Cuentos populares en Chile

Part 15

Chapter 154,401 wordsPublic domain

--¡Ah, pícaro Gallarín! ¡Asesinaste a mis hijas, te llevaste mis tres gorros, me mataste a mi mujer y me robaste mi Loro! ¡Ah, pícaro malnacido! si te pillo, te devoro!

Llegó Gallarín al palacio y entregó el Loro al Rey, quien dió muestras de la mayor alegría al contemplar en su poder esta ave maravillosa, que antes había sido suya y le había sido arrebatada por el Gigante.

Pasó algún tiempo, y Juan y Pedro, que hervían de envidia al ver la predilección que la Princesa demostraba por Gallarín, volvieron donde el Rey y le dijeron:

--Sepa su Sacarrial Majestad que su pavero Gallarín se ha dejado decir que así como mató a las tres hijas del Gigante, se trajo los tres gorros, le mató a la mujer y le robó el Loro adivino, es capaz de quitarle el Caballo de las campanillas de oro, que está encerrado bajo siete llaves.

--¿Eso ha dicho Gallarín?

--Sí, Señor, eso ha dicho.

El Rey hizo llamar a Gallarín.

--Gallarín, tú te has dejado decir que así como mataste a las tres hijas del Gigante, te trajiste los tres gorros, le mataste a la mujer y le robaste el Loro adivino, eras capaz de quitarle el Caballo de las campanillas de oro, que tiene encerrado bajo siete llaves.

--No, Señor; yo no he dicho tal cosa.

--Sí lo has dicho; y si no me lo traes, la cabeza te corto.

Salió Gallarín triste y cabizbajo y se sentó a llorar amargamente en una piedra que había a lo último del jardín. En ese momento pasaba la Princesa por ahí mismo.

--¿Por qué lloras, Gallarín?

--¿Cómo no he de llorar, mi Princesa, cuando mis hermanos, que desean mi muerte, han ido donde el Rey con el chisme de que yo había dicho que así como maté a las tres hijas del Gigante, me traje los tres gorros, le maté a su mujer y le robé el Loro adivino, era capaz de quitarle el Caballo de las campanillas de oro, que tiene encerrado bajo siete llaves?

--No se te dé nada, Gallarín; anda no más, que te irá tan bien como en las veces anteriores. Toma este poco de algodón y esta espadita de virtud; aplicas la punta de la espada a la chapa de cada puerta y las siete se abrirán en cuanto las toques. Después te acercas al caballo, rellenas bien de algodón las siete campanillas de oro para que no suenen y aseguras el algodón con cáñamo, para que no se desprenda; te pones las espuelas que hallarás colgadas detrás de la séptima puerta; en seguida, le sacas al caballo la silla, lo montas en pelo, le clavas las espuelas a toda fuerza y el caballo saldrá del castillo a todo correr. Pero no se te olvide mirar antes si el Gigante está durmiendo, que ya sabes que duerme cuando tiene los ojos abiertos y está despierto cuando los tiene cerrados.

Llegó Gallarín al castillo mientras el Gigante dormía, de modo que pudo hacer sin inconveniente cuanto la Princesa le había ordenado, aunque sintió deseos locos de venirse con la silla, que era muy rica: pero, por suerte para él, la dejó y montó en pelo.

El Gigante vino a darse cuenta del robo cuando ya Gallarín había salido del círculo de maravillas, y no pudiendo hacer otra cosa, se puso a gritar desaforadamente:

--¡Ah, pícaro Gallarín! ¡Asesinaste a mis hijas, te llevaste mis tres gorros, me mataste a mi mujer y me robaste mi Loro, y hoy me has robado el Caballo de las campanillas de oro! ¡Ah, pícaro malnacido! si te pillo, te devoro!

El Caballo salió a todo escape y no paró hasta llegar con su jinete a las mismas gradas del trono.

Grande fué la alegría del Rey al ver al Caballo de las campanillas de oro y quiso premiar a Gallarín, pero éste le dijo que mientras tanto se contentaba con ser el cuidador de sus pavos, que a su tiempo le pediría el galardón que creyera le correspondía.

Siguió pasando el tiempo, que no se detiene en su marcha, y aún no se había cumplido un mes cuando Juan y Pedro, cuya envidia crecía con los triunfos de Gallarín, fraguaron otra mentira contra el hermano que los había librado de la muerte, que _así paga el Diablo a quien bien le sirve_; y se presentaron al Rey.

