Cuentos del hogar (Antonio Trueba): Apéndice
Part 2
Sin embargo, los unos y los otros tienen siempre en la forma un punto de analogía, que es la forma popular. Hace algunos años ya, que en la mayor parte de Europa se buscan activamente las fábulas, los cuentos de hadas y otros documentos dispersos de la imaginación del pueblo. Ofrecen, en efecto, al hombre estudioso campo fecundo de curiosas observaciones sobre el carácter y el espíritu de las razas en las diversas épocas; pero dos medios se ofrecen desde luego para llevar a cabo este trabajo. ¿Se debe, por escrúpulo de erudición, contentar el que se ocupa en él con transcribir lo que le dictan, y para no disminuir el interés del texto, trasladarle fielmente, tal como se ha recogido de boca del narrador y literato? O, por el contrario, ¿conviene no ver en la narración popular más que un simple apunte, sin nada de definitivo, que se puede retocar con toda libertad en nombre de la sintaxis y el buen gusto? Trueba se ha pronunciado por esto último, y deja a otros la ambición de suministrar la ciencia, contentándose por su parte con dar a las narraciones, que eran informes y descosidas, un poco más de verosimilitud y corrección. Siempre, y aun cuando escribe por su propia cuenta, se esfuerza en conservar ese estilo sencillo y uniforme; esas locuciones rápidas, esos idiotismos, más expresivos que elevados, con que el pueblo español hace perceptibles las ideas más abstractas y explica las cosas más intrincadas. ¿Quiere esto decir que no espera ser leído más que de gentes humildes? Seguramente no; porque, como él dice muy bien, en la vida ordinaria, así grandes como, chicos, así ricos como pobres usamos todos un mismo lenguaje, el lenguaje familiar, que es el popular. Así, pues, dirigirse al pueblo es tanto como hacerse entender de todos, y el género literario que imita el fondo y la forma, el sentimiento y la expresión popular lleva en sí la mejor garantía de éxito.
El mayor peligro que ofrece lo familiar y sencillo es el de incurrir en lo vulgar. Trueba ha incurrido alguna que otra vez usando tal o cual modismo o exclamación trivial que sin dificultad hubiera podido dejar para los que se sirven de ella; pero debemos apresurarnos a añadir que estos leves defectos de expresión nunca son extensivos al pensamiento. Lo que tienen de común los cuentos de Trueba con la poesía del mismo autor, es la inspiración, siempre pura y elevada; en ellos se encuentran los mismos escrúpulos honrados, la misma delicadeza de sentimiento, la misma elección de asuntos, la misma moral amable y consoladora, basada en la esperanza y la resignación. «Siempre se muestra adversario de esa literatura pesimista que se complace en presentar el mundo como un desierto sin límites, donde no nace una flor, y la vida como una noche sin fin donde no brilla una estrella, siempre glorifica el bien y la virtud». Esto decía Trueba en el Prólogo de sus primeros cuentos. Más tarde el horizonte se oscureció a sus ojos; los desengaños y las privaciones pusieron a prueba al escritor; pero éste ha conservado inalterables su valor y su fe. Trueba exclama con verdadera elocuencia, aludiendo a los ásperos caminos que serpentean por sus queridas montañas: «No hay para mí camino triste ni penoso, llámese camino de la aldea o camino de la vida: al fin del primero está el hogar de mi infancia; al fin del segundo está el cielo, y al fin de los dos me esperan amigos muy queridos».
Algunas de las escenas que nos ofrece Trueba, por ejemplo, las de los Cuentos campesinos, pasan en Castilla, a las mismas puertas de Madrid; pero el teatro por él preferido es Vizcaya, o más bien un rincón de Vizcaya, las Encartaciones, que son la comarca donde nació y se crió. En otro tiempo se habló allí únicamente la lengua vascongada, como lo atestiguan la tradición, los apellidos y la mayor parte de los nombres geográficos. Al fin, y por efecto de las constantes relaciones de los encartados con sus vecinos los de Castilla la Vieja, prevaleció en las Encartaciones la lengua castellana. Esto explica cómo Trueba figura entre los escritores castellanos. Por lo demás, los encartados no se diferencian de sus compatriotas del resto del Señorío. El mismo tipo vascongado, a la par gallardo y fuerte, de nariz aguileña, de mirada inteligente y dulce, de frente despejada, de rostro ovalado y un poco deprimido por el extremo inferior, de tez sonrosada, de elevada estatura y de musculatura vigorosa y fuerte; la misma severidad de costumbres, el mismo infatigable ardor para el trabajo, el mismo valor indomable, el mismo patriotismo exaltado e intransigente. Las Encartaciones, cuya población es aproximadamente de quince mil almas , fueron el corazón de aquella heroica Cantabria donde unos pobres montañeses contrastaron las fuerzas del inmenso imperio romano. En todos tiempos han honrado la historia de Vizcaya con nombres y cosas ilustres, y hoy mismo, haciendo causa común con las provincias sublevadas, luchan con ciega energía contra el gobierno de Madrid. No hay país más a propósito a la vez para la resistencia y para la vida rústica y el trabajo pacífico. En sus montañas brotan muchos manantiales que, descendiendo a los valles, forman cinco ríos bastante caudalosos, que desembocan en el mar a corta distancia de su origen. Divídese su territorio en quince valles o concejos, y su circunferencia no pasa de veinte leguas. Aunque predominan en él las montañas quebradas y pedregosas, hay terrenos fértiles y generalmente bien cultivados. En los montes abundan los robles, las hayas, las encinas y los castaños, cuya madera se emplea en diferentes usos, y es uno de los mejores recursos del país; en los valles abundan los árboles frutales, como los cerezos, los nogales, los manzanos, los ciroleros y otros; las viñas se extienden por las faldas de las montañas y collados, y producen un vinillo llamado, chacolí, de sabor muy agradable. Las cosechas consisten principalmente en maíz, trigo y legumbres. Por último, abundan las canteras de mármoles, de piedra caliza, y las minas de hierro, de cobre y de plomo. Ya en tiempo de los romanos se explotaban algunas de estas minas, y particularmente las de la famosa montaña de Triano, inmenso banco de hierro cuya riqueza encareció el naturalista Plinio, y que aún suministra a la industria cada año más de ochocientos mil quintales de mineral . Antes de la guerra actual, hermosas carreteras, admirablemente conservadas por la administración foral, satisfacían las necesidades del comercio, y los torrentes que descendían a los valles daban movimiento a la multitud de molinos y ferrerías.
Tal es la comarca pintoresca y hermosa adonde nos transporta Trueba. La acción es de por sí de las más sencillas, carece de grandes enredos y peripecias: la constituyen sencillas historias de amor y modestas escenas de la vida de familia, tal cual se puede desarrollar en el fondo de una aldeíta ignorada; pero el autor se complace en seguir a sus personajes en todos los pormenores de la vida, de la vida de honrados labradores, de cuyas apacibles alegrías hubiera él querido participar. Levántase muy temprano, da una vuelta por el establo, se complace en contemplar a los bueyes y la mula, acaricia al pasar al perro de la casa, está al corriente de las labores, habla como inteligente de la siembra, o da su voto sobre la próxima cosecha; al volver a casa al anochecer, dirige una miradita a la cena que preparan las mujeres, saluda a las muchachas, que van a la fuente, o charla con los chicos que traen el ganado del monte o del prado. todos estos cuadritos campestres enamoran con su vida y su verdad.
En otro concepto, no carece de interés, como es de suponer, el penetrar siguiendo a tal guía en el interior de esas poblaciones tan curiosas que, en opinión de los lingüistas e historiadores, están habitadas por la raza más antigua y noble de Europa. Es verdad que los vascos han decaído mucho de los tiempos pasados, del tiempo no lejano aún en que los gloriosos cónsules de Bilbao tenían jurisdicción en todo el litoral cantábrico, «desde Bayona a Bayona», es decir, desde Bayona de Francia a Bayona de Galicia; de día en día aparecen más restringidos, menos numerosos; incesantemente batidos por las olas de las revoluciones políticas y sociales, como las rocas de sus riberas por las olas del mar enfurecido, están destinados a desaparecer muy pronto; y un sagaz escritor, hablando de su decadencia, en esta misma Revista, ha podido con razón calificarlos de un pueblo que se va . Al menos habrán conservado hasta su último momento, con su lengua singular que no tiene relación con ninguna conocida, un carácter y una fisonomía especiales.
Lo que principalmente los distingue es el ardor de su fe, una fe sencilla, inquebrantable, que no admite discusión ni temperamento. Parécele que en sus alturas el hombre se siente más cerca de Dios, y se ve irresistiblemente impulsado a elevar a Dios su pensamiento. Un cantar vascongado dice: Madre, quiero que me cases en los montes de Vizcaya, que en los montes está el cielo más cerca que en tierra llana.
El campesino vasco es profundamente religioso; descansa el domingo y los días de precepto, tiene sus santos preferidos, y se complace como un niño en las pompas religiosas. De aquí procede la influencia que ejerce el clero en las tres Provincias Vascongadas, influencia quizá exagerada, o que de todos modos no ha sido siempre beneficiosa. Otro sentimiento no menos profundo ocupa el alma de aquellos montañeses: el amor al suelo natal; pero el vasco, por muy adherido que esté a su casería y sus valles, no por eso es menos atrevido, emprendedor y animoso; cuando encuentra su puesto demasiado estrecho entre sus hermanos en el hogar paterno, no vacila en expatriarse. No irá a establecerse en las provincias del interior de España, donde no obstante se encuentran desiertos tan fértiles como en el Nuevo Mundo, pero donde perdería el beneficio de sus fueros, es decir, la exención de contribuciones y quintas . Trasládase a Méjico, al Brasil, al Perú, a Buenos Aires o Montevideo, y allí procura hacer fortuna. Cada año se embarcan con aquel destino más de mil jóvenes en Burdeos, en Bayona o en los puertos de la costa cantábrica; pero nunca olvidan a su patria. Dondequiera que los vascos se encuentran, ricos o pobres, jóvenes o viejos, su mayor placer es reunirse para hablar la noble lengua de los euscaldunac, vestir el traje nacional y oír en el tamboril alguna sonata de su patria. Transcurridos diez, veinte años de ausencia, cuando se cree bastante rico, el vasco se apresura a realizar sus haberes y a volver a su país. No se le hable de las ciudades ni del bienestar que se goza en ellas; a toda otra residencia prefiere aún el rinconcillo donde nació; una vez instalado en él, como con todo su dinero no podría adquirir nuevas propiedades territoriales, porque allí cada familia conserva religiosamente las tres o cuatro fanegas de tierra que posee, levanta un palacio en el solar paterno; este palacio no pasa generalmente de una casa mayor y más sólida que las demás y pintada exteriormente. Al mismo tiempo se complace en fundaciones piadosas o benéficas, tales como una ermita, una escuela o un hospital, y entre tanto participa del género de vida de todos los que le rodean. Los vecinos de la aldea le llaman el indiano (para el pueblo, América es la India aun después de los descubrimientos de Cristóbal Colón), y no se encontrará acaso una aldea un poco importante en las Provincias Vascongadas donde no haya alguna familia designada con este nombre. De aquí se colige la parte imprevista que se mezcla con la existencia monótona del aldeano más humilde. ¡Qué sorpresa en la aldea, qué alegría en toda la familia, cuando llega uno de esos audaces colonos de quien acaso durante años enteros no se ha tenido noticia! También en las narraciones de Trueba ocupa un puesto preferente el indiano, cuyo papel en ellas viene a ser el que desempeña en otro tiempo en nuestras comedias el tío en Indias. Viene a ser el Deux ex machina; llega en el momento oportuno con el oro a manos llenas, con el oro que se hace estimar en mucho hasta en las comarcas de costumbres patriarcales; y el indiano remedia la pobreza, dota a sus sobrinas, hace olvidar la pérdida de la cosecha, y, gracias a él, todos están contentos.
A pesar de esto y a pesar también de sus esfuerzos no todos los que van a América hacen fortuna. Apenas llegan, el clima de los trópicos y el vómito o fiebre amarilla cansan terribles estragos entre ellos. Aunque se salven de las enfermedades, ¡cuántos trabajan toda su vida, sin poder reunir nunca la pequeña cantidad que les hubiera bastado para regresará Europa, y acaban tristemente en el lejano destierro! Esto basta para que Trueba, que por otra parte no es aficionado a la aventura, no vea con buenos ojos a la hermosa juventud de su patria atravesar el Océano . Hasta la mar, cuyas olas traidoras vienen a acariciar la ribera invitando a la juventud a abandonar la patria, excita la indignación de Trueba, que la maldice con todo su corazón.
«Nací, dice, y pasé mi niñez cerca de la mar, y a pesar de que me encariño profundamente con todo lo que me rodea, con las personas a quien trato, con la casa en que habito, con los árboles que me dan sombra, con los pájaros que me dan música, con el arroyo que me da murmurios, con los montes y la vega que contemplo desde mi ventana, y hasta con el sol que me quema, y el frío que me entumece; a pesar, repito, de que me encariño con todo esto, no he podido nunca encariñarme con la mar.
