Cuentos populares en Chile

Part 16

Chapter 164,306 wordsPublic domain

--¿Cómo ha e ser eso, paire, cuando yo, que soy su hijo, no le tengo mieo a naiden ni más respeto que a su mercé?

--No t’engañís, hijo, hay en el mundo un animal muy brao que se la gana a toos; si nu es por bien, por mal si han de dar; por eso es que yo, qu’era el rey del mundo, m’hey tenío qu’enriscar entr’estos cerros, por no dame.

--Con su permiso, paire, écheme la bendición y yu iré a peliar con ese animal pa quitale el mundo, ¡qué tanto será lo guapo! Empués e su mercé, ¿qui animal será tan grande que yo no me li alime?

--Nu es tan grande, hijo; pero es más ardiloso que toos, y se llama l’Hombre. Yo no ti aré nunca permiso, mientras viva, pa que vais a peliar con él.

Quiso que no quiso el Lión joven tuvo que quiase refunfuñando y afilándose las uñas.

El Lión viejo ’staba enfermo y a poco murió.

Empués de lloralo el Lión joven y dejalo tapao con ramas que salió a cortar, pensó:--Agora sí que no me queo sin peliar con el Hombre; y salió cordillera aajo a uscalo.

{*} Esta transcripción, aunque no completamente fonética, se aproxima al modo de hablar popular lo suficiente para darse cuenta de él. Sin embargo, debe advertirse que no siempre se han suprimido las eses y _zetas_, que en numerosos casos no se pronuncian, o suenan como aspiraciones muy tenues, por carecer la imprenta de los signos convenientes y no dificultar más la lectura. Lo mismo puede decirse de la b y de la v, que hay casos en que suenan, pero no con la fuerza que en el lenguaje que usa en Chile la gente educada.

28. EL LEÓN Y EL HOMBRE

Lo primero qu’encontró en una d’esas vegas que se jorman aentro e los cajones e la cordillera jué un Caallo flaco.

--¡Bah!--ijo--ese no mi aguanta na. ¿Vos sos el Hombre?--le gritó.

--Yo no soy el Hombre, iñor.

--¿Quién es el Hombre, entonce?

--El Hombre, iñor, tá más p’aajo y es un animal muy malo y muy guapo; a mí me tiene bien dao, y porque no me le quería ar, me metió unos fierros en la oca, mi amarró con unos corriones, y con otros fierros clavaores que se puso en los talones, se me subió encima y mi agarró a pencazos y puyazos por las costillas, hasta que tuve qui hacer su oluntá y llevalo p’onde se li antojaba, y dey me largó p’estos rincones, onde casi me muero di hambre.

--¿Pa qué sos leso? Yo voy a uscar al Hombre a ver si es capaz de ponese conmigo.

Más abajo, onde ya comienzan los potreros de serranía, vió etrás di una mangu’e pirca el lomo di un güey, con sus cachos.--Es’es el Hombre--pensó,--y que bien regrandazas son las uñas que tiene, pero en la caeza, mientras que yo las tengo en las manos. A ver si es el Hombre.--Y di un salto apareció encim’e la pirca.--¿Vos sos el Hombre?--le gritó.

El Güey se puso a tiritar espantao, y sacando la voz como puo, le contestó:

--Yo no soy el Hombre, iñorcito. El Hombre vive más p’aajo.

--Me querís engañar que no sos vos, porqu’ estay tiritando e cobardía. ¿Y te alimas a peliar conmigo? ¿Pa qué’s ese cuerpo tan regrande y esos armamentos que tenís en la caeza si no pa ganásela a los que no son guapos como yo? ¡Pónele al tiro, si querís!

--¡No, iñorcito, por Dios!, si yo no soy peliaor ni guapo; ya ve qu’el Hombre me tiene bien amansao y que cuando yo’staba más toruno y me le quise sulevar, m’echó unos lazos, me tiró al suelo y me marcó el pellejo con un fierro caliente, qu’entuavía m’escuece; ¿no ve, su señoría, aquí, en las ancas?... y m’hizo otras cosas más, bien repiores, que me dan vergüenza... Después me puso yugo y m’hizo tirar la carreta a picanazos; y aquí’stoy, iñor, paeciendo hasta qui al Hombre se li ocurra matame pa comeme.

--¡Tan regrande y tan... vilote! No servís pa na. Me voy.--Y cortó cerro aajo en busqu’el Hombre.

