Cuentos populares en Chile

Part 14

Chapter 144,357 wordsPublic domain

Cuando entraron, hallaron el cuerpo del capitán en el suelo, muy mal herido; lo tomaron, lo pusieron en la cama y uno dijo:--«Mañana temprano salimos a buscar a alguna vieja médica yerbatera para que cure al capitán».

Juan, que oyó esto, se fué inmediatamente a casa de su comadre, y ahí, con untos y pomadas, se pintó arrugas en la cara, tan bien que parecía una verdadera vieja, y vistiéndose con muy pobres vestidos y llevando escondido el mismo sable, se fué de madrugada a dar vueltas por frente a la casa de los bandidos, haciéndose la que buscaba yerbas.

Los bandidos, que estaban en el mirador, la vieron, y bajó uno a preguntarle si conocía a alguna médica que supiera curar heridas.

--Yo soy médica--le contestó Juan--y no hay quién me gane a curar heridas.

Entonces la llevó a presencia del capitán, y tras ellos siguieron los demás bandidos.

Examinó Juan las heridas con mucho cuidado y en seguida mandó a los bandidos a la ciudad que fuesen a buscar una pomada que era muy escasa, y que cada uno pasase a una botica diferente, por si los otros no la encontraban.

Salieron los bandidos, unos por un lado, otros por otro, y Juan subió al mirador a aguaitarlos, y una vez que se aseguró de que iban lejos, sacó el sable y acabó con la vida del capitán.

Después de lo cual, se llenó los bolsillos de plata, anillos y prendedores de oro, que encontró en gran cantidad en la pieza del capitán, y se fué a casa de su comadre, en donde se lavó bien y se vistió de hombre.

Cuando volvieron los bandidos, se encontraron con su capitán muerto y se dijeron:--«Pillados somos, vámonos de aquí»--y se fueron para Chillán.

Juan, que los había seguido, cateándolos, en cuanto vió que no volvían, se fué con sus padres y unas carretas a la casa de los bandidos y a hachazos echaron las puertas abajo y se llevaron todo cuanto encontraron, dejando la casa totalmente desnuda y quedando ellos muy ricos.

Poco tiempo después volvieron los bandidos y no hallaron sino las murallas peladas. Entonces comenzaron a averiguar quién en la ciudad se había hecho rico de repente en los últimos días, y supieron que Juan Valiente, el de la vaquilla, se encontraba en este caso.

Se propusieron entonces saltearlo y matarlo, porque no dudaron que él era el que había matado a su capitán y robado todos sus bienes; pero Juan, que no se descuidaba, sabía que los bandidos habían vuelto y que habían de atacarlo de un momento a otro.

Así fué que cuando los bandidos vinieron a saltearlo, lo encontraron en la puerta armado de su sable; y como Juan los había visto desde lejos, tuvo tiempo de mandar a su padre a avisar a la policía.

Comenzando a pelear estaba Juan con los bandidos y ya había matado a uno y a otro lo había dejado mal herido, cuando llegó la policía y tomó presos a todos los salteadores, que después de juzgárseles, fueron ahorcados, con lo cual Juan y sus padres vivieron tranquilos, gozando de las riquezas que Juan había quitado a los ladrones.

Y con esto se acabó el cuento del Periquito Sarmiento, que estaba con la guatita al aire y el potito al viento.

23. LA SAPITA ENCANTADA.

(Referido por Beatriz Montecinos.)

Estos eran un Rey y una Reina que tenían tres hijos, que se llamaban Pedro, José y Juan; y era costumbre en el reino que el Rey dejara su corona a aquel de sus hijos que mejor le pareciere, sin tomar para nada en cuenta la edad; y así podía sucederle cualquiera de ellos, aunque fuese el menor.

¿Cuál de los tres heredaría el trono? Cuestión era ésta que preocupaba grandemente al anciano Rey, que no se decidía por ninguno, porque por los tres sentía igual cariño; ni podía partir el reino para dar a cada uno su parte, porque de la división resultarían tres pequeños estados, expuestos en todo momento a ser absorbidos por los reinos vecinos, que eran tan fuertes y poderosos como el país en cuestión.

