Cuentos populares en Chile

Part 19

Chapter 194,304 wordsPublic domain

Una noche de luna, un caballero tuvo que emprender un viaje de Talca a Pelqui, y para llegar a su destino debía atravesar una montaña a caballo. Al penetrar en ella, el caballo se detuvo espantado, porque debió ver, como vió el jinete, un cadáver tendido en el suelo, no muy lejos, con los brazos abiertos. El caballero también se asustó y para vencer el miedo clavó las espuelas al caballo y lo dirigió derecho hacia el cadáver. Al llegar cerca de él, pudo darse cuenta de que lo que había tomado por un muerto era el tronco de un árbol que el tiempo había derribado; con lo que desapareció todo temor y siguió tranquilo su camino.

A poco andar, ve pasar algo extraño por entre los árboles, y el caballo vuelve a detenerse: era un león. Prepara el viajero un trabuco que llevaba consigo, que era el arma que se usaba en aquellos tiempos, y después de disparar, ve que lo que le había parecido un león era la sombra que proyectaba la cumbre de un cerro vecino.

Cuando concluyó de pasar la montaña y entró al valle, le sale al encuentro una viuda,[L] a caballo, que sigue el camino a la par de él. El caballero le dirige la palabra, pero ella no le contesta. Después de avanzar largo trecho, en silencio, uno al lado del otro, la viuda deja su caballo y de un salto se sienta al anca de la cabalgadura de su compañero, que intenta tomarla, pero no encuentra a nadie.

Adelanta el caballero en su camino, y a poco andar ve que se eleva de la tierra algo como una nube; fija su atención y ve que es un fantasma. Temeroso del peligro que pudiera acarrearle tal encuentro, huye a toda rienda, y el fantasma detrás. Por suerte, en su carrera desenfrenada, tropieza con una choza, en la que se mete con caballo y todo.

En ese momento empieza a amanecer y con la claridad del día se desvanece todo temor; pero la impresión de lo que le había sucedido le duró mucho tiempo al caballero.

MALDICION

35. EL RISCO DEL ARRIERO

(1910).

En el cerro de las Petacas, departamento de Colchagua, hay un risco muy grande que tiene una mancha amarillenta que representa a un arriero que tiene una mula a su lado. Dicen que en tiempos antiguos, un fraile salió, en ese sitio, a pedir limosna a un arriero que conducía una mula con una carga de plata, y no sólo no le dio nada, sino que lo injurió. El sacerdote lo maldijo, y tanto el arriero como la mula quedaron incrustados en la piedra.

En otro risco que está cerca, se ve otra mancha amarillenta, que semeja la figura de un fraile.

TESOROS

INFORMACIONES:

I.--Los entierros están siempre en pailas de cobre y a los pies de un boldo o de una patagua. En la noche, entre 7 y 8, salen candelillas del punto en que está oculto el tesoro.

II.--Cuando se encuentra un entierro, se toma de él nada más que una moneda, que se guarda sin gastarla, durante un año. Transcurrido el año se puede sacar lo demás. Al hallar el entierro, se deben mandar decir cinco misas por el alma del que fué dueño del tesoro.

36. EL ENTIERRO DEL NARANJO

(Referido en 1911, por D. J. Andrés González, de 55 años, de Santiago.)

En 1890, más o menos, en una casa situada en la calle de la Recoleta, de Santiago, frente a la iglesia de este nombre, en la cual vivió y murió un clérigo, habitaba un hombre que se llamaba Pedro (el informante no se acuerda del apellido), que tenía una tienda en la misma casa, y a su servicio un muchachito como de 12 años. Una mañana encontró el dicho Pedro al muchachito tendido en el patio, sin conocimiento; después de hacerle algunos remedios, volvió en sí, pero muy asustado. El patrón le preguntó qué le había pasado, y aunque haciéndose mucho de rogar, contó al fin que en la noche salió a hacer una necesidad y cuando volvía vió en el patio, debajo de un naranjo, a un clérigo que le dijo que ahí mismo había dejado una gran cantidad de plata enterrada. Pedro dijo al muchacho que habría soñado y que no hiciera juicio de leseras. Al día siguiente le pagó el sueldo de un mes, le ordenó que se fuese a medicinar a su casa y que no volviera hasta que estuviere bien bueno.

