Part 13
--Mira, Miñaco, ¿por dónde nos vamos? por el camino pueden venir algunos y nos corren; vámoslos por adentro de este potrero. Y tocó la desgracia que venían tres cazadores con tres galgos y uno de ellos vió al Miñaco que iba a caballo de una Zorra; entonces dijeron que les iban a animar los galgos pa divertirse con el Miñaco un poco; y los animaron. La Zorra le dijo entonces:
--¡Miñaco, por Dios! ¿qué vamos a hacer? ahora tenimos que arrancar firme; agárrate bien Miñaco, déjate caer para mi cogote y agárrate bien, que yo voy a correr a todo escape;--y empezó a correr orillando la cerca, hasta que hallaron un agujero por donde salirse. Entonces ella pasó, y el Miñaco quedó abierto de piernas en el portillo y pasaron por entremedio de él los galgos; y viendo que ya habían pasado y sintiendo perder su montura le gritó a la Zorra:
--Señora, los estribos no más le encargo.
Entonces los galgos, cuando oyeron esto, volvieron para atrás y se lo comieron. Y la Zorra se libró y se llevó la montura; y se acabó el cuento y se lo llevó el viento y pasó por una mata de porotos para que Ud. cuente otro.
21. CHILINDRIN Y CHILINDRON.
(Referido en 1917, por Anastasio Puga, de 92 años, natural de Guacarhue.)
Han de saber que había una vez en el Norte un ladrón famoso, tan ladino y sutil para hacer sus robos, que nunca pudo probársele ninguno, no obstante que, en muchos casos, faltó poco para pillarlo con las manos en la masa, como se dice. Su nombre era Chilindrín.
La fama de este ladrón corrió por todo el país y llegó a noticias de Chilindrón, otro ladrón, también de fama, que había sentado sus reales en tierras del Sur. Y como tanto se hablara de sus hazañas y con tan vivos colores las pintaran, Chilindrón deseó vivamente conocerlo, cultivar su amistad y pedirle lo nombrara su segundo, si resultaba cierto lo que de él se decía, que lo superaba y le daba ciento y una en el difícil y arriesgado arte que ambos ejercitaban. Y se puso en camino para ofrecerle sus servicios.
Pero, por el mismo tiempo, la fama de Chilindrón, desbordando del campo de sus fechorías, atravesó el centro del país y llegó al Norte; y sus aventuras, revestidas del ropaje de lo maravilloso, infundieron en Chilindrín el deseo vehemente de conocer a Chilindrón y ponerse a sus órdenes, si no mentían los que relataban sus fechorías. Y montando en su caballo, partió para el Sur. En ese tiempo no había trenes en el país, ni los caminos eran buenos, así es que uno y otro demoraron largo tiempo para arribar a las cercanías de la capital. Pero al fin de muchas peripecias y fatigas y de largos días de marcha, llegó Chilindrín a un tupido bosque que crecía en una llanura no distante de la ciudad, y desmontándose del caballo, se sentó en el suelo a descansar, apoyada la espalda en un frondoso roble.
Poco después llegó Chilindrín al mismo sitio, y sin bajarse del caballo, saludó al que descansaba:
--Buenos días, mi amigo, ¿durmiendo la siesta?
--No, amigo; espero solamente que pase el calor para continuar viaje al Sur.
--Pues yo voy al Norte, y si a usted no le parece mal, bajaré de mi caballo, y mientras llega la tarde, pitaremos un cigarro y echaremos un párrafo para acortar el tiempo.
Y descendiendo de su cabalgadura, se sentó al lado del otro, y dijo:
--¿Querrá creer, compañero, que hace ya veinte días que marcho sin descansar? Y quizás cuánto me falte todavía para dar con el que busco!
--¿Y se puede saber tras de quién anda? si no es indiscreta la pregunta.
--Indiscreta no, pero usted sabe que _las paredes tienen oídos y los matorrales ojos_; mas, como usted me inspira confianza, le diré al oído que a quien busco es al famoso ladrón Chilindrín, que me dicen es el número uno para robar.
Y todo esto se lo dijo muy quedo, muy quedito, casi pegada la boca a la oreja de su interlocutor.
