Part 11
—Si no fueses tan caviloso y pusilánime —le contestó don Frutos—, mi opinión sería que adquirieses papel del Estado, y hasta que doblases la renta por medio del sistema de las pignoraciones o haciendo alguna jugadita de Bolsa; pero para esto se necesita corazón, o por lo menos, desconocimiento del peligro. Como careces de estas circunstancias, y además deseas ante todo la tranquilidad y no te ciega la ambición, creo que lo menos malo que puedes hacer es fincarte en Madrid. Los terrenos del Ensanche ganan de día en día; compra un solar, labra una casita económica y resérvate un cuartito a tu gusto, y así tú y la familia tendréis albergue y una renta, aunque modestísima, suficiente a vuestras limitadas necesidades, sin veros obligados a acudir al préstamo o a mermar el capital, para atender a las exigencias de la vida.
El consejo sedujo a don Santiago. ¡Qué feliz iba a ser con su casita! ¡Haría los planos a su gusto, y dirigiría las obras! ¡Nada de contratistas! ¡Todo por administración! ¡A él no le engañaba nadie! ¡Mucha economía y al mismo tiempo perfecta solidez! En los cimientos emplearíanse el pedernal de Vicálvaro, el mejor ladrillo santo y buen mortero: todo a fuerza de pisón. Después se asentaría la fábrica de ladrillo recocho, muy cocido, hasta enrasar con la calle. En la fachada dos hiladas de granito de Colmenar, y ladrillo fino y prensado en el paramento para evitar así los gastos de revoque. ¡Será una fachada _irrevocable_! —decía el extendero—. En las crujías y medianerías, entramados de excelente madera de Cuenca, tabicados de ladrillo pintón. Nada de cascote en las medianerías: esto ya no se usa. Los pisos habían de ser de hierro en la planta baja, pintados de minio, a prueba de humedades, y de bovedilla, con entarimado. Los demás, de viguetas de madera de Cuenca, forjados y solados con baldosín fino de Ariza. ¿Y la distribución de la casa? Ya la tenía trazada en su imaginación el futuro casero, antes de conocer la figura geométrica del solar.
Hechas estas prevenciones, aunque hombre de suyo prudente y reflexivo, adquirió a diez reales el pie el primer terreno que le ofrecieron en el barrio de Salamanca: tal le apretaba el deseo de verse propietario. Era un solar situado en una de esas calles sin servicios municipales, que no figuran más que en los planos; solo medía cuatro mil pies cuadrados, y sobre él levantó don Santiago el suntuoso alcázar de sus ilusiones.
Pero pronto comenzaron estas a desvanecerse.
El novel propietario vio defraudados sus inexpertos cálculos sobre la construcción de la obra, y no tuvo en cuenta la paternal solicitud que el Estado y el Ayuntamiento de Madrid dispensan a los que, si bien movidos por un interés particular, contribuyen al aumento de la riqueza imponible, proporcionando vida a muchas industrias, el pan a numerosos obreros, la higiene a la población y comodidad a sus habitantes.
¡Qué de gabelas sin fin desde la compra del solar hasta que la finca está en condiciones de reportar productos! ¡Papel sellado, derechos de transmisión de dominio, tira de cuerdas, licencias de edificación, de valla y de acometida a la alcantarilla, arbitrio sobre materiales de construcción, permiso para alquilar y timbre de contratos y recibos! ¡Y esto prescindiendo de otros gastos naturales, como el notario y registrador de la propiedad!
—¡Pero hombre, —exclamaba don Santiago, hablando con don Frutos—: el Estado y el Ayuntamiento me saquean cuando yo no gano todavía nada!
—No te quejes —contestaba el diputado concejal—. El Estado y el Ayuntamiento son previsores: si te imponen estos gravámenes en la construcción de la casa, en cambio te eximirán del pago de la contribución durante el primer año.
—Sí; pero mi capital no produce interés durante los dos años de las obras.
—No hay más remedio —replicaba don Frutos—, es preciso vigorizar la Hacienda pública. ¿Cómo se satisfacen si no las crecientes atenciones municipales, y las enormes obligaciones del Estado? Hay que buscar el dinero donde se encuentra de una manera manifiesta y tangible, donde no pueda escapar a los ojos del fisco, como por ejemplo, en la propiedad y en la industria, y prescindir de ciertas teorías sobre la equidad en el reparto de los impuestos, muy buenas sin duda para leídas, pero sin resultado en el terreno de la experiencia, mayormente en este desdichado país donde no existe el sentido moral por parte del contribuyente en sus relaciones con la Administración.
—¡Pero no te parece a ti que sería mejor que esta comenzase dando el ejemplo, mostrándose justa, equitativa y paternal para con los administrados!
* * *
Durante el verano de 1873 quedó completamente terminada la casa de don Santiago, quien se trasladó a ella, ocupando la más modesta de sus habitaciones, en compañía de un hijo, la esposa de este, tres sobrinos (que constituían toda la familia), y una criada.
La obra, a pesar de que fue preciso renunciar a las vigas de hierro, a la madera nueva de Cuenca y al ladrillo fino, y sustituir las primeras con materiales procedentes de derribos, importó noventa mil pesetas, que unidas a las diez mil del solar, hicieron ascender el valor de la casa a cien mil pesetas.
El producto neto de la renta anual, calculada al principio en cinco mil quinientas pesetas, quedó reducido a cuatro mil quinientas.
* * *
A los seis años bajó al sepulcro el extendero, víctima de la tisis, azote de su familia, y en el espacio de catorce fueron heredando sucesivamente la finca, el hijo, la nuera, los tres sobrinos y la criada.
Poco ha que falleció esta, habiendo testado en favor de su alma.
Don Frutos, constante amigo de la casa y habitual concurrente a ella, fue el paño de lágrimas de todos, desempeñando en las diversas testamentarías las funciones de albacea y llevando su generosidad hasta el punto de prestar a módico interés las cantidades que devengó la Hacienda por diferentes conceptos.
Al proceder a la liquidación general para saldar su cuenta, resultó que don Frutos había entregado al fisco las siguientes cantidades:
Derechos reales por la compra del solar, que costó 10.000 pesetas (3 por 100) 300 Transmisiones de dominio de la casa, tasada en 100.000 pesetas: Al heredar el hijo (1 por 100) 1.000 Idem la esposa de este (3 por 100) 3.000 Idem el hermano de la anterior, que era además sobrina de don Santiago (4 por 100) 4.000 Idem un sobrino carnal del último testador (5 por 100) 5.000 Idem un primo hermano del precedente (6 por 100) 6.000 Idem la criada (9 por 100, entre extraños) 9.000 Idem el alma de la criada (8 por 100, según la ley de 5 de agosto de 1893) 8.000
_Total._ 36.300
Además el 1½ de premio de liquidación de las diferentes transmisiones (que percibe el Estado en las capitales de provincia) 544
_Total por derechos reales._ 36.844
Contribución territorial, con el gravamen correspondiente y el recargo del Ensanche, durante el tiempo que don Santiago y su familia disfrutaron de la casa 24.096
_Total devengado por la Hacienda._ 60.940
Agregando a esta cifra los arbitrios municipales que afectan directamente a la propiedad, don Frutos dedujo que el Estado y el Municipio consumieron en el espacio de veinte años dos terceras partes del valor de la finca.
* * *
Proudhon pedía solo para el Estado la sexta parte de los alquileres y arrendamientos (sesión de la Asamblea Constituyente francesa de 31 de Julio de 1848); pero don Frutos deja muy atrás al padre de la anarquía contemporánea al votar todos los años los presupuestos en las Cortes y en el Ayuntamiento de Madrid. A semejanza del personaje de Molière, que hablaba en prosa, sin saberlo, todavía ignora que el deseo de dar pasto a la voracidad insaciable de la Hacienda, le ha convertido en entusiasta campeón del socialismo de Estado.
En las discusiones políticas, empero, se revuelve airado contra los enemigos del orden social, que amenazan destruir la libertad individual, la propiedad, la familia, el santuario de las conciencias y la paz de los espíritus.
* * *
La casa que edificó don Santiago fue puesta a subasta por el juzgado. A falta de postores, don Frutos tuvo que resignarse a ser propietario, para reintegrarse así de las cantidades por él anticipadas y los intereses correspondientes.
De la familia del modesto industrial de la calle del Lobo (hoy Echegaray), ni siquiera queda el recuerdo. El microbio de la tisis acabó con aquella, y el monstruo del Estado, después de devorar el modesto patrimonio, adquirido a costa de tantos trabajos y privaciones, hasta se ensañó con el alma de la criada.
EL FIN DE BARCELONA
Gozaba el Dr. Puff fama universal por sus profundos conocimientos geológicos, meteorológicos y astronómicos, y nadie le aventajó en la ciencia de predecir los trastornos de la naturaleza. Era el verdadero Zaragozano de la lluvia y del buen tiempo, y el único Zaragozano para profetizar los fenómenos sísmicos y las erupciones volcánicas.
El terremoto de Krakatoa, que sepultó en el mar una parte de aquella isla, causa de tantas muertes, males y ruinas y objeto general de conmiseración y espanto, era considerado por el eminente sabio como el primero de sus triunfos, pues él y solo él, a despecho de la incredulidad de las academias y de la indiferencia del público, pronosticó y hasta consiguió fijar con precisión matemática el día, la hora, el minuto y el lugar de la catástrofe.
Desde entonces, la autoridad y el prestigio del Dr. Puff fueron indiscutibles: había descubierto el secreto de las sacudidas geogénicas, las leyes a que obedecen y las causas que en determinadas circunstancias las producen.
Consagrado única y exclusivamente a la ciencia por él creada, ajeno a las pompas y vanidades del mundo, recluido en su observatorio, en medio de las asperezas y soledades de Monte Gray en los Estados Unidos, atento solo al bien de sus semejantes, no se daba punto de reposo en sus difíciles e intrincados cálculos para anunciar con exactitud los terremotos y poner así a cubierto de todo riesgo las vidas de innumerables seres humanos.
Una noche, después de largo y laborioso estudio, invertido principalmente en una serie inacabable de operaciones aritméticas y algebraicas, extendió sobre la mesa de su despacho una gran carta de la cuenca del Mediterráneo, midió con el compás algunas distancias, y fijándose de pronto en un punto que correspondía al meridiano de Barcelona, a tres millas al Sur de aquel puerto, exclamó dándose una palmada en la frente:
—¡No hay duda, aquí va a ser! ¡Pobre ciudad! ¡Infelices habitantes! Pero yo puedo salvarlos... es mi deber profesional... corramos... aún es tiempo...
Y en el acto se puso delante del aparato telefónico, levantó los auriculares, oprimió el botón, sonó el timbre, pidió comunicación con el periódico _El Heraldo_, de Nueva York, y gritó:
—¡Heraldo! ¡Heraldo! Anuncie usted para mañana viernes, a la una y seis minutos de la tarde, un espantoso temblor de tierra en la costa de Cataluña. Máximum de intensidad: en el mar a tres millas al Sur de Barcelona. — Duración: seis segundos. — Como en la catástrofe del Callao de 1746, una ola, cuya altura no ha de bajar de veintisiete metros, invadirá momentáneamente la población, arrasándola toda. Los pueblos del litoral, desde Blanes a Tarragona, están amenazados. ¡Que se pongan en salvo sus habitantes!
El _Heraldo_ de Nueva York publicó el viernes por la mañana este _telefonema_, el cual fue reexpedido por telégrafo a Europa, pudiendo aparecer en todos los periódicos del antiguo mundo el mismo día, gracias a la diferencia de meridiano.
¿Cuál no sería el estupor de los habitantes de Barcelona al leer esta noticia en la sección telegráfica de los diarios locales? Tomáronla algunos a broma, dudaron otros; pero los más dieron crédito al pronóstico, porque recordaban la profecía de San Vicente Ferrer, y por la autoridad inconcusa de que disfrutaba sobre la redondez de la tierra el eminente sabio americano, desde que los resultados experimentales elevaron la ciencia por él descubierta a la categoría de infalible.
Al estupor, primer impulso de resistencia que oponemos a la sorpresa, sucedió el pánico, el terrible pánico que se manifiesta de pronto en los espíritus débiles, hace vacilar los fuertes, y perturbando la razón, cunde y se propaga por todas partes con la rapidez del rayo.
Eran las diez de la mañana, y la pluma se resiste a describir el conmovedor o imponente espectáculo que ofrecía la ciudad condal.
Confusa, revuelta y varia multitud de gentes a las cuales el común peligro contagiaba el espanto, corría desolada y despavorida buscando en los vecinos montes momentáneo refugio a la próxima o inevitable catástrofe.
Aquí una madre, indiferente al propio y general peligro y solo atenta a la salvación del tierno fruto de sus entrañas, lo apretaba en sus brazos y huía jadeante a todo el correr de sus débiles fuerzas. Allí un enfermo demacrado, a quien se las prestaba el supremo instinto de conservación, pugnaba con vacilante paso por seguir a la muchedumbre fugitiva. Más allá un fuerte mancebo cargaba sobre sus robustos hombros el cuerpo inerte de decrépito y paralítico anciano, y con la pesada carga se esforzaba en vano en aligerar los pies. Un viejo devorado por la avaricia se encerraba en su casa atrancando la puerta, resuelto a perder la vida antes que abandonar el escondido tesoro; que a tales aberraciones conduce la senil pasión de la riqueza. En la puerta de un cuartel permanecía firme en su puesto el centinela, más temeroso de la ordenanza que de la muerte. Numerosas personas, juzgándola inevitable, caían de rodillas en mitad de la calle, y elevando sus suplicantes ojos al cielo imploraban su postrer auxilio. Acudían otras presurosas a los templos buscando bajo sus sagradas bóvedas el supremo refugio de la esperanza. Atronaban el espacio los gritos de desesperación lanzados por millares de mujeres, en tanto que los hombres, silenciosos y cabizbajos, pretendían inútilmente oponer la viril energía a las ruidosas expansiones del dolor. Las autoridades, sorprendidas por el inesperado suceso, cruzábanse de brazos luchando con la perplejidad y la impotencia. A toda prisa los buques zarpaban en el puerto haciendo rumbo a alta mar, porque, a semejanza de lo que sucedió en el Callao, corrían peligro de ser arrojados por la enorme ola a dos o tres kilómetros tierra adentro. Desordenadas masas atropellábanse en agitado remolino para tomar al asalto trenes, tranvías, ómnibus y cuantos medios de transporte facilitasen la fuga. Por todas partes movimiento, confusión, desenfreno, voces ensordecedoras, la lucha brutal y egoísta por la existencia y el paroxismo de la locura del pánico.
A la una de la tarde la mayoría de los habitantes de Barcelona y de su llano coronaban los montes que, formando grandioso anfiteatro, lo circundan, ciñen y rodean desde Montjuich hasta Moncada.
Faltaban cinco minutos; se acercaba el momento supremo; los corazones latían con violencia; los ojos, como fascinados por el mar, fijábanse en su tersa y tranquila superficie, sobre la cual rielaban los brillantes rayos del sol, y profundo, imponente y aterrador silencio reinaba en medio de la atónita y suspensa muchedumbre.
Era un hermoso y espléndido día de primavera. Ni una nube en el transparente y claro azul del cielo, ni un soplo de aire moviendo blandamente las hojas de los árboles. Todo reposo y calma en la apacible e indiferente naturaleza; todo zozobra, inquietud y miedo en los atribulados espíritus.
Mas cuando la aterrada multitud esperaba sentir de pronto temblar el suelo y conmoverse el firmamento; oír el formidable estampido del trueno en el abismo, y el prolongado fragor de edificios que repentinamente vacilan sobre sus cimientos, se desploman, caen y derrumban; y ver la tierra convertida en trágico teatro de desolación y ruina, y el mar, rompiendo sus naturales lindes, envolver, sumergir y arrasar con el flujo y reflujo de sus turbulentas olas la gran ciudad, orgullo de sus hijos, gloria de España y admiración del mundo, estremecieron el aire voces infantiles, que en diversos puntos sin cesar gritaban:
«¡_El Extraordinario_, con el último parte del doctor Puff!»
La gente arrebataba de manos de los vendedores el delgado papel, y leía el siguiente despacho telegráfico:
«Observatorio de Monte Gray, 4 mañana. (Debe tenerse en cuenta la diferencia de meridiano.) — He pasado la noche rectificando mis cálculos. — La catástrofe de Barcelona es, por desgracia, segura; pero, por error de suma, anticipé la fecha cien mil años. — _Puff._»
ÍNDICE
PÁGINAS
Del Cielo a España. 7
Un diálogo en el espacio. 53
La caja de cerillas. 61
Cuatro siglos de buen gobierno. 75
La taza de leche. 105
El Padre Carmelo. 123
El triunfo de la Igualdad. 129
El hombre único. 143
Lo presente juzgado por lo porvenir. 157
Un viaje a la República Argentina. 169
La Verdad desnuda. 187
La locura del anarquismo. 195
Las tijeras. 211
En el planeta Marte. 217
El dragón de Montesa, o los rectos juicios de la posteridad. 231
El Monstruo. 245
El fin de Barcelona. 255