En la misma noche el hombre se puso a cavar, y efectivamente encontró un entierro. Realizó su negocio y se fué para el campo a trabajar en tienda y despacho.

De la plata que encontró debajo del naranjo, nada gastó hasta pasado un año, pues, de otro modo, la habría perdido toda.

Fué muy rico, pero se botó a tunante y no pasó de una modesta medianía.

37. LOS DOS VIAJEROS

(Contado por D. Francisco 2.º Vásquez, en 1911.)

Dos hombres habían salido a hacer una excursión a pie, y después de mucho andar se extraviaron y rendidos de fatiga se recostaron en la tierra, a la sombra de unos árboles. Uno de los excursionistas se quedó dormido casi inmediatamente, pero el otro no pudo cerrar los ojos y se sentó a fumar un cigarrillo. Mientras fumaba, miró a su compañero, que seguía durmiendo como un ángel de Dios, y se extrañó sobremanera de ver que de su boca salían unos como globitos de colores que se desvanecían en el aire, pero de repente salió uno mucho más grande que los otros que se elevó un poco y después siguió en dirección hacia el oriente, rodeado de unos cuantos jotes que lo acompañaban dando manifestaciones de alegría. Esto le llamó mucho la atención y, levantándose, siguió al globo y a sus acompañantes, los cuales no se detuvieron sino al llegar al pie de un peñasco situado en la falda de un cerro cercano, debajo del cual se introdujo el globo. El hombre dejó una señal y volvió a reunirse con su compañero, que todavía dormía. Para despertarlo, lo remeció fuertemente; pero fué menester repetir tres veces la operación para que produjera resultado. El dormilón, al despertar, dijo a su amigo:--“Soñaba un sueño muy lindo: que iba por un camino y me encontraba con unos amigos que me recibieron muy alegremente y me dijeron que me iban a regalar un tesoro; cuando tú me despertaste, me llevaban a mostrármelo”.

El amigo escuchó la relación, y en seguida condujo a su compañero al pie del peñasco y sin contarle lo que había visto, lo invitó a que lo acompañara a cavar en el lugar en que había visto desaparecer el globo de color, y, como lo esperaba, a las pocas azadonadas, tropezaron con una gran paila llena de onzas de oro.

Sólo después de repartirse el tesoro entre los dos, contó el que había estado en vela a su amigo dormilón todo lo que había visto.

38. EL CLERIGO

(Contado por D. Francisco 2.º Vásquez, en 1911.)

Hace tiempo, nadie se atrevía a pasar por unos callejones que hay cerca del río Putagán, porque de improviso, sin que supieran de dónde salía, se presentaba a los transeúntes un sacerdote y, aunque nada les hacía, se apoderaba el miedo de ellos y volvían pie atrás, huyendo despavoridos.

Una vez un hombre que tenía que ir a dejar unas cargas de trigo a un lugar vecino a donde se podía llegar por esos callejones o por otro camino, dijo que iría por los callejones y que se reía del sacerdote que contaban se aparecía y que no le importaba nada aunque le salieran todos los curas y frailes de la tierra, que para defenderse de ellos le bastaba un cuchillo que llevaba, de una media vara de largo; y aunque su mujer y sus amigos le rogaron que no hiciera tal, él partió para los callejones.

Pocas cuadras había andado por ellos, cuando se le aparece el sacerdote y se le pone por delante; pero nuestro hombre saca su cuchillo y la emprende contra la aparición. El cura vuelve cara y toma la fuyenda y el hombre le sigue de atrás blandiendo su arma, aunque sin lograr alcanzarlo. Improvisamente el clérigo desapareció por entre unos matorrales, sin dejar huella alguna; pero como el hombre vió el lugar por donde el sacerdote se hizo humo, se puso a cavar la tierra con el cuchillo, que de pronto tropezó con un cuerpo duro, hasta que dejó descubierta una gran tinaja que destapó y vió que estaba llena de monedas de oro y plata. Entonces fué a buscar las cargas de trigo y, vaciándolas, llenó los sacos de monedas y se volvió a su casa.

Cuando llegó era ya de noche y le dijo a su mujer que encendiera luz.

--No hay mas que un cabito de vela--le dijo ella.

