Cuentos ingenuos

Part 5

Chapter 53,857 wordsPublic domain

De pronto se produjo un murmullo profundo de pasiones removidas. La dama, con su lujo de reina, desde lo alto de su gran celebridad artística, acababa de llamar "estúpidas" a las mojigatas burguesas que habían pretendido burlarse de su libertad. Era la mujer del porvenir, triunfante. Estalló un aplauso, el primero de la noche, enérgico y nervioso, pero le cortó un siseo lleno de imperio. Fué un paréntesis de la atención, y muchos gemelos se dirigieron hacia Angeles; con más descaro que ninguno, el de un oficial de la Princesa, allá enfrente, desde el palco del _Veloz_, guapo, arrogante, con su pelliza blanca de pieles negras y cordones dorados. Estaba de pie, detrás de las sillas ocupadas por unos caballeros calvos de gran pechera reluciente, y no miraba sino de tarde en tarde al escenario, inclinándose sobre la baranda.

¡Oh! ¡_El Veloz_!... Ese palco, cuyas miradas suelen consagrar en los teatros la fama o la hermosura a la moda. También Angeles solicitaba su interés, gracias a la actualidad que venía a prestarla aquella noche el éxito ya indudable de su novio. Cogió sus gemelos, miró a cualquier parte, al oficial luego, que la tenía clavada con los suyos, y los abandonó en la falda de la prima Berta, que dijo entre maliciosa y burlona:

--Te conquista el húsar.

Siguió la representación. Angeles, con los ojos muy abiertos sobre la escena, no atendía. Recordaba la época en que, meses atrás, conoció a Ricardo entre las brisas y alegrías del Sardinero. Una crónica melosa, con su nombre entre flores; un deseo de pagar en sonrisas al corresponsal; un afán de monopolizar sus elogios en letras de molde, y a los ocho días, sin saber cómo, se encontró novia de Ricardo, a pesar de sus corbatas arcaicas y de su figurilla insignificante. Pero le quería, le quería, sobre todo desde que el papá de Angeles, fundándose en la precaria situación del joven, se opuso a las relaciones.

¡Ah! Pero este estreno, esta victoria, que cada vez más claro advertíase en la ansiedad del público, ganaba también al padre de la novia, que aplaudía con cariñoso entusiasmo, como si estuviera presenciando allí el azar que haría entrar a Ricardo en su familia. El mismo había deseado asistir con su hija, porque tanto habían dicho del drama los periódicos, que empezó a sospechar que su autor fuese, no sólo un hombre de talento, sino de porvenir.

Un frenético "¡bien!" y un palmoteo que convirtió instantáneamente el público entero en tempestad cerrada de aplausos y aclamaciones, volvió a Angeles de su ensimismamiento. El telón caía. "¡Bravo! ¡Bravo!" se oía gritar; y entre las voces trémulas que pedían al autor y el nutrido resonar de las palmadas, que daban al teatro una apariencia extraña de manos que se movían por todas partes, pudo ver Angeles que desde muchos palcos se le asestaban gemelos, brillando delante de los ojos de mujeres elegantísimas. También los del _Veloz_ la enfocaban como una batería formidable, los de aquellos señores calvos de blanquísima pechera, los del húsar, arrogante, con su rubio bigote a la borgoñona y su pelliza de cordones de oro...

Angeles, roja de emoción, ahogándose en el ruido de aquel aplaudir frenético, resonante en su oído como una granizada de perlas, con la nariz por la delicia dilatada en su carilla ideal de caprichosa, sintió un vacío en las sienes cuando bajo el telón, a medio levantar, apareció un cómico y le arrojó al palco, a modo de homenaje, el nombre de su novio--lo cual arreció la tormenta de entusiasmo con un griterío imperativo y tremendo de: "¡El autor! ¡el autor! ¡Que salga!" La prima Berta la contemplaba con envidia...

"¡Que salga! ¡que salga!"

Volvieron a brillar sobre el telón las luces del proscenio, y empezó aquél a subir lentamente. La escena apareció desierta, deslumbradora. ¡Oh, iba a verle allí, en la apoteosis de la multitud electrizada, en la claridad de gloria de las luces invisibles de las bambalinas, ofreciendo la ovación con enamorada sonrisa! ¡Cuánto le quería!

