Cuentos populares en Chile

Part 11

Chapter 114,277 wordsPublic domain

Pero el Príncipe, armado del hacha encontrada en la pieza de la Bruja, y la Viejecita blandiendo la pluma de oro impregnada con agua de la redoma, pudieron derrotar, aunque con algún trabajo y sacando algunas heridas, a sus poderosos enemigos, que quedaron tendidos en el campo, sin vida.

Hélos ahora en presencia del Gigante, el cual, al verlos acercarse, levantó su pesada muleta de hierro, capaz, no de matar a un solo cristiano, sino de concluir con un numeroso ejército.

El Príncipe se adelantaba hacia él sin temor, y una vez que el Gigante lo tuvo a su alcance, dejó caer la muleta con tal fuerza que más de la mitad de ella penetró en la tierra. El Príncipe, en cuanto notó el movimiento del Gigante, esquivó el cuerpo, y alzando su hacha, la descargó sobre la pierna sana de su enemigo, que cortó como si fuera de queso. El monstruo, no pudiendo mantenerse en pie, cayó cuan largo era, y el Príncipe, corriendo apresuradamente, de un hachazo le cortó la cabeza a cercén.

La liberación de la Princesa fué cosa de un momento; con un suave golpe del hacha se cortó la cadena de oro que la aprisionaba, y pudo arrojarse en los brazos de su libertador.

En carros y caballos que había en el mismo palacio, cargó el Príncipe todas las riquezas que encontró, e inmediatamente se pusieron todos en camino para el reino de su padre. Por medio del arte de la Viejecita, que tan buenos servicios le había prestado, en pocas horas llegaron a la entrada de la capital. Allí la Viejecita se despidió del Príncipe y de la Princesa y después de aconsejarles que fueran siempre buenos y virtuosos, único modo de obtener la felicidad, desapareció de su vista. La Viejecita era la Virgen.

El Príncipe fué acogido por todos en medio de la mayor alegría y proclamado salvador de la patria. Sus hermanos recobraron la vista sirviéndose de la pluma de oro y del agua de la redoma.

El matrimonio del joven Príncipe y de la Princesa fué uno de los acontecimientos más celebrados. Se hicieron grandes fiestas para el pueblo, que se divirtió alegremente, y yo me encontré en ellas y bebí mucho y comí más que un sabañón.

18. LOS HIJOS DEL PESCADOR, O EL CASTILLO DE LA TORDERÁS, IRÁS Y NO VOLVERÁS.

(Narrador: José Pino, de veinte años, de Rancagua.)

Para saber y contar, escuchar y aprender. Esteras y esteritas, para sacar peritas; esteras y esterones, para sacar orejones. No le eche tantas chacharachas, por que la vieja es muy lacha, ni se las deje de echar, porque de todo ha de llevar: pan y pan para las monjas de San Juan; pan y harina para las monjas Capuchinas; pan y queso, para los tontos lesos. Fin del principio y principio del fin. ¡Atención!

Han de saber que hace muchos años vivían en un pueblecito de la costa dos pobres viejos, marido y mujer, muy apreciados de los vecinos por su bondad y por lo serviciales que eran con todo el mundo.

El marido era pescador y la mujer se ocupaba de los quehaceres de la casa, que, aunque no eran muchos, no dejaban de ser bastantes para sus años. Sus bienes se reducían a la choza que habitaban, a la red, una yegua, una perra y unos cuantos pesos, muy pocos, por cierto, que habían logrado reunir a fuerza de privaciones y que guardaban cuidadosamente para atender a las enfermedades que pudieran sobrevenirles o a cualesquiera otras necesidades imprevistas.

Sucedió una vez que durante varios días le fué muy mal al viejito en la pesca. Echaba la red y no sacaba nada; sin embargo, los otros pescadores retiraban sus redes llenas.

«¿Qué diantres habré hecho yo para que el cielo me castigue así?»--decía desesperado el anciano; y volvía a echar la red, y nada, siempre vacía.

En las tardes se iba triste a su casa, y a pesar de que su mujer trataba de consolarlo y le contaba chascarros para hacerlo reir, no lo conseguía.

