Part 12
Invitado por el Rey a que escogiera la que más le agradara para esposa, entre las jóvenes salvadas por él mismo, todas las cuales eran de sangre real, fijó su atención en una que descollaba entre todas por su aspecto dulce y modesto. Era prima de la princesa, mujer de su hermano, y muy querida del Rey y de ella.
Con ella se casó y fijaron su residencia en el antiguo castillo de la «Torderás, irás y no volverás», el que, libre de la maléfica influencia del Culebrón y de sus servidoras, se había transformado en una espléndida mansión. Domingo le cambió el fatídico nombre con que era conocido, por el de «Castillo de la Torderás, si a él vas, contento volverás»; y en efecto, quien lo visitaba salía plenamente satisfecho de la magnificencia con que era atendido por sus dueños.
Francisco y Domingo no olvidaron a sus padres en la prosperidad: los llevaron a su lado y los honraron como buenos hijos. Dios los premió, haciéndolos felices hasta el fin de su vida, que fué larga y se deslizó dulcemente, sin penalidades ni contratiempos.
Y aquí se acabó el cuento, y se lo llevó el viento, y se entró por la puerta de un convento; los frailes, que lo oyeron, quedaron muy alegres; los mochos y sirvientes se cayeron de contentos.
19. EL COMPADRITO LEÓN, POTITO QUEMADO.
(Contado por Beatriz Montecinos, de Talca, de 50 años, en 1911).
Este era un Rey muy rico, que tenía un Monito muy ladrón, y el monito iba todas las noches a robarle charqui para comérselo con sus amigos.
Un día fué el Rey a la bodega para ver cuanto charqui le quedaba porque lo iba a vender al día siguiente. El Rey, al entrar a la bodega, se cayó de espaldas del susto que le dió porque encontró tan poquito charqui. Llamó entonces al Mayordomo y le dijo:--¿Tú has vendido charqui? El Mayordomo le contestó:--Yo no, su mercé; yo para nada he entrado a la bodega y ni siquiera he visto el charqui.
El Rey se puso a contar el charqui para ver si en la noche se lo iban a robar; una vez que contó los líos, llamó a sus mozos y les mandó que toda la noche hicieran ronda por la orilla de la bodega y pudieran pillar al ladrón, advirtiéndoles que a la mañana siguiente vendría a saber lo que había pasado.
Los pobres mozos casi se murieron de frío en la noche, y no vieron a nadie.
Al otro día tempranito fué el Rey a preguntar si habían visto al ladrón. Los mozos le contestaron que no habían visto a nadie. Entonces llamó al Mayordomo, entró con él a la bodega, contó de nuevo el charqui y vió que le faltaban muchos líos.
Enojado como un diablo, porque creía que el Mayordomo era el ladrón y se estaba haciendo el leso, le dijo:--Te doy de plazo dos días para que pilles al ladrón, y si en los dos días no lo has pillado, con tu cabeza pagarás el charqui que se ha perdido. Y se fué dejando todo afligido al pobre Mayordomo.
Cuando el Mayordomo se quedó solo, se puso a decir:--¡Buena cosa, que mi amito sea tan injusto conmigo, cuando yo ni malicio quien pueda ser el ladrón!
Cansado de tanto pensar el pobre hombre, se le ocurrió ir donde una vieja bruja que tenía pacto con el diablo, para pedirle consejo.
Se fué donde la vieja y le contó todo lo que le había pasado y lo que el Rey le había dicho. La vieja le dijo que no fuera miedoso porque nada le pasaría.--“Váyase a la casa--le dijo--recoja hartas chamisas y haga una fogata bien grande adentro de la bodega y se fija bien por donde sale el humo y viene a avisármelo”.
El Mayordomo se fué contento porque ya el Rey no mandaría cortarle la cabeza. Agarró las chamisas y les atracó fuego. Ligerito vió el humito que salía por un portillito que había en un rincón. Al tirito se fué donde la vieja y le dijo que el humo salía por un portillito que había en un rincón. Entonces la vieja le dijo que hiciera un mono de liga y le pusiera en las manos una baraja y pusiera una mesa con harta plata en un lado y una vela encendida en el otro, y que todo lo arreglara muy bien y lo pusiera frente al portillo y volviera al otro día.
El Mayordomo se fué e hizo todo lo que la vieja le había encargado.
