Cuentos de navidad y reyes; cuentos de la patria; cuentos antiguos

Part 9

Chapter 93,806 wordsPublic domain

--¿Los buenos con los malos, papá?

--Sí; los buenos con los malos.

--Tío Alejandro es bueno--declaró Angel.--¿Y cómo pelean?

--Con fusiles, con espadas, con cañones.

El niño batió palmas.

--Me has de llevar, papá. Me has de llevar.

--¡Pobretín!--suspiró Carlos.--La guerra no es para chiquillos.

--¿Es para hombres grandes?

--Sí.

--Y entonces, ¿por qué no estás tú en la guerra? Tú eres grande, grande.

--Porque no soy militar--dijo el padre contrariado, algo mortificado, (como si aquellas palabras no las hubiese articulado una lengua de seis años,) y hablando para convencer.--Tío Alejandro es militar; ya sabes que vino á enseñarte el uniforme. Los militares estudian para eso, para defender á la patria...

--La patria...--repitió el niño, impresionado por el tono enfático y grave con que Carlos pronunció la palabra.--La patria... ¿es aquí?

--Aquí... ¿dónde?

--En nuestra casita.

--No... es decir, sí... Nuestra casa está en la patria, pero la patria es mucho más... son todas las casas que ves en el pueblo y en otros pueblos, ¡tantos, tantos! Y es además la tierra, y los bosques, y las aldeas, y Madrid, y todo...

--¿Y las iglesias también?--murmuró Angel con el tono con que decía sus oraciones al acostarse.

--También.

--¿Y la Virgen? ¿Mamá del cielo?

--También la Virgen; sí, mamá del cielo es la patria.

--¿Y tío Alejandro quiere á la patria?

--Ya ves--interrumpió Rosario sin ocultar la emoción que empañaba sus ojos.--El pobre tío la quiere mucho. Como que se expone á que le den un tiro y á morirse así, de pronto, figúrate tú. Reza, hijo mío, reza, para que no maten al tío.

El niño calló, reflexionando laboriosa, casi dolorosamente.

--¿Y los que no van á la guerra no mueren nunca?--preguntó al fin, siguiendo el hilo de su temprana lógica.

--También mueren.

--Entonces quiero ir á la guerra cuando sea grande--declaró con energía el pequeñuelo.--Y quiero que tú vayas, papá. Al fin hemos de morir, ¿no? Pues morir por eso... por eso... Por mamá del cielo, ¡por la patria!

Un silencio siguió á las palabras del niño. Los padres se miraban, mudos, penetrados de un respeto extraño, como si la voz del inocente viniese de otras regiones, de más arriba. Y al cabo de unos instantes, Carlos dijo á su mujer:

--Acuéstale. Son las diez largas.

--¿Y la lección del Catecismo?

--Hoy ya la ha dado--respondió el padre, besando á Angel con ardor sobre el nacimiento de la rubia melena.

EL CABALLO BLANCO

Allá en el primer cielo, en deleitoso jardín, Santiago Apóstol, reclinando en la diestra la cabeza leonina, de rizosa crencha color del acero de una armadura de combate, meditaba. Mostrábase punto menos caviloso y ensimismado que cuando, después de bregar todo el día en su oficio de pescador en el mar de Tiberiades, vió que ni un solo pez había caído en sus redes; sólo que entonces el consuelo se le apareció con la llegada del Mesías y la pesca milagrosa. Ahora--aunque en tiempos de pesca estamos--el hijo del Zebedeo, mirando hacia todas partes, no adivinaba por dónde vendría la salvación, siquier milagrosa, de los que amaba mucho.