--Pero, amigo, si soy yo Chilindrín, que he dejado mis canchas para conocer a Chilindrón, de quien cuentan maravillas y no acaban.
--Y yo soy Chilindrón, amigo de mi alma.
Y ambos ladrones se abrazaron efusivamente.
Conversaron un buen rato, hasta alentar la confianza; y después de reposar un momento, entablaron este diálogo, comenzando Chilindrón:
--Compañero, no se imagina usted qué gustazo tendría yo si lo viera ejecutar una de sus hazañas.
--Y yo diera lo que no tengo por verlo hacer a usted una de las que tanto renombre le han dado.
--Comience usted, hermanito, que viene del Norte.
--Aunque esta no es una razón para que yo comience, empezaré yo. ¿Ve ese nido de águila que está en la copa de este mismo roble? El águila está echada en él y yo le voy a robar los huevos sin que me sienta.
Y escupiéndose las manos Chilindrín, con la suavidad y el tiento de un gato subió por el tronco, y tan bién lo hizo, que no se sintió ni el menor ruido.
Chilindrón esperó que Chilindrín fuera por la mitad del tronco, y entonces, imitando a su flamante amigo, se escupió también las manos, y subió tras él, sin ser sentido.
Cuando Chilindrín llegó a lo más alto del árbol, con mucho tino metió la mano en el nido, y sin que el águila se diera cuenta de lo que pasaba, retiró un huevo y se lo metió en el bolsillo. Pero Chilindrón, que ya había llegado hasta donde estaba Chilindrín, con el mismo tino y suavidad que éste, metió la mano en el bolsillo de su amigo, y sacándole el huevo recién robado, lo guardó en su propio bolsillo.
Y esta operación se repitió por cuatro veces, pasando los huevos del nido al bolsillo de Chilindrín y del bolsillo de Chilindrín al de Chilindrón, sin que el águila ni Chilindrín advirtiesen las jugadas que se les hacían.
E inmediatamente de guardarse el cuarto huevo, Chilindrón se deslizó por el tronco y con aire de afectada curiosidad se puso a mirar como bajaba el famoso ladrón nortino, a quien, en cuanto puso pie en tierra, preguntó:
--¿Y cómo le fué, compañerito? ¿Lo sintió el águila?
--Ni siquiera se meneó, compañero. Aquí traigo los huevos.
Y Chilindrín metía las manos en sus bolsillos, las pasaba de uno a otro, se palpaba todo el cuerpo, y, no encontrando nada, exclamó:
--¡Caramba! ¿dónde los he metido? ¿qué se han hecho?
--No busque más, compañero,--le dijo Chilindrón,--aquí están los huevos que usted le robó al águila y que yo se los iba robando a usted a medida que usted los guardaba en sus bolsillos. _Donde hay uno hay otro, y nunca falta un roto para un descosido_, y para un Chilindrín aquí tiene usted un Chilindrón.
--¡Vengan esos cinco jazmines, compañero! Usted es más diablo de lo que yo me imaginaba, y con usted _me ha salido el futre_. Juremos ser hermanos en adelante y vivir y trabajar juntos, y entonces ¿quién podrá nada contra nosotros?
Y con un apretón de manos sellaron el pacto de vivir unidos y marchar siempre de acuerdo.
Nuestros dos ladrones se establecieron en las afueras de la capital; y como necesitaban de una persona que los cuidara en caso de enfermedad y atendiera a los menesteres de la casa, acordaron que Chilindrín se casaría con una hermana joven y bien parecida que Chilindrón tenía en el Sur y que hicieron venir.
Se casó, pues, Chilindrín, y todo marchaba a maravilla, pues los dos amigos, con sus robos, se daban toda clase de comodidades.
* * * * *
Gobernaba en ese entonces el país un Rey muy rico, que había recibido de sus antepasados una enorme fortuna, que él, por su parte, había acrecentado prodigiosamente. Las joyas, alhajas y monedas de oro que componían esta fortuna, formaban grandes montones que se guardaban en una elevadísima torre construida especialmente para este objeto, a los pies del palacio, y la cual visitaba el Rey el día primero de cada mes.