Después que dejó todo arreglado, se fué dejando bien cerrada la bodega.
En la noche llegó mi buen Monito, que se entraba por el portillito, y vió al compañero con la baraja en la mano y con tantísima plata en la mesa que llegó a saltar de gusto, porque decía:--«Esta noche le gano toda la plata y me voy a remoler donde mis chiquillas con plata y con harto charqui».
Entró como de costumbre, y le dijo al otro mono:
--Ya estoy aquí, compañerito de mi alma; vamos a rifar quien talla.
Y agarró una chaucha y la tiró para arriba diciendo:
--¿Cara o sello? Sello! te tocó a ti; ya está; principia.
Y como el mono de liga estaba quieto, el Monito le dijo:
--Contra na estáis enojado, porque si no me jugáis, te quito la plata y te pego.
El Monito viendo, que la hora se pasaba y el otro no jugaba, le quitó la baraja y se puso a tallar él. Luego tiró dos cartas y le preguntó:
--¿A cuál vay vos?; y el otro mono callado.
Le dijo entonces:
--Bueno, ya que no querís escoger, escogeré yo; te apuesto cien pesos a la sota de oro; y el otro mono, callado.
El Monito tiró y ganó, y siguió jugando hasta que le ganó todita la plata al otro. Después dijo:
--Me teníay que dar más plata, todavía, porque me habís quedado debiendo; y el otro mono callado.
Y le ha dado tanta rabia al Monito porque el otro no le contestaba ni le hacía caso, que le dijo:
--Ya que vos no me pagáis, yo te pagaré; y le endilgó un puñete tan fuertazo que lo botó de la silla.
Quedó el Monito pegado de la mano derecha. Entonces le dijo al mono de liga:
--Si no me soltáis, te mando otro puñete, cosa que te haga escupir tachuelas. Y el mono callado.
Le mandó entonces otro puñete, y se quedó pegado de la mano izquierda. Después le dijo:
--Si no me soltáis, te mando una patá que te hago estornudar pejerreyes.
También le mandó la patada y también quedó pegado de la pata derecha.
Después le largó una patada con la pata izquierda, y se quedó pegado de esta pata.
Después le lanzó un colazo, y quedó pegado de la cola.
Después le mandó un guatazo, y se quedó pegado de la guata.
Ya no le quedaba libre más que la cabeza.
Entonces le dijo:
--Suéltame, monito lindo, te doy toda la plata que te he ganado, toda la que yo traía, y toda la que tú queray. Y el otro mono callado.
Entonces vió que era lesera rogarlo, y le mandó un cabezazo a matarlo: y también quedó pegado de la cabeza.
A todo esto venían ya las claras del día y el Monito estaba frito. Llorando estaba el Monito su desgracia y lamentándose de su suerte, cuando llegó el Mayordomo y lo vió. Entonces casi se volvió loco de gusto el Mayordomo, porque había pillado al ladrón. Más que ligerito se fué donde el Rey para avisarle que el ladrón había caído en la trampa. El Rey fué corriendo a ver quien era el ladrón, y cuando entró en la bodega se quedó abismado de ver a su Monito preso; y le ha dado toitita la rabia, que mandó que lo sacaran y lo amarraran a los castaños para que le echaran dos fondos de agua hirviendo y le metieran por el poto un barra de fierro que estuviera bien caldeada.
Sacaron los mozos al Monito y lo amarraron a los castaños y se fueron a calentar el fierro y el agua.
Cuando estaba solo el Monito, acierta a pasar por ahí su compadre León, que le preguntó:
--Qué está haciendo ahí, compadrito? Apuesto que me lo han pillado robando castañas.
Entonces el Monito le contestó:
--¡Ay compadrito, si Ud. supiera lo que me pasa, estoy seguro que no se reiría de mí sino que me salvaría!
El compadre León al oirlo hablar con tanta pena, le preguntó:
--¿Qué le pasa, compadrito?
Y el Monito le contestó:
--¡Qué malos son conmigo, compadrito! ¿a quién se le ocurre que un Monito tan chico como yo se va a comer una ternera tamañaza, y más no teniendo ni una pisquita de ganas de comer? ¿por qué, compadrito, usted que es tan bueno y es bien grande no se come la ternera y me salva a mí?