La Reina le aconsejó que para salir de cuidado pusiera sus hijos a prueba enviándolos fuera del reino, con la condición de que regresaran casados, en un año, y con dos regalos para los reyes, y aquel cuya esposa fuera la más bella y cuyos regalos fueran más hermosos y de más valor, sería el heredero del trono.

El Rey se dijo: _El consejo de la mujer es poco, pero quien no lo sigue es un loco_, y decidiéndose por el que acababa de darle la Reina, que le pareció bueno, llamó a sus hijos, les hizo ver el apuro en que se encontraba y les propuso que salieran, se casaran y al año justo tornaran a palacio, y que la corona le correspondería al que volviera con la esposa más bella y trajera a los reyes dos obsequios que fueran reputados superiores al de los otros dos.

Los príncipes aceptaron sin vacilar y sólo pidieron que antes de partir se les indicara en qué debían consistir los regalos. Después de corta deliberación, los Reyes acordaron que el premio se adjudicaría al que presentara, además de la esposa más linda, la pieza de tela más fina y el perro más hermoso y más pequeño.

Los príncipes se despidieron cariñosamente de sus padres y partieron siguiendo el mismo camino, hasta llegar a un punto en que éste se dividía en tres. Aquí se abrazaron, y prometiendo reunirse en el mismo sitio al cumplirse el plazo acordado, cada cual tomó su camino.

Pedro, que era el mayor, tomó el de la derecha, y pasados unos cuantos días llegó a una casita que se levantaba a orillas de una laguna y en cuya puerta estaba una señora de edad. En el interior cantaba una niña con voz maravillosa, y Pedro, pensando que tan linda voz no podía provenir sino de una persona también muy linda, se propuso conocerla y pidió permiso a la señora para entrar; pero ella le contestó que lo dejaría atravesar los umbrales sólo en caso de que prometiese casarse con la que cantaba. Prometiólo el joven, y entró al salón de la casa, pero por más que escudriñaba por todas partes, no descubría a persona alguna, hasta que, en un rincón vió a una Sapita que saltaba.

--¿Es ésta la que canta?--preguntó Pedro.

--Sí, ella es--contestó la señora.

--¿Quién se va a casar con esta sapa asquerosa?--repuso el príncipe, y lanzándole un escupo, se mandó cambiar.

Momentos después, José, el segundo de los hijos del Rey, llegó al mismo sitio, porque a él concurrían los tres caminos; y para abreviar diremos que le pasó lo mismo que a su hermano Pedro, sólo que, en vez de escupir a la Sapita, le dió un feroz puntapié y la disparó lejos.

No haría una hora que había salido José, cuando Juan, el tercero de los hermanos, llegó a la casita, y oyendo aquella voz tan dulce y melodiosa, se quedó alelado. Cuando calló la que cantaba, Juan rogó a la señora que le presentara a la hermosa artista, pues no dudaba que debía de ser hermosa quien tan linda voz tenía. La señora consintió, pero, como en los dos casos anteriores, hizo antes prometer a Juan que se casaría con la que cantaba. Juan se lo juró, y entonces ella le mostró a la Sapita, que en ese momento andaba a saltitos en su rincón. El Príncipe, aunque sintió un movimiento de repugnancia, dijo:

--Palabra de Juan no puede faltar: estoy dispuesto a casarme.

--Y no te pesará--exclamó la Sapita.

Y el casamiento se celebró inmediatamente.

Juan a veces se ponía triste y se sentía desgraciado; pero la voz encantadora de la Sapita, que parecía adivinar sus penas, y sus palabras tiernas y cariñosas lo consolaban y le hacían olvidar la fealdad de la que era su mujer.

Los otros dos hermanos también se habían casado, pero sus mujeres eran hermosas y ricas.

Cuando ya se aproximaba el término del año, Pedro y José pensaron en volver a palacio, y ocupando lujosos carruajes, partieron con sus esposas, que iban elegantemente ataviadas.

Al pasar por la casita de la laguna, vieron a Juan en la puerta, lo saludaron sin bajarse de sus coches y le pidieron les presentase a su mujer. Antes que Juan contestara, saltó la Sapita y les dijo:

--Yo soy la mujer de Juan, y dentro de poco nos juntaremos con ustedes en el lugar convenido.

Los dos príncipes y sus mujeres, al ver tan singular esposa, soltaron una carcajada y dijeron a Juan:

--¿Cómo te atreverás a presentarte ante nuestros padres acompañado de esa horrible sapa casposa?