--Enciéndolo--le contestó el marido.

Lo encendió ella, y él entró los sacos y los vació en medio de la pieza. La mujer, cuando vió tanta riqueza, casi se desmayó, y dijo al marido toda asustada y llorando:

--¿Qué has hecho, desgraciado? ¿Dónde has robado toda esa plata?

El marido la tranquilizó contándole cuanto le había sucedido.

Hizo aún dos viajes más y llegó a ser el hombre más rico de su tierra. Vive todavía en Chillán.

EL DIABLO

39. EL NIÑO DENTUDO

(1910.)

Yendo un inquilino tranquilamente por la orilla de una cerca, sintió unos vagidos que salían de un matorral; se acercó a él y entre las malezas vió a un hermoso niño, al parecer de pocos meses, al que tomó en sus brazos y acarició; sonrióse la criatura, y como al sonreirse entreabriera la boca, alcanzó el campesino a divisar en las encías unas cosas blancas como dientes. Admirado, le dijo:--“¡Conque tiene dientes, m’hijito!”--“¡Y grandazos!”, le contestó el pequeñuelo. Y efectivamente, vió el hombre que de la boca del niño salían unos dientes descomunales. En esto conoció que lo que él había tomado por una guagua era el Diablo en persona, y asustado, lo disparó lejos, exclamando “¡Ave María Purísima!”, y el Diablo, en el mismo instante reventó, dejando en su lugar, como es de cajón, un humo denso con fuerte olor a azufre.

40. EL DIABLO BAILARIN

(1910.)

Es fama que en el siglo XVIII el Diablo era grande amigo de los mineros de Petorca, donde había sentado sus reales. En los días de pago, bajaba con ellos al pueblo, o a los lugares inmediatos, a remoler y a bailar cueca en la plazuela del Diablo, situada casi donde termina la calle de Silva, o en el cerro de la Plaza y en el del Piojo.

Una vez que bailaba en este último, lo hacía tan bien que un minero no pudo menos de exclamar:--“¡Virgen Santísima, y qué bien baila este roto!”; y el Diablo, al oir la invocación a la Virgen, reventó, dejando el lugar pasado a azufre quemado.

41. EL HIJO DEL DIABLO

No hace aún muchos años vivía en Petorca un anciano pequeñito y rechoncho, de unos setenta años de edad, conocido con el nombre de ño Vicentito Cuchucho, cuyos primeros pasos en el mundo aparecen revestidos por la imaginación popular de influencias fantásticas y misteriosas.

Se cuenta que estando la madre de este hombrecito esperando de un momento a otro la llegada de una guagua, pidió a su marido que le diese dinero para comprarle ropas. El marido, que era un viejo de más de sesenta años y que miraba con desconfianza el embarazo de su mujer, le contestó que no le daría ni un centavo, porque la criatura que iba a dar a luz no era de él. La mujer, indignada, al oir esta respuesta, lloró y preguntó al esposo:

--Entonces ¿de quién es?

--Eso lo sabrás tú mejor que yo, replicó el marido; pero no es mío.

A lo cual repuso la mujer:

--Entonces será del Diablo, y él me dará lo que necesito.--Y nunca más volvió a pedir dinero a su marido.

Cuando llegó el momento del parto, apareció de repente en la pieza de la enferma un gran canasto completamente lleno de ropas para niño recién nacido, entre las que se veían desde el ombliguero de tela de hilo hasta las mantillas de la más suave y sedosa bayeta, sin que faltaran las gorritas de punto ni las mediecitas tejidas de lana.

¿Quién había traído ese canasto? ¿Por dónde y cuándo lo habían entrado? Nadie pudo dar razón.

Desde los primeros días del nacimiento del niño pudo comprobarse el interés que por él y la madre tomaba el Diablo, que no era otro quien había llevado la ropita. Siempre encontraba la madre cerca de ella la riquísima cazuela de ave, el excelente ulpo de harina tostada y la sabrosa mazamorra, los mejores remedios, los dos últimos, para que las que crían tengan leche buena y abundante. Al chico le hacía cariño a su modo: a veces lo encontraban encima de las vigas de la casa, otras en un sobrado, y una vez lo hallaron jugando con un muñeco, entre las ramas de un álamo.