El compadre León llevaba harta hambre, porque hacía hartazos días que no probaba ni agua, así es que le dijo al Monito:
--Bueno, pero ¿qué hay que hacer?
Entonces el Monito le contestó:
--Primero me tiene que cortar las amarras, quedando usted en mi lugar. Después vendrán dos hombres a preguntarle si se come la ternera, y usted les dirá que sí, que se la come toitita. Entonces le entregarán la ternera y lo dejarán en paz con su pancita bien llena.
--Muy bien le dijo el compadre León, manos a la obra; y ligerito desató al Monito, y se puso él en su lugar para que lo amarrara.
El Monito lo amarró bien amarrado para que no se fuera, y cuando acabó de amarrarlo, le dijo:
--Adiós, compadrito León, que goce mucho con la ternera y que no se vaya a empachar.
Y se fué, dejando al compadre León bien amarrado y con la boca que se le hacía agua.
El compadre León llegaba a menear la cola de contento y no hallaba las horas que le trajeran la ternera.
Por fin llegaron los hombres con los fondos de agua hirviendo y la barra de fierro, que llegaba a venir coloradita de lo caldeada que estaba. El León creyó que la barra era el asador que había servido para asar la ternera y que a la ternera la traían en los fondos.
En cuanto llegaron los hombres le dijeron:
--¡Ah! endenantes erais Monito y ahora te volvisteis leoncito; pero esto no te servirá de nada.
El compadre León, creyendo que le preguntaban si se comía la ternera, contestó:
--¡Sí me la como! ¡Sí me la como!
--Si ya te la vais a comer, Monito diablo, le dijeron; y diciendo y haciendo, le han echado encima los dos fondos de agua hirviendo y me lo han dejado lo mismo que pollo en punto de echarlo a la cazuela; y más que ligerito y antes que el compadre León se repusiera, le han metido la barra caldeadita por el poto, y se lo dejaron lo mismito que luche.
El compadrito León, del dolor que le dió, cortó las amarras y se arrancó antes que le hicieran otra cosa peor. Se fué bramando lo mismito que un buey cuando lo marcan.
Cuando iba corriendo, le salió al camino su compadre Monito y desde lejitos le dijo:
--¿Qué hubo, compadrito León, potito quemado? ¿se comió la ternera? ¿Bueno que estaría bien rica, no?
El compadrito León potito quemado casi no podía hablar del dolor; pero se paró un ratito y le contestó:
Ya me las pagarís bien, Monito picarón.
Una vez que se mejoró el compadrito León potito quemado, se fué donde una comadre Zorra que tenía, que era el mismo diablo y veía debajo del agua, a preguntarle como haría para pillar al Monito. La comadre Zorra cuando vió a su compadre León con el poto quemado, casi se murió de la risa que le dió y le hizo muchísima burla. Después que se cansó de reir, le aconsejó al compadre León que se fuera a la orilla del río y se escondiera bien detrás de una piedra, sin hablar ni una sola palabra, porque todos los días iba el Monito a tomar agua ahí.
El compadre Leoncito potito quemado le dió las gracias, y se fué a donde la Zorra le había dicho y se escondió y esperó que llegara el Monito.
En esto estaba cuando llegó el Monito y le mereció ver la punta de la cola al compadrito León. Entonces el Monito se puso todo malicioso y antes de tomar agua comenzó a decir:
--Agüita ¿te tomaré?... Agüita ¿te tomaré?... Agüita ¿te tomaré?...
Y así siguió hasta que el compadre León se aburrió y le dijo:
--Tómame no más, Monito.
Entonces el Monito dijo:
--Yo no tomo agua que habla, porque ahí está mi compadre Leoncito potito quemado: y se arrancó antes que el compadre León lo pillara.
El compadre León salió de su escondite rabiando porque no había pillado al Monito y se fué a donde la comadre Zorra a contarle lo que le había pasado. La comadre Zorra casi le pegó al verlo tan tonto, y después que lo retó bien le dijo:
--Vaya otra vez a ponerse detrás de la misma piedra y no le diga ni una palabra, aunque esté todo un día esperando.
El compadre León prometió quedarse callado y se fué ligerito a esconderse antes que llegara el Monito y lo pillara.
Después de mucho rato llegó el Monito con un palito en la mano y se puso a decir lo mismo que la primera vez:
Agüita ¿te tomaré?... Agüita ¿te tomaré?... Agüita ¿te tomaré?... hasta que se cansó, y como nadie le contestara, se puso a tomar agua.
