Cuentos populares en Chile

Part 18

Chapter 184,336 wordsPublic domain

Cuando madre e hija llegaron a su pieza, al amanecer, se encontraron con el cuerpo inanimado del chacarero, y, para castigarlo, la señora lo convirtió en burro, y lo ocuparon desde entonces para traerlo cargado de leña que iban a buscar a un cerro cercano. Pasó así mucho tiempo, hasta que una noche, la hija menor (no la que había volado) le dijo al burro:--“Te voy a volver hombre, pero con la condición de que te vayas lejos de aquí y no vuelvas más”. Y lo llevó a un sitio en que la señora tenía una plantación de repollos, y tomando uno muy chiquito, se lo dió a comer. En cuanto el burro devoró el repollito, se convirtió en hombre, y dando las gracias a su bienhechora, se fué. Al llegar el día, se encontró en un bosque muy oscuro, y unos leñadores que andaban por ahí, viéndolo desnudo, le fueron a buscar ropa. El hombre se quedó trabajando con ellos y les contó lo que le había sucedido.

24. EL FALTE BRUJO.

(Me lo contó, en 1911, el joven D. Carlos Puccio, de 17 años, de Molina.)

Hay en Molina un falte que se llama Miguel Molina y es brujo y poeta.

Cuentan de él que una vez, en la Cordillera, se subió en pelo en un caballo blanco muy lindo que pacía en un potrero y vieron que de repente desapareció con la cabalgadura. Dicen que llegó hasta la Argentina, pues ese mismo día lo vieron allá conversando con un amigo suyo.

Otra vez, que andaba vendiendo su mercadería por unos caminos, un hombre que conducía una carreta le sacó de la caja un pañuelo; él se hizo el que nada había visto y lo dejó irse; pero una vez que el hombre se hubo adelantado como tres cuadras, la carreta comenzó a retroceder hasta que llegó cerca del falte y el carretero tuvo que devolverle el pañuelo robado.

25. LOS BRUJOS DE PEUMO.

(Procede de D. Roberto Rengifo, quien me entregó escrita esta relación en 1921.)

Cerca del pueblo de Peumo, capital del departamento de Cachapoal, hay unos cerros aislados cuyas cumbres tienen la forma de bonetes cónicos de punta alta redondeada, y a ellos acostumbra ir la gente de los alrededores a holgarse y divertirse los días domingos, llevando causeos y licores. El más grande de estos cerros se llama Gurutrén o Gulutrén.

Vivían en ese punto, no hace aún muchos años, algunos pobres descendientes de los aborígenes, que pasaban por brujos entre los pobladores modernos, atribuyéndoles que, como en la cumbre del Gulutrén bailaba el Diablo, subían ellos los sábados a hacer licanes o untos para echarse en el cuerpo y salir volando como los chonchones.

Cuentan que el carpintero de la hacienda de Codao, que era la más grande y próxima de aquellos contornos, se perdía los sábados, de Peumo, y las malas lenguas lo atribuían a que tenía tratos con los brujos. Y en prueba de ello referían que algún tiempo después, queriendo volar él también, subió con los otros brujos al Gulutrén, se echó los untos y diciendo “Sin Dios ni Santa María”, se tiró desde la cumbre y de repente se encontró en el aire volando entre una bandada de chonchones; pero, al pasar por sobre las casas del fundo y divisarlas tan abajo, asustado exclamó: “¡Ave María, que vamos bien alto!”, y en el acto se cayó y se mató. El domingo por la mañana lo encontraron reventado, en medio del camino, frente a las casas[J].

26. LA APARICION DE LA CULEBRA.

(Me lo contó en 1911 el niño D. Juan Pereira, de 16 años, de Cauquenes.)

Un caballero invitó a almorzar a una comadre que pasaba por bruja, y en medio del almuerzo le preguntó si era cierto lo que de ella se decía, y le pidió que si lo era efectivamente, hiciese que le apareciera a él una culebra enroscada en el brazo derecho. La comadre se quedó callada; pero al poco rato el caballero sintió como que se le adormecía el brazo, y poco a poco fué apareciendo una culebra, que momento a momento le estrechaba más el brazo. Entonces el caballero le pidió que la hiciera desaparecer, pero la comadre le dijo que ella misma no podía hacerlo; que tenía que ir a casa de otra bruja, que le indicó; y que llevara de unas yerbas de que le entregó un buen manojo. Fué allá, y la otra bruja le sobó el brazo con el zumo de las yerbas y la culebra fué desapareciendo poco a poco.