Ya iba diisando los planes regaos y al acao di una quebrá vió un humito y empués el rancho di una posisión d’inquilino, y se jué acercando espacito a los cercos.

El Perro del inquilino l’olfatió y salió a lairale. El Lión se sentó a esperalo y pensó:--Este si qui ha e ser el Hombre; bien mi habían dicho que nu era tan grande; ¡a mí no me la gana este chicoco!; pero es pura alharaca lo que trae y no se viene al cuerpo.

El Perro le lairaba retiraíto.

--¡A ver, Hombre! callate un poco. ¿Vos sos el Hombre?

--Yo no soy el Hombre; pero mi amo es el Hombre.

--Así m’estaa pareciendo, porque lo que sos vos, no mi aguantay ni la primera trenzá. And’icile a tu amo que vengo a desafialo, a ver si es cierto qu’es el más guapo el mundo comu icen.

Cortó el Perro pa la posisión y lueguito vinu el Hombre con una escopeta cargá.

--¡Bah!--ijo el Lión--qué raro es el Hombre, nu anda con la caeza agachá como toos nosotros. ¿Cómo comerá? anda echao p’atrás! Bah! yo tamién me siento en las patas pa peliar con las manos libres ¿qué gran ventaja mi ha e llevar?... ¿Vos sos el Hombre?--le preuntó cuando lo vió cerca.

--Yo soy el Hombre--le contestó el labrador.

--A peliar contigo vengo pa saer cuál es el más guapo e los dos en el mundo.

--Güeno--le ijo el Hombre--; pero pa que yo pelee tenís que sacame rabia; retame primero y empués te contesto yo.

Prencipió el Lión a insultalo de bandío, saltiaor, coarde, lairón, ausaor, hasta que se cansó e retalo.

--Agora me toca a mí,--ijo el Hombre.--Allá va una mala palaura;--y le largó un escopetazo y le quiebró una pata.

--¡Ay, ay, aicito!--gritó el Lión;--iñorcito Hombre, no peleo más con usté,--y arrancó a lo que poía cordillera aentro, a enriscase en las cumbres, pensando:--Bien icía mi finao taita que no juera a peliar con el Hombre; si con una mala palaura no más me quiebró una pata ¿qui habría sío si se me le viene al cuerpo?

Y no bajó nunca más e las montañas, sino a escondías[G].

Estaba el viejo León en su cueva, situada entre lo riscos más encumbrados de una montaña. El León hijo, al contemplarlo tan respetable, le dijo:

--¿Habrá, padre, en todo el mundo un ser más valiente que su merced? (Así trataban antes los hijos a los padres).

--Sí, hijo--le contestó el anciano.

--¿Cómo ha de ser eso, padre, cuando yo, que soy su hijo, no le tengo miedo a nadie ni respeto mas que a su merced?

--No te engañes, hijo, hay en el mundo un animal muy bravo que vence a todos; si no es por bien, por mal se han de entregar; por eso yo, que era el rey del mundo, para no verme vencido, he tenido que esconderme entre los riscos de estos cerros.

--Echeme la bendición, padre, y con su permiso iré a pelear con ese animal y lo despojaré del dominio del mundo. ¡No será tan valiente! Fuera de su merced ¿qué animal habrá tan grande a quien yo no me atreva a atacar?

--No es tan grande, hijo; pero es más astuto que todos y se llama el Hombre. Mientras yo viva, jamás te daré permiso para que vayas a pelear con él.

Quiso que no quiso, el León joven tuvo que quedarse, refunfuñando y afilándose las uñas.

El León viejo estaba enfermo y poco después murió.

Después de llorarlo el León joven y de dejarlo cubierto con unas ramas que salió a buscar, pensó:--Ahora sí que no me quedo sin pelear con el Hombre; y bajó de la cordillera al valle para buscarlo.

Lo que primeramente encontró en una de las vegas que se forman en las quebradas de la cordillera, fué a un Caballo flaco.

--¡Bah!--dijo--ese no se atreverá conmigo. ¿Eres tú el Hombre?--le gritó.

--No soy el Hombre, señor.

--¿Quién es el Hombre, entonces?