En esto estaba cuando el compadre Leoncito potito quemado pegó un salto y me lo pescó al Monito de una mano. El Monito, todo afligido, le dijo:
Mire, compadrito, perdóneme por esta vez,--y el de León no le hacía caso.
--Bueno, compadrito, ya que no me perdona, no me agarre de esa manito porque la tengo enferma; agárreme esta otra.
El compadre fué a agarrarle la otra mano; pero en vez de la mano le agarró el palito que le alargó el Monito. Donde el Monito, en cuanto se vió libre, se arrancó gritando:
--¡Buena cosa, mi compadre Leoncito potito quemado! por agarrarme la manito me agarró el palito.
El compadre León agarró el palito y lo hizo pedacitos, jurando y perjurando porque el Monito había vuelto a hacerlo leso.
Otra vez se fué donde la comadre Zorra.
La comadre, al saber lo que había pasado, agarró una varilla y le sobó el lomo al compadrito León para que se le quitara lo pavo. Después que le dió unos cuantos varillazos, le dijo:
--Váyase a la mata de palma donde el Monito va a almorzar, por detrás de los sauces para que así no lo vea, y no le haga caso de nada, y lleve un buen cordel para que lo traiga amarrado.
El compadre León le dió las gracias a su comadre Zorra y le prometió seguir su consejo al pie de la letra.
Desde arriba de la palma divisó el Monito al compadre León, que venía haciéndose el lesito, y se puso a gritarle:
--Compadrito León potito quemado, ¿por qué no se sube a la palma a comer coquitos conmigo? ¡mire que están muy ricos! Al León se le hacía agua el hocico y ya le parecía que estaba comiendo coquitos; pero se acordó del encargo de su comadre Zorra y de los varillazos que le había dado, y le contestó al Monito:
--No quiero cocos, a comerte vengo.
Pero el Monito le dijo:
--Suba no más, compadrito, después que comamos coquitos me come a mí. Tíreme una punta del cordel y usted se amarra de la otra a la cintura y yo lo subo.
Ya se estaba haciendo tarde, así es que el compadre León, de puro aburrido que estaba, hizo lo que el Monito le indicaba: le tiró el cordel y él se amarró bien a la cintura. El Monito le decía:
--¡Ay compadrito! ¡cuántos coquitos se va a comer, y después me comerá a mí!
Mientras el León iba subiendo, el Monito se iba bajando. Cuando el compadre León iba a llegar arriba, vió que el Monito estaba abajo. Lleno de rabia le dijo:
--¡Ah, pícaro! me habís engañado! pero me las tenís que pagar no más!;--y ya se iba a bajar, cuando le dice el Monito:
--Ya está frito mi compadrito León potito quemado; y lo amarró bien firme a la palma, dejando al pobre Leoncito colgado.
El Monito principió a hacerlo rabiar, diciéndole que era un tonto, que ya lo había hecho leso tres veces y todavía no escarmentaba y que para celebrar la diablura que había hecho se iba a robar más charqui.
El compadre León ya estaba desesperado porque nadie lo sacaba, sino que, al contrario, pasaban y le hacían burla como un diablo.
En esto pasó su comadre Zorra y lo vió y en vez de apurarse en sacarlo, lo principió a retar. El compadre León le pedía perdón diciéndole que ya no iba a ser más tonto. Entonces la comadre Zorra lo perdonó, y por librarlo más luego, cortó el cordel; donde el pobre León, hijito de mi alma, casi se mató del costalazo que se dió.
La comadre Zorra, después que lo retó otra vez bien retado, le dijo:
--Mire, compadre, fíjese bien en lo que le voy a decir, porque si no hace lo que yo le digo, yo misma le doy la contra. Váyase a la cueva de la bruja que está detrás del cerro del Palomo, y ahí me pilla al Monito con toda seguridad, porque ahí va todos los días a machacar el charqui. Y adiós, compadre, no se le olvide lo que le digo, y no vaya a ser cosa de que vuelva a meter la pata otra vez.
El compadre León potito quemado se fué a donde la Zorra le había dicho. Cuando llegó a la cueva, pilló adentro a mi buen Monito, machacando charqui. El compadre Leoncito se paró en la puerta y le dijo:
--¡Ah Monito pícaro, al fin te voy a matar, después de tanto tiempo que te has reído de mí!