27. EL COMERCIANTE CONVERTIDO EN BURRO.

Nicolás Fuenzalida, de 70 años, guardián de la Biblioteca Nacional, me contó, en 1920, en presencia de varios empleados de la misma Biblioteca, que siendo joven de unos veinte años, había sido mozo de un rico comerciante que recorría todo el Sur con una recua de mulas cargadas de mercaderías, y él era uno de los diez o más hombres que lo acompañaban para el servicio y resguardarlo de los bandidos que en aquel tiempo infestaban los caminos; y que una vez que iban de viaje, se alojaron en casa de un campesino acomodado que tenía varias hijas muy hermosas. Comieron bien y se fueron a dormir, el patrón solo, en una pieza cómoda y bien amueblada, y ellos, en el pajar, cuidando de las bestias. Debían continuar el viaje al día siguiente, pero el comerciante no apareció, sin embargo de que nadie lo había visto salir. Esperaron tres días y como el comerciante no pareciera, dieron aviso al Subdelegado, que, mientras tanto, se hizo cargo de las mulas y de las cargas.

Fuenzalida y los demás mozos se fueron cada uno por su lado.

Pasados algunos años, Fuenzalida se encontró en Santiago con su antiguo patrón y le preguntó qué le había sucedido en aquella ocasión. El comerciante le contó que el campesino dueño de la casa en que alojaron, lo había sorprendido a media noche con la menor de las niñas y, en venganza, lo había convertido en burro, porque era brujo; que lo había tenido así seis meses haciéndolo trabajar hasta dejarlo rendido, y todas las noches, antes de irse a acostar, le propinaba una paliza que lo dejaba todo derrengado; que pasados los seis meses, le había dicho:--“Creo que ya estás bien castigado de la falta de lealtad con que pagaste la hospitalidad que te di; pero si quieres volver a ser hombre, tendrás que firmarme una escritura por la que conste que te he comprado y pagado las mulas y mercaderías que todavía están en poder del Subdelegado, y entregues 10,000 pesos a mi hija, como dote; si no, seguirás siendo burro toda tu vida”. No tuve más remedio que aceptar, pues, de haberme negado, todavía sería burro y estaría viviendo a razón de hambre y yéndome a dormir previa una formidable paliza cada noche.

28. EL CABALLERO QUE QUISO APRENDER A BRUJO.

(Referido por D. Francisco 2.º Vásquez.)

Un caballero fue a visitar a un amigo y se quedó a tomar once. Servido el té, el amigo tomó una bandeja, se fué al rincón de la sala y se puso a decir:--“¡Vengan galletas! ¡vengan tostadas!” y aunque repitió estas frases varias veces, la bandeja continuaba vacía. Entonces salió al patio, y el caballero, desde donde estaba sentado, lo veía mover los labios como si murmurase unas palabras. Después de lo cual entró y se dirigió nuevamente al rincón con la bandeja y comenzó a repetir las mismas frases:--“¡Vengan galletas! ¡vengan tostadas!”, y la bandeja, en un instante se cubrió de galletas y tostadas riquísimas; pero muchas de las visitas que había en la casa no quisieron ni siquiera probarlas, por temor de que les ocurriera alguna desgracia.

Cuando se retiraron las visitas, el caballero le dijo a su amigo:--“Quisiera que me enseñaras la manera de conseguir los alimentos que pida”.--“No sólo los alimentos--contestó el amigo--sino todo lo que uno desee. Ven mañana, en la noche, y te enseñaré”. Volvió el caballero al otro día, ya oscuro, y el amigo lo llevó a una pieza apartada de la casa y ahí los dos se desnudaron completamente. El caballero tenía colgado al cuello un _detente_; el amigo le ordenó que se lo sacara y lo tirara afuera por una ventana, lo que hizo el otro. Esperaron las 12 de la noche y se fueron a un cerro cercano y cuando estuvieron arriba, el amigo balbuceó unas palabras que el caballero no entendió e inmediatamente se vieron rodeados de multitud de animales feroces y alimañas horribles. El amigo se puso a acariciar a un culebrón, que se le enrolló en el cuello, y le dijo al caballero:--“Toma tú el animal que más te guste”. El caballero tiritaba de miedo y dijo a su amigo que mejor no le enseñara el arte de ser brujo porque jamás se atrevería a ejercitarlo. Entonces el amigo murmuró unas cuantas palabras y el caballero se encontró vestido en la puerta de su casa.

29. EL ZAPATERO QUE SE VOLVIA GALLO.

Siendo yo empleado de la Administración principal de Correos de Santiago (1888), desempeñaba el puesto de Oficial 2.º de la misma Administración don Francisco Muñoz Donoso, hermano del canónigo y famoso orador sagrado don Esteban Muñoz Donoso, en cuya compañía, y en la de toda su familia, vivía en la calle de Santa Rosa.

Un día que varios empleados de la oficina hablábamos de los tipos raros de Santiago, Muñoz Donoso nos refirió la curiosa historia de un zapatero que contaba haberse vuelto gallo, y habiendo yo manifestado deseos de oir de boca del mismo zapatero protagonista tan peregrina relación, me llevó a casa del zapatero, que también vivía en la calle de Santa Rosa.

El zapatero era un hombre entrado en años, de gesto alegre y de rostro simpático, a pesar de faltarle un ojo, cuyos párpados se hundían dentro de la cuenca.

Sabedor del objeto de mi visita y a la vista de dos chauchas que deposité sobre su mesa de trabajo, desató la sinhueso, y se lanzó a contarme aquella historia:

“Vivía en esta misma calle, cerca de mi casa, señor, un caballero rico que había perdido su fortuna en las peleas de gallo, a que era extremadamente aficionado. Un día que este caballero me trajo unos zapatos para que se los remendara, se puso a departir conmigo y a quejarse de su mala suerte: ya no le quedaban más de 200 pesos de los muchos miles que había tenido y pensaba jugarlos el domingo próximo apostando a un famoso gallo inglés que debían llevar ese día a la cancha. Yo le dije:--Antes de ir a la cancha, pase, señor, por mi cuarto, yo dejaré la puerta junta para que entre, y en mi mesita de trabajo encontrará una jaula con un buen gallo de pelea; llévelo y apueste cuanto pueda a ese gallo y esté seguro de que ganará. A la vuelta pasa a dejar la jaula donde la encontró, y, al lado, cinco pesos por cada apuesta que gane.

“Llegó el domingo, y yo, señor, que entonces practicaba el arte, me volví gallo y me metí adentro de la jaula. Pasó el caballero, me llevó a la cancha, y despaché con toda facilidad cuatro o cinco gallos, incluso el famoso gallo inglés.

“En cuanto, de vuelta, me dejó en la mesa y se fué el caballero, salí de la jaula y me volví hombre y encontré en el sitio convenido más de cien pesos.

“Al otro día me dijo el patrón que había ganado como 5,000 pesos y quedamos en que el domingo volvería a buscar el gallo. Me volvió a llevar, y como en la vez anterior, maté todos los gallos que me pusieron al frente, y así siguió sucediendo por más de un mes, el caballero llenándose de plata y yo ganando cada domingo entre ciento y ciento cincuenta pesos, de suerte que, como estaba en la pura boya, ya ni siquiera trabajaba. Señor, todo el mundo me agarró miedo y ya no querían apostar en mi contra, porque todos se estaban arruinando. Pero sucedió que una vez, al dar fin a la pelea, un hombre flaco y muy feo, que por primera vez se le veía en la cancha, desafió a mi patrón para el domingo siguiente, diciéndole que él llevaría un gallo que valía más que el de mi patrón y que desde luego le apostaba 20,000 pesos.--“Convenido, le dijo mi patrón”, y tomando la jaula, la dejó en mi pieza con la parte de ganancia que me correspondía. Yo, señor, si le he de decir verdad, cuando oí el desafío de aquel hombre tan feazo, me dió un poquito de susto, pero, cuando llegó el domingo, para criar valor, porque el susto me duraba, tomé un buen trago de aguardiente, me volví gallo y me metí en la jaula. Cuando llegamos a la cancha, ya estaba ahí el hombre flaco, con un gallo macizo, señor, un gallo que era gigante entre los gallos, y renovó su apuesta. Fueron a los 20,000 pesos y nos pusieron a mí y a mi contrario frente a frente.

“Señor, la pelea fué tremenda. Al ver a aquel gallazo tan grande se me picó el amor propio y me hirvió la sangre.--“¡Clo, clo, clo!--dijo mi enemigo después de un buen rato de pelea en que no habíamos hecho más que arrancarnos las plumas, y me lanza tan feroz estacazo en el ojo derecho que me lo vació por completo y casi perdí el conocimiento; pero me sostuvo la rabia y el aguardiente que había tomado, y me le fuí a la carga con todo denuedo; él se defendía también valerosamente, y el espectáculo presentaba tantos atractivos que los jugadores curiosos ni respiraban siquiera. Yo estaba, señor, ciego de la rabia de haber quedado tuerto, y criaba más valor al oir que todos apostaban contra mí.--“Van 20,000 pesos más”, gritaba el hombre flaco.--“Van 20,000 más”, contestaba mi patrón. Creo que entre todos los jugadores apostarían más de 100,000 pesos a favor del otro gallo. El caso es que de tanto pelear estábamos los dos contendientes bien cansados, pero yo veía que el otro estaba más gastado que yo; y picotazo va y picotazo viene, y un espolonazo chingado y otro que se perdía en el aire, pillé a mi enemigo en un descuido y... ¡Clo, clo, clo, clo!... con todas las fuerzas que me quedaban, le atravesé con la espuela la cabeza y lo dejé tendido, muerto. Señor, no se oían mas que las maldiciones de los perdidos, que eran casi todos los que ahí estaban, y la voz del patrón que contaba la plata que recibía y se embolsicaba muy placentero.

“El patrón me dejó al lado de la jaula $5,000, y al otro día, al verme tuerto, me preguntó qué me había pasado. Sólo entonces le conté que era yo el que peleaba convertido en gallo, y le dije que ya no pensaba volverme gallo nunca más. Creo, señor, le agregué, que el gallo que maté era un hombre como yo, y quién sabe si era el Diablo el que lo llevaba.

“El caballero me dijo que como ya había rehecho su fortuna, pensaba no jugar más y así lo hizo. Pero yo, señor, que era joven, que no olvidaba que tantas veces había sido gallo y que me gustaba divertirme, remolí toda la plata, y cuando me quedé sin cobre volví a trabajar en mi antiguo oficio de zapatero.

“Señor, la plata que ganan los brujos no aprovecha, se vuelve sal y agua”.

30. LA ROSA DE LAS MONJAS CLARAS.

En unas misiones que se daban en el Sur de Chile, después de terminadas las distribuciones piadosas, un hombre se acercó a confesarse con uno de los misioneros, y, entre otros pecados, se confesó de que practicaba la magia negra. El sacerdote le dijo que un hombre inteligente no debía creer en tales cosas, que las prácticas de magia eran simples ilusiones diabólicas y que nunca producían nada positivo. El penitente le contestó que no era así y que, si quería comprobarlo, lo pusiera a prueba. El sacerdote aceptó, y le dijo que le hiciera venir una rosa del rosal tal y cual que estaba en tal parte del jardín de las monjas clarisas de Santiago, único de su clase que había en todo el país. El hombre le dijo que estaba bien, que se la traería en una hora y que, para proceder, lo encerrara en una pieza oscura y que guardara la llave. Así se hizo, y el sacerdote, después de cerrar la puerta de la pieza, se guardó la llave. Como tres cuartos de hora después el sacerdote entró a la pieza, y cuál no sería su espanto al ver tendido en el suelo un cuerpo sin cabeza. Repuesto un poco del susto, se propuso hacer una prueba en el cuerpo que estaba en tierra sin movimiento y le enterró en el talón del pie izquierdo un alfiler, pero el cuerpo estaba completamente insensible. Salió, y no volvió a entrar sino una vez cumplida la hora, y si antes fué grande su espanto al encontrarse con un cadáver, cuánto mayor no sería al verse frente a frente del hombre, que, de pie, le ofrecía una rosa, fresca y fragante, y le preguntaba si era de las mismas que le había pedido. El sacerdote, que estaba sumamente admirado, no contestó nada, sino que lo invitó a salir del cuarto. Cuando el hombre se puso a andar, cojeaba y se quejaba. El sacerdote le preguntó qué tenía, y él le respondió que al dejarse caer desde lo alto de la muralla al jardín de las monjas, se había clavado una espina del rosal en el talón y le dolía mucho.--“¿No ves como todo es pura ilusión?--le dijo el padre. No hay tal espina, ni tal muralla, ni nada; el dolor que sientes proviene de un alfiler que yo mismo te clavé en el talón”;--y para demostrárselo, le retiró el alfiler.--“Lo de la espina puede que sea ilusión, repuso el hombre; pero ¿y la rosa? es o no es de las del jardín de las monjas claras? Señor, yo no quiero volver a practicar la magia, y deseo seguir confesándome”. Y terminó su confesión, manifestándose muy arrepentido de sus pecados.

Esta historia se la contó a Francisco 2.º Vásquez su abuelita, quien la oyó de boca del sacerdote que confesó al brujo.

31. EL CABALLERO QUE FUE TRANSFORMADO EN CABALLO Y DESPUES EN PAVO

(Contado en Peñaflor, en 1922, por el maestro carpintero Tránsito González, natural de Choapa, de 57 años de edad.)

Un empleado de la administración de la hacienda de Panquehue refirió en 1910 a un grupo de trabajadores, entre los cuales se encontraba el maestro Tránsito, que, en una ocasión que fué a Talagante,[K] unos amigos lo convidaron a remoler en casa de unas niñas buenasmozas. El se atracó a una haciéndosele el enamorado, y como no consiguiera la primera noche lo que pretendía, se quedó en la casa unos cuantos días, hasta que salió con la suya, pero engañando a la niña con palabra de casamiento.

“Cuando me volvía--contaba--muy satisfecho de mi hazaña, al atravesar un bosquecito me encontré de repente convertido en caballo”. ¡Caramba!, dije para mí, ¿qué voy a hacer ahora? No es mala la suerte que se me espera si sigo siendo caballo!” Y me metí en el bosquecito, en donde pasé el resto del día y toda la noche.

“Al otro día temprano, unos trabajadores que estaban trillando con yeguas en un campo cercano, tropezaron conmigo, y uno dijo:--“¡Caracho con el caballo lindo! ¿Llevémoslo pa l’era?--Ya ’stá, llevémoslo”. Y lo llevaron.

“Trabajé muy bien, amigos, para que no me azotaran ni me clavaran las espuelas, y todos me miraban con la boca abierta de ver tan bien que lo hacía. En esto llega el capataz de la trilla y pregunta:--“¿De quién es ese caballo?--Lo encontramos en medio de la mancha de boldos que ’stá pu allá arriba, contestó uno.--Suéltenlo, dijo el capataz, no vaya a venir su dueño y nos haga cargos por estar trabajando con caballo ajeno.--Pero si no tiene marca, señor.--No importa; suéltenlo”. Y con gran contento de mi parte me soltaron y me volví para la manchita de boldos, como decían los peones por el bosquecito, no muy ligero, porque, como no estaba acostumbrado al trabajo que me habían obligado a hacer, me sentía muy fatigado.

“Apenas entré al bosque, se me puso por delante la muchacha con que había estado remoliendo, y tirándome un atado de pasto me dijo:--“Toma, pa qui aprendáy a burlarte de las mujeres; yo te volví caballo; cómete ese pasto y mandate a cambiar”.

“Me comí el pasto y en cuanto tragué la última mascada, me volví hombre otra vez.

“Ya era de noche y apreté a correr para el pueblo y en el primer rancho que vi con luz golpeé y salió a abrir la puerta una mujer como de unos veinticinco años, nada mal parecida.

--“Señora, le dije, deme alojamiento por esta noche, porque no sé a dónde dirigirme, y me siento muy cansado; he perdido mi caballo y ni siquiera sé en qué parte me encuentro.

--“Está a la entrada de Talagante, señor, y por lo que hace a alojamiento, no hay en el rancho mas que esta pieza y no tengo otra cama que la que usted ve”--y me mostraba una pallasa tirada sobre un catre; además, mi marido no está en la casa, pues salió a hacer unas diligencias y no volverá hasta mañana.

