Cuentos ingenuos

Part 3

Chapter 34,064 wordsPublic domain

¡Y que no les enseñan los puntapiés de orden público! A los seis años ya saben correr y quitar pañuelos, mirando con un ojo al bolsillo y con el otro al guardia. Es el ingreso de bachillerato. Mientras lo cursan, los agentes siguen observándolos con atención, llevándolos tal cual vez a recoger diplomas en la Prevención del distrito, y repartiéndoles trompadas y pescozones. Aunque con filosofía: "aún no estorban", dice la sociedad. Y como no estorban, hasta los quince o veinte años, filiados ya en los gubernamentales registros, se pasan la vida, a fuer de _estudiantes_ alegres, corriendo de los guardias en la calle y convidándolos a cariñena en las tabernas.

Facultad Mayor. Se indica por el ingreso del educando en la cárcel, a consecuencia de un robo o de un navajazo en quimera. Cosa leve y grandes adelantos. El que no es completamente imbécil, saca la _licenciatura_ en tres años, y como ya está hecho lo más, he aquí que viene un día el saqueo del palacio de un marqués, en cuadrilla, con asesinato del dueño...

La sociedad se conmueve.

--Ese hombre--dice frunciendo el ceño ante el asesino--estorba ya. Venguémonos; ha terminado su carrera.

Y efectivamente, entra poco después en el calabozo; le pesan y miden los antropólogos; encuentran que tiene la frente deprimida, el pelo lanoso y áspero, las orejas en asa y los pómulos salientes. No recuerdan ya que cuando pequeñín tenía la cabeza de los angelillos, cuando pregonaba el _Helaldo_, ni recuerdan que la ferocidad de su sonrisa con dientes de caballo había sido primero, "en boca de niño, sonrisa de amor".

--¡Criminal nato!--gritan los antropólogos.

Porque, eso sí; la ciencia es rotunda.

Ha terminado su carrera. Se le viste la hopa y el birrete de los ajusticiados.

Es decir, la toga.

* * * * *

Cuando menos eso me pareció a mí una tarde muy triste en que yo pude contemplar a un hombre con bonete y sotana negra, sentado junto a un palo, agarrotado por el pescuezo y con la lengua fuera.

Tenía yo también recién ganada mi toga, y no sé qué extraños giros de pensamiento hiciéronme ver un poco de vergüenza en mi traje talar y un poco de grandeza entre los pliegues de aquella túnica que envolvía a aquel muerto con la cabeza tronchada y el gesto de apocalíptico reproche...

¡Quizá emprendimos la _carrera_ al mismo tiempo! Yo, en el regazo de mi madre. Él, en el desprecio de la Humanidad.

Y me estremecí al pensar que si hubiese sido lo contrario, yo sería entonces el ahorcado, y el ahorcado el doctor.

POR AHÍ

¿Domingo?

Caramba, día de divertirse.

¡Cuánta gente! Todos suben, se alejan del centro. Yo me acerco, al revés.

Encontrarme desde mi casa en el Retiro, a los quince metros, no tiene lance de paseo.

Sol hermoso; coches y tranvías atestados; Espartero dominando la calle desde su caballo de bronce.

--¡Adiós, general!

Es muy amable este Espartero, con su sombrero en la mano, eternamente saludando a la acera derecha, desde donde nadie le responde. Líbreme Dios de pasar sin corresponder finamente al saludo, y los demás que hagan lo que gusten.

Y vengamos a cuentas, para no andar en balde: ¿adonde iré? Hay que pensarlo sobre la marcha, entre pisotón y codazo.

Dinero no falta, en buena hora lo diga, si no para comprar un reino, con el que quizás no sabría qué hacer, para comprar media docena de mujeres, que bien sabré qué hacer con ellas.

Pero tal vez lo sé demasiado.

La tarde es larga, la vida imposible. Reflexionando, principalmente. Algo, pues; necesito algo que me distraiga; y estoy en la corte, donde dicen que sobran las diversiones.

En la plaza gran atracción. Un toro y un elefante. Iría, pero luego no resulta ninguna de las barbaridades prometidas. ¿Fieras contra fieras? ¿Tigres, toros, leones y elefantes? Bah, para atrocidades los hombres, y ya los veo por la calle... y ya me ven.

¡La Cibeles!

Decididamente, me son simpáticos estos caballos de bronce y estas virtudes de mármol.

Allá, por las baldosas de Recoletos, desfila un cordón de gente. Sombreros monumentales, flores, niñas en situación, tal cual levita...; los de a pie, dándoselas de aristócratas desmontados, los de a caballo mirando a los landós, y los landós al trote. El éxito de la tarde es un _cab_ tirado por once perros de Terranova.

¿Hay concierto? Beethoven, Wagner, cien violines, dos arpas... Yo quisiera oirlo sin verlo. Desde una hamaca oscilante en la bóveda. En las butacas acabaría por preocuparme de la postura; en los paseos estaría de pie y molesto; en el paraíso... ¡nada de paraísos!

Y nada de conciertos ni de músicas. La música miente, me diría dulzuras, llevaría mi pensamiento a lo que no puede existir. ¿Un mundo desavenido con la última nota? ¿Un ángel vuelto a caer al pisar la calle? Jamás. Prefiero seguir en la realidad.

Adelante. Arriba, arriba calle de Alcalá. La realidad puede ser un teatro cualquiera, de telón afuera o de telón adentro. Sólo que en la sala seguramente no me importaría lo que pasara en la escena. El colmo. Buscar interés por un espejo a lo que en sí mismo no interesa nada. Desde una butaca no sabría esta tarde si el drama o la comedia estaba delante de mí o alrededor mío o... dentro de mi alma.

Alma. ¿Habré dicho una barbaridad?

--Una limosna al ciego.

--Toma.

--Dios se lo pague.

--Bueno. Pero te advierto que son dos pesetas... por si eres ciego.

No es limosna. Es que doy el dinero que me hubiese costado no divertirme en el teatro. Gano todavía y ese infeliz me da las gracias. ¡Estúpido!

El sol, rasando sus rayos desde el tejado de la Equitativa, envuelve en polvo de luz la calle. Maldito si veo a nadie de tanta gente como tropiezo... Siempre es un favor. Señoras en silueta, amigos al traslumbre... y yo, sombrero a los ojos y hala, hala... Vuelvo la cabeza y veo a la señora de un amigo. Pero por la espalda. ¡Qué historia me recuerda! Ella lo quiso. Punzante, casi dulce, breve. Un epigrama. Una instantánea.

Bien ¿y qué? Maisón Dorée. ¿Qué adelanto con entrar? Café. Mis terrones y mi sitio. Conocidos, todo mi círculo. Poetas y autores, políticos, novelistas, empleados y periodistas sin empleo, un pintor, celos, mentiras en circulación, la farsa, lo de siempre... Además, que sería una lástima callarlos si me están poniendo como un trapo. Volveré. Hay tiempo de cobrarse. Yo suelo quedarme de los últimos...

Pero ¿este dinero?...

¡Ah, ya encontré mi diversión!

--¡Cochero!

--Señor.

--Al campo, al aire, al sol...

--Se está poniendo.

--No importa. Llévame adonde quieras, aunque no haya nadie, con tal que haya callos y vino. De prisa. Revienta el jaco, porque me da igual llegar en diez minutos o a media noche. Lo importante es ir de prisa.

--Camarero, una ración de callos y otra de alegría.

--¿Eh?

--Sí, hombre, sí. ¡Una botella!... ¡Parece mentira que no sepáis lo que estáis vendiendo!

EL SUCESO DEL DÍA

Celso Ruiz, la prudencia misma, ¿cómo ha podido provocar al caballero Alberti, duelista célebre, tirador maravilloso que parte las balas en el filo de un cuchillo?

Acabo de encontrar a mi amigo en su despacho, tumbado en el diván, el cigarro en los labios.

--¿Te bates?--le he preguntado.

--Me suicido.

--Verdad. Tanto vale ponerse con una pistola frente a ese hombre.

--Es igual. Necesito demostrar que no soy un cobarde.

--¿A quién?

--A todos; a mí mismo, porque hasta yo empezaba a dudarlo.

--¡Estás loco!

Se incorporó Celso, me hizo sentar, y dijo:

--Escúchame. Toda una confesión. La vida exprés de la corte no tiene la sólida franqueza de nuestra provincia, donde el tiempo sobra para depurar la amistad. Aquí, las gentes somos a perpetuidad conocidos de ayer; amigos, nadie; de modo que tenemos el derecho de recelar unos de otros, de engañarnos mutuamente y de juzgar a cada cual por el traje con respecto a su posición, por su ingeniosidad con respecto a su talento, y por su procacidad con respecto a su hidalguía. La mesa del café, de concurrencia volante, nos atrae por su _esprit_ y nos repugna por su cinismo. La dejamos con disgusto, quedando siempre un jirón de amor propio entre las tazas, y volvemos, sin embargo, al otro día, como a una tertulia de prostitutas, a fumar y estar tendidos. Tiene razón el que habla más fuerte, y el argumento supremo es una botella estrellada en la testa del contrario.

