Chapter 3
—¡Te digo que es cierto, papá! ¡Cómo piensas que voy a estar engañándote! Ni que fuera un niño aún... He crecido lo suficiente como para lograr respeto a mis opiniones. Además, todo lo hago por protegerte. Tú mismo has dicho que te ha costado muchos disgustos el lograr amasar la fortuna que ahora tienes. Y por eso me preocupa la aparición de esas sombras. Pueden ser asaltantes o asesinos... Hazme caso siquiera esta vez! Es por tu bien... bueno, por nuestro bien. —La casa es muy segura, Arturo, porque si no lo fuera. no viviríamos ni un instante más en ella. ¿Piensas que voy a arriesgar lo que con tantos negocios he ganado? ¿Cuándo has visto que la alhajas se guardan en cajas de cartón? ¿Nunca, verdad? Sino siempre bajo llave y en caja fuerte. Nuestra residencia es así... Nadie puede entrar si no es bajo la vigilancia nuestra o de los criados... Si no, ¿para qué crees que la edifiqué tan sólida y tan bien resguardada? Los muros que la rodean pasan de tres metros y sobre ellos hay un sistema eléctrico automático que repele cualquier intento de transponerlos. Hay mucha seguridad. Así es que nada temas. Y deja de leer novelas de fantasmas... que éstos no existen... sólo en nuestra mente... No olvides que nuestra mansión está herméticamente protegida. Antes de acostarme yo mismo enciendo el mecanismo de clausura y ni con bombas pueden abrir. Cualquier contratiempo que vaya en perjuicio de quienes vivimos aquí, de inmediato el servicio de vigilancia lo descubre. Pierde cuidado... —Insisto papá, alguien trama en contra de nosotros algo... Yo he visto las sombras recorrer el jardín como tratando de descubrir un objetivo... Créeme... —Han de ser los perros o los criados cuando se dirigen a sus dormitorios. —La primera vez eso creí porque nada más eran cinco sombras... pero la segunda aumentaron a diez y nosotros solamente tenemos ocho de servidumbre. A la tercera ya fueron quince y así ha venido creciendo su número. La última vez que las descubrí eran como cuarenta y cinco... —(Carcajada) ¡Qué fantasía tienes! Mejor ve a dormir que ya es tarde, (Risa continuada) Anda... te hace falta descanso... —¡Créeme papá! ¡Por favor! ¡Presiento algo terrible! —¡Delirios de tus diecisiete años! —¡Está bien! Conste que lo advertí...! ¡Hasta mañana!
(Otra vez ahí están. Pero ahora son infinitamente más. No avanzan. Se han quedado detenidas en todo el jardín, como si estuvieran decidiendo algo... Debo decírselo a mi padre... que las vea por sí mismo... así ya no dudará... Voy antes que sea tarde...)
—¡Papá! ¡Papá! Abre... Soy Arturo... —¿Qué quieres? Deja descansar... —¡Abre por favor! ¡Rápido! —Está bien... ¿Ahora qué? —Mira hacia el jardín... —Ya estoy viendo hacia el jardín... ¿Y...? —¿No las ves? —¿A quiénes? —Las sombras... ¡Míralas...! ¿Qué? Han desaparecido... —Mañana mismo voy a hacer que te revise el médico... No estás bien. —Te lo juro... Afuera había multitud de ellas... Se disponían a asaltar la casa... y destruirnos... —Ve a dormir...Arturo. Ve... Descansa. —Pero... —Ve a dormir dije... Y no molestes ni a tu hermano ni a tu madre... —Ahí estaban... papá... de veras... ahí... —¡Obedece!
(Por qué se habrán ido... Hace dos semanas que no he vuelto a verlas. Probablemente sea verdad lo que mi padre me ha dicho... Sólo eran delirios provocados por mi fantasía. He revisado con detenimiento la seguridad de nuestra casa y no hay peligro alguno... Quien se atreviera a querer introducirse a ella, pagaría caro su osadía... Estamos protegidos y resguardados.. Nuestro poder no peligra por ahora... a no ser que esas sombras fueran ciertas... Pero no... No. Por ahora estamos a salvo... ¡Qué cabeza la mía! ¡Preocuparse por unas alucinaciones!)
—¡Arturo! Escucha tú, hijo de ricos... Dentro de poco ya no gozarás de la fortuna de tu padre, porque nosotros nos materializaremos y acabaremos con tus privilegios. —¡Quién habla así! (Aterrado) Esto no es simple fantasía... escucho voces... sólo voces... extrañas voces... —Sí, Arturo, somos las voces que pregonan tu fin... y el de tus semejantes... Somos las voces de tu conciencia... Ya verás como un día... estas sombras endebles que tú has visto se harán estridente realidad y acabaremos con los de tu estirpe de ladrones capitalistas. Seremos realidad... realidad... —¡No! ¡No es cierto! ¡Mi padre tiene razón! ¡Sólo es mi fantasía! ¡Mi fantasía! Un delirio de mi fantasía.
— Su hijo debe seguir un tratamiento psiquiátrico, de lo contrario puede perder la razón... y en parte usted tiene la culpa, pues siempre lo han visto como un niño y nunca le ha dado ninguna autoridad mayor... Recuerde que desde hace tiempo ha dejado ya su adolescencia. Acaso por eso de modo inconsciente su cerebro reacciona en contra de usted y realiza tales invenciones, como un resentimiento... —Creo que es acertado, doctor, lo que dice. Su madre comienza a preocuparse. Voy a comprarle un viaje de recreo y lo mandaré a pasear por el mundo... Así se dejará de tonterías. —Es lo que debe hacer... Él se siente inferior a usted y a su otro hijo... Dele trabajo en su compañía constructora... Necesita saberse útil y no como un adorno más... Arturo tiene una gran sensibilidad que puede resultar perjudicial. Es lo que mejor puedo recomendar...
(—Sí... las sombras existen... lo sé... aunque mi padre no me crea.... Ellas vendrán un día para arrasarlo todo... a pesar de protecciones... a pesar de... Las sombras que he visto emergen con palas, picos, martillos, azadones y un día se materializarán para edificar su reino de luces sobre la escoria derrumbada de nuestra riqueza... ¡Las sombras se están fortaleciendo... aunque muchos no lo quieran ni lo sospechen; aunque crean que todo está controlado! Es verdad... existen... las presiento... las intuyo... las veo... ¡No estoy loco! Ya comienzan a salir de sus cavernas. Ya son más que ideas. Pronto estallarán sus explosivos y arrasarán palacetes y poderosos rascacielos. Sus albañilerías se van volviendo poderosas. Tendré que nacer de nuevo para no ser acabado por esas sombras y poder combatirlas hasta restituirnos lo destruido...pero si no lo logro, tendré que convertirme en la luz de su nuevo mito arquitectónico. Mientras, estaré pendiente como lámpara apagada entre las paredes de este enorme cuarto blanco en el que me han puesto los incrédulos.)
LOS CHEQUES
Selim era multimillonario. Muchos contaban haberlo conocido cuando apenas había llegado de su tierra; cuando a las duras tenía para comer y no era dueño de más propiedades que la ropa raída llevada puesta. Sin embargo, como la astucia formaba parte de su sangre, poco a poco, primero como abonero ambulante de pueblo en pueblo, medio hablando castellano y después, ya establecido, fue acumulando el producto de su esfuerzo que luego, con inteligencia, astucia y trato adecuado, se acrecentó. Y de aquel Selim, adolescente de sucias ropas de manta e incipiente negro bozo, desembarcado en Veracruz en pos de la promisoria y legendaria América, ahora no quedaba absolutamente nada, sólo el nombre, porque ni en lo físico se parecía. Estaba desconocido. Del joven alto, flaco, narigón y de famélica mirada insegura, poco existía. La delgadez se había convertido en abundancia de carnes y el hambriento reflejo de sus ojos, en penetraciones audaces, como para asegurarse de las ventajas o desventajas a que lo conduciría el trato con tal o cual persona. Con ambiciosa frecuencia viajaba desde Tijuana, donde era el odiado propietario de más de una docena de maquiladoras, a las más diversas partes del país para efectuar diferentes negocios que concertados de modo ventajoso para él, siempre le dejaban aumentos no despreciables en sus posesiones. El matrimonio nunca le había importado. Era un obstáculo, decía, y sólo le preocupaba la conservación de sus millones atesorados a fuerza de perseverancia, de privaciones, de disgustos y... sobre todo, de la constante lucha que tenía que realizar para no ser acabado por las ingratas obreras y los mugrosos obreros de sus fábricas, cuyas constantes peticiones de aumento en sus sueldos, le causaba profundos malestares. —Si no fuera por nosotros que los ocupamos, ahora anduvieran muertos de hambre por ahí... como acostumbran... emborrachándose y llenándose de hijos. — Comentaba enfurecido en reuniones con otros potentados y se revelaba en contra de las peticiones de sus trabajadores. — Si no les parece el sueldo, váyanse a otro lado. ¡Sobran quienes quieran el empleo! — y remataba con su perorata de siempre: — Yo sí conocí la miseria, no como ustedes, patrioteros. No más para no tener líos con su gobierno ladrón, los liquido, pero si fuera por mí... ni agua. Acostumbrado a la riña cotidiana con sus empleados, aquella mañana Selim se había disgustado más que nunca, como pocas veces de las muchas. Fernando, su chofer, se había enfermado y no podía llevarlo hasta donde con urgencia necesitaba ir, así que él ahora se iba a ver obligado a conducir. No podía confiarse de un desconocido. El holgazán de Fernando se tuvo que enfermar ahora, nada menos que cuando más lo requería, ¡Con lo molesto de atravesar la Rumorosa y luego el desierto de Sonora! Siempre le había parecido abominable. Tal vez porque le recordaba sus lugares de origen y las miserias que había pasado en ellos. Y sin más quehacer, sólo conformarse, subió refunfuñando su hipopotamesca persona al lujoso automóvil de ocho cilindros y arrancó. Selim manejaba sin dificultad. Durante bastante tiempo él lo había hecho sin necesidad alguna de sirviente. Por eso fue que todo transcurría con normalidad y hasta sentía un alegre cambio en su ser al comprobar que no se le había olvidado esa actividad sin mayor gracia. (¡Y pensar que cualquiera con esta vulgar tontería hace el gran negocio de ser chofer! ¡Gran sabiduría! Cualquier imbécil ignorante puede manejar y aprovecharse de las necesidades de los pobres diablos sin transporte para quitarles un buen dinero. ¡Bah!) Pensaba despectivo, como envidioso de las ganancias fáciles de quienes manejan taxis o camiones. Haciendo berrinches mentales en contra de los choferes, había entrado a la región desértica desde hacía tres horas y amenazaba no tener fin. El sol reverberaba sobre las áridas tierras y las piedras distribuidas en desorden por la Naturaleza, parecían cobrar movimiento ante tanto calor. Uno que otro cactus aparecía de vez en cuando y en ocasiones se veían volar en sus eternos giros los negruzcos plumajes de los zopilotes. El tedio comenzó a invadir a Selim. Era sumamente cansado el trayecto y demasiado aburrido el paisaje. Él, que ya no estaba muy acostumbrado a manejar, se contradecía en su inicial entusiasmo manejador, comenzaba a resentirlo. Ni siquiera un solo carro se veía circular por esa carretera. Todo era nada. Acaso hubo un relámpago de odio en su cerebro por la ausencia de su chofer. (¡A causa de él...! ¡Hijo de puta!) Un jaloneo comenzó a aparecer en el motor del automóvil y Selim se extrañó de ello. El auto era nuevo y de gran marca. Dos o tres veces lo había usado. No era posible que fuera a descomponerse. Quizás el calor sofocante del desierto había perjudicado la máquina. Pero, cómo... Y Selim tronaba los labios. El jaloneo se hizo más intenso y un tronido se escuchó, como si algo se hubiera roto. Una humareda salió por el cofre y el coche rodó unos cuantos metros más por el impulso natural de la velocidad a la que venía, hasta detenerse. El motor había dejado de funcionar. Selim apretó los puños y murmuró algunas palabras. (¡Maldito Fernando!) Nada peor podía pasarle. Su rostro enrojeció de furia. No sabía que hacer. No llegaría a tiempo para el importantísimo negocio que planificaba. Perdería millones... Y hasta el aire acondicionado había dejado de trabajar. Parecía que la mísera máquina se había puesto de acuerdo para no continuar. Decidió bajar a revisar, tal vez no era algo importante y podría arreglarlo. ¡Y sin que pasara alguien por ahí! Como un golpazo sintió el aire hirviente sobre su rostro. (¡El infierno en llamas...!) pensó (...como en mi tierra... cuando en caravana huíamos de los ambiciosos ingleses. Y yo era tan niño... tan desvalido.) No resistió lo candente de la temperatura y regresó al interior del carro. Allí la frescura había desaparecido, quemaba. Se quitó la corbata y el saco. ¿Qué haría allí? ¿Cómo resolver la situación? ¡Y no saber si había algún poblado cerca! Resolvió, a pesar del sol, ir por toda la carretera hasta encontrar alguien que lo ayudara. Debía pasar cuanto antes un automóvil. La insolación podría matarlo y él comenzaba a sentir miedo. Había luchado tanto para hacerse de su fortuna que deseaba gozar más tiempo con ella. No era posible. Debía salir a como diera lugar de esa situación. Lentamente el carro fue quedando atrás. Selim volteó para verlo y maldecirlo: ¡Carro infeliz! Ya me la pagarán los que me lo vendieron. Van a ver. De mí nadie se burla. ¡Los arruinaré! Aunque me cueste bastante. No importa. Y seguía caminando con sus carnes a cuestas. El sol era irresistible. Jamás, ni allá en sus desiertos nativos, lo había sentido con tanto furor. Y en su caminata, como si fuera el momento de su muerte, recordaba hasta los mínimos detalles de su vida. Se veía niño, rodeado de miserias y de ruegos... de multitudes hambrientas y sin esperanzas. Reimaginaba a su madre mirándolo a él y a sus hermanos, sin hacer nada, sin poder hacer... Y a su padre, muerto aquella mañana por los asesinos del jeque traidor. El calor parecía aumentar, se sentía desfallecer y en sus recuerdos se contemplaba joven, en el puerto de la vieja Fenicia, subiendo al barco que lo transportaría a la tierra de promisión, entre decenas de ilusionados que se dirigían hacia allá... Y luego la llegada a este país y la lucha que comenzó en él para lograr lo que ahora tenía. ¡No! El sol no iba a lograr matarlo. ¡Y menos en un desierto! Por eso él había dejado su lugar de nacimiento, no había querido permanecer allá para no morir de hambre ni de impotencia; para no ser devorado, como muchos de los suyos, en las arenas estériles de la inmensidades arenales que constituían su antigua patria. ¡No! ¡No! ¡Lucharía! Lucharía en contra de ese sol que lo sofocaba y lo bañaba de sudores. ¡Lucharía...! Además... de un instante a otro, imaginaba, pasaría algún camión que le daría ayuda. Dentro de pronto... Sí, dentro de pronto... No tenía por qué desesperar. Volteó hacia atrás como para ver su automóvil, pero había quedado ya muy distante. Entonces pareció ver a aquella hermosa muchacha de Guerrero que le había entregado toda su inocencia enamorada y que cuando ella le hizo saber de su embarazo, huyó como un infame hacia la California. La ardiente caminata le hacía retrotraer recuerdos que parecían haberse borrado de su vida. ¿Qué habría sido de ese hijo? Había recorrido como diez kilómetros y ni la aridez ni el calor cesaban. De pronto no resistió más y ante su enorme obesidad cayó. Arrastrándose se dirigió hasta una roca que lograba hacer un poco de sombra y allí quedó como sofocado, como si un infarto... No supo cuánto tiempo. Cuando recobró el sentido era de noche. Una inmensa oscuridad lo rodeaba. El cielo lucía toda la esplendidez del universo y se extendía impresionante. Cual si quisiera succionarlo. Selim se levantó como pudo y nuevamente fue hasta la carretera para proseguir su andanza. En ella iba cuando vislumbró a lo lejos las luces de un poblado. Una sonrisa iluminó su angustia y respiró el tibio aire nocturno que vagaba acariciador. Luego, corrió convulsionado como loco hacia su salvación... Cuando la silueta de Selim se introducía a las primeras calles del pueblo, sus gritos pidiendo ayuda, rompían con el silencio monótono de la hora. Pero nadie parecía oír. Era extraño ese lugar. Parecía que nunca había transcurrido el tiempo en él, como si jamás hubiera evolucionado o estuviera en una edad sin historia. La desesperación de Selim llegó al máximo y corrió hasta una de tantas puertas que se extendían a lo largo de la calle empedrada en la que iba y tocó. Un hombre, provisto de una tea y acompañado por una mujer y varios niños vestidos con cierta rareza para él, le abrió y algo pronunció. Selim escuchó entonces algo semejante a preguntas en una lengua que sonaba a arcaica y que no entendía. Oía mencionar palabras jamás escuchadas. Selim intentó a su vez explicarle con presura lo que le acontecía, mas el hombre gesticulaba incomprensión y sorpresa entre la admiración de su probable familia. Frente a frente se encontraban, pero incomunicados. — Vengo de Tijuana. Se descompuso mi automóvil. Dónde está el telégrafo. Tengo dinero. Pida lo que quiera. ¡Soy rico! ¡Auxílieme! — Atropellando los vocablos, Selim rabió desesperado y sólo cuando mencionó riquezas, el hombre intentó comprender y dio un potente grito. De todas las casas comenzaron a salir individuos cuyas ropas eran antiguas. Sus rostros reflejaban exclamaciones. El hombre dijo a quienes iban llegando que el forastero tenía dinero y necesitaba ayuda. Todos afirmaron que se le concediera, pero antes debía distribuir la riqueza prometida en pago, para el bien de todos. Selim comprendió y diseñó una sonrisa maquiavélica. (—Dondequiera son iguales. Muertos de hambre que quieren enriquecerse de inmediato, sin mayor esfuerzo. ¡Holgazanes ambiciosos!—) Dio hipócritas gracias y al mismo tiempo buscó en los bolsillos de su pantalón lo indispensable para pagarles. Sacó una chequera. Pidió algo con que escribir. El sujeto le dio un objeto semejante a un lápiz y Selim extendió tres cheques al portador por cantidad jamás despilfarrada por él. Bien merecía su vida tal precio y más... Los hombres y las mujeres que lo rodeaban se veían extrañados. ¿Qué hacía ese hombre? ¿Dónde estaban las riquezas que les prometía y que ellos aprovecharían para el mejoramiento de la comunidad? No veían oro, ni plata, ni metal precioso alguno. —Aquí tienen. Son diez millones para ustedes. Socórranme. Todos comenzaron a reír, como si lo que les entregara no tuviera ningún valor para ellos. — Son cheques. Valen tanto como dinero en efectivo. ¿O acaso son tan primitivos que no los conocen?— Aclaró ansioso Selim, mientras los hombres se retiraban irónicos y burlones. Cuatro de ellos, altos, robustos y jóvenes, vestidos con una especie de overol, lo levantaron por la extremidades y en formidable carrera lo condujeron nuevamente hasta el desierto. Selim pregonaba desesperado sus riquezas, imploraba piedad. Les ofrecía cantidades exorbitantes, ¡toda su fortuna! Pero ellos no hacían caso. Iba amaneciendo. Los cuatro hombres depositaron en la arena su carga de ofertas e iluminados por el día, dieron la vuelta y en rapidez increíble, regresaron a su población. — Tengan el dinero. ¡Créanme! ¡Soy rico! ¡Infinitamente rico! ¡Riquísimo! — Selim gritaba como convenciendo, mas nadie lo escuchaba ya. Su voz se fue quebrando. Arrodillado en la arena, suplicante, veía angustiado a todas partes y sólo miraba el desierto, el desierto infinito. Sollozante se dejó caer. Sus manos que apretujaban la chequera se abrieron sin fuerza y la soltaron. Los cheques firmados se desprendieron en el instante en que un viento leve y cálido comenzó como a sonreír y los iba dispersando. Selim agonizaba, tenía hambre, sed, estaba solo y el calor, en medio de pánico y llanto, aumentaba más y más y más... Algo como el pasado lo fue envolviendo y su corazón no resistió más.
SOLILOQUIO DE UN OMNIBÚS CUALQUIERA
(El silencio me envuelve como la sonrisa de un viejo burlón y entre los misterios de esta sensación de abandono, el tiempo parece distenderme en un acabóse previsto, pero no evitado. Como perdido de mi cuerpo, presiento la llegada de sucesos extraños. Algo como un sollozo que me brota. Nadie creería que puedo pensar y discurrir en ideas lo que me acontece. He quedado solo después de la balumba que me habitaba transitoriamente. En mi diario recorrido me invado de regocijos, pero al terminarlo sucumbo en desoladoras impresiones y me invade algo como conciencia. No debía inquietarme nada. Soy la cúspide del progreso. Soy grande, inmenso, potente... Mi vigor lo envidian todos los insignificantes compactados. Sólo yo puedo realizar el esfuerzo de cruzar las cumbres más elevadas sin que surja siquiera un mínimo de dificultad. Me detractan y me alaban. Sin embargo, siento como si algo me faltara, como si existiera un hueco en mis entrañas mecánicas. Algo que nunca he comprendido. Soy como libertad y esclavitud a la vez. He surgido como producto de una gran estructura. Sin embargo, cuando ella dejó su apariencia férrea y comenzó a viciarse mi manejo, manos alteradas principiaron a transformarme en lo que ahora me erijo. Entre todos los medios de conducción soy el único que tiene las mayores y mejores comodidades. Cientos de luces circundan mis techos y mis paredes transportables. El lujo de mis asientos lo desean otros de ínfima categoría. Nadie me gana. Soy el dueño y señor de las calles, de las avenidas, de los viaductos. Hasta por fuera, a pesar de los rayos solares, de los vientos erosionantes o de las lluvias inmisericordes, aventajo, a muchos. Soy el orgullo de la compañía a la que pertenezco: Líneas Unidas. Mis barras, anunciantes de mis rutas, las luzco arrogante y cada una de las estrellas que las adornan parece lanzar destellos luminosos, en cuyos resplandores se confirma mi poderío. Ya lo he pensado muchas veces, aunque los que me conducen ni siquiera lo sospechan. A pesar de tanta potencia, el abuso que hacen de mí está a punto de causar mi ruina. Apenas hay un nuevo lugar en la ciudad que presagie éxito comercial de ruta e inmediatamente me llevan hacia allá y aunque se opongan los mismos habitantes de ese sitio, instalan oficinas para poner en servicio el transporte, alegando que beneficiará al barrio al instalar tan eficaz medio de comunicación. Tal vez será por esto que me siento abatido, vacío, enervado, extenuado de andar y desandar por los caminos mil veces recorridos de la urbe laberinto. Esta noche he sentido algo especial dentro de mis partes mecánicas. Como si de improviso mi motor quisiera explotar o mi carrocería deseara romperse en incontables fragmentos. No sé por qué, pero creo que ésta es la noche temida, la de mi fin. Todo lo que he atesorado en mí se derrumbará. Me van a cambiar por nuevos omnibuses más sencillos y más económicos. Lamento reconocerlo, pero la decadencia que sufro me está llevando al borde de mi destrucción... sin que nadie me salve... A menos que... Sí... la innovación... requiero innovarme... El hastío de ser el único que impera en los transportes requiere un cambio... y esto tendrá que suceder... aunque para ello cada vez sienta más cercano mi término. Sí, lo sé. Casi estoy seguro, aunque no lo deseo plenamente. Ésta es la noche última. Mi cuerpo principia a estremecerse. Infrecuentes dolores recorren vagabundos mi mecanismo. Una advenediza fuerza, como inmenso imán, atrae mi configuración de acero... y siento desmembrarme. Quiero resistir pero es inútil... me estoy despedazando... Los cristales de mis arruinadas ventanillas han desaparecido arrancados por una disimulada aspiradora... Mi motor se desintegra... Caen al piso mis llantas, mi carrocería, mi maquinaria entera... me desmorono como si fuera un ilusionado castillo de arena... Como todos los viejos transportes, sucumbo. Nada quedará de mi imperio... lo presiento... ¡Nada! Tal vez ni el recuerdo de mis pasadas grandezas... ni de mis lujos... ni de mis barras... ni de mis estrellas... ¡Me desarmo! El tiempo está ladrando.)
LA JUSTIFICACIÓN DEL MIEDO