--El Hombre, señor, vive más abajo, y es un animal muy malo y muy valiente; a mí me tiene completamente subyugado, y porque no quería entregármele, me metió unos hierros en la boca, me ató con correones, y con unas espuelas muy clavadoras que se colocó en los talones, se subió encima de mí y comenzó a darme pencazos y a clavarme las espuelas por los ijares, hasta que tuve que hacer su voluntad y llevarlo a donde se le antojaba, y en seguida me largó para estos rincones, en donde casi me muero de hambre.

--Eso te sucede por tonto. Yo voy a buscar al Hombre porque deseo ver si se encuentra capaz de pelear conmigo.

Más abajo, donde ya comienzan los potreros de serranía, vió detrás de una cerca de pirca, el lomo de un buey, con sus cuernos.--Este es el Hombre--pensó,--y qué enormes son las uñas que tiene, pero en la cabeza, mientras tanto yo tengo las mías en las manos. Veamos si es el Hombre.--Y de un salto se puso encima de la pirca.--¿Eres tú el Hombre?--le gritó.

El Buey se puso a temblar, espantado, y sacando la voz como pudo, le contestó:

--Yo no soy el Hombre, señorcito. El Hombre vive más abajo todavía.

--Quieres hacerme creer que no eres tú y estás temblando de miedo. Y dime ¿te atreves a combatir conmigo? ¿De qué te sirve ese cuerpo tan enorme y esas defensas que tienes en la cabeza sino para triunfar de los que no son valientes como yo? ¡Peleemos inmediatamente, si te atreves!

--¡No, señorcito, por Dios! Si yo no soy peleador ni valiente! ya ve que el Hombre me tiene completamente manso, y una vez, cuando yo era más joven y quise sublevarme, me ató con unos lazos, me echó al suelo y me marcó la piel con un hierro candente, que todavía me escuece; ¿no ve, su señoría, la marca, aquí, en las ancas?... y aun me hizo otras cosas peores, que me avergüenza... Después me enyugó y me hizo tirar del carro a golpes de picana; y aquí me tiene, señor, padeciendo, hasta que al Hombre se le ocurra matarme para comerme.

--¡Tan grande y tan... vil! No sirves para nada. Me voy.--Y siguió bajando el cerro en busca del Hombre.

Ya divisaba los llanos regados, y al término de una quebrada vió un humo y después el rancho de una posesión de inquilino, y se acercó sin hacer ruido a los cercos.

El Perro del inquilino lo olfateó y salió a ladrarle. El León se sentó a esperarlo y pensó:--Este sí que ha de ser el Hombre; bien me habían dicho que no era muy grande; ¡a mí no me vence este enano!; pero todo no es más que bulla y no se atreve a atacarme.

El Perro le ladraba desde lejos.

--¡A ver, Hombre! cállate un poco. ¿Eres tú el Hombre?

--No soy el Hombre; pero mi amo es el Hombre.

--Así me parecía, porque, lo que eres tú, no aguantas ni el primer ataque. Ve y dile a tu amo que vengo a desafiarlo; deseo ver si es efectivo lo que dicen, que es el ser más valiente del mundo.

Fué el Perro para la posesión y volvió luego con el Hombre, que traía una escopeta cargada.

--¡Bah!--dijo el León--qué raro es el Hombre, no lleva la cabeza baja como nosotros. ¿De qué manera comerá? anda derecho! Bah! yo también me siento en las patas traseras para pelear con las manos libres ¿en qué me aventajará?... ¿Eres tú el Hombre?--le preguntó cuando lo vió cerca.

--Yo soy el Hombre--le contestó el labrador.

--Vengo a pelear contigo para saber cuál de los dos es el más valiente.

--Bueno, le dijo el Hombre;--pero para que yo pelee tienes que irritarme; insúltame tú primeramente y después te contesto yo.

Púsose el León a tratarlo de bandido, salteador, cobarde, ladrón, abusador, hasta que se cansó de insultarlo.

--Ahora me toca a mí--dijo el Hombre.--Allá va una mala palabra; y disparándole un escopetazo, le quebró una pata.

--¡Ay, ay, aicito!--gritó el León;--señorcito Hombre, no peleo más con usted,--y huyó como alma que lleva el diablo para el interior de la cordillera, a ocultarse entre los riscos de la cumbre, pensando:--Bien decía mi finado padre que no fuera a pelear con el Hombre; si con una sola mala palabra me quebró una pata, qué habría sido de mí si se me viene al cuerpo?

Y nunca más bajó de las montañas, sino ocultándose.

29. LOS TRES HERMANOS QUE SALIERON A APRENDER A HABLAR

(Referido por el niño M. I. Oportot, de 12 años, en 1912.)

