Part 2
Ella, la enamorada, lo engañó; lo engañó con un músico, artista extranjero, bohemio errante. La hija del montón, nostálgica de aventuras; la gitana, acaso la artista, se despertó en Carmen, y ya no hubo para la bella alondra fascinada, sino el soñar con placenteras noches azules, en lejanos países, entre un coro de admiradores deslumbrados por su belleza, ebrios de champaña y de amor.
El, al principio, tuvo tentaciones de pegarle. Pero no podía ser. Reaccionó. Carmen, hija del lodo, en el lodo se despeñaba. Víctima, sin saberlo, de una dolorosa herencia de infamia; renuevo anónimo, espuma de la hez, era una flor de la hampa, pálido nelumbo abierto en el légamo.
Luzbel recordó las dolientes historias que supo, en noches de amor, en horas confidenciales, bajo el ala de los besos, de la misma boca de Carmen. Padre, jamás lo tuvo. A su madre la vio morir, en mísera buharda; más de inanición que de mal alguno conocido, como no fuera de la gran tristeza de vivir ahogándose en la onda amarga de todas las miserias.
El poeta creía escuchar en la sombra una voz que razonaba de esta suerte:
--Luzbel, Luzbel, ¿qué derechos tienes tú sobre Carmen? ¿No debes nada, por ventura, ni siquiera la libertad, á la bella cautiva?
Ella te consagró las primicias de su amor y de su juventud. Tú, el primero, te has embriagado en las copas blancas de sus blancos senos. ¿Qué resta en esos cálices perfumados, para los futuros amadores, sino la hez? No debieras indignarte contra la pobre niña, pródiga de su hermosura, porque brinde las nevadas copas de su cuerpo á otros labios sitibundos, para que escancien, llenos de regocijo y gratitud, residuos de savia, frías sobras de amor.
Luégo de una violenta lucha consigo mismo concluyó el poeta por separarse de su querida. Ella se fue á vivir con el músico. Poco tiempo después abandonó al artista; y entonces fue cuando comenzó para ella la dolorosa romería de los amores, el repugnante comercio de sonrisas, el tanto por ciento del afecto; entonces fue cuando ella conoció la usura de los comerciantes de amor, el forzoso despilfarro del placer en las mujeres de su oficio, la miseria profunda y degradante de una vida de alquiler.
Como un cazador sigue el rastro de la pieza al través de los marjales, y por el intrincado laberinto del bosque, así el poeta siguió las huellas de Carmen por entre las aventuras de una vida errante; y vio á la pobre muchacha hundirse, poco á poco, en el vicio.
Un día no supo más de ella. Se había empequeñecido tanto la pobre niña, que el enamorado hubiera menester de un microscopio, para percibir el mísero corpúsculo, pegado allá, en lo más negro de la más negra capa social.
Pronto empezó á brillar nuevamente como lucero que, velado en nubes, rompe á fuerza de irradiaciones cortinajes de sombra, y en el cielo, ya claro, fulgura, brillante de oro en la cima de encantada cabellera azul.
Llegó hasta el triunfo supremo; triunfo consistente para una mujer galante en que extraña leyenda la corone, en que su vida dé pábulo á la pública admiración.
Corrían diversas versiones tocantes á esta mujer.
--Es hija de un millonario extranjero, decían. Y expresaban que, muerto el padre, en posesión la muchacha de cuantiosa fortuna, se había dado á la más novelesca y desordenada vida.
Pocos se resignaban á creer que Carmen fuese, sencillamente, una cortesana en auge.
Pero el círculo de admiradores fue mermando, mermando; el aura dulcísima de la celebridad no jugó más con su riza cabellera de oro; nuevas emperatrices de la hermosura destronaban á Carmen; de sus manos caía el cetro de la moda.
La belleza es uno como astro mágico. Primero, en su plenitud, deslumbra, á manera de sol; luégo se transforma en pálida luna de nácar; después en remota estrella de oro, en chispa de diamante, en polvo de luz, en nada.
Carmen apenas era ya, sino melancólica, blanca luna, perdida en un rincón de cielo azul.
Zantigua, íntimo del poeta, sabía todo esto mejor que persona alguna; sabía también cómo Luzbel conservaba siempre en el fondo del alma un rescoldo de cariño, de la que fue un tiempo llama de amor, rescoldo á cuyo tibio aliento se calentaba la memoria de Carmen.
Tampoco ignoraba Zantigua que Luzbel, en varias ocasiones, con detrimento de su orgullo, consintió en recibir á Carmen, bien para satisfacer alguna exigencia de la antigua amada, ó solamente como remembración de felices horas muertas, corridas juntas, en medio de caricias embriagantes, bajo el ala de la ventura.
Zantigua ridiculizaba á menudo aquel sentimiento que en el alma del poeta se abrasaba, como terrón de mirra, esparciendo místico perfume. Algunas veces decía á Luzbel, aludiendo á Carmen:
--Deja á esa pobre Margarita callejera, candidata del hospital.
Y en otras ocasiones:
--No quieras ser Redentor porque puedes morir en cruz.
El poeta procuraba defenderse sonriendo.
Hoy Zantigua volvía á las andadas. No bien hubo entrado en la habitación; apenas hizo promesa de burla, y lanzó francas risotadas, como anticipo de la mofa, cuando comprendió Luzbel que estaba á punto de ser víctima de un interrogatorio, acaso de severa reprimenda.
Bien pronto vino á confirmar sus sospechas la pregunta de Zantigua:
--¿Desde cuándo no ves á Carmen?
--Desde hace poco tiempo, contestó.
--¿Y con qué motivo, puede saberse?
--Sí, señor, puede saberse: con motivo de una desgracia que le ha ocurrido.
Zantigua se amostazó. Cómo creía Luzbel en patrañas.
--¡Conque una desgracia! Pues, escucha: yo la he visto anoche, en un café, entre mozos, bebiendo y comiendo.
El poeta expresó que nada de particular tenía el que una mujer galante se divirtiese en un café, entre amigos.
Zantigua gritó:
--Es verdad; lo que sí tiene de particular, lo que tiene mucho de ridículo, es que esos amigos se rían de tí, se diviertan á tu costa.
--No te comprendo, querido.
Entonces Zantigua contó una escena de la noche precedente. Medio borracho uno de los comensales derramó la salsera en el traje de Carmen, un precioso traje color de fresa. Otro de los conviviales dijo, en tono guasón:
--Esto es un bautismo de salsa.
Alguno refiriendo el percance á la parte económica, y apostrofando al causante de la malaventura, exclamó:
--Judío, quieres arruinar á Carmen.
A tales voces, ella, radiante de júbilo y de vino, refirió cómo era posesora de rico ajuar, regalo de un amigo poeta. Y tu nombre, el nombre de Luzbel, comenzó á rodar mezclado con frases llenas de mala intención, frases cortadoras como navajas de afeitar.
Zantigua, indignado contra el poeta, le reprendió estas liberalidades. Pero éste á la sazón más filósofo que no poeta, hacía maldito el caso de las vociferaciones de su amigo.
--Díme, pecador, ¿es cierto que has regalado á Carmen esas ropas?
--Sí, padre.
--¿Y crees por ventura en la fidelidad de una ramera?
--No, padre; ni lo creo, ni lo intento.
--Entonces, ¿por qué derrochas en Carmen tu dinero y tu tiempo? ¿Por qué?
Zantigua había permanecido en pie, nervioso y colérico, durante la conversación; pero al llegar aquí, como en espera de una respuesta, jadeante y refrescándose con el pañuelo la frente sudorosa, se dejó caer en una mecedora de bejuco, regalo de la pereza.
Entonces Luzbel se puso á defenderse, como ante numeroso auditorio, con mucha calma, casi con majestad.
--Una mañana, al principio del mes que hoy concluye, dijo, se presentó Carmen en esta misma habitación. Llegaba despavorida. Me refirió cómo un incendio, ocurrido en su casa la noche anterior, acababa de empobrecerla. Las joyas, sus muebles, sus trajes, cuanto constituía su lujo, su tesoro, ardió entre las llamas. De repente se encontraba á bordo de ese buque náufrago, cuyo nombre es la Miseria, buque espectral que navega en aguas betuminosas, siniestro buque tripulado por pálidos y horrendos fantasmas.
Zantigua interrumpió al poeta, bruscamente.
--¿Por qué no solicitó amparo entre sus constantes amigos de francachela? ¿Por qué vino á tí, gemebunda, en la desgracia, la que te abandonó contenta, feliz? Y tú, ¿por qué pagas sus perfidias con dinero?
Se hubiera creído que Luzbel no escuchaba las razones de su amigo. En su hablar numeroso y pausado, prosiguió:
--Vi al borde del dolor á la que un tiempo amé, y le tendí la mano. No me arrepiento. Yo quise mucho á esa mujer. La felicidad la conocí un poco de cerca junto á Carmen. Carmen iluminó mi juventud con el resplandor de su belleza. Si estrellas irradiaron en mi sombra á sus ojos lo debo. Si una ráfaga de felicidad oreó mi frente á su cariño lo debo. Esa mujer es mi acreedora. Un día me traicionó, es verdad; yo no pude seguir pagando en besos mi deuda de amor. El antiguo afecto, casi muriente, renace hoy trocado en lástima, ante la ignominia de esa vida. Menesterosa de amparo viene á mí la pobre mujer en desgracia. Tóme, tóme dinero; cómpre vistosos trajes; vista sedas; váyase por ahí enamorando á los hombres. Yo me diré feliz con tal de que esos trajes, esos míseros trajes de seda, puedan proporcionarle horas de triunfo, dulces conquistas, instantes de placer; así al menos retribuyo á Carmen siquiera un poco de la ventura con que un tiempo me colmó.
Zantigua extrañado, casi vencido por aquel análisis piadoso, ante la franca exposición de aquella alma lacerada y melancólica, apenas pudo murmurar, en tono de reconvención y cariño:
--¡Poeta, poeta!
Y sucedió que el bardo, orgulloso de su triunfo, con la misma voz pausada y melodiosa, empezó á recitar, en obsequio de su amigo, el poema recién concluso; poema cincelado á manera de florentina joya; poema cuyas estrofas, llenas de juventud, rebosantes de vida, empapadas de sentimiento, vibran como cuerdas de arpa, enternecen como caricias de mujer, fulguran como perlas de rubí, como zafiros luminosos.
MOLINOS DE MAIZ
El pueblo, blanco y pequeñito, al pie de la montaña, entre los árboles, es un huevo de paloma; aparece como ninfa desnuda, deslumbrante de blancor, adormecida en el valle, á la sombra.
Desde el camino, el viandante, al mirar la aldehuela, bajo las ceibas florecidas, piensa ver una perla al través de una esmeralda.
Aquello es paradisiaco. Las casucas no trepidan al paso de los trenes; ni turban el silencio de la comarca las rápidas locomotoras.
¡El pueblecito, como olvidado en el repuesto valle, á la falda del monte, qué había de conocer luchas de grandes intereses, ecos de industrias, rumoreos de ciudad populosa! A manera de eremita, ignora de las cosas del mundo. Hasta su recinto sólo llegan el canto matinal de azulejos y turpiales; el chirrido de guacamayos multicolores; las estridentes voces de alguna banda de pericos, que vuela hacia los maizales, á picar en el oro de las mazorcas, y raya el cielo azul del poblacho como una cinta verde, como nube de esmeralda.
El pueblo es dulce; pero monótono. Allí no hay otro espectáculo sino el de la naturaleza, siempre nuevo, siempre hermoso, grato siempre á la vista del hombre.
A trechos, en la montaña, los conucos florecen; en los claros del monte las rozas humean; y plantaciones de café, pequeñitas, desaparecen cubiertas de nevados jazmines, á la sombra bienhechora de los bucares, que se extienden, como quitasoles de púrpura, bajo el cielo azul.
Fue en este pueblo arcádico donde instaló D. Sergio, vecino del lugar, una molienda de maíz.
* * * * *
La industria de D. Sergio prosperaba. Desde mucho antes del advenimiento de la aurora el molino hervía en gente.
El pueblo, agricultor, se levantaba con el alba á cultivar el campo que florecía como un opimo cuerno de la abundancia; y al abrir ojos lo esperaba sobre la mesa, en el copioso desayuno, la _arepa_ calientita, provocante y dorada.
Viendo el molino rebosante de personas, y á D. Sergio atareado, feliz en la faena, los madrugadores empedernidos, al pasar, lo saludaban con una sonrisa.
--¿Mucho trabajo, D. Sergio? preguntaban algunos, lisonjeando de propósito la vanidad del molinero.
El respondía con miradas de satisfacción, que pudieran traducirse de esta suerte:
--Comprendo que admiráis mi labor. Gracias.
El éxito de su negocio era para D. Sergio cosa grave, punto de honor, orgullo de su existencia, satisfacción la más cumplida de su vejez.
¡Cuánto no le costaba el implantamiento del molino! ¡Qué lucha contra un pueblo, contra un pueblo íntegro, y sobre todo, qué triunfo! Los detractores más empecinados de su proyecto eran hoy propagandistas de su obra. La lucha fue horrible.
--Este hombre está loco, manifestaban algunos; quiere turbar las sanas costumbres de nuestro pueblo.
El párroco formulaba argumentos poderosos.
--Eso va directamente contra lo estatuído por la Escritura, decía. La decantada novedad es, en resumen, la remisión del trabajo, como que hoy muelen á la mano el maíz, y el trabajo es impuesto del Señor, castigo de la primera culpa.
Todos convenían en ello. Muchos aventuraban que sería peligroso provocar los sentimientos del pueblo. Este, muy bien hayado sin molinos, repugnaba innovaciones que pudieran aportar fatales consecuencias.
El grito de guerra repercutió en los corazones. D. Sergio se proponía llevar á término una obra contra el tenor expreso de los Libros Santos; é interrumpía bruscamente sanas prácticas establecidas de antaño. Aquello, pues, era inmoral. El pueblo lucharía con el innovador irrespetuoso.
Los unos, llenos de ardor bélico exclamaban:
--Primero sucumbir.
Otros, poco afectos á las decisiones de la fuerza, se lamentaban de que un padre de familia, un hombre honorable, diera albergue en su alma á tales propósitos.
A pesar de todo venció D. Sergio. Ya su obra era no solamente mirada sin ojeriza, sino que mereció la sanción del nuevo cura del lugar. Cuanto al antiguo, ni al tiempo de cambiar feligresía consintió en absolver al molinero.
* * * * *
Una mañana corrió el pueblo la noticia de que el señor Justo Redil, acaudalado mercader, pensaba en el establecimiento de otro molino.
Cuando lo supo, D. Sergio se indignó. ¡Cómo! ¿Había él luchado sólo contra viento y marea para luégo de obtenido el éxito, venir á compartirlo con nadie? Eso, jamás. El ó el otro. El pueblo sería el juez. Y como interesado en el litigio se abstuvo de opinar.
A las preguntas contestaba con una ironía.
--Ya veremos, señores; todos los barcos caben en el mar; sino que algunos naufragan.
Pero D. Sergio, en lo íntimo de su corazón, protestaba contra aquel pueblo espectante, que esperaba la lucha cuasi alegre. A D. Sergio el solo intento de Redil le parecía una estafa.
En la población se formaron partidos. El uno celebraba sesiones en el molino, y vociferaba contra D. Justo. Aquello era arrebatar el bocado á un padre de familia.
--No podemos presenciar esta lucha impasibles, gritaban.
--D. Sergio sucumbe.
--No, no.
--Sí, señores, ese D. Justo está podrido de dinero; bien puede echar un chorro de monedas por la ventana.
--Es una brega de tigre con asno.
--Eso no, caballeros, interrumpía D. Sergio, indignado ante la afrenta de la comparación. Quien luchó contra un pueblo, sin salir maltrecho, bien puede atreverse con un capitalista.
Otro círculo, partidario de D. Justo, se congregaba en la botica. El farmaceuta era el alma de la reunión. Recién llegado al lugarejo, farmaceuta titular, bachiller, joven como de treinta años, Remigio, vástago único y heredero del antiguo boticario, respiraba entre los mozos del pueblo, sus amigos, atmósfera de respeto, cuasi de sumisión. Todos deferían á sus opiniones. No en balde discurren cinco años de vida en una lejana capital de provincia, en la Universidad, entre estudiantes.
El prestigio del farmaceuta era muy justo, máxime porque Remigio se esmeraba en consolidarlo con su _fablar polido_, exento de provincialismos. La sociedad femenina, con donosura, lo apodaba de _banano_. Remigio nunca quiso decir al plátano _cambur_, como las gentes del lugar, sino banano, según el nombre castizo de la fruta.
_Banano_, pues, defendía el propósito de D. Justo Redil en nombre del Progreso.
--Es imposible permanecer estacionarios, decía; el carro del Progreso pasará por cima de nosotros. No seamos los indios de ese Jagrenata del Occidente que se llama la Civilización.
Su discurso hacía eco. Por todas partes, en la reunión, se levantaban voces aprobatorias.
--Tiene razón Remigio.
--Sí, sí, adonde iríamos á parar.
Y corrió el tiempo en estas luchas de círculos, entre disparos de envidias, dardeos de vanidades, gritos de pasiones, ecos de la estupidez.
* * * * *
Por fin quedó instalado el nuevo molino. Las piedras, de granito azul, brillaban, al moler el grano de oro, en una rotación vertiginosa. El motor, en nada parecido al caballejo desmedrado de D. Sergio, era un coquetón vaporcito inglés, vertical, resplandeciente, como pavonado de obscuro. Parecía un africano corpulento de músculos poderosos; negrazo enorme por cuya garganta, el humero, brotaba aliento de nubes; suerte de monstruo etíope que al recibir el alimento de carbón y leña, dejaba ver, palpitantes, las entrañas de fuego.
La mera comparación de los molinos constituía una injuria al pobre D. Sergio.
Las molenderas hablaban de la antigua maquinaria con desdén insufrible.
--Las piedras están cascadas, decían.
Algunas almas sin piedad hacían mofa del caballito, parangonándolo cruelmente con el vapor de D. Justo.
--Cualquier día revienta de rabia ese potro cerril, expresaban.
--De veras, respondía alguien, es tan soberbio el animalucho que á las veces dice á no andar, así lo fustiguen.
La acerbidad de la antigua clientela constituía fuente inagotable de tristeza para el pobre D. Sergio.
El contó siempre con que una parte de aquellas malas pécoras le sería fiel. El se imaginaba, en justicia, acreedor de algunos agasajos, de algunos miramientos, de algún cariño. ¡Cuántas veces lo sorprendió la media noche en la tarea de escribir y repasar los nombres de muchas de éllas, imaginando que no lo abandonarían!
Formó su lista.
--Fulana no se me va, pensaba; de Zutana no estoy seguro.
¡Pero cuánta perfidia! La lista mermaba de diario. Todas las mañanas era menester testar un nombre.
Ya D. Sergio apenas si podía mantener con Redil la competencia.
Echaba cálculos. D. Justo perdía, es verdad; pero él, D. Sergio, se iba poco á poco arruinando. D. Justo era capitalista; él no. Al uno nada le importaba perder en el negocio; tenía qué. Al fin, quedando solo, se resarciría con creces. Entre tanto, ¿cómo vivía él sin ganar? Ya casi estaban moliendo de balde. Los ingresos apenas cubrían los gastos.
Pero él odiaba tanto á su competidor, tanto mal le produjo Redil, tan profundamente hirió su honra de industrial, por modo tan cruel deshizo el patrimonio de sus hijos, la dulzura de su hogar, la paz de sus años, que D. Sergio, encontrando fuerzas en sí propio, compañía en su rabia, sostén en su encono, luchaba y luchaba sin esperanza, por el orgullo de su nombre, por el amor de su casa, por el odio de su enemigo.
Uno á uno los amigos lo abandonaban.
--D. Sergio no sea usted caprichoso, le decían. ¿Por qué no cede?
D. Sergio se indignaba á tales propuestas. Y entonces las filas de los afectos clareaban, como las filas de los clientes.
_Dios mío, qué solos se quedan los muertos._
En cambio D. Justo, maldecido al implantar su empresa, ahora era imán de simpatías.
--D. Justo sí es hombre de negocios, expresaban los parciales de Redil.
Los pocos fieles á D. Sergio manifestaban que Redil, cuando menos, era oportuno. No bregó como D. Sergio y obtuvo mejores resultados.
Algunos decían:
--Es ahora cuando nuestro pueblo es apto para molinos.
Era necesario convenir en que D. Sergio se aventuró prematuramente.
D. Sergio ya no pudo más. El molino, una madrugada, estaba desierto.
El molinero, meditabundo, se asomaba á la puerta de cuando en cuando.
La obscuridad, muy densa, no permitía ver sino una impenetrable aglomeración de sombras.
D. Sergio oía el silencio.
Su camarada de fatigas, Pedrito, mozalvete como de cuatro á cinco lustros, dormía arrinconado, adentro, bajo un farol de luz muriente. El farol arrojaba en las baldosas del pavimento una débil claridad. Pedrito dormía en un charco de luz.
El molinero, siempre meditabundo, paseábase, las manos en los bolsillos, la barba hundida en el pecho, arrebujado en su cobija de paño azul.
Corrieron una, dos horas. Pedrito permanecía inmóvil, en su rincón; el caballo no pestañaba; el molino, silencioso, decía cosas tristes.
No llegaba nadie, sino la aurora. El cielo, clareante, se comenzó á franjar con líneas de un verde extraño que fue, poco á poco, transformándose en violeta y opalizando el horizonte.
Las líneas de color, ensanchadas, se hicieron bandas, cintas, gasas, que ceñían el cielo de oriente. Y desde el cielo comenzaron á caer rosas, muchas rosas de luz, todas las rosas de la mañana.
D. Sergio se detuvo de pronto, á la puerta, por donde entraba toda el alba riendo. La claridad caía en su rostro, pálido de angustia.
Su tez blanca, su barba blanca, sus cabellos blancos también, resplandecientes á la luz matutina, daban al viejo un aspecto marmóreo. Detenido en el umbral, frente á la aurora, parecía una severa estatua de guerrero, épico mármol olvidado en el fondo de una floresta virgiliana, y cubierto de campanillas color de cielo.
Nadie llegaba. D. Sergio pensó que su molino, á estas horas, ya hervía en gente. Recordó su lucha, su triunfo. Después se vio vencido por un rival afortunado y poderoso.
Sus ahorros del molino, primero, después su pequeña plantación de café, patrimonio de sus hijos, todo lo consumió la hoguera santa de aquel odio, la llama de aquel doloroso deber.
D. Sergio se apoyó contra su molino, se llevó la mano á las sienes y por su rostro de mármol corrieron abundantes hilos de lágrimas.
Por su frente pasó un relámpago, una nube de sangre.
Pensó en matar, se dispuso á matar, corrió á matar. Pero un momento, transido de dolor, se reclinó nuevamente sobre las piedras del molino, de aquel molino amado, orgullo de su nombre, amor de su vejez y causa de su ruina; se reclinó, y vertiendo amargo lloro, á la luz de la mañana, en un apóstrofe murmuró el pobre viejo:
--¡Dios mío, qué injusticia!
HISTORIA DE UN DOLOR
Eran los cuatro pensionistas, cuatro bohemios unidos por el amor al laurel y por el capricho de una juventud gitana. Fraternizados por el ideal, que era uno mismo en todos, y por la primavera, que en todos florecía, se juntaron como palomas viajeras en la rama de un árbol del camino.
Esa mañana, la charla de sobremesa rodó sobre cosas íntimas, páginas de hogar; y uno, el más joven, amable hijo del Sur, decía la historia de un dolor.
--Aun veo, expresaba, aun veo con extraña fijeza de alucinado, á mi padre en su lecho mortuorio, enflaquecido por la enfermedad, pálido, respirando ya el aliento fatídico de la Muerte, la azabachada cabellera riza sobre la almohada muelle y nívea.
A un lado del lecho veo á mi pobre madre, desolada, y discurriendo en la sombra, los ojos enrojecidos, los rostros pávidos, espectrales, á mis hermanos pequeñuelos, para quienes todos tenían una mirada de compasión, míseros niños que, como las fieras del bosque, presentían la tempestad, sin comprenderla.
¡Cuán dolorosa fue aquella despedida! De los rincones salían enmarañadas cabecitas rubias. Las tímidas voces empapadas de llanto, alguien las extinguía, piadosamente, á besos.
Todos íbamos á comulgar. El altarito se alzaría en la propia estancia del enfermo. Quizás Dios obrara un milagro; y ¿por qué no? ¡Había hecho tantos! Pero la Muerte caminó muy de prisa, é impidió celebrar aquel último banquete. Súbito el enfermo llamó á mi madre, volvió el rostro hacia ella, la miró con una mirada dulce y profunda, y comenzó á morirse.