Cuentos de poeta

Part 4

Chapter 43,994 wordsPublic domain

¡Hoy, cuán distinto! nos separámos, huyéndonos. Tú correrás á tus amigas, ó al parque, ó al vértigo de la avenida; yo me encierro voluntario en estos muros, abro la jaula á mis tristezas y las miro batir las alas de sombra.

¿Vuelan tus horas tranquilas? ¿Nunca me consagras tu pensamiento? ¿Es verdad tu ficción? ¿Nada turba tus noches? Tu máscara es de impasible. No revelas sino harmonía y bienaventuranza.

Pero dudo que indiferente vayas, hoy mismo, adonde yo solía acompañarte, sitios que este sábado tal vez andarás sola.--¿Nada te dirá la mudez elocuente de las cosas; de esas mismas cosas cuyo acento silencioso interpretabas ayer por favorable á nuestro amor?

Si conocieras hoy la curiosidad de mi pluma y de mi espíritu, radiante de júbilo me creerías enamorado. Y de veras te digo: nunca me despertaste más interés que ahora, cuando te pierdo.

Yo te he visto junto á mí, delirante de pasión. Yo he sentido rodeado mi cuello de tus brazos, blancas serpientes de amor; y tus caricias me han envuelto en fogosa nube. Yo he oído tus confesiones, entre besos. Yo vi el oriente puro de todas las perlas de tu alma. Tu cuerpo y tu corazón fueron míos. ¡Y nunca te amé como ahora! Te amo con el amor piadoso de lo que se va: como ama el jardinero la planta que un día cultivó, y ve deshojándose; como ama el padre, entre sollozos, al hijo que se muere.

Tus primeras caricias me fueron dulces, muy dulces, doblemente dulces; representaban una conquista sobre tu corazón y un robo á tu marido. Tú eras «la fruta del cercado ajeno.» Eras manzana de oro de un jardín hespérido, guardado celosamente; y tu conquista valía por un trabajo hercúleo. Eras, en ilusión, la Elena á cuyo rapto ardería Troya.

Además, vi tu hermosura intrépida, casi desdeñosa, afrontar la granizada de lisonjas, que llovía sobre tus primaveras, aun en flor; y tuve por valerosa la empresa de rendirte, en lid galante.

Roto el hielo, enfrenado tu indiferentismo, siendo ya mía por cópula ideal, me produjo tu amor dulces horas de dicha, tan dulces, ay, como fugaces. Paseé tu gentileza de mi brazo, por entre los disparos de la envidia, frente á rivales sin fortuna, bajo miradas rabiosas. Mi vanidad se adornó con tu hermosura. Te lucí como una joya.

Y cuando tu cariño se cristalizó en besos, cuando florecieron las ternuras, estuve lleno de alegría y de vanidad pensando cómo desterré de tu corazón á tu esposo. Entonces fue cuando una gran orquesta rompió en dulzuras líricas, allá adentro en mi alma. Algo cantaba en mi corazón; pero en voz de sirena, suave y pérfida.

Supe un día, con detalles que arrancan gritos de angustia, toda tu historia. Con tu marido no eras feliz. La mujer frágil, de alma tierna, no se compadecía con el obeso patán. El marrano de tu esposo no te merecía. Las pezuñas del cerdo no eran para tus formas delicadas. Cuanto á tus amadores, ¡eran tan insulsos! Fui yo el primero, me dijiste, cuya necedad no te acidulaba los galanteos. Por eso fueron para mí tus más zalameras coqueterías. Por eso me amaste.

No bien supe de tu boca estas miserias íntimas, cuando comenzó á suceder en mí una cosa extraña; algo semejante á lo que debe de ocurrir al espectador, si luégo de seducido por el encanto de las decoraciones, entra en el escenario. Allí verá las aureolas desvanecerse. Allí verá que la magia es obra del tramoyista; cómo las lágrimas las dicta el apuntador.

De tus confesiones mi vanidad de amante salía maltrecha. Tus confidencias mataban mi ilusión. ¿Cuál era mi triunfo? ¿Sobre quién vencía? ¿Sobre tu esposo? No lo amabas. ¿Sobre tus pretendientes? No los apreciabas. ¿Sobre tu corazón? Tu corazón era, ahora lo veía, una presa fácil. Ya no me envanecí de tu afecto.