--Señor--le dijeron--ha de saber Su Sacarrial Majestad que su pavero Gallarín se ha dejado decir que así como mató a las tres hijas del Gigante, se trajo los tres gorros, le mató a la mujer y le robó el Loro adivino y el Caballo de las campanillas de oro, es capaz de traer prisionero al Gigante mismo.

--¿Eso ha dicho Gallarín?

--Sí, Señor; eso ha dicho.

--¡Ah! y qué bueno fuera que me lo trajese prisionero, por que el Gigante es el único enemigo que tengo, y libre de él, reinaría tranquilo! Díganle a Gallarín que venga.

Vino el pobre Gallarín.

--¿Con que te has dejado decir que así como mataste a las tres hijas del Gigante, te trajiste los tres gorros, le mataste a su mujer y le robaste el Loro adivino y el Caballo de las campanillas de oro, te encuentras capaz de traerme prisionero al Gigante mismo?

--No, Señor; yo no he dicho tal cosa.

--Sí lo has dicho; y si no me lo traes, la cabeza te corto.

Salió Gallarín sumamente afligido por la exigencia del Rey, y fué a sentarse a lo último del jardín, a tiempo que la Princesa pasaba por ahí.

--¿Por qué lloras, Gallarín?

--¿Cómo no he de llorar, mi Princesa, cuando el Rey, instigado por mis hermanos, que desean mi muerte, me ha dicho que así como maté a las tres hijas del Gigante, me traje los tres gorros, le maté a su mujer y le robé el Loro adivino y el Caballo de las campanillas de oro, era capaz de traerle prisionero al Gigante mismo?

--No se te dé nada, Gallarín, que en esta empresa te irá tan bien como en las anteriores. Pídele al Rey mi padre que te mande hacer una gran jaula de fierro, de gruesos barrotes, con ruedas y con dos compartimentos: uno desde el que irás tú gobernando el carro, y otro que será completamente independiente, con puerta que la puedas cerrar tú por medio de un resorte y en el cual llevarás toda clase de mercaderías. Te disfrazarás de comerciante francés y pasarás frente al castillo ofreciendo tus mercaderías. Saldrá el Gigante, querrá comprar algo de lo que llevas, lo harás entrar para que escoja, y en cuanto esté adentro, sirviéndote del resorte cerrarás la puerta y te lo traes sin cuidarte de sus gritos y maldiciones.

Tal como se lo aconsejó la Princesa así lo hizo Gallarín. El Rey le mandó fabricar la jaula, y una vez entregada, arregló en el compartimento que debía ocupar el Gigante un buen número de valiosas telas y curiosísimos objetos de adorno, y tirado el carro por diez yuntas de bueyes que Gallarín dirigía desde el departamento que le correspondía, se dirigió al castillo del Gigante, adornado el rostro de largos bigotes y una hermosa pera postiza, pregonando con fingido acento francés:--«Quelq chos de tiend! necesit quelq chos de tiend!» El Gigante, que estaba en la ventana, lo hizo detenerse y bajó a comprar algunas cosas. Gallarín lo invitó a entrar para que escogiese más a gusto, y el Gigante, sin sospechar nada, accedió, y Gallarín, en cuanto lo vió adentro, tocó el resorte y la puerta se cerró a machote. El Gigante, al verse preso, bramaba como un toro herido y con sus manazas tomaba los barrotes y los estremecía tratando de quebrarlos, pero inútilmente.

Horas después, Gallarín entraba triunfante a la ciudad, con el Gigante enjaulado, y era de ver cómo la gente se agolpaba en las calles aplaudiendo al héroe, que con la prisión del Gigante libraba al reino de su más terrible enemigo.

Gallarín, antes de llegar a palacio, se puso uno de los gorros de las hijas del Gigante con la parte de adelante hacia atrás, e inmediatamente quedó convertido en un elegante joven, pero conservando siempre sus hermosas y simpáticas facciones.

El Rey y la Princesa, que lo esperaban, se levantaron de sus asientos para recibirlo.