Se comieron las pocas economías que tenían, y cuando no les quedaba ya ni un chico, el pobre viejo, llorando, se fué a la playa, montado en su yegua como acostumbraba hacerlo, y tirando la red al mar, dijo:--«En nombre sea de Dios y que se haga su voluntad»; y después de un rato, al retirarla, la encontró tan pesada, que para sacarla tuvo que amarrarla a la cincha de la yegua.

Mientras la yegua tiraba la red, el viejo se refregaba las manos de gusto, y riéndose decía:--«En fin la suerte cambia; tendremos para comer algunos días y aún podremos vender algo.» ¡Pero cuál no sería su asombro cuando al examinar la red encontró que lo único que había pescado era un pecesillo que no medía más de una cuarta!

Y ese ser tan pequeño, ¿cómo pesaba tánto, que él, que era tan forzudo, no había podido arrastrar la red y había tenido que auxiliarse de la yegua para sacarla? Tomó su cuchillo e iba a abrir el pescadito para ver lo que lo hacía tan pesado, y cuando estaba a punto de hacer esta operación, oyó que el pez le decía:--«No me mates aquí. Llévame para tu casa y allá me partes en cinco trozos: la cabeza, que te comerás tú; la cola, que se comerá tu mujer; los dos costados, que darás uno a la yegua y el otro a la perra; y por último, el lomo, que plantarás en el jardín. Si haces lo que te digo, no tendrás de qué quejarte, y además, en adelante, siempre cogerás pesca en abundancia».

Se fué el pescador a su choza e hizo lo que le había ordenado el pececito; y ¡oh maravilla! al otro día tuvo la viejecita dos niños muy hermosos y tan parecidos el uno al otro, que era de confundirlos; asimismo, la yegua tuvo dos potrillos del mismo pelo y del mismo tamaño; la perra dos perritos casi iguales, y en el jardín nacieron dos naranjos.

Desde ese mismo día el viejecito pescó como ningún otro; de manera que tuvo alimento suficiente para toda la familia y pescado para vender en la ciudad vecina. La fortuna le sonreía de todas maneras, pues los niños crecían sanos y robustos y eran excelentes personas.

Pasaron los años unos tras otros y los niños transformados ya en hombres, cumplieron los veinte. Entonces el mayor, que se llamaba Francisco, quiso salir a rodar tierras, para probar fortuna, y le pidió la bendición a sus padres. Inmediatamente después de abrazarlos, armose de una espada, montó en su caballo y seguido de su perro, partió al galope.

Después de algunos días de marcha, llegó a una ciudad y notó que la poca gente que andaba por las calles parecía consternada por una gran desgracia. Al mismo tiempo se oían lamentos, llantos y alaridos por todas partes.

Detuvo Francisco a una viejecita que iba toda llorosa y le preguntó por qué los habitantes de la ciudad andaban tan tristes.

--¡Cómo no hemos de estar afligidos, patroncito, cuando hoy debe comerse el culebrón a la única hija de nuestro rey, la princesa más bella y más bondadosa que se conoce, tan querida de los pobres, pues a todos nos auxilia y nos consuela! Ah! esta es la peor desgracia que podía sucedernos!

Y la anciana lloraba sin consuelo.

--Pero, cuénteme que es eso del culebrón y por qué se va a comer a la Princesa.

--Ha de saber, señor, que en la montaña vecina se ha establecido desde hace años, un culebrón enorme, que tiene siete cabezas y al cual nadie ha podido matar, por valiente que haya sido, pues en cuanto le cortan una, al momento renace, y para concluir con él habría que cortarle las siete de una vez; pero hasta ahora, señor, ninguno lo ha conseguido, a pesar de que el Rey ha ofrecido como premio la mano de su hija, y lo único que se ha sacado es que hayamos tenido que lamentar el desaparecimiento de los más nobles caballeros, de los mejores soldados del ejército que tentaron la aventura. Pero esto, mi caballerito, nada sería; lo peor es que la fiera, para no envenenar el agua, lo cual acabaría con la población del reino, exige que cada año se le entregue una princesa de sangre real; ya se le han entregado las primas y sobrinas del rey y no queda sino la única hija que nuestro monarca tiene, a quien tanto quiere que se mira en ella, y lo mismo el pueblo entero, que la adora; y hoy a las 12 del día, se vence el plazo, en que el culebrón vendrá a buscarla. La princesa se dirigió temprano a la montaña, para que la fiera dé hoy también cuenta de ella.

