Cuentos del hogar (Antonio Trueba): Apéndice

Part 1

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Apéndice

Muchas veces me han honrado escritores, así nacionales como extranjeros, dando noticias de mi vida y mis escritos, tomadas y deducidas de estos últimos; pero al dar estas noticias se ha incurrido en tantos errores, que más de una vez he tenido tentaciones de rectificarlos por medio de una autobiografía; y a escribir ésta e incluirla en uno de mis libros estaba ya decidido, cuando en 15 de enero de este año apareció en la Revue des Deux Mondes, que goza de crédito y fama universales, un detenido estudio de mi vida y mis obras, debido a Mr. L. Luis Lande, uno de los más ilustrados redactores de tan importante periódico. Mr. Lande me había escrito precedentemente pidiéndome algunos apuntes de mi vida que le envié, y esta previsión, unida al talento del escritor francés, ha dado por resultado que el trabajo crítico y biográfico de que se trata no adolezca de las inexactitudes de otros análogos dados a luz sin consultarme. Para que se comprenda la magnitud de algunos de estos errores, citaré un ejemplo, aunque sospecho que fuese en esta ocasión el error intencionado. La Tribuna, periódico de Buenos Aires, indignada de que yo hubiese calificado de bárbaro e infame el asesinato del señor Moreno, presidente del Ecuador, perpetrado por dos hombres, que le hirieron por la espalda después de saludarlos afablemente al salir solo del palacio de la presidencia, me ha biografiado del siguiente modo: «El señor Trueba es un poeta distinguido, autor de algunos romances jocosos y pastoriles, que, aquí para entre nosotros, son un síntoma infalible de decadencia literaria. Cuando pinta las campiñas de Vizcaya, las danzas de sus pastoras, las escenas de la vida de las montañas, suele tener pinceladas maestras; pero como escritor político, es un Veuillot mediocre, un sectario ciego del absolutismo y de las ideas añejas que mantienen esclavas de sortilegios y supersticiones a la Europa moderna». ¡Así se escribe la historia!

El estudio con que me ha honrado la Revue des Deux Mondes me ahorra, con grandes ventajas, el trabajo de una autobiografía, en que, naturalmente, la modestia (¡no faltaba más que yo no me calificase de modesto!) había de excluir todo juicio de mis merecimientos como hombre y como escritor. Voy, pues, a traducir casi íntegro el sentido y hermoso trabajo de Mr. L. Luis Lande con toda la fidelidad que me sea posible, permitiéndome únicamente rectificar por medio de algunas notas, y aun de tal cual sustitución de palabra en el texto, algunos leves errores en que no es de extrañar haya incurrido el estimabilísimo escritor francés, más que por culpa mía, pues le envié unos concisos y desordenados apuntes, en lugar de enviarle una extensa y minuciosa noticia de mi humilde y poco interesante vida. Doy públicamente las gracias al distinguido redactor de la Revue des Deux Mondes, por la excesiva bondad con que me ha juzgado, y paso a verter en nuestra lengua su trabajo literario, con su permiso y el del dignísimo director de la Revue, Mr. Buloz. UN NARRADOR ESPAÑOL ANTONIO DE TRUEBA

I

«A los autores españoles en general hay que hacerles la justicia de decir que se dedican sinceramente a escribir obras honradas, y que aunque careciesen de otro mérito, tendrían el de desdeñar el éxito de mala ley, pues no dan la preferencia al estudio de las fealdades sociales, y se abstienen de establecer una especie de indiferencia estética entre el mal y el bien. Cierto que estos escrúpulos no bastarían a suplir las diversas cualidades que forman el escritor; pero no obstante, es incalculable lo que el talento mismo gana con ellos en autoridad, en encanto y en atractivo. Antonio de Trueba, narrador y poeta, goza allende los Pirineos de verdadera reputación: el pueblo canta sus versos, y sus cuentos se leen en todas partes. No es que se distinga por la grandeza de sus concepciones, o la extensión de sus conocimientos; quizá hay quien le aventaja en corazón sensible y bueno, y de esta cualidad procede lo mejor de sus obras. Lejanos recuerdos de la infancia, cantos de esperanza o de pesar, todas esas páginas escritas sin pretensión, respiran como un perfume de honradez que seduce; sin querer se siente uno subyugado por ese tono sencillo y natural, por esa ingenuidad encantadora, por esa emoción dulce y penetrante que el arte no imita, pero que permite a veces elevarse hasta el arte.

Luego, trasladándose a la juventud oscura del autor, considerando los obstáculos que parecían impedirle la entrada en la carrera literaria, hay que convenir en que el mismo sentimiento de dignidad moral que sostenía su carácter en medio de tales pruebas, ha contribuido no poco a engrandecer su talento.

Trueba es vascongado: nació en Montellano, aldeíta del concejo de Galdames en las Encartaciones, con cuyo nombre se designa desde tiempo inmemorial toda la parte occidental del Señorío de Vizcaya, desde Bilbao a la provincia de Santander. Según su partida de bautismo, vino al mundo en 24 de diciembre de 1819, pero él tiene excelentes razones para creer que nació dos años después .

Estaba aún en la lactancia cuando sus padres, dejando a Montellano, fueron a vivir a la casería de donde su padre procedía, que era en el inmediato concejo de Sopuerta. Sus padres eran sencillos labradores que llevaban, como sus vecinos, la vida tranquila y laboriosa que basta a la felicidad del campesino vascongado. En aquellas montañas, más que en otras partes, la cosecha se consigue a precio de constantes esfuerzos y duras fatigas. Las tierras labrantías, situadas a veces en pendientes arduas, tienen que cultivarse a mano, y las mismas mujeres ayudan en el trabajo a sus maridos. Es muy común que el alimento de la pobre familia se componga de pan de maíz, legumbres y frutas; pero llega el día del descanso, y toda la aldea está de fiesta. Después de misa los mayores se reúnen en el campo de la iglesia para conversar sobre el estado de los campos y los asuntos públicos, mientras los jóvenes empeñan un gran partido de pelota o bailan con sus novias. Así transcurren los años para todos en uniforme y feliz oscuridad; y el mismo Trueba no hubiera deseado otra cosa, a no sobrevenir acontecimientos que debían variar el curso de su vida, y ocasionará España, según su expresión, «un labrador menos y un poeta más».

Era a fines del año 1836, y hacía más de tres que don Carlos, hermano menor de Fernando VII, había tomado decididamente las armas para sostener sus pretendidos derechos a la corona; vascongados y navarros, toda esa fuerte raza de montañeses, arrastrados unos por espíritu de aventura, temiendo otros por sus fueros que creían amenazados, se habían declarado en su favor, y, por tanto, contra la monarquía liberal y constitucional . El encarnizamiento llegaba al colmo por ambas partes, la exasperación era indecible; en toda la línea del Ebro y desde el Norte al Mediodía no cesaban los combates, la matanza, el saqueo y el incendio; y si las Provincias Vascongadas no eran las que más sufrían con la presencia de los cristianos, merced a la habilidad de sus generales valor de sus soldados, la guerra no por eso dejaba de costarles muchas angustias e inquietudes. Todos los jóvenes útiles, unos tras otros, eran obligados a tomar las armas apenas salían de la niñez. ¡Cuántos de los que partían abandonando el cultivo de la heredad paterna iban para no volver! Antonio de Trueba acababa de cumplir los quince años; naturalmente dulce y bueno, carecía de esa energía belicosa, esa afición al combate y al peligro, que ordinariamente forma en el vascongado extraño consorcio con el amor al hogar y la práctica de las virtudes domésticas. Yendo soldado, a falta de una bala, le hubiese matado la desesperación, la repugnancia, el horror a las escenas de violencia y derramamiento de sangre. Su madre le conocía bien, y pensaba en el medio de librarle de este doble peligro. Un pariente suyo tenía en Madrid, calle de Toledo, un comercio de ferretería, en que se ocupaban varios dependientes, allí había un puesto para el joven Antonio; pero era necesario que se apresurase a ocuparle para que no se le incluyese en la próxima recluta y se viese obligado a pasar a las filas carlistas. Sus padres le proveyeron a toda prisa del hatillo que contenía su mejor ropa, le aconsejaron y besaron, y Antonio partió.

Han pasado muchos años desde entonces, pero aún no puede Trueba pensar en aquella primera vicisitud de su vida sin que los ojos se le arrasen en lágrimas. Al profundo amor que sienten todos los hijos de las montañas por la tierra natal, se unía en él una delicadeza de sentimientos, una propensión a la emoción, que debían hacer aquel sacrificio doblemente doloroso. Se puso en camino en uno de aquellos anchos carruajes llamados galeras, cubiertos con un toldo de lona sostenido por arcos, donde entonces viajaban mezcladas y sobre mullidos las gentes demasiado pobres para viajar más cómoda y aceleradamente.

En Madrid le esperaban padecimientos aún mayores. Carecía de afición y aptitud para el comercio; nada tenía de comerciante; y por añadidura, apenas llegó, a pesar de su parentesco con el principal, se le encargó en la casa de ocupaciones tan pesadas como repugnantes. Saturado aún de las dulzuras de la vida de familia, se encontró objeto de las bromas de sus compañeros; así no tardó en tomar horror a aquel triste y frío almacén de la calle de Toledo. Por otra parte, Madrid le disgustaba con su clima pérfido, tan pronto abrasador como glacial, su agitación febril, sus casas altas y amontonadas, su campiña desolada, árida y cruzada de carreteras donde el viento levanta torbellinos de polvo.

Felizmente dos cosas le salvaron de la nostalgia; el trabajo y la poesía. La educación de Trueba había sido la de los demás muchachos de su aldea. Aquellos honrados y rústicos labradores, obligados a arrancar el pan de cada día de un suelo difícil de cultivar, no tienen tiempo ni ambición de ser sabios; algunos libros religiosos, como el Año Cristiano o el Catecismo del P. Astete, la historia del inmortal Don Quijote y los Fueros de Vizcaya, he aquí, sobre poco más o menos, lo que constituye el fondo de la biblioteca de una familia vizcaína. Por más que le hubiese tocado comenzar entre gentes que honraban poco al trabajo intelectual, Trueba comprendió fácilmente lo que necesitaba. Emprendió la tarea valerosamente, con todo el ardor juvenil, abrumándose de vigilias y privaciones, consagrando a los libros lo mejor de sus solaces, y lo más positivo de sus economías. Cierto que sus esfuerzos no bastaban a llenar por completo el vacío de su primera instrucción, porque necesitaba, como vulgarmente se dice, ir a escape, siquiera sus conocimientos no traspasasen los límites bastante restringidos de la historia y la literatura nacional; pero también era cierto que no necesitaba ciencia para comprender la naturaleza y beber en ella la inspiración.

En España, como en Grecia e Italia, todos hacen versos; en esos países meridionales donde abundan los caracteres entusiastas y las imaginaciones ardientes, la lengua de los dioses es verdaderamente lengua vulgar: artesanos, soldados, labradores, todos se solazan cantando sus penas y alegrías, sus amores y sus odios; todos cuentan en voz alta la historia de su corazón. Es verdad que la lengua castellana se presta admirablemente a ese género de ejercicio; es rica, armoniosa, dócil a la inversión, llena de expresiones, giros e imágenes poéticas; además, su prosodia es poco exigente; la rima no viene a cada instante, como en nuestra lengua, a embarazar el curso de la frase y oprimir el pensamiento; los versos conciertan por medio de simples asonancias, y en ellos se permite lo que se llama licencia poética. Claro es que aquí se trata de la poesía sencilla, familiar, de uso continuo, verdaderamente popular. En cuanto a la forma que esta poesía adopta con más frecuencia, es la de la estrofa de cuatro versos que se llama copla, y que, como su nombre indica, es propia para ser cantada. A veces el pensamiento, subdiviéndose en varias estrofas, se dilata hasta formar una verdadera canción; coplas o canciones, nada de esto se escribe o compone meditadamente. El poeta habla por inspiración, y sus versos, más o menos alterados por la memoria o el capricho del auditorio, van en lo sucesivo a correr de boca en boca. Nada de pretensiones literarias en estos trovadores del pueblo; la expresión los vende con frecuencia, y la sintaxis les es desconocida; pero en cambio mucho color en sus versos, sentimiento, gracia, y más aún verbosidad y placidez. Trueba cita a este propósito a un tío suyo, «el más célebre de los cantadores montellaneses, conocido por el apodo de Vasco, y tan diestro en componer CANTAS, que se dice pasaba horas enteras hablando en verso». «Me parece, añade, que le estoy viendo con sus zapatos de hebilla, sus polainas, calzón y chaqueta negros, su chaleco de tripe azul, su ceñidor morado, su sombrero de alas levantadas por detrás e inclinadas por delante, y su coleta gris peinada con mucho esmero; me parece que le estoy viendo en los nocedales de Carral, a la vuelta de la romería de Beci, haciendo desternillar de risa con sus cantas a la alegre multitud que le rodeaba».

Trueba es ciertamente de la raza de los trovadores populares; quizá tan desenfadado como ellos, aunque menos exuberante, tiene la nota de la emoción en la voz, y hay en su inspiración una ternura que sólo a él pertenece. Además de proceder siempre su inspiración de los sentimientos más nobles y elevados, parece naturalmente inclinado a la tristeza, y su poesía, como su pensamiento, llevan siempre un tinte de dulce melancolía. Aún no salido de la infancia, ya gusta de componer versos a solas, lo que en la aldea no deja de causar admiración. ¿Quién te ha enseñado a cantar? me preguntan todos-. Nadie; yo canto porque Dios quiere, yo canto como las aves .

«A veces hasta no faltaba quien acudiese a su joven musa en demanda de versos: pero dejemos que él mismo evoque sus recuerdos».

Mr.Lande traduce aquí, con perfecto conocimiento de nuestro idioma, parte del Prólogo del Libro de los Cantares, que ha merecido igual honra de muchos escritores extranjeros, y continúa:

«Cuando Trueba se encontró solo en aquella gran población de Madrid, no olvidó la poesía, que había embellecido su infancia. Cuando su cabeza estaba fatigada por el trabajo pensando en su país, que era su sueño perpetuo, iba a buscar en el campo un rinconcito más favorecido que otros, donde pudiese encontrar aire, sombra, canto de pájaros; y allí, conforme paseaba, componía versos; gustaba de mezclarse a la vuelta las gentes del pueblo; observaba los caracteres, escuchaba las conversaciones. Después de pasar tres años en casa de su tío, entró, también como dependiente, en otro establecimiento del mismo ramo; pero contrariedades comerciales de la nueva casa le movieron a dejar el comercio, después de haberse ocupado en él cerca de diez años. Hacía tiempo que se sentía atormentado por la necesidad de escribir; había estudiado la gramática y la lengua, y no le faltaban ideas; así, pues, se lanzo a la literatura. Es inútil decir que, siendo pobre y desconocido, el principio de sus tareas fue penoso, y vio días muy tristes; pero le sobraba la energía, la fuerza de voluntad peculiar a los hombres de las montañas. Lejos de desanimarse, trabajó día y noche para darse a conocer, escribiendo donde quiera que se le ofrecía ocasión; y al fin en 1852, cuando contaba treinta años de edad, publicó su primer volumen El libro de los Cantares».

Este libro comprende un número considerable de composiciones; algunas provienen de ensayos anteriores, pero no obstante, es fácil conocer el vínculo que las une a todas. Ante todo, manifiestan, en su giro sencillo y familiar, que están escritas para el pueblo. Trueba no se las ha habido nunca más que con gentes de humilde condición; plácenle sus costumbres, participa de sus gustos y busca en estas gentes quien le comprenda .

«No busquéis, dice, en este libro erudición ni arte; buscad recuerdos, corazón, y nada más... ¿Qué entiendo yo de griego ni de latín, de preceptos de Aristóteles ni de Horacio? Habladme de cielos y mares azules, de pájaros y enramadas de mieses y árboles cargados de dorada fruta, de amores y alegrías y tristezas, del pueblo honrado y sencillo, y entonces os comprenderé, porque de eso nada más entiendo. En resumen, he compuesto estos cantares como sé, a la buena de Dios, como el pueblo compone los suyos». Acaso el poeta no hace aquí el aprecio debido de su talento; pero diga lo que quiera, el arte no falta en esos poemitas tan vivamente conducidos y tan bien compuestos. Su lenguaje no es el del pueblo, el pueblo no habla habitualmente con esa corrección, ese buen gusto, esa elección de palabras y de imágenes; tales versos no son sólo de un improvisador, llevan el sello del escritor: y sí el mismo Vasco, el más célebre de los cantadores montellaneses, los hubiera conocido, se hubiera confesado vencido.

Lo que llama la atención, también, al leer ese libro, es el acento de melancolía que transpira en todos sus cantos; el autor no ha podido menos de volver más de una vez la vista a la historia de su vida, para exclamar: Esperanzas de gloria no realizadas; amores sin ventura, promesas falsas, males de ausencia, tales fueron las causas de mi tristeza .

Pero esta tristeza nada tiene de sombría y lúgubre, porque el poeta se consuela con sus cantares, como lo dice él mismo: Las almas como la mía hasta el dolor embellecen. Ven a mi lado, y el arte que Dios me enseñó te enseñe; y verás cómo los cielos más azules te parecen, más floridas las praderas, más perfumado el ambiente, y más hermosa la vida, y menos triste la muerte .

Tanto el asunto como el metro son variados: a la descripción de la primavera y de las alegrías que trae consigo sucede la narración de Juan-soldado, uno de los héroes de la guerra de la independencia, o deliciosas escenas de la vida de familia sencillamente bosquejadas. La inspiración no cambia en el fondo. Trueba ama con igual amor a la Naturaleza, a la patria, a la familia, a la religión. Estos cuatro sentimientos confortan su alma y se desbordan hasta de sus versos. Con razón Mr. Antonio de Latour, en sus Etudes sur l'Espagne, le compara con nuestro Brizeux, porque participa de la emoción, de las convicciones profundas, del piadoso respeto al hogar y al suelo natal, que caracterizan al poeta bretón; su voz, como la de Brizeux, excitada por un soplo interior, se eleva por instantes a la verdadera elocuencia.

El libro de los Cantares tuvo gran éxito, y el nombre del joven poeta corrió muy pronto con sus versos por toda España. No cabía duda de que era una de aquellas obras de que habla el moralista cuando dice: «Libro que hace sentir está hecho de mano maestra». Las tres primeras ediciones se agotaron en poco tiempo; el duque de Montpensier quiso contribuir al coste de la cuarta, la reina Isabel costeó la quinta, y luego se han ido haciendo otras. Estas distinciones, raras en todo país, bastaban para lisonjear el orgullo del escritor. Es grato ser admitido en la corte y recibido de los príncipes, como dice Boileau; pero gustar al pueblo es también muy dulce, y si a Trueba le dieran a escoger, preferiría probablemente a toda otra gloria la de merecer la sencilla aprobación de las mujeres y los niños, que aún hoy aprenden sus estribillos y repiten dondequiera los versos de Antón el de los Cantares.

II

Por brillante que fuese este primer triunfo, Trueba no podía esperar que le bastasen para vivir los módicos recursos que proporciona la poesía, aun los más laboriosos; pero le debía protectores y amigos. Entonces entró en la redacción de un periódico político que, con el nombre de La Correspondencia de España, debía ser muy pronto uno de los que más circulasen en el país . Al mismo tiempo escribía en prosa, y aunque nunca haya abandonado por completo el cultivo de la poesía, más bien como prosista que como poeta ha continuado por la senda literaria. Los Cuentos de color de rosa aparecieron en 1859. Este libro, lleno de dulce interés y dedicado a la joven esposa del autor, justificaba doblemente su título. Trueba acababa de casarse; comenzaba casi a ser célebre; después de más de veinte años de ausencia, esperaba volver a ver a su país natal, a su anciano padre, a sus amigos de la infancia; era joven aún, tenía valor, y lleno de gozo y con el corazón abierto a la esperanza, saludaba al porvenir.

A los Cuentos de color de rosa siguieron otros, volúmenes del mismo género: Cuentos campesinos, Cuentos populares, Cuentos de vivos y muertos, Cuentos de varios colores. Conviene no equivocarse en cuanto a la significación de la palabra cuento, que en castellano tiene mucha más extensión que en nuestra lengua; sirve para designar en general toda clase de narración corta y familiar, cualquiera que sea el asunto, verosímil o fantástico, imaginario o real. Así es que Trueba oyó muchos de sus cuentos cuando era niño; lo sobrenatural desempeña en ellos un gran papel, y la idea es fabulosa; en Francia, en Italia, en Alemania circulan estos mismos cuentos con algunas variantes. Añádase a esto una multitud de leyendas puramente locales, de tradiciones relacionadas con la historia del país, y se tendrá una idea de la riqueza de que Trueba ha dispuesto a manos llenas. Ya es un vecino muy decidor que por la noche, cuando toda la familia está reunida junto al fuego, hace pasar sin sentir las largas veladas con sus relatos; ya es la abuela que, rodeada de cabecitas curiosas, habla a los nietecillos de mil cosas de otro tiempo, y arrastra al país de los sueños aquellas jóvenes imaginaciones. «A la puerta de nuestra casa, dice Trueba, había un hermoso emparrado donde, en las apacibles tardes de primavera, mi abuela, que en paz descanse, nos contaba a mi hermano y a mí cuentos muy lindos, hila que hila su copo», porque decía la buena señora, y decía muy bien: «Más vale que estos enemigos malos estén aquí entretenidos con mi charla, que no trepando por los nogales y los cerezos, destrozándose la ropa». Más tarde, Trueba, convertido en escritor, ha hecho un estudio muy especial de los cuentos populares: aquí y allá, en los caminos, andando a pie, viajando en diligencia, deteniéndose en las caserías, haciendo hablar a las mujeres, preguntando a los niños, ha recogido una multitud de leyendas inéditas que han completado su colección . En muchos casos el fondo de la narración es exclusivamente suyo; a veces sigue sólo su propia inspiración inventando todas las escenas de su drama. Lo más frecuente es, aun en este último caso, que recurra a sus recuerdos y se contente con tratar de hechos que él mismo ha presenciado; estos últimos cuentos debieran más bien llamarse novelas, y acaso no son entre todos los de su autor ni los menos interesantes ni los contados con menos maestría.