Chapter 1
CUENTOS ESTRAMBÓTICOS
Primera edición 1966.
{|width="100%" | | align="right" | Página |- | Prólogo | align="right" | 3 |- | Los tacos | align="right" | 9 |- | Los pianos | align="right" | 25 |- | Hormiguitas | align="right" | 37 |- | Las sombras | align="right" | 49 |- | Los cheques | align="right" | 59 |- | Soliloquio de un omnibús cualquiera | align="right" | 73 |- | La justificación del miedo | align="right" | 79 |- | La propaganda | align="right" | 87 |- | El desaparecido | align="right" | 99 |- | Roberto no sabía la verdad | align="right" | 109 |- | El mandatorio | align="right" | 119 |- | El imperio | align="right" | 133 |- | La esfera | align="right" | 141 |}
PRÓLOGO
La obra cuentística de Domínguez Hidalgo se ha caracterizado en la literatura mexicana por un denso compromiso con la educación, sin embargo, esto nunca ha significado que lo didáctico haya avasallado a lo estético en su obra literaria. Para eso se encuentra su abundante producción didáctica que abarca desde el jardín de niños hasta la enseñanza superior en el área de la lengua y la lingüística, el estudio y la comunicación, la literatura y la semiótica. Más de cien libros escolares. Una verdadera máquina de producción pedagógica dentro de las más actuales estrategias educativas, incluso se ha adelantado con frecuencia a ellas. Por cierto, entre otras cosas, es Doctor en Pedagogía. Sus cuentos, que él ha denominado desde sus inicios como escritor literario, cronicuentos, así como en el terreno artístico musical habla de cronicantos, son equivalencias y evidencias de la realidad social en que vivimos, envueltos en una sorprendente imaginación que de tan fantaseada, parece real o de tan real, parece fantasía que oscila de los cuentos maravillosos a los de ficción científica, pasando por todas las temáticas: detectivescos, de humor negro, neorrealistas, eróticos, de misterio, de terror; incluso, románticos hasta el kitch o absurdos hasta lo underground. No suele despreciar algunos rasgos porno y aún malditos. Incluso ha inventado anticuentos de hadas waldisneanos e ingeniosos juguetes lingüísticos narrativos. Siempre preocupado por los educandos, como excepcional maestro que es, el arte de la palabra le ha servido para presentar a los jóvenes y a sus profesores un intento de tomar conciencia de las vidas que transcurren cotidianas en las urbes y en los pueblos a través de sus narraciones expresadas en distintos formatos y tendencias literarias. Su original acepción de “Cronicuentos”, como el denomina a sus relatos, constituye una manera de enfrentar a sus abundantes lectores (casi siempre alumnado, casi siempre profesorado) ante los acontecimientos, a veces brutales, en los cuales vivimos inmersos, con el propósito de detectar la poesía diaria que emana en el ajetreo citadino y que sin embargo, casi siempre se pierde: una poesía extraída de todas las interacciones humanas, aún las menos concebibles. Poesía que es sorpresa, si se medita en ella; o desparpajo cruel, si se lee como contracultura. Desde sus primeros libros de cronicuentos Fabiana y las demás (1963) y Cuentos promiscuos (1964) se observó en él, una habilidad para satirizar las ideologías de todas las clases sociales producidas y patrocinadas por la demagogia de los herederos de una revolución institucionalizada y cada vez más seducida por el modelo yanqui; actitud que se prolongó, con un dejo de amarga ironía en sus Volanterías (1965), título sugerido por Arqueles Vela, el gran prosista del estridentismo, primer gran movimiento de vanguardia en México hacia 1922. Domínguez Hidalgo, dijeron algunos críticos, parecía tomar la estafeta en los 60s de tal vanguardia y convertido en un derivado neoestridentista construía una parodia de la vida mexicana de esos años donde la estridencia de la barahúnda popular, desde la bisutería de lo insulso folletinesco y de pasquín hasta las posturas cómics, mostraba el ordenado desorden de una sociedad comodona y deseosa de consumismo para sentirse a la moda y gozar de su libertina revolución. Acaso por ello, en su obra literaria inicial, los archivos sentimentales de la narrativa no importaron tanto, sino las manifestaciones del habla, como ecos de personajes sin crónica, diseñados en una polifonía de alienaciones cuentísticas; de ahí el uso del diálogo constante: la palabra y lo que se dice con ella es lo que importa. Dígalo quien lo diga. Las voces ajenas construyen el mundo narrado. Domínguez Hidalgo sólo deja que fluyan y el lector haga la efigie de quienes las hablan. Luego vinieron, hacia 1966, estos Cuentos estrambóticos que de poco en poco, como toda la obra literaria y artístico musical de Domínguez Hidalgo, comenzaron a circular en los medios escolares; muy distantes de los cenáculos literarios de mafias efímeras y dependientes de grupúsculos demagógicos, ambiciosos, hipócritas y manipuladores. Al fin y al cabo, el mundo para quien Domínguez Hidalgo siempre ha escrito, hablado o cantado, se ubica en el magisterio y sus discípulos. No desea más. El maestro Antonio siempre ha sido de la escuelas; siempre feliz profesor de banquillo rodeado de su alumnado que lo escucha, dialoga y discute con él; suele refutarle, pero a la vez, comprende que crece en sus aprendizajes ante la vida. Domínguez Hidalgo ha dicho que él también aprende mucho de sus alumnos y alumnas, pues ellos y ellas lo han puesto frecuentemente en contacto con los diversos mundos de las culturas juveniles tan degradadas por los mercachifles. Y esa es la sensación que se desprende de su obra estética, algo nos quiere enseñar de lo aprendido a través de otros, sin caer en la moralina, sino impulsándonos a reflexionar en nuestras actitudes en pos de cambiar en algo al mundo, por lo menos, el personal. Si no, ahí están también sus Lo ineludible y otros cruentos (1967), Los telones de la noche (1968), Entre la bruma (1969), Por ver qué grande es el mundo del amor (1971), La Cien y otras cosmogonías (1972), Los tristes tienen sueño y otras imaginerías (1973), Anticuentos (1975), Cronicuentos ejemplares (1980). Toda una continuidad literaria. O sus veintidós libros de poemas y sus cincuenta discos de cronicantos, reflejo de sus espectáculos unipersonales de teatro que él ha denominado Cancionales. Más muestras de su disciplina sensible. Cada uno de los cuentos “estrambóticos” que constituyen esta colección, resulta una extravagancia fantasiosa cuyas tramas van construyendo desenlaces, no solo inesperados, sino exageradamente paródicos hasta la carcajada. Los personajes se ven envueltos en búsquedas alucinantes y en efectos enloquecedores. La psicosis y la paranoia de las ciudades los envuelven hasta pensar que es realidad lo que quizá sólo sucede en su mente. El narrador se convierte en un aliado de las voces ajenas que atormentan a estos seres acosados por los arrinconamientos de una sociedad capitalista que parece post industrial y se vuelve un cómplice de las locuras que relata. Inverosímiles acaso, dan muestra de que en la literatura todo se puede cuando se trabaja desde las perspectivas de una realidad inexistente, pero existente.
Marizela Ríos Toledo.
Poeta y Maestra de Literatura.
LOS TACOS
No sé ni cómo, pero con esta audacia que me cargo, he llegado hasta aquí... Sabía que esa cañería secreta algo cabrón ocultaba... Con la experiencia que me boto, nadie me puede engañar. Y si no fuera por tanta pendeja penumbra que hasta a mí me cisca; yo que estoy tan acostumbrado a las peores desgraciadeces y a las situaciones más pelonas, ya hubiera recorrido todo este laberinto de desagües. ¡Es un perfecto escondrijo bajo la ciudad! ¡Qué escenario sórdido! Propio para crímenes de película. ¡Y esa pestilencia! ¡Carajo! ¡Uf...! No se oye ni un ruido de las calles de encima. Sepulcral es esto... Hay un silencio tan enorme que me imagino que así debe ser cuando uno se encuentra en la pinche tumba. ¡Qué sombrío total! Mis pasos apenas si resuenan entre el chapoteo del agua que escurre por allí. Y ni un indicio humano reciente. Se nota que estos túneles no han sido utilizados desde la época virreinal. Aquí se podrían esconder todos los misterios del mundo. Yo ya sabía de la existencia de estos pasadizos, aunque creía que sólo eran fantasías de ese escritor... ¿Cómo se llamaba? ¡Qué importa ahorita! Casi no puedo ver... Falta oxígeno. Cada vez es menos... pero hay que seguir. Tengo que descubrir lo que he sospechado y demostrar que es cierto. ¡Qué batidillo de lodo, ya me atasqué de mierda o no sé de qué...! ¡Pinche porquería! ¡Ahhh, me lleva la chingada…! ¿Y qué es eso? Parecen unas siluetas en el fondo. ¿Qué serán? No tienen forma precisa ni distingo claramente lo que sean. ¿Objetos arrumbados? Puede ser cascajo o simples piedras; no creo que pueda ser otra cosa. Tal parece que es residuo de mucho tiempo... como de muchos siglos... Si pudiera avanzar más rápido, ya hubiera dado con lo que busco, pero tengo que ir agachándome...a veces arrastrarme y a duras penas... avanzo... Esta parte de los túneles se está achicando cada vez más. No sé por qué, pero... hay algo... Como que este lugar no me resulta desconocido por completo, casi me parece familiar. Alguna vez... quién sabe cuándo... como que yo ya hubiera estado aquí en otra época... con muchos otros cuyos nombres he olvidado para siempre...¿O lo leí?. ¿Será por eso que a ratos siento escalofríos? ¡Ah, ya me acordé! Era Riva Palacio. Con razón he tenido de pronto la impresión de que ya había vivido esto. Si lo leí en la secu... Me siento como ese Martín Garatuza encerrado en calabozos y cayendo en un abandono mortal.
¡Chingaos! ¡Brrr...! Que no me castañetén los dientes por culpa de esta temblorina rara en mí, que me las doy de duro. Porque un agente de la judicial no puede ser más que duro. Nada de blandenguerías. ¡Qué miedo ni qué la verga! Debo seguir... Nada de mariconerías. Si al menos pudiera ver con más claridad esas malditas sombras que quien sabe qué sean, acaso surgirían algunas respuestas a mis sospechas; sabría mejor qué son esos manchones embarrados en estas oscuridades y tal vez me podría ubicar mejor. Pero ya ni el encendedor me sirve. ¡Chin! ¡Y no traje ni un cerillo! ¡Cómo fui a apendejarme! Hace ya tantas horas que ando recorriendo estos laberintos de túneles que hasta he perdido la noción del día y de la noche. Creo que llevo una semana aquí encerrado y sin tragar. ¡Ni sé! Me acabé las provisiones que traía. Hasta el maldito reloj se descompuso. Pero estoy seguro que por aquí se encuentra la solución a lo que investigo. Tengo que aguantarme el hambre, aunque no quiera. No puedo perder esta oportunidad. La fama me espera y la lana... Si las manchas de sangre se perdían ahí, al llegar a la tapadera de la atarjea, entonces sólo basta continuar persiguiendo esos indicios. Qué importa que ande entre estos apestosos drenajes, embarrado de cagada y de porquería; entre ratas cabronas, no voy a renunciar. ¡Parecen prietos y chillones conejos mojados! ¡Quítate maldita! Sin embargo... creo que a pesar de todo voy con paso firme. Desde que no hace poco, mucha gente de feria comenzó a preocuparse por eso, decidí por propia conveniencia emprender la búsqueda. En un principio nadie valoraba aquello, pero de pronto, al ver lo que venía sucediendo, los grandes cacas de la jefatura también se vieron involucrados ante las protestas de los poderosos ricachones y no tuvieron más que prestar mayor atención a los insólitos sucesos. Los hechos criminales se volvían planificadas repeticiones y día con día se incrementaban. De manera cotidiana, y casi siempre a la misma hora, acontecían las desapariciones: hombres y mujeres, mujeres-hombres y hombres-mujeres, de manera alternada; un día uno... otro día una; un día una-uno... y otro uno-una... Se sucedía aquello de un modo tan misterioso y angustiante que parecía imposible su contención. Así fue como descubrí una pauta; todos tenían un común denominador: eran súper millonarios. Desde entonces ha cundido tal pánico entre los habitantes linajudos, que ninguno de ellos se siente tranquilo ni en la ciudad ni en el campo, a pesar de que se han reforzado los cuerpos de su seguridad personal. Como que presienten su fin y se alborotan por encontrar la solución al caso... Todos los cuerpos policíacos han realizado numerosas investigaciones para saber cuáles son los motivos de tantos cabrones acontecimientos, de tantos posibles asesinatos, aunque eso aumenta lo enigmático, pues si hubieran sido matados por robo, por venganza, por ira, por vicio o por placer, los cuerpos de los victimados tendrían que haber sido descubiertos en algún suburbio, en algún basurero, en algún jardín, pero no... tal parece que algo, que alguien los ha convertido en invisibles. Como si se los hubieran tragado... Como si... ¿O acaso los habrán incinerado? Mas dónde, cuándo, cómo... Es extraño. No se han podido encontrar rastros presumibles. Sólo yo creo haber descubierto los signos... y en eso estoy. La metrópoli se ha ido escandalizando y los potentados claman a las autoridades la pronta resolución al problema, porque, según lo que se lee en los periódicos o se dice en la tele, cada vez está más cabrón para ellos. Hasta parece que los oigo: ¡Qué clase de garantías personales se nos brinda! ¡Dónde está la vigilancia personal! ¡De qué sirven nuestros elevados impuestos! Lo curioso es que mientras sucede esto, en los barrios humildes, en las zonas proletarias, todo parece transcurrir con normalidad. El pueblo huevón se divierte en su paseíllos por las ferias que llegan a sus colonias y se deleitan como si nada aconteciera con los sabores suculentos de sus rústicas comidas; en cambio, qué absurdo, ¿o paradójico?, los omnipotentes se encierran a puerta y lodo en sus palacetes, que para poca cosa que les sirven, y se consumen de aburrimiento, de angustia y de ansiedad. ¡Qué gacho! Mientras tanto, la bola pobre sobrevive sin temer a nadie ni a nada y se le ve disfrutar de los antojos que se dan en calles y ferias sin pizca de preocupaciones. Hasta el más jodido puede engañar la panza con ellos, sus alimentos favoritos: garnachas, sopes, pambazos, tostadas, tacos... Es lo bueno de no tener tanto dinero. Alguna ventaja debía haber. Sin embargo... a pesar de que se ven alegres disfrutando de juegos y antojos, he encontrado algunos que ya comienzan a sentirse alarmados y, en medio de su desmadre, les he escuchado comentar, casi espantados, mientras devoran sus fritangas que: —De seguir así, como va todo esto, no tardarán en cerrar nuestros centros de trabajo. Si se escabechan a todos los ricos, ¿quiénes van a darnos empleo? ¿Quiénes van a ocuparnos en las fábricas y en las oficinas? Si faltan los patrones ¿quién sostendrá las empresas? —Por un lado qué bueno que soy pobre. Si yo fuera de esos ricachones... ¡ufff! Más vale ser de abajo, pero vivo... y para nada soy un muerto de hambre. Deme otros dos de oreja. Es por eso que ando por aquí... mi olfato de investigador presiente, como en las películas, que me acerco al final de este truculento caso. Muchos hasta piensan que todo esto es cuestión de brujerías y magias. ¡Pendejos! ¡Cómo se dejan engañar! Hasta limpias carísimas les han dado a los poderosos pesudos para que no los desaparezcan... pero cuando menos lo esperan, ¡zas! De nada les ha servido. Ni yendo a bailar a Chalma. Yo inicié todo esto por mi propia cuenta, cuando me pregunté ¿Y por qué sólo los acomodados peligran? ¡Qué miope soy! De pronto tuve una...cómo dicen... ah, sí, como una epifanía. Se me hace que son acciones de una guerrilla neorrevolucionaria para desestabilizar los capitales y provocar una cascada de devaluaciones. Cuando revelé a mis jefes mis sospechas, dijeron que se me había zafado la cuica y me mandaron a la goma. La de risa que les dio, ojetes. Pero ya van a ver... Si los asesinados siempre han sido banqueros, empresarios, gerentes, mandamases; o también, los exigentes, y los intransigentes, y los funcionarios, y los políticos, sin faltar algún ocioso que se las da de aristócrata o intelectual; y no se diga de los pinches corruptos líderes enriquecidos... Algo sabroso se está cocinando. Todo rayaba en lo inexplicable, pero ahora, luego de mis conjeturas, creo haber descubierto el hilo del tejido. Si siniestramente se han ido como esfumando los acomodados y siempre están en peligro, entonces... ¿Qué es esa luz? Creo que es... A ver... ¡Oh!... ¡Qué enorme sótano se ha hecho aquí abajo! ¡Increíble! ¡Y cuántos refrigeradores! Parecen estar repletos de carne. Si mis sospechas son ciertas, estoy a punto de dar en el clavo... ¡Qué clavo macabro! Ni yo lo puedo creer... ¿Será verdad lo que malicio? ¡Chingada madre! Con razón a los pobres nada les hace el fenómeno de la desaparición; como están tan raquíticos. En cambio los riquillos con tanta lana... ¡Qué notición voy a provocar si esto me resulta cierto¡ Se lo merecen por codiciosos y presumidos. De seguro que en el fondo los miserables se alegrarán a carcajadas que quienes los explotan, se los lleve la chifosca. (Tal vez con el tiempo los que hoy están arriba desaparezcan y sus propiedades pasen a nuestras manos, para que nosotros, los que en verdad trabajamos, seamos los únicos dueños...) pensarán como ardidos en lo más íntimo de sí y sonreirán, como lo hago yo hoy, de complacencia y burla. Aunque a lo mejor a muchos pobres diablos que nada tienen, les hubiera gustado también ser eliminados para no seguir en su miseria. Así ya no penarían ni pasarían estrecheces ni estarían en la última chilla siempre ni se conformarían con medio engañar el hambre con lo que sea... Ahora sí de nada va a servir la campaña que las autoridades han iniciado para resolver el enigma de los esfumados. ¿Qué utilidad podrá haber en el espionaje mutuo recomendado en top secret? Se ha querido convertir en agentes a cada uno de los habitantes de la ciudad: Ernesto espía a Gustavo; Gustavo espía a Irma; Irma espía a Luis; Luis espía a Alfonso; Alfonso espía a Miguel; Miguel espía a Carlos; Carlos espía a Ernesto y así sucesivamente; todos se espían; aunque nadie resuelva los crímenes ni los evite. Recuerdo cómo al principio, hasta algunos de ellos, pinches hipócritas culeros, se miraban satisfechos cuando sabían que sus rivales iban siendo eliminados. Pero ante el avance mortal... ya resultaba imposible vivir entre tanto miedo; entre tanta angustia reflejada en cada uno de quienes se presentían futuras víctimas...¡A toda madre! Creo que son ciertas mis intuiciones y me voy a convertir en el detective más famoso y solicitado del país. Con lo que estoy viendo... Ya está...Tengo los pelos en la mano. Voy a comprobar qué hay en los refris... Con mi consagración de gran investigador ningún potentado temerá más y como siempre podrá salir al disfrute y goce de los clubes fastuosos que se encuentran en estos días a punto de fracasar como negocios. La noche lúgubre al fin acabará. Adiós al chingado pavor que reina en muchos. Y todo gracias a mí. ¡La papeliza que voy a ganar! Como me lo propuse, he venido paso a paso, husmeando hasta aquí... A ver... ¡Cuidado...! Alguien se aproxima, se acerca hasta este nauseabundo salón subterráneo; escondrijo perfecto en donde ahora estoy asqueado curioseando como gato, todo. ¡Silencio!... Debo permanecer inmóvil. Varias sombras se deslizan por esas como escaleras que se ven al fondo. Me esconderé atrás de estos barriles. Los contemplaré a través de estas rendijas. Parecen cargar enormes bultos... ya llegan... Mejor me voy a meter en este barril para ocultarme y enterarme de todo. Parece ser de mi tamaño... Rápido. Veo que se abren dos puertas laterales que no había percibido. Entran con gran rapidez... uno... dos... tres... cuatro... cinco... seis... son tantos que ya perdí la cuenta. Entre la escasa luminosidad sólo alcanzo a distinguir siluetas. Varios hombres regordetes, en batas de carnicero plasmadas de manchas sanguinolentas y frescas, sonrientes, como triunfales, encienden más lámparas. Se desparrama la luz... Veo claro. Como que me estoy espantando. Arrojan al piso los costales. Los vacían. ¡Son más cadáveres! Tiemblo y sudo como nunca. No debo temer. Control. Control. Se dirigen hacia enormes cajones que se encuentran en todos los lados de este gigantesco sótano. Los arrastran y los unen para formar una gran mesa; una enorme plancha. Me estoy arrepintiendo de haber venido, chingados. No seas puto. Deja de mariconear. ¡Contrólate! Es que nunca había tenido miedo.... pero por vez primera... ahora sé lo que es terror... Ya colocan sobre la enorme mesa hecha cual rompecabezas de pequeñas mesas, los cuerpos de todos los muertos... ¡Terrible... qué terrible...! Son como cuarenta. Distingo al desaparecido dueño de la Compañía... y al diputado... y a la cantante... ahí está el senador... el futbolista... y el gobernador de... Van a destazarlos... Veo ahora con claridad los rostros de los hombres.... Creo recordar donde los he visto... en otro lado... en... en... ¡ya! Ahora me explico porqué no encuentran los restos de los asesinados. ¡Hijos de la chingada! Y la sobreabundancia de... Esto sobrepasa mis conjeturas. ¡Canallas! ¡Ooh! Se movió el barril... ¡Qué bruto soy! Uno se ha dado cuenta. Se acercan tres con hachas en la mano. Me descubren... Esto es pánico... ¡Nooo! ¡Ahh!...
En cierta humilde plaza de la urbe luminosa y musical, la feria retumba de alegría, de gente, de puestos y de antojitos. Algunos locales resplandecen de luminosidad. Seis corpulentos hombres apenas si se dan a basto para atender a la pobretona clientela que ha ido a tan económica taquería para saciar su apetito. Nadie deja de paladear un sólo instante la sabrosura deleitosa de los tacos que ahí se expenden. Una mujer enrebozada comenta a su viejo: —¡Qué sabrosos, verdá Pedro! —Y un hombre de oberol y cachucha rota contesta: —Sí, vieja. Estos tacos de puerco sí que son ricos.
LOS PIANOS