Por supuesto que nadie veía al Diablo, pero todos le echaban a él la culpa de lo que ocurría; y la madre, justamente alarmada, hizo bautizar al niño con toda prontitud, creyendo que con hacerlo cristiano cesarían las atenciones y cuidados de Satanás. Pero fué inútil, porque el Diablo siguió en las mismas.

Entonces recurrió la madre a un santo cura de apellido Toledo, que tenía fama de ser el mejor exorcista del país, para que ahuyentara al demonio, lo que al fin logró, no sin haber experimentado grandes trabajos y tenido que sufrir pesadas bromas del enemigo malo.

El cura Toledo, para llegar a la casa amagada por el Diablo, tenía que atravesar una estrecha puente formada de una sola tabla, que cruzaba un cequión. Pues bien, cuando el santo varón iba por la mitad de la puente, el Diablo la volcaba y el cura caía al agua, hazaña que celebraba el Diablo con grandes carcajadas, diciendo: “¡Ya eché al agua al pato jergón!”[M]

Nada dice la leyenda qué fué del padre de ño Vicentito Cuchucho, y de éste sólo se sabe que vivió siempre de su trabajo, cultivando una pequeña heredad que le pertenecía, y que, hasta que murió, se le conoció con el apodo de =Hijo del Diablo=.[N]

PACTOS CON EL DIABLO

42. EL DIABLO GENEROSO

Un caballero tenía una gran hacienda que carecía de riego, por lo cual no le dejaba sino pérdidas en los años secos.

En el fundo vecino vivía otro hacendado que estaba perdidamente enamorado de la señora del primero, a la cual cortejaba a escondidas del marido y de continuo le decía que se fuera con él. Ella le contestaba que nunca abandonaría a su esposo, porque ella era cristiana y jamás faltaría a sus deberes, y además su marido era una persona excelente y muy bondadoso con ella.

Pero el caballero la persiguió mucho tiempo, y la señora, para librarse de él, le prometió que si le daba agua abundante al fundo de su esposo y lo dotaba de molinos, en una noche, haría lo que deseaba. Entonces el caballero llamó al Diablo y le dijo que si en la noche cumplía con la condición que la señora de su vecino le había impuesto, le entregaría su alma en el plazo de un año. El Diablo le prometió que lo haría así, y picándole una vena le sacó sangre y le hizo firmar una cédula para sellar el pacto.

A media noche se sintió un ruido muy grande en la hacienda del marido, quien despertó a su mujer y le preguntó:--“¿Sientes ese ruido? ¿Qué será?”--y ella le contestó:--“No sé, ni se me ocurre qué pueda ser”--Levantóse el marido a ver cuál era la causa de ese ruído, y se encontró con que en su fundo había una instalación completa de molinos en movimiento, y con que abundante agua corría por numerosas acequias que antes no existían. Volvió al dormitorio y preguntó nuevamente a su esposa qué significaba eso, y tanto insistió en sus preguntas que al fin le sacó la verdad. Entonces la mandó que se fuera a casa del pretendiente para que el Diablo se lo llevara con razón.

La mujer llegó llorando a casa del otro y le refirió cómo su marido la mandaba a cumplir lo prometido. El caballero le contestó:

--“¿Tan honrado es tu marido? No seré yo menos que él; te respeto; vete”.

En ese momento llegó el Diablo y preguntó al hacendado si estaba contento, y éste le dijo que siendo el marido de la niña tan honrado que no había permitido que su esposa faltase a su palabra, él no se había atrevido ni a tocarla y le había ordenado que se fuera para su casa.

El Diablo dijo entonces:--“¿Con que así son las cosas? A caballero no me la ganará ninguno de los dos. Toma tu cédula”. Y desapareció.

Todos quedaron contentos: el caballero enamorado, libre de su amor criminal; el marido, con su mujer; y la hacienda, con buen riego y con molinos.

43. LAS DOCE PALABRAS REDOBLADAS

(Contado por la Sta. Zoila Guerrero Gutiérrez, Prado de Peñaflor. Febrero de 1923.)

Una señora viuda tenía una hija muy hermosa, y se servían para los menesteres de la casa de un negro esclavo que se llamaba Pancho, hombre trabajador y buen cristiano.