--“Señora, permítame que me ponga en un rincón cualquiera; si lo único que deseo es estar bajo techo, y no se moleste por mí.

--“Si no es tan delicado como yo creía, entre, pues, señor.

“La mujer se desnudó y acostó, y en seguida me dijo:

--“Ya sabe usted que no hay más que esta cama, si quiere, venga a acostarse a mi lado.

--“Pero, señora, si aquí estoy bien y no quiero molestarla, si me basta con no dormir al sereno.

--“Venga a acostarse le dicen, y no sea leso.

--“¿Y si llega su marido de repente y me pilla?

--“No sea leso, le digo; mi marido está en Malloco y no llegará hasta mañana con el sol alto.

“¡Qué diablos! la mujer no era fea, y mejor es dormir aunque sea en una pallasa que acurrucado en un rincón. Me desnudé y acosté al lado de la mujer.

“Al otro día, muy temprano, antes que saliera el sol, sentimos que alguien se acercaba cantando al rancho.

--“Es mi marido,--dijo la mujer--¿cómo se habrá venido tan pronto?; pero no importa, vístase ligerito y se mete debajo del catre.

“Apenas me había escondido en el lugar que me dijo la mujer, entra el marido y la mujer le dice:

“--Anda a buscarme leña, Manuel, para hacer lueguito una cazuela, porque he amanecido con antojo.

“Y mientras Manuel iba por leña al sitio, la mujer dijo unas cuantas palabras que no entendí y me volví pavo, y me echó para el corral, donde había muchos otros todavía en su dormidero. Me subí como pude y me metí entre las demás aves, cuando oigo a Manuel que pregunta a su mujer:

--“¿Y ese pavo tan grandazo y tan gordo?

--“Es de la vecina y debe haberse pasado ayer en la tarde.

--“Matémoslo pa que no sea intruso y comimos cazuela ’e pavo con chichoca, ¿qué te parece, Juana?

--“Ya ’sta--contestó la mujer y tomando un palo le asestó un feroz garrotazo al pavo que estaba a mi lado, que cayó redondito al suelo.

“Para qué les cuento mejor el susto padre que pasé, porque, la verdad, creí que la Juana me iba a dar el garrotazo a mí.

“Poco después dijo la mujer a Manuel:

--“Anda a pedirle a mi comadre Mercedes que me dé un poco de chichoca, porque se ha acabado la que teníamos.

“Salió Manuel y la Juana aprovechó el momento de ausencia de su marido para volverme hombre, y me dijo:

--“Váyase ligerito por este camino, y que le vaya bien.

“Y aquí me tienen ustedes que por cierto nunca se habrían figurado que yo he sido caballo y pavo.

--De lo último tuavía le quean rastros, dijo un trabajador por debajujo.

--Y de lo primero también, dijo _despacito_ otro trabajador, porque no hace mucho tiempo me dió a mí una media patá que me dolió tanto como si el patrón tuviera herraúras tuavía; y too porque le contesté.

ILUSIONES

32. EL CABRO DE LA CALLE DE BUERAS

(Relatado en 1912 por el niño D. Enrique Alfaro, de 17 años, de Santiago.)

En la calle de Bueras, de Santiago, había, hace años, una higuera, y de entre sus raíces salía todas las noches un cabro que se paseaba de un extremo a otro de la calle. Un carnicero, que se llamaba Alejo y vivía en una casa situada cerca de la higuera, siguió una noche al cabro y lo alcanzó; pero, aunque le dió muchas cuchilladas, no le hizo daño, porque era pura ilusión.

33. LA NIÑA DE LOS GRANDES OJOS.

(D. Francisco 2.º Vásquez, 1911.)

Una noche iban dos jóvenes un poco chispos por la calle del Galán de la Burra (actual calle de Erasmo Escala, de Santiago) y divisaron, como a media cuadra, a una niña muy hermosa, con unos ojos que brillaban como luces, y a medida que se acercaban a ella, le veían los ojos más grandes; y tanto le fueron creciendo, que al llegar no vieron ni cara ni cuerpo, sino dos enormes ojos que los miraban fijamente. Los jóvenes, huyeron despavoridos, rezando en voz alta.

Se cree que todo fué simple alucinación, producida por la embriaguez.

34. LAS SOMBRAS.

(D. Francisco 2.º Vásquez, 1911.)