Cuentos Estrambóticos

Chapter 2

Chapter 23,463 wordsPublic domain (Wikisource)

Desde aquella noche de luna menguante sonaba aquel dúo de pianos con tanta intensidad, que una mágica fascinación provocada por tal acontecimiento, eclipsó el sueño de los a esa hora durmientes. Era como si manos misteriosas volaran sobre las teclas seduciendo tonos y medios tonos en armonías vibrantes, ora matizadas con furor, ora degastadas con melancolía. Entre andantes y allegros iban derramando sus compases hasta terminar, después de breves silencios, en brillantes sonoros, imponentes y grandiosos. En esa ocasión, el vecindario se deleitó con la música nocturna, pero al transcurrir las noches y repetirse la misma melodía siempre en punto de las doce, el placer convertido en rutina se transformó en aburrimiento primero, luego en insoportable angustia y después, en insomne desesperación. Nadie conocía a quienes habitaban el caserón del que salían las notas apasionadas. Jamás habían visto a alguien entrar o salir de él, y por eso, aunque la gente del barrio se precisaba de muy cultivada, muchos comenzaron a pensar en brujerías. Sin embargo, hasta entonces, nada parecía indicar que cualesquiera de los tantos, se decidiera a investigar la causa de aquel misterio. En el fondo, aunque no se aceptara, los invadía, o principiaba a invadirlos, un temor sin nombre ante aquello desconocido, a pesar de sus civilizados portes. Pronto las consejas del chismorreo fueron acrecentándose, a cual más atrevida en suposiciones; desde la sospecha de una casa habitada por un loco, hasta la afirmación de los espíritus en pena o en goce... No obstante, a pesar de los más diversos supuestos, los pianos continuaban con su algarabía de sombras a cada noche. Apenas los péndulos ayudaban con sus movimientos iresivenires a que las manecillas se encimaran frente al doce, cuando como en marejada, se estremecían los mutismos de medianoche con el sonido vibrante de un primer movimiento musical. En cada una de las casas que rodeaban a la mansión melódica, los ojos separaban sus párpados y la pupila se agrandaba para darle forma a la silueta que circundaban el cuerpo al que pertenecían. En algunos, la mirada se enternecía como si estuvieran escuchando insólita serenata, cadenciosa, suave, añorante... Otros se llenaban de fulgores extraños en los que se percibían miedos insospechados, imprevistos pánicos... Y nadie podía dormir en esos momentos. Los pianos sonaban sus alegretos y sus ritornelos, entre fugas ardorosas y vehementes y con sus compases, sembraban la inquietud y la confusión entre quienes los oían. Por eso fue que casi al cumplir un año de lo que ya el vecindario consideraba común tormento musical, los afectados se reunieron para discutir algunos planes que pusieran remedio al escándalo nocturno y que parecía no tener final. Era necesario, proponía el ingeniero Arellano, ir con las autoridades para que realizaran las investigaciones debidas y dijeran a quienes vivían en esa casa que no era posible continuar con tal situación. Si los conciertos fueran de vez en vez y variados, no protestarían. Sabían que en ocasiones algunos hacían fiestas y desvelaban con ellas al barrio, pero esos... esos que ni siquiera conocían, que noche a noche los molestaban con su música desesperante, debían aquietarse. O los pianos o ellos. No podía seguir aquello durante más tiempo. Todos estuvieron de acuerdo con el ingeniero. Protestarían con gran energía. Fueran quienes fueran los que vivían allí, necesitaban una llamada de atención. En el día que tocaran cuando quisieran, pero de noche... De noche que dejaran dormir. Eran más de once meses los que habían soportado y francamente no podían resistir más. Nadie comprendía cómo ninguno se había atrevido, qué decir atreverse, decidido a poner un hasta aquí a esos... a esos... ¡Quién sabía lo que eran! Todos coincidían en reconocer una enorme antigüedad a aquella casona ruidosa. Cuando llegamos a vivir aquí, y eso que fuimos de los primeros, ya estaba construida, nunca pensamos que... Clamoreaban los que más se las daban de fundadores. Por ello, en masa, acudieron a las puertas de la mansión incógnita. Mientras se les hacía justicia legalmente, iniciarían sus protestas. Y estuvieron tocando un largo lapso, mas nadie acudía a abrir. Hasta entonces a ninguno le había preocupado ver el interior, pero en esos instantes sintieron curiosidad y a través de las hendeduras comenzaron a fisgonear. Sólo alcanzaban a medio mirar el principio de un jardín bastante descuidado. Las altas y gruesas bardas de piedra volcánica, protegidas aún con alambre de púas, impedían a quienes habían trepado furiosos para penetrar en la residencia, contemplar más que arbustos y a lo lejos, entre enredaderas, unos pilares y unos ventanales que nada aclaraban. Algo sucedía. Parecía que nadie la habitara, pero, ¿y los pianos? ¿Cómo explicarlo? ¿Quién los tocaba con tanta virtuosidad? La policía era la única que podía esclarecerlo. Debían llamarla cuanto antes. Así, al cabo de unas horas, los zumbidos de las patrullas se presentaron y de ellas descendieron, como vomitados, casi una docena de agentes. Una muchedumbre promiscua, hombres, mujeres, jóvenes, niños, perros, se arremolinaron frente a la mansión misteriosa con el deseo de no perder ni un detalle de lo que acontecía y de lo que con probabilidad iba a suceder. Unos a otros se empujaban como para ver mejor. Uno de los más prepotentes gendarmes llamó con increíble voz de gasero a los habitantes desconocidos, mientras que golpeaba con manos y pies el enorme portón. Nadie respondía. Ante esto, el comandante ordenó que abrieran a la fuerza. Un grito de admiración recorrió los labios de quienes presenciaban la escena. A empellones la puerta cedía y dejaba al descubierto una pequeña jungla. Era como si desde hacía mucho tiempo nadie se preocupara en cuidar aquel jardín que ahora mostraba con abundancia una vegetación silvestre e invasora. Los agentes atravesaron los antiguos prados y llegaron a la puerta principal. Se asombraron de las dimensiones del terreno que abarcaba toda una gigantesca manzana. Bien podrían haber cabido allí una centena de casas comunes. Con llave maestra abrieron y al entrar percibieron un olor a podredumbre tan intenso que se vieron en la necesidad de salir. La peste se extendió rápidamente y la muchedumbre que los había seguido, retrocedió de inmediato como golpeada por un asqueado bofetón. Un cierto temor se apoderó del comandante que presentía un crimen más. Y aguantando la respiración, mientras abrían las resguardadas ventanas, penetraron. Por dentro la casa era un amontonamiento de antigüedades, entre las que destacaban por su belleza, dos decimonónicos pianos negros de cola, convertidos en grisáceos por el polvo que los cubría. Las miradas examinaban aquella balumba de riquezas, cuando una exclamación interrumpió la curiosidad. Allí, tirados sobre la alfombra y en un recodo de la escalera art-nouveau con labrados de cedro y caoba, se hallaban los residuos de los que habían sido seres humanos. El comandante ordenó con serenidad, como quien está acostumbrado a hacerlo, que se llamara a la ambulancia. El rumor corrió más que el silencio y la noticia levantó cejas y patrocinó nuevos asombros. ¡Un crimen! ¡Un suicidio! ¡Qué misterio se cierne aquí! ¿Y los pianos? Muchos temblaron su cobardía. Sin embargo, entre sonrisas y bocas abiertas, poco después se reveló que uno de los curiosos había encontrado en el cajón de un escritorio una carta y de inmediato la había entregado al comandante. Éste, al leerla, movió la cabeza y quedó pensativo. Era un caso extraño, pero la solución simple. El mensaje la contenía: “Algún día nos van a asesinar, lo presentimos. Creen que somos ricas, pero no es cierto. Sólo tenemos poco, muy poco... casi nada; como nos gustan las antigüedades... Por eso, creyendo que un día de estos nos matarán, si descuidamos lo que tanto esfuerzo y sacrificio nos ha costado, hemos decidido vivir aisladas del mundo protegiendo nuestras pertenencias. Sabemos que en alguna hora, todas esas bolas que se dicen revolucionarias perderán sus ideales y se convertirán en saqueadores. Nuestra hacienda la hemos fraccionado y sólo nos reservamos una pedazo cómodo. Los asquerosos futuros millonarios querrán sentirse y verse parte de nuestra aristocracia, hoy destruida por la revolución, y querrán vivir en nuestras haciendas, pero como olvidarán con el tiempo para lo que luchan, entonces... sus hijos... o sus nietos... Ya casi los vemos construir casas que imiten los estilos vacíos de los yanquis, en lugar de la elegancia europea. Y como tendrán dinero y apoyo del gobierno... ¡qué será de nuestro valle, de nuestras lomas, de nuestros pedregales, de nuestros riachuelos!

Nuestros patrimonios serán convertidos en hoteluchos o en insultantes residencias sin las alturas de la culta Francia. Algún día moriremos, pero no saldremos a pedir auxilio, puede ser que... se aprovecharán y... ¡No! ¡No! Permaneceremos aquí, aunque nos maten quienes... no sabemos. Si esto llegare a suceder, hemos arreglado en los pianos un mecanismo eléctrico para que siempre, a la misma hora, por la noche, a medianoche, toquen una melodía con el fin de que los vecinos se molesten, protesten y acudan a la policía. Así descubrirán el asesinato e investigarán, porque lo sabemos, lo sabemos: ¡Nos matarán! ¡Nos matarán! Sólo pedimos piedad para nuestros cuerpos que han quedado desamparados en estas tierras de injusticia y sobresalto; y piedad para nuestras almas, pues tantas veces los incomprensivos ladrones de la patria dijeron que éramos vejestorios avaros y usureros. ¡Mas cuan equivocados! Sólo éramos unas pobres e indefensas viejecitas... Unas mártires viejecitas condenadas a morir y ser traicionadas... De todos modos, el tiempo ladrará, los oportunistas terminarán robándonos e instalando nuestras colecciones en sus horrendas casotas de políticos barbajanes sin abolengo, hijos de nuestros criados... o en las de presumidos e ignorantes nuevos ricos... cuyos padres también fueron lacayos en los días de nuestra aristocracia...”

HORMIGUITAS

-Tú, Miguel, conduces el Roll-Royce rojo y yo el amarillo. Así iremos cómodos los ocho. Será un buen día de campo. Verás cómo nos divertimos. —eso lo dijo Alfredo pensando en un buen inicio sexual con Eugenia. Y todos los amigos y amigas aplaudieron excitados por un pensamiento semejante, aunque callado, cual si hubieran realizado un gran descubrimiento, pero que se iba reflejando en el recién libidinoso brillo de sus ojos. Sin decirlo, ya imaginaban desnudas a sus parejas en todos los estilos de su esperado disfrute. En aquel fin de semana, que ya presentían espléndido, irían a gozar de un tantas veces pospuesto paseo campestre. Pero hoy, todo lo habían previsto. Saldrían muy temprano, tomarían la supercarretera Intercontinental y al llegar al kilómetro 213, seguirían la desviación que por ahí se entronca. Se internarían entre los altos bosques de coníferas y en un lugar apropiado dejarían los automóviles. Descenderían y entre bromas y carcajadas cada vez más cachondas, subirían caminando por las abruptas laderas de la montaña hasta llegar al manantial que debido a la estación de lluvias, se vería convertido en una cascada rodeada con frescos pozuelos para nadar. Ojalá que no lloviera. La temporada de aguas se hallaba en su auge y no había tarde en la cual no cayeran tremendos chubascos. Ahora que si llovía, con eso de la humedad... a abrazarse y luego a secarse con la piel caliente... Nada saldría tan perfecto como aquel día de campo. No habría tedio, sólo diversión y sexo. Por tal motivo, habían preparado exquisitas viandas cuyo costo no había sido objeto de detención para semejante regodeo. Tanto los muchachos Jiménez, Alfredo y Miguel, hijos de una familia de famosos adinerados, como los jóvenes Montes, Joaquín y Alberto, progenie empresarial, que habían venido desde Nueva York a visitar a sus amigos de la capital, amigos desde la infancia, no habían reparado en gasto alguno. Aunque, pensaban con lógica mercantilista que de nada les servirían las tarjetas de crédito ni los dólares en la montaña; a menos que se dieran la gran aburrida y de ahí se fueran a la playa. Conclusión: nada mejor dentro de los festejos merecidos por tan íntima amistad, que gozar la sensualidad de la vida al contacto con la naturaleza y por eso habían preferido organizar los anfitriones un estupendo pic-nic. Además llevaban buenísimas amigas: Eugenia, Elisa, Jenny y Yazmín, compañeras de la universidad. Los padres de tales jóvenes irradiaban prestigio social y financiero. Los Jiménez eran dueños de la cadena televisora más importante del país y los Montes, allá en Nueva York, debían su fama a su participación constante en la mayoría de las negociaciones destinadas a la alta moda. Ambas familias explotaban de riqueza y la vida fácil para sus descendientes era obvia. Los hijos podían acudir a las Universidades más costosas de sus respectivas urbes, aunque resultaba que, de tanto poseerlo todo, el estudio era un simple ocio, un estadio más para pasar el tiempo. Mas, como decían sus padres: —Tienen que prepararse para manejar bien nuestras empresas. No vaya a ser que algún obrerito líder se les trepe por descuidados. Con todo, ninguno había destacado por la brillantez de su talento, mas bien eran conocidos en sus escuelas por su vida de relajo y las cantidades de dinero que llevaban para gastar. Así pues, la vida para ellos era sumamente fluida y dulce... Ya llegaría el momento de trabajar para administrar los negocios, y para eso, no se necesitaba ser sabio. Astucia y olfato; no más. Por fin, después del vértigo deportivo de la velocidad, llegaron hasta donde se proponían y acamparon. ¡Qué voluptuosa y genital alegría se desparramó en sus rostros! El super equipo de sonido que llevaba el carro estalló en músicas paleolíticas y escandalosas y después de desnudarse completamente, sin mayor apocamiento, tanto ellas como ellos, corrieron a zambullirse en la ya bastante ancha laguna que la cascada producía. Y entre carcajadas, guitarrazos eléctricos y baterías electrónicas, se lanzaban a los rostros las transparencias del agua y en amistosa guerra náutica semejaban chiquillos lúbricos que recién habían descubierto la naturaleza. Los abrazos intencionados y los besos furtivos no se detenían con las condescendientes amigas, también hijas de familias adineradas que no ignoraban nada en cuanto a caricias atrevidas. Les encantaba. Cuando salieron de las delectaciones acuáticas, el sol ya se había ocultado entre una inmensa nube de tonos blanquecinos y grisáceos, pero no había presagios de próxima tormenta. Probablemente hasta el anochecer llovería y para entonces irían camino a casa muy satisfechos. Por la noche debían asistir a una recepción en la mansión de los Del Valle. ¡Esa sí era una loca mansión! ¡Mejor dicho, palacete de grandes puntadas! No se la perderían. Sabían las sorpresas que solían dar en honor de los visitantes para afianzar lazos de clase. Todo allí era muy chick. Además la Del Valle estaba en su plenitud y la enloquecían los veinteañeros. Solía dar sus resbalones con ellos. Pero ya era carne vieja. Después de revolcarse un poco entre el pasto con el deseo levantado, pero discretamente impedido por las jóvenes que se las daban de discretas, dispusieron los manjares para saborear otros deleites. Colocaron un precioso mantel bordado y entre todos dispusieron con elegancia las viandas para comenzar a despacharse. Desnudos disfrutaban las vituallas derramadas a propósito en la piel para que la pareja la limpiara sibarita con mordisqueos, chupetes y lengüetazos. —¡Nunca me había divertido tanto!— comentó Elisa, mientras Alfredo y Alberto lamían la mermelada que le habían untado en los senos. —Te lo he dicho... Allá en Nueva York habrá espectáculos impresionantes, pero nada mejor que la naturaleza. — Concluyó Alberto su lujurioso saboreo. —¡Huy! Naturalista el joven... Yo la odio... Nunca nos satisface plenamente... — Arguyó Elisa que parecía ir excitándose con frenesí ante las dimensiones que veía en Joaquín. —No aleguemos chovinadas por ahora y... mejor ahora disfruta de mi mantequilla... Chúpala bien...¡— Intervino Joaquín que se había dado cuenta de las miradas de Elisa. —Cuidado, Jenny! — Alertó Eugenia que parecía muy concentrada con Miguel. — Esa hormiga roja te puede picar... Te sube por una pierna... —Parece que nunca las has visto... Mira lo que le pasa... — Interrumpió Jenny mientras de un manotazo la aplastaba y se deshacía del insecto arrojándolo al pasto. —¿Ves? —La trituraste... Sólo la hubieras hecho a un lado... Bueno, qué importa, mejor deja que Joaquín me triture como a ti con su hormigota... —y sonrieron cínicos, como desmayándose en delectación. Luego del incidente, como si nada, continuaron engullendo con placer los bocadillos que llevaban y el champán. Sus cuerpos seguían sirviéndoles de mesas tersas y provocativas. Las carcajadas entre tanta burbuja les aceleraba el pulso y las ganas de estar más cerca. Alfredo traía un poco de marihuana, pero todos la rechazaron. Eso era de vulgares. Había que gozar al natural, sin artificios. Cosquilleos de la piel con la propia piel. Eso era la moda en Europa. Tan entretenidos se encontraban en sus deliquios naturalistas que no alcanzaron a percibir un desfile de hormigas rojas, que, sin saber de dónde, se había formado. Los insectos, atraídos sin duda por las migajas del banquete campestre de los ya enardecidos jóvenes, se aproximaban con organizada disciplina en pos de llevarse las sobras alimenticias a sus madrigueras. Sin que los fogosos chicos se dieran cuenta, durante todo el tiempo de sus voluptuosos escarceos, las hormigas habían trabajado huidizas en pos de lograr lo suficiente para su mantenimiento. Ahora que había modo, tal parecía que no deseaban perder la oportunidad... De pronto Yazmín que principiaba a montar a Alberto gritó: —¡Mira, Eugenia! ¡Cuántas hay! ¡Cuidado, te pueden picar! ¡Aplástalas Miguel! Si no, no nos dejarán en paz... Rápidamente... que quiero más...— Gimió zafándose de la inicial y delicada penetración de Alberto . Los jóvenes procedieron a su labor destructiva. En pocos minutos, la columna rojiza de hormigas se debilitó, como si hubieran huido. Vueltos a sus regocijos pasionales y olvidados de aquello que ni como simple incidente consideraban, los jóvenes se había emparejado y propulsados por la embriaguez, principiaban a violentarse con mayor ardor y a dejarse ir en pos de sexo pleno. —¿Escuchan?—De pronto, ante el azoro embestidor de Joaquín, Elisa interrumpió soltándose de su amante. —¿Qué ruido es ése? ¿Parece un zumbido? —¿Mas bien como el de un tornado? — Respondió Alberto dejando de penetrar a Yazmín que protestó por el abandono. —¿Pero aquí? —Mejor vamos a un motel. — Continuó Eugenia. —Se está nublando... No tarda en caer un aguacero... —¿Qué dicen? Coger bajo un aguacero es muy sabroso. —Exclamó sonriente Joaquín— De lo que se pierden. —¿Nos vamos entonces? — Molesta gruñó Yazmín que lucía humedecida su entrepierna. —Vámonos pues... ¿Dónde quedaron mis pantalones? Ya casi nos veníamos...— Concluyó Miguel. —¡Miren allí! — Dijo aterrada Yazmín mientras recogía su ropa— ¡Hormigas por montones nos están rodeando! Para ningún lado podemos escapar... ¡Son... ! —¡Qué horror! ¡Huyamos pronto! — gritó desesperada Eugenia quien desnuda comenzó a acelerarse. —¡Cálmate Eugenia! Corramos hacía los automóviles y encerrémonos allí. — Ordenó Alfredo. —No creía que unas simples hormigas pudieran organizarse con tanta perfección...— Prosiguió alarmado Joaquín mientras comenzaba a movilizarse como eludiendo obstáculos. —¡Parecen millones! Si no huimos, peligramos... Es como si protestaran por las que aplastamos... Son un montonal. — Aún con su erección plena, Miguel gritó asombrado. —¡Socorro muchachos! ¡Socorro! — Se oían como desintegrándose los gritos de las jóvenes cuyas desnudeces se veían desaparecer como succionadas por la tierra. —Miguel... las hormigas las han tirado al suelo... ¡Cuidado! Ahora están subiéndosenos. No puedo detenerlas. Son incontrolables ¡Nos muerden! ¡Nos devoran! ¡No! ¡Noooo! Y el zumbido se acrecentó como iracundo. Los aterrados quejidos fueron dejando de oírse cual si se volvieran lejanía.... Algo había ocurrido en unos cuantos minutos. Ahora los insectos se arremolinaban alrededor de un extraño y sanguinolento montículo, como en fiesta obrera. Los jóvenes millonarios se habían esfumado; ni un residuo siquiera quedaba de ellos. Sólo cuatro o cinco hormiguitas negras recogían algunas insignificancias de comida que a pesar de su pequeñez transportaban a sus agujeros...

LAS SOMBRAS

(Hoy las vi de nuevo. Surgieron de donde siempre y atravesaron el jardín para perderse en donde mismo. Ya se lo dije a mi hermano y a mi padre, pero se rieron de mí. Creen que sólo son inventos de mi imaginación, pero aunque ellos no lo crean es verdad lo que afirmo; las he visto cruzar de manera continua entre los viejos árboles. Aparecen entre la penumbra por la reja que da a la cochera, se internan entre los prados sin saber cómo y luego... Yo he ido hasta el lugar de esfumación y por más que he hurgado, no encuentro puerta secreta alguna. Llegan hasta la tapia de las bugambilias y allí desaparecen. No tengo miedo ni temor. Es sólo una preocupación ante el misterio cuando no puedo explicármelo con claridad... ¿Y si fueran ladrones que estuvieran planificando saquear nuestra casa? Sin duda pocos ignoran que mi padre es uno de los hombres más ricos del país y por tanto han de querer muchos apropiarse de lo que nos pertenece. Pero yo no lo voy a permitir, por eso soy joven... Y si esas sombras persisten en sus intentos, ignoro los medios que pueda utilizar para defendernos, pero las desenmascararé...)