Tú, entretanto, me querías más. La flor de tu alma, rociada por vez primera con blando rocío de amor, abría sus pétalos, rosados y llenos de perfume. Por eso padeciste de veras, en tu orgullo y en tu amor, cuando empezaste á advertir la tibieza ó el cambio de mi afecto.

¿Qué pasó por tu alma? Casi me atrevería á decírtelo. Pensaste primero, que era ficción de enamorado feliz; luégo fue cuando comprendiste que una como racha de invierno penetraba en mi pecho, marchitando queridas y verdes ilusiones. Allá en tus mientes no me juzgas con generosidad; me supones más cruel que infeliz. Y ¿cuándo será que te perdones el haberme amado?

Sin embargo, sábe que soy la víctima, en esta novela sentimental; víctima de una idea, de una preocupación, de una locura, de algo más fuerte que mi voluntad, de algo que tuerce el cuello á una dulzura dentro de mi alma.

Perdiéndote se apaga un sol de mi cielo. Te distancio de mi corazón, á mi pesar; á tí, en cambio, te separa del mío el orgullo. Te dices ofendida con mi proceder. El sacrificio de tu amor es el tributo que pagas á tu vanidad.

Ave de paso, yo volaré lejos, muy lejos, más allá de los horizontes. Padeceré la nostalgia de tus caricias; y los besos nacidos en mi boca, para tu boca, los besos que nunca te dí, me abrasarán.

Pero correrá el tiempo. Cultivaremos nuestras almas; y otra cosecha de amores, acaso más rica, un día colmará nuestra ventura. Cuando se abran las nuevas rosas, y sus pétalos nos llenen otra vez de fragancia, recordaremos con melancolía el viejo amor.

Este amor, que es ahora un dolor, será mañana una memoria dulce. El alma nunca se arrepiente de haber querido; y con más ternura guarda, en el estuche de los recuerdos, la memoria de un amor desgraciado, que la de un amor feliz.

CUENTO DE ITALIA

I

Lucio, el zapatero de viejo, es un joven. Sus primaveras brillan al sol de la tarde. La luz entra en el tabuco, besa el lomo de un angora, perezoso como un viejo poeta, y en la frente á la madre de Lucio, suerte de Margarita anciana, vejezuela adorable, de blancura risueña y sonrisa de amor.

La viejecita hace calceta; el gato sueña un poema de ratones, mientras recibe un baño de sol; Lucio trabaja, junto á la puerta, encapotado el ceño y en la boca un gesto de amargura. De hito en hito, echa ojeadas fuera, á la calle.

Discurren gentes, á las cuales ve el zapatero sin mirarlas. Una mujer, flor de la plebe, gentil de persona, muy maja, cruza rozando su faldellín, de exprofeso, con el quicio de Lucio; y lanza adentro una mirada, insolente como una provocación. El zapatero fulmina su martillo sobre la suela. Al golpe violento la viejecita, asustada, lo reprocha:

--Caramba, Lucio.

Pero nada advierte la anciana. Desde su mullido sitial del fondo, y el pensamiento muy distante, no mira qué pasa en la calle, á su puerta.

La mujer de mirada atrevida como una provocación, repasa. Lucio finge no verla; y asume un aire distraído. La provocadora cruza una vez más; ésta con un hombre. A la mirada y sonrisa de la hembra, el zapatero responde cantando:

_La donna è mobile qual piuma al vento_....

La vejezuela escucha, regocijada, á su hijo. Del corazón de la anciana, como de un nido, salen volando recuerdos. Y no penetra la blanca viejecita cuánto es dolorosa la figura de aquel joven, la pena en el alma, y en los labios una canción fingida.

En alas de aquel canto, el pensamiento de la anciana debió de volar mucho, mucho; porque á la postre volvía como una paloma, trayéndose en el pico de rosa, y en las plumas como jazmines, memorias del hijo ausente, memorias de Genaro, el hijo menor, que hace la guerra en el país de Abissinia. Todos los pensamientos de la anciana ahora se iban, temprano ó tarde, al Africa remota, hacia las regiones insalubres donde Genaro, su querido Genaro, padece hambre, se abrasa de sol, y se afronta con Menelick.

En el alma de la vieja se debaten la madre y la patriota. Italia y Genaro, después de Lucio, su debilidad, su chochera, constituyen sus amores. Ama á la patria aquella anciana con amor antiguo. Fue una garibaldina feroz. El culto del héroe lo guarda ella en su corazón. ¡Cómo olvidar que su esposo había muerto besando la camisa roja del General patriota, cuando la _Puerta Pía_!

De repente la anciana interroga á su hijo:

--¿Qué dicen los periódicos, qué dicen de la guerra, Lucio?

El zapatero sigue malhumorado, y le responde á su madre, casi con acritud, el pensamiento fijo en la provocadora, que por unos instantes no cruza más:

--Las últimas noticias son tristes para el ejército. Nada bueno debe de haber, madre. Hace cosa de una semana guardan silencio los periódicos. Y cuando el Gobierno y los papeles no dicen nada....

La viejecita lo interrumpió.

--Han derrotado al cuarto batallón, Lucio; al batallón donde sirve Genaro.

--No madre, que yo sepa, repone Lucio, arrepintiéndose de haber dicho la verdad á la viejecita.

--Me alegro. Mejor se venga sin combatir el cuarto batallón, antes que lo derroten. ¡Ay, hijo, cómo sufro con la fulana guerra! Sufro por Genaro, que está en peligro, y por el ejército, que está en ridículo. ¡Dejarse derrotar por Menelick! Eso da vergüenza. En mi tiempo era otra cosa, hijo.

Y era lo cierto: el cañón de Mentana la arrulló un día. Garibaldi aparecía siempre triunfador, puesta la camisa roja, ladeada la cachucha militar, entre banderas.

La viejecita recuerda á su esposo; recuerda á Genaro, y prosigue diciendo:

--Tu padre fue un héroe, Lucio. Cayó junto á Garibaldi. Otros tiempos. ¡Qué días! Pero Genaro es hijo de guerrero; él no dará la espalda á los negros del Africa; mientras los oficiales corran, él, pobre soldado, sabrá morir.

La anciana empieza á emocionarse. A sus pupilas asoma la ternura. Su ardor patriótico, su fiereza militar, la memoria de su marido, el afecto de Genaro, todo el semillero de sentimiento, corre por sus mejillas en ola de lágrimas.

Lucio no ignora el daño que tales conmociones producen á su pobre vieja. Como se repetían á menudo, en el carácter nervioso de la anciana, el médico previno al joven, diciéndole:

--Tenga cuidado por su viejecita. Esas excitaciones le son muy perjudiciales.

Lucio intenta calmarla. Varias veces le repite:

--No piense más en eso, mamá.

Y se dice á sí propio:

--Porque estoy de mal genio hago sufrir á mi madre. ¡Qué buen bicho!

La vieja no se tranquiliza. De cuando en cuando pronuncia, entre sollozos:

--¡Pobre Genaro; pobre hijo mío!

El entrecejo de Lucio encapótase más; su boca muequea una mueca trágica; su mirada se torna lúgubre.

De nuevo principia á cruzar, rozando su faldellín con el quicio del joven, una figura de mujer, muy conocida. Otra vez cae sobre Lucio la mirada insolente como una provocación.

II.

Allá viene Paolo, el pregonero de diarios, calle arriba. El sombrerito, casi en la nuca, deja al sol la frente. Corre Paolo de prisa, y con el haz de periódicos al brazo, vocifera:

--_¡L'Araldo! Ultime notizie dell' Abissinia. L'esercito in rotta. Morte del generale Vicini._

La multitud lo asedia. Hormiguean los curiosos, á los gritos. Todo el mundo sale á comprar el periódico, anhelante de saber cuál suerte cabe al ejército en la remota Abissinia. Los centavos llueven en la bolsa de Paolo. El no se para un punto; abriéndose camino por entre los lectores, que empiezan á formarse en corrillos, se escurre, calle arriba, corriendo, y gritando:

--_L'Araldo: L'esercito in rotta. Morte del Generale Vicini_.

Los centavos diluvian. El rostro del pregonero se hace radiante; su voz asume sonoridades de clarín. Aquella derrota es su triunfo.

¡Qué diferencia de los días anteriores! No acontecía nada. La semana fue mortal para él. No sucedían cosas de sensación, ni llegaban noticias de Africa. El pueblo comenzaba á olvidarse de su aventura de Abissinia.

¡Cuántas noches llegó Paolo á su desván con una miseria en el bolsillo, extenuado de correr, ronco de gritar, vencido por el cansancio, y triste!

Su madre lo saludaba con un beso, que era casi un reproche. Una lámpara daba su resplandor muriente en el zaquizamí, iluminándolo á medias. A esa luz advertía Paolo las figuras quiméricas de sus hermanitos, moribundos de inanición. Y á esa luz, le parecía más siniestro el dolor en la faz de su madrecita; más punzadora el hambre de sus hermanos; más espectral aquella casa de miseria.

El no olvidaría la escena de algunas noches antes. Su madre, al entrar él, le preguntó:

--¿Qué traes?--hijo.

--Esto, repuso Paolo, enseñándole una palma de mano.

Y sucedió que la mísera se puso á llorar, abrazándose con él; Paolo también rompió á gemir, mientras los chicos, en la penumbra, contagiados por el grupo doliente, estallaron asimismo en lágrimas. En la atmósfera flotaba el dolor. El candil alumbraba con sus claridades equívocas aquella angustia.

Paolo, de súbito, se deshizo de los brazos maternos.

--Oye, madre, le dijo, yo traeré dinero.

--¿De dónde, hijo, de dónde?--preguntaba la temerosa, la desconfiada.

Entonces él la tranquilizó.

--No pienses nada malo, por Dios. Tomaré mis periódicos, saldré á la calle, y anunciaré noticias, muchas noticias, grandes noticias, noticias estupendas. Yo las pensaré, yo las inventaré. Tú verás, madre; tú verás.

Paolo había convencido á su madre. Esta le decía acariciándolo:

--Bueno, hijo, córre; invénta muchas noticias.

Horas después entraba Paolo triunfante en el zaquizamí.

Esa noche se comió; esa noche se devoraron, en forma de queso y pan, las noticias falsas de Paolo.

Desde entonces, todas las tardes, al salir el pregonero á su pregón, la buena mujer le hace esta invariable encomienda:

--Invénta muchas noticias, Paolo.

En todo esto viene pensando el pregonero, calle arriba, mientras vocea y reparte su periódico. Entre uno y otro grito habla consigo mentalmente. Y al pensar cómo granizan ahora los cuartos, en la faz se le dibuja la alegría, y sus ojos dicen cosas risueñas.

Hoy, apenas hubo recibido el diario con las noticias de Africa, malas noticias, para él buenas nuevas, corrió á todo correr, camino de su barrio.

Por uno como orgullo de campanario quería él que en su parroquia supiesen, los primeros, las cosas de Abissinia. Además, el barrio era populoso, y aunque humilde, á toda la vecindad le sobra manera de comprar un periódico, siempre que haya noticias de sensación.

El pregonero llega á la plaza de la parroquia. De donde quiera salen caras que le sonríen. Algunos lo interrogan familiarmente:

--¿Qué embuste dice tu papel, Paolo?

Todos los vecinos en el barrio conocen al pregonero; y él conoce á todo el mundo: desde la recién bautizada hija del genovés marmolista, que es la más joven, hasta la madre de Lucio, el zapatero, que es la más viejecita.

Rápido Mercurio, Paolo vuela, echando á los aires su grito sonoro:

--_L'Araldo: Ultime notizie dell' Abissinia, L'esercito in rotta. Morte del Generale Vicini_.

De los zaguanes, de la confitería, del restaurante, de todas partes salen gentes á comprar el periódico. Los transeúntes, el farmacéutico, el licorista, hasta las mujeres, hasta los muchachos, todo el mundo quiere tener noticias, todo el mundo anhela ver por sus propios ojos, la verdad, la ignominia del ejército; todo el mundo rabia por saber cómo han huído las huestes de Italia, ante las tropas de Menelick.

Lucio, el zapatero, al mirar cómo la gente corre y se arremolina, sale á su puerta. En ese instante se percibe clara, rotunda, la voz del pregonero:

--_L'Araldo: Ultime notizie del Abissinia, L'esercito in rotta. Morte del Generale Vicini_.

El zapatero se demuda. Aquel maldito gritón pasaría un momento después, á la puerta de su tenducho. La viejecita oiría aquellas voces de reclamo; y la angustia, como una serpiente, se enroscaría en el alma de la madre y de la patriota.

El pregonero corre, calle arriba.

Y Lucio oye á su madre que le pregunta:

--Hijo ¿qué pasa? Escucho voces. Me parece que corren.

--Nada, madre; no es nada.

Y se percibe de nuevo el grito de Paolo.

Las manos de Lucio se crispan. Está nervioso. Los pesares de su madre, la infidencia de su querida, los recuerdos de su hermano, la ignominia de sus compatriotas, todo sube aquel momento á sus labios, todo se traduce en este rugido sordo:

--¡Maldito sea!

Entre tanto Paolo ha llegado junto al zapatero, y echa al aire su regocijo, en miradas y en voces:

--_L'Araldo: Ultime notizie dell' Abissinia. L'esercito in rotta. Morte del Generale Vicini_.

La viejecita da un brinco en su acolchado asiento. Ahora sí escuchó bien distintamente. Lucio la ve desde el umbral, pálido y mudo.

La vejezuela grita:

--Cómpra el periódico, Lucio.

Y prosigue monologando:

--Ay, Dios, qué nueva desgracia. ¿Por qué no me llevas del mundo? ¡Qué será de mi hijo, de mi Genaro, Virgen Santísima!

A la vista del zapatero se le ocurre á Paolo una mentira sensacional. Nadie ignora por allí que Genaro pertenece al cuarto batallón. A todos, en el barrio, se los ha dicho la viejecita. La costumbre de fingir y contrahacer noticias trae á las mientes de Paolo una mentira estupenda; y allí, en las propias barbas de Lucio, prorumpe en voz vibrante:

--_L'esercito in rotta. Il quarto bataglione..._

Pero no puede concluír. Los ojos y la mano de Lucio lo detienen.

--Dáme un periódico, ruje por lo bajo el zapatero, asiendo á Paolo de la blusa.

Y nervioso, colérico, empieza á ojear el diario. Paolo intenta zafarse y correr á su pregón; pero Lucio lo detiene. Los espectantes no comprenden qué pasa. Paolo enmudece y palidece de susto.

En el interior del tabuco, la vejezuela, mirando la gente mariposear á su puerta, y angustiada por las voces del pregonero, trata de levantarse, y rueda á los pies de la silla, por el suelo. Al grito y al golpe de la anciana, Lucio vuelve los ojos, y ve á su madre, caída, la frente rota, y la nieve de los cabellos roja de sangre.

Entonces mudo, siniestro, en un instante, á la vista de todos, Lucio agarra á Paolo por el cuello, lo atrae á sí, toma el cuchillo de zapatería y lo encaja furibundo en el vientre del muchacho.

Corre un instante de asombro, de mudez, de estupefacción. Cuando la multitud se echa encima de Lucio, ya él ha corrido á su madre, y besándola, murmura:

--¡Madre mía!

En la acera, Paolo agoniza. También da un beso á su madre; pero él la besa desde la tumba, con el pensamiento. Y entre tanto la colma á besos, el pobre niño cree oír la voz de su madre, que le dice:

--Invénta muchas noticias, Paolo.

ALMA ENFERMA

I.

Toda la tarde estuvo Eudoro, la cabeza entre las manos, los ojos perdidos en no sé cuál lejanía de ensueño, muy lejos de sí mismo, en una escapada melancólica al país de los recuerdos.

Estaba triste, muy triste. Por la primera vez amaba de veras, y su amor era la causa de su pena. Ese amor no podía vivir. Lo mataba la inopia. Y el pensamiento del joven, adolorido, se fue á los buenos tiempos de la infancia.

El recuerdo es amargo y embriagador como el ajenjo. La memoria de las cosas pasadas, de los amores muertos, de las viejas alegrías, es de una voluptuosidad dolorosa. Eudoro pensó en su padre, en el gallardo militar muerto de cara al enemigo, en pro de su bandera. Tuvo envidia de aquella desaparición luminosa. El hijo del héroe sintió la nostalgia de la gloria. Sentía vagas aspiraciones hacia esa dulce quimera. Retoño de una aristócrata, que despreció siempre las clases bajas, y de un soldado, que despreció siempre la vida, Eudoro sentía cómo se alzaban en su corazón desdenes atávicos, cumbres de orgullo, doradas nieblas de vanidad. Estas nieblas, ahora rompidas por la miseria, no eran sino trágicos girones; estas cumbres, fulminadas por el dolor, ardían; estos orgullos, enfrenados, se encabritaban como potros cerriles.

Nacido en cuna de oro, criado en la opulencia, gozando una primera juventud color de rosa, Eudoro, como la Porcia de Musset, vivió:

_Ignorant le besoin, et jamais, sur la terre, Sinon pour l'adoucir, n'ayant vu de misère._

Sumido en el pasado, Eudoro veía surgir del fondo del tiempo aquellos días risueños, colmados de bienestar, aquellas noches de fiesta presididas por su madre, joven y hermosa. Después vino la muerte del padre, el abandono de los mejores amigos, la indiferencia de los áulicos de la víspera. Los días radiantes pasaron primero, á los ojos de su espíritu, como una dulce teoría de vírgenes blancas y soñadoras. Pronto vio interrumpida la procesión de frescas hermosuras por una cáfila de euménides de rostros espantables y cabelleras en desorden. Eran los días negros, las horas de miseria y pesar.

Su padre, después de todo un poco bohemio, era un despilfarrado. La muerte lo sorprendió en la bancarrota. Su vida, lujosa y dorada, era algo teatral. Caído el telón pudo verse que el brillo era de lentejuelas; el oro oropel; la majestad apariencia; la riqueza ruina; y que sobre aquellos hombros la púrpura encubría la desnudez.

El huérfano fue padre. Se encontró, á los cinco lustros de su edad, jefe de una familia de mujeres. Con una educación superficial, educación de diletante que todo lo desflora sin profundizar en nada, con hábitos de lujo, inhábil para otro ejercicio que no fuera el amor, la galantería, aquel joven cortesano, hecho de pronto gladiador en la lucha por la vida, entró en el circo mal armado, y regó la arena con sangre, y abrió surcos con su cuerpo y marcó huellas de lágrimas.

Bello como un San Jorge, dulce por temperamento, fino por educación, este enamorado, lirio de los salones, languidecía al golpe violento del huracán. Su tallo se cimbraba, pronto á partirse; su corola de nieve, abatida, besaba el polvo.

Eudoro meditaba en todo esto. Se comprendía débil sin querer confesárselo á sí mismo. Su ensayo de hombre fuerte fue un fracaso. Sin darse cuenta de ello, Eudoro era una víctima: víctima de sus abuelos ociosos, galantes y soñadores; víctima de su educación; víctima de su medio. Del espíritu emprendedor, marcial y aventurero de su padre no tenía Eudoro. Era más bien como uno de sus antepasados maternos: hermoso, enamorado; poeta cuya mejor canción era su propia juventud; espíritu contemplativo; incapaz para el combate, apto para el placer.

Eudoro sufría mucho esta tarde. Su último dolor le rompía el alma. Amaba, amaba de veras, como nunca amó. Aquello no era un amor, sino el amor. El padre de la hermosa adorada no transigía con Eudoro; mataba el sentimiento en el corazón de la niña; la distanciaba del gentil mancebo; y hacía de su voluntad, dique, para que aquella pasión no rodara sus crecientes linfas en el seno de la beldad.

Eudoro comprendía que su indigencia era su perdición. Por eso pensó en su padre, en los buenos días dorados, en su infancia risueña y feliz.

De súbito se incorporó, y dirigiéndose como á un interlocutor invisible, dijo rabiosamente:

--Me hubiera muerto niño.

Se respondía con esto á una pregunta esbozada en su ánimo, á una pálida aspiración de aniquilamiento.

Recordando al padre de la niña, rugió:

--¡Qué infame! ¡Rechazarme por pobre!

Y prosiguió monologando mentalmente:

--¡Por pobre! ¿Nada valen mi nombre, mi juventud, mi amor? Mi padre no ilustró su apellido para que un cartaginés, un vampiro de la banca, un avaro, lo afrentase, rechazándolo. Mi juventud reciba un puntapié de Harpagón. Ese hombre no sabe que un mozo es una mina. En el fondo de un corazón juvenil acaso duerma, como el oro en el yacimiento, la virtud de la intelectualidad poderosa, la perla del heroísmo, el genio en embrión. De la juventud puede esperarse todo porque á todo se atreve: huella todos los caminos, invade todos los campos, cruza todos los espacios, salva todos los abismos, ama todas las ideas, persigue todos los ideales. La juventud es interesante como que puede ser el alba del prodigio. Cuanto sale de ella es puro como el agua del manantial. Ella es el amanecer del porvenir; la fianza del futuro. ¿Acaso el oro es la felicidad? ¿Un rayo de amor no deslumbra más que el brillo del dinero? ¿Qué moneda sino el beso paga el suspiro de un corazón enamorado? ¡Miserable Eugenio Grandet, te abomino! Pero verás cómo lucho con tu avaricia; cómo venzo de tu crueldad, anciano terrible. Tu cara es de Tersites, tus ademanes de Cartouche, tus procederes de Loyola. Tienes aspecto de espectro. ¡Gavilán, yo arrebataré de tus garras el ave del paraíso!