--Creo, Gallarín--dijo el Monarca--que ha llegado el momento de que pidas el premio de tus hazañas:

Mataste a las hijas del Gigante, le trajiste sus tres gorros, le mataste a su mujer y le robastes el Loro, después trajiste el Caballo de las campanillas de oro,

y por último, para coronar tu obra, hoy me has traído prisionero al Gigante mismo. Pídeme lo que quieras, que si está en mis manos, te será concedido.

--Señor--contestó Gallarín--es grande mi osadía al manifestar a Su Sacarrial Majestad mis pretensiones, pero si me atrevo a formularlas es porque me veo alentado por una persona que es muy querida de Vuestra Majestad;--y miraba a la Princesa que le hacía señas para que desechara todo temor y hablara luego y claramente.

--¿Y qué es lo que pretendes, Gallarín? Si grandes son tus pretensiones, grandes son también las empresas que has acometido; vaya lo uno por lo otro; habla sin cuidado.

--Majestad, lo que yo pretendo es lo que más amáis: solicito la mano de vuestra hija.

El Rey, que se imaginaba que Gallarín le pediría riquezas y honores, tal vez un título de grande del reino, al oir su petición, dió un salto y casi se cayó del trono.

--Pero ¿cómo te atreves a mirar tan alto? medita un poco en quién eres tú y en quién es mi hija, mide la distancia que hay entre ambos y ve si es posible tal unión.

--Es cierto, Su Sacarrial Majestad, que una princesa no debe casarse sino con un príncipe por lo menos; pero en manos de Su Sacarrial Majestad está el hacerme príncipe a mí, y entonces ni ella se rebajará ni yo me enalteceré al casarnos, pues seremos iguales.

La Princesa no pudo contenerse y aplaudió a dos manos exclamando:

--¡Bien, Gallarín, muy bien!--Con lo cual, impensadamente dió a conocer sus sentimientos hacia su pretendiente, así es que el Rey no tuvo más remedio que acceder a los deseos de los dos jóvenes.

Gallarín fué hecho príncipe y se casó con la Princesa en medio del entusiasmo de todo el pueblo, que los amaba y respetaba. Y fueron felices durante su larga vida, como lo merecían por sus virtudes.

25. SALIR CON SU DOMINGO SIETE

Había una vez un jorobado, buena persona, que llevaba su desgracia con paciencia, y no era envidioso ni amigo de burlarse del prójimo, como son casi todos los que tienen el espinazo quebrado; y este buen hombre salió un día a hacer una diligencia a un pueblo inmediato al suyo y no pudo regresar hasta la noche. Al pasar por un sitio extraviado, vió, desde un matorral, un corro de brujas, las cuales, tomadas de las manos, daban vuelta bailando y cantando:

Lunes y Martes, Miércoles tres,

sin cambiar este estribillo. El jorobadito, que era nervioso y vivo de imaginación, viendo que las brujas no salían de la cantinela

Lunes y Martes, Miércoles tres,

no pudo contenerse y desde su escondite gritó:

Jueves y Viernes, Sábado seis.

Las danzantes no cupieron en sí de gozo al ver tan lindamente completado su canto, y, agradecidas, resolvieron premiar a la persona que había tenido tan feliz inspiración. Llevado el joven al medio del corro, una propuso darle un palacio; otra, todo el oro que deseara; la de más allá, hacerlo rey; pero el jorobadito, que oía la discusión muy complacido, les dijo:--«Yo me contentaría y me daría por muy feliz con que hicierais desaparecer mi joroba y me asegurarais lo suficiente para tener un buen pasar»,--gracias, ambas, que inmediatamente le fueron acordadas.

Al día siguiente nuestro ex-jorobado tropezó en la calle con un amigo que sufría del mismo mal de que él tan felizmente había sido curado por las brujas. El amigo se extrañó de verlo tan cambiado y casi no lo conoció, pues la ausencia de la joroba había convertido al antiguo corcovado en un real mozo. A la pregunta que le hizo el amigo, a quien la envidia roía las entrañas, de cómo había ocurrido tal metamorfosis, el interrogado le refirió la aventura, y el giboso se prometió ir esa misma noche al sitio en que las brujas se reunían; y así lo hizo, ocultándose en el mismo matorral desde donde su amigo había presenciado el baile. Momentos después llegaron las brujas y comenzaron la danza, cantando:

Lunes y Martes, Miércoles tres, Jueves y Viernes, Sábado seis.