El Monito, sin afligirse ni apurarse, le dijo:
--¡Buena cosa, compadre, que usted se moleste tanto por mí, cuando yo estaba pensando ir ahora mismito a verlo para pedirle perdón!
--Pícaro, le dijo el León ¿todavía no estáy contento con lo que te hay reído de mí? pero ya no te reirís más, porque tu fin ha llegado. Reza el acto de contrición.
Entonces el Monito le dijo:
--Bueno; ya que viene tan guapo, sírvase un pedacito de charqui, que está muy rico.
--No quiero--le contestó el León;--el único charqui que voy a comer eres tú; así es que prepárate.
--Bueno--le dijo el Monito;--pero como todos los reos que están en capilla tienen derecho de pedir y que se le conceda una gracia, yo pido que para que mi compadre León me coma mejor, me deje acabar este charqui, y después, para que yo no sufra tanto, usted abre la boca y cierra los ojos, y yo me tiro de cabeza dentro de su hocico. Pero, mi compadrito Leoncito ¿por qué no me perdona mejor? si todo lo que le hey hecho ha sido pura broma, por juar no más, y para ver qué cara ponía!
Aburrido ya el León de tanta lata y pensando que se le podía escapar, le dijo:
--Ya te has comido todo el charqui y te he concedido todo lo que tú querías, así es que te espero.
El compadre León se sentó en la puerta, y el Monito le dijo:
--¡Ya voy!
Entonces el compadre León abrió la boca y cerró los ojos; pero el pobre León no contaba con lo que le iba a pasar: el Monito tomó la piedra en que estaba machacando el charqui y se la zumbó en toita la cabeza, haciéndosela pedacitos.
El Monito, contento de su obra, se puso a bailar de gusto, y quiso conservar un recuerdo de su compadrito León, que tanto y con tan poca suerte lo había perseguido. Agarró un cuchillo y se puso a descuerarlo. Cuando ya acabó de sacarle el cuero, lo puso al sol para que se secara. Al otro día volvió y como lo encontró seco, se puso a hacer un lazo con el cuero del pobre Leoncito. Cuando acabó de hacerlo, se puso en la puerta a bornearlo para ver cómo le había quedado. En esto estaba, cuando pasó la Zorra y le dijo:
--Qué bonito tu lacito, Monito; ¿querís que lo probemos?
--Métele--le dijo el Monito.
Después de pensar como lo habían de probar, el Monito le dijo:
--Nos tiramos el lazo una vez cada uno, y el que caiga primero tiene que servir de caballo al otro.
--Pero yo lo tiro primero, por ser más grande que tú, le dijo la Zorra.
--Bueno--contestó el Monito--pero desgraciada de ti si no me lo apuntas.
La Zorra agarró el lazo y se puso a bornearlo mientras el Monito se preparaba para pasar:
--Ya está--le dijo la Zorra;--y el Monito pasó como un diablo sin que la Zorra lo pillara.
--¡Estay frita, Zorrita; tú en mis lazos caerís y mi yegüecita serís!
Cuando ha pasado la Zorra y el buen Monito le ha echado el lazo medio a medio de la guata; el Monito le dijo:
--¡No te lo decía yo! Ahora te voy a ensillar y por los potreros saldremos a andar.
Se arregló una monturita con los pedazos de cuero que le habían sobrado y las echó el buen Monito a caballito en la Zorra.
La Zorra iba toda rabiosa porque la habían cazado; pero dijo:
--¡Ya me las pagará el Monito de miéchica!--y lo llevó por unos potreros donde había muchos campesinos.
El Monito como iba diciéndole:--Puchas que me ha salido rica la potranquita,--no se fijó por donde lo llevaba.
Cuando los campesinos vieron a la Zorra, creyeron que se iba a comer las gallinas y le echaron los perros. La Zorra se arrinconó a la orilla de la zarzamora; pero como vió que no estaba segura porque los perros ya se la comían, miró para un lado y otro a ver si había por donde arrancar; y ha merecido ver un portillito, hijito de mi alma, pues, y las ha envelado como un diablo dejando al pobre Monito encajado en la zarzamora, donde lo pillaron los perros y se lo comieron sin dejar ni tampoco un huesito ni para un remedio.