Este era un huaso rico que tenía tres hijos de muy escasa inteligencia, y el padre quería que aprendieran a hablar como la gente educada. Dióles dinero y les ordenó que salieran a conocer mundo, se fijaran cómo hablaban las personas decentes y no volvieran hasta que no se encontraran capaces de conversar como los caballeros.

Salieron los tres hermanos y en un restaurant en que entraron a comer se sentaron cerca de una mesa en que había unos señores que jugaban al dominó.

Al mayor de los tontos le gustó mucho la frase _Nosotros hemos sido_, que dijo uno de los jugadores contestando a un curioso que preguntaba quiénes habían ganado la partida; y se llevó repitiéndola hasta que se le quedó impresa en la memoria. Al segundo le llamó la atención lo que dijo otro de los jugadores a quien uno de los mirones interrogó por qué jugaba, y respondió _Por ganar dinero_, y se estuvo dale que dale con la frasecita, hasta que le pareció que no se le olvidaría. Y al tercero, lo que más le gustó fué la expresión _Por muy justa causa_, que lanzó otro de los circunstantes, y que la dijo no menos de cien veces en su interior, hasta que se le quedó perfectamente grabada.

Y sucedió que cuando se volvían a su casa, muy contentos de las hermosas palabras que habían aprendido, al atravesar un campo por donde tenían que pasar, tropezaron con el cadáver de un hombre que acababa de ser asesinado y de cuyas heridas manaba sangre en abundancia.

Se quedaron los tres hermanos asustados, con la boca abierta, contemplando al muerto, y así estaban cuando llega un guardián de a caballo y les pregunta:

--¿Quién ha asesinado a este hombre?

--Nosotros hemos sido--contesta el mayor.

--¿Y por qué le dieron muerte?

--Por ganar dinero--responde el segundo.

--Entonces van presos los tres--dice el guardián.

--Por muy justa causa--contesta el tonto menor.

Y fueron conducidos a la presencia del juez, quien, por suerte para ellos, les conocía y sabía que eran tontos de nacimiento, que si no, los manda fusilar.

30. LAS TRES GANGOSAS

(Contado por el niño Alfonso González, natural de Santiago, de 12 años, en 1912.)

Para saber y contar hay que escuchar y aprender. Esta era una señora que tenía tres hijas buenasmozonas, pero gangosas, que habían logrado hacerse querer de tres jóvenes, con los cuales se entendían por medio de señas y de cartas, porque la madre les había prohibido que hablaran con ellos, para que no les conocieran el defecto que tenían.

Un día tuvo que salir la señora y les ordenó a las niñas que por nada de este mundo hablaran con sus pretendientes; y encargó a la mayor el cuidado de las ollas que quedaban al fuego, que no se subieran.

Los jóvenes, que vieron salir a la señora, deseosos de conversar con las niñas, en cuanto se perdió de vista se colaron a la casa, y las niñas no tuvieron más remedio que salir al salón a atenderlos; pero ninguna hablaba, por más que los jóvenes les hacían mil preguntas.

De pronto se oyó un ruido como si un líquido se derramara en el fuego; y entonces la segunda, hablando más por las narices que por la boca, dijo a la mayor:

--Hegmana, vaya a veg las ollas que paguese que se han subido.

Y la interpelada contestó:

--De vegas, hegmanita, se me había ogvidado el encago de la mamá.

Y pregunta la segunda:

--¿No digo la mamá que no hablágamos?

--¡De vegas! qué memoguia la mía Pog Dios! y tú también hablaste!

--Pego yo no he dicho nada--dijo la menor;--con ustedes se va a enogag la mamá y les va a pegag.

Al oir gangosear a sus prendas, los visitantes tomaron su sombrero y sin despedirse siquiera, salieron presurosos de la casa.

Poco después volvió la madre, y al imponerse de lo que había sucedido, les aplicó a las tres una buena felpa, y mientras les pegaba, les decía:

--¡Tomen, tontas gangosas! tomen Cuando ya me iba a deshacer de ustedes, todo lo echaron a perder.

31. EL CAPON ASADO

(Me lo refirió el joven D. A. Freire, de Santiago, en 1911.)

