riqueza de su traje y del brillo de las joyas que cargaba; hizo suspender el castigo y convidó a su mesa al viejo y a Delgadina.
La vieja y la hija conocieron inmediatamente a Delgadina, pero se desentendieron de ello y la agasajaron mucho. Cuando estuvieron solas dijo la madre:--«No te decía yo que la matásemos!»--«Mamita, contestó la hija, aunque se parece mucho a Delgadina, no puede ser ella ¿no le arrancó usted misma los ojos? y ella los tenía negros y los de ésta son azules. Y fíjese que el viejo es el padre de ella y no se parece en nada a su compadre». Con esto se tranquilizaron.
Muchas veces más convidó el Rey a comer a Delgadina, y siempre tenía ella gran cuidado de no lavarse las manos en la mesa; pero en una ocasión que se las manchó con fruta hubo de lavárselas, y sucedió que sin querer las sacudió. Inmediatamente comenzaron a caer de entre sus dedos a puñados las onzas de oro, tan nuevecitas, tan amarillas como si estuvieran recién acuñadas. Todos se quedaron con la boca abierta y no podían salir de su asombro.
Entonces el Rey conoció que había sido engañado por la vieja y que la verdadera Delgadina era la que hasta entonces había pasado por hija del antiguo pescador. El Rey le pidió que le contase su historia y Delgadina accedió gustosa.
La vieja y su hija protestaron de que todo era mentira, y entonces el Rey hizo venir al viejo y a su familia, que corroboraron lo que a ellos les constaba, y como si esto no fuese bastante apareció de súbito el Culebrón, que refirió todo lo sucedido sin omitir detalles.
Cuando hubo concluido el Culebrón su relato, se convirtió en un hermoso niño, y volviéndose a Delgadina le dijo:--«Yo soy el Angel de tu guarda y he hecho esto contigo porque siempre fuiste buena hija y compasiva con los pobres; yo estaré continuamente a tu lado y velaré por ti».
Mientras hablaba el niño, vieron todos que le brotaban de sus espaldas dos brillantes alas, que desplegó suavemente cuando terminó, y emprendió el vuelo desapareciendo ante la vista atónita de los circunstantes.
El Rey hizo quemar a la vieja y a su hija, mandó buscar al padre de Delgadina y se casó con ella; y en el momento mismo en que le ponían la bendición, el hijo del viejo pescador recobró la vista.
Y así todos los buenos fueron felices y los malos castigados.
Y aquí se acabó el cuento y entró por la puerta del convento, nosotros nos quedamos afuera y los frailes se quedaron adentro.
4. LA TENQUITA.
(Recitado en 1905 por Polonia Gonzalez, de 50 años, de la provincia de Colchagua)
Para saber y contar y contar para aprender.
Esta era una Tenquita que tenía unos tenquitos muy lindos, que acababan de salir del huevo.
Una mañanita salió a buscarles que comer, y como era invierno y había caído mucha nieve, a la Tenquita se le heló una patita.
Al verse coja la avecita se afligió mucho y llorando le dijo a la Nieve:
--Nieve, ¿por qué eres tan mala que me quemaste la patita a mí?[C].
Y la Nieve le contestó:
--Más malo es el Sol que me derrite a mí.
Entonces la Tenquita se fué donde el Sol, y le dijo:
--Sol, ¿por qué eres tan malo que derrites a la Nieve y la Nieve me quema la patita a mí?
Y el Sol le respondió:
--Más malo es el Nublado que me tapa a mí.
Se fué la Tenquita a ver al Nublado, y le dijo:
--Nublado, ¿por qué eres tan malo que tapas al Sol, el Sol derrite a la Nieve y la Nieve me quema la patita a mí?
--Más malo es el Viento que me corre a mí.
Fué la Tenquita donde el Viento, y le dijo:
--Viento, ¿por qué eres tan malo que corres al Nublado, el Nublado tapa al Sol, el Sol derrite a la Nieve y la Nieve me quema la patita a mí?
--Más mala es la Pared que me ataja a mí.
Fué la Tenquita a ver a la Pared, y le dijo:
--Pared, ¿por qué eres tan mala que atajas al Viento, el Viento corre al Nublado, el Nublado tapa al Sol, el Sol derrite a la Nieve y la Nieve me quema la patita a mí?
--Más malo es el Ratón que me agujerea a mí.
Fué la Tenquita donde el Ratón y le dijo:
--Ratón, ¿por qué eres tan malo que agujereas a la Pared, la Pared ataja al Viento, el Viento corre al Nublado, el Nublado tapa al Sol, el Sol derrite a la Nieve y la Nieve me quema la patita a mí?
--Más malo es el Gato que me come a mí.
Fué la Tenquita donde el Gato y le dijo:
--Gato, ¿por qué eres tan malo que te comes al Ratón, el Ratón agujerea a la Pared, la Pared ataja al Viento, el Viento corre al Nublado, el Nublado tapa al Sol, el Sol derrite a la Nieve y la Nieve me quema la patita a mí?