La comadre Zorra, del susto que lleva, está corriendo todavía; y colorín colorado, el cuento está acabado, y pase por un zapatito roto para que usted me cuente otro.
* * * * *
_El cuento que sigue, contado por la misma Beatriz Montecinos, es una variante de la parte final del que acaba de leerse._
20. EL MIÑACO[E]
(Beatriz Montecinos)
Esta era una viejita que tenía un hijo, muy chiquito, pero muy habilosazo y se llamaba Miñaco. Un día le dijo a la madre que iba a buscar empleo y se fué adonde un León que tenía barra para poner a los presos, y entonces estaba la Leona cuidándolos, y se fué a hacer el trato adonde don Leonardo, que era el León, y le dijo que lo tomaba para irle a dejar el almuerzo y la comida a la Leona. De tanto viaje, ya se aburrió y dijo que iba entonces a matar a la Leona, para no ir más.
Como dos días se estuvo previniendo, machacando ají, pimienta y sal y de otras cosas fuertes para matar a la Leona.
Entonces, un día, cuando ya no había ningún preso, preguntó que para qué era esa barra; le contestó la Leona que para poner a los hombres malos que hacían robos, muertes o salteos. La Leona le dijo que pusiera el pie y entonces le dijo el Miñaco que ella lo pusiera primero para aprender como ponían a los presos, y la Leona le puso el pie.
Una vez puesto el pie la Leona, el Miñaco le puso llave a la barra y le dijo que hiciera empeño a salirse. Hizo empeño la Leona a salirse. Entonces el Miñaco le dijo:
--¡Ay por Dios, pues!, esto ya no lo voy a hacer nunca; pero lo que tengo pensado de hacer no dejo de hacerlo; y mete las manos a los bolsillos y le planta el ají en los ojos, en la boca y en el poto, y se fué. La Leona, de tanto costalearse, y presa, se murió.
Y viendo que el Miñaco no volvía, el León se puso en acuerdo por qué no llegaba, y salió a buscarlo y no lo encontró por ninguna parte, hasta que llegó allá donde estaba la Leona y la encontró muerta. Entonces no hizo empeño a sacar la Leona sino a buscar al Miñaco para agarrarlo y matarlo luego. Entonces ya cuando lo alcanzó, dijo el Miñaco:--«¿A dónde me meto?» No tuvo más tiempo que para arrancar y meterse en una cueva de hormigas ¡Miren Uds. dónde se metió!, así por que el León no hallaba a quien dejar cuidándolo, y andaba por casualidad un Jote amigo y lo llamó el León y le dijo:
--Mire, amigo, venga, cuídeme aquí--le dijo--mientras voy a la casa a buscar una barreta.
Mientras que el León fué, el Jote no sabía a quien tenía dentro. Empezó a mirar el Jote para adentro a ver quien era y el Miñaco vino entonces y agarró un puñado de tierra, se la tiró a los ojos al Jote y arrancó. Cuando llegó el León, halló al Jote ciego y le dijo que se fuera y siguió al Miñaco.
A mucho que había andado, lo volvió a alcanzar. Entonces el Miñaco corrió a unos álamos que habían muy lejos y muy altos para subirse arriba y que el León no lo alcanzara, y decía:
--Si el tío Leoncito me alcanza, me come no más, por la maldá que le hey hecho, que no ha sio chica.
Cuando ya llegó el León, subió para arriba también a ver si lo podía alcanzar y caía para abajo.
Entonces dijo el Miñaco: «Esto está malo; el tío Leoncito me alcanza y me come,»--y quebró un gancho del mismo álamo, y como era habiloso, el León que iba a estirar la mano para pescarlo, y el Miñaco le pegó un palo en la mano con que estaba pescado y cayó el León, y quedó solo la bolsa[F].
Entonces dijo el Miñaco «Ahora sí que estoy bien puesto,» y se bajó y del cuero del León muerto hizo montura y riendas y salió con ellos al hombro.
En una de éstas iba atravesando una Zorra por el camino y le dijo la Zorra:
--¿Para dónde vas, Miñaco, con esa montura al hombro?
Le dijo que la ensillara a ella; y entonces le dijo el Miñaco que no la ensillaba porque lo volteaba. Hasta el último ya la ensilló, y salió a caballo en ella, pero le salió un poco brincadora.
Entonces la Zorra le dijo: