Cuentos de navidad y reyes; cuentos de la patria; cuentos antiguos

Part 8

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Contóme miss Ada el episodio que voy á narrar la tarde del Jueves Santo, mientras recorríamos las calles de Avila visitando Estaciones. En aquellas calles que todavía recuerdan por varios estilos la Edad media española, el nombre de Persia sonaba como el de un país fantástico, de juglaresca leyenda ó de romance tradicional; costaba trabajo admitir que existiese. Quizás la misma _irrealidad_ de Persia en la pacífica atmósfera de la ciudad teresiana, acrecentó el interés de los extraños recuerdos de viaje que evocaba miss Ada, y que intentaré trasladar al papel sin alterarlos.

«Nasaredino--empezó la inglesa--era un monarca absoluto, á quien sus vasallos llamaban _sombra de Dios_, y que disponía de haciendas y vidas, con dominio incondicional. No sé si ahora se habrá modificado el régimen interior de Persia; entonces--y son épocas bien recientes--no había allí más ley que la omnímoda voluntad de Nasaredino. Para mayor desventura de sus súbditos, el chá no conocía el cristianismo, ó por mejor decir, no quería conocerlo, ni permitía que se propagase en sus Estados opinión alguna que se apartase del código de Mahoma. Quizás comprendía que Cristo nuestro Señor es el verdadero enemigo de los déspotas, y que la libertad y la dignidad humana tuvieron su cuna en el humilde establo de Belén.

»Esta misma intransigencia del chá con nuestra santa religión me incitó á probar si le atraía al terreno de la controversia, á fin de combatir sus errores. Aprovechando la rara amabilidad con que me acogía, me dediqué á catequizar á Nasaredino, y buscando el flaco de su orgullo, comencé por pintarle la gloria y prosperidad de naciones cristianas como Francia y la Gran Bretaña, superiores en las mismas artes de la guerra á las naciones sujetas al fanatismo musulmán. Mis argumentos parecían hacer mella en el monarca; á veces le ví quedarse pensativo, acariciando la negrísima y puntiaguda barba, con los rasgados ojos de pestañas de azabache fijos en el punto imaginario de la meditación. No era un necio; ciertas ideas le movían á reflexionar; ciertos problemas se le imponían á pesar suyo, al través de su oriental indolencia y su soberbia de dueño absoluto de muchos millones de seres racionales.--Despaciosamente, en correcto inglés, solía, transcurrido un rato, contestarme, no sin alguna inflexión de desprecio en su voz grave y bien timbrada:

--»Jamás me convenceré de que sean heroicas y viriles naciones que se postran ante un Dios humilde, muerto en un suplicio afrentoso. El gran atributo de Dios es _el poder_ y _la fuerza_. La única explicación que encuentro á ese enigma es que vuestras naciones se llaman cristianas sin serlo realmente, y cuando funden cañones y botan al agua barcos blindados, niegan á su Dios con los hechos, aunque le reconozcan con la palabra. Y porque lo niegan han logrado el predominio que ejercen. Si se atuviesen á la letra de su fe, como nos atenemos nosotros á la nuestra, nosotros les pondríamos la planta del pie sobre la garganta.

»Al hablarme así Nasaredino, dejábame confusa. Pertenezco á las _Ligas_ del desarme y de la paz universal, y confío más en la energía del amor y de la fraternidad, que en todos los ejércitos de Europa reunidos. Mas ¿cómo hacer entender la verdad á un bárbaro, y á un bárbaro que se cree un semidiós? Sin embargo, lo intenté. A mi manera, empleando los razonamientos que me sugirió la convicción, le dí á entender que la misma fuerza material necesita fundarse en la moral, y que sin base de derecho y razón se derrumba toda soberanía. Y pasando á tratar de nuestro Dios, le afirmé que precisamente el haber sufrido y muerto como murió fue esplendorosa muestra de su sér divino. El chá, moviendo la cabeza, me contestó entonces esta atrocidad:

--»De esa misma manera que pereció tu Profeta, sucumbe todos los días alguno ó muchos de mis vasallos. Y ni aun así conseguimos acabar con la perniciosa secta de los _babistas_, cuyas doctrinas se asemejan á las de vuestros Evangelios.

»Lo confieso--exclamó miss Ada al llegar á este punto:--tan horrible declaración me trastornó, y estuve á pique de prorrumpir en invectivas contra el tirano. Me reprimí trabajosamente, y Nasaredino, de pronto, como si se hubiese olvidado del giro de la conversación, me anunció que al día siguiente se verificaría una representación teatral en los jardines de palacio, y que me convidaba á ella.

»Son estas funciones dramáticas espectáculo favorito de los persas, y todos los viajeros las describen: se celebran de noche, á la luz de los farolillos y linternas y de las hachas encendidas, y el telón de fondo lo da hecho la naturaleza: una cortina de árboles, un macizo de flores, una fuente, un ligero kiosco, constituyen la decoración. Habituada á asistir á tales funciones, me sorprendió, sin embargo, el aspecto del escenario y el golpe de vista del concurso. En primer término, sillones para el chá y los altos dignatarios: detrás, la servidumbre, la multitud de funcionarios y parásitos que pululan en el palacio infestando sus galerías, claustros, patios y salones. A la izquierda, una especie de tribuna ó palco cerrado por rejas de madera dorada y pintada de colorines--desde el cual presenciaban la función, ocultas á los ojos de todos, las esposas de Nasaredino.--Con extrañeza noté que no se había invitado á ningún diplomático; la única extranjera, yo. Mi sillón, colocado muy cerca, aunque un poco atrás del soberano, era un puesto altamente honorífico.

»Al empezar la representación, desde las primeras escenas, percibí un estremecimiento. Yo no podía entender el idioma en que se expresaban los actores, y que es una especie de dialecto persa muy literario y arcaico--el habla misma, bella y sonora, que empleó el poeta Firdusi;--pero aun sin inteligencia de las palabras, me parecía darme cuenta del sentido, y hasta creía que era familiar para mí, como algo que hubiese escuchado mil veces, y otras tantas llevado en mi corazón. Las escenas del drama me recordaban cosas íntimas, vistas, por decirlo así, al través de un vidrio turbio y roto que desfiguraba los objetos, alterando sus colores y rasgos sin ocultarlos enteramente.--Al final del primer acto (llamémosle así; la transición consistía en extender un riquísimo paño por delante del escenario, y dejarlo caer á los cinco minutos), y mientras nos presentaban amplias bandejas cargadas de golosinas, refrescos y sorbetes, de súbito vi claro: el asunto del drama no era sino la vida de Jesucristo, interpretada á estilo persa.

»Se apoderó de mí una tristeza involuntaria. Temía una profanación, una burla, cualquier desmán que hiriese mis sentimientos, y hasta que pudiese obligarme á faltar al respeto al monarca levantándome y retirándome. En voz baja le pregunté si creía que me sería posible permanecer allí; y el chá, con lenta inclinación de cabeza, me tranquilizó; después, volviéndose hacia mí, murmuró seriamente, con toda su oriental majestad:

--»No temas ofensa alguna para tu fe, ni para tu gran Profeta.

»En efecto, las páginas principales de la sagrada Vida iban desarrollándose más ó menos ingenua y peregrinamente interpretadas, pero con profundo sentido de veneración y de simpatía hacia el Salvador de los hombres. Jesús aparecía niño, jugando en el atrio del templo; después le veíamos predicar á las multitudes; presenciábamos la tentación en la Montaña, el diálogo con Eblis, genio del mal, y por último, en el tercer acto, penetrábamos de lleno en el drama de la Pasión, al ser preso Jesús en el Huerto, no sin que se trabase ruda y encarnizada batalla entre los discípulos y los sayones, que todos iban armados hasta los dientes, con kanjiares, puñales, pistolas inglesas y espingardas, y dispararon hasta agotar la pólvora, siendo esta parte de la función, gracioso anacronismo, lo que más parecía entusiasmar al auditorio. Era indudable que el papel de traidores lo desempeñaban los enemigos de Jesús, lo cual se traslucía hasta en el modo de vestirse y de caracterizarse los actores, siniestros y feroces, antipáticos de veras.

»Al principiar el acto cuarto, que debía ser el último, el actor que desempeñaba el papel de Jesús apareció atado á una columna de jaspe, y empezó la escena de la flagelación, que desde el primer instante me crispó los nervios. Supuse que se trataba de un juego escénico, pero así y todo salté en el asiento, y me tapé los ojos con el pañuelo disimuladamente. Era el actor un hombre joven, como de unos veintiocho años, de noble tipo semítico; llevaba los negros cabellos crecidos y partidos en bucles, y en la escena de la tentación, dialogando con Eblis, había tenido acentos llenos de dignidad, de desdén y de dulzura, conmovedores hasta para los que no entendíamos los conceptos. Ahora, amarrado á la roja estela, con el torso desnudo y el rostro respirando un entusiasmo misterioso, una sed de sufrir, revelábase sin duda como trágico genial--tanta era la verdad de su ficción, la expresiva fuerza de su actitud.--Por lo mismo no quería verle: me conmovía demasiado. El silbido de las cuerdas y de los látigos rasgó el aire; escuché cómo sonaban al herir la carne viva, y hasta oí un sofocado gemido, que semejaba involuntario... Y la voz del chá, su acento de mando, grave y sin embargo cortés, me obligó á atender á pesar mío, diciéndome en inglés, con irónica entonación:

--»No te niegues á mirar. Lo que sucede ahí no es farsa, sino la realidad misma. Persuádete de lo fácil que es padecer resignadamente y hasta con gozo. El papel de tu Profeta lo está desempeñando á lo vivo y sin protestar un _babista_ condenado á muerte... Ya le verás crucificar después.

»El grito que exhalé debió de ser terrible; como que se detuvieron los verdugos, y Nasaredino me fulminó una ojeada severa, tétrica, imponente. Otra mujer se hubiese acobardado; pero una inglesa, en caso tal, saca de su orgullo de raza y de su cristianismo fuerza bastante para no arredrarse aunque se le viniese encima el mundo. No sé lo que dije al chá: primero creo que le anuncié una cruzada de las naciones civilizadas contra sus reinos y su poder, y le vaticiné venganzas humanas y cóleras del cielo; mas como el tirano permaneciese impasible y aún firme y aferrado á su crueldad, una inspiración me sugirió que la causa de Jesús ha de sostenerse por medio de la piedad y de las lágrimas, y arrojándome de súbito á los pies de Nasaredino, cogiendo sus manos llenas de anillos magníficos, las besé, las mojé con llanto, las sujeté, las apreté, hasta que una voz, á mi parecer descendida del cielo, murmuró casi en mis oídos:

--»Levántate, extranjera. Serás complacida. Te regalo la vida de ese perro.

»No sé lo que respondí. Debieron de ser extremos de júbilo tales, que el grave y pálido rostro del chá se iluminó con una fugitiva sonrisa, y su mano derecha, salpicada de mi lloro, que resplandecía sobre las sortijas de piedras, se extendió en imperativo ademán, comprendido instantáneamente por los que torturaban al desdichado, ya cubierto de sangre. No era sólo la vida, era la libertad lo que le otorgaba aquel gesto mudo, y en el exceso de mi alegría, echéme á llorar otra vez...»

Al llegar aquí guardó silencio la inglesa, y yo sólo acerté á preguntar:

--¿Y qué fue del hombre á quien usted salvó?

--Ese hombre...--balbuceó miss Ada,--dos años después... asesinó á Nasaredino... ¡Sí, el mismo, el perdonado!... Ya ve usted cómo no hay en el mundo sino una verdad, que es la verdad de Jesús... Para un cristiano, sería sagrado el hombre que supo perdonar, siquiera una vez. Y yo, desde entonces, particularmente estos días de Semana Santa, rezo siempre por el que me regaló una vida; imploro á Dios como imploré al rey absoluto, que al fin me escuchó y se ablandó... Tal vez sea una ilusión rezar por Nasaredino, pero ilusión que me consuela.

--Y por el matador, ¿no reza usted?--interrogué cuando nos detuvimos ante el bello pórtico de la catedral.

--¡También debo hacerlo!--exclamó miss Ada después de vacilar un instante.

CUENTOS DE LA PATRIA

VENGADORA

En aquellos días de angustia y de zozobra, surcados por relámpagos de entusiasmo á los cuales seguía el negro horror de las tinieblas y la fatídica visión del desastre inmenso; en aquellos días que, á pesar de su lenta sucesión, parecían apocalípticos, hube de emprender un viaje á Andalucía, adonde me llamaban asuntos de interés. Al bajarme en una estación para almorzar, oí en el comedor de la fonda, á mis espaldas, gárrulo alboroto. Me volví, y ante una de las mesitas sin mantel en que se sirven desayunos, vi de pie á una mujer á quien insultaban dos ó tres mozalbetes, mientras el camarero, servilleta al hombro, reía á carcajadas. Al punto comprendí; el marcado tipo extranjero de la viajera me lo explicó todo. Y sin darme cuenta de lo que hacía, corrí á situarme al lado de la insultada, y grité resuelto:

--¿Qué tienen ustedes que decir á esta señora? Porque á mí pueden dirigirse.

Dos se retiraron tartamudeando; otro, colérico, me replicó:

--Mejor haría usted, barajas, en defender á su país que á los espías que andan por él sacando dibujos y tomando notas.

Mi actitud, mi semblante, debían de ser imponentes cuando me lancé sobre el que así me increpaba. La indignación duplicó mis fuerzas, y á bofetones le arrollé hasta el extremo del comedor. No me formo idea exacta de lo que sucedió después: recuerdo que nos separaron, que la campana del tren sonó apremiante avisando la salida, que corrí para no quedarme en tierra, y que ya en el andén divisé á la viajera entre un compacto grupo que me pareció hostil; que me entré por él á codazos, que la ofrecí el brazo y la ayudé para que subiese á mi departamento; que ya el tren oscilaba, y que al arrancar con brío escuché dos ó tres silbidos, procedentes del grupo...

Sólo entonces acudió la reflexión; pero no me arrepentí de mis arrestos, y únicamente me pregunté por qué había metido en mi departamento á la viajera, causa del conflicto. ¿Para protegerla mejor quizás?... ¿Quizás para hablar con ella á mis anchas y esclarecer mis dudas, averiguando si, en efecto, era una traidora enemiga? Lo primero que hice fue examinarla despacio, mientras ella se acomodaba y colocaba su raído saquillo en la red. Anglo-sajona, saltaba á la vista: la marca étnica no podía desmentirse. Carecía de belleza: sus facciones sin frescura, sus ojos amarillentos, su cuerpo desgarbado, su talle plano, la quitaban toda gracia, perturbadora. Y para que me sedujese menos, bastó el movimiento que hizo al volverse hacia mí y tenderme virilmente una mano huesuda y rojiza, que estrechó la mía, sacudiéndola. Con voz, eso sí, muy timbrada y dulce, la extranjera pronunció:

--Gracias, señor; mil gracias.

Confuso, disculpé mi rasgo:

--Yo no podía consentir aquella barbaridad. De seguro que usted no es espía, señora; acaso ni es usted americana siquiera. Inglesa, ¿verdad?

--¡Ah! No, señor. Soy, en efecto, yanqui.

Y al notar que me estremecía, añadió alzando el brazo y cogiendo su saquillo:

--Pero no soy espía. Vea mi álbum y mis dibujos.

Hojeé el álbum. Estaba atestado de apuntes arquitectónicos y croquis de tipos pintorescos: una ventana florida, una reja salomónica, un borriquillo, un paleto...

--¿Es usted artista?

--Muy poco... mera afición... Por mi oficio soy _tipógrafo_. Trabajo... es decir, trabajaba en una imprenta de Boston... Ahora no sé qué haré.

Mi curiosidad se inflamó. Adiviné un misterio, y me prometí aclararlo. La voz de mi protegida tenía tan blandas inflexiones, sus pupilas estaban tan húmedas de gratitud al encontrarse con las mías, que pensé: «Por un momento eres dueño de esta mujer. Aprovecha este instante y sorprende su alma, desdeñando el barro que la envuelve; es más gloriosa siempre una conquista del espíritu.» Con diplomacia suma, murmuré inclinándome:

--No. Temo que crea usted que quiero cobrarme de tan insignificante servicio como el que tuve la suerte de prestarla...

La extranjera calló; pero un tinte rosado, vivo, fluído, se esparció por su marchito rostro, embelleciéndolo... Era un arrebol de alegría, de ilusión, de agradecimiento pasional ante frases de galante respeto que acaso por vez primera resonaban en sus oídos. La vi llevarse la mano al corazón, y, fingiéndome distraído, noté que me miraba de un modo expresivo, afanoso. La voz de plata se elevó conmovida:

--Pues prefiero contarle lo que me pasa, si no le molesta... Tal vez, después de oirme, ya no me tendrá nunca por una espía.

Solícito y demostrando rendimiento me acerqué, no sin arrojar antes el cigarro que acababa de encender en aquel instante.

--No soy espía--declaró ella lentamente--y no puedo serlo, porque detesto el sentimiento patriótico, opuesto á la fraternidad universal. La guerra entre naciones... la repruebo. ¡Los pobres luchando y muriendo... los poderosos recogiendo el honor y el fruto...! Sin embargo, señor... á esa gente que me insultaba, la perdono; comprendo su ceguedad; casi admiro su furia... ¿Qué pensarían, si supiesen...?

Aquí se detuvo, y apoyando uno de sus dedos huesudos sobre los labios, me recomendó discreción acerca de lo que iba á revelar.

--Si supiesen... que vengo trayendo un ramo de oliva al través del Atlántico... á proponer la alianza de los oprimidos y los miserables de allá á los de aquí! Mi conocimiento del español, debido á que pasé años de mi niñez en Méjico, hizo que me escogiesen para esta misión... He explorado el terreno en las comarcas obreras y mineras...

Después de breve pausa, prosiguió:

--Va usted á oir una cosa rara... En España casi he perdido la fe, _mi fe_... No veo la urgencia de ciertas medidas que _allá_ aplicaremos inmediatamente, antes que crezca el monstruo del militarismo y la fuerza nos subyugue. Aquí no existen esas horribles desigualdades, esas colosales desproporciones entre la suerte de los hombres. Aquí no noto la tiranía del dinero ni la insensatez del gastar y del gozar, basada en la brutalidad ciega del millón de millones. Aquí no hay Cresos que, como nuestro Rockfeller... ¿no sabe usted? el rey del petróleo... ó Astor, el rey de las minas... sudan oro y se burlan de Dios... En nuestro país domina la abominación de la riqueza... se alza el ídolo de metal... y allí, y no aquí, es donde la justicia debe hacer su oficio... ¡Y justicia haremos! ¡Se lo prometo á usted! ¡Y pronto! ¡Ah! ¡España! Yo la adoro... Es muy pobre, muy noble, muy simpática, muy sencilla... ¡Nada contra España! Este será mi consejo, señor... Aquí no he encontrado la miseria negra... No siento impulsos de destruir... ¡y soy tan feliz, tan feliz! ¡Si usted supiese...!

Irradiaban las pupilas de la sectaria, y su pecho liso y sin morbidez anhelaba, palpitaba de entusiasmo. Comprendí el error que había hecho confundir á la fanática de la humanidad con la fanática del patriotismo, á la _insatisfecha_ con la espía. Entretanto el tren avanzaba, tragando estaciones, y caía voluptuosamente la bella tarde de Mayo; olor de hierbas y matas florecidas entraba por la ventanilla abierta, y ya la luna, dibujando sobre el verde fino y el oro amortiguado del cielo su ligera segur de plata, añadía un toque poético á la deliciosa paz de la Naturaleza, indiferente á nuestras agitaciones y nuestras luchas, á los grandes dolores colectivos ó individuales... Mi compañera había enmudecido, y vuelta, contemplaba el paisaje: nos acercábamos al cruce; casi nos deteníamos... Ella se encaró conmigo, y exaltada, en pie ya para bajarse, repitió:

--¡España! ¡Qué hermosa! ¡Vivir aquí... vivir aquí!

En rápido é imprevisto arranque, sentí su cara pegada á la mía, el calor de sus mejillas halagando mi sién... Después empujó la portezuela, y al saltar al andén, siempre muy agarrada á su raído saquillo, todavía me gritó con la solemnidad de misteriosa promesa y el ceño fruncido por sombría amenaza:

--¡Adiós... Vuelvo allá... vuelvo á mi tierra!

EL CATECISMO

Hasta las diez duraba la velada de familia, y Angelito regateaba siempre cinco minutos ó un cuarto de hora, refractario á acostarse, como todos los niños en la edad de seis á siete años, cuando empieza á alborear la razón. Mientras Rosario, la madre, cosía sin prisa, levantando de tiempo en tiempo su cabeza bien peinada, su cara sonriente, que la maternidad había redondeado y dulcificado por decirlo así, Carlos, el padre, daba lección al muchacho. «Si había de perder el tiempo en el café...» solía responder como excusándose, cuando los amigos, en la calle, le embromaban, soltándole á quemarropa: «Ya sabemos que te dedicas á maestro de primeras letras...»

La verdad era que Carlos se había acostumbrado á la lección, á la intimidad dulce de las noches pasadas así, entre la mujer enamorada y contenta y el niño precoz, inteligente, deseoso de aprender. Fuera, la lluvia caía tenaz, el viento silbaba, ó la helada endurecía las losas de la calle; dentro, la lámpara alumbraba cariñosa al través de los rancios encajes de la pantalla, la chimenea ardía mansamente, y la atmósfera regalada y tranquila del gabinete se comunicaba á la alcoba contigua, nido de paz y de ternura, tan diferente de las sombrías y hediondas madrigueras donde solían agazaparse los amigotes de Carlos,--los mismos que se creían unos calaverones y se burlaban solapadamente del padre profesor de su hijo.

Aquella noche Angelito estaba rebelde, distraído, desatento á la enseñanza. Al leer se había comido la mitad de las palabras, y obligado á volver atrás y repetir lo saltado, su vocecilla adquirió esos tonos irritados y chillones que delatan la cólera pueril. Al escribir hizo la trompeta con el hociquito, engarrotó el portaplumas, echó más de una docena de _calamares_ en el papel, y por último estrelló la pluma en un movimiento precipitado, y la tinta saltó hasta la blanca labor de la madre, que exhaló un grito de sorpresa y enojo. Carlos miró á su mujer, y meneó la cabeza y se tocó la frente como significando: «No sé qué le pasa hoy á esta criatura.» Y Rosario, levantándose, cogió al rapaz en el regazo y le dirigió las inquietas interrogaciones maternales. «¿Qué tienes, vida? ¿Te duele algo? ¿Es sueño? ¿Es pupa aquí, aquí?» Y le acariciaba las mejillas y las sienes, tentando por si sorprendía el fuego de la calentura. ¡Enferma tan pronto un niño!

No encontrando calor ni ningún síntoma alarmante, Rosario engrosó y endureció la voz.

--Vas á ser bueno... Ya sabes que no me gustan los nenes caprichosos... El pobre papá se pondrá malito si le haces rabiar; después tienes tú que cuidarle á él y que llevarle las medicinas á la cama... Vamos, Angel, á concluir las lecciones; aún te falta por dar el Catecismo...

Angel, sin responder, miraba fijamente á un rincón obscuro del cuarto. La contracción de su carita, la inmovilidad de sus ojos de un azul fluído y transparente, delataban una de esas luchas con ideas superiores á la edad, que devastan y maduran á la vez el tierno cerebro de los niños.

--Mamá--respondió por fin muy despacio, como si hablase en sueños:--¿y el tío Alejandro, no viene nunca?

La madre se estremeció. El recuerdo del hermano que estaba en la guerra con su regimiento la asaltaba también á Rosario muchas veces en medio de su ventura doméstica, y se la envenenaba con el temor de que á la misma hora en que ella descansaba entre limpias sábanas, cerca de unos brazos amantes, pudiese Alejandro yacer cara al sol, con el pecho taladrado y las pupilas vidriadas para siempre.

--¿No viene nunca tío Alejandro, mamá?--repitió el chico con ese acento infantil que anuncia llanto.

--Vendrá si Dios quiere, hijo mío--respondió la madre con rota voz, apretando contra el seno á la criatura.

--¿Cuándo vendrá? Papá, ¿cuándo? ¿Vendrá esta semana, di?

--No sé, querido--exclamó el padre.--A ver, la cartilla. Que es tarde, muñeco.

--¿Pero cuándo? papá. ¿Por qué no lo sabes tú?

--Porque hasta que se acabe la guerra, mi cielo... hasta que se acabe, tío Alejandro no puede venir.

Los ojos de turquesa del niño se obscurecieron á fuerza de concentración y de ímprobo trabajo para entender.

--¿Cómo es la guerra?--exclamó por último.

--Pelear unos contra otros, á ver quién gana.