El segundo jorobado, que también deseaba ver desaparecer su corcova, imitando lo que su amigo había hecho, quiso agregar algo a los versos que cantaban las brujas, y cuando por cuarta o quinta vez repetían

Lunes y Martes, Miércoles tres, Jueves y Viernes, Sábado seis,

muy ufano exclamó:

Domingo siete.

Las brujas detuvieron inmediatamente la danza y unas a otras se miraron contrariadas.

--¿Quién es el estúpido que ha venido a perturbar nuestro hermoso canto?--dijo una.

--Busquémoslo--contestó otra.

Y sin gran trabajo encontraron al pobre jorobado, que temblaba de miedo ante la ira de aquellas mujeres, y lo arrastraron al medio del corro.

--¿Qué castigo daremos a este miserable?--preguntó la que hacía de jefe.

--Que le salgan cuernos y rabo--dijo una.

--Que cuando hable eche sapos y culebras por la boca--repuso otra.

--No--exclamó una tercera,--por su impertinencia merece que le obsequiemos con una segunda joroba.

--¡Eso es! Eso es!--gritaron todas.

Y a empellones y puntapiés despidieron al giboso, que volvió al pueblo llevando sobre sí dos hermosas corcovas: una sobre el pecho y otra sobre la espalda.

26. LA LORITA ENCANTADA

(Se lo contó, en 1909, Petronila Riquelme, de 56 años, natural de Chimbarongo, a don Luis Thayer Ojeda, quien tuvo la bondad de obsequiarme la transcripción, hecha por él, en Octubre de 1915.)

Para saber y contar y contar para saber. Esta era una vieja muy pobre que había criado a un Huacho que se llamaba Manuel, y a quien ocupaba en cuidar chanchos en el monte.

Un día el Huacho le dijo a la vieja:

--He oído decir que hay un Rey que paga un almud de plata por un año de trabajo, y yo, mamita, me voy para allá a mejorar suerte.

Salió Manuel y llegó a donde estaba el Rey, que era el castillo de Flordelís, y estuvo trabajando con toda la peonada durante un año, y a todos les fueron pagando un almud de plata; pero cuando estaban haciendo el pago, una Lora que tenía el Rey hablaba tanto, metiéndose en las cuentas, que el Rey, aburrido, es que dijo:

--El que quiera llevarse esta Lora en lugar del almud de plata, que se la lleve no más, que soy gustoso.

Y ninguno de los que le oyó quiso llevársela, y entonces Manuel, viendo que era tan linda, dijo:

--Yo me la llevaré, Su Majestad, por el almud de plata.

Y se volvió el Huacho para su tierra, y en el camino cuidaba mucho a la Lorita y le daba de comer la mitad de lo que conseguía; pero cuando llegó a su casa, la vieja es que estuvo muy enojada porque quería plata y no pájaros y le dió a Manuel una buena paliza y lo mandó al monte a cuidar los chanchos, y después le pegó a la Lora, que casi la mató.

Entonces la Lora es que dijo:--“Me voy para Flordelís”--y se voló.

Cuando en la tarde volvió el Huacho y supo que la Lorita se había volado, se apenó tanto que esa misma noche, al amanecer, se fué de la casa.

Anduvo todo el día sin tomar alimento ni descansar, así es que el hambre se lo comía y no podía más de cansado.

Se sentó debajo de unos árboles y se quedó dormido.

Al día siguiente lo despertó una gran bulla que formaban tres lindas niñas, disputando cuál era la mejor. Entonces él se acercó a las niñas y les preguntó por qué discutían tan acaloradamente; y una vez que le explicaron el motivo, les dijo:

--Su merced, que es la mayor, es el sol, y en el día ¿qué cosa hay más bonita que el sol?--Su merced, que es la del medio, es la luna, y en la noche ¿qué cosa hay más bonita que la luna?--Su merced, que es la menor, es la guía de la mañana, y al amanecer ¿qué cosa hay más bonita que la guía de la mañana?--Y se fué.

Con estas cosas que les dijo el Huacho, se quedaron las niñas muy contentas, y dijeron:

--¿Y con qué le pagamos a este joven que nos puso en concierto y nos dejó contentas a las tres?

Entonces lo llamaron, y la mayor le dió un anillo que daba todo lo que se le pedía; la del medio le dió una pluma, que no había más que ponérsela en el zapato para volar más ligero que el viento; y la menor le dió un gorro, que bastaba ponérselo para hacerse invisible.