Nuestros ladrones, que oyeron hablar de estas riquezas, se propusieron robarlas, y para el efecto, una noche, pasando por los techos de unas casas a otras, llegaron hasta la torre, y como si fueran lagartijas, se pegaron a la muralla y subieron hasta lo más alto, donde encontraron una especie de ventana, o más bien tronera, que tenía atravesado un grueso barrote de hierro. A éste, después de quebrar un vidrio, ataron una soga que llevaban consigo, y se deslizaron por ella, primeramente Chilindrín y en seguida Chilindrón.
Los ojos de los ladrones no se saciaban mirando tantas riquezas, a la luz de un farol, de que también iban provistos; pero era preciso salir antes que llegara el día; así fué que llenaron precipitadamente sus bolsillos de lo que les pareció de más valor, y subiendo por el cordel, que retiraron, se fueron a su casa, bastante satisfechos del resultado obtenido. La visita se repitió varias noches consecutivas, con mejor éxito aun, pues llevaron unos saquetes para el acarreo de lo que robaran.
Pero como los días corren unos tras otros sin que nadie pueda atajarlos por bien que maneje el lazo, llegó el fin del mes, y al día siguiente el Rey, acompañado de sus ministros y consejeros, se trasladó a la torre para depositar el dinero recaudado en los treinta días anteriores y contemplar sus riquezas.
Pónganse ustedes en lugar del Rey y se darán cuenta de cómo se quedaría aquel monarca avaro, que tenía su alma puesta en su tesoro, al ver el enorme hueco dejado por los ladrones en el principal montón, en el que estaban las alhajas más preciadas. Su ira no tuvo límites; desenvainando el sable, arremetió contra sus ministros y consejeros, como si ellos fueran los autores del robo. No es decible cuánto costó apaciguarlo.
Una vez vuelto a la calma, se dedicaron todos a ver por dónde penetraba el ladrón--ellos suponían que era uno solamente--empresa conceptuada poco menos que imposible, ya que la torre no tenía otra entrada que la puerta, y ésta, que era de hierro, tenía muchas cerraduras secretas, sólo conocidas del Rey. Pero no descubrieron el menor rastro.
Cien conjeturas se formaron a este respecto, a cual más descabellada, hasta que un ciego, antiguo ladrón y actual consejero del Rey, que formaba entre los del séquito dijo:
--Que traigan ramas de árboles que estén bien secas y préndaseles fuego aquí adentro, y los que tengan ojos vean desde afuera por dónde sale humo; por ahí seguramente se introdujo el autor del robo.
Y efectivamente, así se descubrió la tronera que servía de entrada a Chilindrín y a Chilindrón.
El ciego aconsejó que se guardara completo silencio acerca de lo sucedido y que en el sitio preciso en que debía posar los pies el que bajara desde la tronera, se colocara una gran tina de alquitrán suficientemente espeso para que no pudiera salir el que penetrara en él, y se esperara hasta el día siguiente. Se encontró bueno el consejo y se siguió en todas sus partes.
Ya entrada la noche, a la hora que tenían costumbre, nuestros protagonistas subieron hasta la tronera de la torre y por la cuerda bajó primero Chilindrín; y cuando, soltándola, se dejó caer al suelo, sintió que se hundía hasta el pecho en una sustancia pegajosa, a la cual se adhirió de tal suerte que no podía moverse. Inmediatamente gritó a su compañero que bajaba detrás de él:
--No te sueltes, porque te quedarás pegado, como yo, en esta tina de alquitrán. Balancéate de modo que el cordel contigo tome vuelo, y cuando te hayas desviado bastante del centro, déjate caer y me cortas la cabeza, te la llevas y la entierras donde nadie te vea; así no sabrán quién soy, y tú no te comprometerás.
Con gran dolor de su alma, y sólo después de porfiarle mucho Chilindrín exigiéndole que hiciera lo que le decía, Chilindrón le cortó la cabeza a su cuñado y la dejó desangrar completamente dentro de la misma tina en que quedaba el cuerpo; en seguida la envolvió bien en un gran pañuelo y la guardó dentro del saquete que había llevado; y como en éste quedara espacio todavía, escogió las más hermosas alhajas del gran montón y con ellas lo llenó, y asegurándoselo bien al hombro, subió por el cordel, que dejó colgando del barrote.
El Rey, por su parte, pasó en vela toda la noche, contando las horas que faltaban para coger al ladrón, y anticipadamente gozaba pensando en los tormentos que le haría sufrir en público, para escarmiento de los que pudieran tentarse de repetir la aventura.
Y como nadie es capaz de atajar las horas, aunque muchos lo quisieran, fueron sucediéndose una en seguida de otra hasta que llegó el día y el momento en que el Rey y su séquito debían trasladarse a la torre del tesoro.
No es para descrita la cara que pusieron el Rey y sus acompañantes al encontrarse con un cuerpo sin cabeza dentro de la tina. Nuevas iras del monarca y nuevo trabajo de sus acompañantes para apaciguarlo. Quien en definitiva consiguió reducirlo fué el ciego, asegurándole por todos los santos del cielo que todo se descubriría.
Una vez que se restableció la calma, habló nuevamente el ciego:
--Lo que ustedes están viendo demuestra que los ladrones son dos, y no uno solo, como habíamos creído. Para descubrir al segundo, propongo que en un serón de cuero se arrastre por todas las calles de la ciudad el cuerpo aquí presente; adelante irá un pregonero gritando: «Esta es la justicia que hace el Rey nuestro señor, con los que pretenden robarle su tesoro»,--y atrás, mezclados entre los curiosos, irán unos cuantos individuos de la policía, disfrazados de paisanos; y cuando éstos oigan que en alguna casa lloran o se lamentan, pondrán una señal en la puerta de la calle. Después será fácil averiguar en cuál de las casas marcadas vive la familia del ladrón degollado, y como _por la hebra se saca el ovillo_, teniendo este dato, sin gran trabajo se dará con el ladrón que falta.
Todos encontraron excelente el consejo del ciego, y en la tarde del siguiente día se ejecutaron sus instrucciones al pie de la letra.
Cuando se inició el paseo del cuerpo, Chilindrón andaba en la calle, y como no tenía un pelo de leso, sospechó al punto lo que se pretendía, y más se aseguró en su creencia al distinguir entre la muchedumbre que seguía al cadáver a varios miembros de la policía, disfrazados. Apresuradamente se dirigió a su casa y comunicó a su hermana, la mujer de Chilindrín, las sospechas que tenía, convertidas casi en certidumbre, y le aconsejó que cuando pasaran el cuerpo de su marido por frente de la casa, no hiciera la menor manifestación de dolor: y para mayor seguridad, la encerró en una pieza interior. Pero cuando la mujer oyó la voz del pregonero y los gritos de la multitud, no pudo contenerse y se lanzó a llorar a toda boca, de tal manera que, a pesar de las precauciones tomadas por Chilindrón, las lamentaciones de la viuda se oían perfectamente en la calle. Entonces Chilindrón se fué a la cocina y cogiendo una hachuela se puso a partir leña y adrede se cortó el dedo chico de la mano izquierda, y sacando a la viuda de donde estaba encerrada, le mostró la mano chorreando sangre y le encargó que en sus quejas se refiriera a este hecho. Y en efecto, cuando momentos después el muerto y su séquito pasaban por la casa y uno de los soldados de la policía disfrazados entró a averiguar de qué provenían las lamentaciones, oyó que la mujer le decía:--«¡Te has cortado la mano! ¿qué va a ser de nosotros? Ya no podrás trabajar y nos moriremos de hambre», y el herido contestaba:--«Si no es nada mujer, si apenas me he cortado un dedo, que, en buena cuenta, no me hará ninguna falta». El soldado, que vió lo que pasaba y oyó lo que ambos decían, creyó que era cierta la causa del llanto de la mujer y se retiró sin hablar palabra. Pero un segundo soldado, que al mismo tiempo que el otro había salido de la multitud, había hecho, mientras tanto, una cruz con alquitrán líquido en la puerta de la calle.
La casa de Chilindrón fué la única en que se oyeron llantos en ese día. En razón de lo cual el ciego aconsejó que prendieran al hombre del dedo cortado y a la mujer llorona, porque uno y otro debían de ser parientes del degollado. Pero cuando los de la policía llegaron a la calle en que los presuntos reos vivían, no pudieron dar con la casa, porque todas las del barrio, que eran exactamente iguales, tenían en su puerta la misma cruz que el soldado había puesto por señal. ¿Qué había sucedido? Que poco después de pasar el cortejo por su casa, Chilindrón había salido a la calle a asomarse, y al entrar vió la cruz en la puerta, y, siempre sospechoso, por lo que pudiera suceder, hizo en la noche otra igual en todas las puertas del barrio.
La pesquisa no dió, pues, el resultado que se esperaba, y la ira del Rey subió de punto, pero de nuevo el ciego lo calmó.
Dijo el ciego:
--Soy de opinión que se deje el cadáver en el cerro que hay en el oriente de la ciudad y se publique por pregón que se le abandona para que sea pasto de los buitres y los jotes; pero mientras tanto, algunos soldados estarán en acecho ocultos entre los espinos del cerro, y en cuanto vean que alguien se acerca para llevárselo, se apoderarán de él. Como por el cerro no transita nadie, es claro que cualquiera que atraviese por ahí, es porque trata de llevarse el cadáver.
El consejo fué encontrado muy bueno, y el Rey ordenó ponerlo en práctica.
Pero Chilindrón, que era más diablo que el ciego, al oir el pregón adivinó lo que se pretendía, y así que llegó la noche, vistió un hábito franciscano, se encasquetó la capucha y armado de unas muy buenas tijeras montó en una mula, en cuyas ancas aseguró un cuero de rico vino añejo recargado con zumo de amapolas, y muchos hábitos de religioso de la misma orden, y las echó para el cerro. A pesar de ser la noche muy oscura, los soldados distinguieron perfectamente un bulto que llegaba al lado del cadáver, al parecer un hombre que bajaba de un caballo, y al punto corrieron hacia él para prenderlo; pero cuando llegaron se dieron cuenta de que el que iban a tomar era un pobre fraile que devotamente rezaba el rosario y que los invitó a hacerle coro. Los soldados no aceptaron la invitación y más bien por fórmula que por otra cosa, le preguntaron a dónde iba y por qué había elegido un camino que nadie frecuentaba. El fraile contestó que en el convento se había concluído por completo e! vino para la misa y había ido a la ciudad a comprar del mejor y ahí lo llevaba en un cuero a la grupa de su cabalgadura; que aprovechando el viaje había pasado a comprar veinte hábitos, que también le habían encargado, y que si había escogido el camino que pasaba por el cerro era porque, yendo por él, se libraba de dar una gran rodeo por la falda, y llegaría al convento antes de amanecer. Los soldados comprobaron que verdaderamente la mula cargaba el cuero de vino y los hábitos que decía el padre y al pedirle excusas por el susto que le habían hecho pasar, le rogaron les convidase con un vasito de vino para pasar el frío. Chilindrón les dijo que con mucho gusto y que no sólo un vasito les daría, sino dos a cada uno; y sacando de la manga un vaso de cuerno de tamaño más que mediano, fué llenándolo y pasándolo sucesivamente a todos los soldados, y mientras escanciaba les decía:--«Después que queden satisfechos me dejarán terminar tranquilamente mi rosarito, pues tengo la santa devoción de rezar uno completo, de quince casas, siempre que en mi camino tropiezo con algún difunto».
Terminada la primera rueda, comenzó a servirles de nuevo, pero la fuerza del vino, y más que la del vino, la del narcótico, adormeció a los soldados, que poco a poco fueron cayendo y quedaron tendidos en el suelo como pollos muertos.
Chilindrón esperó un rato, y después de comprobar que no los despertaría ni una carreta que pasara por sobre ellos, sacó sus tijeras y con la maestría de un peluquero de convento, les hizo corona y cerquillo; después los desnudó de sus ropas y los vistió con los hábitos que había llevado; y en seguida hizo un montón de uniformes y les prendió fuego, tiró al suelo el odre y en su lugar colocó el cadáver de su amigo y cuñado, montó en la mula y clavándole las espuelas, emprendió marcha a su casa.
Cuando los vapores del vino y los efectos del narcótico hubieron cesado, los soldados abrieron los ojos y se miraron espantados; creyeron que estaban soñando, pero al fin volvieron a la realidad y comprendieron la sangrienta burla de que habían sido juguete. Después de deliberar un rato, vieron que no tenían más remedio que presentarse al Rey como estaban, para darle cuenta de la aventura que les había sucedido y que había dado al traste con la comisión que se les encomendara.
El Rey escuchó la relación sin inmutarse y comprendió que se las había con un enemigo con quien no podía luchar, pero, como había que castigar a alguien, ordenó que a cada uno de los soldados le dieran cien azotes, para que otra vez no se dejaran meter el dedo en la boca, y que al ciego lo quemaran, para no recibir de él consejos que, aunque sabios al parecer, habían resultado desastrosos.
Chilindrón siguió robando muy tranquilo algún tiempo más, sin que nadie lo molestara, hasta que, cansado de la vida de ladrón, se fué con su hermana a otro reino muy distante, en donde nadie los conocía, y pasaron ahí la gran vida.
22. JUAN VALIENTE, EL DE LA VAQUILLA
(Referido por el niño Samuel Antonio Letelier, de Molina, de 9 años. Lo oyó contar en Linares.)
Estos eran un Rey y una Reina que tenían muchos potreros llenos de animales, y los cuidaba un hombre muy honrado, que no sabía lo que era miedo, y famoso campañista, el cual se llamaba Juan.
Un día los reyes le mandaron a Juan que trajera todas las vacas, que eran muchas, para ordeñarlas, y Juan las trajo y los reyes se recreaban viendo tanta vaca gorda y cómo las lechaban.
Entre las vacas había una vaquilla flacuchenta y chiquitita. El Rey le dijo a la Reina:
--Démosela a Juan para él; este hombre se ha portado muy bien con nosotros y ha hecho crecer y le ha dado valor a nuestra hacienda.
--Bueno--dijo la Reina--démosela--y se la dieron.
Juan cuidó mucho su vaquilla y en poquito tiempo creció y engordó y se puso más gorda que las vacas del Rey.
Un día la vió la Reina y le dijo a Juan:
--Mata esa vaquilla que está tan gorda, y la hacemos charqui.
Juan le dijo:
--Esa vaquilla es mía y no la mato sino cuando yo quiera.
La Reina insistió en que la matara, pero Juan se fué donde el Rey a poner reclamo.
El Rey le dijo:--«Vete mejor con tu vaquilla a otra parte, porque la Reina está muy enojada contigo y quiere que la maten».
Se fué Juan con su vaquilla, y apenas se había alejado un poco de la ciudad, unos bandidos salieron de una casa que había a la entrada de un bosque y se la quitaron.
En la noche Juan se escondió en el pajar de la casa de los bandidos para ver si podía rescatar su vaquilla; pero desde su escondite vió cómo la mataban y después se la comían asada.
Juan tuvo mucha pena y llorando decía:--«Me la han de pagar estos badulaques».
Mientras comían y bebían, los bandidos formaban una gran zalagarda. El capitán los hizo callar y les dijo:--«Vámonos a dormir y mañana subimos al mirador a ver si pasa alguna niña para divertirnos con ella».
Esto que oye Juan, sale calladito y se va a casa de una comadre a pedirle ropa de mujer, se vistió con ella, se puso colorete, se empolvó y debajo de las polleras escondió un sable bien afilado.
Ya entrada la mañana, salió y pasó por frente a la casa de los bandidos, imitando el modo de andar de las mujeres.
Los bandidos estaban en el mirador, y en cuanto la vieron, bajaron a invitarla a tomar un refresco, porque hacía mucho calor. Ella aceptó y le sirvieron licor y le pasaron la guitarra para que los divirtiera tocando y cantando.
En la tarde, el capitán echó a los bandidos que se fuesen a la montaña, diciéndoles:--«Yo me quedaré aquí con esta prenda».
Se fueron los bandidos; y mientras el capitán, vuelto de espaldas, sacaba vino de un barril, Juan se arremangó las polleras, sacó el sable y dió al jefe de los ladrones dos o tres feroces cuchilladas y arrancó a esconderse en el mismo pajar.
El capitán, que había quedado herido solamente, gritaba como un condenado, tanto y tan fuerte que los bandidos que estaban en la montaña oyeron los gritos y creyeron que el capitán habría matado a la niña, y fueron corriendo a ver lo que había sucedido.