--Pues, por esta vez, buena anciana, el culebrón no saldrá con la suya, que para algo Dios ha dado fuerza a mi brazo y ha infundido valor en mi espíritu.

Pidió el hijo del pescador las señas del lugar en que estaba la princesa y, dadas por la viejecita clavó espuelas al caballo y partió a toda carrera.

Halló Francisco a la princesa sentada en una piedra, llorando amargamente y enjugándose las lágrimas con su larga y brillante cabellera rubia, cuyas crenchas, sueltas, pendían a uno y otro lado del cuello. El joven trató de consolarla y le prometió que mataría al monstruo antes que tocara uno solo de sus cabellos; y con tanta seguridad hablaba, que logró infundir confianza en la princesa. Conversaron un rato, hasta que Francisco, que se sentía fatigado, quiso descansar mientras llegaba la hora del combate, y tendiéndose en tierra y apoyando la cabeza en las faldas de la princesa, se quedó dormido. Momentos antes, mientras hablaban, la Princesa había dado al joven un pañuelo, con su cifra, y un valioso anillo, diciéndole que tal vez podría servirle de algo más tarde.

Junto con sentirse la primera campanada de las 12 en los relojes de la ciudad, se oyó un rugido formidable que conmovió toda la montaña y, naturalmente, despertó al joven.

Monta éste apresuradamente en su caballo y empuñando la espada, llama a su perro y se apercibe para la pelea. Fué ésta un espectáculo digno de verse. El Culebrón adelantaba las siete cabezas hacia su enemigo y trataba ya de morderlo con sus afilados colmillos, ya de estrecharlo entre sus cuellos; pero, por un lado el caballo, que esquivaba los ataques con toda rapidez, y el perro, por otro, que acosaba a la fiera con sus dentelladas, le impedían dañar al hijo del pescador.

De vez en cuando nuestro combatiente lograba asestar con su espada un terrible golpe en alguno de los cuellos de la bestia y una de las cabezas rodaba por el suelo; pero era inútil, porque en el mismo instante de ser cortada aparecía otra nueva.

Largas horas habían transcurrido desde el comienzo del combate y ninguno de los dos enemigos había conseguido ventaja sensible sobre el otro; pero sucedió que el Culebrón, por defenderse del perro que acababa de abrirle ancha herida cerca de la cola y de la cual manaba sangre en abundancia, dirigió las siete cabezas hacia atrás, y entonces el hijo del pescador, aprovechando de la circunstancia de que el monstruo no podía atacarlo, levantó la espada con las dos manos y, con robusta fuerza, la dejó caer un poco más abajo de donde el cuello se dividía en siete. El rugido que lanzó el animal al sentirse mortalmente herido, fué tremendo, y se oyó a muchas leguas de distancia; pero, inmediatamente se produjo el silencio más completo. El Culebrón no volvería ya a molestar a nadie y el reino se vería libre, en adelante, de tan cruel enemigo.

Francisco bajó de su caballo y, cortando una por una las siete lenguas de la bestia, las envolvió en el pañuelo de la Princesa y las guardó en su pecho.

Mientras tanto la Princesa, que había presenciado el terrible combate y que a cada momento le parecía ver a su defensor triturado en las fauces del fiero monstruo, presa del mayor terror, enmudeció--y cuando el joven, ya vencedor, corrió hacia ella para subirla a su caballo y conducirla a la ciudad, no pudo articular ni una palabra y hubo de limitarse a manifestarle su gratitud por medio de señas.

El joven dejó a la princesa en las puertas de la capital y, prometiéndole que volvería en tiempo oportuno, se despidió y fué a alojarse en una choza abandonada que se levantaba no muy lejos y cerca de la cual había agua y pasto en abundancia para su caballo y pesca y caza para él y su perro.

