Part 4
¡Bah! Si no conocía al señorito Luis, tampoco iba a pedirle un reino...! Entre corriendo y andando, cruzó el encinado, salvó el puente del arroyo, dejóse atrás la huerta y los pinares, y agazapándose en la pradera para esquivarse del tío Juan, que volvía del lugar con el carro, entró por fin en la alameda, recorriéndola hasta darse de manos a boca, o punto menos, con el pintor, que de pie junto a la silla de tijera, tenía delante un caballete. Juana se paró, y, arrepentida, trató de esconderse. Pero el señorito Luis la había visto ya; era inútil... Entonces, lanzando una imperceptible carcajada, a un tiempo medrosa y atrevida, roja como una grana, se acercó a él, soltó el covanillo, y clavando los ojos en el suelo, exclamó casi sin voz:
--Yo... soy la novia de Chuco.
El señorito Luis había soltado los pinceles y miraba con sorpresa a la recién llegada.
--¡De Chuco...! ¿Qué Chuco, hija?--preguntó en el colmo de la extrañeza.
No conocía a Juana, que habitaba en el cortijo las dependencias de la servidumbre.
--De Chuco el cabrero..., del que usted pintó ayer en la sierra de la ermita--añadió Juana.
--¡Aguarda! ¡Conque tú eres...! Pues tiene Chuco una novia como una perla--murmuró el joven sonriendo--. Bueno, mujer; tú dirás lo que deseas.
Al escuchar Juana el elogio, levantó la mirada hacia el señorito Luis... y la bajo viendo que sus ojos derramaban sobre ella un incendio. Sin embargo, aquella flor y aquella jovialidad diéronla alientos para continuar:
--Sí, me lo dijo. Por eso me pidió un retrato para dejártelo. ¿No te lo ha dado?
--Vélaqui usté; me lo ha dao ahora que me encontró cuando iba yo por uvas a la viña; y dijo que viniera al vuelo en busca de usté... porque me hizo la cruz para no dirse más que atao, en tanti yo no me diera maña pa... darle otro retrato que usté me haga.
--¡Bravo! Si no es más que por eso, no hay que atarlo, porque no desairaré nunca a una muchacha tan salada. Siéntate. ¡Esto va a ser a escape! Y a fe que me alegro, pues así estarás en mi álbum junto a él.
La noticia arrancó a Juana, que estaba rabiando por reir, una carcajada de alegría.
--Oye--dijo Luis en cuanto preparó los lápices y el álbum--, tú eres muy guapa y quiero hacer un retrato bonito. Así no estás bien; en vez de continuar sentada vas a echarte, saldrás mejor. Tu retrato será todo un cuadro.
Así diciendo, la levantó del cesto, se le puso de cabecera, obligándola a adoptar una postura caprichosa, le cruzó los pies después de acostarla de lado y la hizo reclinar la cabeza sobre un brazo y rodeársela con el otro. Satisfecho de la actitud de la joven, que temblaba a su contacto y seguía con el recelo en los ojos y el carmín en la cara esta maniobra, se fué a la silla sonriendo, sobrecogido por la inspiración de la belleza extraordinaria de _la Reina_.
Dibujaba Luis con el arrobamiento del artista que se deja absorber por su obra, y una tras otra, sin saberlo, dejaba escapar frases de admiración ardiente cada vez que su análisis descubría un tesoro de los mil de la belleza a la par atrevida y delicada de _la Reina_... ¡Sus palabras clavábanse en el corazón de Juana como flechas de oro...! y Juana (¿por qué no decirlo?) empezaba a impresionarse... Veía en el pintor la adoración a su hermosura, y ella, que siendo mujer, nunca había sido admirada, no se daba cuenta, la pobre, de que el amor principia así. El amor, es decir, algo grande, algo que jamás sintió junto a Chuco, en su cariño de hermanos, descuidadote y tranquilo, cuyas raíces se perdían en el trato de la infancia.
Bien visto, el señorito Luis era un cabal mozo; tendría veinticinco años, y Juana en su vida estuvo al pie de un hombre tan guapo, tan simpático, tan amable... ¡Vaya si sabia decir algunas cosas...!