»Era yo muy niño, y allá por el hondo valle que separa a mi aldea de la mar llegaban a mi pacífica aldea prolongados y sordos bramidos que me hacían estremecer y refugiar en el regazo de mi madre.
-¡Santa Virgen de Begoña -exclamaba mi madre con lágrimas en los ojos-, no desampares a los pobres navegantes que cruzan esos mares traidores!
»Y esta piadosa imprecación quedaba grabada en mi memoria, y en la confusión de mis ideas, la idea de la mar se asemejaba a la de los grandes azotes de la Humanidad.
»Y luego tú ¡oh mar! no eres mi patria: eres un vagabundo extranjero que llegas a nuestras risueñas y pacíficas montañas con la soberbia de aquellos otros extranjeros que llegaron acaudillados por los Césares y Agripas, y, como tú, vieron quebrantado su poder en nuestras rocas, y sólo consiguieron, como tú, penetrar en algunos de nuestros hermosos valles.
»Si un día la desventura me arroja a las soledades del Océano, compadecedme, hermanos míos, y compadeced, como yo compadezco, a los que vagan por ellas!»
Al lado de estas páginas llenas de emoción, se encontrarán otras escritas en tono festivo y sereno. No es necesario haber hecho un largo estudio de la literatura popular para saber toda la malicia que se suele esconder en sus apólogos. El pueblo, que es un niño grande, gusta mucho de reír a costa ajena. Véasele entre nosotros, en nuestras historietas y misterios, vengándose de sus trabajos y privaciones, divirtiéndose a costa de todos, así de las autoridades de la tierra como de los santos del cielo; con tal que pueda reír, está contento y casi satisfecho. Aunque en España el genio se ha visto por mucho tiempo oprimido por el terror de la inquisición y del Gobierno absoluto, esta tendencia del genio popular, hábilmente utilizada por Trueba, se revela en más de un concepto. El príncipe y sus ministros, el mismo clero, no se libran de la sátira popular; los jueces, los alcaldes, los médicos, todos llevan su merecido o inmerecido. En cuanto a los personajes celestes, el apóstol San Pedro es el que más chanzonetas excita; su calvicie, su humildad de espíritu, las debilidades de que habla el Evangelio, todo, hasta el oficio de portero que le ha tocado en el otro mundo, contribuye a hacer de él un personaje cómico y casi bufo. Hay muchas ocasiones en que el pueblo español la emprende consigo mismo, y se ríe benévolamente de sus propios defectos; con aquel rústico buen sentido que caracterizaba a Sancho Panza, sabe en la ocasión oportuna devolver la pelota. Cuando se trata de la sátira moral, más de un dardo se dirige, como es justo, a las mujeres.
«Cuando Cristo andaba por el mundo sanando enfermos y resucitando muertos, una buena mujer le salió al encuentro, llorando como una Magdalena, y tirándole de la capa, le dijo:
-Señor, haga usted el favor de venir a resucitar a mi marido, que se ha muerto.
-No me puedo detener -le respondió el Señor-, porque voy a hacer un milagro de padre y muy señor mío, que es encontrar una buena madre de familia entre todas las mujeres aficionadas a toros; pero todo se andará si la burra no se para. Lo que yo puedo hacer es que se te meta en la cabeza que tu marido ha de resucitar, y tu marido resucitará.
«En efecto, a la buena mujer se le metió en la cabeza que había de resucitar su marido, y su marido resucitó; porque ni los muertos pueden resistir la voluntad de las mujeres».
En este terreno es fácil resbalar, y parece que por él se va a esas alegres fabulillas, a esas historias picarescas de que gustaba el antiguo espíritu galo: pero Trueba sabe detenerse a tiempo. No diremos que sus narraciones tengan todas el mismo valor y ofrezcan el mismo interés, porque algunas hay tan sencillas que rayan en lo pueril, y no merecían el trabajo de recogerse, y otras exigían que se las tratase más filosóficamente; pero nunca ha procurado hacer efecto a costa de la moral. Sólo una vez faltó Trueba a este principio capital. Era joven, y se ocupaba en sus primeros trabajos literarios, componiendo El libro de los Cantares. El editor, para despertar más la curiosidad del público, le pidió que compusiese algunos picantes, y, en efecto, los compuso; pero al ir a hacerse la segunda edición del libro, se apresuró a suprimirlos, y desde entonces ni una frase ni una palabra ha salido de su pluma que pueda prestarse al equívoco libre. Hasta en esto permanece fiel al carácter de su raza. ¿Podrá creerse que la lengua vascongada carece de toda expresión deshonesta? La blasfemia es en ella desconocida; y hoy mismo, en que las costumbres se han alterado algún tanto en las cercanías de las ciudades, cuando un vascongado se sirve de un término grosero, tiene que tomarle de la lengua castellana. Lejos nuestro narrador de hacer estos préstamos, siente que la lengua castellana no haya imitado la casta reserva de la eúscara.
III
Hacía veinticinco años que Trueba residía en Madrid; sus cuentos habían tenido tanta fortuna como sus poesías; las ediciones se multiplicaban en España, y las traducciones en el Extranjero, en Inglaterra, en Alemania, y hasta en Rusia; gracias a él, los vascongados despertaban en todas partes nuevas simpatías: cuanto más se les conocía, más se los estimaba. Lisonjeados en su amor propio nacional, sus compatriotas quisieron darle un testimonio de gratitud, al mismo tiempo que utilizaban su talento, y en 1862, reunidos los representantes de todas las repúblicas de Vizcaya en Junta general so el árbol de Guernica, Antonio de Trueba fue solemnemente aclamado archivero y cronista, con el sueldo anual de diez y ocho mil reales . Como es sabido, antes de la última guerra, las tres Provincias Vascongadas enviaban diputados a las Cortes como las demás de la nación; pero en virtud de sus antiguos fueros continuaban congregándose los representantes de sus pueblos para tratar de los asuntos interiores de cada provincia. Estas juntas generales se celebraban desde tiempo inmemorial bajo un árbol designado por la tradición, el de los alaveses en Arriaga, el de los guipuzcoanos en Guarequiz y el de los vizcaínos en Guernica. Sólo el árbol de éstos últimos se ha conservado hasta nuestros días, y aún se fechan los acuerdos con la frase de «so el árbol de Guernica», aunque las Juntas sólo se inauguran bajo el árbol, y en vez de continuar allí patriarcalmente como en lo antiguo, se trasladan a un gran salón inmediato construido al efecto, donde continúan. En cuanto al árbol, como naturalmente no puede ser eterno, se le reemplaza cuando muere con uno de sus renuevos que se tiene cuidado de criar a su pie. Cuando cae de viejo, le sustituye el más robusto de sus hijos, y la dinastía continúa así sin interrupción .
La nueva posición de Trueba ponía a éste en lo sucesivo al abrigo de la necesidad, y además le abría un vasto campo de estudio que hasta entonces casi no había explorado. La Historia general del Muy Noble y Muy Leal Señorío de Vizcaya aún estaba por escribir. Trueba concibió el proyecto de elevar este monumento a la gloria de su país, e inmediatamente se dedicó a reunir materiales para ello. La empresa era difícil y reclamaba tiempo. Allí, como en todas partes, el campesino en general cura poco de las reliquias de lo pasado, y a esta incuria se debe el que documentos preciosos se pierdan aún en nuestros días. El Ayuntamiento de un pueblo de España hizo arrojar al río gran cantidad de manuscritos antiguos conservados en su archivo, so pretexto de que estaban escritos en letra «que ya no se entendía»Además en Vizcaya existía no hace aún muchos años la costumbre de aprender a leer los chicos en procesos sacados de las escribanías y archivos, y el mismo. Trueba se acuerda de haber hecho cometas y monteras con papeles que más tarde hubieran sido para él un tesoro.
Mientras se preparaba a esta gran obra, ya envuelto en el polvo de los archivos y bibliotecas, ya recorriendo montes y valles por vía de observación y estudio, Trueba escribía, dejándose llevar de la inspiración del momento, lo que más hería su espíritu. Así se formó el volumen titulado Capítulos de un libro. En este volumen hay algo de todo: recuerdos de la infancia, narraciones familiares como las de los libros de cuentos del mismo autor, y páginas más severas, cuyo asunto procede de las crónicas antiguas. Puede calcularse por estas páginas cómo entiende Trueba que debe contar la historia. El estilo es conciso, enérgico, y el interés está hábilmente manejado, aunque acaso alguna vez puedan echarse de menos en el autor los conocimientos generales necesarios en esta clase de estudios, y el asunto no esté tratado siempre con suficiente elevación.