En el mismo día en que se efectuó el combate, un negro, que el cocinero del rey ocupaba en acarrear leña de la montaña, tropezó con el Culebrón, que yacía en tierra todavía caliente, pues no hacía mucho que había sido matado. El enorme peso del animal impidió al negro cargarlo, a pesar de sus fuerzas, y entonces, a hachazos, lo cortó en varios trozos, que arrojó en el carro de que se servía para conducir la leña, y llevándolo a palacio se presentó al Rey, diciéndole que acababa de matarlo y exigiéndole el cumplimiento de la promesa de que casaría a su hija con el vencedor del monstruo. La princesa había llegado pocos momentos antes; pero como había quedado muda y estaba como atontada de miedo, no se hallaba en situación de desmentir al miserable negro.

Como parecía evidente que el negro había sido el matador del Culebrón, y palabra de Rey no puede faltar, concedió el Rey al negro la mano de la Princesa y se convino en que, en unos quince días más, cuando la Princesa hubiera salido del estado de inconsciencia en que se encontraba, se celebraría la boda.

Pasaron los días y aunque la Princesa no recobró la palabra, se prepararon los festejos para la celebración del matrimonio. Las fiestas debían comenzar con una gran comida, a que asistiría toda la corte. La Princesa estaba desesperada, pero como no podía hablar, a pesar de los esfuerzos que hacía para explicar por medio de gestos la impostura del negro, no pudo darse a entender.

Llegó el día del banquete, y el hijo del pescador, que estaba en autos de todo por lo que se decía en la ciudad, cuando fué la hora de la comida, ordenó a su perro que, sin que nadie lo viera, arrebatara al negro su plato. El perro ejecutó la orden por dos veces seguidas, sin ser visto; el negro, creyendo que algunos de los servidores adrede le sacaba los platos ante de tocarlos, formó grande alharaca y se armó el alboroto consiguiente. La tercera vez, Francisco mandó al perro que se dejara ver; y al ser sorprendido en el acto de robar el plato al negro, el Rey ordenó a sus guardias que lo siguieran y trajeran a su presencia al amo del perro.

Cuando llegaron a la choza en que el joven se hospedaba, el capitán de la guardia le intimó orden de seguirlo, pero Francisco dijo que sólo iría si lo iban a buscar en coche, porque él era quien debía estar en la mesa sentado al lado de la Princesa en lugar del horrible negro, que no pasaba de ser un impostor; que se le llevara ante el Rey no en calidad de preso, sino en la forma que indicaba y probaría palmariamente lo que acababa de decir.

Volvió el capitán con el mensaje ante el monarca y a pesar de las protestas del negro, con gran contento de la Princesa y de las damas y señoras de la corte dispuso el Rey que trajeran al joven en coche, como él lo pedía, para oir sus alegaciones.

Al entrar Francisco en la sala del convite, llamó la atención de los circunstantes, por su varonil hermosura y por su cortesanía. Pidió permiso al Rey para hablar y, concedido que le fué, preguntó al negro si las cabezas del Culebrón (que aún se conservaban como recuerdo y permanecían expuestas a la admiración del público), estaban completas cuando las había traído a la ciudad. El negro contestó que estaban completas; pues él nada les había sacado ni notó que nada les faltara; que después de terminado el combate que había sostenido con la fiera, se había limitado a cortar con su hacha el cuello principal del animal. Francisco pidió entonces al Rey y a todos los presentes que tomaran nota de lo que acababan de oir, y tornó a preguntar al negro:

--¿Estás seguro de que nada les faltaba? ¿Todas tenían sus dos ojos, sus dos orejas, su lengua?

--Supongo que todas las tendrían, porque, como he dicho, yo nada les saqué.

--De manera, repuso el joven, dirigiéndose al Rey, que si yo tuviera en mi poder o los ojos, o las orejas, o las lenguas del Culebrón, ¿sería yo el matador del monstruo? Ya que después que le trajeron a palacio yo no habría podido sacárselos, pues si lo hubiese tentado, me lo habrían impedido los guardias que, según he oído, lo han custodiado día y noche.

--Así es--contestó el Rey.