Decididamente ella se encontraba a gusto en la alameda. Hasta el misterio del sitio, que al pronto le había causado un vago temor, comenzaba a placerla. Un vientecillo juguetón rizaba la amplia superficie del agua, prendiendo al sol en cabrilleos de oro y haciendo temblar en la opuesta orilla la imagen de los pintorescos matorrales de espinos y adelfas que la bordaban, por detrás de los cuales el cielo extendía su fondo de puro azul. En mitad del río, como una gaviota nadando, se destacaba la casita blanca del molino, al extremo de una isleta vestida de sauces, cuyas ramas colganderas se derramaban y mecían con languidez sobre la corriente apacible. Exceptuando el rumor lejano de la presa, el susurro de las hojas y el atronador ruido de los pájaros en los árboles, nada turbaba allí el silencio, si es que del silencio no son también las armonías de las brisas, de las aves y de las ondas.
Sólo necesitaba ya los últimos toques el dibujo; Luis lo terminó mientras decía con su acento medio apasionado y medio ligero:
--¡Oh, chiquilla! ¡Si te vieras a ti misma...! Eres inimitable... Qué diantre, la suerte anda muy mal repartida; de andar mejor, tú estarías donde tu hermosura fuese el encanto de todos. Mujeres como tú no debían nacer para morir como las margaritas del campo; no admito, no concibo que Dios haya creado cosa tan linda para esconderla... ¡Ea! Ven a ver esto; ya se acabó.
Juana se levantó y recibió el álbum que mostraba Luis, poniéndose a contemplar el retrato con curiosidad. Se agradaba a sí misma. Nunca había tenido ocasión de mirarse en un espejo mayor que la palma de la mano, y no sabía cuánta era la gentileza de su talle. Dudaba de que la hermosura aquella fuese un reflejo de la suya; el señorito Luis, sin duda, había hecho la imagen tan graciosa únicamente por halagarla.
--¿Esta soy yo?
--Esa eres. Chuco gana contigo el ciento por ciento. ¡Qué diablo, no has sabido escoger novio! ¡Qué muchacha más tonta! Ahora voy con la copia para él: trae el álbum.
Por segunda vez colocó Luis bajo su lápiz un papel blanco, empezando a copiar el boceto, del que pensaba hacer despacio una preciosa acuarela. _La Reina_ no se saciaba de mirarlo.
Por encima del hombro del joven, rozándole alguna vez con los cabellos, observaba la soltura con que trazaba líneas que iban reproduciéndola.
En su propia cara sentía Luis respirar a Juana, que absorta en la contemplación, no tenía conciencia de otra cosa. Luis sufría. El aliento aquel le deleitaba como el perfume purísimo e intenso de la flor de jara en las siestas de la solitaria montaña. "Cuando ya esté hecha la acuarela--pensaba--, le pondré un título que será un perfecto recuerdo: _Tentación_."
De improviso, alargando el papel y volviéndose, dijo:
--Toma.
Y le dió el retrato..., y un beso que estalló como una palmada en la purpúrea mejilla de la Reina.
La sangre toda afluyó al rostro de la muchacha. Sintió que se desvanecía, pero se repuso, y sin pronunciar palabra, rápida como la luz, llevando el retrato en la mano y arrebatando el cesto al pasar, desapareció entre los álamos.
* * * * *
Cuenta la fama... (es decir, no lo cuenta la fama, porque es un secreto que sólo puede contar la que lo aguarda) que hará tres meses, la noche de la boda de _la Reina_ y Chuco, cuando las amigas de aquéllas atribuían su llanto a las naturales cosas que hacen llorar en estas ocasiones, ella oprimía contra su corazón el retrato trazado en la alameda de la Tabla Grande del río, y suspiraba acariciando los recuerdos indelebles de las impresiones sentidas y de las palabras del pintor, que habían hecho desfilar ante sus ojos fugaces visiones más brillantes que una lluvia de estrellas.
PRUEBAS DE AMOR
Mi amigo César es un analista insoportable. Pudiera ser feliz, porque tiene talento y buena fortuna, y es el más desdichado de los hombres.
Todo lo mide, lo pesa y lo descompone, el placer y el dolor, el llanto y la alegría, el amor y la amistad. Su corazón, sensible hasta lo infinito, se deja tocar por las más pequeñas cosas; pero el eco levantado en el corazón, plácido o triste, grande o fugaz, es entregado inmediatamente al pensamiento, que al profundizarlo por todas partes lo deja destrozado.
Llorando ante el cadáver de su padre, pensaba si en su aflicción extrema no habría algo de hipocresía consigo mismo. Y cesó de llorar. Pero en seguida le pareció fanfarronada de fortaleza su dolor sin llanto. Y lloró, llamándose miserable.
Estrenó una comedia. Y cuando el público le aclamaba, se encontró a sí propio desmedidamente fácil de halagar por los aplausos. Para evitarlos, se negó a salir a escena por segunda vez, se largó a su casa, se metió en la cama y no pudo dormir, reflexionando que la brusquedad de tal determinación tuvo mucho más de vanidosa que el haber seguido recibiendo los aplausos.
Cuando saluda a un personaje aléjase meditando si en el saludo no puso algún servilismo. Y, por si acaso, cuando le halla otro día, lo esquiva.
Vive solo, huraño, perpetuamente dedicado a vacilar, a destruirse las ilusiones.
Es un loco, sin duda.
* * * * *
Recuerdo que hará tres años lo encontré una tarde en el Retiro, sentado de espaldas a la gente, con la silla recostada en un árbol y entretenido en mirar el desfile de los coches. Me senté con él y no hablamos. De pronto, al paso lento de los carruajes enfilados, porque estaba en el paseo el de la Reina, cruzó junto a nosotros una victoria, en cuyo interior iban dos mujeres, saludando a César.
Una lindísima, elegante, joven.
--¿Ves aquélla?--me dijo señalándola, cuando ya no pudo vernos--. La adoro. Estoy desesperado. La vi en la Comedia, en un palco. ¿Verdad que es divina...? Tiene alma de artista. Después de la presentación, no he vuelto más que dos días a su casa. ¡Oh, si yo pudiera llevarla a la mía, hacerla mi mujer...! Créeme. El ideal es esa Aurora Rubí: pero es hija de un hombre muy rico.
En seguida me contó que Aurora había estado con él atentísima, quizá más que con nadie; pero que, sin embargo, y a pesar de que la quería cada vez más, teniendo en cuenta la alta posición de aquella familia, no se atrevería a intentar nada. Yo hícele notar a mi amigo que teniendo él una carrera brillante y un nombre literario conocidísimo en Madrid, debían tenerle sin cuidado los miles de duros del _suegro_. Mucho menos cuando, a juzgar por el modo de saludar de Aurora, cuyos ojos se habían fijado en César con mimosería singular, la niña estaba de su parte. Continuamos hablando del asunto mucho rato a la vuelta del paseo, y ya de noche, en la Puerta del Sol, dejé a César con sus cavilaciones eternas y eternas dudas y desconfianzas.
* * * * *
En Marzo volví a verle en una platea del Español, con Aurora y su familia. En toda la noche cesaron de hablar, cubierta ella la cara con el abanico de seda, sin importarles un pito la representación. Y después, durante todo el verano siguiente, le encontré siempre acompañándola en los teatros, en los paseos, enamoradísimos ambos, según las muestras. Tenía ganas de hablar con César para darle mi enhorabuena, y una tarde que yo estaba en la Moncloa, adonde fuí de puro aburrimiento, le hallé sentado en un banco, la cara seria, entretenido en golpear las piedrecillas del suelo con la contera del bastón.
--Te felicito--le dije.
--¿Por qué? ¿Por quién...? ¿Por Aurora? No, no; todo lo contrario.
--¿No es tu novia?
--Sí.
--¿No la quieres?
--Como un insensato, y su familia me acepta, y ella es adorable sin par; y, por lo tanto, me tiene vuelto el juicio. Puedo casarme cuando se me antoje; pero...
--Pero ¿qué?
--Pero... ¡no me da la gana!
Dijo esto con dureza extraña, como imposición hecha por su voluntad a su invencible deseo.
--No quiero. No me da la gana de casarme--repitió enfadado.
Yo me reí. Él se calmó luego.
--Mira, tú--me dijo--, la quiero tanto que yo necesito a toda costa saber que ella me quiere con delirio; necesito saber que me adora y que me adora como una loca; que me adora por mí mismo, no por la vanidad de mi nombre, ni siquiera por la gratitud de mi amor. En una palabra: necesito que me sacrifique cuanto es y cuanto vale: su tranquilidad, su orgullo, su porvenir y su honra.
--Estás chiflado.
--Chiflado o no, eso la he dicho: que quiero todos esos sacrificios, que si yo soy su dios, como ella repite a cada instante, su dios le pide el honor y la vida para hacer de ellos lo que guste: probablemente devolverlos; pero ¡quién sabe si entregarlos hechos jirones a la publicidad para ver si la adoración resiste a todo, hasta al martirio y la deshonra!
--Pero ¿hablas formal?--no pude menos de preguntarle a mi amigo.
--Tan formal, que hace cuatro días que no la veo. La he jurado que la amaré siempre, aunque probablemente nunca nos casaremos.
--¿Y ella?
--Lucha, la infeliz. Mira, al fin esta tarde me llama. Sí, sí, empiezo a creer que me idolatra; que podremos casarnos...; después.
* * * * *
Al cabo de medio año, he vuelto ayer a tropezarme con César. Estaba en un café y leía completamente absorto una carta de renglones cruzados.
Aurora está en Santander.
--Oye--me dijo César tras de contarme muchas cosas--. Es horrible mi situación. Yo que tanto la adoro, no puedo acabar de convencerme de su amor, y ya menos que nunca. Yo leo esas cartas llenas de ternura, de confianzas dulcísimas, y pienso, a pesar mío, que aunque así deben ser las que dicta el corazón de una mujer enamorada, así pueden ser también las que dirige el miedo de una pobre niña a quien le guarda el tesoro de su honra.
--Que entregó por amor.
--¡Y que puede obligarla a mentir en el olvido! ¡Oh, si así fuera, si ella me hubiese olvidado, cuánto me estaría ofendiendo al creer que yo no sería capaz de devolverle estas cartas, estos recuerdos de nuestra escondida felicidad, que no tienen valor para mí de prendas de venganza contra la ingratitud, sino de reliquias santas de la única mujer que he querido y querré con toda mi alma, aun ante la confesión de su olvido... Y si me ama--continuó César exaltado--, yo quiero saberlo. Pero cómo, Dios mío, si me ha dado todas, todas las pruebas de amor que puede dar una mujer... ¡y no son bastantes!
* * * * *
--Yo dejé a César por no decirle que es cruel, brutal, con la infeliz y enamorada niña que así se ha hecho la esclava de un loco.
Porque no me cabe duda que César tiene una locura no estudiada en los libros todavía.
MUJERES PRÁCTICAS
Plegó Alfredo _La Correspondencia_ que a la luz del tranvía vino leyendo desde Pozas, y miró dónde se encontraba: calle Mayor. ¡Oh! Y a fe que le había ensimismado el periódico. El coche iba bien de mujeres. Lo que se dice, cuando el día está de bonitas, se ve cada cara como una gloria.
Junto a él, mamá respetable, cincuentona y de libras, pero hermosa, y con dos niñas a la izquierda... que hasta allí. Se advertía a la pequeña, molesta en la estrechura del asiento, aguantada casi por aquel empleadete de levitín raído, personilla de pelele medio oculta entre las gasas de la joven por un lado y bajo el mantón de corpulenta chula por el otro; ésta era la cuña de la tanda. En la de enfrente dos o tres señoras todavía, una con su marido, guapa ella y retrechera. Pero a la más hermosa fueron los ojos de Alfredo, guiados por la nariz, por un rastro de heliotropo que le caía de muy cerca, envolviéndole en nube de sutil voluptuosidad; alzó la vista y vió de pie a la puerta de la plataforma delantera una rubia espléndida, de continente altivo de princesa, buena moza, enguantada, llena de lujo, de brillantes.
Alfredo se levantó y le ofreció el sitio. Ella dió las gracias sonriendo, clavándole los grandes ojos de oro también como el pelo abundantísimo. Iban a llegar, no merecía la pena. Insistió Alfredo, y la elegantísima dama se inclinó gentil, mostrando en la sonrisa la blancura de papel de sus dientes; fué a dar un paso, y con la velocidad del tranvía perdió graciosamente el equilibrio. Alfredo la sujetó por el brazo, contacto leve que bajo la seda hizo constar carne resbaladiza, elástica, tentadora.
Sola. ¿Quién sería?... El joven, que, emborrachándose de amor en su perfume, la contemplaba, hubiese jurado que transparentaban algo de suprema aristocracia aquella desenvoltura, aquella singular expresión de aplomo, de experiencia y ansia de placer. Cintura delgada, caderas anchas, pecho alto. Una delicia. Razón poderosa del vivir. Por dar un beso en tal encanto de boca, se comprendía todo.
¡Oh! Y nunca podría dar Alfredo un beso en cada boca de mujer hermosa! ¡Nunca! Es decir, que se moriría habiendo deseado besar tantas mujeres... ¡Qué pena!
Paró el tranvía. La dama pasó delante del joven, inclinándose llena de gracia; sus ojos largos, de pupilas amarillas de oro, volvieron a meterle en el corazón languideces de muerte. Descendió y atravesó, rápida y garbosa, la Puerta del Sol, sorteando coches, hasta la acera de enfrente. Allí su marcha fué un triunfo: los hombres se paraban, las mujeres volvían la cabeza. Alfredo iba detrás, a distancia.
Imposible figura más gallarda. Vista de espaldas a las luces eléctricas de las farolas y los escaparates, toda aquella arrogante hembra, con su traje claro de seda, destellaba chispas: de sus brillantes, de los plateados botones de su esbelto talle, de los hilillos de oro de sus encajes, de las peinetas sepultadas en los rubios bucles de su peinado, de los caireles de su sombrero verde, entre gasas y rizadas plumas. Su andar era fácil, ondulado. Sus pies herían el suelo con todo el peso de la buena moza. Bajo su aspecto delicado, casi aéreo, se adivinaba toda la hermosura.
Torció por la calle de la Montera. Alfredo llegó a la esquina, se paró, y parecía vacilar. Sí; por último, hasta el fin del mundo. Sabría su casa. París bien valía una misa.
¿Casada?... Un mes, dos. Una labor de aproximaciones insensibles. ¿El plan?... Resultaría después; por lo pronto, bastaba la voluntad. Querer es hacer querer, tratándose de todo.
Alfredo, procurando no perder la linda cabeza rubia de sombrero verde, que seguía con la vista por encima de las gentes, a lo lejos, para no ser advertido, iba ya pensando en el portero que le facilitaría detalles. El imaginaba también sus paseos a lo cadete, sus butacas frente al palco, su insistencia ante el enojo; luego la mirada, la primera mirada es decir, el triunfo. Desde que una mujer devuelve la primera mirada de amor, está vencida. Lo demás es accidental, de oportunidad y de tiempo.
La hermosa rubia dobló por la calle del Caballero de Gracia. Alfredo, que iba a cincuenta pasos, se apresuró hasta la esquina: allí se paró contrariado. Ella, muy cerca, en la luz viva de un escaparate de modas, resplandecía de belleza y de elegancia. Antes de seguirle vió: había mirado hacia atrás. Una mirada particular, subrayada de sonrisa. Y aceleró la marcha.
¿Fué aquella sonrisa leve la placentera emoción de toda mujer cuando observa que interesa, puramente de vanidad y que nada promete, o fué el _enterada y conforme de un proyecto de historia_? Difícil saberlo. Casi seguramente lo segundo; sin embargo, al tratarse de una mujer de treinta años, cuya hermosura debía de haberla ocasionado suficientes galanteos para odiarlos por sistema o para gustarlos por hábito. Alfredo echó este dato a su favor. No era poco.
Era... la primera mirada. Sólo que, aun dada por cierta, esto no era todo, y los deseos iban más aprisa que las esperanzas. Quedaba siempre la necesidad de verse y de hacerse rabiar, de la presentación y el trato... de ese infinito juego de habilidad que exigen ellas para engañarse desde que se proponen ser engañadas. Un tiempo lastimosamente perdido en el prólogo, cuando espera un libro seductor--pensaba el joven.
