Cuentos Estrambóticos

Chapter 6

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Ahí estaban... Cual desprendidas estatuas de una galería fantasmagórica, sus siluetas paseaban por las calles apenas iluminadas con aquellas extrañas luces de níquel. De sus ojos brotaban esplendores maléficos nunca antes vistos por sus ingenuos y antiguos dueños; como expectantes de algo desconocido; de un deseo aguardado en la inconsciencia de momentos presentidos entre las antiguas voces de sus instintos. Sin cruzarse, de acera a acera, se desplazaban en un ir y venir de boomerang, sedientos de un agua que a punto estaba de emerger, aunque sus hocicos no sabían con precisión cuándo. El último tirano, aunque siempre se había fingido espumeante de bondad, se hallaba a punto de salir de los restos del único subterráneo antiatómico que quedaba. En ese momento, la nueva estirpe se levantaría triunfante como eslabón encontrado. Sus cuatro patas dejarían de ser rastreras para elevarse como fortalezas bípedas y aprovechar lo que los desaparecidos monos pelones habían dilapidado. Cuando lo vieron emerger tambaleante por la ceguera de las radiaciones, ladraron y aullaron recordando los pretéritos tiempos de sus nostalgias de luna; ladraron y aullaron con tal fuerza que los postes iluminados se estremecieron y los árboles recogieron sus ramas temerosos y asqueados del veneno de sus demarcadores regadíos. Entonces fue cuando, venciendo timideces aparentes, se lanzaron hacia él, el último poderoso de una raza en extinción, debilitada por el morbo y la molicie. Destronada por la droga y la ambición. Había que llegar a él primero, antes que otros oportunistas les arrebataran el sueño de su eterna espera. Quien llegara antes, tendría la oportunidad de exterminarlo. Se hallaba tan desvalido, a pesar de sus falsas defensas, que cualquier animalucho lo acabaría. Ratas, gatos, cucarachas, arañas, zopilotes, hienas y otras especies afilaban sus intenciones de treparse al trono, pero se replegaban en sus ganas de dominarlo ante los colmillos furibundos de los perrunos que parecían defenderlo. Nadie más que estos habían esperado con tanta humillación el instante del derrumbe de los engreídos humanos. Se habían dejado domesticar, golpear, encadenar, con el propósito de estar cerca siempre de los dominadores para identificar sus zonas débiles. Los perros fueron desde antigua épocas, los iniciales descubridores de los gustos hedonistas y artificiosos de la humanidad. Ellos lo detectaron antes que los propios guardianes humanos. Por eso, en la hora del acabóse, a ellos les correspondía ser los primeros en recibir la herencia. La decisión natural del cambio de poderes estaba echada y no podían desairar tal oportunidad. Pelearían como perros por ascender. La silla presidencial aguardaba. Era obligado llegar... El mundo canino había esperado con tanta paciencia aquella ocasión, sin importarle noches y noches en vela, cuidando el sueño de su hipócrita mejor amigo, con el fin de ver realizada su conquista y erigirse sobre las demás bestias, que ya se consideraban los nuevos reyes de la creación. Las selecciones iban a ser ganadas por ellos. Eran los más elegibles. El voto de la naturaleza lo preveía. Para eso habían lamido la mano de su futuro destronado patrono. Debían con todas sus fuerzas aprovechar la ocasión y sobrepasar la velocidad de sus rivales adelantados. Por ello, nadie escapaba a la amenaza de sus fauces; mucho menos aquél único ejemplar homo sapiens sapiens que ahora aparecía indefenso ante tantos depredadores. Decepcionado por la traición de sus fieles custodios, pasmado los contemplaba aterrado. Sin embargo, lo intuía, eran los únicos que podrían conducirlo a través de los laberintos de aquella ciudad en tinieblas para ayudarlo a sobrevivir. Siempre habían sido Lazarillos perfectos. Él era el último hombre ciego sobre la faz de la tierra, uno nada más, y se sentía en la obligación de extender la estafeta de la elección a sus súbditos, ahora rivales. Si él no lo hacía, el dedo de la evolución giraría y quién sabe a quién señalaría como el nuevo rey de la creación. Por eso habían esperado tanto. El último de los humanos se encontraba a punto de caer en sus garras y no debían cometer errores. Desde hacía siglos fraguaban apoderarse del mundo, pero cuando no era la maldita rabia que los destruía, eran los automóviles que los destrozaban en las vías rápidas. Siempre la ignominia les había impedido realizar plenamente sus objetivos de conquista, a pesar de que a las mujeres les agradaban y a muchos hombres llenaban de amistad. Tanto habían logrado avanzar en la confianza de la humanidad que pusilánimes aceptaban castigos sin refunfuñar o caricias entre miradas de una aparente e inocente resignación. Un día sospecharon el acabóse humano y comenzaron a planificar cómo imponerse al hombre, al irresponsable hombre individualista, y casi ya lo habían conseguido. Como la humanidad se había venido destruyendo día tras día, devorada por las ambiciones, la egolatría y los estupefacientes hasta la gran explosión final que los llevó a la aniquilación, el instante del gran salto había llegado. Únicamente faltaba un humano para hacer desaparecer esta infame especie, uno solo... El último hombre sobre la faz de la tierra; Adán al revés se volvería Nada. Por eso aquella noche, aprovechando la oscuridad natural y la luz decadente, todos los perros del mundo aguardaban el momento. En su lucha por imperar tejían redes complicadas y las relacionaban para hacer caer a cada uno de los rivales que se acercaban. Moviendo la cola servilmente; brillando sus ojillos con una alegría no experimentada y abriendo sus hocicos, babeantes, aguardaban que ese a quien perseguían, les transpusiese el don. Y el hombre estaba tan confuso en la oscuridad de su eterna ceguera que al ver acercársele tantas sombras, sintió miedo, sin embargo al percibir los hocicos amistosos y las colas llenas de promesas, tomando seguridad de no sabía donde, les dio lo que pedían y se dejó llevar y llevar y llevar. Los perros ladraron y comenzaron a lamerlo primero, a mordisquearlo después con cierta tímida fuerza que al ir tomando confianza se convirtió en feroces mordidas. Él se lanzó a correr huyendo entre las calles semiluminadas hasta que no pudo más y cayó. Los perros se le abalanzaron y con furia sin límite continuaron devorándolo hasta que sólo dejaron despojos malolientes de lo que había sido el último estúpido ejemplar humano. Algunos disfrutaron aún de sus huesos... Los aullidos se extendieron por los aires y se unificaron con el quejido de los vientos. Eran aullidos de alegría, de una alegría nunca vista en la raza perruna. Brincaban y hacían piruetas. Al fin habían vencido al último humano. El imperio nuevo surgía y los perros, satisfechos de haber terminado con su víctima, se convertían en reyes...

LA ESFERA

¿De modo que no cree? Voy a demostrarle para que se convenza de que es cierto. Venga. Siéntese. ¿Está cómodo? Bueno... Prepárese. Mire fijamente a la esfera de cristal. Allí aparecerá dentro de unos momentos lo que yo quiero que vea. Pero mire bien. Allí... sí, allí... Mire cómo van surgiendo las escenas. Ya comienza. Observe entre las imágenes vaporosas que principian a surgir. Fíjese... fíjese bien... Será lo que vendrá dentro de pronto, aunque no quiera ni quieran... El destino final ha sido tejido entre las manos de los que se creen poderosos y ya la esfera lo ha computado. Vea por fin...el fin... Anticípese, por lo menos para durar un poco más... La guerra final ha comenzado. Escuche el ruido de los bombardeos y el rugido de los aviones que hieren la paz de las inmensidades etéreas. El humo que se desprende de las ciudades devastadas, emerge violento en fantasmagóricas visiones y ahoga a los combatientes en océanos de toses y de angustias. Las guerras anteriores sólo eran juegos... ensayos acaso en relación con la gran final. Oiga; sienta cómo se expanden los gemidos lastimeros de los moribundos... No se distinguen quienes los emiten porque todos amontonados forman masas revueltas de cuerpos anónimos, de rostros aterrados y carnes exangües... Ojos desorbitados, dedos alargados crispándose, bocas al máximo de sus estertores... Usted y los suyos por ahí deben andar aterrados... ¡Vea! Los espíritus más férreos y altaneros se doblegan. La sangre fluye en arroyos humíferos y no hay lugar por el cual no se extiendan sus charcos borboteantes. Las paredes de los gigantescos edificios se derrumban en hórridos estruendos. Las multitudes corren ahogadas en pánico, pero no alcanzan a escapar de las toneladas de vidrios, de tabiques y de fierros que los aplastan inmisericordes. ¡Mire bien! ¡Todo es soberbia destrucción! Cual si un orgullo criminal gozara viendo cómo se doblegan los insignificantes cuerpos de hombres y mujeres; de niños y ancianos; de negros, amarillos y rubios. No hay distingo ni compasión. Contemple cómo las calles se alfombran con cadáveres. No pierda ni un detalle de este energúmeno panorama. Después de todo, es un estupendo espectáculo real. Escuche el llanto de algún desconocido que suplica imposibles. ¡Escúchelo! ¡Berrea... en medio de la hecatombe! La ciudad, antes arrogante y altiva, con sus siluetas vanidosas de rascacielos, se incendia y sus edificaciones se precipitan como a propósito. Dígame si no lo ve con claridad. ¡La destrucción se extiende por todos lados! El mundo se hace ruinas, regresa al caos, sucumbe... Sucumbe en la búsqueda fracasada de un futuro ineluctable. ¿O no lo vislumbra en mi esfera? ¡Dígame si no! ¡Convénzase! ¿Aún no? Entonces mire más... La guerra danza en su apogeo. Pululan los cuerpos sin cabeza, los brazos destazados, los genitales sin dueño y los rostros que lanzan al aire miradas pánicas de máscaras sanguinolentas en pleno estertor. Manos desesperadas en desgarrante desamparo, en oleajes incontrolables de espigas convulsionadas, suplican piedad, pero sólo encuentran dolor... y lamentos... y ayes.... Piernas destrozadas por allí; ojos saltados de sus cráneos acá; torsos desflorados escurren sus tripas por doquier... Ninguna epopeya antigua puede igualar tanta crueldad y destrucción. Vea muy bien en la esfera. Allí se refleja todo lo que sucederá. Sé que aún no me cree. Mas... siga viendo y se sorprenderá de lo que el hombre ha creado. Esa máquina engreída y programada, orgullo de filósofos apresurados en declarar las falacias de su egoísmo glorificado. Contemple cómo el cielo se tiñe de púrpura y sobre la tierra se extiende la desolación y la muerte... La muerte que es otra forma de seguir la vida... Las armas atómicas, nucleares, químicas, de los robotes han triunfado. Escuche cómo gritan los valientes jefes a sus ejércitos acobardados que ya no quieren más lucha... porque saben la derrota de todos... nadie sobrevivirá. Ningún credo, ninguna ideología, ninguna presuntuosa raza. Escuche cómo desde sus búnkeres azuzan rabiosos a la carne de cañón con magnavoces premeditados, pero será inútil. Todo será arrasado: —¡Al combate, por la democracia! —¡Abajo comunistas ateos! —¡Qué muera la riqueza injusta! —¡Viva la religión! Matemos a los que no creen... —¡Destruyamos al capitalismo! —¡Destruyamos al comunismo! —¡Destruyamos al imperialismo! —¡Muera el socialismo! —¡Qué muera cualquier ismo! —¡Viva la libertad! —¡Y la paz...! ¿Se sorprende? ¿Los ha identificado entre el torbellino de hipócritas e ilusos! Nunca pensó siquiera que ellos... Como siempre se han encontrado escondidos fingiendo laboriosidad, decencia y progreso... Lo que está viendo no pueden negarlo sus ojos. ¡Mire! Los hombres se destruyen y mueren culpables e inocentes. Se aniquilan. Tal parece que la egolatría, la codicia, la barbarie, el odio, triunfarán. El mundo se está convirtiendo ya en un desierto... un desierto miserable y total. Ni mierda queda. ¡Fíjese bien! Antes que la imagen se vaya. No pierda detalle. Casi se borra todo. Ya nada se ve. Sólo el brillo interno de la esfera perdura. De ella nadie huye. Somos sus juguetes de lotería. La vida se encuentra prisionera en esta esfera. Por más que se intente, nadie escapará de tanta libertad encarcelada. A menos que... alguien como usted reorganice el caos desde fuera y ... Alguien tan ajeno que pueda lograrlo... pero si todos estamos dentro... ¿quién? ¿Ha visto? ¿Está convencido de mi arte? ¿No? ¿Que todo es ficción? ¿Mentira? ¿Ilusión óptica? ¿Engaño? ¿Truco? ¿Infantilada? ¿Tonterías? ¿Pamplinas? ¡Y me llama embustera! ¿Embustera yo que soy la maga de esta feria y pronto... ¡je...je...je..! No importa. Algún día... algún día dirá si no vio la verdad; por única vez, la verdad. ¡No! ¡No estoy loca! Ni crea que fracasé.¡De todos modos voy a convencerlo tarde o temprano! ¿Qué? ¿Se va? ¡No! No puede hacerlo. ¡Usted se quedará! Usted va a permanecer aquí. No tiene escapatoria. ¡Nadie! ¡Claro que sí! Voy a meterlo en la esfera para que no sea el ajeno que la destruya. ¿Lo duda? No se ría. No se ría... ¿Qué? ¡Espere! ¡No puede irse! ¡No puede irse! ¡No puede...! ¡Bah! ¡Se largó! ¡Cretino! No sabe que él ya está dentro de la esfera, como yo, como todos... Como todos los que nos suicidamos viniendo a este mundo a creernos humanos eternos... ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja!

Categoría:Obras de Antonio Domínguez Hidalgo Categoría:P1966 Categoría:Cuentos