--Más malo es el Perro que me corre a mí.
Entonces la Tenquita fué donde el Perro y le dijo:
--Perro, ¿por qué eres tan malo que corres al Gato, el Gato come al Ratón, el Ratón agujerea a la Pared, la Pared ataja al Viento, el Viento corre al Nublado, el Nublado tapa al Sol, el Sol derrite a la Nieve y la Nieve me quema la patita a mí?
--Más malo es el Palo que me pega a mí.
Fué entonces la Tenquita donde el Palo, y le dijo:
--Palo, ¿por qué eres tan malo que pegas al Perro, el Perro corre al Gato, el Gato come al Ratón, el Ratón agujerea a la Pared, la Pared ataja al Viento, el Viento corre al Nublado, el Nublado tapa al Sol, el Sol derrite a la Nieve y la Nieve me quema la patita a mí?
--Más malo es el Fuego que me quema a mí.
Fué la Tenquita donde el Fuego y le dijo:
--Fuego, ¿por qué eres tan malo que quemas al Palo, el Palo pega al Perro, el Perro corre al Gato, el Gato corre al Ratón, el Ratón agujerea la Pared, la Pared ataja al Viento, el Viento corre al Nublado, el Nublado tapa al Sol, el Sol derrite a la Nieve, y la Nieve me quema la patita a mí?
--Más mala es el Agua que me apaga a mí.
Fué la Tenquita donde el Agua y le dijo:
--Agua, ¿por qué eres tan mala que apagas al fuego, el Fuego quema al Palo, el Palo pega al Perro, el Perro corre al Gato, el Gato come al Ratón, el Ratón agujerea a la Pared, la Pared ataja al Viento, el Viento corre al Nublado, el Nublado tapa al Sol, el Sol derrite a la Nieve y la Nieve me quema la patita a mí?
--Más malo es el Buey que me bebe a mí.
Fué la Tenquita donde el Buey y le dijo:
--Buey, ¿por qué eres tan malo que bebes el Agua, el Agua apaga al Fuego, el Fuego quema al Palo, el Palo pega al Perro, el Perro corre al Gato, el Gato come al Ratón, el Ratón agujerea a la Pared, la Pared ataja al Viento el Viento corre al Nublado, el Nublado tapa al Sol, el Sol derrite a la Nieve y la Nieve me quema la patita a mí?
--Más malo es el Cuchillo que me mata a mí.
Fué la Tenquita donde el Cuchillo, y le dijo:
--Cuchillo, ¿por qué eres tan malo que matas al Buey, el Buey se bebe al Agua, el Agua apaga al Fuego, el Fuego quema al Palo, el Palo pega al Perro, el Perro corre al Gato, el Gato come al Ratón, el Ratón agujerea a la Pared, la Pared ataja al Viento, el Viento corre al Nublado, el Nublado tapa al Sol, el Sol derrite a la Nieve y la Nieve me quema la patita a mí?
--Más malo es el Hombre que me hace a mí.
Fué la Tenquita donde el Hombre, y le dijo:
--Hombre, ¿por qué eres tan malo que haces al Cuchillo, el Cuchillo mata al Buey, el Buey se bebe al Agua, el Agua apaga al Fuego, el Fuego quema al Palo, el Palo pega al Perro, el Perro corre al Gato, el Gato come al Ratón, el Ratón agujerea a la Pared, la Pared ataja al Viento, el Viento corre al Nublado, el Nublado tapa al Sol, el Sol derrite a la Nieve y la Nieve me quema la patita a mí?
--Pregúntaselo al Señor que me hizo a mí.
Fué entonces la Tenquita donde su Divina Majestad, y arrodillándose humildemente delante de ella inclinó la cabeza hasta besar el suelo, y le dijo:
--Señor, ¿por qué hiciste al Hombre, que es tan malo, el Hombre hace al Cuchillo, el Cuchillo mata al Buey, el Buey se bebe al Agua, el Agua apaga al Fuego, el Fuego quema al Palo, el Palo pega al Perro, el Perro corre al Gato, el Gato come al Ratón, el Ratón agujerea a la Pared, la Pared ataja al Viento, el Viento corre al Nublado, el Nublado tapa al Sol, el Sol derrite a la Nieve y la Nieve me quema la patita a mí?
Y la Tenquita se puso a llorar tan amargamente que daba lástima verla.
El Señor se compadeció de la desgracia de la pobre avecita y le dijo con mucha dulzura:
--Vete tranquila, Tenquita, a cuidar a tus tenquitos, que están tiritando de frío y muriéndose de hambre.
La Tenquita, como buena cristiana, obedeció al momento y cuando llegó a su nidito se encontró con que tenía buena y sana la patita quemada.
En el cuento que sigue, español, pero que no he visto impreso, el desarrollo es casi el mismo que el de la Tenquita. Lo publico como nota comparativa.
