Chapter 5
PEQUEÑAS NOTICIAS: “En la subasta mensual de automóviles, en vista de no haber aparecido el dueño y de que ni siquiera se hallaba registrado debidamente, se remató el sensacional automóvil que apareció abandonado frente al número 1944 de la calle San Antonio. El afortunado comprador fue nada menos que el conocido y acaudalado hombre de negocios don Ignacio Antolínez y Alcántara. Un carro más para su ya famosa colección...”
ROBERTO NO SABÍA LA VERDAD...
Roberto no sabía la verdad. Ni siquiera la sospechaba. Tanto tiempo había pasado lejos de su familia que ignoraba la realidad lacerante e inconmovible, como siempre, como es. Aún creía que la vida en su hogar era la misma de otras épocas, aquella cuando él era niño. Ahora, después de permanecer más de diez años en Europa, conociendo mundo y educándose como rico heredero en las mejores universidades, retornaba al seno familiar. Cuando llegó al aeropuerto, la ciudad, renovada para sus recuerdos, le pareció otra. Ya no era la misma que él había conocido de pequeño. La urbe apacible y tranquila se había transformado. La evolución, con su maquinístico desenfreno, la había convertido en un desquiciamiento urbano con sus mercaderías callejeras y sus embudos de tránsito; con su mugre a cada esquina y sus contrastes de aparente rica. Hasta la arbolada Polanco, donde había nacido, se encontraba inundada de mercachifles. Después de haber bajado las escalerillas del jet, siguió, mejor dicho se dejó llevar por la muchedumbre de pasajeros que junto con él había arribado también. Estaba sorprendido del cambio. Y, sin darse cuenta, se vio dentro de una amplia sala. “Aduana”, decía. Se sentía ligeramente nervioso por el retorno y lo que comenzaba a preocuparle era no haber visto a ninguno de sus parientes ni siquiera a alguno de sus conocidos o sus amigos de infancia con quienes se carteaba. (¿Por qué no habrán llegado? ¿No recibirían a tiempo mis telegramas? No me explico.) Meditabundo se encontraba cuando una voz lo sacudió de sus interrogaciones internas. —Queda usted detenido... —¿Qué? ¿Por qué? ¿Qué he hecho? No entiendo. —Quiso defenderse mientras aquel individuo lo tomaba de un brazo y tres hombres más aparecían amenazantes con sus caras de bulldog. La gente que se encontraba realizando sus trámites para internarse definitivamente al país principió a mirarlo curiosamente. —Señores... ¿De qué se me acusa? ¿Me confunden? —Eso lo declarará en la comandancia... —Pero... Yo... No es posible... Acabo de regresar de Europa... Cómo es que pueden acusarme de algo... si ni siquiera he estado en el país desde hace diez años... Esperen un momento a que venga algún familiar mío... —Usted se llama Roberto Godínez. ¿O no? —Sí... —Entonces acompáñenos... Tenemos órdenes estrictas de no dejarlo libre. —¡No me muevo de aquí hasta que me digan el motivo de esta aprehensión. —Mejor obedezca, le conviene, no se meta en más líos... —Pero cuáles... Tengo la conciencia tranquila... Nada malo he hecho... —Ya lo explicará en la comisaría... y con las autoridades competentes. Y los agentes lo sacaron por la fuerza del lugar...
(¿Por qué me habrá sucedido todo esto? No hay razón para que se me encarcele tan intempestivamente. Lo más extraño es que nadie de mis parientes ha venido a preguntar por mí... Ni mis padres... No puedo comprender...) Roberto discurría alarmado en los acontecimientos que se iban sucediendo. Aún no sabía la verdad. Ignoraba los hechos que habían transformado el seno de su familia. Ninguno de sus amigos, al escribirle, cuando él se encontraba en Europa, se había atrevido a decirle ni siquiera un punto de la realidad. Una voz, brotada de un amplificador de sonido incrustado en una de las paredes de la celda oscura en la cual se encontraba el detenido, interrumpió sus pensamientos. —Roberto Godínez, escuche. —y el joven quedó atento —Está usted condenado a morir en la cámara de gases... —el preso se incorporó de la enclenque silla en la que se encontraba sentado. Su lívido rostro era el reflejo de una angustia increíble. ¿Por qué iban a hacer con él aquello? ¿No tenían ningún motivo para castigarlo? ¿Qué extraña clase de justicia era aquella que así procedía? ¡No! ¡Por qué iba a morir! ¡Nada había hecho de malo! ¡Y sus familiares! ¿Dónde estaban? ¿Qué había pasado con ellos? ¿Por qué ninguno acudía en su defensa? —Va usted a ser llevado a la cámara de gases...— la voz repitió con la fuerza de mando necesaria... Roberto gritó desesperado... Nunca había sido un cobarde, pero había llegado al borde de lo tolerable... ¿Qué razones había para castigarlo? Su comportamiento en Europa había sido de lo más digno que pudiera imaginarse. Los más elevados honores en el estudio, en la investigación científica y en el deporte le habían sido conferidos por las autoridades educativas de aquellos lugares... y sin embargo... ahora se enfrentaba a esa terrible situación... (Cámara de gases... cámara de gases... ¿Por qué? ¿Por qué?) En sus razonamientos casi imposibles por la crisis nerviosa en la que había caído, se percataba que en el país a los acusados, aún por crimen, jamás se les condenaba a muerte y mucho menos con aquel medio de quitar la vida... Roberto quedaba como mudo... cabizbajo... mientras su mente continuaba reflexionando enfurecida. Eso no podía ser real. Era una broma cruel. Acaso alguien tramaba algo en su contra... por alguna razón que él ignoraba... sin embargo... tan profunda era la impresión que le había causado el próximo acontecimiento de su ejecución que por más que quería, no lograba concatenar sus ideas como él hubiere deseado... Además el malpaso. Casi sin comer, apenas una migajas y algo de agua que alguien introducía por una rendija de la puerta. Lo trataban como a un animal contagiado. De pronto... de todas las paredes de la celda comenzaron a brotar voces y más voces... “Eres el culpable... Asesino... Serás ejecutado esta misma noche. No escaparás...” Aquello fue un vértigo... Dar vueltas y más vueltas tratando de ver los lugares por donde emanaban aquellas amenazas... No pudo... Mareado, exhausto y sudoroso, angustiado y lleno de pánico, trémulo, cayó al piso... y rendido por el cansancio y la falta de alimento, quedó desmayado...
La tortura se había extendido quien sabe cuantos días, semanas o meses. Roberto sólo era ya una sombra del joven apuesto que regresaba victorioso de Europa. La noción del tiempo y del espacio se encontraba extraviada para él. Se le confundía la mente y sólo como una espantosa obsesión, escuchaba sin saber si eran reales o imaginarias aquellas voces que lo amenazaban sin llegar la sentencia. (Cámara de gases... cámara de gases... ¿Cámara de gases? ¡Ja! Si yo soy inocente... ¿O? Tal vez... nadie sabe... pero... ¿Cuándo me van a matar...? Dijeron que hace... no sé cuanto... Creo que más de un mes...) Sentado en un rincón del cuartucho sin luz que le servía de cárcel... demacrado... Roberto aguardaba el momento de su muerte... y enarcando las cejas y sonriendo a lo diabólico, frotándose las manos, murmuraba como absorbiendo al unísono las incesantes palabras: (Cámara de gases... cámara de gases... cámara de gases... ¡Qué mentira!... ¡Qué mentira!) Y se carcajeaba... Un día se hartó de tanta espera y no quiso oír más... La presión afectiva le hizo explotar: —¡Ni madres que me van a hacer daño a mí¡ Jijos de la chingada! Dejen de amenazarme y cumplan lo que dicen. ¡No mamen! ¿Creen que no he visto a Hitchcock? – Y gritaba y golpeaba las paredes y se carcajeaba retorciéndose de rabia, de dolor y de furia...
Roberto no sabía la verdad... Sus padres habían muerto misteriosamente y eran tantos los bienes en acciones, en joyas y en propiedades que habían dejado sin los arreglos testamentarios indispensables, que se había suscitado gran expectación entre los familiares cercanos. El único heredero directo era Roberto, y la sórdida ambición capitalista los había aliado con el fin de eliminarlo. La única manera... el crimen perfecto... era la locura... Ahora Roberto sabía la verdad, pero sus agresores habían entrado en la duda... Parecían enloquecer en su ambición urgida...
EL MANDATARIO
Antes de aceptar, quiero probar esta novedosa técnica de limpieza y decir lo que siento... Confesarme como quien dice. Para eso estoy tirado a todo lo largo de mis carnes y de mis músculos en este suave diván...ante usted señor psicoanalista. Veré que puede interpretar de mis asociaciones... y de mis sueños... De esto depende su destino... y el mío... ¿Qué hable con fluidez, sin turbación, conforme me surjan los pensamientos? Por supuesto. No otra cosa quiero experimentar con su método que dicen es la moda más reciente. ¿Por dónde comenzar? ¿Mis más antiguos recuerdos? ¿Mi familia? Veamos... para mi gracia o mi desgracia, como no existían anticonceptivos fáciles entonces, nací por falta de ellos. No, no se asombre. No soy un desvergonzado, sino alguien que sabe lo que habla y está seguro de lo que siente. Como mi madre no encontró una comadrona discreta que me sacara fetal de su vientre y los abuelos la habían corrido con gran ignominia, ¡nunca se los perdonaré!, he aquí que sin pedirlo, como una piedra de tantas, nací a fines del siglo pasado. Según ellos, mi ingenua y creída madre había manchado el honor de la familia... Honor... ¡Bah! ¡Estúpidas ideas aristocráticas que haré desaparecer por otras más elevadas! Si supiera cómo he valorado la decisión de mi madre de afrontar todos los desprecios y tenerme; sobre todo al criarme sin padre, como pudo. Era una mujer muy moderna ya a fines del siglo XIX. ¿Mi padre? Nunca lo conocí con certeza. Cuando creía haberlo encontrado, resultaba que siempre no era él. Como mi madre había tenido después tantas aventuras... Tal vez por eso, desde entonces me venía en ocasiones un miedo angustioso e indescifrable que me deprimía. No sabía explicármelo bien, y me asustaba. Era una sensación de faltarme algo como inefable. Por fortuna lo he sabido controlar con decisión y disciplina. Esa es la razón por lo que no estoy aquí con tanta frecuencia... Usted que me cobra tan caro... acaso me lo diga... Aunque ya lo sé... No necesita agrandarme mis molestias... hacerme consciente de ellas y luego dejarme peor...por lo que intuyo... A usted sólo le importa mantener el tiempo que me cobra y no solucionar nada... Pero sepa que quizá por mis orígenes desconocidos a la mitad, la vida me había parecido con frecuencia árida, estéril, como un enigma sin solución o un crucigrama sin respuesta... ¿O sería un crisigrama, señor analista? Hoy ya no me importan esas pequeñeces, pues ahora tengo una avidez tremenda por triunfar, por alcanzar el poderío que me permita construir el mundo como lo he soñado y mostrarle a mi padre, dondequiera que se encuentre, lo que él no quiso ni pudo darme; su hijo que se elevará sobre los débiles e insignificantes políticos y los subyugará. Yo no creo en las patrañas parlamentarias ni en los partidos. El que manda es el que manda. El líder adorado por un pueblo no tiene más que enfrentar su compromiso y sin asomo de miedo demostrar su genialidad. Lo que digan y discuta el montón no puede ser tan elevado como el que ha demostrado su fortaleza, su disciplina, su ejemplo. Y yo soy todo eso. De seguro me va a decir usted que todo lo dicho, sólo es para llenar mi inseguridad. Se equivoca, porque para nada me importa la admiración de los idiotas que se me acercan con alabanzas en pos de ver lo que pueden sacarme en su provecho. Yo los paro en seco y hago que se arrepientan de su pusilanimidad. De buena gana hubiera desbaratado a todos esos inferiores a mi raza... pero como entonces, en mi búsqueda de ascenso, me sentía tan desvalido, tan sin protección de nadie; ni de mi madre que me ha enseñado a ser lo que ahora soy... me parecía imposible, sin embargo, listo como estoy para dirigir los destinos de mi pueblo, este pueblo que me idolatra, mi decisión es firme y voluntariosa. Vea como me prefieren y me eligen. Los votos que me dan son el resultado de que cuando digo algo, se hace; lo cumplo. Sólo cuando llego a esta conclusión, me entra la calma y me pregunto si mi lucha se encuentra a punto de tornarse realidad para dirigir a un pueblo de valientes, donde sólo quedarán los mejores, los fuertes. Un pueblo de cobardes no merece conquistar el mundo. ¿Sueños? ¿Quiere que le diga mis sueños recientes? A veces he tenido sueños donde aparezco perdido y en medio de seres que no alcanzo a distinguir, pregunto sin encontrar respuesta: ¿Qué es lo que espero? ¿Qué busco? ¿Para qué vivo? ¿Para quién? Cuando despierto enfebrecido entre las sombras, una duda me taladra. Tengo entonces la certidumbre de que aunque puedo efectuar lo que sea, hasta lo imposible, pienso si lo haré perfecto... y yo quiero ser la perfección... ¡Cómo de que no! Yo quiero la perfección y no voy a ser un mediocre, un mediocre... como todos... como todos... Estoy demostrando al mundo que no lo soy; si no, no merecería vivir. ¡Mediocre, no! Mejor el suicidio. Nadie me verá timorato. El brío exalta mi destino. ¿Que continúe narrando otro sueño? ¿Para qué...? Sé lo que significan para mí. Son la guía de mis acciones. ¿En verdad a usted le dicen algo mis sueños? Nunca los había contado. Estoy seguro que usted va a imaginar explicaciones forzadas y me gustaría saber hasta dónde llega. Pero mejor no; basta.... Bueno, le confieso que de pronto me han dado unos como deseos inmensos de llorar... y de gritar... como si de súbito renaciera aquella impotencia, aquella angustia y desesperación de ser un insignificante joven provinciano en medio de la urbe. Sin embargo, pronto podré restregarles a todos en la frente lo que valgo, lo que el mundo perdería si yo muriera... ¿Si yo muriera? ¡No! No le haré el favor a ninguno de verme humillado con la muerte... a ninguno de los que me envidian... sobre todo los espías de la prensa amarillista que siempre tuercen todo lo que digo. Pero ya la van a pagar. Cuando niño me conformaba con el amor de mi madre que con su fortaleza hacía el papel de padre también...el muy hijo de puta nunca se enteró de mi existencia, como ya se lo dije, pero pronto se lo haré saber... creo que era judío... Lo acabaré hasta llenar mis huecos... hasta que se arrepienta incluso de haber nacido. Él nunca quiso saber ni siquiera mi nombre, yo que era entonces el más necesitado... Durante mucho tiempo fui un reprimido... y creo que por eso, en el fondo, soy ambicioso... ¿O un insatisfecho? ¡Las dos cosas! Ambicioso e insatisfecho. Quiero dominio, gloria y riquezas para ser más fuerte. Un superhombre... ¿Amor? ¿Esa es una estúpida ilusión destructiva? No; eso no; mi madre me ama... y es la única que siente piedad amorosa por mí... Con eso me basta. Sólo deseo lo demás... ¿Que a qué llamo lo demás? A la belleza que se desprende del arte. Las formas arquitectónicas siempre me han elevado; me han hecho sentir alturas indescriptibles. Sí, aunque se asombre: yo amo la belleza y a ella me he entregado sin importarme lo que sea, aunque reflexionando en ello, la belleza en sí no, sino el deseo de apropiarme de ella, de su esencia sensible: de los crepúsculos, de los colores, de los árboles, de las mujeres hermosas, de los hombres vigorosos, soy todo.. y a todo me he entregado... Hasta hoy que ya no necesito nada y duro de corazón he alcanzado las atalayas de la disciplina. Creo que soy un magnífico esteta y para gobernar se requiere una artística mano dura. ¿Que si me atraen sólo las mujeres bellas? Claro que sí. Cuando joven me embelesaban las mujeres agraciadas, pero no podía acercármeles porque era un don nadie y cuando gozaba con alguna, me sentía tan feliz, tan delirante, como solamente pude estarlo cuando de niño mi madre me abrazaba. Sin embargo, suelo ser tímido, porque aunque a ellas hoy las conquisto fácilmente, el reto para mí, ahora, se ha convertido en poseer a hombres apuestos y de perfectas proporciones musculares para sentirlos dominados por el culo. Es como un capricho que me ha ido apasionando. Si sospechara usted el enorme placer que siento al tenerlos sometidos por detrás, pero a eso no le denomino amor. Sólo es como una lucha donde siempre triunfo yo. Sus quejidos cuando los estreno, me encrespan la pasión. No sé por qué a veces me gusta domarlos así, será tal vez porque ellos tiene la galanura que yo quisiera poseer y a pesar de que tiemblo al verlos y me agito, y en ocasiones ordeno a mi servicios secretos que los sigan por las callejuelas de la vieja ciudad, sepan donde viven y luego los traigan a mis oficinas, nunca les invito de manera directa. Mis guardias especiales saben quien necesita ser castigado por mí: sólo machos excepcionales físicamente... incluso algunos de ellos, lo han sido. Por cierto, aquí quiero contarle un sueño que tengo con frecuencia y que de pronto he recordado, para que vea que siempre soy accesible: Estoy en el ajetreo cabalgándolos y cuando logro el orgasmo los veo con las mujeres exuberantes que deseo poseer. En ese instante contemplo hombres de músculos formidables y bien proporcionados, abrazando con sus gigantescas tenazas a mujeres de senos inmensos y caderas abundantes. Entonces voy pronunciando entre sueños una serie de nombres viriles y femeniles sin relación, pero que me hacen sentir un placer descomunal, sólo comparable con el que sentía cuando mi madre me abrazaba en mi infancia... Luego despierto humedecido, pero molesto. Así comencé a idear la creación de nuevos hombres y mujeres admirables. Hombres y mujeres que formen una nueva súper raza. Por eso en mis séquitos de guardia sólo tienen cabida seres como ellos. Antes de elegirlos, pruebo su resistencia. La última prueba de que son verdaderos machos, es el disfrute de su culo. Si aguantan y los hago gozar, los convierto en verdaderos hombres que a nada temen. Si no, mis servicios secretos los desaparecen. Quisiera saber, señor psicoanalista, en dónde está la causa de este comportamiento... ¿En mis vísceras? ¿En mis glándulas? ¿En mi educación...? ¿En la sociedad que me ha tocado vivir? Porque yo no lo sé... ni me atrevo a saberlo...aunque lo quisiera... Y se me están ocurriendo ideas geniales para perfeccionar al mundo. Vea que he superado todos los remordimientos de esa moral hipócrita de los aristócratas y los burgueses. Nada de sus preceptos puede detenerme, porque ellos nunca los han cumplido. Soy como un torbellino... incontrolable... Nadie me sujeta y a nadie me sujeto. Yo soy el que quiero dominar... dominar a los hombres, dominar a las mujeres, dominarlo todo, y ya me encuentro en el camino de poder lograrlo. Sólo así la patria será engrandecida. Con mi palabra, que me he ido dando cuenta que seduce a las masas, las he convencido de mis propósitos para llevarlas al imperio del mundo. Porque sé que un día cada vez más cercano, lo lograré... sí... triunfaré con mi pueblo, seré el conductor de mi pueblo, que me proclamará su hijo glorioso y entonces... dudo cómo he de proceder. ¿Como un malvado? A mis fanáticos ya les parezco un santo. Nadie sabe... Ni yo... Sepa usted señor Segismundo que sus pamplinadas me valen una mierda y su opinión me la paso por el culo, como todo un hombre líder que soy y en este tiempo en el que nadie se preocupa por nadie y sólo les interesa enriquecerse, he llegado yo... el nuevo salvador del orbe. Ninguno mejor para lograr la redención de mi nación. Cuántas veces me he preguntado si era posible hacer lo que ahora intento y cuántas mismas me he respondido que nadie podría superarme. Sin duda pensará en una probable locura de mi parte y únicamente tendrá la convicción de que me invade una demencia extraña. ¡Falso! Yo sé que digo la verdad. ¿Quién podrá ahora que tengo el apoyo de tantos, aventajarme en inteligencia y en facilidad de pensamiento? Que lo intente el que se atreva. Mi cuerpo es fuerte y ágil; capaz de romper con los obstáculos más impresionantes. Yo soy el predestinado a elevar a mi pueblo a la cúspide de un triunfo que siempre ha deseado. Seremos los emperadores del mundo; dejaremos de ser los menospreciados. Entonces mi voz estremecerá las plazas de las ciudades extranjeras exigiendo el respeto que me merezco por ser el nuevo salvador esperado, sin mancha alguna. Pero por favor, no me vea así; véame con mayor calma, contemple detenidamente la hermosura de mis facciones y la arrogancia de mi cuerpo, aunque un poco pequeño. Observe si no es verdad lo que afirmo... ¡Soy sublime! ¡Sublime! ¿Qué dice? Atrévase a repetirlo. ¡Guardias! Tomen preso a este estúpido que ha osado mofarse de mí. Háganlo que estrene las prisiones que he diseñado para quienes no se disciplinen a mi pensamiento grandioso, que es el pensamiento de la nueva patria.
Pues bien, señores, nos hemos reunido en este día para promulgar mi candidatura como primer mandatario. Creo que nadie la merece más que yo... si no, que lo digan los aquí presentes. ¿Alguien pone en duda esta afirmación? Con uno sólo que lo hiciere, no aceptaría, porque el líder debe serlo de todos. (Si alguna vez se hiciera un homenaje a alguien por sus méritos, el único que los acreditaría sería yo... ¡Yo..! Porque como ven ustedes, imbéciles que me escuchan, en mí se han reunido con gran fortuna todas las cualidades de la verdadera grandeza del hombre y así... aunque pocos lo acepten por resentimiento... soy sublime... ¡Sublime! y por eso soy, ni más ni menos, el elegido...) En este tiempo en que nadie se preocupa por nadie, he llegado yo... el nuevo salvador de la patria... Yo que he llegado a lo sublime del mandato, acepto el cargo y tiemblen nuestros enemigos. —¡Bravo señor presidente! (¡Maldito dictador! ¡Asesino!)
EL IMPERIO