--Así es--murmuraron los que estaban en la mesa.

--Pues bien, aquí están las siete lenguas del monstruo, que yo corté después de matarlo, y envolví en este pañuelo con la cifra de la Princesa, que ella misma me entregó antes del combate. Con esto queda comprobado que el negro es un miserable embustero que no hizo otra cosa que dividir el cadáver del monstruo que yo había dejado abandonado mientras conducía a la princesa a la ciudad; y a mayor abundamiento, he aquí un anillo que también ella me obsequió y que si su Majestad me permite colocaré en la mano de su antigua dueña.

A una señal de asentimiento que el Rey hizo, Francisco se acercó a la Princesa, y en cuanto el joven colocó el anillo en su mano, la gentil niña recobró el habla y exclamó:

--¡Padre, este es mi salvador; él es el verdadero matador del culebrón!

El Rey ordenó a la guardia que en el acto sacaran al negro de la sala y lo despeñaran desde la cumbre de un cerro muy alto, que servía para ajusticiar a los criminales; y a Francisco que se sentara al lado de la Princesa, que desde ese momento pasaba a ser su prometida.

La fiesta, que había comenzado en medio de la mayor tristeza, pues la vista del negro los tenía a todos desazonados, se tornó en francamente alegre y terminó con la celebración del matrimonio del hijo del pescador con la princesa.

Cuando los novios estuvieron en sus habitaciones, el joven se asomó casualmente a una ventana y vió que a la distancia se elevaba una gruesa columna de humo rojizo.

--Parece que hay un incendio--dijo Francisco a la Princesa.

--No es un incendio--le contestó ella;--es el humo de la fogata que todas las noches encienden en el castillo de la «Torderás, irás y no volverás».

--¡Qué nombre más raro tiene ese castillo!

--Se llama así porque el que a él va, no vuelve.

--Pues no le valdrá a ese castillo el nombre de la «Torderás, irás y no volverás», porque yo iré y volveré.

La princesa rogó con insistencia a su marido que no fuese, que no se expusiera al peligro, pero Francisco le contestó:

--Si triunfé del Culebrón que tanto daño causaba al reino, ¿por qué no venceré los peligros que en el castillo puedan presentárseme?

Y saliendo de las habitaciones, se fué a la caballeriza y sin más compañía que su fiel perro partió a la luz de la Luna.

Aquel humo rojizo que aparentaba estar no muy distante del palacio, parecía alejarse a medida que el joven avanzaba hacia él; y sólo en la mañana, después de una marcha continua de la noche entera, logró él acercarse al castillo. Pero ojalá nunca hubiera llegado hasta ahí, porque no bien se encontró en ese sitio, comenzó a salir, como si del suelo brotara, una muchedumbre de viejas horribles, que lo rodearon y que dándose fuertes tirones de la cabellera, se arrancaban pelos que arrojaban al intruso que iba a turbarlas en su reposo. Al principio nada ocurrió, pero en el mismo instante que uno de los muchos pelos de las viejas, que flotaban en el aire, tocó a Francisco, tanto éste como su caballo y su perro se convirtieron en piedras.

Volvamos ahora a casa del pescador, que ya es tiempo.

Desde que Francisco salió de casa de sus padres, ni éstos ni el hermano que quedó con ellos habían tenido noticias suyas. Se consolaban de la ausencia del deudo querido visitando diariamente el naranjo que había nacido al mismo tiempo que él, de uno de los costados del pescado, y que a él le había correspondido. Viéndolo y cuidándolo, les parecía estar con Francisco.

Un día el árbol que hasta entonces había crecido esbelto y lozano, amaneció mustio, con las hojas amarillas, como si estuviera a punto de secarse. Al verlo en este estado, Domingo, gemelo de Francisco, dijo a sus padres:

--A Francisco debe haberle ocurrido alguna desgracia, porque su naranjo ha amanecido enfermo. Si me dan permiso, salgo inmediatamente en su socorro.

Bendijéronle sus padres; y ciñéndose la espada, montó en su caballo y partió a la carrera, acompañado de su perro, hasta llegar a la misma ciudad a que había arribado su hermano.