¡Ah, si las mujeres fuesen prácticas! ¡Tan prácticas como los hombres!... Entonces, a aquella disparatadamente hermosa, de quien él había visto embelesado la boca roja y la nuca blanquísima y vigorosa cubierta de vello de oro; a quien él mirándola había desnudado con el pensamiento y con su complacencia; que iba sola, y quizá a fastidiarse en la soledad de su gabinete, nada le impediría en aquel mismo momento aceptar su brazo y dejarse conducir a otro gabinete más reservado... de Fornos, por ejemplo, que estaba ya a dos pasos. Dos horas. Hermosura por pasión; luego, adiós para siempre, o hasta la vista.
En este momento, Alfredo se detuvo. Su amigo Alvarez saludaba afablemente a la dama. Debían conocerse mucho, según las risueñas frases cruzadas entre apretones de manos. Tan pronto como lo dejó, Alfredo le salió al encuentro.
--Baja conmigo.
--No, sube tú; tengo prisa.
--Un momento.
--Pero, hombre...
Le arrastraba del brazo.
--¿Conoces a aquélla?
--¡Claro!
--¿Dónde vive?
--Allí. (Alvarez señaló un principal.)
--¿Quién es?
--Luisa.
--¿Qué Luisa? ¿Luisa de qué? ¿La mujer de quién?
--La mujer de nadie. Es decir, de todo el mundo. Tu mujer si quieres: veinte duros.
Alvarez, aprovechando su brazo en libertad, salió disparado. Un segundo después, Alfredo entraba en Fornos; pero solo.
Y se sentó, pidiendo un humilde café con leche.
--Caramba--pensaba mientras era servido--. Esa es más práctica que los hombres todavía.
Y no, no era eso lo que deseaba. Alfredo hubiese querido que todas las mujeres fuesen _muy prácticas_... para él únicamente.
GENIO Y FIGURA
El triunfo del autor iba siendo evidente. Pero un triunfo de sumisión, que tenía algo de espantoso, como el del domador en la jaula de las fieras. El teatro parecía contener una sola alma anhelosa y vencida, que quitaba a los cuerpos la sensación de ahogo en aquel aire de polvillo de luz, impregnado de sudor y esencias, a cuyo través, y contrastando con la obscura e informe aglomeración de cabezas en el patio y los anfiteatros, se veían los escotes y los trajes claros en las explosiones brillantes de las cornucopias eléctricas, llenos de flores y destellos, con abanicos que los brazos desnudos movían en silencio, como guirnalda de mariposas.
En uno de ellos, en el segundo palco de la izquierda, con sus padres y su prima Berta, la burlona irresistible, estaba Angeles, la novia del autor, vestida de celeste, admirablemente peinada, con un _esprit_ de plumas y una flecha de brillantes en el negro pelo, quizás demasiado rojos los labios y demasiado pintadas las ojeras en su carilla ideal de caprichosa, blanca como el cuello, de esa blancura de leche de la velutina. Callada y absorta, con una contracción nerviosa de triunfo en los labios, era, sin embargo, la única que no llevaba la ilación del drama. El codo, de guante blanco, en la balaustrada grana; el abanico en la barba, y la cabeza medio vuelta hacia la sala, donde seguía en una voluptuosa aspiración los estremecimientos del público, observándole, recogiendo sus latidos que acentuaban la expresión singular, un poco diabólica, de su sonrisa. De cuando en cuando flameaba en sus dormidos ojos de gata un relámpago de satisfacción: era que sorprendía unos gemelos mirándola; los pocos iniciados que asistían al teatro, habían extendido la noticia de que _allí_ estaba la novia del nuevo autor, y la noticia rodaba de butaca a butaca, de palco a palco... y Angeles la seguía en sus zig-zag, y empezaba a sentirse heroina disimulada de la fiesta, flechada por aquellos anteojos, a los que si guiaba la curiosidad desde cada hermosura del drama, les contenía en arrobos de contemplación la belleza de la joven.