El Huacho les agradeció los regalos y partió nuevamente; y había andado ya algunas leguas cuando le vino como un desmayo, de lo que no había comido nada desde la noche antes.

Entonces le dijo al anillo:

--Anillito, dame una mesa bien puesta de un todo, con los manjares más ricos que haya.

Y entonces se le apareció una mesa llena de los mejores platos y más ricos vinos, y después que se llenó, se puso a dormir la siesta. A la tardecita despertó y siguió su camino, hasta que no pudo seguir andando porque tenía los pies hinchados de tanto que había caminado, y se sentó a descansar. Y en esto estaba cuando se acordó de repente de su aventura con las tres niñas y de los regalos que le habían hecho, y dijo:

--Buen dar con lo tonto que soy, pudiendo volar más ligero que el viento;--y sacó la pluma y se la puso en el zapato.

Había volado una porción y ya comenzaba la noche, cuando se le apareció un águila inmensa de grande, que le dijo:

--¿Cómo te atreves a volar en mis dominios, vil gusanillo de la tierra?

Entonces el Huacho le contó toda su historia, y una vez que la oyó el Aguila, que no era otra persona que el mismo Rey de los Pájaros, le dijo:

La Lorita que andas buscando está en el castillo Flordelís, y apúrate, porque si no llegas esta misma noche, ya será tarde, por lo que allí va a pasar.

Se fué el Huacho por el aire, más ligero que el viento, y llegó al castillo de Flordelís cuando ya todita la gente y hasta el mismo Rey se habían acostado, y sólo estaba despierto el soldado que estaba de guardia en la puerta del castillo.

Entonces el Huacho es que le preguntó:

--¿Qué nuevas hay por aquí, señor guardia?

--¿Qué nuevas han de haber? Que mañana se casa la Princesa, que estaba encantada, y que no era otra que la Lorita que te llevaste en cambio del almud de plata.

Cuando esto oyó, le entró al Huacho una gran pensión; pero, acordándose de su gorra, se la puso, y por el aire se entró al cuarto de la Princesa, que estaba custodiado por siete soldados moros.

Y entonces el Huacho, que no se había sacado la gorra, le dijo a la Princesa:

--Si eres tú la Lorita que yo me llevé por un almud de plata ¿por qué me has dejado solo?

Y la Princesa se asustó tanto que se puso a gritar, y vinieron los siete soldados moros, y el Rey y la Reina a ver lo que pasaba.

El Huacho, como estaba invisible, para que no tropezaran con él se acurrucó en un rincón, y como los que entraron a la pieza nada vieron ni a nadie encontraron, se volvieron, el Rey y la Reina a sus cuartos y los soldados moros a su puesto.

Al rato que todos se fueron, volvió el Huacho a hablar y otra vez la Princesa gritó que había gente en su pieza, y entraron de nuevo el Rey y la Reina y los soldados, y como tampoco encontraron a nadie, se enojaron mucho y se fueron, diciéndole a la Princesa que no fuera a gritar otra vez, porque no le harían caso a sus gritos. Y salieron.

Esperó el Huacho un momento, y acercándose a la Princesa le dijo que no tuviera miedo, que él había hecho un viaje tan largazo por el amor tan grande que le tenía y que de ninguna manera permitiría que fuera a casarse con un hombre que no la quería como él; y se quitó el gorro.

Entonces la Princesa conoció al Huacho y se tranquilizó, y le contó todo lo que había pasado y que ella se casaba contra su voluntad y que a nadie quería sino a él, que había despreciado la plata por ella, y la había cuidado tanto y hasta había tenido que aguantar los malos tratos de su madre.

Después de mucho pensar en lo que harían, convinieron que en la comida, antes del casamiento, la Princesa pidiera la gracia de que cada uno dijera un discurso y que él vería cómo ella salía bien del paso.

A la mañana siguiente dijo el Huacho al anillo:

--Anillito, dame un traje completo, todo bordado de oro y piedras preciosas, y yo que me ponga bien buenmozo.

Y así que acabó de hablar, quedó el Huacho hecho un príncipe de bonito y elegante y la Princesa muy contenta de verlo tan bien plantado. Y poniéndose el Huacho la pluma en el zapato y el gorro en la cabeza, se despidió de la Princesa hasta el otro día.

