Chapter 4
(¡No! ¡Morir no! ¡No quiero morir! ¡No quiero! De un momento a otro nos bombardearán. Por eso nos han concentrado a todos en los cuarteles generales. Probablemente la invasión será en la madrugada y no tenemos las defensas suficientes para contrarrestar el ataque. Nos destruirán sin piedad. Nadie quedará vivo. ¡Nadie! ¡Y yo quiero vivir! ¡Quiero vivir! La vida es tan hermosa, magnífica, hecha para gozarla y sentirla. ¿Qué más puede uno pedir? ¿Por qué tienen algunos que mandar sobre los demás y ordenar la matanza de quienes consideran contrarios? ¡Qué injusto! ¡A nosotros qué diablos nos importan los enredos que hayan hecho los mandamases! Debían dejarnos vivir como pudiéramos, pero todo por dominar, por imperar... Nomás de pensar que tantos han muerto por culpa de quienes están en el poder, me hace rebelar. Si ellos desean algo, que traten de conseguirlo por sí mismos y no mandar a combatir a quienes no tenemos por qué. Nos obligan desde sus estúpidas leyes de conquista. No sé cómo no entienden mis compañeros que sólo somos insignificante carne de cañón para que otros gocen egoístamente de nuestro sacrificio. Y los obedecemos con la dorada de píldora que somos los protectores de la patria. ¡Demagogos! Locos ambiciosos. Siempre los pretextos de siempre... que la defensa de la libertad, que la lucha contra la esclavitud, que la justicia, que la verdad... ¡Bah! ¡Pamplinas! En el fondo sólo defienden sus propios intereses y ponen como títeres a los pueblos. Pero nosotros tenemos la culpa; les hacemos caso; no nos rebelamos y dejamos que nos arrastren a la guerra. ¡Imbéciles! ¡Somos unos imbéciles! Servir de manada para satisfacciones egoístas que ponen de parapeto a la Nación. ¡Mentiras! Si pensaran... sabrían que el respeto y la comprensión bastarían para vivir en la paz, sin necesidad de combates, de crímenes, de calumnias, de sangre. Pero ellos tienen los hilos y nos manejan a su antojo, como títeres. No sé como la gente les cree. Tengo que hacer algo. ¡Yo quiero vivir! No me voy a quedar aquí de guajolote. En unas horas más la guarnición será bombardeada y todos quedaremos aplastados como miserables insectos, sin oportunidad de ver siquiera un día más la luz del sol ni sentir la caricia del viento ni escuchar el rumor de las ramas de los árboles cuando él las mueve. ¡Ah! ¡Quiero vivir! ¡Vivir! La existencia es tan bella. A cada instante nos ofrece nuevos panoramas, diversos caminos, claros horizontes, anheladas esperanzas. Hay tanta maravilla en la existencia que... ¡Cómo odio a quienes han provocado esta situación! Me lleno de rabia cuando pienso que mientras ellos están muy seguros en lugares de protección, nosotros, yo, de un momento a otro moriremos. Nos convertirán en pedazos de podredumbre humana. ¡Oh! ¡Tiemblo al recordarlo! Debo huir, tengo que huir. ¡Escapar! ¡Sí! ¡Escapar! Pero... ¿a dónde? Por ahí... —¡Soldado Méndez! ¿Qué pasa con usted? No ha escuchado las órdenes del capitán? ¡Vaya a su puesto! No es hora de meditaciones. El enemigo está próximo. ¡Prepárese...! —Perdone señor, voy... —¿Nervioso? Es lógico. Usted no está acostumbrado a esto, pero ahora se aguanta intelectualito. Total, algún día tenemos que morir. ¡Apúrese...! (¡Cretino! Ni creas que voy a quedarme. En cuanto te descuides, aprovecharé las sombras de la noche y... me internaré en el bosque. Allí será difícil que me encuentren. Me ocultaré en alguna cueva y cuando todo haya pasado, iré a la ciudad confundido con la masa para seguir mi vida. Tengo que huir, que huir...)
—¿Y Méndez, soldado Carrillo? —No lo he visto desde hace una hora en que lo vi que iba el cerro. Me dijo que usted lo había mandado. —¡Yo no he mandado a nadie! Se me hace que fue un pretexto para largarse y desertar. ¡El muy cobarde! Pero no irá muy lejos. ¡Eh! ¡Pelotón de auxilio! ¡Prepárense para localizarlo!
(¡Aaah! No puedo correr más... no puedo. Las piernas no me obedecen. Flaqueo. Hace como tres horas ya que abandoné el campamento y aún está muy lejos el día... No debo detenerme, sería la muerte. ¡Ah! Ni descansar. Todo está tan oscuro... ¿Qué será aquello que brilla a los lejos? Parecen fogatas. Debo ir con mayor sigilo. Despacio. ¡Que sopor tan espantoso me está invadiendo! Debo calmar mis nervios... ¡Es un campamento enemigo! Han de ser quizá los que van a atacar por la madrugada....) —¡Alto o disparo! (Me han descubierto. Debo correr. Tengo que llegar hasta la inmensa construcción que apenas se nota entre la oscuridad. ¡Me están disparando! ¡No! ¡No! ¡Yo quiero vivir! Y me siguen... me siguen. Me ocultaré allá dentro. ¡Es un almacén de explosivos! Necesito apagar esa antorcha para ocultarme entre los bultos de dinamita... ¡oh! ¿Qué he hecho? La he tirado. Se incendia todo. Va a explotar todo... ¡No...!)
—Gracias a la heroicidad de Pablo Méndez, el enemigo fue vencido en esta primera etapa. Hombres como él requieren las naciones que deseen vivir en la paz y el progreso. La solidaridad de los pueblos se debe a individuos que no les importa dar la propia existencia con el fin de lograr los más altos valores humanos: la libertad y la dignidad. La historia ha recogido hoy en sus páginas, a la figura sencilla de un soldado que no le importó arrastrar peligros ni perder la vida, inclusive, con el propósito de descubrir guarniciones enemigas y arrasarlas, aun a costa de su propia destrucción. El mundo libre tiene una deuda en memoria del soldado Pablo Méndez. —Ahora me explico el por qué de su misteriosa huída. No quería exponer a toda la compañía. Y nosotros que lo creíamos un cobarde desertor, sin saber que el intelectualito era todo un valiente.
LA PROPAGANDA
“¿Quiere hacerse famoso? Acuda a nuestras oficinas”. Era el anuncio que Daniel leía en el periódico. Después de una noche intranquila transcurrida en las inquietudes reflejadas en los sueños tormentosos que había tenido, trataba de distraerse con la lectura del diario. En el pequeño departamento que habitaba desde hacía un año, cuando llegó de su pueblo, forjaba ilusiones y profusos deseos de éxito. Había venido de su provincia para conquistar la ciudad. Su padre le enviaba mensualmente una cantidad considerable con el fin de que se sostuviera con cierta holgura, sin apremios. Estudiaba en la universidad, pero él sentía que no era su medio. El quería ser actor, un actor conocido y admirado en todo el orbe; por eso la insatisfacción carcomía cada uno de sus proyectos de vida. Conquistar Hollywood algún día. Ser un superestrella del cine. Deseaba con vehemencia la fama, no podría esperar más. Era indispensable que desde ahora comenzara a ser el punto del interés público. Quizá por ello adoptaba en cualquier lugar poses insultantes que muchas veces terminaban en escándalos. Y el sentía un placer infinito... Se lucía. Tenía muchos amigos y con ellos había organizado un club literario bastante unido. ¡Cómo se divertían! Lo mismo montaban una obra de teatro que hacían excursiones. Eran una asociación hácelotodo. No obstante, a Daniel no le bastaba ese éxito reducido, anhelaba mayores triunfos, inmensos. Que todo el mundo hablara de él, que lo señalaran con admiración, que corrieran las multitudes para conocerlo como si hubieran deseado palpar la existencia de esa leyenda viviente. Y en estos febriles pensamientos se arremolinaba su cerebro. Además, todos sus amigos coincidían en afirmar que tenía grandes cualidades para la actuación, además de un apuesto físico de atleta. No en balde pasaba horas en el gimnasio y en sus espejos. Ahora había visto aquel letrero. “¿Quiere usted hacerse famoso?” Y el encontró una respuesta a sus interrogantes. Su padre, no un pobre campesino, sino un rico ganadero, podía darle un poco más para pagar en publicidad y hacerse partícipe de la victoria. Ya parecía verse convertido en el centro de la fama y de los comentarios. Nadie dejaría de hablar de él. Sería la referencia obligada de la farándula. Sí, acudiría a pedir informes. Eso es lo que haría de inmediato. Por unos cuántos centavos de inversión, a cambio agrandaría su personalidad hasta hacerla admirable y entonces ya no sería uno más de los tantos desconocidos provincianos que venían a la ciudad en busca de mejoramiento. ¡Sí! Eso era lo que haría. ¡No importaba cómo! ¡No quería ser uno más entre el montón de extraños!
—Tenemos una inmensa red publicitaria en todas las ciudades del país. Ellas se encargan de cumplir con las órdenes que aquí expidamos. ¿Quiere usted tarjetas, cartelones, anuncios para paredes, gas neón, entrevistas, informaciones sensacionalistas, noticieros de cine y de televisión? Podemos formar un gran truco publicitario y sólo por la cantidad fijada. —Me parece excelente. Ahora mismo le daré un anticipo. Quiero ver mi nombre con letras muy grandes anunciado en todas partes primero, en gigantescos espectaculares para despertar curiosidad. Que la gente pregunte sobre mí y que nadie sepa responder quién soy. Durante un mes, cotidianamente, sólo mi nombre. Después, invéntese historias, anécdotas, viajes. Que todos crean que se trata de un personaje notable. Luego de dos meses, publíquense mis fotografías con pies elogiosos. Para entonces nadie habrá dejado de enterarse o de escuchar por lo menos, cualquier asunto relativo a mí. De seguro, algún productor cinematográfico se fijará en mí y querrá capitalizar mi fama incipiente al contratarme, porque verá en mí a un imán taquillero. ¿Qué le parecen mis sugerencias a su proyecto? —¡Maravillosas! Resultó usted un magnífico publicista. Lo contrataría encantado. Sus ideas ágiles me permiten presagiarle un gran éxito en cualquier actividad que realice. —No es para tanto... Lo único que quiero es hacerme un personaje popular, ser actor conocidísimo y demostrar a la ciudad entera que un simple hijo de rancheros puede conquistarla. Y no sólo a ella, sino a todo el mundo. —¡Ambicioso el joven! Ese empuje es el que hace falta en las mayorías; si todos lo tuvieran, no habría mediocridad. Se ve que usted no quiere ser uno más, sino el más... —...perdone que lo interrumpa, pero debo retirarme. Aquí tiene este cheque. Puede cobrarlo ahora mismo. Es sólo un adelanto por sus servicios. —¡Gracias! ¡Gracias...! Verá lo que haremos por usted. Todos querrán conocerlo y nosotros lo dejaremos satisfecho.
—¡Corran muchachas! ¡Es él! ¡Es él! ¡Corran! (Griterío). —¡Qué tal! ¡Qué tal! Mucho gusto, mucho gusto. —¡Es exacto! ¡Es estupendo! ¡Mejor que en fotografía! —¡Cálmense señoritas! ¡Cálmense! ¡No es para tanto! Una por una. A ninguna voy a dejar sin autógrafo... (¡Ah! Esto es lo que quería. ¡Qué diferencia! Sentirme bajo las miradas curiosas de quienes ni siquiera se conoce. Aunque a veces comienza a preocuparme esta popularidad. No puedo estar un momento tranquilo. En ningún lado, por más que lo busco.... No importa. Lo mejor es que ahora todo mundo habla de mí y soy motivo de sus pláticas...) Una por una... una por una... Todas tendrán mi autógrafo. —¡Una fotografía por favor! —Está bien... —¡Otra! ¡Otra! —Es suficiente. ¡Son muchos fotógrafos! Ya por favor, nada más... —¡No! ¡No! Necesitamos algunas poses de usted... —¡Que no! ¡Déjenme ya! ¡Déjenme ya! —¡Dejen libre al señor! Se los suplico. El señor Daniel del Rey se encuentra ya cansado. Otro día, otro día. ¡Señor del Rey! ¡Corra mejor! Son muchísimos los que quieren verlo en persona. ¡Suba a aquel carro de policía! Por la otra entrada del teatro. Esta muchedumbre lo puede aplastar. ¡Corra! ¡Escape! —¡Déjenme pasar! ¡Déjenme pasar! (Griterío. Golpes. Desmayos). Con permiso... —¡Dejen pasar al señor Del Rey! A un lado, a un lado... —(¡Es fastidioso esto! Los gendarmes apenas si pueden contener a la multitud. No puedo pasar. No puedo. Quiero algo de tranquilidad y esta gente que no me deja llegar al carro...) Por favor... por favor... Permítame... ¡Oh! Déjeme... Ahí está. ¡Uf! ¡Al fin... —Siéntese cómodo señor Del Rey. Por poco lo desnucan sus admiradoras de tanto querer besarlo. ¡Lo qué es la fama! Está usted pálido y sudoroso, como en sus filmes de aventuras. —¡No sabe lo que dice! Es abominable. ¡La detesto! Vea allá fuera como se arremolinan, como gritan, como lloran por no verme... ¡Es insoportable! Y pensar que... ¡Lléveme a casa, se lo suplico! (Necesito huir de todo este escándalo. Estoy harto. No tengo un instante de paz y no sé dónde esconderme. Todos me conocen, todos saben quien soy, todos quieren hablarme, palparme. ¡Todos! Y pensar que esto era lo que ambicionaba. He sido un necio.) —¡Cómo me gustaría ser tan famoso como usted! —Vale más que nunca lo sea. No sabe en lo que se metería. —Lo dice como si estuviera arrepentido o asustado. ¿Por qué...?
—¡Qué milagro que viene a estas oficinas! Como Daniel del Rey ahora es tan importante ni caso nos hace ya. Sólo recibimos instrucciones para su enorme publicidad por medio de su representante. —Es que... Tal vez no me comprenda. ¡Estoy fastidiado de tanta mentira! ¡Tanta fantasía alrededor de mí! Así como ustedes me han dado la importancia que, tarde reconozco, no valía, quiero que me destruyan. Hagan llegar a todas partes la noticia de mi muerte... —¡¿Qué?! ¿Va a suicidarse? ¿Bromea? ¿O está usted loco? En menos de dos años se ha colocado como la figura más prestigiada de los espectáculos mundiales. Hay muchas firmas importantes en juego. Disputan por contratarlo y sus ahora múltiples representantes, no se dan tampoco abasto. —No, no me ha entendido. Quiero morir publicitariamente. A ver si así me dejan tranquilo. Me convertiré en ratón de sótano. No saldré de ahí hasta que me hayan olvidado... —Pero... ¿y los compromisos firmados? Usted deseaba esto. No puede destruirse así como así. Aunque usted no lo crea, arruinaría a muchas empresas. Todas las que lo tienen cautivo y que le han dado adelantos por sus actuaciones. No puede... lo demandarían y aunque no quisiera usted, se reanudaría la publicidad para su persona. ¡Y con mayor intensidad! ¡Un verdadero escándalo de proporciones comerciales maravillosas! —Para buscar la forma de evitar eso, acudí aquí. ¡Debe ayudarme! —Lamento decirle que no puedo. Cómo justificarían la desaparición de su cuerpo. Recuerde la multitud de intereses a su rededor y el propio prestigio de mi compañía. Es una locura. Ahora se aguanta. Lo siento. —Digan que perecí en un incendio... Lo tengo todo planeado. ¡Quiero desaparecer para el mundo y vivir como antes, en mi pueblo! Quiero acabar con todo esto o voy a volverme loco. ¡No resisto más! ¡No resisto! ¡En verdad! —¡Cálmese! ¡Es imposible lo que usted pide! ¡Imposible! Debe continuar el éxito. El público lo exige y él es el único que puede darle fin a su carrera. ¡Cálmese! ¡Parece un niño espantado! ¡No sea irresponsable! A estas alturas resulta imposible retroceder con tanta facilidad. —¿De modo que ahora estoy convertido en un monigote del prestigio artificial que me rodea? ¡Eso creen! Voy a desaparecer para siempre. Lo verán. —¡Espere! ¡Espere! ¡Se ha vuelto loco! ¡Espere! ¿A dónde va? ¿Qué va a hacer?
—(Tengo que huir. Y esa gente que comienza a mirarme, a mirarme. No, no. ¡Que no me reconozcan! Debo apresurarme. Todo se me ha convertido en un laberinto. Tengo que huir... huir con rapidez...) —Perdone... ¿Usted es... —¡No! ¡Se equivocó! Déjeme en paz. —¡Qué humor! Pero no cabe duda... ¡Es él! —(¡Oh! Me ha reconocido. Tengo que correr, correr, correr... ) —¡Es él! (Griterío) sigámoslo para que nos dé un autógrafo. ¡Sigámoslo! —(No puedo más, no puedo más. Y atrás vienen cientos persiguiéndome, como si fuera un criminal. Me siguen. Me alcanzan. Ya no puedo. Ya no puedo. —¡Su autógrafo! ¡Su autógrafo! —¡Arráncale la corbata! —¡Déjenme! ¡Déjenme! —¡No! ¡No lo suelten! Es una oportunidad para conocerlo. ¡Es tan famoso! —¡Suéltenme! ¡Suéltenme! (No puedo más. No puedo resistir.) suélten... me... suél... ten... me... (No puedo... ¡Oh no...! Que hagan de mí lo que quieran... lo que quieran...) —¡Su autógrafo! ¡Su autógrafo! —¡Sí! ¡Sí! ¡Su autógrafo! ¡Su autógrafo! —¡Ya... no... ! Y... a... n... o...
EL DESAPARECIDO
(Siempre he vivido deseando lo que no puedo tener. ¡Y pensar que trabajo tanto para nada! De qué me sirve, si a cada rato un montón de problemas interfieren mis deseos y estrellan mis ilusiones. No me alcanza el sueldo. La renta, los niños, la ropa, la comida. Luego cuando se enferman. ¡Oh! Me desespero. En cambio Don Ignacio, mi patrón, sin hacer nada, con sólo firmar unos cuantos papeluchos, gana miles y miles. Si no, ¿de dónde sacaría para la súper casona que tiene y para las opulencias que la adornan, dizque amante de las antigüedades? ¿Y para la colección de automóviles que ostenta: carros de todas marcas, tamaños y lujos? ¿Y los deportivos que les ha comprado a sus holgazanes hijos? ¿Y el rancho de descanso en la sierra? ¿Y la mansión en la costa con playa particular? ¿Y su quinta de descanso veraniego en Miami? ¡Qué rabia! ¡Pinche sociedad de ricos o pinche suerte la mía! Mientras que yo me friego el lomo haciendo números y más números para calcular los gastos de entradas y salidas, hago presupuestos y pagos o planifico las inversiones de la compañía, Antolínez vive como rey, sólo el título le falta, porque en cuestión de dineros, no necesita más. Si yo pudiera ganar un cinco por ciento de lo que él recibe... Sé que mi trabajo es eficiente y correcto. Así lo ha reconocido el mismo patrón; acaso por eso no me ha corrido como a muchos. Sabe que le convengo y me dora la píldora diciéndole a los demás que soy una pieza importante en su empresa. De ahí se valen algunos resentidos y envidiosos para murmurar que soy un presumido lambiscón. ¡Para lo que me importa hacer amistades con los de la compañía! Todos son una runfla de mediocres. Reconozco que no soy muy modesto. La modestia es una forma de ser vanidoso. Estoy convencido de ello. Estoy seguro de merecer más que la “distinción”, entre comillas, que me dispensa el dueño. Yo valgo más que él; sé más y sobre todo, trabajo más. Mientras yo me jodo haciendo planes y cálculos, los holgazanes de sus hijos se la pasan tonteando en la universidad; como lo tienen todo, ni un poco de esfuerzo siquiera les cuesta. Saben que está a su disposición la cuenta bancaria que cada uno tiene y que su padre les abrió; que a donde quiera que vayan, por el solo hecho de ser hijos del señor don Ignacio Antolínez y Alcántara tendrán a su disposición hasta lo más difícil de conseguir. El dinero todo lo compra. ¡Infelices! Cuantas veces he deseado tener siquiera uno de esos automóviles que lucen sus hijos, pero... ¡Cuestan tanto! Tengo que conformarme con trasladarme en colectivos con la mugre de sueldo que me da. Aunque si me propusiera, ahorrando, obtendría lo que deseo, mas, sacrificando a mis hijos y a mi esposa. Eso me detiene. ¡Pinche responsabilidad! Después de todo, no debo ser un mal padre. Quizás ellos logren tener lo que yo no he podido. Si es que no salen igual a mí o a su madre. Pero yo tengo la culpa por haberme casado tan joven. Todo por cachondo. Lo mejor es resignarse con lo que uno tiene. ¿Resignarse? ¿Pero por qué? Mientras el idiota del patrón desperdicia en insignificancias, mi familia sufre los efectos de la impotencia y de la desigualdad. Nada más por eso quisiera que fuera cierto lo que algunos predican sobre socialismo. ¡Abajo los burgueses explotadores! ¡Qué haya igualdad económica! ¡Qué cada quien tenga según su propio esfuerzo! ¡Bah, sueños! No hay más consuelo que tragarse la rabia y los resentimientos! Cómo quisiera comprar uno de esos automóviles que el viejo Ignacio tiene y sentarme cómodamente al volante, encender la marcha, deslizarme por las calles, tal cual si estuviera flotando; y escuchando el estéreo con su envolvente volumen, salir de la ciudad cuando se me diera en gana. ¡Ah! No sé por qué me gustan tanto sus autos. Eso sí, tiene buen gusto como coleccionista...y el capital. ¡Un modelo del año como los de Antolínez! No sé qué daría.)
—Diga señora, ¿qué desea? —Disculpe usted mi nerviosismo, pero es que mi esposo hace cuatro días que no llega a casa y estoy preocupada por él. Nunca había sucedido esto. Sé que la empresa a veces lo manda fueras, a viajes de negocios, pero siempre me avisa. En cambio ahora... no... —¡Ah! ¿Usted es la esposa de Suárez? —Sí, señorita. —Pues el señor Antolínez está muy disgustado, porque hace precisamente cuatro días que no se presenta en las oficinas y tenemos mucho trabajo. Sobre todo él, que se había ganado la confianza de Don Ignacio y se iba convirtiendo en su dedo chiquito. Dígame si ya no va a regresar para informar al patrón de esto y buscar otro... —¿Despedirlo? —¡Claro! Por informal e incumplido, aunque cabe hacer la aclaración, ya que lo merece, jamás se había tenido queja de él. Siempre se hablaba de su excelente profesionalismo. Precisamente don Ignacio tenía pensado aumentarle al doble el sueldo, pero ahora que... —¡Es que no sabemos dónde se encuentra! ¡Ha desaparecido! Sus familiares y yo lo hemos buscado hasta en los lugares más inapropiados y no logramos hallarlo. No nos explicamos. No tenía enemigos. Alguna que otra vez se le pasaban las copas con sus amigos, pero siempre regresaba a casa. Ahora... hace cuatro días... De seguro le ha de haber pasado algo. —Lo siento, señora. Le informaré al señor Antolinez para que tome las medidas necesarias. Mientras, le recomiendo que llame a la policía. —Ya lo he hecho señorita. —Bueno, eso es problema suyo. Le suplico se retire pues tenemos mucho trabajo y pocos empleados... Tramite la póliza de vida, por si acaso...
(¡Qué me ha sucedido! ¿Dónde están mis manos y mis piernas? No puedo moverme. Ya no soy yo. ¿Qué es lo que me ha pasado? Quiero hablar y no puedo. La gente pasa a mi rededor y se queda viéndome sin dirigirme la palabra. ¿Por qué no me hacen caso? ¿No me oyen? ¡Escúchenme! ¡Escúchenme por favor! Se los suplico. ¡Sálvenme! ¡Sálvenme...! ¡Oh! ¡Es inútil! Es como si... como si fuera un objeto más... como si yo fuera una cosa... como si no me vieran tirado en la calle. ¡Auxilio! ¡Yo soy Armando Suárez contador público! ¡Trabajo en la compañía comercial Antolínez y Alcántara! Tengo esposa, tres hijos, familiares. ¿No me oyen...? O...¿fingen no oírme? ¿Acaso soy una piedra, un animal, un objeto? ¡Mírenme...! Nadie me escucha. Parece que mis gritos solamente los emitiera en el silencio. ¡Auxilio! ¡Auxilio! ¡Oh! ¡Es inútil! Sólo me miran y se alejan murmurando, como si contemplaran asombrados un objeto nada más...)
(Dos semanas y ni un rastro de Armando. ¿Qué se habrá hecho de él? Los niños me preguntan a cada rato por su papá y no sé qué responderles. No sé si decirles la verdad... No puedo hacerme a la idea de que esté muerto. Su cadáver no ha sido localizado, ¿entonces...? ¡No sabemos! ¡Ojalá que pronto...!) —¡Mamá! ¡Mamá! ¡Ya se llevan el carro abandonado. Ése que dejaron allí desde hace dos semanas. La grúa vino por él. ¡Ven a ver! —Ahora no... —¡Sí! ¡Sí! ¡Ven! Verás qué padre carro. Jamás había visto uno igual... ¡Qué color ¡qué lujo! A papá le gustaría tener uno así... ¡Está padrísimo!
(¡Qué me hacen! ¡Qué hace toda esta gente a mi rededor! ¡Y esa grúa! Comienza a andar y me arrastra como si fuera... ¡Oh! ¡No! ¡Auxilio! ¡No soy un auto! ¡Soy un hombre! ¡Soy un hombre! ¡Me llamo Armando Suárez! ¡Soy contador público y trabajo en la compañía comercial Antolínez y Alcantara! ¡No soy un auto! ¡No soy un objeto! ¡No soy una cosa! ¡Auxilio!)
—¿Viste mamá? ¡Qué carrazo! ¿De quién sería...? —Quién sabe... (¡Cuánto hubiera dado Armando por ser dueño de un automóvil como ése!) —¿Por qué lloras mamá? —No... no lloro hijo. Pensaba. Es algo difícil que tienes que saber...