Part 5
Fatigado el pensamiento de Eudoro, se detuvo al recordar á su amada; se detuvo en ella, en la memoria de ella, como una paloma anhelante en la cima de un limonero en flor.
De nuevo echó á volar, torciendo el rumbo. Y Eudoro se dijo:
--No; yo no debo denigrar de ese hombre. En el fondo procede bien. Su conducta es inspirada en el amor. Ese padre quiere á su niña. Espera para ella los blancos palacios de mármol, las libreas galonadas de los lacayos, el oro de los candelabros, las sedas, en una palabra, la dulzura de la vida tal como puede concebirla su cabeza de negociante. Después de todo está en lo cierto: fuera del dinero no hay salvación. Un pobre no tiene derecho al amor; no puede pagarse ese lujo. El amor entre dos pobres es una conspiración contra la sociedad. Un pobre enamorado de una rica es sencillamente un hombre sin pundonor, un cínico. Yo no aspiro á ese dictado. ¡Cállate, corazón! Escónde tu lepra. Tu amor es tu ignominia.
¡Quién sabe, por otra parte, cuántas noches de insomnio le cuesta mi pasión á ese infeliz! ¿Qué derecho tengo yo para hacer desgraciado á un hombre por el solo crimen de ser padre de una mujer hermosa? ¿Cómo podría, sin ser un criminal, ceñir de angustia esa cabeza blanca, echar el dolor, como un dogal, al corazón de ese padre?
¡Yo la amo, y en nombre de mi amor la hago sufrir, ensombreciendo el alma de ese anciano! Otro le dará también su amor sin que ese amor cueste ni una lágrima. Ese viejo que me odia tiene un punto de contacto conmigo: su hija: ambos la queremos. El cariño de esa mujer nos une. Debo estar agradecido al bienhechor de mi amada.
Con una sonrisa de tragedia en los labios y una mirada maldita en los ojos, el enfermo, el pobre enfermo de amor, se puso en pie.
Su alma, levantada también de un nido de recuerdos, sacudía las negras alas.
A lo lejos, hacia el fondo de la casuca, se escuchaba, fresca y vibrante, la voz de una hermanita del soñador que lo llamaba cariñosamente:
--Eudoro, Eudoro.
II
Es una noche azul y transparente, noche del trópico, tibia y fragante como lecho de recién casados. La multitud llena las calles. Los letreros de gas fulguran, temblorosos, como arañas trémulas que escalan los muros. El traqueteo de los coches, el chasquido de las fustas, la voz de los pregoneros, la charla de los enamorados, la risa de los alegres, los pasos de la turba, la respiración de la ciudad, constituyen el estrépito vagneriano, la extraña sinfonía de la prima noche.
El parque rebosa en gente. Una banda militar suena los cobres, de cuyas gargantas metálicas surgen notas vibrantes como centellas, suaves como caricias, dolorosas como lamentos, como cintarazos rudos. La multitud la rodea. La banda toca y toca. Aquellos músicos de uniforme, aquellos como soldados artistas, al final de cada partitura se embriagan con el aplauso, y á las veces repiten la tocata con furia lírica, llenos de un ardor marcial.
Al rededor del parque la gente se pasea. Algunos novios, dulces enemigos, se reconcilian en la penumbra, bajo el follaje; otros abren su alma, rico estuche de afectos, donde fulgura el amor, ese diamante, como una chispa de sol.
En la sombra, al pie de un frondoso árbol, en un banco de piedra, estrecho y rústico, se percibe la figura de Eudoro. Está solo; medita; y una como negra nube de dolor oscurece su frente.
La banda rompe de nuevo, después de unos minutos de silencio, con una armonía bélica. Es una marcha militar. Un instante, Eudoro, fuera de su meditación, mira como pasaba y repasaba un hombre, marcando el compás. El individuo se devolvía de un farol á otro, en un espacio de veinte y cinco metros, casi en la sombra. Se divertía el buen sujeto sin creerse observado.
De pronto un grupo de jóvenes, estudiantes acaso, lo advirtió. El racimo humano de mozalvetes lanzó una sonora carcajada y prosiguió á su vez la marcha, marcando el compás. Una pareja de novios, dos muchachos, que venía detrás, del bracero, contagiada, imitó á los estudiantes; alguien imitó á su vez á los novios, y por un momento fue la plaza batallón alegre y revoltoso que marchaba al compás de la música.
Eudoro se sonrió melancólicamente á la vista de aquella multitud danzante y risueña:
--Qué barato compran algunos la felicidad, exclamó.
Ante la alegría de los demás Eudoro comprendió la profundidad de su tristeza.
Nada de lo que divierte á los otros, me satisface ni me gusta, se dijo. Yo me siento muy distante de esa multitud. Parodiando al Cristo, yo pudiera exclamar:
--Pueblo, ¿qué hay de común entre tú y yo?
Y prosiguió monologando, engolfado mentalmente en una desolada filosofía.
--Yo me alejo de la turba: la temo; me contagia su estupidez. Mi piedad para ella se resuelve en cóleras.
La música había terminado. La gente, poco á poco, abandonó la plaza. Apenas restaban grupitos, al pie de los faroles. De los cafés vecinos salían carcajadas. De cuando en cuando atravesaba, el paso menudo, recogido el enfaldo, aromando el ambiente, alguna devota de Afrodita. El cielo parecía un cofre en cuyo fondo azul centelleaban topacios. Los globos de luz eléctrica, pálidas lunas, iluminaban con su blanco fulgor de perla.
Un ebrio pasó haciendo eses y gritando:
--¡Viva la República!
Eudoro pensaba: la lucha es estéril. ¿Qué beneficiamos de ella? ¡Cómo consagrarle nuestra juventud, nuestras ideas, nuestras energías á una sociedad que nos abandona! Lo único amable es el amor. La juventud es de él, como la primavera es de las rosas. La poesía de la existencia consiste en el dolor de amar. Y cuando un hombre no puede darse al amor se debe dar á la muerte.
El soñador volvía al suicidio, como siempre que el Dolor lo acosaba; volvía al suicidio, con anhelo de refugiarse en la tumba.
Eudoro se decía: un suicida es un valiente. La única puerta por donde puede salir la dignidad, del mundo, sin doblegarse, es la del suicidio. Un hombre que se mata á conciencia es un héroe. Todas sus culpas, todas sus flaquezas, todas sus ignominias, si las tuvo, deben ser olvidadas. Ese se ha redimido. La muerte así es un crisol. Sí; el que se aventura á lo desconocido, el que da un puntapié á la existencia, el que se embarca en la barca negra, rumbo á lo ignoto, no teme cuanto existe de más temible: el misterio, la tumba, el olvido, en una palabra, la sombra.
Eudoro había cultivado en su alma la idea de la muerte voluntaria, como una flor, y ya la flor daba su aroma fúnebre.
Ya era tarde, y en el silencio nocturno, Eudoro oía su propio pensamiento. Un rayo de luna, filtrándose al través del follaje verde, acariciaba como un beso de plata aquel rostro. A esa luz se podían ver las centellas de aquellos ojos húmedos y claros como algas.
Muy cerca del banco rústico de donde surgía, de cuando en cuando, la voz de Eudoro, en aquel sordo monologar del enamorado, el fauno de bronce de una fuente vomitaba un chorro de agua refrescante. Casi todo el mundo había desaparecido. Un polizonte, de lejos, observaba la actitud sospechosa y escuchaba el lenguaje entrecortado y alarmador de aquel extraño platicante de la media noche.
Por fin se partió. El policía lo miró alejarse. El fauno de la fuente con su faz grotesca y empapada de agua se sonreía al verlo pasar; y alguno que conociese el lenguaje de los bronces tradujera la pícara sonrisa, el guiño de ojos del fauno, en un reproche por aquel abandono, en un presentimiento de tragedia, en un adiós melancólico.
III
Eudoro entró en su casa. El perro, el viejo Sultán, lo desconoció y gruñó; pero pronto vino hacia su amo, meneando la cola.
La casa dormía. Eudoro entró en su cuarto é hizo luz.
La lámpara, una lámpara con pantalla verde, esparce un fulgor de esmeralda. A esa pálida claridad resplandece una pequeña habitación de soltero. En un rincón, el lecho, de albura inmaculada; al otro extremo, el escritorio de palisandro, mueble antiguo, reliquia del hogar, resto de esplendor salvado milagrosamente.
Exornan las paredes algunos cuadros: una caza de Diana, un Caronte feroz y un grupo de Vestales.
Sobre el escritorio lucen dos grabados, muy modernos.
Es el primero un oficial francés, caído en el campo de batalla, la espada rota, sin kepi, desfalleciente. Ha pasado el combate; un médico de la Cruz Roja con cara de angustia pide un trago de aguardiente á un paisano. Este empieza á escanciarlo de su bota en un vasito, poco á poco, casi con indiferencia. El médico tiende la mano y la vista al frasco generoso, mientras el oficial, muy parecido á Rochefort, parece morirse.
El otro cuadro es mucho más risueño. Es la tarde. Un mísero anciano trabajador restituído al hogar de su faena del día, toma asiento en una carretilla y empieza á encender su pipa. Su netezuelo, niño hermoso é ingenuo, lo mira, deja el trompo, y corre á sentarse, lleno de curiosidad, junto al anciano. A lo lejos, hacia el fondo de la casa y del cuadro, cruza una mujer llevando un perol en la mano. Acaso sea la hija del viejo, la madre del muchacho, que vaya á preparar en la cocina el puchero de la tarde.
Eudoro, sentado al escritorio, desde que entró, hunde la frente en el pupitre, y, los dedos enclavijados sobre la nuca, yace en una inmovilidad de ataraxia.
Lentamente alza el joven la pálida cabeza y murmura como si desgarrase el dolor con los dientes.
--Sí; debo matarme. Hace tiempo aguardo el valor que me acompaña en este momento.
Tenía hundidos los ojos, pálido el color, demacrado el semblante. Dos violetas, muy parecidas á las violetas de la muerte, teñían de morado sus párpados. Los labios hacían una mueca trágica. Abrió una gaveta y sacó dos retratos: el uno era de su padre en uniforme de rigurosa gala, de su madre el otro. Los miró mucho espacio de tiempo, los besó repetidas veces, los puso contra su corazón como la imagen de una novia, los besó nuevamente, y ante aquellas efigies adoradas rompió á llorar.
Al cabo de unos momentos se recobró. Restañó sus lágrimas y convino consigo mismo en que debía proceder. Diferir más su intento era exponerlo á fracasar. Meditarlo era no realizarlo.
Creyó bueno escribir, razonar su locura, disculparse; pero comprendió que necesitaría escribir una obra, no una carta. Tuvo un secreto pudor de su pena. Le repugnaban esos muertos charlatanes. Sin embargo, ¿cómo no decir el último adiós á su pobre madre, á su madre querida, á su madre infeliz, á quien sumía de nuevo en el dolor; cómo no impetrar perdón de aquella madre á quien abandonaba mísera y viuda?
Por fin escribió un pliego bañado en lágrimas. Aquello no era carta sino elegía.
No bien hubo concluído tomó una tarjeta, puso dos líneas, y escribió en la cubierta, en gruesos caracteres, el nombre de su amada.
Se levantó y se miró al espejo. Estaba pálido, muy pálido; su rostro, fino y melancólico, parecía la cara de mármol de un dios.
Con mucha calma empezó á cambiarse de ropa. Se amortajaba á sí mismo. La franela limpia que se puso, muy ceñida, dibujaba aquel cuerpo delgaducho y gentil de caballo árabe. Se lavó la cara y las manos; cepilló sus dientes y sus uñas; y se volvió á mirar en el espejo. Con una extraña coquetería de buen mozo ensayó una sonrisa que resultó una mueca macabra; y comenzó á peinarse cuidadosamente. Se hacía la última toilette.
Abrió la ventana. Una ráfaga de brisa y de noche oreó su frente. El cielo, clareante, manchado de nubes, parecía una piel de jaguar, azul y fantástica. De algún corral vecino trajo un soplo de viento el canto varonil y vibrador de un gallo. Eudoro se estremeció. En el silencio de la hora le pareció siniestro aquel canto. Cerró las maderas de la ventana, y tembloroso aún se preguntó:
--¿Tendré miedo?
Pero no; no era miedo. Para llegar á esta resolución extrema, cuántas noches de insomnio, cuántos días de dolor. En el alma de Eudoro se había cumplido un proceso. Ya no le quedaba sino ejecutar lo que tanto meditó, lo que había resuelto en su corazón, de tiempo atrás. Pronto se repuso y prosiguió llevando á término su obra de destrucción con una tranquilidad aterradora.
--Despachemos, se dijo; ya es muy tarde.
Sacó el reloj del bolsillo del chaleco, vio cómo eran las cuatro, y lo puso abierto sobre el escritorio. Después tomó su revólver, lo llevó á la luz, hizo girar la masa, y como en un ensayo lo acercó á las sienes. El frío del cañón heló su cuerpo. Un calofrío culebreó por su espina dorsal. De nuevo lo vio, é hizo ademán de morderlo. El acero, destemplando sus dientes, lo obligó á castañetearlos.
Pero todo esto era apenas una burla á la muerte, una engañifa á la tumba. El tenía su plan. Se acostó; se amortajó en la ropa blanca del lecho; envolvió el revólver en una frasada para que la detonación fuera sorda, para que el ruido muriese ahogado en la cobija; se tanteó el sitio del corazón; alzó la franela; se apoyó el revólver en el pecho, y disparó.
La sangre comenzó á brotar. Las manchas rojas sobre la albura del lecho parecían camelias de púrpura en la escarcha. A la luz verde de la lámpara el rostro del moribundo aparecía más pálido y siniestro.
Poco después, de la herida ya no brotaba la sangre á borbotones, sino en una mansa corriente de arroyo, como un cordón de púrpura. ¡Ay! en ese arroyo bermejo se estaba ahogando una juventud; ese hilo rojo ataba una vida á la tumba.
FILOSOFIAS TRUNCAS
De esas raras equivocaciones tiene el destino. Aquella dama, nacida para musa ó para novia de poeta, no vivía en las estrofas de alguna gentil canción, vivía, gran señora, en un mundo del cual ella no amaba sino la pompa; y esa dulce desterrada de los poemas, consolaba su ostracismo reuniendo en su torno, músicos, novelistas, poetas, espíritus enamorados de la gloria, almas que deslumbra la verde visión de una hoja de laurel.
Esa noche parloteaban alegremente los invitados, en el saloncito carmesí. Eran hasta cinco personas: la señora, tres escritores y un viajero, recomendado de un amigo distante, y que venía de países muy remotos.
Se hablaba de todo. Se narraron sensaciones de libros y de viajes. Se picó en las ideas, como colibríes en cálices de flores.
La dama presidía. Su gentileza dejaba caer sonrisas, rosas de sus labios; y repartía miradas, besos de luz. Y eran, miradas y sonrisas, lauro lisonjero de aquella como justa.
Los escritores, á las veces, no se entendían. Bañados en el resplandor de una estrella, se tropezaban al buscar, los ojos en el cielo, la misma luz bienhechora.
Se habló de vanidad.
El novelista no negaba la suya.
--Mi vanidad es sonora como un órgano, decía.
El crítico, alma escéptica, se comparaba con Leonardo de Vinci, con Miguel Angel, con los más hermosos genios latinos y concluía porque nada que él hiciese valdría la pena.
El escéptico no se daba cuenta de su yerro. En su confesión de humilde había un rayo cegador de vanidad. El no se comparaba con los mediocres, ni siquiera con los buenos; se comparaba con los mejores y negaba la luz de su ingenio porque no ardía como un sol.
El crítico exclamaba:
--Yo desprecio á la multitud. Me preocupa sólo la opinión que de mí tengan algunos cuantos. Si alguno de esos pocos, cuyo concepto me es caro, saliese diciendo que yo era un imbécil, me entristecería profundamente.
El novelista no compartía esta opinión.
--Si algún escritor notable, rugía, dijese que yo carezco de talento, creería al punto que ese hombre se había vuelto loco. Mi concepto de mí propio no puede cambiarlo nadie. ¿Que no lo merezco? No importa; ¡es mío! ¿Que no es una virtud la vanidad? ¡Mejor! El valor de las propias virtudes no es un mérito; lo es el valor de los defectos. Y ese lo tengo yo.
El viajero se figuró que no debía tomar aquello al pie de la letra; y para no darla de cándido, dijo, creyendo hacer una frase galante:
--No se calumnie, señor.
Los otros se rieron con los ojos. Bastante se conocían para saber hasta dónde era sincero lo expresado.
La señora callaba. Terció amablemente á fin de dar la razón á su nuevo amigo el viajero; pero se la quitaba, á los ojos de los demás, con una sonrisa.
El viajero, después de todo, concluyó por comprender qué más debía oír que hablar. El poeta también callaba.
En punto á vanidad no arrojaba de sí el calor de llamas del uno, ni el falso hálito de tumba del otro. Y pensaba:
--Esos dos desdeñosos me han hecho el tributo de su alabanza. Ese novelador, ese Hércules, me ha tendido la mano; y cuanto al crítico, todo su escepticismo á un lado, se ha puesto á gritarme: ¡arriba! ¡sube! E interiormente y silencioso él también alzaba un himno á la vanidad.
Para ambos tenía el poeta admiración y aun ternura. Fraternizado con esas inteligencias por el paralelismo de ideales, y admirador de esos ingenios brillantes, él, confundiendo al escritor con el hombre, envolvía, en cada uno, al doble sér con el mismo manto de aprecio. ¡Grande error! Puede apreciarse mucho la inteligencia del mismo á quien se abomine como ente social. Por fortuna esto no ocurría allí, entre personas calificadas; pero es bueno, de todas suertes, hacer el desdoble del escritor y el hombre.
La conversación fue á parar á la crítica.
El poeta, en ese punto, estaba de acuerdo con el novelista, y en contra del hombre atacado en su profesión. El novelador no aceptaba crítica, por lo menos de sus amigos. Su amigo no tenía derecho de decirle verdades desagradables. Y si quería tenerlo lo compraba al precio de la amistad.
El hombre de profesión decía:
--¡Y el arte! ¡Y el noble amor de la verdad! La verdad está por cima de todo sentimiento. Y el arte por cima de todos los amigos.
El poeta confesaba ingenuamente:
--Me escoce la piel la crítica, sobre todo esa juiciosa, sabia, amante del término medio, que no se entusiasma sin razonar, y desmenuza y profana.
El crítico se defendía, argumentando. Dialéctico, de suyo poderoso, sin grande esfuerzo probó la necesidad del análisis, así sea ó no literario.
El novelista y el poeta, apandillados, no respondían de exprofeso sino con chistes y epigramas. Este compadrazgo burlador desazonaba un poco al escéptico.
--Los críticos, como los cuervos, decía el novelador, se alimentan de detritus.
Y el poeta:
--El crítico es al poeta lo que el beso al gusano: el beso genera; el gusano devora.
Y, volviéndose á la dama, que reía con una risa de complacencia, bajo el abanico de marfil y plumas, la interrogó:
--¿A quién prefiere usted, señora, á los poetas ó á los críticos?
Ella repuso:
--Usted sabe que mi afecto es para los músicos y para los poetas. Cuando oigo una romanza ó una canción vibra todo mi sér; si es triste me entristece, si es vivaz me alegra, esa canción ó esa romanza. En pocas palabras: yo siento el arte sin ponerme á razonarlo; siento como una mujer, entregándome á una voluptuosidad dulce, á una languidez de ensueño, que no quiero analizar. Ahora, mi querido poeta, le diré que me inspiran mucha admiración esas naturalezas pacientes é investigadoras, que educan en uno el sentimiento, y lo dirigen; que nos revelan hasta los más tenues _matices de sensaciones_; que nos enseñan cuanto vibra en nuestro sér; y nos descubren lo más íntimo, lo más recóndito de nuestra alma; y nos enriquecen, generosamente, con el tesoro de nuestra propia mina. Ya ve usted cómo, señor poeta, puedo amar á los trovadores y á los músicos, sin querer mal á los críticos, más, amándolos, si bien con otro amor.
--Señora, dijo el escéptico, usted me hace creer en los ángeles.
El viajero creyó de su deber seguir la galantería religiosa, y agregó:
--Habla usted como un serafín.
--Un serafín, murmuró ella sonreída, debe de hablar muy amablemente. Supóngase usted que es paje, ó cosa así, en una gran corte, en la mejor de las cortes, en la corte celestial.
--Pero señora, interrumpió el novelista, no necesitarán los serafines desplegar toda su elocuencia con los bienaventurados. Recuerde usted cómo nuestra Santa Madre Iglesia ha dicho; bienaventurados los pobres de espíritu.
La conversación fue rodando hasta caer en la tumba, es decir, en la muerte. Se habló de las distintas maneras de morir. El escéptico se conformaba con una muerte dulce, tranquila. El poeta quería morir gloriosamente.
Se trajo á cuenta el suicidio. El viajero contó la manera cómo, en algunos pueblos, castigaban los conatos de suicidio. Y refirió dos ó tres suicidios raros. Al novelista le retozaba el deseo de dar al viajero la noticia de un pueblo en donde ahorcan á los suicidas.
Los escritores, los tres, eran partidarios de la muerte voluntaria. Pero partidarios de distinto modo. El escéptico, aun con serlo, no encontraba mala del todo la vida. El sabía de dulzuras; pero afirmó que era llegada la hora cuando el hombre se imposibilitaba de llenar esta función: amar.
El novelista, siempre concretándose á sí propio, no deseaba aún la muerte. Quería vivir para su gloria, y para desesperación de sus enemigos. Cuanto al poeta, creía que mientras más grande es un hombre menos digno es el mundo de ese hombre. Y si la grandeza de alguno consiste, antes de todo, en ser un delicado sensitivo, ese menos debe vivir, seguro de que la ruindad humana, las asperezas del camino, lo herirán más profundamente.
--Yo estoy en este caso, prosiguió; solo una cosa me sostiene: la esperanza en mi obra, la fe en que mi planta prenda y mi huella sea fecunda. Yo me hubiera muerto, si no. La vida es tan mía como mi casaca. Yo la uso hasta que me cause. Que soy joven, que está flamante, dirán algunos. Sí, pero está afeada por una mancha de tristeza prematura. ¿Será un pretexto de mi cobardía darle un objeto á mi vida? No lo sé. De todas suertes ese pretexto no durará mucho tiempo, porque mi mayor infamia no será la de envejecer.
El novelista aprobaba. La señora sonreía tras el plumaje del abanico. El abanico era el escudo de su prudencia, cuando no quería opinar. El extranjero, para sí propio, empezaba á decir desfavorablemente de aquella señora, complacida en la sociedad de unos locos grotescos. El escéptico se puso en pie á las últimas palabras del poeta.
--¡Ojalá, le dijo, caminando hacia el joven, ojalá conserve usted su entusiasmo! ¡Ojalá no pierda la fe en sí mismo!
Y prosiguió, con una mirada mitad triste, mitad maligna:
--Hace años, siendo yo bastante joven, conocí á un hombre del cual se decía que era muy talentoso. Este hombre, ancho, robusto, con una garganta por la cual se habían deslizado muchos vasos de cerveza, se reía regocijadamente. Y ese hombre produjo en mí, entonces, un pesar, un gran dolor. Ese dolor fue como el primer redoble de una marcha fúnebre. El hombre inteligente, el hombre sano, dijo, delante de mis primaveras en flor.
--A los veinticinco años yo me creía un genio. Así pasa generalmente á todos los jóvenes.
El poeta también puso en pie, de súbito. Se encaró con su amigo. El dardo sutil del escéptico, la venganza del crítico, lo hería dolorosamente.
--Ese hombre, dijo, el hombre que usted cita, fue una mediocridad. ¿Probó nunca lo contrario? Las primaveras de usted se deslumbraron con una luz de candil. Negar el entusiasmo, el ideal, es una estupidez burguesa. El entusiasmo es resorte de almas y caracteres. La fe salva. Un alma sin ideal es un yermo: no florecerá nunca. Yo sí siento en mi corazón la chispa sagrada: con sólo esa chispa podría prender fuego á todo su escepticismo.
El poeta se exaltaba. El otro quiso sosegarlo, temeroso de que una mala interpretación produjera en el joven un estallido.
Pero el joven no lo escuchaba; y prosiguió diciendo:
--Cuanto á mí, espero triunfar. Tengo compromiso con la victoria. Algo me dice en lo interior que yo no nací para ser de la manada; yo sería infiel á mí mismo, si no alimentara mi ambición.
La dama tomó cartas en el asunto. Ella era el iris de paz. La alianza la trajo su sonrisa y su palabra.
El crítico se comprendía vengado, en parte, de los epigramas de sus compañeros.
Ya era muy entrada la noche. Con los últimos fuegos del combate sobrevino la dispersión; y pronto no quedaba en el saloncito carmesí otra persona sino la dama, nostálgica de un poco de música, y con los oídos llenos de las disenciones de sus visitantes.