Cuentos ilustrados

Part 9

Chapter 93,861 wordsPublic domain

Al conocer la sentencia, dirigí una carta al comandante exponiéndole las opiniones incontrovertibles del doctor Lombroso en su notable estudio antropológico y médico legal _El criminal_, y protestando en formas corteses y muy respetuosas contra el fallo, que, en mi concepto, recaía en personas reconocidamente faltas de juicio, no pudiéndose suponer en ellas el libre albedrío, so pena de incurrir en grave error metafísico.

El comandante contestó a mi carta imponiéndome tres días de barra, y los cinco reos, sujetos con fuertes ligaduras a las serviolas, fueron pasados por las armas.

Los otros deportados, testigos de aquel terrible espectáculo, lejos de excitarse más y más, como yo temía, sobrecogidos de espanto, dieron manifiestos indicios de lucidez durante el resto del viaje, lo cual me ha sugerido la publicación de un opúsculo con el título de _Influencia del miedo en los enajenados o La razón al alcance de los dementes, por temor al castigo_.

* * *

_Colonia de la Anarquía (isla de Yap), 21 de Junio de 18..._

Hoy queda instalada esta colonia en el centro de la isla, sobre una eminencia, rodeada de magníficos cocoteros, donde se levanta un edificio de madera con destino a los deportados. El destacamento de tropa que nos acompañó hasta aquí, regresa a Tomil, dejándonos víveres abundantes, aperos de labranza y semillas para el cultivo.

Tengo un vasto proyecto de colonización, pero me faltan mujeres: todos los deportados son solteros. He estudiado frenológicamente a las indígenas, y me he persuadido de que no deben en manera alguna unirse con los deportados: resultaría una prole monstruosa de dementes. Yo creo y entiendo que la primera obligación de la ciencia es impedirlo y procurar el perfeccionamiento de la especie humana y que la razón se perpetúe sobre la tierra por medio de matrimonios fundados en la organización cerebral de los contrayentes. ¡Ah! ¡De otra suerte andaría la humanidad, si las autoridades que intervienen en la celebración de aquellos, exigiesen previamente a los novios certificados de los peritos frenólogos; pero nuestros legisladores no se ocupan mas que en política, y no han caído aún en la cuenta de los funestos efectos del atavismo! — ¡Si deseáis mejorar la sociedad, les diría yo: si queréis impedir los tremendos crímenes que llenan de espanto al mundo civilizado, no debéis pensar en leyes represivas, sino en corregir la configuración de los futuros cráneos!

Creo, por lo tanto, que convendría la inserción en varios periódicos del siguiente anuncio:

[Ilustración: Señoritas que deseen contraer matrimonio. — Se necesitan quince de diez y seis a treinta años. — Condiciones craneoscópicas que se exigen: Circunferencia mínima, 56 centímetros; diámetro, 19; altura, 15; distancia de parietal a parietal, 15.

Para más detalles, dirigirise al DOCTOR OCCIPUCIO. — Isla de Yap (_Carolinas Occidentales_)]

_Colonia de la Anarquía, 1.º de Agosto de 18..._

En cuanto se alejó el destacamento de esta colonia agrícola, mis enfermos, tranquilos y al parecer resignados desde su llegada a la isla, negáronse a trabajar, y poseídos de violento arrebato de locura, acabaron por declararse en abierta rebelión, saqueando el depósito de provisiones y destruyendo cuanto les vino a mano. Intentaba reducirlos a la razón, ya con ruegos, ya con amenazas, cuando de pronto me echaron sobre una manta, y comenzando a levantarme en alto, se holgaron conmigo, hasta que, rendidos y cansados ellos, y molido y estropeado yo, dieron con mi cuerpo en el suelo, y por fin me dejaron solo en medio de estas soledades. ¿Cabe prueba mayor de su demencia? ¡Abandonarme y tratarme de tal suerte, cuando soy su amigo, su protector, casi un padre para todos ellos!

Hoy he recibido la visita de fray José, de la misión de San Francisco de Goror, por cuyo conducto remito esta carta a Tomil. Este santo varón, que conoce la lengua del país, y que con gran celo apostólico se dedica a la obra de la conversión, me refiere que los deportados merodean por el interior de la isla, saqueando y destruyendo las chozas de los naturales, a quienes llaman burgueses en estado salvaje. ¡Burgueses ellos, que no tienen nada, absolutamente nada, ni siquiera un pedazo de trapo con que cubrir sus cuerpos!

* * *

_Colonia de la Anarquía, 3 de Agosto de 18..._

Los carolinos, víctimas de los atropellos, persecuciones y crueldades de los anarquistas, se han levantado en armas contra estos, obligándoles, mal de su grado, a regresar a la Colonia, donde reina el mayor desorden y confusión.

Un indígena, converso, que habla con bastante corrección el castellano, alumno de los Padres Capuchinos, se ha presentado aquí esta mañana: viene en calidad de parlamentario, y dice que los _pilums_ o régulos de las tribus vecinas celebraron consejo, acordando dar muerte a los deportados si estos salen de los límites de la Colonia.

—En esta mano traigo la paz, y en esta la guerra —dijo el parlamentario, mostrando en la derecha una cruz toscamente labrada y en la izquierda una flecha—. ¿Qué queréis?

—Convertiros al anarquismo —contestó uno de los deportados.

—¿Qué significa eso?

—Que debéis negar a Dios.

—Pues qué, ¿debemos creer como nuestros padres en los espíritus malignos?

—Ni en estos ni en Aquel.

—¿Por qué?

—Porque no existen.

—¿En qué os fundáis?

—En que nadie los ha visto.

—Tampoco hemos visto a España, y sin embargo creemos en ella, porque vemos su fuerza y su poder en los barcos que llegan a Tomil y en los soldados que la defienden.

—Dios no os envía barcos ni soldados.

—Pero nos presenta pruebas mayores de su grandeza y de su bondad. ¿Quién produce la lluvia, el trueno, el rayo? ¿Quién mueve el mar? ¿Quién hace crecer esos árboles cuyo dulce fruto nos sustenta?

—Todo depende del calor, del viento, de las semillas o de otras causas naturales que no podéis comprender.

—¿Quién ha hecho el calor, el viento, la primera semilla o esas causas naturales que, según decís, no entendemos?

—Es preciso además que no seáis burgueses.

—¿Qué quieres decir con eso?

—Que renunciéis a la propiedad.

—Aquí la tierra es de todos.

—Sí; mas cogéis sus frutos y traficáis con ellos.

—Harto nos cuesta alcanzarlos trepando por los árboles, y es justo que nuestro trabajo obtenga recompensa.

—Guardáis lo sobrante.

—¿Hemos de ser menos previsores que las hormigas?

—Vivís en colectividad formando tribus.

—¿Cómo nos ayudaríamos, si no, unos a otros?

—Reconocéis a jefes o _pilums_.

—¡Alguien nos ha de guiar; alguien ha de dirimir nuestras contiendas!

—Tenéis mujeres propias.

—¡Si ellas quieren así a sus maridos!

—Dais oídos a los misioneros.

—Porque nos enseñan el bien y saben más que el _Matsé-Mats_,[9] que no ha salido nunca de las espesuras de estas selvas.

[9] Especie de anacoreta, que pretende evocar los espíritus, objeto de general veneración por parte de los indígenas de Yap no convertidos al catolicismo.

—Pues nosotros queremos que no creáis en Dios, y que renunciéis a la propiedad, a la familia y a la tribu, y que neguéis la obediencia a vuestros _pilums_ y al gobernador español, y sobre todo que despreciéis a los misioneros.

[Ilustración]

—¿Y cómo vais a conseguirlo?

—Con la fuerza; derribando vuestras chozas, incendiando los bosques de cocoteros, arrasándolo todo y pasando a cuchillo cuantos hombres, mujeres y niños caigan en nuestras manos.

—¿Es así como convertís a las gentes? ¡Con el fuego, la devastación y el asesinato, destruyendo el bien que recibimos del cielo y derramando sangre inocente!

—Así y solo así, si os oponéis a vuestra regeneración.

—Entonces nos defenderemos hasta convertiros en polvo. Tenemos la razón de nuestra parte, y somos más que vosotros.

—Pero ha de poder más el terror, arma suprema que amedrenta a nuestros enemigos y hasta a nuestros jueces.

—¡El terror! Aquí no lo sienten más que débiles mujeres, y estas no combaten ni hacen justicia. ¿De qué sirve la flecha en mano que tiembla? ¿Quién da en el blanco con lágrimas en los ojos? En nuestras tribus pueden los hombres ceder a la fuerza, pero nunca al miedo.

Dichas estas palabras, el indígena arrojó al suelo la flecha que llevaba en la mano izquierda, y besando la cruz se alejó de la Colonia.

* * *

CARTA DE MI CORRESPONSAL EN MANILA

Un vapor de guerra, procedente de Carolinas, trae noticias de los anarquistas deportados a la isla de Yap. En vista de los excesos cometidos por estos en el interior del país contra las personas, las chozas y los bosques de los indígenas, apelando al incendio y al asesinato, el gobernador de las Carolinas occidentales organizó una pequeña columna, la cual con el auxilio de los naturales, logró prender a los desalmados que vagaban dispersos por las selvas, conduciéndolos a Tomil. El mismo día de su llegada se constituyó el Consejo de guerra. Seis de los reos fueron condenados a muerte, y los restantes a cadena perpetua.

Los médicos de la isla reconocieron unánimemente que entre los deportados no había más loco que el loquero. Titúlase este doctor, aunque carece de título, y ha dado en llamarse Occipucio, siendo su verdadero nombre Juan Fernández. Ayer llegó a Manila, y por orden superior está recluido en el manicomio.

Padece el infeliz una monomanía incurable; cree en la infalibilidad de la ciencia frenológica.

Llevado de tan extraña locura, sostiene que debe aplicarse la frenología, no solo para probar la irresponsabilidad de los acusados ante los tribunales, sino también para la recusación de los jueces.

¿Por qué los médicos forenses, dice, no han de declarar previamente que los individuos que componen un tribunal tienen una organización cerebral idónea? ¿Acaso el órgano decimonono, de los 39 que admiten ahora los frenólogos, el cual produce el sentimiento de la justicia, el respeto al derecho, la conciencia del deber y el amor a la verdad, está tan desarrollado en nuestros cerebros? ¿No puede suceder, además, que entre los honrados vecinos, llamados a formar parte del Jurado, haya muchos que por exceso en el órgano decimocuarto, donde reside la circunspección, pequen de irresolutos, pusilánimes y hasta de cobardes, y falten a la justicia, pactando con el miedo y cediendo al temor de la venganza?

Se advierte también en el titulado doctor Occipucio tenaz resistencia a citar por sus nombres a los anarquistas.

—¿Por qué obra usted así? —le preguntó hoy el director del manicomio—. ¿Teme usted tal vez comprometer a sus antiguos amigos?

—No, señor —contestó Occipucio—, porque estoy en el secreto. Los anarquistas tienen la locura de la notoriedad. En aras de ella lo sacrifican todo, hasta la propia vida. Destruid el ídolo, condenad a perpetuo silencio los nombres de sus fanáticos y ciegos adoradores, y estos volverán a la razón. El anarquismo es una demencia contagiosa que se empeñan en propagar los cuerdos.

LAS TIJERAS

A fines del siglo XIX eran inquilinos de una misma casa en Madrid dos jóvenes de veinte años: Pedro y Fortunato.

Vivía aquel en la buhardilla, sin más bienes de fortuna que el oficio de sastre, y este en el cuarto principal, disfrutando de una renta de cuarenta mil pesetas anuales que le legó un tío suyo; pero solo en usufructo, en títulos del cuatro por ciento interior perpetuo, o sea un capital nominal de un millón de pesetas.

La necesidad, eterno acicate del pobre, el temor de los azares y contingencia de lo porvenir y la propia satisfacción de la recompensa, eran poderosa parte para que Pedro, sin desfallecer un punto no se lo diese de reposo en su honrado oficio: mientras que Fortunato, sin el apremio de la lucha por la existencia, seguro de su renta, con ciega fe en la solvencia del Estado, ajeno a toda inquietud y zozobra, se entregaba a los frívolos placeres de una vida regalada y elegante, mirando con menosprecio al trabajo en sus múltiples manifestaciones.

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Y pasaron cinco años y no estalló ninguna revolución, ni siquiera un pronunciamiento; las cosechas fueron abundantísimas; la exportación adquirió considerable incremento, se nivelaron los cambios, la circulación fiduciaria quedó reducida a sus naturales límites, y por primera vez gozó la nación de un buen gobierno.

El 4 por 100 interior subió sobre la par, y el Estado, siguiendo el ejemplo de Inglaterra, Francia y otros países prósperos, ofreció a sus acreedores el reintegro del capital o reducir la deuda del 4 a 3 por 100, y se llevó a cabo la conversión, dentro del derecho perfecto y con beneplácito general.

La renta de que Fortunato disponía en usufructo, quedó reducida a treinta mil pesetas. Cuando todo prosperaba, él, acreedor del Estado, venía a menos y veíase obligado a suprimir el coche.

Entretanto, por una ley natural que se observa en las naciones ricas, aumentaba el precio de la mano de obra, y Pedro conseguía lo que Enrique IV de Francia ambicionó para sus súbditos: la gallina una vez por semana en el puchero.

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Al terminar el primer quinquenio del siglo XX, el 3 por 100 interior perpetuo se cotizaba a 115 y las Cortes aprobaron un proyecto de ley convirtiendo dicho valor en 2 por 100.

Fortunato cobró entonces veinte mil pesetas de renta y no tuvo más remedio que mudarse al piso segundo, mientras que Pedro, gracias al aumento creciente de su jornal, pudo trasladarse al cuarto.

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Cinco años después una gran transformación social se había producido en el mundo civilizado, transformación debida a un movimiento evolutivo, que no se escapó a la perspicacia y previsión de muchos sociólogos y estadistas del siglo anterior. Las asociaciones de trabajadores, cada vez más perfeccionadas; la propaganda en las comarcas agrícolas, que permanecieron al principio ajenas al clamoreo de las clases proletarias; las manifestaciones del 1.º de Mayo, que trascendían a las aldeas más apartadas; las huelgas frecuentes que imponían la voluntad del trabajo sobre el capital; el creciente triunfo de los candidatos obreros en las elecciones legislativas; el Estado, por la fuerza de las cosas y por la imposición del mayor número arrojándose en brazos del socialismo, habían modificado lentamente la legislación secular y los antiguos organismos; pero, ¡cosa rara en la historia de los pueblos!, sin disturbios ni violencias y respetando el principio del derecho a la posesión legítima.

Merced a este espíritu de justicia que prevaleció en los altos poderes, se reconocieron en toda su integridad los derechos de los acreedores del Estado; pero el valor del capital mermaba de día en día, y el 2 por 100 interior obtuvo cambios superiores a la par; entonces se decretó la conversión voluntaria en el 1 por 100.

La renta usufructuaria de Fortunato bajó a 10.000 pesetas, y como al propio tiempo se encarecían los salarios, aquel tuvo que renunciar al servicio de su criado, mientras que Pedro ganaba un jornal de 12 pesetas.

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En 1915 el 1 por 100 interior era convertido en ½ por 100, y Fortunato, con sus 5.000 pesetas de renta, alquiló el piso tercero de la derecha, y Pedro pudo ocupar el inmediato de la izquierda, pues su salario ascendía ya a 15 pesetas diarias, o sea 5.000 pesetas anuales próximamente, descontando los días festivos.

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El ½ por 100 se redujo en la misma forma y por idénticas circunstancias en ¼ por 100 al expirar la segunda década del siglo XX. Fortunato vio mermada su renta a la mitad, bastando apenas para cubrir las necesidades más apremiantes de la vida: tal era el incremento del precio de las cosas, producto del trabajo. En tanto que él, usufructuario de un millón de pesetas, tenía que apelar al Rastro para vestirse, Pedro, con el sueldo de cortador de sastrería, pudo permitirse el lujo en invierno de un gabán de pieles.

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El interés del millón de pesetas quedó limitado a 1.250 pesetas en el año 1925 por la reducción del ¼ en ⅛ por 100, y Fortunato pasó a ocupar el piso cuarto, cuando el sastre bajaba al segundo.

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Por fin, en 1930 se llevó a cabo la última conversión del ⅛ por 100 en ¹⁄₁₆, gracias a la depreciación progresiva del capital.

Fortunato el millonario disponía solo de 625 pesetas de renta al año. Era casi un pobre de solemnidad y se resignó a subir a la buhardilla y a trabajar cuando frisaba con los 55 años. No había querido estudiar profesión alguna ni aprender oficio, y tuvo que acogerse a la escoba municipal.

Pedro, aprovechando los progresos de la subdivisión del trabajo, había llegado a ser un especialista en el corte de chalecos, y los principales sastres de Madrid acudían a él para la preparación de aquellas prendas. Ganaba 40.000 pesetas al año, y en el espacio de treinta y cinco logró bajar de la buhardilla al principal.

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Las tijeras del sastre, cortando paño, habían vencido a las tijeras del rentista, cortando cupones.

EN EL PLANETA MARTE

Periódicos parlantes. — Supresión por inútil de la enseñanza del arte de leer y escribir. — Medios de locomoción. — Unidad política, lingüistica y religiosa. — Artículo de un periódico. — Noticias de la Tierra. — Parangón entre esta y Marte. — Prodigios de las ciencias. — Oración de los martícolas.

_RESONANCIA UNIVERSAL_ es el nombre del periódico más oído del planeta Marte.

Para los suscriptores hay fonógrafos a casa hita, que, sin más trabajo que oprimir un botoncito, repiten los telefonemas impresos o grabados en el peregrino confidente.

Al público en general, para enterarse de las diarias noticias, le basta depositar una moneda en aparatos que abundan en calles, plazas y caminos. Apenas cae la moneda dentro del ingenioso fonógrafo, habla este en voz baja, a través de reducida abertura, de modo que solo pueda valerse de él una persona, y no resulten defraudados los intereses de la empresa.

Los decretos, órdenes, reglamentos y bandos de las autoridades son pregonados en todas partes por megáfonos, que sustituyen las campanas en las torres de los templos, y los relojes dan la hora imitando la voz humana.

Tanta perfección han alcanzado allí el fonógrafo y el teléfono, que el arte de leer y escribir está en desuso. El Supremo Consejo de Instrucción Pública acaba de suprimirlo de las escuelas, limitando su enseñanza a la Diplomática.

Compónense las calles, las carreteras, y aun los caminos vecinales, de dos series de plataformas que se deslizan en opuesto sentido; cada una de las últimas tiene velocidad diferente; de modo que cuando los martícolas quieren trasladarse de un punto a otro, se colocan sobre la más lenta, y si desean acelerar la marcha, pueden pasar sucesivamente a la más rápida, que tiene un movimiento de 250 kilómetros por hora.

Centenares de canales, cuyo principal objeto es evitar los estragos de las inundaciones periódicas producidas por la fusión de los hielos aglomerados en los polos, cruzan los continentes en todos sentidos, facilitando al mismo tiempo la navegación de buques eléctricos, que surcan las aguas con rapidez vertiginosa.

Esta facilidad de comunicaciones ha producido con el transcurso del tiempo, como no podía menos de acontecer, no solo la unidad política, sino también la lingüística y hasta la religiosa. Allí no hay más que un Estado, un idioma y una creencia. De tal suerte se arraigó esta en el corazón de los marcianos con el cultivo de las ciencias, que la palabra ateísmo y las de ella derivadas no existen en los diccionarios fonográficos de aquel feliz y venturoso mundo.

Y cuenta que su idioma es tan rico por la variedad y abundancia de sus voces, que las personas instruidas hablan con claridad y concisión admirables. No tienen que perder el tiempo en el estudio de otras lenguas muertas o vivas, y ni siquiera de la ortografía del propio idioma, por la razón que antes he indicado.

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Y sin más preámbulos digo que _Resonancia Universal_, diario parlante del planeta Marte, sorprendió ha pocos días a sus oyentes con este estupendo artículo:

«Sabido es por todo el mundo (allí también hay un mundo tan grande como un planeta y un planeta de los de menor cuantía del sistema solar), que los observatorios astronómicos costeados liberalmente por el Estado en interés de la noble causa de la ciencia, descubrieron, a principios del siglo, que estaba habitado nuestro vecino y colega el astro opaco número tres, conocido vulgarmente con el nombre de _Azul_. Desde entonces se organizó, merced a la generosidad de los poderes públicos, un sistema de señales luminosas, por medio de inmensos focos eléctricos situados a grandes distancias, a fin de ver si aquellos telescópicos seres querían ponerse en relación con nuestros sabios. Pues bien; al cabo de muchos años de tentativas infructuosas, según un telefonema que acabamos de recibir, los astrónomos de aquí han logrado tener un diálogo con sus colegas del otro mundo, los cuales, advirtiendo nuestras señales, adoptaron un sistema análogo para contestarnos. Al efecto establecieron un telégrafo óptico compuesto de tres inmensos focos de luz eléctrica formando un triángulo equilátero, de un décimo de meridiano cada lado, de manera que aquellos proyectaran destellos a intervalos y constituyesen una especie de alfabeto. La interpretación fue al principio dificultosa; pero algunos arqueólogos versados en el conocimiento de las escrituras antiguas cayeron en la cuenta de que los signos de los habitantes del _Azul_ para representar las letras tenían muchos puntos de semejanza con los que emplearon ha bastantes siglos nuestros antepasados, cuando el telégrafo estaba en la infancia. Más ardua fue la empresa de adoptar un lenguaje convencional; pero cuando tanto se ha progresado en los procedimientos inductivos, ¿puede sorprender a nadie que los sabios de ambos cuerpos celestes llegaran a entenderse hasta el punto de sostener conversaciones interplanetarias?

»Gracias a ellas se ha descorrido el velo del astro misterioso, objeto durante tantos siglos de las cavilaciones de los astrónomos. Ya sabemos que al planeta que nosotros designamos con el nombre de _Azul_ le llaman sus naturales _Tierra_, y que el habitado por nosotros es conocido por ellos con la denominación de _Marte_.

»Pueblan aquel globo 1.400 millones de seres humanos, según la opinión de varios geógrafos, aunque otros reducen esta cifra, de lo cual se infiere lo atrasada que anda allí la estadística.

»La inmensa mayoría de sus habitantes vive sumida en la más vergonzosa barbarie, y el resto, que blasona de civilizado, se encuentra, a lo sumo, en el grado de perfección y adelantamiento que teníamos hace diez siglos, en aquella era histórica que calificamos de semiculta.

»Aunque de pocos años a esta parte se han realizado algunos progresos, los medios de comunicación son toscos e imperfectos. Los terrícolas emplean todavía el vapor de agua, lo cual exige máquinas complicadas, y, sobre todo, pesadísimas y costosas. La ciencia eléctrica está en la infancia. No han encontrado el procedimiento práctico y económico de utilizar la electricidad como única fuerza motriz. Desconocen en absoluto el fluido _vital_ y el que llamamos _innominado_, cuyo descubrimiento tan gran revolución produjo en la mecánica.

»Las dificultades de la locomoción, inherentes al atraso de la Física, unidas a la extraña organización de sociedades que no reconocen en el individuo el derecho de viajar gratuitamente, como sucede aquí, en transportes que constituyen un servicio público, obligan a la generalidad de dichos seres a vivir adheridos a la tierra que los vio nacer, y de aquí que el medio ambiente ejerza tanta influencia sobre ellos, hasta el punto de que para muchos el concepto de la patria se limita a la reunión de unos cuantos edificios, y, a lo sumo, a un accidente geográfico o histórico.

»Esta forzada vida sedentaria da lugar a que subsistan aún en la _Tierra_ numerosas nacionalidades con sendas lenguas, variedad de costumbres y diversos Estados.

»¡Cuán imperfecta la organización de estos!