Un caballero salió a dar un paseo a caballo por las afueras de la ciudad y le encargó a la cocinera que a su regreso le tuviera un capón asado. Chepa (Josefa se llamaba la sirvienta) bajó al corral y cogió el más gordo de los capones que en él se criaban, y se puso a asarlo. El apetitoso olor que despedía el ave puesta al fuego tentó a la Pepa, que, no pudiendo resistir sus deseos, se comió un tuto. Cuando, en la tarde llegó el caballero, la Pepa le sirvió el capón en un azafate, adornado con ramas de apio, perejil y otras verduras, que ocultaban lindamente la falta de la presa que la cocinera se había manducado; y el patrón comenzó inmediatamente a hacer funcionar las mandíbulas, empezando por la pechuga; sólo al fin vino a darse cuenta de que al ave le faltaba una pata.

--¿Que es esto, Chepa?--preguntó a su servidora;--¿desde cuándo los capones tienen una pata solamente?

--Desde que existen, pues, señor; siempre no han tenido más que una.

--¿Cómo es eso? Yo creía que tenían dos, como todas las aves.

--Vamos al gallinero, patrón, y se convencerá de que los gallos, capones o no, y las gallinas no tienen sino una pata.

--Vamos a ver esa maravilla.

Fueron al gallinero, y como ya se había puesto el sol y las gallinas dormían, vieron que todas descansaban en una sola pata, como acostumbran cuando duermen, manteniendo la otra encogida y oculta entre las plumas.

--¿No ve, patrón, como no tienen más que una pata?

--Eso lo vamos a ver--contestó el caballero, espantando las aves, que bajaron de sus dormideros y echaron a correr despavoridas.--¿Ves como tienen dos patas?

--¡Qué gracia!--contestó la Chepa--¿y por qué no espantó también al capón antes de comérselo?

El caballero no pudo menos que reírse a carcajadas y declararse vencido.

32. EL VENDEDOR DE COQUITOS

Un vendedor de coquitos tenía la costumbre, en vez de pregonar su mercadería, de hacerla sonar moviendo repetidas veces, de arriba abajo, el canasto que la contenía.

Se le acerca un gabacho que no habla castellano ni conoce los coquitos, y pregunta:

--Comment s’apelle--ça?

--Si no se pelan, ñor, se parten.

--Comment?

--¡Con la mano! No, iñor, con pieira.

--Je ne comprend pas.

--Y si no habís de comprar ¿pa qué preguntay, gringo tal por cual?

33. EL VENDEDOR DE PEQUENES

(Variante del anterior).

Un francés recién llegado a Santiago, que no habla español, se acerca a un pequenero y le pregunta, mostrándole los pequenes:

--Ces sont des gateaux?

--¡De gato! De purita carne de cordero, iñor! ¿qué si ha figurao usté?

--Qu’est ce que ce que ça?

--¿Asáas? Clarito, pus, ñor, y recién sacaítas del horno qui están!

--Je ne comprend pas.

--No comprís, pus, gringo leso; pa lo que se me da; ¡cuando la gente se las pelotea y en un dos por tres se las acaba!

34. EL CUENTO DE LOS TRES DIFUNTOS

Encontraron una vez a tres hombres asesinados, que parecían extranjeros. Para identificar sus personas, no encontraron sobre ellos señal alguna; pero al hacerles la autopsia, descubrieron en los intestinos de uno un tallarín, de lo cual dedujeron que era italiano; en los del otro descubrieron un poroto, y se tuvo por signo evidente de que era chileno; en los del tercero no encontraron nada, pero por el habla vinieron a comprender que era alemán.

35. EL SACRISTAN QUE HABLA A LOS FIELES.

(Contado por la Srta. Elisa Echeverría L., de Santiago, en 1914).

Un día Domingo amaneció mal de salud el Cura de una parroquia de campo, y encargó al Sacristán que a la hora conveniente dijera al pueblo que el señor Cura no podía decir misa por estar enfermo, pero que era bueno que rezaran el rosario; que el Jueves era vigilia porque el Viernes era San Simón y San Judas; y que Pedro Martínez y María Jiménez iban a contraer matrimonio y que si había algún impedimento, pasaran a avisárselo.

Llegada la hora de la misa, el Sacristán se presentó en el presbiterio y volviéndose al público dijo:

“El señor Cura está enfermo, pero con la Rosario se pone bueno; el Jueves es Viernes, vigilia de Pedro Martínez y María Jiménez; San Simón y San Judas van a contraer matrimonio, si hay algún impedimento, que se presenten a avisarlo”.

