Cuentos escogidos

Part 7

Chapter 73,959 wordsPublic domain

El menor Javel parecía idiota. Le quitaron la blusa, y se vió una cosa horrible, carne magullada, destrozada, de la que la sangre salía á chorros como impulsada por una bomba. El hombre se fijó en su brazo, y murmuró: «Perdido».

Luego, como la hemorragia continuaba y la sangre formaba un charco en la cubierta del barco, uno de los marineros dijo: «Es preciso atar la vena, que si no se vaciará».

Y cogieron un cordel, un cordel grueso y embreado, y enlazando el miembro por encima de la herida, apretaron con todas sus fuerzas. Poco á poco la sangre se contuvo hasta que cesó por completo.

El menor Javel se levantó y su brazo colgaba. Lo cogió con la otra mano, lo levantó, lo volvió, lo sacudió... todo estaba roto, todo, hasta los huesos, y únicamente algunos músculos lo retenían al cuerpo. Y lo miraba con mirada triste, reflexionando. Sentóse luego sobre una vela doblada y sus compañeros le aconsejaron que mojase constantemente la herida para evitar que se produjese la gangrena.

Pusieron un cubo á su lado y cada minuto metía un vaso en él y bañaba la horrible herida haciendo que sobre ella cayese un hilito de agua clara.

--Estarías mejor abajo,--le dijo su hermano. Y bajó, pero al cabo de una hora volvió á subir pues á solas no se sentía bien. Además, prefería el aire libre. Y volvió á sentarse encima de la vela y á mojarse el brazo.

La pesca era abundante: grandes pescados con la tripa blanca yacían á su lado sacudidos por los espasmos de la muerte, y él los contemplaba sin dejar de mojar sus desgarradas carnes.

Cuando volvían á Boulogne se desencadenó otra tempestad, y el barquito reanudó su loca carrera meciendo, sacudiendo y agitando al pobre herido.

Llegó la noche: el tiempo se mantuvo fuerte hasta el despuntar del alba, y aun cuando al salir el sol se distinguían las costas de Inglaterra, como la mar estaba menos dura, hicieron rumbo á Francia.

Por la noche, el menor Javel llamó á sus compañeros y les mostró manchas negras, de aspecto de podredumbre, que habían aparecido en la parte del miembro casi desprendida.

Los marineros miraron y dieron su opinión.

--Eso podría ser la gangrena,--dijo uno.

--Precisaría poner agua salada,--declaró otro.

Y agua salada trajeron y con ella mojaron el mal. El herido se puso lívido, rechinaron sus dientes, y se retorció un poco: pero ni un quejido brotó de sus labios.

Luego cuando se hubo calmado el ardor, dijo á su hermano: «Dame tu cuchillo». Y su hermano se lo ofreció.

--«Sostenedme el brazo recto y en alto, y tirad por encima».

Hicieron lo que pedía.

Y él mismo empezó á cortar y cortó suavemente, pensando lo que hacía, cortando los últimos tendones con la hoja, fina como una navaja de afeitar. Y cuando sólo quedó el muñón, exhaló un profundo suspiro y dijo: «Era preciso; el brazo estaba perdido».

Perecía más tranquilo, respiraba con ansia, y poco después empezó á verter agua sobre el trozo de miembro que le quedaba.

La noche fué mala y no pudieron llegar á tierra.

Cuando amaneció, el menor Javel cogió su brazo y lo examinó atentamente. La putrefacción se declaraba. Los compañeros también lo examinaron y pasándoselo de mano en mano lo tocaban, le daban vueltas y lo olfateaban.

El hermano mayor dijo: «Es preciso tirar esto al mar».

Pero el menor Javel se enfadó: «¡Ah! Eso si que no; no. No quiero. Me pertenece, es mi brazo».

Y cogiéndolo se lo colocó sobre las rodillas.

--Por esto también se pudrirá--dijo el mayor. Pero el herido tuvo una idea: para conservar el pescado, cuando estaban mucho tiempo en la mar, lo metían en barriles de sal.

Y preguntó: «¿No podríamos meterlo en salmuera?».

--Es cierto,--dijeron los otros.

Entonces se vació uno de los barriles, lleno ya con lo pescado los últimos días, y depositaron el brazo en el fondo. Lo cubrieron con sal, y luego colocaron otra vez los pescados uno á uno.

Alguien gastó esta broma: «Mientras no lo vendamos en la playa».

Y todos soltaron el trapo á reir, incluso los dos hermanos Javel.

El viento seguía soplando con fuerza, y, al día siguiente, aún se orzaba frente á Boulogne. El herido continuaba bañando su herida.

De cuando en cuando se levantaba y recorría el barco del un extremo á otro.

Su hermano, que estaba en el timón, le seguía con la vista y movía la cabeza.

Al fin entraron en el puerto.

El médico examinó la herida y declaró que no tardaría en cicatrizarse. Practicó una cura completa, y ordenó reposo absoluto, pero Javel, que no quiso meterse en la cama sin estar en posesión de su brazo, volvió al puerto para encontrar el barril que había marcado con una cruz.

Lo vaciaron, recobró su brazo, y en la salmuera se había conservado fresco y rígido. Lo envolvió en una servilleta que había llevado á propósito, y volvió á su casa.

Su mujer y sus hijos examinaron largo rato el resto de su padre, y tocaron los dedos limpiándolos de los granos de sal que habían quedado entre las uñas: y luego llamaron al carpintero para que hiciese un ataúd pequeño.

Al día siguiente, la tripulación de la barca siguió el entierro del brazo cortado. Los dos hermanos, uno junto á otro, presidían el duelo, y el sacristán de la parroquia llevaba el cadáver debajo del brazo.

El menor Javel dejó de navegar. Consiguió un empleillo en el puerto, y cuando más tarde hablaba de su desgracia, decía confidencialmente á su interlocutor: «Si el hermano hubiese querido cortar la barredera, aún tendría mi brazo, pero él sólo se preocupaba por lo suyo».

TOMBOUCTOU

El bulevar, ese río de vida, hormigueaba envuelto en la lluvia de oro del sol poniente. El cielo parecía de grana, cegaba, y detrás de la Magdalena las inmensas nubes incendiadas lanzaban sobre la larga avenida un chaparrón de fuego vibrante como vapor de hoguera.

La muchedumbre alegre, palpitante, paseando bajo esa bruma inflamada, parecía surgir en apoteosis. Los rostros parecían dorados; los sombreros y los trajes negros tenían reflejos de púrpura, y el charol de las botas arrojaba llamas sobre el asfalto de las aceras.

En las terrazas de los cafés los hombres tomaban bebidas brillantes y coloreadas que cualquiera hubiera creído piedras preciosas fundidas en el cristal.

Y en medio de los consumidores vestidos con trajes claros ú obscuros, dos oficiales con uniforme de gala hacían que todos los ojos, al tropezar con el oro de sus galones, se dirigiesen á otro lado. Hablaban, alegres sin saber por qué, contentos de vivir en aquella resplandeciente y radiante tarde, y contemplaban á la muchedumbre: hombres que pasaban lentamente y mujeres que dejaban tras sí agradable y turbador perfume.

De pronto, un negro enorme, vestido de negro, tripudo, cargado de dijes que pendían de su chaleco de dril, y resplandeciente el rostro como si le hubiese dado brillo con betún, pasó por delante de ellos con aire triunfal. Dedicaba sonrisas á los paseantes, sonrisas á los vendedores de periódicos, sonrisas al cielo resplandeciente, y sonrisas á París entero. Era tan alto, que sobresalía por encima de todas las cabezas, y á su paso, los mirones se volvían para contemplarle vuelto de espalda.

Repentinamente se fijó en los oficiales y, atropellando á los consumidores, se dirigió hacia ellos. Cuando hubo llegado ante su mesa clavó sus ojos brillantes y alegres en los militares, y las comisuras de sus labios le llegaron hasta las orejas, descubriendo sus blancos dientes, claros como el arco de la luna en creciente puesto en medio de un cielo negrísimo. Y los dos hombres, estupefactos, contemplaron al gigante de ébano sin poderse explicar su alegría.

Él, con entonación que provocó la hilaridad en todas las mesas, exclamó:

--Bueno día, mi teniente.

Uno de los oficiales era jefe de batallón; y el otro coronel. El primero dijo:

--Caballero, no le conozco y no comprendo lo que dice...

El negro repuso:

--Yo te quiero mucho á ti, teniente Vedié; sitio de Bezi, mucha uva, busca á ti.

El oficial, sin saber lo que le pasaba, buscaba en lo más hondo de sus recuerdos y miraba fijamente al hombre. De pronto exclamó:

--¿Tombouctou?

El negro, radiante, se dió una tremenda manotada en un muslo, soltando al mismo tiempo una carcajada inverosímil.

--Sí, sí, mi teniente reconoce á Tombouctou, bueno día...

El comandante, riendo de muy buena gana, le tendió la mano. Entonces Tombouctou se puso grave: tomó la mano del oficial, y sin que el otro pudiese impedirlo se la besó según costumbre negra y árabe. Confundido, el militar le dijo con severidad:

--Vamos, Tombouctou, vamos, que no estamos en África. Siéntate, y cuéntame lo que haces aquí.

Tombouctou se sentó, y tartajeando á puro de hablar á prisa, dijo:

--Ganado mucho dinero, mucho, gran restaurán, buena comida, prusianos yo robado mucho, mucho, cocina francesa, Tombouctou, cocinero del Emperadó, do ciento mil francos míos... ja, ja, ja...

Y reía, reía, con loca alegría retratada en los ojos.

Cuando el oficial, que comprendía su extraño modo de hablar, le hubo interrogado durante un largo rato, le dijo:

--Bien, Tombouctou, bien: hasta la vista, hasta pronto.

El negro se puso en pie, y estrechando esta vez la mano que le tendían, y riendo siempre, gritó:

--Bueno día, bueno día, mi teniente.

Y al marcharse, su alegría era tan grande que hablaba solo y gesticulaba hasta el extremo que la gente le tomaba por loco.

El coronel preguntó:

--¿Quién es esa bestia?

--Un buen muchacho y un soldado muy valiente. Voy á contarle lo que sé de él: es curioso.

--Usted sabe que en los comienzos de la guerra del 70 me encontré encerrado en Bézières, que ese negro llama Bezi. No estábamos sitiados, estábamos bloqueados por todas partes, y las líneas prusianas nos rodeaban, fuera del alcance de nuestros cañones, sin tirar sobre nosotros pero matándonos de hambre poco á poco.

Entonces yo era teniente. Nuestra guarnición estaba compuesta por tropas de todo género, restos de regimientos esquilmados, fugitivos, merodeadores separados de los cuerpos de ejército. Con decirle que teníamos de todo, ¡hasta once negros! que una noche habían llegado no se sabía cómo ni por dónde, comprenderá lo que era aquello. Se habían presentado á las puertas de la ciudad destrozados, harapientos, muertos de hambre y borrachos, y me los confiaron.

Pronto me convencí de que eran rebeldes á toda disciplina, y que se pasaban la vida borrachos. Les metí en los calabozos, lo intenté todo y todo fué inútil. Mis hombres desaparecían durante días enteros, como si la tierra se los hubiese tragado, y luego volvían á aparecer borrachos perdidos. Y no tenían dinero. ¿Cómo, dónde y con qué bebían?

Eso empezó á intrigarme, tanto más cuanto que, aquellos salvajes, con su risa eterna y su carácter de niños grandes traviesos, me interesaban.

Entonces noté que obedecían ciegamente al más alto de todos, al que acaba de ver usted; que él los gobernaba á su antojo y preparaba sus misteriosas empresas como jefe supremo, todo poderoso y de incontestable autoridad. Le interrogué, y nuestra conversación duró tres horas lo menos, tanto trabajo me costaba comprender su endiablado modo de hablar. En cuanto á él, pobre infeliz, hacía esfuerzos inauditos para que le comprendiese: inventaba palabras, gesticulaba, sudaba la gota gorda, se secaba la frente, soplaba, se quedaba pensativo, y cuando creía haber encontrado un nuevo medio para explicarse, rompía á hablar bruscamente.

Al fin pude adivinar que era hijo de un gran jefe, de una especie de rey de los alrededores de Tombouctou. Le pregunté su nombre, y me dijo que se llamaba algo así como Chavaharibouhalikhranafotapolara. Y como es natural, me pareció más sencillo darle el nombre de su país; «Tombouctou». Ocho días después toda la guarnición le conocía por ese nombre.

Pero, nuestro mayor deseo era saber dónde encontraba de beber ese príncipe africano. Yo lo descubrí de una manera bastante rara.

Una mañana, estaba en las fortificaciones estudiando el horizonte, cuando en una viña distinguí algo que se movía. Poco tiempo faltaba para la vendimia, las uvas estaban maduras, pero yo no pensaba en eso ni mucho menos. Lo primero que se me ocurrió fué que un espía se acercaba á la ciudad y organicé una expedición completa para cogerlo. El general me autorizo á que la dirigiese yo mismo.

Por tres puertas distintas había hecho salir tres pelotones que debían cercar la viña sospechosa. Y, para cortar la retirada al espía, uno de esos destacamentos tenía que andar por lo menos una hora. Un hombre, que se había quedado vigilando en lo alto de la muralla, me indicó por señas que el individuo descubierto no había salido del campo. Nosotros avanzábamos silenciosamente, á rastras y casi tendidos en los surcos. Al fin llegamos al punto designado, desplegué mis soldados que entraron en la viña, y en ella encontraron á... Tombouctou que se comía las uvas andando á gatas por entre las cepas, ó mejor dicho, mordía las uvas pues arrancaba los racimos á dentelladas.

Quise que se levantase, pero fué imposible y entonces comprendí por qué andaba á cuatro pies. En cuanto le hubieron levantado, vaciló unos segundos, extendió los brazos, y cayó de cara. Estaba borracho como una cuba.

Para llevarlo á la plaza le tendieron sobre unos rodrigones, y por el camino no cesó de reir y de mover brazos y piernas.

El misterio se había desvanecido: aquellos buenos mozos bebían en la misma cepa, y cuando no podían tenerse en pie, dormían en el campo.

Tombouctou profesaba á las viñas un amor tan grande, tan intenso, que en las viñas vivía como los tordos á los que odiaba con odio de rival celoso. Y repetía sin cesar:

--Los tordos se comen las uvas ¡canallas!

* * * * *

Una noche vinieron á buscarme. Por la llanura se distinguía algo que se dirigía á nosotros, y como no tenía gemelos no podía adivinar de qué se trataba. Cualquiera hubiera creído que aquello era una serpiente enorme que se desenroscaba, un convoy, ó algo extraño.

Y di orden de que algunos hombres saliesen al encuentro de la caravana que pronto celebró su entrada triunfal. Tombouctou y nueve compañeros suyos traían, en una especie de altar construido con sillas de campaña ocho cabezas cortadas. El décimo negro traía un caballo á cuya cola había atado otro, y seis más seguían del mismo modo.

Lo ocurrido había sido lo siguiente. Los africanos, que se habían encontrado un destacamento prusiano que se acercaba á una aldea, en vez de huir se habían escondido; y luego, cuando los oficiales hubieron echado pie á tierra, para refrescar en el parador, los once valientes les cayeron encima, hicieron huir á los ulanos que se creyeron atacados, y mataron á los dos centinelas además del coronel y los cinco oficiales de su escolta.

Ese día abracé á Tombouctou, y notando que andaba con dificultad, le pregunté si estaba herido. Él se puso á reir y me dijo:

--Yo, provisiones pa el país.

Y es que Tombouctou no guerreaba por el honor sino por el lucro, y cuanto encontraba, y cuanto le parecía de algún valor, especialmente lo que brillaba, se lo metía en el bolsillo. ¡Y qué bolsillo! Un abismo que empezaba en la cadera y terminaba en el tobillo. Él lo llamaba el «profundo», y profundo era.

Había arrancado el oro de los uniformes prusianos, el cobre de los cascos, botones, etc., y todo lo había metido en su profundo, que estaba repleto.

Y ese hijo de reyes, torturado por el deseo de engullir cuerpos brillantes, hacía cuenta de llevarse todo aquello al país de los avestruces cuyo hermano parecía. De no haber tenido su profundo ¿qué hubiera hecho? Sin duda se los habría tragado.

Por las mañanas, su bolsillo estaba vacío, de manera que debía tener un almacén general donde se amontonaban todas sus riquezas. Pero ese almacén ¿dónde estaría? Nunca pude saberlo.

El general, enterado del acto heroico de Tombouctou, hizo que inmediatamente se enterrase á los cuerpos que en la vecina aldea habían quedado para que no se descubriese que los habían decapitado; pero los prusianos volvieron al día siguiente, y el alcalde y los siete habitantes más notables fueron fusilados, por haber denunciado la presencia de los alemanes.

* * * * *

Llegó el invierno y estábamos extenuados y desesperados. Nos batíamos todos los días, y nuestros hombres, hambrientos, ya no podían más. Únicamente ocho negros, tres habían sido muertos, estaban gordos, brillantes y siempre dispuestos para la pelea. Á mí me parecía que Tombouctou engordaba. Un día me dijo:

--Tú, mucha hambre; yo buena carne.

Y me trajo un filete excelente. ¿De dónde lo había sacado? No teníamos bueyes, ni carneros, ni cabras, ni asnos, ni cerdos. Resultaba imposible proporcionarse un caballo, pero no pensé en esto hasta después de haber comido, y una idea horrible acudió á mi imaginación. ¡Los negros aquellos habían nacido muy cerca del país donde se come carne humana! ¡Y diariamente caían tantos soldados alrededor de la ciudad!... Interrogué á Tombouctou pero no quiso contestarme. Y yo no insistí, mas en adelante me negué á aceptar sus obsequios.

Me adoraba. Una noche, la nieve nos sorprendió estando en las avanzadas. Estábamos sentados en el suelo, y compasivamente miraba á los negros que tiritaban tendidos en aquella sábana helada. Como tenía mucho frío empecé á toser, y un momento después sentí que algo caía sobre mis hombros, algo así como una manta de abrigo grande y caliente. Era el capote de Tombouctou.

Me levanté y se lo devolví.

--Conserva eso, muchacho--le dije.--Á ti te hace más falta que á mí.

Él me miraba con ojos que suplicaban, pero yo insistí:

--Vamos, obedece y conserva tu abrigo: lo mando.

El negro se puso en pie, tiró de su sable que cortaba como una guadaña, y levantando el capote que yo me negaba á aceptar dijo:

--Si tú no quié mi capote, corto, y capote pa nadie.

Y como era capaz de hacer lo que decía, acepté.

* * * * *

Ocho días después habíamos capitulado. Algunos de los nuestros habían podido huir, y los otros iban á salir de la ciudad para rendirse á los vencedores.

Yo me dirigí hacia la plaza de armas donde debíamos reunirnos, y el asombro me dejó turulato al encontrarme frente á un negro gigante, vestido de dril blanco, que llevaba á la cabeza un sombrero de paja enorme. Era Tombouctou que, radiante y satisfecho, se paseaba, con las manos metidas en los bolsillos, por delante de una tiendecita en cuyo escaparate se veían dos platos y dos vasos. Y le dije:

--¿Qué haces?

Y él me respondió:

--Yo, no sufrido; yo, buen cocinero, yo hago comida coronel Algéie; yo comido prusianos y robado mucho, mucho.

Estábamos á diez grados bajo cero, y ante aquel negro vestido de blanco, tiritaba. Entonces, cogiéndome por un brazo, me hizo entrar, y distinguí una muestra enorme que iba á colgar á su puerta en cuanto nos marchásemos, pues conservaba algún pudor.

Y leí esta llamada que sin duda había trazado la mano de un cómplice:

COCINA MILITAR DE M. TOMBOUCTOU.

_Antiguo cocinero de S. M. El Emperador._

_Artista de París--Precios módicos._

Á pesar de que la desesperación me roía el alma, no pude contener una carcajada, y dejé á mi negro entregado á su nuevo comercio.

¿No valía más esto que hacer que se lo llevasen prisionero?

Y usted acaba de ver que ese buen mozo no perdió el tiempo.

Bézières, hoy, pertenece á Alemania. El fonducho de Tombouctou es un principio de desquite.

EN LOS CAMPOS

Las dos chozas se alzaban una junto á otra al pie de una colina situada muy cerca de la población de aguas. Y los dos campesinos, para mantener á los pequeños, trabajaban de firme la infecunda tierra. Cada matrimonio tenía cuatro, y los chiquillos jugaban ante las puertas vecinas desde por la mañana hasta por la noche. Los dos mayores tenían seis años, los dos pequeños poco más de quince meses, y tanto en un hogar como en el otro, los matrimonios y luego los nacimientos se habían producido casi simultáneamente.

Apenas si en el montón las dos madres podían distinguir sus productos, y los padres los confundían siempre. Los ocho nombres daban vueltas por su cabeza, se mezclaban, y cuando precisaba llamar á uno, con frecuencia nombraban á tres antes de dar con el verdadero.

La primera morada, más cercana á la estación termal de Rolleport, estaba ocupada por los Tuvache que tenían tres niñas y un niño, y la otra albergaba á los Vallín que tenían una niña y tres muchachos.

Y todos vivían penosamente, alimentándose con sopa, patatas y aire libre. Á las siete, por la mañana, á mediodía, y por la noche á las seis, las madres reunían á los rapaces para darles de comer, del mismo modo que las que guardan gansos reúnen á las bestias. Por orden de edad los niños se sentaban á una mesa de madera que cincuenta años de uso habían pulido, y la boca del más pequeño apenas llegaba á la altura del tablero. Ante ellos se colocaba un plato sopero, lleno de pan cocido en el agua que había servido para hervir media col, patatas y tres cebollas, y todos comían hasta matar el hambre. La madre se cuidaba del más pequeño. Los domingos, la carne del cocido era un plato exquisito para todos, y ese día el padre prolongaba la comida á puro de repetir: «Así comería yo todos los días».

En una tarde del mes de agosto, un cochecillo ligero se detuvo ante las dos chozas, y una mujer joven, que lo guiaba, dijo al caballero que estaba sentado á su lado:

--Mira, Enrique, mira cuantos niños. ¡Qué monos están revolcándose por el polvo!

El hombre, acostumbrado á esas admiraciones que para él eran un dolor y casi un reproche, no contestó.

Pero la dama repuso:

--Tengo que darles un beso. ¡Oh! ¡Cuánto me gustaría tener á uno, á ése, el más pequeño!

Y, saltando del cochecillo, cogió á uno de los de Tuvache. Y alzándole en brazos le besó con fuerza sus mejillas sucias, sus rubios y rizados cabellos apomazados con tierra, y sus manitas que se agitaban para librarse de tan importunas caricias.

Luego, volvió á subir al cochecillo y se alejó al trote largo. Pero, á la semana siguiente volvió, y sentándose en el suelo cogió al rapaz en brazos, le atracó de pasteles y bombones, y dió caramelos á los otros. Con ellos jugó como hubiera podido jugar una chiquilla, mientras su marido esperaba en el frágil cochecillo.

Volvió otra vez, entabló relaciones de amistad con los padres, y á partir de entonces allí la vieron todos los días, y todos los días les daba golosinas y dinero.

Eran los señores de Hubières.

Una mañana, al llegar, su marido se apeó con ella, y sin pararse á jugar con los chiquillos que ya la conocían perfectamente, penetró en la morada de los labradores.

Allí estaban haciendo astillas para cocer la sopa: se volvieron sorprendidos, les ofrecieron sillas, y esperaron. Entonces la joven, con voz entrecortada y temblorosa, dijo:

--Amigos míos, vengo á hablarles porque quisiera... quisiera llevarme conmigo á su... á su hijo menor...

Los campesinos, atolondrados y sin saber qué pensar, no respondieron.

Ella tomó aliento y continuó:

--Nosotros no tenemos hijos... Mi marido y yo estamos solos, y si ustedes quisieran... lo educaríamos.

La mujer, que empezaba á comprender, preguntó:

--¿Ustedes quieren quitarnos á Carlos? Pues eso si que no...

Entonces intervino el señor de Hubières.

--Mi mujer se ha explicado mal--dijo.--Nosotros querríamos adoptarlo, pero él vendría á verles. Si es bueno, como todo lo hace suponer, será nuestro heredero, y si por casualidad tuviésemos hijos, se repartiría nuestra fortuna con ellos. Pero, si no respondiese á nuestros deseos y cuidados, cuando llegase á su mayor edad le entregaríamos una suma de veinte mil francos que desde ahora depositaríamos en casa de mi notario. Y como también hemos pensado en ustedes, les daríamos, hasta su muerte, una renta de cien francos mensuales. ¿Han comprendido?

La mujer se levantó furiosa.

--Lo que ustedes quieren es que les vendamos á Carlos, ¿verdad? Pues no, y mil veces no. Ésas son cosas que no se proponen á una madre; no, no. Sería abominable.

El hombre, grave y pensativo, no decía nada, pero moviendo la cabeza continuamente, aprobaba las palabras de su mujer.