La primera persona a quien encontró fué aquella viejecita que contó a Francisco la historia del Culebrón. Domingo la saludó cariñosamente y le preguntó por las últimas noticias que circulaban en la ciudad. La viejecita le refirió cómo un joven muy parecido a él, casi igual, que había llegado días antes había librado a la Princesa y al reino del Culebrón; el matrimonio del joven con la Princesa y la desaparición del novio; todo sin omitir detalle ni circunstancia de interés.

Por los datos de la anciana, no dudó Domingo que el desaparecido era su hermano, y para averiguar mejor las cosas, se dirigió al palacio. Los guardias creyeron que era el esposo de la Princesa y lo dejaron pasar. La Princesa también creyó que era su marido y lo recibió con mucha alegría.

--¿Qué te habías hecho en estos tres días?--le dijo--Creía que te había acaecido alguna desgracia: que el caballo te hubiera arrojado, que te hubieran asesinado...

--Por suerte, hija, no me ha pasado nada serio; me extravié y me costó mucho dar con el camino; pero, dime: ¿qué es ese humo rojizo que se divisa a lo lejos?

--Pero, hijo, ¿qué se te ha hecho la memoria? ¿No te acuerdas que te dije la otra vez, en la noche de nuestro casamiento, que ese humo salía de la «Torderás, irás y no volverás»? ¿Y que, efectivamente, el que iba a él iba pero no volvía, y que, a pesar de mis súplicas, montaste en tu caballo y te fuiste?

--Ciertamente, ahora me acuerdo; pero, como acabo de decirte, me extravié. Sin embargo, iré de nuevo y volveré.

Domingo comprendió, por la conversación anterior, que a su hermano le había sucedido algo grave en su expedición al castillo, y se propuso salvarlo. Se despidió de la princesa con un «hasta luego» y, montando en su caballo, partió en dirección al castillo, seguido de su perro.

Al amanecer llegó a inmediaciones del castillo, y vió como salían las horribles viejas a estorbarle el paso, y como le tiraban los cabellos que se arrancaban de la cabeza; y adivinando con qué fin lo hacían, desenvainó la espada, clavó espuelas al caballo y arremetió contra las brujas. Tanto menudeó los golpes y con tanto acierto, que en pocos minutos no quedó en pie sino una de las arpías.

Iba Domingo a matarla, pero ella se arrodilló suplicante, y le dijo:

--¡Perdóname la vida, señor, y te devolveré a tu hermano, que está encantado!

--Está bien--le dijo Domingo--no te mataré, pero desencantarás no sólo a mi hermano, sino a todos los demás que estén encantados en este castillo maldito y en sus dependencias; e inmediatamente después saldrás de este país para no volver más a él, so pena de la vida.

La vieja cortó una varita de un árbol que estaba allí cerca y con ella fué tocando una por una las piedras diseminadas en el suelo y, a medida que las tocaba, se convertían en gallardos mancebos, montados en briosos caballos. Una vez que no quedaron piedras, la vieja hechicera, seguida siempre de Domingo, armado de su espada, penetró en el castillo, desde cuya puerta se divisaban interminables galerías de estatuas de mármol que representaban bellísimas niñas: unas de pie, otras sentadas, otras de rodillas, etc. También las fué tocando la vieja con la varita, y en cuanto sentían su contacto, se animaban y descendían de sus pedestales. Eran las numerosas jóvenes que el Culebrón, en vez de devorarlas, como todos lo creían, llevaba al castillo, en donde eran transformadas en estatuas por las hechiceras.

Francisco y Domingo se abrazaron cariñosamente, y sin pérdida de tiempo emprendieron marcha a la ciudad, seguidos de los innumerables jóvenes de uno y otro sexo recientemente desencantados, que entonaban loores a su libertador.

Llegaron a palacio y Francisco contó al Rey y a la Princesa las peregrinas aventuras que les habían acaecido.

Al día siguiente se celebró el fausto acontecimiento con un gran banquete, al que concurrió toda la familia real y los jóvenes salvados por Domingo. El fué, naturalmente, el héroe de la fiesta, y a cada momento se le aclamaba.