Cuentos ingenuos

Part 2

Chapter 24,082 wordsPublic domain

Las tardes, aquellas tardes de poesía embriagadora, de limpio ambiente que dejaba hasta el fin penetrar la mirada por las montañas desiertas, onduladas por el fofo ramaje de la arboleda como un océano de cuajadas olas verdes; que permitía seguir las praderas interminables sin encontrar sobre sus tonos de esmeralda la casita que nos mintiese el querido hogar...

Las tardes de puesta de sol con celajes increíbles, con nubes de todos los colores, con reflejos metálicos de púrpura en fondos mimosos de cielo verde, verde como las praderas y los mares de Oriente...

¿De qué servían si no pudieron jamás inspirar la frase trémula de pasión a la mujer alumbrada por sus luces de nácar?...

Y era tanta la hermosura de tales sitios, que ni dejaban al alma herida que los odiase francamente.

Un día, cuando otro camarada llegó, cuando después de dejar el caballo, fatigado por la cuesta, él se puso a contemplar el grandioso espectáculo desde la altura, yo me acerqué y le dije, a pesar mío:

--¡Esto es un paraíso!

Sólo que, recordando mi desolación, añadí rápidamente:

--¡Un paraíso perdido, un paraíso estúpido. ¡Sin una Eva siquiera!...

LA PRIMERA CONQUISTA

Me había dado mi tía dos reales y compré con ellos todo lo siguiente:

Cinco céntimos de pitillos.

Dos céntimos de fósforos de cartón.

Ocho céntimos de americanas.

Diez céntimos de peladillas de Elvas.

Y un mi buen real de _confetti_, porque era Carnaval.

Con todas estas cosas, convenientemente repartidas por los bolsillos, excepto un cigarro, que echaba en mi boca más humo que una fábrica de luz, me dirigí a San Francisco por la calle de Santa Catalina abajo, marchando tan arrogante y derecho, que no pude menos de creer que era un capitán, que durante un rato fué detrás, pensaría:

--Será militar este muchacho.

El paseo estaba animadísimo. Pronto hallé amigos y caras conocidas entre las nenas. Yo reservaba mis _confettis_ (que entonces no se llamaban así) para Olimpia, la morenilla que iba a la escuela frente al Instituto. Pero Soledaíta, una rubia traviesa que al brazo con sus compañeras nos tropezó en la revuelta de un boj, se dirigió a mí resueltamente, mordió su cartucho de papeles y me los regó por los hombros.

Soledad era muy mona (y aun creo que lo es). Yo salí del lance lleno de vanidad; y haciendo una vuelta hábil por los jardines, volví a encontrarme frente a frente con ella. Llevaba en cada mano dos cartuchos, me adelanté hacia la rubilla traviesa y los sacudí con saña sobre su cabeza, que quedaba poco después, y los encajes de su vestido de medio largo, como si les hubiera caído una nevada de copos de mil colores. Mis papeles eran finos; de lo más caro que se vendía, con mucho rojo, azul y dorado... Cuando Soledad pudo abrir los ojos, limpiándose entre carcajadas los papelillos de las pestañas, la ofrecí almendras. Ella me dió un caramelo de los Alpes.

--¡Declárate, no seas tonto!--dijeron mis amigos con envidia. Y sobre todo, con interés egoísta, Juan, que rondaba a otra muchacha prima de Soledad. Así pasearíamos juntos la misma calle.

Fuí al aguaducho de enfrente, donde tenía mis ciertos conocimientos, porque allí nos convidamos unos a otros a anís en tiempos de exámenes, y escribí en el mejor papel que pude:

"Señorita: Hace mucho tiempo que mi corazón, impulsado por los resortes misteriosos del amor, se agita extraordinariamente en el océano de las incertidumbres. Sí, desde que vi la divina luz de sus ojos perdí el sosiego; y si le interesa a usted la felicidad de un pobre desesperado de la vida, désela usted con un anhelado sí de bienandanza a quien por usted se muere a la vez que se ofrece su más rendido servidor, q. s. p. b..."

Diez minutos después, sombrero en mano y con toda la finura posible, estaba delante de Soledad:

--Señorita, ¿será usted tan amable que quiera aceptar esta carta?

--¡Pronto, que nos va a ver mi criada!--dijo--arrebatándola y guardándosela arrugada en el peto de la blusa.

Uno de mis amigos, que vigilaban la escena escondidos en los rosales, gritó en este momento:

--¡Cú, cú!

Así lo hubiera partido un rayo.

--Y diga usted, señorita, ¿cuándo me entregará usted la ansiada contestación?

--Mañana.

--¿Aquí?

--Sí, hombre. No sea usted pesado.

Y dió un revuelo y se unió a las otras.

Yo me quedé como tonto, sintiendo unos calambres del corazón, admirado de mi osadía y encantado de mi fortuna. No hablé más en toda la tarde y hubiese dado todas las almendras y los cacahuets que me quedaban porque llegara en seguida la siguiente.

Pero aquella noche fuí con mi familia a ver _Don Juan Tenorio_, que ponían en el teatro fuera de época, no sé por qué. Y a la salida pillé unas anginas como para mí solo. Ocho días de cama, con fiebre. Los autores no han podido averiguar si en los delirios de mis cuarenta grados puse el nombre de _Soledad_; pero lo que sí recuerdo bien es que al tercer día de convalecencia se me entregó una carta suya, con todos los signos en el sobre de haber sido abierta, y con todas las señales en la cara de mis parientes de haberse reído de la carta y de mí.

"Caballero--decía la carta--, a la rendida pasión que me pinta usted en la suya, y que yo creo sinceramente, no puedo ofrecer otro premio que el de la amistad. Si usted sabe ganarse mi corazón, sólo Dios puede decir el porvenir que nos reserva; s. s. s., _Soledad_."

Y añadía por debajo:

"No pase mucho por mi calle, porque mi papá pudiera berlo y hecharle a husted un jarro de agüa el domingo al anochecer puede husted hablarme en mi bentana."

Bueno, salvo la letra, que era de segunda, y la postdata, que era original, la epístola no estaba mal copiada.

Era precisamente el modelo que continuaba a la mía en el _Epistolario del amor para uso de damas y galanes_.

* * * * *

Desde entonces, Juan y yo rondábamos juntos a las primitas. Fueron nuestras novias muchos meses. Siempre que anochecido las encontrábamos reunidas en la reja, nos deteníamos. Cuando en la reja estaba una y pasábamos los dos, también; y hasta se dió el caso de que uno solo se parase en la ventana con ambas.

Lo que no llegó a ocurrir jamás fué que uno solo se atreviera a acercarse cuando su novia estaba sola.

Una vez me sucedió a mí, por excepción y por pura sorpresa, y pasé las de San Quintín.

¿Qué demonios iba yo a decirla?

TEMPESTAD

"Voy con María. Espéranos.--_Octavio_."

María era mi amante.

Octavio, el escritor neurótico de palabra helada, estaba medio loco. Por su modo extraño de sentir y por su modo extraño de adorar la belleza pagana de su esposa.

Un escéptico que creía en todo.

Cuando llegó el exprés y vi a María en un reservado, corrí a saludarlos; pero ella, abriendo la portezuela y separándose para mostrarme el fondo, dijo desoladamente:

--Allí venía él.

--¡Octavio!

--Muerto--respondió tan bajo y tan secamente, que apenas la oí.

Luego, sin derramar una lágrima, saltó al andén, me suplicó silencio, indicó por señas a un mozo que nos siguiera con el equipaje, entre cuyos objetos reconocí el sombrero de mi amigo, y nos dirigimos al hotel a la carrera del ómnibus.

* * * * *

En cuanto estuvimos solos en un gabinete, cuyo balcón daba a la playa, sepultó María la cara entre los brazos y lloró mucho. Yo, abrumado en la butaca, cerca de la suya, lanzaba la vista idiotamente a la inmensa curva donde se unían el mar y el cielo; éste encapotado de gruesas y blancas nubes, aquél tranquilo y de un fuerte azul plomizo, sin un vapor, sin una vela en su vasta y comba superficie.

No osaba mirarla. ¿Qué cuentas iba a darme aquella histérica de la muerte de su marido?

Al fin pudo hablar, y dijo, estrechando mi mano entre las suyas, blandas y calientes como las de un niño:

--Cogió tu carta. Tu última carta, que yo guardaba en el pecho. Me la cogió dormida... y se mató. Nunca me había amado tanto como en este viaje. Mi amor y la tormenta horrible de esta noche produjeron en su alma efectos espantosos. ¡Oh, era preciso haberle visto!

--¿Y dónde está?--me atreví a preguntar.

--¡Alli!--dijo la joven, señalando al Océano.

Durante algunos segundos vi los dedos de la pobre mujer temblando sobre el pañolito, que llevó a los ojos. Las comisuras de su boca saltaban en nerviosas convulsiones.

Cuando logró serenarse, habló así, con voz cansada, de apacible y triste monotonía:

--Ignoro si influí decisivamente en el destino de Octavio o si fuí nada más la fútil ocasión del rapto que le arrancó la vida: carga para él, de todo cansado y hasta de sí propio. Tú sabes cómo me quería. Con desesperaciones que me daban miedo, con exaltaciones insensatas. Cuando ayer tomamos el tren, estaba alegre, expansivo, contento de vivir, como pocas veces. Nadie debía acompañarnos, él y yo solos, en un reservado. Habló mucho todo el día, y a poder haberse escrito cuanto me dijo, sería sin duda lo más hermoso de todo lo que jamás pasara por su imaginación. El era feliz, y yo, ¿a qué negártelo?, contagiada de aquella eterna sonrisa de ventura que jugaba en sus labios, también lo era. ¡También feliz, muy feliz...!

Al anochecer, después que comimos en el _restaurant_ de la estación más alta de la cordillera, paseamos un rato. El paisaje solitario e inmenso nos parecía hecho para el éxtasis de nuestra dicha.

Todo nos movía a la ternura. Y como si la máquina que nos había arrastrado a tantos deleites pudiera entender nuestra gratitud, la miramos juntos, con su negra mole finamente fileteada de reflejos de luna, encendidas ya en sus topes las farolas blanca y roja. Estábamos delante de ella, escondidos del andén por los chorros de vapor de sus grifos, cuyas nubes nos rodearon como un apoteosis de amor, cuando la campana anunció la marcha. No sé por qué me pareció que Octavio, abrazado a mí, hubiera querido permanecer en los rieles...

Recuerda que una de sus máximas era ésta: _No se debe morir acosado por la vida, sino despreciándola, en plena felicidad._

Subimos al reservado. De nuevo el tren empezó a correr en la soledad de las montañas, huyendo por la cinta que cortaba sus laderas. Yo iba junto a la ventanilla, abierta para respirar el fresco, y Octavio a mi lado, rodeándome el cuello con el brazo, murmurando a mi oído, que rozaban sus labios, dulcísimas palabras. La pantalla de la lámpara obscurecía el interior del coche. Estaba la noche espléndida. La luna, que parecía más alta sobre la enorme profundidad del valle, vertía su luz tranquila sobre los pinares de la sierra, y arrojaba sobre los desmontes la sombra del tren, que corría despeñado cuesta abajo.

Sentía la cara de Octavio rozando con la mía en los bamboleos de la marcha. Sus manos acariciaban mi cabello y mi garganta. Perdí la conciencia y no sé cuánto nos duró aquel mareo de ventura; pero creo que más de una vez nos alumbraron las linternas de pequeñas estaciones, cruzando a escape, y sólo recuerdo que ya no veía la luna en las sombras del cielo, cuando al fin, reclinada en el hombro de Octavio, que besaba todavía el cabello de mi frente, me fuí quedando dormida entre la presión suave de sus brazos, llena el alma de celeste paz, sin temores, sin memoria, sin más vida que la de aquel momento y la de aquel estrecho espacio del carruaje, blando, solo, nuestro como un nido de amor, trepidando siempre y envuelto en el estruendo de la carrera del tren por la solitaria noche...

* * * * *

Una luz blanca, intensísima, rápida, que me hirió dormida, me hizo despertar en la obscuridad para escuchar un estrépito formidable.

Es decir, la obscuridad no era a mi alrededor completa; el farolillo del coche, aunque tapado por la pantalla azul, permitía ver las cosas esfumadas. Octavio no estaba junto a mí.

La luz eléctrica de un relámpago volvió a iluminarlo todo. Entonces vi a Octavio al otro extremo, tirado sobre su asiento, con el hermoso cabello negro levantado en rizos por el vendaval y mirando por las abiertas ventanillas el horror de los cielos... Un nuevo relámpago, tan grande que me hizo exclamar un ¡Dios me valga!, dibujó y me mostró en los labios de mi marido una sonrisa diabólica. Sus ojos habían mirado fijamente la nube negra que se rayó de fuego, y cuando un trueno pavoroso estalló seco sobre nuestras mismas cabezas, él, Octavio, con una serenidad inconcebible, con una satisfacción parecida a la del escenógrafo que oye los bravos para sus decoraciones, me obligó a ocupar otra ventana, sacó un brazo fuera y dijo:

--¡Esto sí que es grande! ¡Esto es inmenso!

Podría jurar que un rayo cayó sobre los hilos del telégrafo. Temblé. Él sonrió otra vez.

--¡Qué hermosa esta luz!--me dijo, y el trueno ahogó sus palabras.

Caia la lluvia en gotas gruesas como una granizada de balas. El huracán rugía con incesante rabia. El tren, en dirección opuesta al viento, volaba a toda máquina por una curva, silbando y lanzando espumarajos de vapor; de modo tan intenso resplandecían los relámpagos, que pude ver netamente, sobre el negro rodaje de la locomotora, la biela y la manivela, limpias y brillantes, moviéndose con el vaivén furioso de los brazos de un loco.

--¡El mar! ¡El Océano!--gritó Octavio de improviso, queriendo sobreponer la satánica alegría de su voz al trueno que inundó los espacios.

Y en efecto, otro relámpago habíanos descubierto el mar por entre un desfiladero de rocas. Diríase que la máquina marchaba despeñada hacia él, con su temblorosa cadena de carruajes y sus ruidos de metal.

No sé qué temor me invadió y me estreché a Octavio. Pero al cogerle la mano tropecé con un papel que me hizo retroceder.

Era tu carta. Súbitamente comprendí que su mano, guiada a mi corazón por el cariño, la encontró mientras yo dormía. Y comprendí también con espanto la tempestad que en competencia con la del cielo hubiera provocado en su alma. El terror me helaba.

Al fatídico serpear de una centella que incendió los aires, vi que el tren comenzaba a salvar sobre el mar un ángulo de la costa por un puente colgante. Las olas se estrellaban allá abajo contra las peñas, deshaciéndose en espuma; el huracán, meciéndose en las concavidades de granito, arrancaba un bramido continuo, monótono en sus cambios; las nubes se abrían incesantemente despidiendo fuego sobre el mar, y el trueno retumbaba cada vez más potente, como creciendo en su grandeza. Y el tren, entre la obscuridad y la luz, entre el viento y la lluvia, seguía y seguía, haciendo retemblar la férrea trabazón del puente con su carrera sin freno y sus resoplidos de monstruo, envuelto en lumbre y vapor.

¡Un relámpago...! ¡Otro...! ¡Ah!, de pronto ábrese la portezuela. Octavio arrójase por lo alto de la barandilla del puente, y... ¡sí, Dios mío, otro relámpago, aún me lo mostró allá abajo al ser arrebatado por las olas...! ¡Al mar!

Yo caí rodando por la alfombra del reservado...

PAGA ANTICIPADA

Pasaba una corta temporada en un pueblo donde me aburría espantosamente. No conocía a nadie, y solía dedicarme a pasear solo y de noche. Una, vagando por las calles al azar, y sintiendo ya nostalgias de mi Madrid de mi alma, llegué a una plazoleta que ofrecía un bonito efecto de luz. Frente a mí, una casa más alta que las demás, de construcción vetusta, de anchas rejas y balcón panzudo, sobre el cual una hornacina contenía una Virgen alumbrada por un farol. Se destacaba en el resplandor de la luna que empezaba a salir, y a todo lo lárgo del caballete y de los aleros del tejado, que volaba amplia y graciosamente las esquinas, veíase negro, enérgico, el enmarañado dibujo de los jaramagos a la traslumbre del cielo.

Aquello era una _decoración teatral_; y os juro que tan profundamente me ensimismé en su contemplación con ojos de artista, que me costó algún trabajo no creer que, en efecto, estaba en un teatro, cuando llegó a mis oídos una voz de contralto, extensa y pura, que cantaba:

_Il segreto per esser felice_ _se io per prova..._

El pasaje de _Lucrecia_, letra más o menos.

Me acerqué a la casa de donde salía la voz, y pegado a la ventana escuché hasta la última nota del brindis, tras de las que enmudecieron cantatriz y piano.

A la noche siguiente volví a matar el tiempo rondando la ventana de mi admirada y desconocida contralto. La sesión fue más larga. La sinfonía del _Guillermo_, después trozos sueltos de _Gioconda_, y por último, cantada, _Lucrecia_.

Yo, que insensiblemente había concluído por acercarme a la reja, trataba de descubrir a la artista--pues tal nombre merecía--por los entreabiertos cristales. No veía más que un lado del piano. Iba a empujar las puertas cautelosamente; pero alguien se acercaba en la desierta calle. Era un hombre, que entró en la casa, contemplándome antes con tenacidad.

Luego cesó la canción, y me fui a dormir, dándome la norabuena por haber descubierto aquel caprichoso e inofensivo pasatiempo para las noches que me quedaban en el pueblo.

No faltaba una; y eso que, pocas después la luna, acudiendo a la cita también, cada vez más presurosa, me dejaba sin el amparo de las sombras; circunstancia molesta, porque empecé a llamar la atención de los pocos transeúntes de la plazuela, y, sobre todo, del caballero que entraba y salía de la casa. Y ¿qué? Me era tan grato escuchar aquella voz llena de poder y de frescura, que se ceñía a los acordes del piano ágil y ondulosa como una serpiente de colores... Me resultaba tan vagamente tentador aquel ofrecimiento, tantas veces repetido, desde el misterio, por una mujer desconocida y a la que yo no debía conocer, "del secreto para ser feliz, que ella sabía por experiencia y lo revelaba a los amigos"--sentido todo esto en la soledad de la noche, en el interior de aquella casa romancesca, destacada en silueta sobre el fondo claro del cielo, con sus rejas caladas y rematadas por cruces, con su farolillo santo alumbrando a una imagen que parecía aguardar juramento de amor... ¡Hablaba tanto aquello a los impulsos ideales que fuera de Madrid se permitía este corazón un poco fatigado...!

* * * * *

Voy por la calle, tropieza conmigo un sujeto, y en vez de excusarse, me da una bofetada, que contesto con un bastonazo, tomándole por loco. Me entrega su tarjeta y se la tiro a las narices. Se aleja, pero recibo inmediatamente la visita de dos amigos suyos, y quieras que no, tengo que batirme. Al otro día, un sablazo en este brazo. ¿Noticias de mi rival...? Propietario, hombre extravagante, distinguido y frío. No pude averiguar más.

La herida, de bastante importancia, iba a retenerme en el pueblo más de lo que hubiera deseado. Esto, y el no poder explicarme tan original desafío, me irritaba.

* * * * *

A los pocos días, me sorprendió mi adversario, visitándome.

--Vengo a pedirle mil perdones--me dijo. ¿Usted sabe quién soy?

--No tengo ese gusto... es decir, sí; un loco o un camorrista de profesión.

Ni lo uno ni lo otro. Soy, sencillamente, el dueño de la casa en cuya reja encontraba a usted siempre. Y pues que tras ella estaba mi mujer, que es tan honrada como joven, le tomé a usted por un impertinente a quien me propuse escarmentar. Lo menos que puede hacer un marido, aunque esté seguro--como yo lo estoy--de la virtud de su esposa, al ver que un hombre asedia su casa, recatándose en la obscuridad, es tenerle por inoportuno y profesarle antipatía.

--Bien--repuse asombrado--; pero es que mi objeto...

--No se moleste en explicármelo--interrumpió tranquilo y galante mi adversario--. Se lo acabo de escuchar al médico de usted, hablando confidencialmente de nuestro duelo, que todo el mundo achaca a genialidad mía. Usted iba a escuchar a Amalia. No canta mal, efectivamente, y merece la pena. Mas como las apariencias han hecho que yo pague una deferencia de usted a un mérito de mi mujer con una estocada, al saberlo me creo en el caso de reparación. Lo menos que debo hacer, si usted se digna perdonarme, es presentarle a mi mujer para que pueda usted oirla cantar, cómodamente sentado, y para que pueda ella darle las gracias por las veces que fué a oirla aguantando el frío y las molestias de la calle.

Tendí la mano a mi interlocutor, pero renuncié delicadamente a su proyecto. Insistió. Era, pues, absolutamente necesario.

Y fuí presentado.

Amalia Rosi, italiana de origen, morena, menudita. Deliciosas veladas. Cuando la volví a oir cantar "el secreto para ser felices lo enseño a mis amigos", me daba cuenta de que yo... era ya su amigo!; y recordando mi brazo en cabestrillo, en pago a deudas de honor que yo no contraje, y al verla, efectivamente, tan linda y tan joven como su marido me había dicho, acabé por empeñarme en averiguar si era tan virtuosa como el marido afirmaba. Esto no podía comprobarse fácilmente; pero yo quería a todo trance darle a aquel hombre la razón de sus palabras y de sus actos.

¡Me dolía tanto el brazo!

* * * * *

Una noche, a los dos meses, pues ya era imposible demorar mi marcha, contemplé la casa por última vez. También hacía luna y el farol de la Virgen desparramaba su claridad rojiza por la fachada. Amalia, en el balcón, momentos antes, me había jurado por la Virgen que no me olvidaría.

Quedamos en eso.

Y el marido y yo, en paz.

LA TOGA

Para muchos niños hay en muchas capitales, Madrid entre ellas, una escuela más pública que las escuelas públicas: la calle.

Su rector es la miseria, sus aulas el descuido y la ocasión, sus bedeles los guardias. Está abierta siempre.

A media noche, cuando cruzáis las anchas calles desiertas, un poco encantados de oir vuestro taconeo en la acera y de tener para vosotros nada más las luces brillando, como las que en avenidas de imperial palacio aguardan la retirada del señor, una cosa se os pone delante y se os enreda entre las piernas. Es un periódico extendido, que anda solo, detrás del cual se divisan luego los pies, la cabeza y las manos del que lo sostiene, como en las clásicas viñetas anunciadoras.

--¡Señolito, el _Helaldo_!--dice un chicuelo tan alto como el periódico.

Ha surgido de un portal, del biombo de Fornos, donde del frío se amparaba, tendido sobre un montón de niños, que pisan los trasnochadores. Un brazo que se retira o una pata que se encoge: esto es todo. «Los golfos», piensa el que sale; y por los miembros entrelazados allí, es tan incapaz de calcular el número de muchachos como de averiguar por las roscas movibles y viscosas el de un pelotón de lombrices.

Y me he fijado alguna vez en los chiquillos del _Helaldo_. Los hay rubios, con caras bonitas y tan dulces como la de todos los niños de tres años. Sus bocas sonríen con ingenuidad confiada, y sus ojos son vivos e inteligentes. Piden una _pelilla_ o brindan su mercancía alargando la manila aterida, a no importa quién, con la amorosa gracia con que pedirían un beso a sus padres, si los conocieran. He buscado con insistencia entre ellos al _criminal_ _nato_, de Lombroso, para conocerlo así, pequeñito. En vano. Frentes abultadas y sortijillas de seda... como todos los niños, en fin.

"¡Los golfos!" es cuanto dice al verlos el hombre grave, lo mismo que dice bajo los árboles del Retiro: "¡Los mosquitos!" El que más, recuerda en ellos el _Gavroche_; los halla chistosos y simpáticos, y se figura que van a ser eternamente gorriones de la gran ciudad, para dormir en los huecos de las estatuas y saltar de día al frente de los batallones. Está bien, pues; que no hagan nada; ya servirán de efecto armónico a los poetas, como las golondrinas y las hierbas de las tapias. El orden social, que por dos pesetas se encarga un guardia de representar, mira a los golfos y les da una patada de cuando en cuando.

¡Ah, pero se es injusto en tratarlos así, de haraganes! Distan de serlo. Esos pobres niños del _Helaldo y La Colespondencia_ muestran la curiosidad y la voluntad de aprender que todos los de su edad, cuando se empieza a desplegar su alma. La tienen blanca, de ángel, y con ella han empezado su carrera y se aplican en su _primera enseñanza_.