Cuentos ingenuos

Part 1

Chapter 13,974 wordsPublic domain

FELIPE TRIGO

OBRAS COMPLETAS

CUENTOS

INGENUOS

RENACIMIENTO

SAN MARCOS, 42

MADRID

1920

CUENTOS INGENUOS

* * * * *

OBRAS DE FELIPE TRIGO

LAS INGENUAS, NOVELA, dos tomos (_novena edición_).

LA SED DE AMAR, NOVELA (_sexta edición_).

ALMA EN LOS LABIOS, NOVELA (cuarta edición).

LA ALTISIMA, NOVELA (_cuarta edición_).

DEL FRIO AL FUEGO: Ellas a bordo, NOVELA (_tercera edición_).

LA BRUTA: Héroes de ahora, NOVELA (_cuarta edición_).

LA DE LOS OJOS COLOR DE UVA.--REVELADORAS.--LO IRREPARABLE, tres novelas en un tomo (_cuarta edición_).

SOR DEMONIO: El honor de un marido hidalgo y metafísico, NOVELA (_sexta edición_).

EN LA CARRERA: Un buen chico estudiante en Madrid, NOVELA (_cuarta edición_).

SOCIALISMO INDIVIDUALISTA, ESTUDIO (_cuarta edición_).

EL AMOR EN LA VIDA Y EN LOS LIBROS, ESTUDIO (_cuarta edición_).

LA CLAVE, NOVELA (_tercera edición_).

LAS EVAS DEL PARAISO, NOVELA (_cuarta edición_).

LAS POSADAS DEL AMOR, NOVELA (_segunda edición_).

CUENTOS INGENUOS (_cuarta edición_).

EL MEDICO RURAL, NOVELA (_sexta edición_).

LOS ABISMOS, NOVELA.

EL PAPA DE LAS BELLEZAS, NOVELA (_segunda edición_).

JARRAPELLEJOS: Vida arcádica, feliz e independiente de un español representativo, NOVELA.

CRISIS DE LA CIVILIZACION.--LA GUERRA EUROPEA.

ASI PAGA EL DIABLO.--A PRUEBA.--EL GRAN SIMPATICO tres novelas en un tomo (_segunda edición_).

SI SÉ POR QUÉ, NOVELA (_tercera edición_).

EN MI CASTILLO DE LUZ.

* * * * *

LA NIÑA MIMOSA

--¿Estás?

--Sí, corriendo.

Y corriendo, corriendo, azotando las puertas con sus vuelos de seda, desde el tocador al gabinete y desde el armario al espejo, siempre en el retoque de última hora; buscando el alfiler o el abanico que perdían su cabecilla de loca, volviéndose desde la calle para ceñir a su garganta el collar, haciéndome entrar todavía por el pañolito de encaje olvidado sobre la silla, salíamos al fin todas las noches con hora y media de retraso, aunque con luz del sol empezara ella la archidifícil obra de poner a nivel de la belleza de su cara la delicadeza de su adorno.

Gracias había que dar si cuando al primer farol, ella, parándose, me preguntaba: "¿Qué tal voy?", no le contestaba yo: "Bien, muy guapa", con absoluto convencimiento; porque capaz era la niña de volverse en última instancia al tribunal supremo del espejo, y entonces, ¡adiós, teatro!..., llegábamos a la salida. Como ocurría muchas veces.

Ella muy de prisa, yo a su lado, un poco detrás, no muy cerca, con mezcla del respeto galante del caballero a la dama y del respeto grave del _groom_ a la duquesita. Cuando en la vuelta de una esquina rozaban mi brazo sus cintas, yo le pedía perdón. Mirábala sin querer a la luz de los escaparates, y cuando alguna mujer del pueblo quedábase parada floreándola, yo la decía: "Mira, ¿oyes?", y sonreía ella triunfante como una reina.

No hablábamos. Todo el tiempo perdido en casa procuraba, desalada, ganarlo por el camino. Llegaba al teatro sin aliento. Y allí, por última vez, en el pórtico vacío, analizándose rápida en las grandes lunas del vestíbulo, mientras yo entregaba los billetes:--"¿Estoy bien, de veras?"--me interrogaba para que contestase yo indefectiblemente y un mucho orgulloso de su gentileza:--"¡Admirable!"

Porque, eso sí, ella confiaba en mi rigor. Le hubiera dicho la verdad, al menor detalle que artísticamente no juzgase digno de su figurilla aristocrática, aunque nos hubiera costado renunciar a la función.

* * * * *

Los gemelos la buscaban.

¿Quién es? debían preguntarse unos a otros en las butacas, en los palcos. Algunos amigos míos se acercaban a saludarla en los entreactos esperando inútilmente la presentación. Ni ella la quería ni me agradaba a mí, no sé por qué causa. Y los que en el Círculo por la tarde me habían preguntado con reticencias o descaradamente quién era la señorita que la noche antes me acompañaba, una evasiva obtenían incapaz de disiparles la curiosidad. ¿Mi hermana?... Nada se parecía a mí. ¿Mi mujer?... Era muy joven. ¿Mi querida?... Jamás, la pureza de la virgen resplandecía en aquel semblante de colegiala tímida y curiosa.

Y ¿qué le importaba a nadie?

La verdad es que no sé por qué ella tenía afición al teatro. Miraba al público de reojo; ignoro si por cobardía de sus diez y siete años o por desdén nativo en su alma. De la escena, única cosa que le interesaba, el chiste que a todos hacía reir conseguía de su boca apenas una dilatación placentera; y como lloraba en los dramas, de propósito no íbamos más que a piececillas y tal cual noche a oir opereta al fresco de los Jardines.

Apenas cruzaba conmigo la palabra. Sentada junto a mí, sin mirarme, yo era quien únicamente por todo hablar solía decir de cuando en cuando:

--Mira, allí hay uno mirándote, ¿sabes?

--¿Dónde?

--En un palco. En el tercero. No te quita los gemelos.

Volvía los ojos fugazmente al sitio indicado, y sonreía, sin volver a acordarse en toda la noche del tenaz admirador.

De los tenaces admiradores. Fueron muchos. No consiguieron una mirada de gratitud, de esas con que hasta las menos coquetas dan las gracias. Unicamente yo, con la solicitud de esclavo que corta flores para su dueña, en arrojar una por una aquellas admiraciones a sus pies me complacía. Era un deleite intenso, pero inconsciente y vago como el placer de un ensueño, como la alegría de una primavera.

Ella me pagaba siempre con su sonrisa leve. Yo le compraba bombones. Y nada más.

¿Bonita?

Sí. Creo que sí. Que era excepcionalmente bonita; pero yo no hubiera podido definir su belleza ni entonces ni ahora. La miraba muchas veces cuando estaba delante de mí. Luego nos separábamos y no me acordaba más de ella. Pero volvíamos a reunirnos y volvía a mirarla. Un claror fosfóreo de sus ojos medio cerrados, semejante al de la cresta de la ola en los mares luminosos, una transparencia de su faz que me cegaba de dulzura, imposibilitaban mi análisis.

A la luz eléctrica del teatro, cayendo como una inundación sobre aquella cara de nácar, sólo podía darme cuenta de una cosa: de que en aquella cara los labios rojos parecían más rojos que todos los labios en todas las caras de mujer que yo he visto.

En eso comprendo que debía gustarme mucho toda ella. En que no sería capaz de describirla. Cuando un espectáculo arroba, aduerme y hace soñar: ese es el éxtasis.

* * * * *

* * * * *

El telón caía por última vez. Todo el mundo en el teatro empezaba a removerse para salir. Echábala sobre los hombros el abrigo elegantísimo, que ocultaba su cuello y su barba redonda en gorguera de rizadas sederías, y así que se aclaraba un poco el paso--espera empleada por mí en averiguar si había estado contenta y entretenida, porque necesitaba cerciorarme de ello para estarlo yo--salíamos atravesando en la puerta las filas de curiosos, que entre todas las hermosas mujeres que por los pasillos, por las amplias escaleras iban afluyendo al _foyer_ lleno de claridad y de reflejos, fijaban sus miradas, de preferencia, en la que conmigo cruzaba graciosa y ligera medio escondida la cara monísima entre el sombrero y el cuello como en ramilletes de pluma.

Seguíamos buen trecho con la procesión de gente; contemplábala yo aún, en los cuadros de luz que algún café lanzaba por sus ventanas, y bien pronto, perdidos fuera del centro, en solitarias calles donde nuestros pasos resonaban, la ofrecía mi brazo, que aceptaba por miedo, por ir más cerca de mí en la semiobscuridad y el desierto de la media noche.

Iba tranquila, confiada en mí; yo, delicadamente afanoso de llevarla a su gusto, calculando el paso para no fatigarla, sujetándolo al suyo, lo mismo que debe ir el recluta el día de su primera marcha en filas.

--¡Perdona!--volvía a replicarla siempre que una vacilación me hacía rozar siquiera el vuelo de su falda. Y embriagado de su perfume, del suavísimo violeta de su tocador, que parecía exhalarse de ella más penetrante con el fresco de la noche, como el perfume de las azucenas, el silencio a su lado me enojaba; y por hablar cualquier cosa con aquella colegiala divina que no sabía nunca qué decir, la entretenía haciéndola notar lo caprichosamente que se iban nuestras sombras alargando cada vez que dejábamos atrás una farola.

* * * * *

La despedí un día en la estación, con su familia. Se iba lejos. Yo no sentí su marcha. Pero si en cualquier momento de los años que pasaron me hubiese puesto a escribirle, hubiérale escrito cortésmente, como a una respetada y queridísima amiga.

De mes en mes, acaso más de pronto en pronto, quizás más de tarde en tarde, yo solía acordarme de ella en mis tristezas y en mis soledades. ¡Nada! Acordarme.

¡¡Era tan niña!!

Todavía me pregunto algunas veces:

--Señor, ¿por qué, con ella, más chiquilla que nadie, y siendo tan amiga mía, no pude tener jamás la confianza descuidada de la amistad?

Entonces no supe que la adoraba. Ahora tampoco sé si la he adorado mucho desde entonces.

TU LLANTO Y MI RISA

¿Te acuerdas?

Era como hoy. Un capricho, un enojo de tus celos de vanidosa.

Era cualquier mañana, quizá hermosa y sonriente, en que yo, mirando un rayo de sol y contemplando el cielo, esperaba, tras los ensueños dulces de la noche, a que las vidrieras de tu cuarto se entreabriesen mostrándome en la gloria de tu faz la alborada de mi alma. Tú perezosa, yo impaciente, a veces con miedo de turbar tu sueño, entraba de puntillas hasta el lecho. Dormías. Te besaba en los ojos y estremeciéndote como en una convulsión, me volvías la espalda sin mirarme, sin hablar, rebujándote hasta la frente en la seda azul y en los encajes.

¡El enfado!

¿Hablarte?... inútil. ¿Besarte más, en el cuello, en la oreja, en el nudo de oro de tu pelo? Cada beso era una descarga eléctrica para aumentar tu rabia.

¿Qué tenías? Bah, cualquier motivo insignificante e injusto, que me manifestabas al fin seco apóstrofe de desprecio, con tenacidad convencida de histérica, rebelde a toda explicación. La intentaba yo, aunque sabía su ineficacia de antemano, y herido luego en la grandeza de mi cariño por las pequeñeces de tu espíritu de mujer, me alejaba de ti y de tu cuarto, altivo como tú, pero más triste...

Las once, las doce, la una... No se había dignado levantarse la señorita. Frente a mí, en la mesa, estaba tu silla vacía... Bien. Yo me iba al campo, lejos, a vagar... Al Círculo después, hasta las dos de la mañana... Volvía a almorzar solo al día siguiente; y allá a la hora de cenar, tarde, muy tarde, solía encontrarte en el comedor con cara de indiferencia. Ni me hablabas ni te hablaba. Pero, aun sin mirarte, podía notar que me mirabas tú estudiando en mi cara mis impresiones. Por lo pronto habías cuidado de adornarte más... Sólo que esperando mi primera palabra de reconciliación, solías engañarte. Tu orgullo aparecía en un «adiós» desdeñoso, y cada uno nos retirábamos a la respectiva habitación. Un mutuo juramento de no ceder llevaban nuestros labios...

* * * * *

Era una fiesta, visitas, cualquier cosa. Convidados y ajenas alegrías alrededor; es decir, tu disgusto subrayándose por el buen humor de los demás, y mi pena disfrazándose de ironía en conversación a raudales, en amabilidad con tus amigas, en algún calculado elogio a unos ojos negros... Te levantabas, no podías más... hubieras arrojado a todo el mundo de la casa. Nadie, sino yo, en la animación de la tertulia, advertía tu ausencia, y nadie sino yo, sonriendo de placer infinito, escuchaba sobre el escándalo de la charla aquellas notas leves y nerviosas que hacían llorar de rabia a tu piano con pedal bajo...

Notas de cristal, que iban rompiéndose en el aire. _La ingrata_... Notas de Weber, después... aquellas que desesperaban a _Margarita Gauthier_, la escala explosiva, con todo el enojo de tu espíritu...

Yo sonreía. El pobre muchacho a quien dispensaba la honra de no escucharle, pagaba mi sonrisa inefable con otra sonrisa idiota. Pero me hablaba, me hablaba... y tú tocabas siempre, insultándome, mordiéndome con tus alegros y tus escalas; derramando amarguras sobre mi corazón con aquellas notas sublimes del andante que reservabas para el supremo esfuerzo de tu coquetería mimosa y traicionera... Iba a ti, al salón obscuro y solitario, y te abrazaba la cintura por detrás de la banqueta del piano, estampando un beso en tu boca. Tú te levantabas sorprendida, huyendo de mí con un mohín de repulsión que era de tu coquetería la venganza deseada...

Entonces, al revés: tú, con los demás, a reir, para que yo lo oyera; yo, en cualquier butaca desplomado, en el colmo de la desesperación, viéndome miserable juguete de tus caprichos.

* * * * *

Cenabais, y no iba a cenar. Seguía escuchando los arpegios de tus carcajadas; seguía allí, solo, en la obscuridad, maldiciendo la bendición de conocerte... Y debía el vino de hacerte compasiva, porque al fin, tú misma, una, dos, tres veces, te tomabas la molestia de ir a invitarme a cenar. Secamente la primera, con dulzura después, perdonando, rogando, pidiendo caridad; toda la transición en poco tiempo hecha en la paradoja eterna de tu alma... Pero ¿te oía yo?... Un gran frío me hacía temblar, un frío de espanto, asomado a las profundidades de tu veleidad y de nuestro amor. Luego sí, tu mano tiraba de mi mano. Te seguía al comedor y me sentaba de la mesa lejos, en el diván; desde donde te veía enfrente, muy seria, muy triste, entre el alborozo del jerez en las caras de los otros, que no se cuidaban ni de ti ni de mí, por fortuna.

Contagios de la alegría caídos en mi pena, y más borracho yo de amargura que de vino aquéllos, reía luego también... Una risa de sus risas, una burla de sus burlas, un desprecio soberano hacia todo, y hacia ti, reina mía, y hacia mí el primero... Risa cortada, más alta, más hueca, que dominaba las demás y concluía por acallarlas, convirtiendo hacia ella la extrañeza y desconcertando a todos... Risa que me ahogaba, que me sacudía todo el cuerpo en latigazos de nervios, que brotaba loca y espantosa de mi garganta, que llegaba a mis ojos y los hacía verter lágrimas, y que en llanto cruel y alegría lamentable dejaba en tu corazón hundir sus agudas notas, con más ferocidad aún que en mi corazón los pérfidos lloros de tus andantes dulcísimos...

Salía de allí, silencioso ya, con el pañuelo en los ojos, y me seguías tú, y me abrazabas, y me arrancabas el perdón a besos, de rodillas, ¡de rodillas tú a mis pies, alma del alma!

* * * * *

Era, como hoy, un capricho, un enojo de tus celos de vanidosa.

Como no te puedo oir, no sé si lloras arrancándole al piano las notas fugaces de cristal.

Como no me ves, no sabes si río.

EL ORO INGLÉS

Leía yo, acostado, tratando de dormirme, _El Imparcial_. De pronto, sobre el cielo raso sonoro como el parche de un tambor--¡oh estas casas nuevas de ladrillo y de hierro!--sentí los pasos menuditos. Aquella noche me intrigaron más. Por la tarde había sostenido este diálogo con la camarera de la fonda:

¿Quién duerme arriba?

--La inglesita.

--¿Qué inglesita?

--Una joven que ocupa dos habitaciones. La contigua para su institutriz.

--No la conozco.

--Come en su cuarto. Sin embargo, ha debido usted de verla en la playa todas las mañanas.

--¿Guapa?

--La mar.

Dejé caer el periódico, y me quedé fijo en el techo.

¡Si fuese de cristal!

Las maniobras de siempre. Mi habitación tenía la cama en un ángulo del fondo. Igual estaría colocada la cama en la de encima, y allá se habían dirigido los pasos: la inglesita levantaría el embozo... Después sentí el dulce y picado taconeo hacia el rincón opuesto. ¿El tocador?... Ella, frente al espejo, se quitaría las peinetas, las sortijas, el leve abrigo de sedas con que habría vuelto acaso de oir en el bulevar los conciertos de orfeones... Se despojaba. Media hora. La niña se extasiaba con su imagen. Era, pues, cuando menos, lo menos coqueta que puede ser una joven cuando no es tonta, aunque sea inglesa.

Vagó en seguida por la alcoba. Mis ojos la seguían con toda precisión en el techo... ¡Ah, si fuese el techo de cristal! No muy alta, ni muy gruesa, sin duda, a juzgar por el _peso_ leve de sus pasos; aunque sí nerviosa y vivaracha. Cruzaba de uno a otro lado con ese mariposeo de toda mujer bien vestida al desnudarse; por consecuencia, un dato más: elegante.

Volvió al centro, y un roce indefinible me hizo adivinar su vestido y su enagua cayendo a sus pies. Habría jurado que la estaba viendo, toda recta aún en el ruedo de estas ropas por el suelo, desenlazarse el corsé: doblarse después a recogerlo todo y llevarlo a la percha taconeando más ligera... en camisa, no sin lanzar de vuelta una caricia de mimo a su escote, en el espejo... Y ¡qué estupidez!... he aquí una cosa que yo _no veía_ bien: cómo tendría los senos una joven inglesita; ¿anchos, semiesféricos, de amplia base, como las españolas? ¿Separados y rebotantemente movibles, como las francesas? ¿De media toronja, como las indias de aquel Ceilán de mis ensueños de un día?...

Tornaba, tornaba la inglesita a mi vertical; es decir, a su lecho, que chirrió al sentarse ella en el borde. Iba a descalzarse. Un golpe seco: una bota al suelo. Una bota pequeña, dulcísima, que habría dejado al aire un pie calentito, cubierto por una media de seda tensa como un guante, y azul Luzbel, de seguro. Una pierna sobre la otra... ¡Oh, cómo miraba yo de abajo arriba y cómo la virgínea _miss_ no supondría que _era el techo de cristal!_

La otra bota al suelo. Y la cama volvió a crujir inmediatamente, en gemidos amorosos del sommié al recibir el cuerpo. Mas ¿era entonces que se acostaba con medias?

Nada... al poco. _Ella_ que fantasearía supiese Venus qué cielos de juventud, y yo en mi solitario cuarto, con _El Imparcial_ sobre la colcha, con los ojos fijos en aquel techo blanco que no tenía un escotillón por donde yo... ¡bah, qué idiotas hosteleros y qué techos tan estúpidos!

Me quedaba la imaginación proponiéndome problemas. Recorría el desorden delicioso del cuarto aquel de mi extranjera vecina con el vestido en la butaca, con el corsé a medio colgar del niquelado clavo de la percha, dejando caer sus broches de las ligas sobre el blanquísimo pantalón orlado de encajes; con aquel aire oliente a perfumes de tocador y de chiquilla bonita, con aquella cama en que ella al fin dormiría derramando por la almohada su caballera de oro británico, y abandonando sobre la cubierta cielo sus desnudos brazos delgados y flexibles...

¡Dios! ¡Gran Dios! ¡El oro británico! ¡El oro famoso inglés que yo no conocía ni en libras esterlinas, ni en amorosos rincones!... Porque hay tremendos detalles en que la imaginación se pierde: por ejemplo, la mía, sobre las laxas y lisas y doradas cabelleras inglesas, no podía concebir los rizados breves... ¡sí, sí, lo que fuera horrible en una corta laxitud!... ¡Horrible!, ¡horrible!

* * * * *

La imaginación es una solemnísima embustera y una infeliz inocente.

Aquella vez tan sólo no me había engañado en que la niña era preciosa y delgada y adorable. Pero ni el tocador estaba a la izquierda de la puerta, ni _ella_ dormía nunca con los brazos fuera del embozo, ni se sentaba en la cama para descalzarse jamás, ni sus medias eran azul Luzbel... sino negras, caladas.

¡Ah! y además no debe uno aventurar temerarias deducciones sobre la laxa y lisa cabellera de las dulces inglesitas.

PARAÍSO PERDIDO

RECUERDOS DE MINDANAO

--Esto es un paraíso--me dijeron cuando llegué al campamento; y para certificar la comparación, no tuvieron mis ojos más que tenderse en derredor.

Una vivienda de nipa, junto a una huerta, en mitad de una explanada circular donde grupos de soldados troceaban ébanos a hachazos; cerca, los fusiles, por si los moros saltaban de una mata, como tigres.

Por Occidente, a algunas millas, el mar; y rodeándonos, el bosque; el bosque virgen, de fantástica frondosidad, cayendo por todos lados, desde nuestra altura enorme, como manto soberano cuya cola regia de eterno verdor se tendía por las montañas festoneando sus crestas en la lejanía sobre el azul profundo y tranquilo de los aires.

Desde las primeras horas de la llegada pude observar que mis compañeros revelaban una especie de paralización extraña, de éxtasis.

Se separaron, cada cual por un sitio, ocupándose unos en acariciar a los mastines, otros en jugar con los monos y las catalas, y los más en pasear, leyendo periódicos dos meses atrasados o cogiendo flores en la huerta. Tenía esto algo de calma paradisíaca; y tal vez un tanto fatigado mi espíritu por las luchas de la vida, se dispuso a sepultarse en aquella paz celestial, desperezándose al borde de la Naturaleza antes de entregarse a ella, como la hastiada impura junto al lecho del descanso.

Las semanas pasaron.

Seguíame fascinando aquella monotonía de grandiosidad...

Yo me volvía como los demás. La pereza no tardó en invadir mi cuerpo y mi alma. Un lugar solitario, un rincón de árboles, una hamaca; no anhelaba otra cosa aquel ansia insaciable y vaga de mi pecho.

Una siesta, en que a la sombra de los plátanos me balanceaba en la red de abacá, escuchando en el silencio absoluto del humano vivir el chiflar poderoso y uniforme de las chicharras del bosque, cuyas primeras columnatas de árboles se me ofrecían cerca, recreándome los ojos con sus cortinajes de liana y sus volanderas cuerdas de bejucos revestidas de trepadoras y ornadas con florones de parásitas, todo lo cual, en sus huecos de verdosa luz, bajo las bóvedas de follaje, a que se descolgaban gritando algunos simios o que cruzaban con pausado vuelo de una a otra rama algunas aves de pechuga azul, me parecía el pórtico de colosales palacios encantados; esa tarde, digo, en que doliente desde mi hamaca miraba a ratos el lejano mar, siguiendo en su gris superficie inmóvil la estela del sol, que como una senda de luz condujo a mi fantasía más allá del horizonte, más allá, mucho más allá, a aquella España hacia que viajaba entonces el astro de oro... yo comprendí de improviso mi nostalgia. Unas notas fugitivas, un perfume de néctar, una silueta entre brumas de no sé qué distancia ni qué espacios. ¡Ella! ¡Mi visión de la mujer!

_Ella_... era quien faltaba en nuestro paraíso. La mujer, el amor, el adorno supremo de la Naturaleza, para cuyo esplendor están hechas las grandezas de todos los escenarios.

* * * * *

¡Con cuánta pena seguí en mis eternos días contemplando aquellos paisajes de belleza inútil!

El fastidio mortal dijérase que nos inspiraba en el desdén de unos a otros un odio inconsciente de camarada a camarada; el cansancio del vivir ante la inutilidad de la existencia sin ilusiones. ¿A qué, ni para recibir el agrado de quién, por nada esforzarse? ¿A qué hablar siquiera?

Noches de soberana hermosura, noches de los trópicos, en que tumbados en las amplias lonas de sillas como catres, formábamos silencioso y disperso corro, cara al cielo, mirando cada cual su lucero favorito, entre las estrellas que fulguraban como ascuas. Las luciérnagas volaban en las copas de los aromados ilán como llamas de plata. Alguna prendía en su mariposeo de luz nuestras miradas, perdíalas en el espacio... y ¡quién sabe tras ella en qué memoria de mujer perdíase también el recuerdo!

¡Oh, sí! ¡Un sarcasmo! ¡Un insulto de tantos regios esplendores a nuestro deseo! El alba; aquellos amaneceres serenos, en que sobre la inmensa alfombra verde de los hondos valles se levantaban, siguiendo el curso de ríos ocultos, cendales de niebla, que se extendían hasta el mar, como doseles de nubes sobre una procesión de diosas desnudas para el baño...

La siesta, con sus horas incitantes en el bosque, en la espesura de la sombra, entre los laberintos escondidos por los abanicos en hoja de las palmas, con sus grutas de enredaderas en los bambúes, al pie de las fuentes de agua helada, cuyos asientos de peña parecían el lugar de enamorada cita con mujeres que no llegaban jamás...