--Esta ha sido mi suerte--respondió Juan--y estoy contento con ella; esta horrible sapa, como ustedes la llaman, es mi mujer, me ha hecho feliz y con ella iré a postrarme ante mis padres.

Los dos príncipes partieron y convinieron en seguir a palacio sin esperar a Juan en la encrucijada. Creían que el premio se disputaría entre los dos solamente, pues no les pasaba por la imaginación que se asignara al marido de una sapa. ¿Y los regalos que Juan debía presentar? ¿De dónde habría sacado dinero para comprarlos? La casita en que vivía, modesta por demás, demostraba, a las claras, su probreza. Pero, como dice el refrán, _el hombre prepara y Dios dispara_, y a esos malos hermanos les salió el tiro por la culata.

Transcurrida una hora, la Sapita dijo a Juan:

--Ya es tiempo de que nos vamos. Ve al huerto y encontrarás dos burritos: amárralos al viejo carretón que está detrás de la casa y subamos a él en compañía de la señora que tanto y tan bien nos ha cuidado. Los burros conocen el camino que han de seguir y saben lo que han de hacer. En esta cajita hay dos nueces; cuando llegue el momento de entregar los regalos que debes presentar a tus padres, a cada uno le pasarás una nuez y les rogarás que las abran. Y vámonos.

Los burros emprendieron un trotecito muy cundidor y el carretón, que parecía que de un momento a otro se iba a desarmar, de puro viejo, crujía como un diablo, pero nada malo le pasaba. Después de algunas horas de marcha, encontraron en el camino a Pedro, cuyo lujoso coche se había volcado y hecho pedazos, maltratando a su mujer y dejándola tuerta para toda su vida, pues una astilla desprendida del carruaje le arrancó un ojo. Con estos contratiempos, Pedro estaba con un genio de mil demonios; así es que cuando la Sapita les ofreció a él y a su mujer un sitio en el carretón, en vez de agradecérselo, la echó a buena parte.

Una nube de tristeza cubrió el rostro de Juan, que no pudo oir sin profundo dolor las palabras poco amables de su hermano; pero la Sapita, que parecía leer en el pensamiento de su marido, le dijo al punto:

--Desecha tus penas, hijo; no le hagas juicio a tu hermano; pronto terminarán nuestros pesares y seremos completamente felices.

Y los burros emprendieron de nuevo su marcha, y no se detuvieron sino un poco más adelante, en que encontraron a José, a quien se le habían encabritado los caballos, despedazándole el coche a patadas, una de las cuales aplastó la hermosa nariz de su mujer y la dejó completamente ñata para todos los días de su vida. José estaba que no cabía en sí de rabia, así es que cuando Juan se ofreció para ayudarlo, o si mejor le parecía, para llevarlos a él y a su esposa en el carretón, se desató en insultos contra él y la Sapita, a quien llamó asquerosa.

Juan no dijo nada, pero el dolor lo consumía. La Sapita le dijo:--“¿Por qué está triste? No haga juicio de los denuestos de su hermano; ¿no ve que son hijos de la desgracia que ha sufrido? Alégrese, que ya falta poco para que terminen nuestras penas”.--Y para consolarlo le cantó una de las más bellas canciones que sabía, la que más le gustaba a Juan.

Mientras tanto los burritos seguían su menudo trote y no tardaron en llegar a orillas de un arroyo que pasaba muy cerca de la ciudad en que residían los reyes. La Sapita dió un salto y se metió en el agua y en el mismo instante se convirtió en la más hermosa princesa que jamás vieron ojos humanos. El Príncipe se arrodilló a sus pies y extasiado le besaba las manos. La Princesa le dijo:--Príncipe, es preciso que lleguemos hoy a palacio; vuestros hermanos han comprado nuevos coches y se acercan a mata caballos. Subamos al nuestro, que por muy despacio que nos lleve, siempre llegaremos antes que ellos.

Sólo entonces el Príncipe se dió cuenta de nuevos cambios maravillosos: su traje, completamente nuevo, era de un valor extraordinario; la anciana señora que les había servido de ama de llaves, era una hermosa dama elegantemente vestida; los burritos se habían transformado en dos preciosos caballos ricamente enjaezados; y el carretón se había convertido en una carroza tan linda que seguramente no se encontraría otra igual en cocheras reales.