La niña fué creciendo en edad y en hermosura y el cariño que el negro tenía a su amita se fué convirtiendo en amor, pero en un amor tan grande que Pancho no comía, ni dormía, ni tenía valor para trabajar.

El pobre negro rezaba, se encomendaba a Dios y a todos sus santos para que lo libraran de aquella pasión que no lo dejaba vivir; pero el cielo se había puesto sordo y no oía sus oraciones.

Desesperado y no hallando qué hacerse, salió una noche de la casa y se fué al cerro a llamar al Diablo para que lo ayudara. Acudió el Diablo al llamado, y a las súplicas del negro contestó:

--Si quieres, haré que Rosita--así se llamaba la niña--se enamore de ti y se case contigo, pero dentro de veinte años vendré a buscarte, y si no sabes contestarme las doce palabras redobladas, tu alma me pertenecerá.

--Está bien, contestó Pancho, radiante de alegría, convengo en ello.--Y con sangre que extrajo de sus venas, firmó la cédula del pacto que acababa de aceptar y que el Diablo le pasaba.

Al otro día temprano se dirigió el negro a casa de sus amos. La señora y la niña estaban en el balcón. La niña, al verlo, dijo a la mamá:--Mire, mamá, ahí viene Panchito.--¿Qué es eso de Panchito?--preguntó extrañada la madre, porque la joven siempre había llamado al negro con el nombre de Facico y tratádolo con cierto desprecio. Pero Rosita no contestó nada. Y el caso es que desde entonces Rosita se llevaba con Panchito para arriba, Panchito para abajo, Panchito por aquí, Panchito por acá, en fin, que todo era Panchito.

Hubo que dejarla casarse con él, porque la cosa no tenía remedio, pero tuvo que salir de la casa con su negro, no llevando consigo sino una imagen de San Pedro, de quien era muy devota, y que fué lo único que la dejaron sacar.

Rosita vivió muy feliz y muy enamorada de su Pancho, que hacía cuanto estaba de su parte para hacerle liviana la vida, trabajando como un negro, verdaderamente, y cuidando de que nada les faltara a su mujer y a los cuatro hijos que habían tenido, cuatro lindos mulatitos, que eran el encanto y la alegría del matrimonio.

Pero, como muy bien dice la copla,

Todo gusto es momentáneo;

sobre todo si hay un contrato de por medio. El plazo en que terminaba el pacto se aproximaba rápidamente, y el Diablo tenía buen cuidado de presentarse de vez en cuando a Pancho a recordárselo:

--Pancho, que dentro de un mes te paso a buscar...--Pancho, que ya no te quedan sino quince días para que te vengas conmigo...--Pancho, que sólo falta una semana... etc.

Y al pobre Pancho se lo comía la tristeza; y por más que averiguaba entre sus relaciones, nadie conocía las doce palabras redobladas, que habían de librarlo de las garras del Demonio.

Rosita, que notó cómo sufría su marido, le pedía y rogaba por lo que más amaba, le dijera el motivo de sus penas, y sólo después de reiterarle repetidamente sus ruegos, le confesó cuanto le había sucedido y que ya no faltaban sino dos días para que el Diablo viniera a llevárselo.

Rosita, que, como se ha dicho, era tan devota de San Pedro, dijo a su marido:

--Encomendémonos al Santo y pongámonos en sus manos; estoy segura de que él nos librará del Malo, porque siempre me ha tenido lástima y me ha sacado con bien de todos los peligros en que me he encontrado. Y ambos se arrodillaron ante la imagen del Príncipe de los Apóstoles y rezaron con todo fervor.

Era la última noche que, según el pacto celebrado con el Diablo, quedaba de vida a Pancho. En la cara del pobre negro y en la de su mujer, surcadas de lágrimas, se marcaba el intenso dolor que los consumía. El silencio era profundo. De pronto se oyeron tres golpes en la puerta. Salió Pancho. El que llamaba era un pobre hombre que con voz lastimera pedía alojamiento por esa noche. Se había extraviado--dijo--y no sabía dónde dormir. Rosita, que oía lo que hablaban, desde su asiento invitó al hombre a que entrara y le alargó una silla. Era un anciano, calvo, de rostro venerable y simpático adornado de poblada y canosa barba.

Embelezados con la conversación del anciano, habían olvidado su desgracia y el peligro inminente que les amenazaba y oyéndole, pasaron insensiblemente las horas. Cuando el reloj comenzó a dar las 12, se oyó un fuerte golpe en la puerta y una voz seca y chillona que preguntaba:

--Amigo, ¿sabe las doce palabras redobladas?

--Sí las sé--contestó el viejecito poniéndose de pie e imitando la voz de Pancho, antes de que éste respondiera,--empieza a preguntar, que yo te iré contestando.

--Está bien, dijeron desde afuera. Amigo, dígame la una.

--Aunque no soy tu amigo, sino tu enemigo, la una te diré: Una ¿qué es una? la Virgen que nació en Belén y siempre vivió pura.

--Está bien: ahora, amigo, dígame las dos.

--Aunque no soy tu amigo, sino tu enemigo, las dos te diré: Dos ¿qué son dos? las dos tablas de la ley que Dios entregó a Moisés en el monte Sinaí. Una ¿qué es una? la Virgen que nació en Belén y siempre vivió pura.

--Bien: ahora, amigo, dígame las tres.

--Aunque no soy tu amigo, sino tu enemigo, las tres te diré: Tres ¿qué son tres? las tres Marías, que brillan en el cielo para nuestro contento y alegría. Dos ¿qué son dos? las dos tablas de la ley que Dios entregó a Moisés en el monte Sinaí. Una ¿qué es una? la Virgen que nació en Belén y siempre vivió pura.

--Bien: ahora, amigo, dígame las cuatro.

--Aunque no soy tu amigo, sino tu enemigo, las cuatro te diré: Cuatro ¿qué son cuatro? los cuatro Evangelistas: San Marcos, San Lucas, San Mateo y San Juan. Tres ¿qué son tres? las tres Marías, que brillan en el cielo para nuestro contento y alegría. Dos ¿qué son dos? las dos tablas de la ley que Dios entregó a Moisés en el monte Sinaí; Una ¿qué es una? la Virgen que nació en Belén y siempre vivió pura.

--Bien: ahora, amigo, dígame las cinco.

--Aunque no soy tu amigo, sino tu enemigo, las cinco te diré: Cinco ¿qué son cinco? Las cinco llagas principales que hirieron a Jesús crucificado. Cuatro ¿qué son cuatro? los cuatro Evangelistas: San Marcos, San Lucas, San Mateo, y San Juan. Tres ¿qué son tres? las tres Marías, que brillan en el cielo para nuestro contento y alegría. Dos ¿qué son dos? las dos tablas de la ley que Dios entregó a Moisés en el monte Sinaí. Una ¿qué es una? la Virgen que nació en Belén y siempre vivió pura.

--Bien: ahora, amigo, dígame las seis.

--Aunque no soy tu amigo, sino tu enemigo, las seis te diré: Seis ¿qué son seis? las seis candilejas que ardían en el templo de Jerusalén. Cinco ¿qué son cinco? las cinco llagas principales que hirieron a Jesús crucificado. Cuatro ¿qué son cuatro? los cuatro Evangelistas: San Marcos, San Lucas, San Mateo y San Juan. Tres ¿qué son tres? las tres Marías, que brillan en el cielo para nuestro contento y alegría. Dos ¿qué son dos? las dos tablas de la ley que Dios entregó a Moisés en el monte Sinaí. Una ¿qué es una? la Virgen que nació en Belén y siempre vivió pura.

--Bien: ahora, amigo, dígame las siete.

--Aunque no soy tu amigo, sino tu enemigo, las siete te diré: Siete ¿qué son siete? son los siete cielos. Seis ¿qué son seis? las seis candilejas que ardían en el templo de Jerusalén. Cinco ¿qué son cinco? las cinco llagas principales que hirieron a Jesús crucificado. Cuatro ¿qué son cuatro? los cuatro Evangelistas: San Marcos, San Lucas, San Mateo y San Juan. Tres ¿qué son tres? las tres Marías, que brillan en el cielo para nuestro contento y alegría. Dos ¿qué son dos? las dos tablas de la ley que Dios entregó a Moisés en el monte Sinaí. Una ¿qué es una? la Virgen que nació en Belén y siempre vivió pura.

--Bien: ahora, amigo, dígame las ocho.