5. EL GALLITO (Cuento de pega)
(Dictado en 1911 por don Victoriano de Castro, español, de 55 años. Lo oyó contar en Belver de los Montes, provincia de Zaragoza, donde el cuento era muy popular, cuando él era niño)
Había una vez en una aldea un Gallo, que recibió una invitación de otro Gallo, primo suyo, para asistir a sus bodas. El Gallo se levantó muy temprano, se acicaló y vistió convenientemente y emprendió el viaje, olvidando tomar el desayuno.
En el camino encontró una boñiga de vaca, toda llena de granos de trigo sin digerir; y aquí vinieron los apuros de mi buen Gallo, que empezó a decir entre sí:
--¿Qué haré? picaré o no picaré? si pico, me mancho el pico, y si no, me muero de hambre.
Así estuvo meditando por algún rato y mirando los granos de trigo, hasta que cayó en la tentación y se dió un buen hartazgo.
Siguió su camino y a poco andar encontró una mata de Malva y le dijo:
--Malva, límpiame el pico, que voy a la boda de mi primo Juan Periquito.
La Malva dijo:
--No quiero.
Más adelante encontró a una Oveja y le dijo:
--Oveja, come a Malva, que Malva no quiso limpiarme el pico, que voy a la boda de mi primo Juan Periquito.
La Oveja dijo:
--No quiero.
Siguió andando y más adelante encontró a un Lobo y le dijo:
--Lobo, come a Oveja, que Oveja no quiso comer a Malva, que Malva no quiso limpiarme el pico, que voy a la boda de mi primo Juan Periquito.
El Lobo dijo:
--No quiero.
Siguió el Gallo su camino y más adelante encontró a un Perro y le dijo:
--Perro, mata a Lobo, que Lobo no quiso comer a Oveja, que Oveja no quiso comer a Malva, que Malva no quiso limpiarme el pico, que voy a la boda de mi primo Juan Periquito.
El Perro dijo:
--No quiero.
A poco andar encontró el Gallo a un Palo y le dijo:
--Palo, apalea a Perro, que Perro no quiso matar a Lobo, que Lobo no quiso comer a Oveja, que Oveja no quiso comer a Malva, que Malva no quiso limpiarme el pico, que voy a la boda de mi primo Juan Periquito.
El Palo dijo:
--No quiero.
Anduvo el Gallo un rato más y se encontró con un Fuego y le dijo:
--Fuego, quema a Palo, que Palo no quiso pegar a Perro, que Perro no quiso matar a Lobo, que Lobo no quiso comer a Oveja, que Oveja no quiso comer a Malva, que Malva no quiso limpiarme el pico, que voy a la boda de mi primo Juan Periquito.
El Fuego dijo:
--No quiero.
Más adelante encontró el Gallo al Agua y le dijo:
--Agua, apaga a Fuego, que Fuego no quiso quemar a Palo, que Palo no quiso pegar a Perro, que Perro no quiso matar a Lobo, que Lobo no quiso comer a Oveja, que Oveja no quiso comer a Malva, que Malva no quiso limpiarme el pico, que voy a la boda de mi primo Juan Periquito.
El Agua dijo:
--No quiero.
Siguió andando el Gallo y más adelante encontró a un Burro, y le dijo:
--Burro, bébete a Agua, que Agua no quiso apagar a Fuego, que Fuego no quiso quemar a Palo, que Palo no quiso pegar a Perro, que Perro no quiso matar a Lobo, que Lobo no quiso comer a Oveja, que Oveja no quiso comer a Malva, que Malva no quiso limpiarme el pico, que voy a la boda de mi primo Juan Periquito.
(Aquí se suspende el cuento y se habla de cualquiera otra cosa. De pronto se dice:--«¿Dónde llegaba? ¿al Palo? ¿al Fuego?»; y cuando contesta alguno:--«Al Burro», se le dice:--«Alzale la cola y bésale el c...»)
6. LA TORTILLA O EL CANARITO ENCANTADO
(Referido por don Osvaldo Martínez, Presbítero, de Santiago, en 1912)
Este era un Rey que tenía una hija única, de una hermosura extraordinaria, virtuosa, caritativa y hacendosa. El Rey la amaba entrañablemente y, como se dice, tenía puestos los ojos en ella.
La Princesa acostumbraba subir todos los días a la terraza del palacio y allí pasaba las horas cosiendo o bordando y recreándose con la vista de las plantas, árboles y flores que adornaban el parque real, que desde allí se dominaba.
Un día que estaba en su acostumbrado trabajo, un lindo Canarito se paró en la rama de un árbol que casi llegaba hasta donde ella estaba sentada, y entonó un canto tan melodioso que la princesa, a fin de oirle mejor, se levantó para acercarse a la avecita, pero apenas se movió de su asiento, el Canarito se fué.
La Princesa, pensando que el pajarito podía volver, hizo colocar una jaula con trampa en el mismo árbol, para cazarlo.
Efectivamente, el Canarito volvió al día siguiente, pero en vez de acercarse a la jaula, se posó en el bastidor de la Princesa y después de gorjear unos cuantos trinos, tomó con el pico una madeja de seda y emprendió el vuelo.