Katri: Kertomus 17 vuosi-sadasta
Chapter 3
Hacia fines del siglo XIII el litoral cantábrico no estaba menos perturbado que el resto de Europa: las guerras de bandería en que tomaba parte la Nobleza dividida en dos bandos contrarios desolaban el país. A pesar de la intervención y los esfuerzos de los reyes y señores, aquellas guerras en que no se interrumpían el saqueo, el incendio y el degüello, duraron hasta fines del siglo XV, en que la enérgica mano de Isabel la Católica les puso término. Los partidos rivales que predominaban en las Provincias Vascongadas se distinguían con los nombres de oñacinos y gamboinos. Uno de los linajes que en las Encartaciones se señalaron más en estas guerras civiles fue el de Salazar, cuya genealogía bosqueja Trueba rápidamente: terribles hombres eran en verdad aquellos batalladores de la Edad Media, siempre preparados para lanzarse desde su torre solariega sobre el vecino y alancearle, valientes como leones, ávidos como lobos, ¡inaccesibles a la fatiga y las dolencias! Uno de ellos, García López de Salazar, llamado Brazo de fierro, muere en el cerco de Algeciras en 1334, a la edad de ciento treinta años, después de haber engendrado dos hijos legítimos y ciento veinte bastardos. Otro, Juan López, vive hasta los ciento veinte años, sin más ocupación que la de pelear; un segundo Juan López muere en compañía de un hijo suyo a los ochenta años, empozado por sus enemigos, con los pies atados y una piedra al cuello, y como el río es poco profundo, saca la cabeza, le hieren los verdugos con sus lanzas, y él insiste en sacar la cabeza, gritándoles: «Dad, dad, hijos de cabra, que si como tengo un alma en un cuerpo tuviera cien, no vos podríades vengar de mí, que yo he sido tal en sacar sangre del vuestro linaje, ¡que no lo podríades vengar en otros trescientos tales como yo! ¡Dad cuanto pudiéredes, hijos de cabra!» Por último, el más celebre de todos, Lope García de Salazar, valiente como todos los de su raza, cercado por su hijo llamado Juan el Moro, a los setenta y dos años, después de mil grandes hazañas, escribe en 1470, para ahuyentar negras imaginaciones, un libro aún inédito, titulado: Libro las buenas andanzas e fortunas, en que narra los sucesos conocidos de él o por él presenciados. Esta obra es la primera escrita en castellano que puede consultar la ciencia heráldica y arqueológica.
Ocupándose en estos trabajos históricos, movido de curiosidad muy natural, Trueba tuvo la ocurrencia de averiguar la historia de su linaje. Cierto que cada uno es hijo de sus obras, pero a nadie le disgusta conocer y poder citar en ocasión oportuna la larga serie de sus antepasados. El hecho es aún más natural en un país como Vizcaya, donde las dos terceras partes de los habitantes son nobles y hacen remontar su nobleza al tiempo de las guerras con los mahometanos, y donde en la más humilde aldea se ve hasta en las casas más pobres el escudo de armas que campea en la fachada de piedra, sobre el arco de entrada. Trueba averiguó que, a pesar de la pobreza en que había nacido, el origen de su linaje era de los más esclarecidos. La familia y el apellido de Trueba proceden originariamente de una aldeíta del mismo nombre que existió en la merindad de Montija (Castilla la Vieja), confinante con la parte occidental de Vizcaya. Esta aldea, hoy despoblada, existía aún a fines del siglo XVI, según consta de una información de nobleza que se conserva en el archivo municipal de Bilbao, hizo Juan Fernández de Trueba, vecino de Balmaseda y administrador de las rentas de la mar. La casa de Trueba, muy antigua entonces, era patrona y fundadora de la iglesia parroquial del pueblo, y como tal percibía los diezmos de ésta. Una rama de este linaje se había establecido en las Encartaciones hacía ya siglos, y de ella procede nuestro autor. Es verdad que el que se dedica con demasiada minuciosidad a estas investigaciones genealógicas suele exponerse a descubrimientos bastante singulares, como le sucedió a Trueba.
Hojeando el libro inédito del antiguo cronista Lope García de Salazar que hemos citado, se encontró con la sucinta historia de un percance que le sucedió a un don Gonzalo de Trueba en el siglo XIV. Don Gonzalo andaba con otros mal llamados caballeros en los confines de Castilla y Vizcaya desbalijando descaradamente a los pasajeros con pretexto de cobrarles derechos de peaje que debían pertenecerle. La justicia logró apoderarse de él, y le ahorcó del primer árbol que encontró a mano. Hay que convenir en que éstos son títulos de nobleza que llenarían de orgullo a otro que no fuere el sencillo y pacífico autor del Libro de los Cantares.
Cuando Trueba, tomando a pecho su nuevo título, se ocupaba en revelar los curiosos y sangrientos recuerdos de tiempos lejanos, estaba muy distante de pensar que habían de volver para él los malos días, y su infortunado país, al cabo de treinta años, se había de ver por segunda vez, como en el siglo XIV, en tiempo de los Salazares, los Zurbarán y los Leguizamon, desolado por la guerra civil y los partidos. Nunca las Provincias Vascongadas se habían visto más prósperas y dichosas que entonces; mientras el resto de España estaba entregado a la anarquía hacía dos años, las provincias del Norte gozaban de paz y se dedicaban al comercio y la industria. Los almacenes de Bilbao estaban atestados de mercancías que los buques extranjeros llevaban poco menos que de lastre; diversos ferrocarriles ponían en comunicación las minas con el mar y las rías, levantábanse fábricas y talleres; el humo en los altos hornos oscurecía la atmósfera; a los valles donde brotan las aguas medicinales y a las playas marinas acudía a veranear la población acomodada de Madrid y otros puntos, dejando allí cada año sumas considerables. ¿Cómo los vascongados no han visto dónde estaban a la par su deber y su interés? ¿Por qué exceso de ceguedad ha consentido en seguir a los fanáticos y ambiciosos que los arrastraban a la perdición?
Trueba se había ocupado siempre muy poco en la política; apenas se encuentran en sus escritos algunas alusiones a la penuria del Erario y al exceso de indulgencia de la noble señora que a la sazón ocupaba el trono . Algunas bromas más o menos maliciosas sobre el modo de hacerse las elecciones y sobre la empleomanía, que hoy es una de las plagas de España; algunas palabras sobre los malos gobiernos y los pueblos ingobernables, sobre los hipócritas de Dios y los hipócritas de la libertad, y, por último, sobre los que pasan la vida conspirando para coger la sartén del mango; pero todo esto de un modo discreto, rápido, como de paso. Trueba no tiene pretensiones de reformador ni censor; deja para otros los ataques mordaces y las críticas apasionadas, porque no tiene vocación a la sátira política. En cambio se ha mostrado siempre partidario entusiasta de las libertades forales. Una vez, en 1864, tuvo ocasión de proclamar oficialmente las convicciones de su vida entera. El Señorío congregado so el árbol de Guernica, encargó a su cronista la redacción de un mensaje dirigido a la reina, con motivo de los ataques de que habían sido objeto en el Senado aquellas libertades. Este mensaje, que se escribió en pergamino y firmaron los representantes de todas las repúblicas de Vizcaya y los Padres de provincia , se entregó solemnemente a la reina cuando esta señora visitaba en 1865 las Provincias Vascongadas; en lenguaje respetuoso, pero firme y enérgico, se pedía en él a la reina que no se atentase a las libertades de Vizcaya, que habían jurado so el árbol de Guernica monarcas tan grandes como los Reyes Católicos, y eran consideradas por los vascongados como su mayor riqueza, su honra y su derecho . En el mismo espíritu estaba concebida una Memoria titulada Bosquejo de la organización social de Vizcaya, que escribió su autor y se remitió al jurado de nuestra Exposición universal de 1867, y se publicó más tarde en virtud de acuerdo del Señorío reunido en junta general. No se necesitó más para que Trueba se hiciese sospechoso a todo un partido. Los habitantes de las Provincias Vascongadas no están todos interesados en la conservación de los fueros; esta antigua organización favorece singularmente a los campesinos, con detrimento de los grandes centros de población; para dar un ejemplo de ello, bastará decir que en las elecciones el último pueblo tiene el mismo derecho que la opulenta e industriosa Bilbao. Concíbese así que las villas, donde, por otra parte, el elemento forastero es mucho más considerable, lleven a mal que se abogase por un régimen que a ellas no les origina más que perjuicios, por lo que no desperdician ocasión de pedir la asimilación de las Provincias Vascongadas con el resto de España. De aquí el antagonismo cada vez mayor entre las villas y la población rural .
Al estallar la última guerra, así como los campesinos tomaron partido por don Carlos, las villas le tomaron por los liberales, y, como sucede siempre en estos casos, las discordias públicas se envenenaron con los antagonismos privados. Todo aquel en quien se sospechaban simpatías por la causa contraria era denunciado, injuriado y preso. Trueba residía en Bilbao con su familia; a pesar de su carácter bien conocido, y a pesar de que, casi niño, para no verse obligado a tomar las armas en favor del primer pretendiente, había tenido que expatriarse y sus padres habían sufrido por ello persecuciones, se vio acusado de hallarse en inteligencias con los carlistas, se le trató de neo-católico, uno de los nombres injuriosos con que se denostaban los partidos; se le citó ante el gobernador, y se le despojó hasta de su cargo, acto completamente arbitrario e ilegal, pues sólo el Señorío congregado en Junta general tiene derecho a nombrar y destituir sus empleados .
Muy pronto tuvo que abandonara Bilbao, que iba a ser sitiado, dejando allí sus papeles y libros, y por segunda vez se vio arrojado de su país por la guerra civil, y tomó el camino del destierro «andando de espaldas», como él dice, para perder de vista a la tierra natal lo más tarde posible. Se encontraba tan pobre como en su juventud, y aunque era más conocido tenía una familia a quien mantener. Trueba se resignó valerosamente a volver a su antigua vida de privaciones y angustias, creyendo que si su pluma podía contribuir a restablecer la paz entre hermanos enemigos, todas sus penas le importarían poco. En 1874 apareció Mari-Santa, cuadros de un hogar y sus contornos, que tuvo un gran éxito . Este libro, con otros dos del mismo género, titulados Cielo con nubecillas, y El gabán y la chaqueta, publicados algún tiempo antes, pertenecen, si así puede decirse, al nuevo sistema del autor. No se los puede calificar de verdaderas novelas; Trueba no se adapta a las obras largas; ya se ensayó en ellas en su juventud, y él mismo dice que fue con mediano éxito. En sus últimas obras no procede con arreglo a su antigua costumbre, que eran los trabajos de corta extensión: toma una idea general que forma el lazo aparente y como la unidad del libro; pero en realidad sirve de pretexto a multitud de digresiones. Adivínase sin trabajo el objeto de estas digresiones, que es describir el país vascongado y encomiar a sus habitantes recordando su grandeza pasada y lamentando sus males presentes .
No ha faltado en España un crítico que acusase al autor de poca variedad en sus pinturas, de volver hasta la saciedad a los mismos asuntos, diciéndole: «¡Qué! ¿Siempre vallecitos verdes, montañas, torrentes y casitas blancas, escondidas entre cerezos y nogales? Eso es monótono. ¿A qué viene eso?» A lo que el autor ha contestado con mucha agudeza: «¿Querría usted que sustituyese los cerezos y nogales con naranjos?» En efecto, Vizcaya no se parece a Andalucía; si otros sacan sus libros de la imaginación, Trueba los saca de lo que conoce y ama .
Aunque ha escrito mucho, pues los libros que hemos citado no son más que una parte de sus obras, Trueba es un escritor correcto y castizo. No tiene nada de pretencioso ni afectado, ni eleva nunca el tono; pero hasta en el género familiar se esmera en el estilo y en el respeto a los lectores. El mismo cuidado que pone en la elección de asuntos, pone en la elección de palabras; gusta de la expresión precisa, como del pensamiento recto, porque hasta esto es para él cuestión de probidad literaria. Procura ser preciso y verdadero hasta en lo más insignificante, y sigue paso a paso a la Naturaleza. El mismo cita un ejemplo de esto muy curioso. «Una crudísima noche del mes de enero, dice, escribía yo en un piso cuarto de la calle de Lope de Vega, número 32, el cuento que titulé De patas en el infierno, y como me ocurriese un detalle que consistía en explicar las alteraciones que experimenta el sonido del agua mientras ésta hinche un cántaro en la fuente, me encontré con la dificultad de que no había estudiado nunca estas alteraciones, ni en mi casa había en aquel instante agua suficiente para estudiarlas. Por la mañana a primera hora habían de ir de la imprenta a recoger el cuento, y me era indispensable dejarle terminado aquella noche. ¿Sabéis lo que hice para salir de mi apuro? A las tres de la madrugada, arrostrando la oscuridad y la lluvia y el viento, fui a la fuentecilla de la plazuela de Jesús con un cántaro bajo la capa, y pasé allí un cuarto de hora escuchando el sonido del agua que caía en el cántaro». Entonces sólo se expuso Trueba a coger una pulmonía; pero su gusto por la observación debía exponerle a peligro más grave. La aventura es muy española y merece ser contada. Trueba se preparaba a escribir el cuento campesino titulado Las siembras y las cosechas, y según su plan debía de escribir el amanecer en el campo. Muchas veces había contemplado este magnífico espectáculo, pero para describirle mejor quería contemplarle y estudiarle de nuevo. Una madrugada, mucho antes de rayar el alba, acompañado de Luis de Eguilaz, Diego Luque y Eduardo Bustillo, fue a los cerros de Vicálvaro, y cuando estaban haciendo provisión de imágenes e impresiones poéticas, se vieron acometidos navaja en mano por unos rateros que los habían creído gente de reloj.
En la vida privada, Trueba es el hombre que hace adivinar sus obras: dulce, servicial y bueno, por lo que todos le quieren en Madrid. Su exterior es el de un verdadero montañés: alto, fuerte, de maneras un poco torpes, de facciones regulares y sin nada marcadamente expresivo, y va siempre distraído y caviloso; pero bajo este exterior modesto, aquel hombre sencillo e ingenuo oculta un carácter enérgico, y ninguna circunstancia de su vida, por penosa y difícil que haya sido, le ha encontrado inferior a la prueba . Hoy le afligen, más que sus propios infortunios, los de su querida patria. Detesta la guerra civil, que llama «guerra de Caínes», y no tiene más que palabras de indignación contra los que, por satisfacer una ambición culpable, no han reparado en atraer sobre su patria los mayores desastres; pero no puede olvidar que los vascongados son sus compatriotas. Cuando en la Prensa madrileña se alza una voz justamente indignada, condenando la ingratitud de las provincias del Norte y reclamando la abolición de los fueros tan pronto como la guerra termine, Trueba protesta contra ella. Su patriotismo de campanario, bien excusable por otra parte, no le deja ver que la seguridad, el honor mismo de España, exigen el castigo de los rebeldes, y quiere que las tres hermanas conserven sus antiguas franquicias, de que no han sabido gozar prudentemente, sin hacer de ellas un arma contra la madre patria.
No cabe la menor duda en que España, es decir, las cuarenta y cinco provincias que reconocen hoy la monarquía de Don Alfonso XII, triunfará pronto, aunque sólo sea por la fuerza numérica. ¿Se renovará entonces el escándalo de Vergara? ¿Se verán libres de toda contribución y exentos de quintas los que son la causa de que las cargas del Estado se hayan aumentado espantosamente en estos últimos cuatro años, y con la mayor frialdad de corazón han derramado a torrentes sangre española en los campos de batalla? Esto sería preparar allí el germen de una nueva rebelión. Las tres Provincias Vascongadas, por culpa suya, van a ser sometidas a la ley. El golpe, por duro que sea, no debe desesperarlas en modo alguno; que acepten francamente su derrota y la paz, y que aprovechen las ventajas de su posición, los recursos inagotables de su suelo y las viriles virtudes que distinguen a sus habitantes y nadie pone en duda, y no tardarán en contarse entre las comarcas más afortunadas de Europa: el mismo Trueba no tendrá mucho de qué lamentarse si al volver a sus queridas montañas y a sus antiguos trabajos puede terminar con una dichosa página, en el seno de su país, ya tranquilo y próspero, la Historia de Vizcaya, que emprendió hace años y se espera aún de él. L. Luis LANDE.»
Estoy seguro de que Mr. Lande no ha de llevar a mal que al terminar la traducción de su estudio me haga cargo de sus últimos párrafos, y diga en público sumariamente lo que en extenso le dije cuando le escribí dándole las gracias por lo que me había honrado, y acogió con la indulgencia y la modestia propias de los hombres de verdadero mérito. Confieso que renunciaría gustoso la mucha honra que me ha proporcionado la Revue des Deux Mondes,con tal de no ver a Mr. Lande apreciando del modo que aprecia la cuestión vasco-navarra. Un escritor extranjero de mucho talento, como lo es Mr. Lande, puede estudiar y juzgar con completo acierto la personalidad y las obras de un escritor tan pequeño como yo, pero no así una cuestión tan compleja, tan obscura, tan extraviada y aun tan calumniada como la cuestión de que aquí se trata. Deberes de prudencia y patriotismo nos han movido hasta aquí a los que en ella nos interesamos más directamente a no colocarla en su verdadero lugar; pero es probable que cuando Mr. Lande reciba este libro esté ya convencido de que la juzgó mal, aunque la juzgase con entera buena fe y con el criterio generalmente admitido en la misma España.
Como ya he dicho en alguna de las anotaciones que preceden, los fueros nada han tenido que ver con la rebelión carlista, y ea todo caso lo habrán tenido los contrafueros. Las provincias vasco-navarras no se pueden calificar de rebeldes, porque la representación de toda provincia son sus autoridades legítimas, y éstas han permanecido fieles en las vasco-navarras. Por razón idéntica no se puede llamar ni se llama rebeldes a las provincias catalanas y valencianas, donde el número de carlistas armados ha sido tan grande como en aquéllas, con la diferencia de que el noventa por ciento de los rebeldes vasco-navarros han sido forzosos, y la totalidad de los de otras provincias han sido voluntarios. Aparte de esto, en cuestiones de esta índole la mayor suma de individuos no constituye mayoría, que la constituye la mayor suma de riqueza, de ilustración y de sacrificios. En este concepto la mayoría de leales ha sido inmensa en las provincias vasco-navarras, donde casi toda la población rica e ilustrada se ha mantenido leal y ha hecho heroicos sacrificios y esfuerzos por el anonadamiento de la rebelión. Castíguese a los rebeldes, como se ha hecho siempre que han ocurrido, en España rebeliones; pero no se castigue a un mismo tiempo a los leales y los rebeldes, como, nunca se ha hecho en España, ni se ha hecho en Valencia ni en Cataluña. La supresión de las libertades vascongadas, que son derechos propios y no privilegios, sería castigar a los leales y dejar impunes a los rebeldes. Los rebeldes apenas perderían nada con la abolición de los fueros, porque apenas tienen que perder. Los que perderían serían los leales de Bilbao, de San Sebastián, de Vitoria, de Pamplona, de Hernani, de todos los pueblos ilustrados y ricos, que son los que lo tienen.
No parece sino que el resto de España está completamente virgen de toda rebelión, al ver la indignación y el escándalo universal con que se ha visto el que a las provincias vasco-navarras (que por su situación geográfica, su topografía y su diseminada población se prestan a esta clase de rebeliones como ninguna otra región de la Península) se propagase la rebelión carlista más de un año después de aparecer en las provincias del interior, y de verse el país vasco-navarro hacía dos años desamparado de toda protección por parte del gobierno central. Treinta años hacía que aquellas provincias, a pesar de que cada día se había arrancado una hoja del código de sus libertades, que se tiene la audacia de decir que se había respetado escrupulosamente, habían dado ejemplo constante de sumisión y lealtad al resto de España, hervidero continuo de rebeliones, coronadas con el destronamiento de la reina Doña Isabel II, en que no tuvieron parte alguna las provincias vasco-navarras. La rebelión carlista en estas provincias es criminal y digna de castigo, pero no lo es más que en cualquiera otra parte de España. Las libertades de los vascongados no son, como se supone, un generoso regalo del resto de la nación, que se les deba estar echando constantemente en cara para acusarlos de ingratos y suponer que en ellos es crimen imperdonable lo que en el resto de los españoles se considera poco menos que peccata minuta y a veces glorioso: esas libertades son propias y tan legítimas como pueden serlo las de los demás españoles, y reconocerlas y respetarlas no es gracia, que es sólo estricta justicia. Tristísima gloria sería para la España del siglo XIX el derribar el glorioso y secular árbol de Guernica que las simboliza y ha visto pasar tantas generaciones de tiranos sin que ninguno osara herir su sagrado tronco. Vizcaya decía en 1864 a Doña Isabel II:
«No tendrán que decir nuestros hijos: «Ahí estaba el santo árbol cuyo recuerdo evocan llorando nuestros poetas y cronistas cuando cantan y narran las glorias y desventuras de la patria, y nuestras madres de familia cuando arrullan a sus hijos en la cuna; a la sombra de aquel árbol se alzaba una tosca silla de piedra donde los grandes reyes de Castilla se sentaban a recibir el homenaje de Vizcaya después de jurar que respetarían y ampararían sus libertades; Doña Isabel II, que era su sucesora, dejó aquí de ser su imitadora, pues ella fue quien derribó aquel árbol y aquella silla, ¡bendecidos de sus progenitores y los nuestros!» No, no tendrán que decir esto nuestros hijos».
Yo espero que tampoco tendrán que decirlo del augusto sucesor de Doña Isabel II.
En cuanto a mí, aseguro a Mr. Lanque que, lejos de resignarme con la gran desventura y la gran iniquidad que anuncia como la cosa más justa y natural del mundo, mi última lágrima sería para llorarla, y mi última palabra para condenarla. Con toda la sinceridad que cabe en mi alma he de añadirle que la abolición de las libertades vascongadas no me aterra por lo que esas libertades valen, sino porque de su conservación he esperado para mi país una era de paz y de prosperidad durante el reinado de Don Alfonso XII, como la que gozó durante el reinado de Doña Isabel II, en que, como ya he dicho, las provincias vasco-navarras dieron constante ejemplo de sumisión y lealtad al resto de España, donde se sucedieron sin cesar las rebeliones, inclusas las carlistas, que duraron años enteros en Cataluña y el Maestrazgo. Abolir los fueros, equivaldría a enarbolar una constante bandera de rebelión a que se acogieran todos los rebeldes, blancos o negros, sembrando promesas y esperanzas que diesen amargo fruto a la patria.
Cuando el país de Gales perdió sus libertades, se hizo matar a los bardos para que no las cantaran ni lloraran. En nuestros tiempos no se podría matar a los bardos, y mucho menos donde cada corazón encerraría uno. Mr. Lande, que me cree capaz de cantar plácidamente al son de las cadenas, puede estar seguro de que mi corazón sería bastante grande para aposentar al más indignado de todos.
Madrid 27 de marzo de 1876.
Notas:
Categoría:ES-C Categoría:Cuentos de Antonio Trueba Categoría:Cuentos