Frente al Patrono, en mitad del campo, se elevaba un árbol gigantesco, de tronco añoso, rugoso, de intrincado ramaje, pero casi despojado de hoja, y la que le quedaba, amarillenta y mustia. Infundía respeto, no obstante su decaimiento, aquel coloso vegetal; á pesar de que no pocos de sus robustos brazos aparecían tronchados y desgajados, conservaba majestuoso porte; su traza secular le hacía venerable; convidaba su aspecto á reflexionar sobre lo deleznable de las grandezas. De las ramas del árbol colgaban innúmeros trofeos marciales. Petos, golas, cascos, grebas y guanteletes, con heróicas abolladuras y roturas causadas por el hendiente ó el tajo, espadas flamígeras sin punta y lanzas astilladas y hechas añicos; rodelas con arrogantes empresas; albos mantos que blasona la cruz bermeja, trazada al parecer con la caliente sangre de una herida; yataganes cogidos á los moros; turbantes arrancados en unión con la cabeza; banderas gallardas con agujeros abiertos por la mosquetería; el alquicel de Boabdil y la diadema pintorescamente emplumada de Moctezuma... Al pie del árbol, sujeto á él con fuerte cadena de hierro, se veía un sér hermosísimo, un corcel de batalla luminoso á fuerza de blancura: el Pegaso cristiano, aquel ideal bridón que galopaba al través de las nubes y descendía á traernos la victoria.

Los ojos del Apóstol se fijaron en el caballo, cual si no le hubiese contemplado nunca. Notó la lumínica blancura del pelo, la fluída ligereza y ondulación delicada de las crines, el fuego de las pupilas, el aliento ardiente que despedían las fosas nasales, la delgadez de los remos, finos cual tobillo de mujer, la especie de electricidad que desprendía el cuerpo del generoso animal celeste. Con sólo advertir que le miraba su jinete de antaño, el caballo se estremeció, empinó las orejas, respiró el aire, hirió la tierra con el reluciente casco y pareció decir en lenguaje de signos: «¿Cuándo llega la hora? ¿Vamos á estar siempre así? ¿Por qué no me desatas? ¿Por qué no cruzamos otra vez entre lampos y chispas el firmamento rojo, el aire encendido de las campales batallas?»

Levantóse el Apóstol guerrero y fué á halagar con las manos el lomo de su cabalgadura. Quería consolarla, quería calmar su impaciencia y no sabía cómo, pues él, glorioso veterano, también soñaba incesantemente renovar las proezas de otros días. Sin duda para acrecentarle el ansia y avivarle el recuerdo, aparecióse por allí un alma acabada de ingresar en el Paraíso, pues daba claras señales de no conocer los caminos, de hallarse como desorientada é incierta. Era el recién llegado de mediana estatura, moreno, avellanado y enjuto; rodeaban su tronco retazos de tela amarilla y roja, que apresuradamente igualaba en matiz la sangre fluyendo de varias mortales heridas. Santiago corrió hacia aquel valiente con los brazos abiertos, y el español, al ver ante sí al Apóstol de la patria, cayó de rodillas y le besó los pies con infinita ternura.

--_Bonaerges_, hijo del trueno--murmuraba devotamente el español,--¿por qué nos has abandonado? En nuestro infortunio, confiábamos en ti. Esperábamos que hicieses vibrar sobre nuestros enemigos el rayo ó llovieses sobre ellos fuego celeste, como el que quisiste lanzar contra aquellos samaritanos que cerraban las puertas de su ciudad á Jesús. Mira, Santiago, adónde hemos llegado ya. Te lo diré con palabras de la Epístola que se lee el día de tu fiesta; hemos sido hechos espectáculo para las naciones, los ángeles y los hombres. Hemos venido á ser lo último del mundo. Y todo por faltarnos tú, Apóstol de los combates. Desata tu corcel, guíale al través del aire, ponte á nuestra cabeza. El caballo blanco olfatea la lid. ¿No oyes cómo relincha, deseoso de arrancar al grito de _cierra España_? Desciende, te esperan _allá_. Te aguarda la tierra que por ti se creyó invencible. El bridón quiere romper la cadena. ¡Santiago! ¡Buen Santiago! ¡Señor Santiago!

Al oir tan apremiantes súplicas, el Apóstol se conmovía más. ¡Soltar el corcel blanco, salir al galope, esgrimir otra vez el acero llameante! ¡Hacía tanto tiempo que lo anhelaba! No por su gusto permanecía en la inacción, con la montura amarrada al árbol y las armas colgadas del ramaje... Y alzando y consolando al español y apretándole contra su pecho, Santiago empezó á vendarle las heridas cruentas; hecho lo cual, llegóse al tronco y desató al blanco bridón, que, loco de júbilo al verse libre, al suponer que remanecían las aventuras de otros tiempos, agitó la cabeza, hizo flotar la crin, corbeteó gallardamente, y batiendo el polvo con sus bruñidos cascos, alzó una nubecilla de oro. Por su parte, el Patrón descolgaba la cota de malla y se la vestía, calábase el ancho sombrerón orlado de acanaladas conchas, afianzaba en los hombros el manto, embrazaba el escudo y ceñía el tahalí y la espada terrible. Entretanto, el español echaba al caballo la silla recamada de oro y le ponía el freno y el pretal incrustado de cabujones de pedrería. Y cuando ya el Apóstol trataba de afianzar el pie en el estribo de plata para saltar, he aquí que aparece, saliendo del vecino bosque, otro español, vestido de paño pardo, calzado con groseras abarcas, haciendo señas para que se detuviese el Apóstol. Este aguardó: en el villano de tez curtida y de rústico atavío, acababa de reconocer á San Isidro, pobrecillo jornalero laborioso, que en su vida montó más que jumentos cargados de trigo, porque los llevaba á la molienda.

--¡Orden del Señor!--voceaba el labriego descompasadamente.--¡Orden del Señor! Ese caballo nos hace falta para uncirlo al arado y que ayude á destripar terrones. Y ese español que está ahí, que venga á llevar la yunta. Bien sabes, Bonaerges, lo que dijo el Señor en ocasión memorable, cuando tu madre le pidió para ti y tu hermano el puesto más alto en el cielo: los que quieran ser mayores beban primero su cáliz. Paisano mío, á arar con paciencia y sin perder minuto...

LA EXANGÜE

--Alquiló el cuarto tercero de mi casa, desocupado hacía tiempo--nos dijo el eminente Doctor Sánchez del Abrojo--una señora que me llamó la atención al encontrarla casualmente en la escalera. Nada tenía, á primera vista, de particular; ni era guapa ni fea, ni vieja ni joven; vestía de riguroso luto, y pasaba como una sombra, tímida y muda, acongojada por el sobrealiento de la subida. Lo que en ella me extrañó fue la palidez cadavérica de su rostro. Para formarse idea de un color semejante, hay que recordar las historias de vampiros que cuentan Edgardo Poe y otros escritores de la época romántica, y servirse de frases que pertenecen al lenguaje poético: hay que hablar de palidez sepulcral: sólo la muerte da un tono así á una faz humana.

El manto negro encuadraba y realzaba aquel rostro de cera, y en él observé una expresión peculiarísima, mezcla de dolor y de satisfacción, de calina y de sufrimiento. Mi costumbre de ver enfermos me hizo comprender que allí no existía sólo un estado físico delatado por el color; reconocí las huellas de algún sacudimiento moral formidable, los estragos de una catástrofe ignorada; y penetrado de simpatía y respeto, saludé á mi vecina siempre que nos cruzábamos en la meseta, y la cedí el pasamanos con especial deferencia y apresuramiento cortés.

Transcurrió una quincena sin que la viese, hasta que un día, la criada de la pálida bajó á rogarme que visitase á su señora, encamada y enferma. Subí al tercero y encontré una vivienda pobre, limpia, glacial. Sin necesidad de tomar el pulso reconocí en mi nueva cliente los síntomas de la anemia profunda, cuando ya ataca los tejidos y produce desórdenes graves. Las piernas hinchadas, la extremada languidez, el no poder alzar los párpados, eran señales de que faltaba el jugo vital, licor precioso que reparte por todo el organismo energía y fuerza.

Cada quisque--prosiguió el médico, después de ligera pausa--tiene sus caprichos y sus goces. Otros coleccionan dijes, baratijas, cuadros, muebles, que avalora su belleza ó su rareza; yo--no por caridad, ni por filantropía; por _tema_, por mi carácter tozudo--colecciono vidas; junto resurrecciones... Es para mí deleite refinado arrancar á la nada su presa... Me complazco en saber que gracias á mí andan por la calle más de un centenar de personas que ya tenían ganado el puesto en la Sacramental.--Ver á la pálida y prometerme enriquecer con ella mi colección, fue todo uno. Déjense ustedes--añadió atajando nuestras manifestaciones--de elogios que no merezco... Créanme. ¡Si me conoceré yo! Los que nacen para Tenorios se desviven por _una más_ en la lista. ¿Se figuran ustedes que en el fondo hay gran diferencia? No tengo veta de Tenorio, pero soy otro como él, que reune y archiva en la memoria emociones de un género dado. ¿Amor á la humanidad? ¡Quiá! Odio al sepulturero, ¡que no es lo mismo!...

Explicado así, comprenderán que no hay que alabarme tampoco por lo que hice para ampliar y reforzar mi catálogo. La anemia se cura, más que con medicinas, con alimentos y reconstituyentes. La señora no podía costear ciertos manjares, substancia de carne, v. gr.; como yo deseaba hacerla revivir, puse los medios, y la cosa marchó bien. Todavía está descolorida; no creo que llegue nunca á preciarse de frescachona; pero ya no sugiere ideas de vampirismo... Y no vendría á cuento que yo hablase de esta curación, menos difícil que otras, si no me hubiese proporcionado ocasión de saber la historia de la tremenda palidez. Fue necesario, para que me la refiriese, todo el agradecimiento que la pobrecilla me cobró, no sé por qué, acompañándolo de una veneración y una confianza sin límites.

Era mi enferma una señorita bien nacida, y se había quedado sin padres, ni más amparo en el mundo que el de un hermano menor, empleado por influencia de un pariente poderoso en nuestras oficinas de Ultramar. El sueldo módico sostenía mal á los dos hermanos; sospecho que ella trabajaba para fuera; con todo eso, pasaban suma estrechez. Nació de aquí el deseo de un traslado á Filipinas: la hermana siguió al único sér á quien amaba, y se establecieron en uno de esos poblados, de barracas de bambú, perdidos en el océano de verdor del hermoso Archipiélago que ya no nos pertenece.

Abreviando detalles de los años que allí residieron en paz, diré que la sublevación al pronto no les asustó; creían inofensivos á aquellos adormilados y obedientes indígenas, y les parecía seguro reducirles, con sólo alzar la voz en lengua castellana, á la sumisión y al inveterado respeto. Disipóse su error al cercar el poblado hordas diabólicamente feroces, que lanzaban gritos horrendos y esgrimían el bolo y el campilán. Defendióse con valor de guerrillero el fraile párroco, refugiado en la iglesia, realizando proezas que no pasarán á la historia; ayudóle como pudo el empleado: cedieron al número; quedó el fraile acuchillado allí mismo; al empleado le cogieron vivo, y á su hermana la llevaron arrastra á una choza donde el vencedor cabecilla tagalo--poco importa su nombre--tenía su cuartel general. La española se arrojó á sus pies llorando, implorando el perdón del hermano con acentos desgarradores. La cara amarillenta del cabecilla no se alteró: expresaba la frialdad inerte de la raza, y se creería que era de madera de boj, á no brillar en ella la chispa de los oblicuos ojuelos de azabache. En el semblante impasible leyó la señorita, enloquecida de horror, la sentencia del hermano adorado; y besando los pies del cabecilla, le ofreció «su sangre por la de él». «Se admite», contestó de pronto el amarillo. «La sangre de él no correrrá. Que sangren a ésta.»

La sangría--estremece decirlo--duró... una semana.--Cada mañanita, en una escudilla de coco, recogían la sangre de la desdichada, que caía después al suelo en mortal desmayo. Desde el quinto día, la debilidad la produjo una especie de delirio; creíase á bordo del barco que la conducía á España, libre y feliz, al lado de su hermano; escuchaba el ruido del mar, batiendo los costados del buque, y notaba--efectos del vértigo--el ir y venir de las olas, el balance y cuchareo de la embarcación, el soplo del viento, la humareda que la chimenea lanzaba. Tan pronto su alucinación la mostraba una bandada de tiburones, como un asalto de piraguas llenas de indígenas; ya exhalaba chillidos porque ardía el barco, ya oía silbar las balas de los cañones y veía que el gran trasatlántico, partido en dos, hundíase en el abismo. Al amanecer del octavo día--último de su suplicio según le habían anunciado--cuando ya la vena del brazo, exhausta, sólo gota á gota soltaba su jugo, y el corazón desfallecía próximo al colapso mortal--en un momento lúcido, ó acaso de fiebre, se le apareció España, sus costas, su tierra amada, clemente; y creyendo besarla, pegó la boca al suelo de la cabaña, donde yacía sobre petates viejos, medio desnuda, agonizando, devorada por sed horrible, clamor de las secas venas sin jugo...

La misma tarde cerró sobre el poblado una columna de infantería española é indígena, poniendo en fuga á los insurrectos y libertando á los prisioneros y heridos. Atendieron á la infeliz, reanimándola un poco á fuerza de cuidados. Lo primero que pidió la exangüe fue á su hermano; quisieron ocultarle la verdad, pero la adivinó: el castila colgaba de un árbol corpulento... El cabecilla había cumplido su palabra, no sacándole gota de sangre de las venas...

Entre los que escuchaban á Sánchez del Abrojo siempre, contábase el pintor modernista Blanco Espino, á caza de asuntos simbólicos... Batió palmas con entusiasmo.

--Voy á hacer un estudio de la cabeza de esa señora. La rodeo de claveles rojos y amarillos, la doy un fondo de incendio... escribo debajo «La exangüe...», y así salimos de la sempiterna matrona con el inevitable león, que representa á España!

LA ARMADURA

No se hablaba más que de aquel baile, un acontecimiento de la vida social madrileña. La antojadiza y fastuosa señora de Cardona había exigido que no sólo la juventud, sino la gente machucha; no sólo las damas, sino los caballeros, todas y todos, en fin, asistiesen _de traje_. «No hay--repetía Mad. Insausti--más excepción que el Nuncio... y eso porque va _de traje_ siempre.»

Prohibido salir del apuro con habilidades, como narices, girasoles eléctricos en el ojal, pelucas ó trajes de colores. Obligatorio el traje completo, característico, histórico ó legendario.

Se murmuró, naturalmente, de la Cardona (con los sayos que la cortaron podrían vestirse los concurrentes á la fiesta); se la puso un nuevo apodo: _Villaverde_... Pero, entre dentellada y dentellada, la gente consultó grabados y figurines, visitó museos, escribió á París, volvió locos á sastres y modistas... y las caras más largas no fueron debidas á la sangría del bolsillo, sino á omisiones en la lista de invitados.

Quien estaba bien tranquilo era el joven duque de Lanzafuerte. Al preguntarle Perico Gonzalvo _de qué_ pensaba ir, triunfante sonrisa dilató sus labios. «Voy de abuelo de mí mismo. Ya verás mi martingala», añadió satisfecho.

Y es que--en confianza--gastos extraordinarios no le convenían al duque. Estoy por decir que ni ordinarios. Embrolladísimos andaban los asuntos de la casa, y gracias que el padre del duque se había muerto á tiempo; que si dura dos añitos más... En fin, se salió adelante, por la puerta ó por la ventana... Por la ventana sobre todo. Se vendían cortijos, cuadros de mérito, literas, tapices... Quedaban aún, testimonio de la grandeza pasada, algunas antiguallas preciosas, y entre ellas una armadura completa de un paladín compañero de Carlos V. En esta armadura, arrinconada en una especie de leonera, se había fijado el duque, haciéndola limpiar de orín, y al aparecer limpia vió que era objeto digno de la Armería, muy semejante--y quizás de la misma mano--al célebre arnés de parada y guerra del Emperador, conocido por «el de los mascarones». Igual labor milanesa, finísima, de ataujia de oro y plata, igual empavonado...

A conocerse, hubiese sido cebo de anticuarios y envidia de coleccionistas. ¿Qué mejor disfraz? ¿Qué cosa más propia de máscaras? Sin gastos ni cavilaciones, Lanzafuerte sería el rey de la fiesta.

Dicho y hecho. Dos horas antes de la solemne de entrar en el baile, estaba el duque abierto de brazos y esparrancado de piernas, dejándose abrochar piezas de la armadura. Fue especialmente arduo el ajuste del peto y espaldar; se habían olvidado las correas con su hebillaje. Terminada la difícil obra, se miró el duque en un espejo de cuerpo entero y no se reconoció. Afeitado el bigote; cayendo á ambos lados del rostro las melenas de la peluca--era un retrato antiguo bajado del lienzo. La apostura arrogante; la boca desdeñosa; el diseño de las facciones viril y adamado á un tiempo,--convertían al duque en _doncel_, y la raza hirvió en su sangre, causándole la nostalgia de la edad heroica. «¡Si nazco entonces!» murmuró con orgullo. «¡Pero ahora... claro! No hay medio...» Aumentaba su engreimiento el que la armadura le venía un poco estrecha. «Soy más hombre que el paladín...»

Al bajar las escaleras sus ideas tomaron otro giro. Si no le ayudan los criados, de cabeza al portal. Y precauciones infinitas para meterse en el coche, para sentarse, para salir, para subir á la regia morada de Cardona, por peldaños de mármol, entre doble fila de lacayos empolvados, de azul librea y calzón corto. En cambio, la entrada, de sorprendente efecto. Destacándose sobre los trajes, que al fin eran disfraces de relumbrón, la armadura se imponía por el arte, por la verdad, por la seriedad y la extrañeza. Un guerrero se alzaba del sepulcro; una estatua yacente se había incorporado. Como animada figura debida al cincel de Pompeyo Leoni, avanzaba el duque, levantando á su paso murmullos de admiración. Los inteligentes tasaban aquel noble despojo y lo valuaban en cifras sonoras, con el impudor del hábito de que todo se venda. Los artistas, transportados, clamaban elogios. Los preciados de eruditos recordaban timbres de la casa de Lanzafuerte, y una vez más desfilaba la clásica lista de nuestros triunfos: San Quintín, Pavía, Orán, Cerinola. Y el choque del acero, al andar el duque, tenía un eco romántico, algo parecido al son de los escudos en la cabalgada wagneriana. Sólo una voz burlona, casi en la misma cara de Lanzafuerte, pronunció: «Se ha disfrazado de héroe para que no le conozca ni su madre...»

Por fin la maravillosa armadura se confundió entre el bullicio del baile, en un remolino de zíngaros, andaluces, _gigerls_, marquesas Luis XV, rosas, libélulas y japonesitas de cejas pintadas. El paladín de Carlos V empezaba á notar indefinible molestia, que fue acentuándose, convirtiéndose en declarada fatiga.

No podía dudarlo: le pesaba y le apretaba la maldita armadura... ¡Qué idea, haberse metido en semejante caparazón! Ni poder bailar, ni siquiera estar de pie... ¿Sentarse? ¿Y cómo? ¿Que á lo mejor saltasen las escarcelas y se quedase allí en calzón de punto? Imposible... Un sudor de angustia humedeció sus sienes. Irse era exponerse á la chacota... Por fatalidad, la bella Inés Puenteancha vino á rogarle que hiciese vis en un rigodón. ¿Rigodón? ¿Andar, volverse, inclinarse? Lanzafuerte, acongojado, se excusó lo mejor que supo... Pidió en el comedor un vaso de ponche helado y experimentó momentáneo alivio. La Puenteancha le preguntó risueña si estaba malo. «No es nada... calor...» Y á manera de quien huye, pálido, escalofriado, se escabulló á la _serre_, casi desierta, y con paso trabajoso se dirigió á la antesala. Los lacayos le socorrieron, le bajaron en vilo, avisaron á un coche. Dentro cayó el guerrero, produciendo temeroso ruido. ¡Uff! ¡Por fin! En casa le arrancarían la horrible armadura.

--¡Fuera todo esto, fuera!--gritó cuando estuvo en manos de sus servidores, que se miraban sorprendidos y descontentos... ¡Ellos que se prometían una noche de libertad! Y además... ¡qué compromiso!

--¡Fuera todo, volando!--repetía el duque, abriendo los brazos otra vez, esparrancando las piernas.

Quitáronle gola, escarcelas, quijotes, grevas, brazales, cubos, guanteletes... Al llegar á la coraza, se pararon.

--¿Qué aguardáis?--interrogó furioso.--¡Si esto es lo que más me oprime!

El ayuda de cámara, tartamudeando, se disculpó. ¿No se acordaba el señor duque? Su coraza, por faltarla el hebillaje y correas, estaba soldada á fuego.

--¡A fuego! ¡Es verdad! ¡Maldita sea! ¡Volando!... ¡El armero!... ¡Ya estáis aquí con él!

Nuevas excusas. Confusión. ¡El armero! Si el señor duque lo deseaba irían... pero inútil buscar á nadie, á la una de la noche del Domingo de Carnaval. Hasta la mañana siguiente...