La dama, aquella actriz rubia y espléndida, hermosa como una reina de cuentos, y un actor a quien el frac daba elegancia aparatosa, tiraban del autor, que al fin asomó por el foro entre aquéllos, vistiendo una levitilla antigua, pálido, con el asombro en los ojos y el pelo y el bigote como erizados. Junto a las graciosas reverencias de sus compañeros, las del pobre autor, muy serio y azorado, resultaban verdaderamente ridículas.

Angeles oyó decir en el palco inmediato "¡Qué feo!"; y la burlona Berta, la segunda vez que se alzó el telón, le comparó con un ratón recién salido de una jofaina. En esto, al desaparecer el autor de espaldas al fondo, tropezó con un mueble... y el público entero, sin dejar de aplaudir, rióse.

Angeles estaba descompuesta. Desde el palco del _Veloz_, el húsar, en actitud gallarda, la miraba y sonreía compasivamente... Se desvanecía la joven. Se levantó con rapidez y se ocultó en el antepalco sin que lo advirtiera apenas su familia, atenta a la ovación, que siguió ruidosa mucho tiempo.

Cuando el padre de Angeles, vivamente emocionado, fué a felicitarla estrechando su mano, encontró a la joven medio tendida en un diván, temblorosos los labios y la mirada sin luz. ¡Pobre sensitiva, tronchada por un huracán de felicidad!...

--Perdóname--le dijo--; ya comprendo tu cariño por ese hombre de talento, y puedes decirle que desde hoy lo tendré a orgullo. ¡A orgullo! ¿sabes?

--Es inútil--respondió Angeles solemne de desprecio--; no pienso verle más en mi vida. ¡Vámonos!

Y sin consentir en volver siquiera al palco, salieron del teatro, que esperaba ebrio de entusiasmo el último acto del maravilloso drama.

VILLAPORRILLA

¿Aldeas? En buena hora. Pero en el lienzo para adornar mi gabinete o en el libro para decorar mi estantería. Ni más ni menos.

Así las conocía yo. Y sabía de ellas que contempladas desde el último cerro de su horizonte al caer el sol, cuando los senderos de la montaña eran recorridos por los pacíficos campesinos que de vuelta de sus faenas tornaban al hogar, azada o garrote al hombro, dejando oir canciones llenas de melancolía, entremezcladas sus notas con el estruendoso concierto de cigarras, grillos y ranas, meciéndose también por los espacios el triste son de la campana de oraciones y el tintineo de las esquilas del ganado; contempladas, decía, a la traslumbre del crepúsculo, con su esbelta torre en silueta alzada en mitad de blanquísimas casitas "que como ovejas rodeadas al pastor en apretado conjunto circundaban la bonita iglesia", debían de ser el _non plus ultra_ de las cosas de gusto, con aquellos arroyuelos lamiendo sus viviendas, con aquellos álamos prestándolas sombra, con aquel imprescindible pozo de limpio brocal, en que las muchachas del pueblo, limpias como armiños y lindas como perlas, mostrando bajo la "corta y honesta falda" su media como la nieve y su zapatito negro, escuchaban idílicas declaraciones del garrido y apuesto zagal que entre fogoso y ruborizado las miraba de soslayo, mientras en el viejo pilastrón de cantería verdinegra con candilillos y hierbas en las junturas, bebía su recua de borricos--alguno quizá dando también al viento su amorosa queja en un rebuzno poderoso...

Así las conocía yo... ¡Cuál me engañabais, oh caros novelistas y poetas!

Villaporrilla, enclavada con sus cincuenta casas en la abrupta falda de Sierra del Gato, con alcalde coloradote y _brutote_ y de buen corazón (a lo menos así lo había yo juzgado las veces que con su sombrero en la corona y sus calzas de paño me visitó en la capital), es seguramente una aldea en las mejores condiciones para serlo; quiero decir que, a causa de estar alejada de todo centro de población, y de no ser Villaporrilla "camino para ninguna parte", no cabe sospecharla corrompida en su primitivo aspecto. Villaporrilla, aunque en el corazón mismo de España, está alejada de la civilización como cualquier campamento de salvajes.

Pues bien: la primera sorpresa que llevé en Villaporrilla fué ver que sus _casitas blanquísimas_ no eran ni _blanquísimas_ ni _casitas_, sino especie de zahurdones del color del barro, medio ruinosos, de apariencia imposible de poetizar. Hasta un momento antes de llegar, el paisaje es bello; pero sus alrededores, como si la Naturaleza tuviera asco del mísero pueblo y le formara corro a distancia, consistían en raquíticos huertos y gran cantidad de estercoleros y lagunas cenagosas en que a su placer embarrábanse los cerdos. La iglesia era una casa poco más grande que las otras. Y el pozo del ejido, que no faltaba, verdaderamente, sería de agradable parecer a no estar rodeado de charcos y constituir como el cuartel general de los susodichos montones de basura.

¿Creéis que acudían ninfas en traje corto a sacar el agua? ¡Oh, qué caras, Dios mío! Muchachas desgreñadas, sucias, feísimas, con el color del paludismo, barrigonas, descalzas... Cerca estaba el cementerio. Cuatro tapiales, desportillados por más de un sitio, y en paz.

En Villaporrilla dejó de parecerme "buen corazón" su señor alcalde, aunque siguió pareciéndome coloradote, y _brutote_, sobre todo.

Además, a los pocos días me convencí de que su estado normal era el de una borrachera continua. El concejo se reunía a discutir sobre si _El Pelao_ debía o no continuar en su cargo de ministro (alguacil, en la técnica de Villaporrilla), o si debía ya sustituirlo el actual regidor síndico, que llevaba tres meses sin cobrar un céntimo; y además, se reunía para tirarse los jarros y las sillas a la cabeza; lo cual hacía a todos los concejales preferir la taberna a la sala de sesiones, porque en ésta se tiraban los bancos y costábanle dinero al concejo.

--¿Y cómo no arregla esto el señor cura de la aldea?--pregunté, antes de conocerlo, imaginándome al pobre señor escandalizado con tal estado de cosas.

--¡Bueno está el cura!--me dijeron--; pero en fin, tras eso andamos, tras de echarle. El capitanea el bando del Furraco, y el año pasado nos llevó a la Audiencia en una causa a que le llaman la "causa madre", porque ha dado lugar a otras once, hasta la fecha.

No me parecieron mejor los mozos que las mozas. En la casita donde me hospedé, única que tenía cristales en el pueblo, los rompían todas las noches las pedradas zagalescas.

Estos mozos rondaban hasta media noche en cuadrillas, con sendas porras al hombro. La semana que no había un par de descalabros y el subsiguiente empapelamiento en el juzgado municipal, podía rayarse con piedra blanca.

--Pues mire usted, este pueblo es muy tranquilo--me decían--. El año pasado no mataron más que a tres. En cambio, los de Cobarrubia a seis, y de Maratón _dieron_ cinco al _presillo_.

LUZBEL

Entre los invitados al estudio de Rangel con motivo de su última obra, estaban Jacinta Júver, una arrogante dama de ojos garzos, muy aficionada a la pintura, casi una artista, y su esposo, el señor La Riva, hombre que, según decía, desde hortera con sabañones, supo caer en marqués con gabán de pieles, sin más que saltarse limpia y oportunamente el mostrador de un comercio.

Habían desfilado los demás visitantes y quedaban estos dos; intranquilo él porque se le hacía tarde para el Senado, y la bella marquesa ante el lienzo absorta cada vez más, examinándolo a través de sus impertinentes y celebrando los detalles con el pintor en voluble charla. Era un _panneau_ decorativo: el arcángel maldito, caído bajo un cielo de tempestad sobre una roca; Luzbel, con la túnica y el cabello rubio azotados por el vendaval, con el codo en la rodilla y la sien en el dorso de la mano, resplandecía aún de divinidad, en la hierática rigidez de su soberbia, como el ascua que en su propia ceniza se va apagando.

Hubo necesidad de explicarle este simbolismo al banquero, que se acercaba nuevamente, después de entretener su impaciencia con estatuas y desnudos. Y como su mujer, con cierta coquetería intelectual delante del artista, le señalaba los grandes aciertos de color y de dibujo, aquellas líneas onduladas de visión de ensueño, y aquellos tonos suaves que velaban la figura con neblinas de lo fantástico, harto La Riva de escuchar, exclamó:

--¡Hermoso! ¡Magnífico!

Añadió con franqueza mientras limpiaba los lentes:

--De todos modos... ¡yo no entiendo!, pero si es ángel, ¿por qué no ponerle alas?

Jacinta, avergonzada, con una dulce súplica de piedad para el marqués, miraba al pintor sonriendo. Éste, a pesar suyo, tenía en los labios una contracción desdeñosa y compasiva, a cuyo estremecimiento le faltó poco para romper en esta palabra: "¡Imbécil!" Pero le volvió la espalda, cambiando con la gentil marquesa una mirada que se clavó en el orgullo de La Riva como un florete.

En aquel hombre veía el artista la vulgaridad de que creía él haber salido con vuelo de genio, al pintar un demonio sin rabo, sin cuernos, sin alas de grulla siquiera...

Dió La Riva un paso, cogiendo por el brazo al pintor. Hubiérase creído que lo iba a lanzar contra la pared... Mas no; ¡brusquedades de hombre de negocio!... se sonreía.

--¿Cuánto vale ese lienzo?

Rangel respondió altivo:

--Veinte mil pesetas.

--Lo compro. Enviaré por él, y mañana tendrá usted la bondad de almorzar con nosotros para colocarlo.

Ya en el coche, rodando hacia el Senado, le decía Jacinta:

--Has estado importunísimo. ¿Para qué hablas de lo que no entiendes?

--¡Oh!--respondía filosóficamente el banquero--. ¡Si no se hablase más que de lo que se entiende bien!... ¡Bah, los artistas! ¡Sois vanidosos como el mismo Luzbel, hija de mi alma! En fin, ya verás... Cada cual tiene su vanidad, y... no había de estar yo sin la mía. Mañana quiero dar a ese geniazo un banquete tan original y espléndido que no lo olvide jamás...

* * * * *

El almuerzo, en verdad, había sido regio. Los tres solos, en jovial y amena conversación, excitada por la abundancia de los mejores vinos, en aquel gran comedor, confortable, con sus dobles cortinas ante las policromas vidrieras de cristal cuajado, con sus plantas de hojas en abanico entre los muebles, y en medio de cuyo lujo sólido parecía la marquesita una figura de porcelana. Su pelo negro, partido en dos bandas, con sencillez griega, hacía más transparente la blancura "violeta" de su carne; y en su pálido traje heliotropo adivinábase una gallardía de buen gusto brindada al pintor.

Obstinábase en relatar su historia el marqués a los postres, empuñando la panda copa de champaña. Una biografía interesante, empezada en un chiquillo con almadreñas que salió un día de su puebluco a mirar el mundo, y que, en fuerza de años, de voluntad y de instinto de la vida, realizó con brío su parte de trabajo, colocándose a los cincuenta en blasonado palacio, para poder contemplar desde la altura de su corona de marqués y de su senaduría vitalicia el bien que había hecho. Y distinguía, en efecto, desde allí, aquellas tiendas humildísimas donde enriqueció a los dueños con su laboriosidad honrada; aquel gran comercio suyo más tarde; aquellas locomotoras, luego, corriendo en su país porque él y otros como él habían puesto el dinero; aquellas fábricas que él fundó; aquel...

--¡Siempre francote y un poco tosco, eso sí, pero orgulloso de todos modos!--decía La Riva con una calma y un ritmo que recordaban el paso del buey. Y observando a su mujer y al pintor, distraídos bajo la seducción vaporosa del champagne y de la espiritual cháchara que él había escuchado antes como un extraño, proseguía:--Mas a buen seguro que si no entiendo de esas monadas que compro para adornar mi palacio--o (con el ademán parecía incluir como un cuadro un _bibelot_ más a la bella marquesa)--tampoco Rangel sabrá mucho de los negocios ni de los ferrocarriles, en que viaja repantigadamente... ¡Cada cosa tiene sus méritos... y sus misterios, que sólo Dios puede conocer en todas!

En seguida dirigióse a un criado que traía el juego para el café:

--No, Gaspar. En mi despacho. ¿Has prendido la chimenea?

Salió el criado haciendo un gesto de confidencia, y manifestó el banquero que servían el café en su despacho para que apreciaran la buena colocación que por sí propio había dado a la gran obra de arte.

Y derecho invitándoles a salir, mientras su mujer y el pintor se miraban presintiendo alguna nueva necedad artística del hombre de negocios, añadió:

--¡Ah! ¡Se trata de mi hermosa chimenea con arco de roble, tallado por Seriño!

Presenciaron un espectáculo extraño en el despacho.

--¡Vaya si lo entendía! ¿Qué se figuraban los dos?... ¿No era un lienzo decorativo? ¿No representaba un diablo más o menos bonito?... Pues ¡su pensamiento! en ningún sitio mejor que llenando el gran fondo de su chimenea antigua, con el fuego en los mismísimos pies del mal arcángel.

Lo primero que vió Rangel fue su _panneau_ llenando el hueco negro de la chimenea. Tocando al lienzo ardían los trozos secos de pino, y las llamas y el humo habían obscurecido la pintura, levantada hasta la rodilla del ángel.

La Riva, cruzado de brazos, con una sonrisa de agrado como quien espera un pláceme, contemplaba al pintor, cuyos labios temblaban.

Esta vez se lo dijo el artista:

--¡Imbécil! ¡Imbécil!

Con toda su alma, con toda su rabia, y comprendiendo la situación, salió como un loco.

* * * * *

--¿Qué significa esto?--preguntaba Jacinta irguiéndose frente a su marido.

--Esto significa que le acabo de probar a un infeliz, prácticamente, cómo yo sé hacer las cosas; que si él tiene orgullo de su fantasía para pintar, yo tengo el orgullo de mi talento para hacer dinero, que vale y puede más, porque vale y lo puede todo... todo...

Y concluyó, mirando a su mujer hasta la conciencia:

--...incluso destruir la gloria... y haberte traído a mi palacio desde la estrechez, ¡no hay que olvidarlo, marquesa consorte de la Riva!...

JUGAR CON EL FUEGO

Pasaba por Madrid, donde veinticuatro horas debía detenerse, con dirección a Tánger, León Demarsay, un diplomático con quien yo había intimado en Manila, hombre de gran corazón y excelente tirador de armas. Por mí advertidos de esas prendas del joven, quisieron algunos amigos míos conocerle, y le invitamos a un almuerzo, para cuyo final teníamos preparadas las panoplias.

Servido el café en el salón, Pablo Mora, que presume de floretista, le brindó el azúcar con la mano izquierda y con la derecha un par de espadas.

--Gracias--contestó León sonriéndome con dulzura al comprender que defraudaba nuestras esperanzas--. Hace mucho que abandoné estas cosas. No sé. Completamente olvidadas.

Y luego, defendiéndose de nuestra insistencia, y para que no creyéramos falta de cortesía o fatuo desdén de maestro su negativa, añadió, mientras se sentaba y empezaba a sorbos su taza, invitándonos a lo mismo:

--Hace tres años, juré no volver a tocar la empuñadura de un arma.

Y quedó sombrío, delatando algún doloroso recuerdo. Respetándolo nosotros, nos sentamos también, sin pensar en más explicaciones. Pero la gentil María, esposa de Mora, en cuya casa estábamos, y otras dos señoritas que nos acompañaban, una de las cuales, discípula de Sanz, había pensado en el honor de un asalto con el francés (cosa que venía a constituir quizás el caprichoso y principal atractivo de la reunión), le seguían mirando curiosamente.

--¡Nada!--exclamó al fin Demarsay--. Como usted, Luciana (la discípula), yo empecé la esgrima por receta de un médico. Usted, según me ha dicho, contra una neuralgia; yo, contra un reuma. ¡Ojalá que en mí hubiera podido continuar siendo un _sport_ saludable, como lo será en usted toda la vida...! Pero los hombres--añadió envolviéndonos en una sonrisa de irónica piedad--somos un poco más crueles que las mujeres.