Llegaron a palacio, y los reyes experimentaron la mayor alegría al volver a ver a su hijo menor y se sintieron deslumbrados ante la hermosura y elegancia de su nuera y la majestad de la señora que la acompañaba.

Después de besar y abrazar cariñosamente a Juan y a su esposa, les pidieron que les contaran sus aventuras.

Refirió el Príncipe cuanto le había pasado desde su salida; y la dama, cómo una bruja, por odio al Rey su esposo, que quiso arrojarla de sus estados, con sus malas artes mató al Rey y convirtió a la Princesa en una sapita, dejándole sólo su hermosa voz y condenándola a vivir en esa condición hasta un año después que un príncipe consintiera en casarse con ella; y como hoy se cumplió el año en que el príncipe Juan contrajo matrimonio con mi hija, la veis transformada en lo que era cuando la bruja se ensañó contra nosotros.

Terminaba la dama su relato cuando entraron Pedro y José con sus respectivas consortes, tuerta la del primero, y con la nariz quebrada la del segundo, y ambas con sus trajes sucios y despedazados, pues no habían tenido tiempo de comprar otros nuevos, por temor de llegar atrasados.

Grande fué también el gusto que manifestaron los reyes con la llegada de sus dos hijos mayores, pero el alma se les fué a los pies al ver la facha de sus mujeres: ¡la una tuerta y con la mitad del rostro hinchado, y la otra con la nariz desparramada por toda la cara! ¡El contraste era grande entre ellas y la mujer de Juan! No había duda: el premio le correspondía a éste. Pero ¿y si los obsequios que debía traer Juan eran inferiores a los de Pedro y José? Era necesario verlos para resolver.

Convocaron a los grandes de su Corte para que sirvieran de árbitros, y ante ellos fueron presentando sus regalos los tres príncipes. Pedro, como mayor, se acercó el primero y entregó un valioso cofre de cedro como de media vara, y abierto, sacaron una pieza de tela de seda que mediría unas veinte varas, muy hermosa, muy fina, con bordados preciosísimos; de otra caja sacaron un lindo perrito, de una cuarta de alto, más o menos. Una y otra cosa merecieron ruidosos aplausos, y en verdad que los merecían.

Siguió José, que abriendo un cofre de plata de las mismas dimensiones que el entregado por Pedro, sacó otras veinte varas de tela, también de seda, pero más fina, más rica y más hermosa que la de su hermano. El perrito era también más lindo, y más chiquitín que el de Pedro. Estos obsequios valieron a José una salva de aplausos más larga y bulliciosa que la anterior.

Por último, acercóse Juan, que respetuosamente entregó al Rey una de las nueces que le había dado la Sapita, y la otra a la Reina, y les rogó las abrieran. Hiciéronlo sin esfuerzo, pues casi se abrieron por sí solas, y la Reina sacó de la suya una tela primorosamente tejida, de finísimo hilo de oro y que medía mil varas de largo, ¡cómo sería de fina que toda cabía en la cáscara de una nuez! De la que abrió el Rey saltó a la mesa que estaba frente a los monarcas un perrito tan diminuto, tan bellamente lindo que causó la admiración de todos los presentes. El perrito se puso a bailar y en cada vuelta que daba lanzaba perlas y diamantes y toda clase de piedras preciosas. No son para contar los aplausos con que fueron recibidos ambos objetos y las aclamaciones y vítores que obtuvo la declaración del Rey de que Juan, el menor de sus hijos, sería el heredero del trono.

Y se acabó el cuento y se lo llevó el viento.

24. GALLARIN Y EL GIGANTE.

(Contado en Febrero de 1923 por el maestro carpintero Tránsito González, de 57 años, residente en Peñaflor.)

Vivían en un pueblo tres hermanos. Los dos mayores, Juan y Pedro, eran grandes envidiosos; en cambio, Gallarín, el menor, gozaba de la simpatía de todo el mundo por su bella presencia y sus buenos sentimientos.

Un día se les antojó a los dos primeros salir a rodar tierras y no querían que el menor los acompañara; pero a fuerza de súplicas consiguió que lo llevaran.

Anduvieron todo un día, y en la noche llegaron a un castillo en que les dieron alojamiento.

Este castillo era de un gigante que tenía tres hijas, y como no había en él sino una cama para cada una de las personas de la casa, acostaron a cada hermano con una de las hijas del Gigante.

Gallarín se fijó que las niñas dormían tocadas con sendos gorros y como era muy habiloso y algo malicioso, cuando todos dormían se levantó de puntillas, les sacó los gorros a las niñas, se puso uno él y los otros dos a sus hermanos, y apagó la luz.

Gallarín, que temía les hicieran una mala jugada, no dormía, así es que pudo oir que el Gigante decía a su mujer:

--Ya será hora de matarlos para hacer una buena cazuela con ellos y comerlos mañana. Están bien gorditos y la carne es tierna; ¡tendremos excelente comida para todo el día!

Y entrando al dormitorio, se acercó a las camas, y cabeza que encontraba sin gorro ¡zas! caía al suelo cortada por el machete del Gigante, un machete enorme y muy afilado.

Concluída esta tarea, el Gigante se retiró a dormir a su pieza, y cuando Gallarín lo sintió roncar--roncaba tan fuerte que parecía salían truenos de su boca--les sacó los gorros a sus hermanos, los despertó y les dijo:

--Hermanitos, es necesario huir inmediatamente, porque si el Gigante nos pilla cuando se levante, nos mata y nos come hechos cazuela.

Estaba aclarando, de modo que Juan y Pedro pudieron ver degolladas a las tres hijas del Gigante, y de la impresión que recibieron, apenas podían andar, porque las piernas les temblaban; pero Gallarín les infundió ánimo y les hizo ver lo que se les esperaba si no huían pronto. Salieron siguiendo a Gallarín, y apenas habían atravesado un gran círculo de plantas de maravillas que rodeaba el castillo y que era hasta donde alcanzaba el poder del Gigante, éste los vió desde una ventana.

--¡Ah, pícaro Gallarín--le gritó-- ¡Asesinaste a mis hijas, me robaste mis tres gorros! ¡Ah, pícaro malnacido! si te pillo te devoro!

El Gigante sentía la muerte de sus hijas casi tanto como el robo de los tres gorros; éstos eran de virtud: el que se los ponía al revés obtenía todo lo que deseaba.

Se fueron los tres hermanos y después de unas cuantas horas de marcha llegaron a la capital del reino. Los tres hermanos consiguieron ocuparse en el palacio del Rey: los dos mayores como trabajadores al día y Gallarín como cuidador de pavos.

La hija del Rey, que era muy linda, se prendó de Gallarín, y esto les causó una profunda envidia a Juan y a Pedro. Para perder a su hermano, fueron donde el Rey y le dijeron:

--Señor, su pavero Gallarín se ha dejado decir que así como mató a las hijas del Gigante y le robó los tres gorros, es capaz de robar el Loro adivino que tiene el mismo Gigante en su castillo.

--¿Eso ha dicho Gallarín?

--Sí, Señor; eso ha dicho.

Hizo llamar el Rey a Gallarín, y le dijo:

--Gallarín, tú te has dejado decir que así como mataste a las tres hijas del Gigante y te trajiste los tres gorros eras capaz de traerte el Loro adivino que hace tiempo me robó el Gigante...

--No, mi Rey, yo no he dicho tal cosa.

--Sí lo has dicho; y si no me lo traes, la cabeza te corto.

Se retiró Gallarín a lo último del huerto y se sentó a llorar en un tronco que ahí había. En ese momento pasó la Princesa y le preguntó por qué estaba tan afligido.

--¿Cómo no lo he de estar, mi Princesa--le contestó Gallarín--siendo que el Rey me ha dicho que así como maté a las tres hijas del Gigante y me traje los tres gorros, tenía que traerle el Loro adivino?

--No se te dé nada--le dijo la Princesa;--lleva este pan y este frasco de vino y le dices al Loro:--«Mira, Lorito, este es del pan que comías y del vino que tomabas antes en el reinato de tu antiguo dueño».--«¿Dame?», te dirá él.--«No te doy», le contestarás tú.--«¡Dame un poquito, aunque más no sea!» te replicará.--Y entonces tú le darás pan sopeado en vino, y cuando ya esté curado, lo agarras; y no tengas cuidado, suceda lo que suceda. Te advierto que el Gigante, cuando está con los ojos abiertos, está durmiento, y si tiene los ojos cerrados, está despierto.

Partió Gallarín para el castillo y encontró al Gigante con los ojos abiertos; pasó de puntillas por delante de él para no despertarlo, y llegando hasta donde estaba el Loro, le mostró el pan y el vino que llevaba.

--Mira, Lorito, este vino es del que tomabas y este pan del que comías antes, en el reinato de tu antiguo dueño.

--¡Ay! qué ricos eran! ¿dame?

--No te doy.

--Dame un poquito, aunque más no sea, para probarlos.

Entonces Gallarín mojó un pedazo de pan en el vino, que era muy añejo, y se lo dió al Loro, que lo comió con ansias; y le dió más y más hasta que el pan y el vino se acabaron y el Loro quedó completamente borracho. Entonces Gallarín lo agarró para huir con él; pero apenas el Loro se vió cogido, comenzó a gritar desaforadamente:

--¡Amito! amito! que me llevan!

A los gritos despertó el Gigante, asió a Gallarín y lo amarró de pies y manos a un poste, en el último patio del castillo, para comérselo después.

El Gigante estaba que no cabía en sí de gusto por haber aprisionado a Gallarín, así es que salió a convidar otro gigante, su compadre, «para comerse un cordero tiernecito»--así le dijo.

Mientras el Gigante andaba afuera, su mujer preparaba el fondo en que iban a cocer al pobre Gallarín, y con un hacha se puso a partir leña para encender el fuego. Gallarín, nada tranquilo, miraba cómo trabajaba la mujer por cortar un grueso tronco demasiado duro, y de pronto se le ocurrió una idea y le dijo:

--¡Me da no sé qué, señora, verla trabajar tanto! Si me soltara las manos siquiera, yo le ayudaría a partir la leña.

La mujer del Gigante le creyó, le soltó las manos y le entregó el hacha.

--Acérqueme el tronco, porque así como estoy, amarrado de los pies, no alcanzo hasta él.

La mujer le acercó el tronco.

--Ahora sujétemelo bien para que no se mueva.

Y en cuanto la mujer se agachó para sujetar el tronco, mi buen Gallarín le asesta tan feroz hachazo en el cogote que me la deja tendida, muerta. Con la misma hacha cortó la cuerda con que tenía atados los pies, en seguida desnudó a la mujer, la despresó y la echó al fondo, que estaba hirviendo con las papas, choclos, porotos, zapallo, ajos y cebollas correspondientes; después tomó la cabeza y la arregló en la cama en que ella dormía, dejándole los chapes colgando, y en lugar del cuerpo colocó una almohada debajo de las cobijas, cogió al Loro y disparó a toda carrera.

Cuando llegaron los dos gigantes, se fueron al último patio.

--¡Qué rica debe de estar la cazuela, compadre! ¿No siente el olorcito que sale del fondo?

--¡Cómo no, pues, compadre! debe de estar de chuparse los bigotes!

--Y la Micaela, ¿dónde estará?

Se fué a buscarla y vió que estaba en la cama.

--¡Pobre Micaela! Cómo habrá trabajado, compadre, que de puro cansada se acostó; durmiendo está en su cama. Comeremos nosotros y le guardaremos su parte; dejémosla que descanse.--Y se pusieron a comer.

--¡Caráfita que está rica la cazuelita! si el corderito era tan bien retierno, cómo no había de salir buena!

Y el Gigante mete el cucharón al fondo por quinta vez y se sirve él una presa y le pasa otra a su compadre. Este observa la presa que acaban de servirle y todo asustado, exclama...

--¡Compadre! usted me convidó a comer un corderito y resulta que lo que estamos comiendo es una oveja! ¡mire la marca!--y le mostraba la presa que tenía en la mano.

--¿Qué es esto?...--grita el Gigante--y dispara corriendo como un condenado, a ver a su mujer, porque una sospecha terrible pasó por su imaginación.

Llega a la cama de su mujer, tira las cobijas al suelo y no ve sino la cabeza de Micaela y una almohada. El Gigante, que quería entrañablemente a su mujer, se puso a lanzar grandes alaridos y a gritar: