Part 3
—Esta a lo menos es la más disculpable de las vanidades. ¡Cuán irrisorias las que se fundan en un supuesto bien presente! ¡Los menguados que atesoran para gozar de la envidia ajena! ¡Los insensatos que buscan la propia satisfacción en la servil obediencia de sus semejantes! ¡Cuánta demencia en unos, y cuántas humillaciones para los otros, que han de convertirse en esclavos de un tercero, siéndolo este a su vez de las colectividades: la mayor de las servidumbres!
—¡Mísera humanidad, en tus manos se empequeñece hasta la soberbia!... La vista de tu Tierra se va haciendo enojosa.
—¡Adiós, seres amados! ¡Un instante no más y os juntaréis conmigo!
—Antes de alejarnos de aquí desearía saber quiénes son esos hombres que dirigen constantemente los ojos hacia nosotros. ¡Qué de peligros arrostran algunos en medio de aquellas regiones salvajes! ¿Buscan también oro?
—No. Aquellos que allí ves son los justos, que no obran por el estímulo de la terrenal recompensa, ni aun de la vanagloria. Hacen el bien por el bien, y remontando su alma a estas tranquilas y serenas regiones, fundan solo en ellas el término de sus sonrientes esperanzas.
—¡Felices vosotros, oscuros e ignorados héroes del espíritu, que alcanzáis la mayor de las victorias reservada a los mortales: señorear la materia y acercaros a Aquel que resume en sí la más sublime y abstracta de las perfecciones!
—¡Volemos hacia Él, que es grande su clemencia!
—¡Atrás, satélites, planetas, soles, constelaciones, nebulosas, polvo cósmico, infusorios del vacío! ¡A ti acudimos, Omnipotente Espíritu que lo llenas todo y ante quien hasta parece pequeño el infinito!...
* * *
Dijeron... y rasgose el velo del supremo arcano.
LA CAJA DE CERILLAS
Rico, viejo, achacoso, sin hijos que le heredasen, y solo con parientes, lejanos y codiciosos, era Samuel Rodríguez el más infeliz de los avaros. Ni el afán de acapararlo todo, ni el placer de contar y recontar el fruto de sus granjerías, ni la necia vanidad de que podía poseer lo que otros inútilmente ambicionaban, hacíanle llevaderas las angustias, zozobras y fatigas que producía en su ánimo, naturalmente pusilánime, el temor de perder el bien alcanzado con tantas privaciones.
* * *
No ha mucho tiempo que Samuel recorría a pie una comarca, donde acababa de sentar los reales para esquilmarla y empobrecerla con sus negocios usurarios, cuando le sorprendió la noche junto a un río, a la sazón infranqueable sin el auxilio de barca, porque repentina avenida había destruido el puente o inutilizado el vado. Lleno de mortal congoja, temiendo a cada paso la sorpresa de imaginarios bandoleros, pues llevaba en el seno un fajo de billetes de Banco, seguía la margen del río, hasta que la suerte le deparó una barca medio varada en la arena. Su primer intento fue ponerla a flote; mas faltándole fuerzas, y coligiendo por varios y manifiestos indicios que aquel debía de ser lugar frecuentado de pescadores, comenzó a dar voces en demanda de socorro. Acudió solícito a prestarlo uno de aquellos, dueño de la barca, a quien Samuel, con lágrimas en los ojos, suplicó que, por caridad y amor de Dios, le pasase a la orilla opuesta. Era el barquero muy pobre, y de suyo compasivo para con los menesterosos, y tomando por tal a Rodríguez, a juzgar por lo roto, raído y mugriento del traje, accedió, sin estipendio alguno, a lo que pedía, y comenzó a poner en obra su buena intención.
* * *
Venía muy crecido el río, y a fuerza de remos llegó la barca a la mitad de aquel; pero de pronto, cogiéndola a través, la volcó, dando en el agua con el avaro y el barquero. No sin gran trabajo lograron ambos asirse a la barca, la cual quedó con la quilla al sol, y poniéndose sobre ella a horcajadas se vieron a merced de la corriente, cada vez más rápida e impetuosa.
—¡Estamos perdidos —exclamó el barquero—; la presa del molino dista poco de aquí, y si Dios no hace un milagro, nos estrellaremos contra las rocas!
Enmudeció de espanto Rodríguez, y pensando en el fajo de billetes que llevaba cosido al forro del chaleco, dijo para sí:
—¿Qué va a ser de vosotros, amigos del alma, con tantos sudores, ansias y angustias alcanzados? ¡Si perezco en este horroroso trance, tal vez halle mi cuerpo algún malvado y descubriendo el fruto de mis desvelos, se enriquezca a costa mía, y gaste, triunfe y despilfarre! ¡Ah! ¡Si a lo menos me enterrasen con mi tesoro!... ¿Pero qué digo? En este caso, el Banco resultaría poseedor de lo que es mío, exclusivamente mío... No, jamás, jamás. ¡Ah!, ¡si este pobre pescador me salvase, yo compartiría con él mi hacienda!...
—¡Queda una esperanza de salvación! —repuso el barquero.
—¡Una esperanza! —contestó Samuel, dando un grito de júbilo.
—Sí, que la corriente, en lugar de despeñarnos por el salto de la presa, nos conduzca al canal del molino.
—Pero, ¡desdichados de nosotros!, siendo así, la barca se hará pedazos entre las ruedas...
—No, porque el molino es de turbina, y el agua penetra en ella a través de enrejados.
Respiró Samuel, y continuó razonando así:
—¿He dicho la mitad de mi hacienda? ¡Qué disparate! Basta la mitad de los billetes de Banco que traigo aquí... Pero suman una fortuna... cinco mil pesetas nada menos... Le daré la mitad de la mitad, o sea la cuarta parte: mil doscientas cincuenta pesetas...
—¡Vamos bien! —añadió el pescador.
—Pero no quedarán para mí más que tres mil setecientas cincuenta pesetas —observó el avaro—; con el pico, con las doscientas cincuenta pesetas, será feliz ese pobre hombre.
—¡Pronto embocaremos el canal! —exclamó el barquero.
—¡Qué necio soy! —prosiguió Samuel—. ¿Regalar yo doscientas cincuenta pesetas? ¿Y todo por qué? Porque ese prójimo ha expuesto su vida por prestarme un servicio.... Como si todos los días no arrostrara mayores peligros... Si le doy cincuenta pesetas, queda más que recompensado.
—¡Nos hemos salvado! —gritó el pescador.
—¡Cincuenta pesetas! ¡Diez duros! ¡Doscientos reales! ¡Sería el colmo de la generosidad! —pensó el avaro—. ¿Y todo por qué? Por el barcaje. El precio corriente son cinco céntimos: si doy diez, pago el doble de lo que debo; pero ¿vamos a cuentas? La obligación del barquero era dejarme sano y salvo en la orilla opuesta. Por su torpeza he caído al agua. Mis vestidos se han deteriorado y he perdido tiempo. No, no, nada le debo... Ni siquiera agradecimiento... Más bien él me debe una indemnización. Yo soy acreedor, él deudor.
* * *
La barca choca con la compuerta del canal, a medio cerrar, y caen los náufragos otra vez al agua. El barquero, buen nadador, conoce el río en aquel paraje, y puede fácilmente ponerse en salvo; mas Samuel, a quien los años debilitaran las fuerzas, se va al fondo, agitando los brazos con la desesperación del que lucha entre la vida y la muerte. Ya la cree inevitable, pero tropieza con un peñasco, y poniéndose sobre él de puntillas, queda con el agua al cuello.
—¡Socorro! —grita con lastimeras voces—. ¡Socorro! ¡Socorro!... ¡Ampárame, Virgen Santa del Monte, que yo daré cuanto tengo, cuanto poseo, a la persona que me salve, y alumbraré con cien luces tu venerada imagen!
Y sus gritos desgarradores se pierden y confunden en medio del incesante y estrepitoso golpear del agua, que rebosa del dique, y cae, y rueda, y se despeña formando bullidoras cascadas.
De pronto, Rodríguez divisa una sombra confusa que, flotando sobre la superficie del río, se acerca lentamente. Quiere abalanzarse a ella, es su salvación sin duda, y perdiendo pie, cae arrollado al fondo.
El barquero conduce al molino el cuerpo exánime del avaro, y lo coloca junto al hogar, donde chisporrotea el nudoso tronco de una encina.
A los rojizos y vacilantes resplandores que despide la hoguera, el pescador, fijos los ojos en los cerrados párpados del usurero, las manos cogidas en las suyas, el oído atento y el ánimo confuso y suspenso, aguarda con viva solicitud que aquel dé señales de vida mientras que el molinero y su familia rodean a ambos. De pronto abre Samuel los ojos, mira al que cree su salvador, aparta la diestra, y llevándosela al seno, tienta el escondido tesoro, lo aprieta convulso contra su pecho, se convence de que está allí, intacto y oculto, y lanza un suspiro.
Quiere hablar y no puede, e iluminándose poco a poco su memoria como si despertase de profundo sueño, recuerda sus últimos ofrecimientos, y comienza a razonar así:
—¿He de dar cuanto tengo, cuanto poseo? ¡No, no, en mi vida! Lo he jurado... ¿pero sabía acaso lo que juraba en aquel trance mortal? Debo, sin embargo, gratitud a ese hombre. Ciertamente y le recompensaré con esplendidez. Le regalaré un billete, sí, un billete... ¿pero de cuánto?... ¿De mil pesetas?... ¡Locura sería!... ¡Jamás ha visto ese infeliz tanto dinero! ¡No sabría en qué emplearlo! ¿De quinientas?... ¡Tal vez sería su perdición! ¿De doscientas cincuenta?... Para que lo gaste en la taberna... ¿De cien? Todavía me parece mucho... ¿De cincuenta? No deja de ser una gruesa suma, diez monedas de cinco pesetas: cinco mil céntimos de peseta... ¿De veinticinco entonces?... No habrá más remedio. Dije un billete: cumpliré mi promesa... ¿Por qué no emite el Banco billetes de una peseta?...
—De buena te has librado, buen hombre —dice el pescador al advertir que Samuel recobra el conocimiento.
—Gracias —contesta el usurero.
—Hice cuanto pude para salvarte —prosigue aquel—; pero no me permitían verte ni oírte la oscuridad y el ruido del agua, y a no ser por el perro que te sacó de ella, no podrías contarlo.
—¡Un perro!
—Sí, un perro de Terranova que anda perdido por esta ribera.
Y Rodríguez respira, se considera libre de toda deuda para con los hombres, y pensando en el perro, exclama:
—¡Generoso animal, corresponderé con largueza a tu noble acción! Yo te recojo, amparo y protejo. Durante el día gozarás a tus anchas del bien inapreciable de la libertad, para que tengas ocasión de buscar el natural sustento, y por las noches guardarás mi huerta.
* * *
Poco tiempo después, de vuelta a su casa, repuesto del pasado accidente, satisfecho de haber salido de él con el bolsillo intacto, pasaba el avaro las noches en vela acometido de terrible pensamiento: había hecho voto de poner cien luces a la Virgen del Monte, cuya milagrosa efigie se venera en una ermita; pero el cerero no quería vender menos de a real las velas más pequeñas.
—¡Cien reales en cera! —exclamaba Rodríguez—. ¡Qué despilfarro!... ¡pero no hay más remedio! ¿Por qué no ofrecí cien salves o cien padrenuestros, aunque hubiesen sido cien rosarios?...
Al levantarse cada mañana, después de prolongado insomnio, se proponía comprar las velas; pero pudiendo más su sórdida avaricia que la piadosa obligación, en cuanto divisaba la casa del cerero, retrocedía espantado a la suya.
Y pasaban días y días y no descansaba un punto, poniendo en tortura su entendimiento a fin de encontrar una razón que le permitiese eludir su ofrenda; pero ninguna de las argucias que le sugería el deseo era bastante poderosa para convencerle, a pesar de la buena voluntad y egoísta complacencia con que buscaba el propio engaño.
Al cabo creyó descubrir el medio de aquietar su conciencia a poca costa, y tuvo un arranque de generosidad.
Compró una caja de cerillas y las dedicó a la Virgen.
Diariamente, aprovechando la ausencia de los fieles, encendía una ante la sagrada imagen.
Consumida la centésima cerilla, guardó la caja. ¿Había de perder el cartón?
Y aun se acusaba a sí propio de derrochador.
¡Desperdició los cabos de las cerillas! Con ellos, apurándolos menos, y unas ruedecitas de cartón, hubiera podido hacer cien mariposas de lamparilla.
CUATRO SIGLOS DE BUEN GOBIERNO
CUENTO DE LA EDAD MODERNA
I
El príncipe don Juan, único hijo varón de los Reyes Católicos, bajó al sepulcro el 4 de octubre de 1497, y su hermana mayor, Doña Isabel, reina de Portugal, sucediole en el derecho de heredar el trono de Castilla, según las leyes de este reino; lo cual no impidió que Felipe _el Hermoso_, casado con Doña Juana, hija segunda de aquellos monarcas, reclamara para sí y para su esposa el título de Príncipes de Asturias.
Los soberanos españoles apresuráronse a protestar contra tan injustificada pretensión, y resueltos a destruirla por completo, llamaron a sus hijos, los de Portugal, y en 29 de abril de 1498 hicieron reconocer y jurar por las Cortes, reunidas en Toledo, a Doña Isabel, esposa del rey don Manuel, por sucesora legítima de la corona de Castilla; mientras don Fernando convocaba, para el 2 de junio del mismo año, las Cortes aragonesas, a fin de que estas, por la parte referente a aquel reino, tomaran el mismo acuerdo.
Graves dificultades opusieron las de Zaragoza a los deseos de la familia Real, que de propósito había ido a dicha ciudad, pues la mayor parte de los representantes, invocando las leyes de Aragón, a pesar de ejemplos contrarios, profesaban el principio de que las hembras eran excluidas en la sucesión del trono. Después de prolija controversia, decidiose diferir la resolución hasta que ocurriese el alumbramiento de la hija mayor de los Reyes, que se hallaba encinta; con objeto, en el caso de nacer un niño, de proclamar a este por heredero de la corona, en virtud de la disposición testamentaria de don Juan II, según la cual a falta de hijos varones se reconocía el derecho de sucesión a los descendientes varones de las hijas del monarca.
Conciliados sobre este punto los opuestos pareceres, no suscitó oposición alguna el reconocimiento del príncipe don Miguel, a quien dio a luz, a costa de su vida, la virtuosa princesa Doña Isabel el 23 de agosto de 1498, en la misma ciudad de Zaragoza. Los cuatro brazos del reino de Aragón, reunidos el 22 de septiembre, confirmaron su acuerdo con la jura solemne del tierno nieto de los Reyes Católicos o hijo primogénito de los de Portugal.
En los primeros días del siguiente año, las Cortes de Castilla, congregadas en Ocaña, y en 17 de marzo las de Portugal en Lisboa, declararon a don Miguel legítimo heredero de los respectivos reinos.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Don Miguel I[4] fue proclamado rey de Castilla en 1504, por muerte de Doña Isabel _la Católica_; de Aragón en 1516, al expirar don Fernando, y de Portugal, en 1521, en cuya época ocurrió el fallecimiento de don Manuel _el Grande_.
[4] El príncipe don Miguel, a quien hace reinar el autor de esta pseudohistoria, murió en Granada el día 20 de julio de 1500, a la temprana edad de dos años, por desgracia de España, que cifraba en aquel niño las más halagüeñas esperanzas.
Frisaba con los veinticuatro años el ilustre nieto de los Reyes Católicos, cuando juntó las coronas de Castilla, Aragón, Portugal y Navarra, en la Península, y fuera de ella, las de Nápoles y Sicilia; con las colonias de las Indias Orientales y Occidentales, que a la sazón acrecentaban con pasmosa rapidez los navegantes españoles y portugueses.
Era don Miguel un monarca de ánimo esforzado, de actividad incansable y de reflexivo y cultivado entendimiento. De su abuelo don Fernando heredó aquella sagacidad y diplomacia que hicieron de él uno de los más hábiles políticos de su tiempo; de su abuela, la Reina Católica, los generosos impulsos y la tenaz perseverancia que dieron un mundo a España y completaron la obra de la Reconquista; de su madre la piadosa Doña Isabel, los más puros sentimientos religiosos, aunque ajenos de superstición y fanatismo, y por fin, de su padre el rey don Manuel, aquel incesante deseo y noble ardimiento con que protegía y estimulaba las atrevidas empresas encaminadas a coronar la obra iniciada en Occidente por el genio portentoso de Cristóbal Colón, y en Oriente por la constancia indomable de Vasco de Gama.
Mas sobre tan relevantes cualidades descollaban en el joven soberano otras superiores a ellas, en una época en que las tendencias de un orden sentimental ahogaban la voz de la razón y de la conveniencia, y eran el sentido práctico, el claro y recto juicio y el espíritu eminentemente utilitario que presidían a todos los actos de su política.
Abatida la grandeza turbulenta en el anterior reinado; reducidos a la impotencia aquellos soberbios magnates que ultrajaban la majestad del solio; respetado en todas partes el poder Real; reformadas las órdenes religiosas, merced al cristiano celo de Isabel, secundado por la austera energía de Cisneros, que durante la menor edad del Rey intervino en la gobernación de Castilla; organizada la Santa Hermandad, milicia creada para la defensa del orden social, que convirtiose en vigoroso campeón del trono contra las demasías de la nobleza, el gran rey don Miguel comprendió que el reposo, la prosperidad y la ventura de su dilatada monarquía estribaban en el respeto de las venerandas instituciones populares y en el paulatino desenvolvimiento de estas, unidas en estrecho o indisoluble vínculo con la Corona.
Era al propio tiempo forzoso dar cierta unidad a aquellos Estados peninsulares, que discrepaban entre sí por sus leyes, usos, costumbres, y hasta por su lengua, y al efecto, con prudentes medidas, sin lastimar las preocupaciones locales, fue preparando el camino del sistema que alcanza tan alto grado de perfección en nuestros días, gracias al unánime concurso del cuerpo electoral, al desinterés de los representantes del país, y a la sinceridad y rectitud de los gobiernos: lógica consecuencia de los progresos de las costumbres políticas, después de tantos siglos, sin solución de continuidad, de un régimen encarnado en el espíritu de la nación ibérica.
En medio del caos en que estaban sumidas entonces las ciencias económicas, dio don Miguel un raro ejemplo de previsión, facilitando el libre tráfico entre todos los reinos europeos sometidos a su cetro, haciendo extensivos a los puertos de los mismos el privilegio, de que disfrutaban Sevilla y Lisboa, de contratar con las Indias, y por fin, autorizando, aunque con algunas restricciones, el comercio exterior. Si bien rindiendo tributo a las ideas proteccionistas de la época, o acaso impulsado por un móvil de alta política, prohibió en absoluto toda comunicación entre las colonias y los puertos extranjeros, permitió, en cambio, la extracción del oro y de la plata de la Metrópoli; metales que, abundando con exceso desde el descubrimiento del Nuevo Mundo, encarecían las mercancías y la mano de obra. Los resultados de esta sabia medida fueron tan inmediatos como eficaces: derramándose el numerario sobrante por Europa, abrió vastísimo mercado a las transacciones, acrecentose en extremo con los retornos la riqueza pública, y restableciose el perdido equilibrio de la balanza mercantil, librándose la nación de verse pobre en medio de la superabundancia de aquellos metales preciosos estancados.
La supresión de las trabas impuestas al comercio colonial, y la concesión a todos los puertos de la Monarquía, de las franquicias que gozaban solo Sevilla y Lisboa, contribuyeron en gran parte al afianzamiento de la unidad nacional; porque eran tan pingües los beneficios que reportaba el tráfico con los países ultramarinos a la industria y a la agricultura, que los diferentes reinos quedaron ligados entre sí en inquebrantable lazo por el derecho recíproco, la utilitaria conveniencia y la asociación de intereses materiales: vínculos más estrechos y poderosos que los creados por las combinaciones políticas, el espíritu regional o la fuerza de las armas.
Además, con esta reforma acelerose el desarrollo y la prosperidad de las colonias, porque la emulación y la competencia, que nacieron al amparo del libre comercio, confirmaron pronto la bondad de una ley económica revelada palpablemente por la experiencia.
Tal fue en resumen la política interior del rey don Miguel.
En cuanto a la exterior, tuvo por constante objetivo los altos intereses del cristianismo y de la civilización, la defensa de la unidad nacional, el bienestar de sus súbditos y la seguridad del tráfico. Atento sobre todo a la situación geográfica de la Península, que constituía el núcleo de sus vastos dominios; con sobradas tierras, en los extremos Oriente y Occidente, por colonizar: con un enemigo en la costa opuesta del Mediterráneo a quien someter, comprendió que Iberia debía vivir, en lo posible, alejada de toda injerencia en el resto de Europa, prescindiendo de aquellos derechos señoriales que no afectasen de un modo directo al porvenir de la patria. Así es que no mostró empeño en conservar el reino de Nápoles, eterna causa de discordias con Francia, seguro de que la posesión de aquel territorio pudiérale distraer de empresas más provechosas. En cambio retuvo y fortificó a Sicilia, que por su carácter insular era más fácil poner a cubierto de los ataques enemigos, y que por su posición estratégica constituía uno de los fuertes destacados para proseguir la guerra contra el islamismo.
Vencer a este y conquistar aquellos países, separados de España por un brazo de mar, fue el propósito de toda su existencia, y a esta política, con perseverancia seguida en los siglos posteriores, débese la formación del grande estado ibero-africano, que tiene por linderos, al Norte, el Garona; al Sur, el Atlas, y al Este, el desierto de la Libia.
Para el logro de tan altos fines, y sobre todo para la defensa de las apartadas colonias, dedicose, con particular predilección, al fomento de la armada y a la creación de ejércitos permanentes, obra patriótica que con el mismo ardor continuaron sus sucesores, y así, ni los venecianos y turcos primero, ni los holandeses e ingleses después, pudieron hacer frente al poder marítimo de Iberia, la cual consiguió de esta suerte, no solo dar feliz remate a la obra de la conquista de África, sino también salvar de la rapacidad extranjera las dilatadas colonias de la América del Sur, y sobre todo, el rico imperio indostánico, donde los portugueses habían fundado las primeras factorías.
Sobre tales cimientos asentada la política de la nación; sinceramente unida la dinastía tradicional con las instituciones populares; hermanado el trono con las libertades públicas, que el espíritu de los tiempos ha venido perfeccionando sin revoluciones ni violencias; inspirados los altos poderes en los grandes intereses del país; seguida sin interrupción, en el espacio de cuatro siglos, la senda trazada por don Miguel I, ¿debe sorprendernos acaso que Iberia, a pesar de sus vicisitudes, de sus crisis y de los grandes conflictos surgidos en Europa y América, sea todavía la primera potencia del mundo?
Aquel gran Monarca, imitando a sus ilustres abuelos los Reyes Católicos, no tuvo residencia fija en ninguna de las ciudades de la Península; pero en el reinado siguiente tratose de designar la capital definitiva de la Monarquía. Era este punto motivo de rivalidades y de discordias entre varias poblaciones de los antiguos reinos, y el Soberano no quiso tomar resolución alguna sin el concurso de las Cortes. Con este motivo convocó por primera vez, en un solo Cuerpo, las de los diferentes reinos, dando además voto a las ciudades y pueblos importantes que carecían de él. Esta novedad, recibida con universal beneplácito, fue un gran paso hacia el perfeccionamiento del sistema parlamentario.
Congregáronse las Cortes en Toledo, y después de animados debates prevaleció el dictamen de la conveniencia pública, sustentado especialmente por los procuradores de los pueblos que por primera vez hacían uso del derecho de representación.
Toledo fue declarada capital de Iberia.
Las Cortes, no obstante, al proponer al Rey esta medida, le suplicaron encarecidamente que visitase con mucha frecuencia las grandes poblaciones de los antiguos reinos, para ver de cerca sus necesidades.
Situada Toledo en la margen de un río caudaloso, en el centro de la Península, con una extensa vega, numeroso vecindario, florecientes industrias y activo comercio, abundante de buenos materiales de construcción, próxima al delicioso sitio de Aranjuez, llena de monumentos que atestiguaban sus antiguas glorias, y residencia del primado de España, parecía el punto destinado a ser el corazón de una gran potencia.