--_Ecce homo_. ¿Y algo _así_ es tu lance con ese duelista, medio juglar y medio caballero?

--El motivo, a lo menos. Aguarda. Tú, cuando vine, hace un año, me presentaste en esos círculos, cuya animación me cautivó, pues no falta en ellos el ingenio. Fué un alegrón. Allá, en el destierro de nuestra ciudad, imposibilitado de juntar seis personas con quienes establecer cambio de ideas sin aduanas de ignorancia, pensaba en Madrid, en el Madrid íntimo, intelectual y exquisito; soñaba un cenáculo de hombres de corazón, donde estuvieran proscritas las preocupaciones, y donde el pensamiento pudiera brotar y dilatarse libremente como el humo de un vapor en el aire limpio de los mares... Mi sorpresa, pues, no tuvo límite al descubrir que entre estas gentes del talento se alzaban con cada palabra intransigencias mil veces más ruines que las de los ignorantes. La frase inofensiva, con tal que fuese afortunada, la retorcía la vanidad y la convertía en insulto; el triunfo ajeno lo trasformaba en odio la envidia; el razonamiento feliz era rechazado con la brutalidad del sectario; y todo esto, como trámite fatal, conducía al botellazo primero y al lance de honor algunas veces.

--Pongamos un medio por ciento.

--Es mucho.

--No. Exacto. La proporción de esos desafíos en que paga las tarjetas rotas el camarero. Uno por doscientas botellas... Pero dime de una vez, ¿por qué es tu lance?

--A eso voy; precisamente por haber esquivado aquellos otros y los _argumentos de cristal_. Como yo creo que no había de convencer a ningún polemista rompiéndole la cabeza, ni había de quedar convencido porque me la rompiesen a mí; como creo que nunca puede constituir caso de honra una disputa de café, que no es ordinariamente sino un _caso de vanidad_, más digno que de un _lance de honor_, de algunas explicaciones sensatas o del discreto desprecio, y como pienso, además, que en odio y en amores no caben términos medios, por lo cual no concibo el odio reglamentado que de antemano se da por satisfecho con ver una gota de sangre, y por lo cual, en fin, no concibo tampoco más que los lances de honor de veras, donde se va a matar o a morir probablemente, y de seguro a no perdonar una imperdonable herida de honra... de ahí que todas estas razones me obligasen a no volver más por los cafés como medida preventiva.

--Lo aplaudo, aunque no te imite.

--Yo me aplaudí igualmente el primer día. El segundo y el tercero los pasé fatales, a solas con mi susceptibilidad, que despertó en forma reflexiva. ¿No será esto, en el fondo--me preguntaba--una debilidad? Si la vida es así, aunque debiera ser de otro modo, y por el estilo de la del café es la mayoría de la gente, la que tratamos para nuestros negocios y la que tratamos por nuestras relaciones, ¿ha de renunciarse a la sociedad, encerrándose uno como un cenobita, sólo por el hecho de pensar con cordura?

--Esa idea es de Schopenhauer.

--Casi. ¿Qué había, pues, en mi prudencia de racional, y qué pudiera haber de cobardía?... Examiné mi vida entera. Me tranquilizó el examen. Por miedo no he retrocedido nunca en ningún propósito; mi biografía, tú la sabes, no es precisamente la de una monja.

--Y para probarlo en el café, como si el café fuese el mundo... ¡zas! desafías a...

--No. Ten calma. Entonces me encontré seguro de ser capaz de dar la vida por mi deber, por mi madre y por mi amante, y te repito que quedé tranquilo. La idea que yo tenía de mí mismo en ese punto me bastaba que la tuviesen también mis personas queridas...

Una gran tristeza hizo doblar a Celso el cuello al pronunciar estas palabras.

--¿Esas personas?--le interrogué.