Al día siguiente, el Huacho, bien de mañana, le dijo al anillo:

--Anillito, haz que se me presente aquí un caballo de lo mejor y más lindo, bien aperado y con los aperos enchapados de oro y plata.

Y en el mismo momento se le puso un lindo caballo blanco por delante y montado en él dió un paseo por toda la ciudad, y todo el mundo se quedaba mirándolo con la boca abierta, porque nunca habían visto un príncipe tan bonito y elegante. Y al acercarse la hora del banquete, se fué al castillo y cuando el Rey lo vió decía:--“¿qué príncipe tan rico será éste?” Y él le dijo al Rey que era príncipe que dominaba en el aire.

Al comenzar el banquete, la Princesa pidió al Rey la gracia de que todos dijeran un discurso, y concedida que le fué, dijo la Princesa:

--Sacarrial Majestad, ¿qué será de más valor, una corona de oro o una corona de plata?

El Rey contestó:

--Una corona de oro.

--Yo tenía--dijo la Princesa--dos coronas, una de oro y una de plata. La de oro se me había perdido y he tenido la suerte de encontrarla; y como no debo conservar sino una, yo pregunto ¿cuál de las dos debo guardar?

Todos contestaron:

--La de oro, la de oro; no tiene vuelta.

Entonces la Princesa, tomando a Manuel de la mano lo hizo pararse y dijo:

--Esta es la corona de oro que yo había perdido y que acabo de encontrar, y como con ella debo quedarme, con este príncipe me casaré y él no mas será mi marido.

Todos aplaudieron lo dicho por la Princesa, menos el novio que iba a casarse con ella y que tuvo que salir todo acholado.

Y así fué que Manuel se casó con la Princesa y fueron muy felices, y todavía lo serán, si es que están vivos.

Y se acabó el cuento, y se lo llevó el viento y se coló por la puerta de un convento y los padres que lo oyeron, se quedaron muy contentos.

27. EL DIABLO Y EL CAMPESINO.

El Diablo le propuso a un Campesino trabajar a medias, durante tres años. El Diablo pondría el terreno y el Campesino la semilla. Terminado el plazo del contrato, el campesino quedaría dueño del suelo.

Preguntó el hombre:--¿Y cómo haremos la partición?

El Diablo contestó:

--Yo tomaré lo que den las plantas arriba y tú tomarás lo que quede debajo de la tierra.--Y se fué.

Entonces el Campesino sembró papas, y cuando llegó el tiempo de partirse la cosecha, el Diablo tuvo que llevarse las matas y dejar las papas al hombre.

El Diablo se repelaba, y pensó: esta otra vez no me harás leso; y dijo al hombre:--Este año yo tomaré lo que quede debajo de la tierra y tú serás dueño de lo que quede encima.

Se fué el Demonio y el Campesino sembró sandías y melones, y cuando el Diablo vino por la parte que le correspondía y vió que le tocaban puras raíces, y a su socio lindísimos melones y sandías, se puso a rabiar como un condenado (_sic_) y se arrancaba las mechas de ira.

El Diablo no se dió por vencido, y después de meditar un rato, dijo al hombre:--En el próximo año será para mí lo que produzcan las plantas en la parte de arriba y debajo de la tierra; lo que den en el medio será para ti.--Y se fué pensando con esto vencer al Campesino.

Pero el hombre, sembró maíz; y cuando el Diablo vino a reclamar su porción, los choclos correspondieron al Campesino y el Diablo quedó nuevamente burlado.

--Me la ganaste, rugió el Demonio, tuyo es el campo; pero después nos veremos la cara.

Mas el hombre se deja vencer del Diablo sólo cuando quiere, porque tiene inteligencia de sobra para reirse del enemigo malo, como lo demuestra este cuento.

28. EL LIÓN Y EL HOMBRE{*}

(Narrado en 1888 por el carrilano albañil Pedro Antonio Liberona, natural de Nancagua, de 55 años de edad, y escrito, según sus recuerdo). por don Roberto Regifo, en Diciembre de 1921.

Taba el Lión viejo en su cueva, entre los riscos más encumbraos di una montaña. El Lión hijo, al velo tan respetoso, le icía:

--¿Habrá, paire, en to el mundo uno más guapo que su mercé? (Así trataban antes los hijos a los paires).

--Sí, hijo,--le contestó el veterano.