Part 1
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CUENTOS DE POETA
DEL MISMO AUTOR:
1895.--PATRIA (poema laureado.)
1899.--TROVADORES Y TROVAS.
RUFINO BLANCO FOMBONA
CUENTOS DE POETA
[Ilustración]
MARACAIBO IMPRENTA AMERICANA 1900
CARTA A FABIO FIALLO
Maracaibo: abril de 1900.
_Señor Fabio Fiallo._
Santo Domingo.
Mi querido poeta.
Un día ráfagas de adversidad me llevaron á esa noble patria tuya. Bajaba del Norte, quizás un poco enamorado. Triste, de la tristeza generosa de los amantes y de los proscritos; llena todavía mi alma con la suave música de suaves palabras de amor; en los oídos el eco lastimoso de la patria, atormentada, puesta en cruz; enfermo del alma y del cuerpo, llegué en busca del piadoso peñón antillano, donde poder enterrar íntimas pesadumbres, la vista en el horizonte, hacia la patria imposible y amada.
Entonces fue cuando me abriste, oh poeta, las puertas de tu hogar y de tu corazón.
Y después, á la hora en que un falso patriotismo, vidrioso é impertinente, lapidaba mi nombre; á la hora en que tantos apedreaban con censuras y protestas al gobierno liberal, por el hecho de haberme honrado más allá de todos mis anhelos, galardonando quizás mi amor á Santo Domingo, fue tu pluma viril, tu pluma de diarista y de poeta, la que yo vi indignarse y coronar de rosas mi nombre.
Mi corazón es tuyo, poeta.
Acóje esos pobrecitos _Cuentos_ que se me han salido toscamente de la pluma. Yo los viví casi todos; ó los he cojido al vuelo, mirando sufrir á los demás hombres.
_Historia de un dolor_, es una historia de veras. Aquel hombre que agoniza es mi padre. Yo vivía en Holanda en 1896 y al rescoldo de mis recuerdos de hogar, escribí, y entonces publiqué, si bien algo variada, esa página íntima.
_Juanito_, ya tú lo conoces, me valió un laurel. ¡Pobre _Juanito_! _Carta de amor_ no es literatura. Cuanto á _Molinos de maíz_, baste decirte que mi padre fue propietario de tahona, en una poblacioncita de Venezuela, y te juro no ser mi pobre padre, el Redil de mi cuento.
De _Filosofías truncas_, que no es apenas cuento, pudieran decirte mejor que nadie César Zumeta y el autor de _Flor del Fango_ é _Ibis_. Los discutidores somos los tres: ellos y yo, que vivíamos juntos en Nueva York, el año pasado. El cuento, que repito no es tal, ni por tal lo tengo yo, se reduce á una charla que sostuvimos cierta noche en que hube yo de indignarme contra el cruel lapidario de _Escrituras y Lecturas_.
Recuerdo con placer indecible muchas de esas veladas.
Vargas Vila es, como nadie lo ignora, un admirable conversador. El epigrama es flor de su predio. Clava un chiste como un puñal. Blande las palabras con soltura sorprendente; y la movilidad y destreza de su espíritu corren parejas con su verbosidad oportuna y de buen tono.
Zumeta es alma cambiante y compleja. Es bueno y malo. Su ironía es malvada; y se ríe, cuando habla, de un modo siniestro. Pertenece á los buenos días en que se obsequiaba á un huésped, en una copa labrada, con un tósigo. Sus flores están sutilmente envenenadas. Desvalija falsas reputaciones, en dos minutos, con una habilidad calabresa. Pero hay una cosa indiscutible: que la compañía de Zumeta es siempre interesante.
Si _Alma enferma_, te parece lánguido, échale toda la culpa al señor Herrera Irigoyen. El nos paga por cuartillas. Sus larguezas corresponden á la longitud de nuestros escritos. Por eso jamás le he querido vender mis versos.
Más no te hablo de mis cuentos.
Tengo que explicarte, sin embargo, por qué les digo _Cuentos de poeta_. Porque son, en resumen, historias que yo te conversaría si estuviésemos juntos, historias desnudas de mayor interés, historias de esas que se hablan dos poetas en un banco de plaza pública, á la media noche, cuando el cielo está azul, paramentado con temblorosos hilos de estrellas.
RUFINO BLANCO FOMBONA.
EL DOLOR DE PEDRO
Era la media noche. Pedro acababa de matar la luz de su lámpara. Los cuadros, las efigies galantes, adorno de las paredes; la bujía de cera roja del velador; el mármol resplandeciente del aguamanil; los volúmenes, de tafilete bruñido y lustroso; cuanto era sonrisa de la luz, en la estancia, cuanto devolvía el beso de oro de la lámpara en nota luminosa, entraba en la obscuridad. La habitación, paramentada de sombra, yacía en la mudez. La luz no cantó más su canto de notas risueñas. En el centro del dormitorio, Pedro, en pie, parecía una estatua cubierta de un paño fúnebre.
Y el joven entró en el lecho, y se arrebujó en las frazadas, gustoso de respirar aquel ambiente de soledad bienhechora.
Apenas reclinaba la frente, satisfecho de sí mismo, aquella noche consagrada al estudio, apenas oreaba sus párpados el ala del sueño, cuando escuchó un ruidecillo. Se puso á oír: el ruidecillo era como de patas de mosca sobre una cuartilla de papel; como de un vuelo susurrante de cínife; como de enjambre de hormigas arrastrando un ala de mariposa.
Y desde el propio lecho acechó el sitio del rumoreo. En una pata del escritorio que simula una garra de león, miró lucir una chispa como de astro, intensa, de luz amable y generosa.
Pedro creyó ver un brillante, rico regalo de algún duende; pensó que alguna hada munífica le hacía, por manera curiosa, aquel gentil presente. Pero el diamante comenzó á titilar como un Véspero, al pie del escritorio, y temblante, movía su luz bajo la zarpa de caoba.
Pedro comprendió que mal podía ser un diamante la lucecilla vivaz y móvil. Y encendió la bujía de cera encarnada.
Entonces pudo ver una cosa épica. En una red de araña, de tenue urdimbre gris, un gusano de luz, un cocuyo, se debatía prisionero, acometido por inmunda cucaracha.
Pedro se llenó de piedad y de ira.
De piedad hacia el pobre animalito luminoso; de ira por el bicho repugnante, nauseabundo y traidor.
Al momento ideó redimir de aquella trampa gris, y salvar de aquella sabandija, al mísero en prisión; más, primero, quiso matar el insecto ascoso, y lo persiguió por todo el cuarto con una rabia carnicera. La cucaracha, medrosa, corría y corría, hasta perderse quién sabe en cuál rincón de la pieza.
Fatigado de una vana persecución, Pedro se restituyó á la tarea de salvar la luz, presa en la red gris de la araña. Tomó de sobre el pupitre una plegadera de marfil, y, con dulce piedad, lleno de ternura, redimió al insecto infeliz, al pobre animalito luminoso.
En la punta de la plegadera de marfil, ya en salvo, el cocuyo daba su claridad, como una sonrisa fulgurante de gratitud.
Y sucedió que en un aleteo, acaso en una vibración de regocijo, el insecto, resbalándose, cayó sobre la pierna desnuda de Pedro. Este, en un movimiento de nerviosismo, sacudió la pierna, rozada con aspereza por las alas y patas del cocuyo; el cocuyo rodó por la alfombra, y Pedro, de súbito puesto en pie, impensadamente lo aplastó con su planta.
Mientras tanto, la sabandija inmunda, la perseguida cucaracha, miraría la escena, de fijo, desde algún rincón de la pieza, vibrando las alas, oblondas y parduscas, en explosión de contento.
Víctima de una tristeza irracional y profunda, esa noche, Pedro no pudo conciliar el sueño. Las horas pasaban. Pedro vio las primeras tintas de la aurora entrar en orlas de luz por las rendijas de la ventana. Abrió un postigo. Y entonces fue, después del triunfo del dolor, el triunfo del color. Los cuadros, las efigies galantes, adorno de las paredes; la bujía de cera roja del velador; el mármol resplandeciente del aguamanil; los volúmenes, de tafilete bruñido y lustroso; cuanto era encanto de la luz, devolvía en notas risueñas el beso del alba.
CUENTO FILIAL
Aquella noche la pobre anciana enferma se moría. Pronta á extinguirse, al menor soplo, oscilaba en su cuerpecillo endeble la llama de la existencia. No bastó á darle vida, á su naturaleza extenuada, humano auxilio; los consuelos de la religión no la consolaban de su muerte. La vieja se aferraba á la vida. Estrechando las manos de sus hijos, que la rodeaban, decía gemebunda:
--No; no quiero morirme.
Aquella lucha de la anciana con la muerte llevaba treinta horas.
--Los viejos son así, expresaban concienzudamente los médicos; y contaban en presencia de los deudos más animosos ó más indiferentes historias de moribundos septuagenarios que, en lugar de consumirse de un tirón, como la pólvora al fuego, se chamuscaban poco á poco, á manera de torcida.
De entre los hijos de la anciana el inconsolable era José. La vieja, achacosa y maniática desde hacía algunos años, dio en la flor de no permitir que cuidase de ella sino José. Este, de índole suave, casera y femenil, se amoldó á los caprichos de la anciana. Los demás hermanos, las hembras inclusive, le cedieron generosamente el puésto en el corazón y la vida de la vejezuela, por donde vino él á ofrendar muchos de los mejores años de la juventud al cariño materno.
Para no distraerse de tan noble ocupación, aplazaba su dicha, no desposándose con Celina, hermosa mujercita á quien amaba.
José permanecía en un rincón, sollozante como un niño. De cuando en cuando abrazándose á un hermano de él, murmuraba:
--Se nos va; se nos va.
Y las lágrimas empapaban su voz.
La anciana lo llamaba á menudo.
--José, José: agua, dame agua.
O bien decía llorosa:
--Hijo mío, yo me muero; sálvame, hijo mío.
El dolor hundía todos sus puñales en el alma del pobre José. Por centésima vez interrogaba á los médicos.
--¿No hay esperanza, doctores; no hay esperanza?
La ciencia nada podía. Los médicos no lo engañaban. José, alma profundamente religiosa, sollozaba por lo bajo:
--Virgen María, sánala tú.
Y el buen hijo formulaba, mentalmente, mil locas promesas.
Por fin la anciana como que se resignaba á morirse. Desde la tarde yacía en un quietismo cadavérico. Antes de hundirse en aquel letargo agónico hubo una escena dolorosa. La anciana llamó á su hijo predilecto y á Celina, la prometida esposa de José. Los miró, les juntó las manos, y se dispuso á hablar; pero la palabra se negó á salir de su boca pálida, sus labios, fríos, se plegaron, y de aquellos ojos turbios corrieron lágrimas silenciosas. Las lágrimas de la moribunda conmovieron profundamente; aquellos labios moviéndose en una mueca trágica fueron de una elocuencia inaudita: José y Celina se abrazaron gimiendo sobre el cuerpo inanimado de la anciana; todos se miraban enternecidos; de los rincones partían sollozos; se respiraba en el aposento un aire de dolor.
Ya era muy entrada la noche. La noche era una tristeza más. Sólo una vela, tras pantalla color de rosa, esparcía pálida luz en la habitación; á esa temblorosa claridad las cosas tomaban relieves fantásticos, y las personas, al andar, parecían espectros. El rostro de la moribunda se perfilaba entre las almohadas. No había en él esa dulce resignación de cristiana absuelta, pronta á comparecer sin mácula ante el Dios de su fe; sino una como rebeldía, algo como terror, extraña expresión de pena.
De remedios ya nadie hablaba. Ahora para nada servían. Los frascos, las cucharas, las botellas, allí estaban, testigos inmóviles, silenciosos, de la próxima separación. Sobre la piedra del lavabo un reloj de oro, abierto, que indicó poco antes la hora del medicamento, sólo marcaba minutos de angustia. Cada movimiento de agujas arrollaba los hilos últimos de aquella existencia. Junto al reloj, en negro estuche de caucho, estaba el termómetro; y por allí salía, de entre un papel blanco de seda, la punta amarillenta de la vela del alma.
Una hija de la anciana empapaba, de cuando en cuando, con un algodoncillo húmedo, los labios resecos de la enferma. También, de cuando en cuando, partían sollozos vibrantes como flechas.
Y en medio de aquella tenebrosidad de muerte y de noche las almas, llenas de pesadumbre, gemían, los ojos se nublaban en llanto, las cosas tomaban relieves fantásticos, y las personas, al andar, parecían espectros.
* * * * *
José, perdida toda esperanza de salvación, aguardaba por momentos la muerte de su madre.
De pronto dejó el asiento, á la cabecera de la enferma, miró la hora de la media noche en el reloj abierto sobre el aguamanil, y en la punta de los pies salió de la pieza, exclamando á media voz:
--Dios mío, Dios mío.
En el patio se detuvo. El aire fresco de la noche oreó su frente. En la habitación de la anciana, la atmósfera ardía como un horno. José experimentó alivio al respirar la brisa nocturna, perfumada con el azahar de los naranjos, ornamento y orgullo del jardín solariego. Los jazmines blanqueaban en la sombra, y la sutil esencia de las rosas produjo en José extraña sensación de voluptuosidad. Un momento pensó en lo bien que estaría durmiendo, en un lecho blanco y muelle. Abrió las fauces, bostezando, y se desperezó como un ebrio. De repente la idea de la moribunda embargó su alma otra vez, y á la vista de tánta sombra, sintiendo un vago estremecimiento de horror y pensando en el martirio de la anciana, repitió:
--Dios mío, Dios mío.
Quizo rezar é instintivamente caminó hacia un ángulo del patio, sitio del oratorio. A medida que andaba fue observando más distintamente las cosas. De la capilla, abierta, salía un débil chorro de luz. Pudo distinguir á Celina, arrodillada, en el centro del oratorio. La pobre niña, radiante de belleza y dolor, hermosa y pálida, como una camelia, la frente hundida en la siniestra mano, y deshecha en lágrimas, pedía consuelo á Dios para el alma pura del hijo, y la salud eterna para el alma limpia de la anciana. El joven, desde el umbral, miraba y admiraba á Celina. Todo allí era caro á José: el altarito resplandeciente, en cuyo centro agonizaba un Cristo de marfil; aquella atmósfera mística, ambiente de su alma religiosa; los reclinatorios de ébano sembrados de cojines de púrpura; la alfombra misma en la cual tántas veces abismó él los ojos, cuando el sacrificio del altar, meditando en la formidable grandeza del Todopoderoso, y en el misterio sacratísimo de la Redención.
Entre las flores del altar, cuasi frescas, apenas si empezaban á marchitarse las rosas, al calor de los candelabros ardientes. Para las flores del Señor siempre había tiempo, aun en medio de las mayores tribulaciones. Manojitos de heliotropos odorantes, blancos y azules, espiraban rico aroma. En un jarrón, se apiñaban en desordenado ramillete, campanillas, nardos purísimos, margaritas de plata, corazones de un rojo pálido, y espigas verdes, muy verdes.
En el centro se abría, perfumando, un varillaje de lirios. Por dondequiera rosas, muchas rosas.
Y en medio de la capilla, arrodillada, Celina, radiante de belleza y dolor, hermosa y pálida como una camelia, la frente hundida en la siniestra mano, y desecha en lágrimas, pidiendo consuelo á Dios para el alma pura del hijo, y la salud eterna para el alma limpia de la anciana.
José, en transporte de amor y gratitud se llegó á Celina, y silenciosamente estampó un beso casto, un beso tímido, en la nuca de la bella, blanca y mórbida, entre rizos de oro. Celina se volvió, llena de mansedumbre, como si hubiese presentido aquella caricia, y sin desplegar los labios le dio las gracias á su novio. José también se comprendió deudor de aquella hermosura que buscaba la sombra para derramar lágrimas y pedir al cielo un lenitivo á los dolores de su alma filial, rota á la vista de la madre muriente. Y la volvió á besar... Ella se puso en pie y devolvió la caricia. Por un espacio permanecieron abrazados, vertiendo amargo lloro. Se sentaron, mudos, pero diciéndose muchas cosas tristes con la mirada. José la apartó de sí suavemente, puso las manos en los hombros de ella, miró como en éxtasis beatífico el rostro de la hermosura, ya sereno, y estampó un beso hondo, muy hondo, en la boca, deliciosamente encendida, de la bella adorada.
Corrieron los instantes. El alisaba con afecto los bucles alborotados de Celina; y concluyó por besarla nuevamente. Celina dejó caer su cabecita rubia en el hombro de José, abandonándose en los brazos queridos de su novio. El juntó las manos de la niña y las acarició largo tiempo con dulzura. Después la besó en la frente. Ella, inclinada sobre el hombro de José, puso los labios en la nuca del joven. Entonces él la tomó entre sus brazos y la besó una, dos, tres, muchas veces, primero poco á poco, en seguida con calor, luégo furiosa, locamente. Ella devolvía las caricias, sintiéndose como arropada por una onda creciente de calor purpúreo. Y en medio á aquella tempestad de caricias no esperadas, en aquel frenesí, rodaron por la alfombra, él en brazos de ella, ella en brazos de él, las bocas juntas, las carnes trémulas.
El cuello de la camisa saltado en la lucha amorosa de los brazos, la corbata por cima del chaleco, los puños fuera de las mangas, rojo de besos, José estaba magnífico de horror á los ojos de Celina. El deseo, un deseo violento, fulminante, había encendido fúlgidas llamaradas en los ojos del joven. El cuello nervioso y fuerte se lo estaba mirando Celina, merced á la camisa desgarrada; y sentía, con placer inefable, en las delicadas formas, la mano de su amador, ruda y nerviosa. José tuvo la osadía suprema: se permitió atentar contra aquella virginidad temblorosa bajo el ala de los besos. Ella opuso reparos. Entonces él, enloquecido, rugió algo entre dientes.
Y rodaron por el suelo, luchando, en presencia del Cristo de marfil; en medio de aquella atmósfera mística, ambiente del alma de José; por entre los reclinatorios de ébano, sembrados de cojines de púrpuras; sobre la alfombra misma en la cual tántas veces abismó él los ojos, cuando el sacrificio del altar, meditando en la formidable grandeza del Todopoderoso, y en el misterio sacratísimo de la Redención.
En la capilla comenzaron á oírse grandes voces, empapadas en llanto:
--Se muere; se muere.
--José; José.
Celina se estremeció. Quizo arrojar de sobre sí al mozo, que la abrumaba con su peso, y temerosa de que alguien penetrase repentinamente en el oratorio, le dijo, la angustia en la voz:
--Oye, José: tu madre; se está muriendo tu madre; mira que nos encuentran. Por Dios.
Los llantos se escuchaban claramente, y las voces proseguían:
--José, José.
Pero José, sordo, feroz, magullando á la pobre niña, rugió:
--Déjenme.
Y la besó de nuevo.
--Por Dios José, tu madre...
--No importa; déjame.
* * * * *
La historia de José corrió de boca en boca. Se proponía á todos como un modelo. Nunca la admiración que inspira una conducta noble subió más alta, ni llegó más lejos. A todos se decía cómo después de haber consagrado el mejor lustro de la juventud á la enfermedad y los caprichos seniles de su madre, José, la noche en que murió la anciana, fue encontrado en el jardín, como un loco, la cabellera en desorden, el traje descompuesto, dándose puñadas, mesándose los cabellos, inconsolable, y exclamando, al pie de un naranjero en flor:
--Me desprecio profundamente. Perdóname, Dios mío.
EL AMOR DE LUZBEL
Cuando Zantigua franqueó la entrada en el gabinete, daba cima á un poema galante Luzbel, adorable poeta cuyas estrofas vuelan como irisadas mariposas; poeta gentil que cincela serventesios á modo de joyas; poeta cuyos cantos, llenos de juventud, rebosantes de vida, empapados de sentimiento, vibran como cuerdas de arpa, enternecen como caricias de mujer, fulguran como perlas de rubí, como zafiros luminosos.
Zantigua avanzó hasta el poeta. Luzbel, sumergido en éxtasis beatífico en la contemplación de su obra, llena todavía el alma con la música de sus versos, no advirtió la presencia de su amigo. Este puso la diestra en el hombro del poeta. Luzbel se volvió un poco sobresaltado.
--¡Oh, tú! Siéntate.
Pero Zantigua no obedeció; antes bien, plantándose enfrente de su amigo, mirándolo al rostro con fijeza, una sonrisa maliciosa en los labios y en los ojos, le dijo:
--¡Poeta, vengo á reírme de tí!
--Conmigo, dirás.
--No, mi querido poeta, vengo á reírme de tí.
Esta resolución del leal compañero de juventud fue tan peregrina al bardo; era tan burlesca la mirada de Zantigua, que Luzbel de súbito se sintió presa de un acceso de hilaridad; acceso que contagió al otro, de suerte que por espacio de unos momentos ambos se desternillaron de risa. Se reían con una risa estúpida de muchachos ó de locos; risa que era en el escritor, asombro, burla en Zantigua.
Cuando hubo concluído aquella tempestad de buen humor, cuando aquel simoun violento de alegría pasó, y los rostros se serenaron, el recién llegado interrogó maliciosamente á su amigo:
--¿Desde cuándo no ves á Carmen?
La pregunta, fulminada sin preámbulos, no extrañaba al poeta; de seguro nada inaudito tenía para él.
Carmen era una antigua amada del poeta. Cuando éste la conoció era ella una muchacha llena de hermosura, blanca como un mármol, cariñosa como un niño. En otro tiempo Luzbel la quiso mucho, mucho. Zantigua no ignoraba la historia de aquellos amores.
Carmen, huérfana de padre y madre, encontró, en medio de su infortunio, puésto en una lavandería. Allí se la explotaba con cinismo: á trueque de un mendrugo se ponía á contribución toda su infantil actividad; pero al menos en la lavandería no hubiera perecido en las manos descarnadas y trágicas del Hambre. El instinto alzaba en el pecho de la joven mudas voces de gratitud.
Luzbel la encontró, la vez primera, en casa de una cómica, por cuyas ropas iba Carmen todos los lunes, para restituírlas luégo, el sábado, deslumbrantes de blancura.
Conocerla Luzbel y prendarse de la hermosa abandonada fue todo uno. Carmen contaría á la sazón catorce ó quince primaveras; su belleza comenzaba á entreabrirse como una rosa; el botón de carne, rompiendo la clausura de la niñez, comenzaba á deslumbrar con el esplendor de sus matices; matices de azul hondo y trémulo en la pupila, de oro pálido en la cabellera, de rojo de frambuesa en los labios, de blancura de jazmín en las manos y en la frente.
Lunes y sábado se veían el poeta y la muchacha.
Carmen llevaba y repartía las ropas del lavado en una carretilla, á cuyo peso se cimbraba la joven, como una palmera al soplo del viento; pero Carmen sonreía de felicidad en su faena, porque bajo el plomizo cielo de otoño, pisando el lodo de la calzada, recibiendo trompicones, por entre los coches disparados como flechas, por entre los ómnibus torpes como elefantes, al través de la populosa capital, Luzbel, enamorado, junto á ella, iba diciéndole ternuras, cantándole en los oídos un lisonjero canto de amor.
Un buen espacio de tiempo se amaron mucho. Ella se dio al poeta ingenua, pura, enamorada. Y en medio del naufragio de su existencia, el bardo la condujo á las queridas playas de Citeres.
En el fondo de su alma comprendió Carmen que adoraba á Luzbel porque era dulce, joven y bueno, porque se consagró á ella en un delirio de amor.
El respiraba unas como brisas bienhechoras. Amor lustral, puro cuanto cabía serlo, aquel amor limpiaba su alma, poco á poco, de negros y desolantes pesimismos.
Pero no transcurrió mucho tiempo sin que nubes amenazadoras empañaran la brillantez de aquel claro cielo azul. Se encapotó el horizonte. Centelleó el espacio. La tempestad se desató en los corazones.