--Son como las demás en este punto. Mi Claudia, mi buena Claudia, confunde también la insensatez y la estoicidad de la barbarie con el verdadero valor. No comprende que se pueda estar pálido con el corazon sereno. Ayer iba con ella en el faetón, por el campo; yo guiaba. Se planta delante un mendigo borracho y me pide limosna insolentemente; palidecí, rogándole que se apartara; mas había él tomado las riendas, y le descargué un latigazo que encabritó al caballo, arrancándole desbocado, después de arrollar al importuno.

En la carrera creí estrellarla, ¡a mi Claudia!... Cuando por la noche refería ella el incidente, dijo: "¡Qué miedo pasó éste! ¡Se quedó como el mármol!" Claudia, sin pararse a considerar la clase de temor que pudo asaltarme, ha sospechado, por primera vez, que soy un cobarde. Lo comprendí en no sé qué asesinamente compasivo de sus ojos!--Una hora después desafiaba yo a Alberti. El botellazo, razón de café, fácil, terminante. Probaré mi valor, puesto que es indispensable.

--Perdóname--le dije--; lo que así pruebas, por primera vez, es tu cobardía. Te suicidas.

--De un modo teatral. En un escenario, con _amigos_ y público en los palcos, a la última. Sólo que me _suicidarán_ de verdad; y el suicidio es de valientes: esta idea, si no es de Schopenhauer, debiera serlo.

Me ha sido imposible convencer a Celso de su temeridad, y me he separado de él abrazándole con pena, como a un sentenciado.

Sin embargo, ¡quien sabe! El desafío es mañana. Más que el pulso de un desesperado puede temblar el de un bravo de oficio...

MI PRIMA ME ODIA

Habremos de almorzar en casa de los primos de mi mujer. Pero yo he llegado antes; mi mujer no está todavía, y no está más que la mujer de mi primo. Y la mujer de mi primo, es decir, del primo de mi mujer (mi prima si os place, mi bella prima, arrogantísima) ha huído del salón, al sentirme, refugiándose en el gabinete.

Es terrible esta prima mía, tan rubia. Es tremendo que mi boda haya venido a convertirme inesperadamente, desde hace meses, en pariente de mi antigua enemiga cordial del tranvía, de mi antigua y desconocida enemiga mortal de por esas calles.

Pero es preciso terminar esta situación de una vez, y me resuelvo. Entro en el gabinete.

¿La he sorprendido? ¿La he asustado?... El libro cae de sus manos a la alfombra. Yo, me siento. Ve en mi cara una osada decisión, y su orgullo y su altivez la obligan a callar, mirándome, mientras la contemplo. Es lista, y adivina que va a hablarla su antiguo enigma odioso de otro tiempo.

--Vaya, prima, seamos francos: usted me odia con todo su corazón.

--¿Yo?... ¡Qué escucho!

--Sí. Usted me detesta, me aborrece.

--Se engaña usted, querido primo.

--Principalmente desde que el azar nos ha ligado en parentesco, su odio a mí se ha vuelto intolerable, prima, así obligada a verme y soportarme.

--¡Por Dios!

--Mi presencia y mi conversación la irritan, y quisiera usted, sin duda, poder causarme algún daño, en forma tal, que nadie sino yo supiese que usted me lo causaba... puesto que su odio es íntimo y absurdo y secreto entre los dos, de alma a alma.

--¡Mi odio!... Acaso es usted un poco fatuo.

--Tal vez.

--Desde que se casó habremos hablado seis veces, entre gentes, como extraños; y antes ni le conocía siquiera. A lo sumo pudiera haber de mí hacia usted simpatía o... antipatía: eso que instintivamente nos inspira toda nueva relación. Pero ¿odio?, ¿por qué? ¿No piensa usted que el odio es un honor que no puede concedérsele a cualquiera?

--Razón por la cual, de usted, yo tenía el orgullo de ser el hombre más odiado del mundo.

--No comprendo esa ilusión.

--Pues es raro, porque dicen que tiene usted talento.

--Gracias. También dicen que lo tiene usted.

--Sólo, pues, los dos, ignoramos mutua y directamente _esto que dicen_. ¿Quiere que intentemos convencernos?

--Bien.

--Hablemos, entonces, _por primera vez_. Las otras seis no sirven para nada. Hablemos... con franqueza. ¿Usted es capaz?

--¿Por qué no, querido primo?

--¡Oh, no... no es usted capaz!... ¡Siéndolo, habría dicho... _odiado_ primo!

--Le encuentro testarudo, a más de fatuo.

--Menos mal. Ya con eso empieza a serme franca. Correspondo, y digo que usted no era sincera al afirmar que no me conocía antes de casarme. Me conoció usted en el tranvía. Hace lo menos dos años.

--No recuerdo. ¿Quiere tener la bondad?...

--Con mucho agrado. Noche mala, de viento, de lluvia, y tranvía de Salamanca, de este barrio. Un poco tarde, y solo yo en el tranvía. Una dama que lo para al poco, y que sube: era usted. Iba usted elegantísima: abrigo de piel café, gran sombrero y plumas de color de pensamiento, terciopelo pensamiento...

--¡Ah, sí!

--¿Recuerda ahora?

--No. Sólo recuerdo que tuve esas prendas.

--Además, tan perfumada, que el olor de sus esencias hízome levantar los ojos del periódico. Fuí sin leer un momento, absorto por la gentileza de usted... Y usted, a lo largo del coche vacío, había entrado a sentarse en un ángulo de la delantera, diagonalmente opuesto al que ocupaba yo. Tomó usted, con rapidísima ojeada, nota de mi admiración, y la desdeñó en seguida... volviéndose a mirar por el cristal de la plataforma... Yo persistí en mirarla, absorto por su arrogancia y su belleza...

--Gracias, otra vez.

--Usted volvió a advertir mi atención, y la despreció más, volviéndome la espalda.

--¿Sí?

--Era, prima mía, amiga mía, el odio que usted empezaba a concederme, por demás...

--¿Por demás... qué?

--Por demás... generosamente. Y sonreí.

--Bueno, ya lo dije; usted es algo fatuo. Cualquiera otro que no lo hubiera sido, únicamente habría visto en mi desdén... el que conviene a los tenorios de tranvía.

--Si me perdona, prima, yo le diría a usted que les conviene mejor _la indiferencia_. El desdén así marcado es ya una pequeña entrega de atención... Y yo sonreí, sonreí... _por eso_... formé mi juicio de usted... y volví a enfrascarme en mi lectura, por no volver a mirarla... ¡Qué tormento entonces! ¡Qué rabia para usted!... ¿Se acuerda?... Es verdad, _no se acuerda_. Yo sí, en cambio; solos, solos siempre en el tranvía; el viaje, largo... En la Cibeles, usted habría dado no sé qué porque yo volviese a mirarla. En Colón, ¡y nadie entraba!, había usted tosido tres veces, dejando caer dos el pañuelo, y hablando con el cobrador para que oyese el abismado lector imperturbable su voz seductora... Una voz divina, clara, que yo oí bien... pues lo que menos me importaba era el periódico, todo empeñado en hacer rabiar a usted con mi _indiferencia_... porque le diré también, si usted me lo consiente, que es _la indiferencia_ el mejor castigo contra _las desdeñosas del tranvía_. En fin, usted bajó; tenía yo tan tendidos los pies, que tuvo usted que pedirme al pasar:--_¿Permite usted?_--¡Horror, mi odiada prima!... ¿se acuerda?... Yo recogí los pies sin contestarla, sin alzar los ojos del _Heraldo_, cuya "lectura" no interrumpí...

--¡Falso!... ¡Usted me miró; y de tal manera, que aun volvía por el vidrio la cabeza cuando yo avanzaba hacia mi casa!

--¿Cómo? ¿Eso sí lo recuerda?

--Lo recuerdo. ¡Vea usted lo que son las cosas!

--¿Y no recuerda asimismo que otras noches desde entonces nos volvimos a encontrar en el tranvía, con más gente, con menos gente, y que siempre yo... leía el _Heraldo_?

--¿Y no recuerda usted, odiado primo, que en el tranvía y en la calle, dondequiera que nos volvimos a encontrar, yo cuidaba hacerle advertir la primera mi desprecio?

--Su odio.

--¡Sea! ¡Mi odio!

--Un odio de mujer. Amor inverso.

--¿Cree usted?...

--Tanto, que le temía a esta inevitable explicación, como a una declaración... amorosa.

--¡¡Señor mío!!

--¡Qué!

--Que yo no puedo consentir... ¡Schist! ¡mi marido!

Entra el marido, me saluda.

Sale el marido a dejar el abrigo y el bastón.

Hay un silencio.

¿Decía usted?... Siga, siga.

--Decía que usted verá si para dejar de odiarme le conviene amarme..., no hay otra manera. Por mi parte, siento muchas veces la intención de darla un beso.

--¡Oh, pero usted se me rinde, infeliz! ¿No ha previsto que desvanece mi odio, suponiendo que lo tuve, al confesarme su mañoso interés en sus lecturas del _Heraldo_? Usted, la intención de darme un beso; yo, la voluntad de negarlo, y heme aquí vengada, curada de mi odio... radicalísimamente.

--No. Porque yo diré en seguida que no me importa que me lo niegue... y usted me seguirá odiando.

--¿Como usted a mí por consecuencia?

--_El odio es amor inverso_. No renuncio al orgullo de su odio. Le digo, prima, que no quedan más caminos que odiar... o amar.

--Queda otro. Confesarles nuestro mutuo odio inextinguible a su mujer, a mi marido... y no vernos más. Es lo prudente.

--Tiene usted razón: es lo prudente. No hay motivo alguno para que nos sigamos soportando.

--¡Ahí viene mi marido!

--¡Y mi mujer!

Mi bella y blonda príma se levanta, vacila... vuelve a mí desde la puerta.

--¡No les diga nada aún!--me advierte.

--¡Pues jure que me odia con toda el alma!

--¡¡Con toda el alma!!

Sale, y yo permanezco un instante respirando sus esencias, sacudidas al vuelo de sus sedas.

Mi prima me odia.

Tiene talento mi prima, ¡qué diablo!

EL RECUERDO

No había andado Juana la mitad del camino hacia la viña, con un cesto de mimbres al cuadril, cuando entre las encinas de la sierra se presentó Chuco de sopetón, diciendo:

--Mía tú, _Reina_, vengo escapao porque te vide llegar desde las pizarreras donde tengo la cabrá. Te quió decir una cosa. Mañana ya sabes que me voy a la ziudá, a la melicia; pues, vélaqui lo que traigo.

Chuco entregó un papel a su novia.

--¡Calla! ¿Y quién este santo...? ¡Eres tú!--exclamó ella admirada.

--Y toas qu'es verdá... Y que ma retratao el señorito ese, amigo del amo, ca venío de temporá al cortijo. Le trompecé ayer tarde en la ermita, pintando toa la fachá y toos los árboles y too... Liamos un cigarro, y aluego dijo que quería retratarme; yo le dije que bueno; me puso el garrote asina, como estás viendo ahí, y en menos de na, que toma, que deja, que raya p'arriba que raya p'abajo, ya tenía too el muñeco formao. Iba a largarse, después de parlar un rato, cuando, sin saber por qué, me acordé de ti. ¿Por qué no me había de hacer otro retrato pa ti...? Se lo dije lo mesmo que lo pensaba, y él, que debe ser mu largo, se echó a reir y lo hizo en seguía. Ese es, _Reina_, pa que lo guardes mientras ando yo por esos mundos... Pues, bueno; yo no he dormío ni migaja en toa la noche pensando al respetive qu'es menester que tú me des tamíen un retrato.

--Y yo... ¿cómo?--preguntó Juana dejando de mirar el de Chuco.

--Escucha, asina: vete en cuatro brincos a la alamea de la Tabla Grande del río, que allí se paró don Luis hace un poco, al salir el sol, y apreparó los chismes como pa pintar el molinillo, y amáñate pa ve cómo pué retratate. Anda, _Reina_; no me voy a se sordao si al llevaros esta noche la jarra de leche no me le tienes... ¿Lo oyes? ¡Que se me ha metió en la chola, y no me voy aunque sepa dar en un presillo!

¡Gran Dios! ¿Y con qué cara iba _la Reina_ a presentarse a don Luis, sin haberle hablado una vez siquiera...?

Chuco adivinó esta idea; pero adoptó un aire resuelto preguntando:

--¿No irás?

Juana permaneció muda.

--¿Que no?--insistió el cabrero con su extremeña terquedad.

Y como su novia continuaba en silencio, echóse el garrote al hombro, se acercó a ella, hizo una cruz, y después de decir: "Por ésta, que me llevan a presillo", se las tocó a paso largo, dejándola atónita e inmóvil.

_La Reina_ (mote que Juana había heredado de su madre, a quien se lo dieron por limpia y buena moza) se llenó de pena comprendiendo que Chuco cumpliría su promesa al pie de la letra. Tras algunos momentos de duda, se enjugó los ojos y miró al valle, donde se divisaba el umbroso follaje de la ribera; suspiró, y alegre al poco--que para algo habían de servirle sus diez y siete años--, partió ligera como una saeta hacia la Tabla Grande.