Con la falta de costumbre de hablar en presencia de tanta gente, al pobre Sacristán se le trastrocaron las ideas.

36. POR QUE EL JOTE TIENE LA CABEZA Y EL COGOTE SIN PLUMAS.

(Este cuentecillo y los que siguen, hasta el Núm. 40, me fueron contados en Peñaflor, en 1922, por el maestro carpintero Tránsito González).

Unos arrieros llevaban unas cargas de trigo para un pueblo y donde alojaron les sacaron las cargas y los aparejos a las mulas.

Cuando al otro día se levantaron y fueron a aparejar las bestias, se encontraron con que los lacillos, las sobrecargas y las amarras habían desaparecido.

--¿Quién se habrá robado los aperos?--dijo el Capataz.--Sería capaz de darle un costal de trigo a quien me lo dijera.

Entonces un Burro que estaba pastando por ahí cerca y que había visto en la noche a una Zorra y a sus Zorritos que se llevaban los lacillos, las sobrecargas y las amarras, le dijo:

--Un almud de trigo que me pagaran y que me lo dejaran en ese peladerito, yo les traía los aperos y los ladrones.

Hicieron el trato, y entonces el Burro se fué a la madriguera de la Zorra y se tendió cerca de la entrada.

Un zorrito salió y al ver al Burro exclamó:

--¡Ay mamita! Dios ha venido a vernos! mire qué causeíto nos ha dejado aquí!

Salió la Zorra y gritó a los zorritos:

--¡Vengan, niños!, traigan los lacillos, las sobrecargas y las amarras para amarrar a este Burro y arrastrarlo para adentro. Vamos a tener comida para una semana por lo menos.

Amarraron al Burro de todas partes y se pusieron a hacer fuerzas para arrastrarlo, pero los lazos se les resbalaban de las manos. Entonces dijo la Zorra:

--Amarrémonos todos nosotros de los lacillos, de las sobrecargas y de las amarras y lo arrastraremos mejor.

Así lo hicieron, y el Burro, al verlos amarrados, se levantó y arrastró con todos ellos y se los llevó a los arrieros.

Le dejaron el almud de trigo convenido, en el peladerito que el Burro había dicho, pero como tenía mucho polvillo, se le ocurrió al Burro lo siguiente para limpiarlo. Se tendió en el suelo con el trasero vuelto a donde estaba el trigo, y otra vez se hizo el muerto. Un Jote que andaba revoloteando por ahí, bajó, y como lo primero que hacen estos pájaros es comerse la tripa gorda, el Burro, que lo sabía, pujó con todas sus fuerzas y sacó parte del estantino, y entonces el Jote le dió un picotazo en esa parte e inmediatamente el Burro frunció el orificio y junto con el estantino entraron la cabeza y el cogote del Jote. El Jote, por zafarse, movía las alas como un diablo y con el viento que echaba lanzó lejos todo el polvillo y dejó el trigo completamente limpio. Entonces soltó al Jote, que al salir se encontró con la cabeza y el cogote pelados. Con el calor que los burros tienen adentro se le desprendieron las plumas, y desde entonces los jotes tienen la cabeza y el cogote pelados.[H]

37. LAS TRES MENTIRAS.

Un campesino, al morir, dejó por toda herencia a los tres hijos que tenía la cantidad de trescientos pesos. Los dos mayores, que eran muy ambiciosos, querían adueñarse de toda la cantidad; y a fin de que uno solo se quedara con ella, propusieron al menor dejar enterrada la plata y salir a rodar tierras por un año, y entregarla al que, al volver, contara la mentira más grande. Aceptó la proposición el menor, y salieron. Al año justo se juntaron los tres en el mismo punto en que se habían apartado, que era donde habían enterrado el dinero, y después de abrazarse, comenzó el mayor:

--Yo, hermanitos, he trabajado durante todo el año de chacarero, y una vez planté una mata de garbanzos que creció tanto, tanto, que llegó hasta el cielo.

--¡Grandaza está la mentira!--dijeron los otros dos.

--Ahora diga la suya, hermano--dijo el mayor al segundo.

--Yo--dijo éste--estuve trabajando en una hilandería, y torcí en una ocasión un hilo tan largo, tan largo, que mientras yo lo tenía de una punta la otra llegaba al cielo.

--Bien regrande la mentira--dijeron los otros dos.--A usted, hermanito, le toca decir la suya.