--Permita que me sorprenda en un hombre tal confesión--dijo María, clavando los ojos en Demarsay, del mismo negro acero que su pelo.

--¡Necesita demostrarse!--añadió no sé quién de nosotros.

--La demostración resulta de mis pequeñas historias. Decía... que un doctor me aconsejó, para unos dolores rebeldes, el campo y la gimnasia; inmediato a la finca donde pensé instalarme, vivía retirado M. Montignac, el más célebre duelista de Europa; propúsele al doctor, en gracia a mi comodidad, sustituir la gimnasia con la esgrima; aceptó, y a los seis meses yo estaba curado. Mas como por mis negocios permanecí en la posesión algunos años, y como además, por gratitud al ejercicio y deferencia a mi maestro, no abandoné las armas, resultó que cuando volví a París, según Montignac, que se apresuró a comunicárselo a sus compañeros, era el mejor discípulo que había tenido hasta entonces. A consecuencia del aviso, sin duda, la _Sala Hervilly_ me invitó a un asalto; y a consecuencia del asalto, en el cual desarmé cuantas veces quise a un M. Murguer, tirador celoso de su fama, recibí al siguiente día la visita de sus padrinos.

--¿Para otro asalto?--preguntó ingenuamente Luciana.

--Para un duelo--continuó Demarsay--. Pretendían que me batiera con Murguer, porque éste deseaba saber si mi habilidad era la misma con espada sin botón. Contesté que no tenía el menor deseo de prestarme a la prueba, y que no encontrando odios ni ofensas que vengar, sino antes al revés, habiendo tenido una complacencia en conocerle, le proponía un jovial almuerzo con unas cuantas botellas de champagne. Almorzamos juntos, tiramos y procuré dejarme alcanzar algunas veces, por calmar la vanidad de aquel hombre. Sólo que una de ellas, cuando yo creía estar ganando su simpatía, al oirme decir sonriendo: _¡Touché!_, arrojó su espada y nos abandonó airadamente. Por la tarde los padrinos. Afirmaban esta vez que le había ofendido con mi condescendencia, tratándole como a un niño; lo que no estaba dispuesto a tolerar, porque aspiraba a ser tratado en todo momento como hombre; que no aceptaba explicación ninguna, y que conceptuaba preciso que nos midiéramos con armas desnudas, a fin de que sus descuidos o mis galanterías, en caso que yo me atreviera así a brindárselas, no resultaran una ridícula e inocente burla.

--¡Qué tesón!--exclamó María.

Pablo, en su _punto de tirador_, advirtiendo que todos los que oíamos a Demarsay hallábamos importuna la conducta de su adversario, se creyó en el caso de encontrarla explicable.

--Al verdadero duelista--manifestó--velador constante de su prestigio, no le es agradable, aunque involuntaria, una humillación de esa índole. En esto se parece a la mujer con respecto a su honra. Ninguna tolera con paciencia que otra mujer delante de ella aparezca más _honrada_.

--Pero yo, que no soy duelista, que no lo era--replicó Demarsay con su acento ligero y fino de parisiense--, sino un pobre enfermo que se curaba y se divertía jugando al florete igual que podía divertirse jugando a la pelota, me asombré de la exigencia de aquel señor, a quien juzgué un solemne majadero...

Miré a Pablo y le vi inmutarse. Iba a contestar, tal vez en defensa de su falaz proposición, pero se contuvo.

--Y con plena franqueza tuve el gusto de participárselo a los padrinos--continuó el diplomático--. Aseguro a usted que eché de menos la ley de Schopenhauer contra el duelo: "Todo mantenedor y portador de un cartel de desafío, recibirán veinte palos en público, a usanza china."

Pablo no pudo contenerse.

--Castigo que no sufriría ningún hombre de honor sin pegarse un tiro.

--A lo cual contesta el filósofo, que lo prevé: "Es mejor que un loco se mate a sí mismo que no que mate a otras personas."

Produjeron una carcajada, que puso en evidencia a Pablo, las palabras del francés, quien siguió: