Cuentos de navidad y reyes; cuentos de la patria; cuentos antiguos
Part 7
GASPAR (enderezándose sobre su montura, requiriendo la espada, frunciendo las cejas y echando chispas por los ojos).--Patriarca de los Magos, bien te lo pronostiqué. El nacido Rey de los judíos no es vil mercader que quiere atesorar riquezas sin cuento en los subterráneos de su morada. La codicia rebaja el alma y la hace pegajosa y grosera como la arcilla que, despreciándola, pisamos. Mi don es el único que pudo complacer al primogénito de la Virgen. Tú le trajiste oro, por monarca; yo mirra, por hombre. Hombre ha querido nacer, y el llamarse hombre será su mejor título. La mirra, amarga como el vivir y como el vivir sana y fortificante; he ahí lo que conviene á quien ha de realizar obra viril, obra de vigor y salud. ¿Creéis que se puede ser grande y noble y fuerte sin gustar el cáliz amargo? Aquí me tenéis á mí, ¡oh, sabios!: he combatido, he sufrido, he vencido monstruos, he lidiado con tentaciones horribles, me he visto mil veces en manos de mis enemigos y el soplo del martirio ha rozado mi sien. Pues sólo un día he llorado, y una gota de mi llanto, cayendo en el ánfora de la mirra, le prestó su tónica y sabrosa amargura y quizás su balsámico perfume. Yo también veo al Niño, Baltasar, pero le veo combatiendo, arrollando, venciendo, aplastando dragones, sometiendo á su yugo á la humanidad, sufriendo y regando con sangre una palma. Bien hice en traerle mirra.
MELCHOR (tímidamente, con humildad profunda).--Yo no sé si habré acertado, y, sin embargo, por la alegría que me inunda, presumo que el Niño no rechaza mi don. Tú, venerable y doctísimo Baltasar, le obsequiaste con oro, considerándole Rey. Tú, indomable y valeroso Gaspar, le trajiste mirra, teniéndole por hombre. Yo, el último de vosotros, el más ignorante, el etiope de negra tez, le ofrecí unos granos de incienso, pues mi corazón le presentía Dios.
BALTASAR y GASPAR, _atónitos_.--¡Dios!
MELCHOR (con fe y persuasión ardiente).--Sí, Dios. Ahora mismo, en medio de esta serena noche, sobre el limpio azul del cielo, he visto resplandecer su divinidad. Ahí están las naciones postradas á sus pies y redimidas por Él, y por Él igualados todos los hombres. Mi progenie, la obscura raza de Cam, ya no se diferencia de los blancos hijos de Jafet. Las antiguas maldiciones las ha borrado el sacro dedo del Niño. No le reconocéis así al pronto, porque es un Dios diferente de los Dioses que van á morir: no condena, ni odia, ni extermina; ama, reconcilia, perdona, y sólo con acercarme á Él noto en mi corazón una frescura inexplicable y en mi espíritu una paz que glorifica. Así que llegue á mi reino abriré las prisiones, licenciaré los ejércitos, condonaré los tributos, daré libertad á mis concubinas y me pondré desarmado en medio de la plaza pública á confesar mis yerros y á que mis enemigos, si lo desean, tomen venganza de mí.
BALTASAR.--Me dejas confuso, Melchor. Tu creencia se asemeja á la locura.
GASPAR.--No te entiendo bien, Melchor. Tu creencia me parece afeminada, impropia de un Rey.
MELCHOR.--No sé defenderla con razones. Hago lo que siento.
BALTASAR.--Mi dádiva era preciosa.
GASPAR.--La mía era digna y noble.
MELCHOR.--La mía expresa mi pequeñez y sólo significa adoración.
BALTASAR.--Reuniendo las tres en una, quizas obtendríamos algo que hiciese sonreir al prodigioso Niño.
GASPAR.--No puede ser. ¿Dónde habrá un don que convenga al Rey, al Hombre y al Dios juntamente?
(_La luna brilla con claridad más suave, más misteriosamente dulce y soñadora. El desierto parece un lago de plata. Sobre el horizonte se destaca una figura de mujer bizarramente engalanada y ricamente vestida, hermosa, llorosa, con larga cabellera rubia que baja hasta la orla del traje. Lleva en las manos un vaso mirrino lleno de ungüento de nardo, cuya fragancia se esparce é impregna la ropa de los Magos y sube hasta su cerebro en delicados y penetrantes efluvios. Y los tres Reyes, apeándose y prosternados sobre el polvo del desierto, envidian, con envidia santa, el don de la pecadora Magdalena._)
EL ROMPECABEZAS
El niño es una de esas criaturas delicadas y precozmente listas, que se crían en las grandes poblaciones, privadas de aire, de luz, de ejercicio, de alimento sólido y sano, víctimas de las estrecheces de la clase media, más menesterosa á veces que el pueblo. Siempre limpito, con su pelo bien alisado, formal, dócil y reprimido naturalmente, Eloy no da en la casa quebraderos de cabeza. Verdad que si los diese, ¿cómo se las arreglaría para meterle en costura su infeliz mamá, viuda, sola y atacada de un padecimiento crónico al corazón? Precisamente la verdadera causa del buen porte y conducta de Eloy es esa vehemente y temprana sensibilidad que suele despertar en las criaturas el temor de hacer sufrir á un ser muy amado, de entristecer unos ojos maternales, de agravar una pena que adivinan sin poder medir su profundidad.
Eloy estudiaba las lecciones al dedillo, porque su madre sonreía con descolorida sonrisa cuando le oía recitarlas de memoria; Eloy cuidaba mucho la ropa y el calzado, porque se daba cuenta de que su madre no tenía para comprar y reponer lo manchado ó roto; Eloy se recogía á casa al salir de la escuela, en vez de quedarse pilleando y haciendo demoniuras con sus compañeros, porque su madre se alegraba al verle volver, y el chiquillo, con la intuición del corazoncito cariñoso, olfateaba que la melancolía de mamá se aliviaba con su presencia, y que al enviarle á aprender, separándose de él por largas horas, realizaba un sacrificio.
Recordaba Eloy, sin embargo, confusa y minuciosamente á la vez, como recuerdan los niños, tiempos recientes en que su madre no se quejaba, en que vivía gozosa. Es cierto que entonces un hombre joven, brioso, animado, de pisar fuerte y negros bigotes, vivía en la casa.--¡El papá!--Eloy asociaba su memoria á la de cabalgatas en las rodillas ó sobre la punta del pie, violentos besos en los carrillos, un simpático olor á cigarro fino, risas y juegos y humoradas como de otro muchacho... Después... el papá desaparecía, y la mamá tenía á toda hora los párpados hinchados y rojos. La casa se volvía callada y tristona, y Eloy sentía escrúpulos, recelos de jugar ó de pedir alto la merienda, porque le parecía estar dentro de una iglesia obscura ó de un sepulcro. Los conocidos que encontraba le hablaban en tono compasivo al preguntarle «si había noticias de papá, que estaba en la guerra» ¡En la guerra! Por el acento con que madre y amigos modulaban la frase, comprendía Eloy que la guerra era una cosa muy terrible, atroz, malísima. ¿Quizás en la guerra papá se podía morir? ¡Ah! ¡vaya si podía! Como que una tarde, al volver de la escuela, Eloy encontró a su madre con un síncope, á la criada hipando, á las vecinas del segundo que se lo llevaron y le atracaron de golosinas «para que no se impresionase, pobre pequeño...» Y al otro día mamá le reclamó, le abrazó silenciosa, sin verter una lágrima, y le vistió de negro; traje entero, desde las medias hasta la boina... El muchacho no sabía definir, no acertaría á explicar en qué consistía la muerte, pero estaba seguro de que era algo espantoso, y que ese algo les impediría ya para siempre vivir contentos. Lloró á escondidas por no afligir más á su madre, y rezó las oraciones que sabía, muchas veces, «por el alma de papá». Desde entonces empezó á empollar firme las lecciones, á no hacer nada malo, á doblar la chaquetita antes de acostarse, á volver «al reloj» de la escuela, con los libros atados bajo el brazo. El alma de papá de seguro aprobaba tal proceder.
Sin embargo, el chico más juicioso es chico al fin, y Eloy, como oyese en los primeros días del año las conjeturas de sus compañeros acerca de lo que traerían los Reyes, y los proyectos de zapatos colocados en la ventana ó la chimenea, no pudo menos de dar suelta á la imaginación. También él deseaba que los Reyes le trajesen algo... ¿Por qué no se lo habían de traer, señores? ¿No había sido bueno el año enterito? Si pusiese su zapato en el alféizar de la ventana, ¿era justo que el zapato amaneciese vano como avellana vieja?
Afortunadamente, la misma idea de equidad se había abierto camino en el espíritu de la madre de Eloy. Ella, que jamás salía, que se ponía á morir en las escaleras, se echó á la calle la tarde del 5 envuelta en su modesto coleto de paño pasado de moda, y se detuvo en la tienda de juguetes. Cuando volvió á casa llevaba escondida una cajita plana de cartón. La escasez, al imponer el cálculo, destruye muchos gérmenes de poesía. ¡Qué no hubiese dado aquella madre por traer á su niño el fogoso caballo mecánico, la reluciente bicicleta, el caprichoso cinematógrafo, la locomotiva de vapor con ténder y vagón, raíles verdaderos y caldera de cobre! Pero ¡ay! eran caprichos de media onza, diez duros, quince, y el bolsillo se encogía aterrado... No, no; convenía que el regalo de los Santos Reyes Magos sabios y doctos no fuese una inutilidad, sino que coadyuvase á la instrucción del niño... Y la madre adquirió por módico precio un rompecabezas geográfico, nada menos que el mapa de España... Así Eloy, jugando, aprendería mejor lo que ya había dado pruebas de no ignorar, pues en geografía llevaba el número uno.
Levantándose á media noche, dejó el huérfano su zapato entre la fría ceniza de la chimenea del gabinete, la única de la casa, encendida rarísima vez. Por la mañana saltó de la cama, descalzo y tiritando, á ver si los Reyes... ¡Sorpresa inolvidable! Sus majestades se habían dignado venir: allí estaba la dádiva, el obsequio... ¿Qué encerrará aquella cajita chata, tan mona con sus filetes dorados?... Eloy la cogió afanoso, se volvió á la cama blanda y tibia, y allí, con los brazos fuera y el tronco bien abrigado, desató la cinta y miró... ¡Anda, corcho! Los Reyes le habían traído un mapa... Como les constaba el comportamiento de Eloy, su costumbre de _sabérsela_... ¡De todos modos, un mapa! ¡Pch!... ¿No valía más un aristón ó una linterna mágica igual á la de Pepito Ponzano, que siempre la estaba refregando por las narices á los otros?... Empezó Eloy á reconciliarse con los Reyes, al averiguar que el mapita era de pedazos y se desbarataba y volvía á arreglarse... Y ya levantado, tomado el café caliente, mientras mamá se preparaba para ir á misa, Eloy se divirtió, armó y desarmó el país, barajó á España cien veces, revolviendo á Zaragoza con Valladolid y á Salamanca con Vigo...
De pronto, meditabundo, interrumpió su tarea, é interrogó inquieto á su madre:
--Mamá, te han engañado... El juguete está incompleto. Falta aquí mucha España. No encuentro la isla de Cuba. Ni á Puerto Rico... ¡Falta España!
Arrasáronse los ojos de la madre, y se quedó parada, con el velito á medio prender. Por último, encogiéndose de hombros:
--¡Esas tierras estaban tan lejos!--dijo.--Y ya no son de España, mira... Acierta el rompecabezas, porque... ya no son. ¡Allí murió tu padre...!
Eloy calló: una tristeza mayor que las habituales, desmedida, que no cabía en el alma de un niño, pesó un instante sobre su pensamiento. Y con ademán expresivo apartó, rechazó el regalo de los Reyes.
EN SEMANA SANTA
A la cabecera del moribundo estaban Preciosa y Conrado, asistiéndole en sus últimos instantes, temblorosos como el criminal que sube las escaleras del cadalso. Y criminales eran--aunque criminales triunfantes y coronados por el ciego destino--Conrado y Preciosa. El que, después de largos sufrimientos, sucumbía en el cuarto impregnado de olores á medicinales drogas, entristecido por la luz amarillenta de la lamparilla que iba extinguiéndose al par que la vida del agonizante, era el esposo de Preciosa, el protector y bienhechor de Conrado; y para los que de común acuerdo le engañaron y ofendieron sus canas, no tuvo nunca aquel honradísimo viejo, generoso y confiado como un niño, más que palabras de dulzura y hechos de bondad y amor. Abierta siempre á Conrado su bolsa y su casa; abiertos siempre los brazos y el corazón para Preciosa, cuya juventud no quiso entristecer nunca con severidades de anciano y melancolías de enfermo, el infeliz tenía derecho á la gratitud y al respeto más tierno y grave..., ya que otros sentimientos vehementes no pueda inspirarlos la senectud. Y ahora se moría, se moría lentamente..., después de advertir á Preciosa que quedaba instituída su única heredera, y que, si no sentía repugnancia por Conrado, á quien él miraba como hijo, deseaba que ambos le prometiesen casarse á la terminación del luto.
Cuando manifestó así su voluntad, en voz desmayada y flaca y apoyando sus manos ya frías en las manos febriles de Conrado y Preciosa, los dos se estremecieron, y sus ojos, como delincuentes que tratan de ocultarse y no saben dónde, vagaron por el suelo, cargados con el peso de la vergüenza. Preciosa, sin embargo, mujer y extremada en la pasión, fue la primera que recobró ánimos, y reaccionando violentamente, trató de atraer la mirada de Conrado y de pagarla con una débil sonrisa. Pero Conrado, como si sintiese picadura de víbora, se retiró al fondo de la alcoba, y dejándose caer en la meridiana, escondió entre las palmas el rostro. Un silabeo apenas perceptible del moribundo le llamó otra vez á la cabecera del lecho. «Conrado, mira, soy yo quien te lo ruega en este momento solemne... No dejes desamparada á Preciosa... Que sea tu mujer, y quiérela y trátala... como la quise yo... Siquiera por el día en que estamos..., dame palabra.» Y Conrado, balbuciente, sólo pudo barbotar: «La doy, la doy...» Lució una chispa de contento en las apagadas pupilas del moribundo; pero como si aquel esfuerzo hubiese agotado el poco vigor que le quedaba, cayó en un sopor, nuncio del fin. Tal fue la opinión del médico, que aconsejó se trajese la Extremaunción sin tardanza; pero al llegar el sacerdote con los santos óleos, no había calor vital en el cuerpo; Preciosa lloraba de rodillas, y Conrado, agitadísimo, paseaba desesperadamente arriba y abajo por el gabinete que precedía á la estancia mortuoria... El sacerdote, que salía, le tocó suavemente en el hombro.
--No se aflija usted--dijo en tono afectuoso, confundiendo con un gran dolor aquel acceso de remordimiento agudo.--Las virtudes de este señor le habrán ganado un puesto en el cielo. Y después, la misericordia de Dios, ¡especialmente en el día en que estamos!...
Era la segunda vez que esta frase resonaba en los oídos de Conrado; pero ahora resonó, más que en los oídos, en el alma. ¡La misma del moribundo! «El día en que estamos...» ¿Y qué día era? Conrado necesitó hacer memoria, reflexionar... Recordó de pronto; un relámpago hirió su imaginación fuertemente. El día era el Viernes Santo.
Pocos instantes después de haberse retirado discretamente el sacerdote, que prometió volver á velar el cuerpo, acercóse Preciosa á Conrado de puntillas y quedó espantada de su actitud, del movimiento que hizo al verla tan próxima. ¡Qué desventura! Conrado ya no la quería; á Conrado le infundía horror desde que la muerte había penetrado allí... Adivinaba el estado de ánimo de su cómplice, y precaviendo el porvenir, aspiraba á disipar aquella nube de tristeza, aquella alteración de la conciencia impura. «Si esta noche vela el cadáver, se preocupará más; se grabará doblemente en su espíritu esta impresión terrible...» Una idea acudió á la mente de Preciosa, fértil en expedientes, atrevida--como hembra apasionada y resuelta á lograr su antojo.--Entró en la estancia mortuoria, y sobre el mueble incrustado, frente á la cama, buscó, entre otros frascos, el que contenía poderoso narcótico. Una gota calmaba y amodorraba; dos adormecían; tres ó cuatro producían ya un sueño largo, invencible, muy duradero, semi-letal... Al poco rato, Preciosa se acercó á Conrado nuevamente y le sirvió por su mano una taza de tila. «Bebe, estás nervioso.» Conrado bebió por máquina; apuró la calmante infusión... Cuando empezó á notar cierta pesadez incontrastable, le guió Preciosa á su propio cuarto, le reclinó en el amplio diván, revestido de raso y almohadillado de encaje, cubrióle con rico pañuelo de Manila, le abrigó con edredón ligero los pies, le puso almohadas finas bajo la nuca. «Duerme, duerme--pensó--y no despiertes hasta que esté fuera de casa _el otro_...»
* * * * *
Conrado, entretanto, abría los ojos, sacudía el sueño de plomo que le había postrado, y se restregaba los párpados, notando que el sitio en que se encontraba no era el elegante dormitorio de su tentadora Preciosa, sino una calzada en cuesta, empedrada de losas rudas y anchas, sobre la cual caía á plomo un sol ardoroso y esplendente, como de primavera en país cálido. Miró en derredor. A sus pies se extendía una ciudad que le parecía conocer mucho: ¿dónde había visto él aquellas puntiagudas torres, aquellos extensos baluartes, aquel recinto fortificado, aquellas casas cónicas, aquel monumental templo, aquellas puertas angostas, sombrías, bajo las cuales cruzaban dromedarios y bueyes guiados por hombres de atezado cutis? La vestimenta de estos hombres también se le figuró á Conrado, aunque extraña, _vista_ alguna vez, no en la realidad, sino en esculturas ó cuadros: como que era la indumentaria hebraica de la gente humilde en tiempo de Augusto--la _chituna_ ó túnica ceñida, el _tallith_ ó manto, el _sudaz_ que rodea las sienes, el ceñidor que ajusta el ropaje, y los pies descalzos, ó metidos en gastadas sandalias de cuero.--Conrado pensó oir una voz persuasiva, salida quizás de lo íntimo de su ser, que murmuraba misteriosamente:
--Esa ciudad es Jerusalén.
¡Jerusalén! Conrado casi no se admiró. Jerusalén no era para él un lugar exótico. ¡En Jerusalén había pensado tantas veces! Desde niño, por el Nacimiento que preparaba su madre, se había familiarizado con Jerusalén... En Jerusalén tenía hogar su espíritu, su fe tenía casa propia. Lo único que sintió fue inmensa alegría... Imaginó volver de un largo destierro.
Un grupo de gente que se apiñaba en la puerta fijó la atención de Conrado. Instintivamente siguió al grupo. Por un camino que defendían á ambos lados setos de chumberas y que orlaban palmas y vides, rosales de Jericó é higueras ya cubiertas de hoja, dirigíase el grupo hacia áspero cerrillo, que destacaba sus líneas duras sobre el horizonte color de violeta. Bullía una muchedumbre en la colina; hormigueaban los de á pie, y se mantenían inmóviles sobre sus recios corceles los legionarios, cuyas lorigas y rodelas rebrillaban. Dominando la multitud, coronando la escena, erizando el cerro, se erguían tres cruces negras, sobre las cuales parecían estatuas de pórfido rosa, desde lejos, los cuerpos de los tres ajusticiados...
Conrado, entonces, tampoco se asombró, tampoco se creyó juguete de un delirio. Al contrario: se penetró de que estaba asistiendo, no á un drama, á la representación de la verdad misma. Aquella escena, aquella triple crucifixión, y sobre todo una de las cruces, la llevaba él dentro desde los primeros días de la niñez. Si había sufrido, era cuando, teniéndola en sí, no podía verla ni contemplarla; cuando se le desvanecía, como se desvanece el rostro de una persona querida al querer reconstruirlo cerrando los ojos... ¡Qué felicidad, poseer de nuevo la visión--clara, concreta, firme, indubitable--de _la Cruz_; no una cruz de oro, plata ni bronce, sino la Cruz viva, el madero al punto en que lo calienta el calor del Cuerpo divino y lo empapa la Sangre redentora! Conrado, sin aliento, de tan aprisa como iba, seguía al grupo, subiendo la agria cuesta, hollando el seco polvo y los abrojos espinosos del siniestro Gólgota, salpicado de blancos huesos humanos que calcinaba el sol... Su afán era colocarse cerca de la Cruz, ver la cara del Salvador en la suprema hora.
Era difícil la empresa. Bullía cada vez más compacta la muchedumbre. Como sucede en sueños, á cada obstáculo que Conrado lograba vencer, surgían otros mayores, insuperables. Nadie le quería abrir paso. Pastores de la sierra, tratantes y tenderillos de la ciudad, mujeres harapientas con niños famélicos en brazos, fariseos altaneros, esenios pálidos y compadecidos, hijas de Jerusalén, modestas burguesas que bajaban los ojos llenos de lágrimas al ver las torturas del Maestro, y por último, los soldados á caballo, enhiesta la lanza, se atravesaban para impedir que nadie salvase el círculo de cuerda y estacas que rodeaba los patíbulos. Conrado suplicaba, cerraba los puños, quería infiltrarse, llegar hasta la cruz central, más alta que las otras, donde colgaba Jesús; quería verle vivo, antes del momento en que, doblando la cabeza, exclamase: «Todo se acabó.» Una angustia profunda se apoderaba de Conrado. ¿Lo conseguiría cuando ya el Salvador hubiese muerto? Y bañado en sudor, anhelante, afanoso, corría, corría en dirección á la cima del cerro, que siempre se le figuraba más distante.
Sus ojos divisaron entonces á una mujer abrazada al árbol mismo de la Cruz; y sin reparar que la mujer estaba casi desvanecida de congoja, fijándose sólo en que á aquella mujer _también la conocía_, gritó con esfuerzo:
--¡María, María de Nazareth!, alárgame la mano, que quiero llegar hasta tu hijo.
Y María de Nazareth, temblorosa, con los ojos inflamados, trágica la actitud, se adelantó, alargó la mano, cubierta por un pliegue del manto, y Conrado, inmediatamente, se halló al pie del madero, tan cerca, que el ruido del afanoso resuello del moribundo se le figuraba un huracán. Sin embargo, pensó con gozo:
--¡Vive! ¡Vive! ¡Puede escucharme todavía!
Y alzando la frente, doblando las rodillas, poniendo la boca sobre el palo ensangrentado, cerca de los sagrados pies, Conrado suspiró:
--¡Jesús, Jesús, no me abandones!...
Y ¡oh asombro!; una voz dulce, empapada en lágrimas, respondió desde arriba:
--Tú eres el que me abandonaste hace años, Conrado. ¿No te acuerdas?
Profundo sacudimiento experimentó Conrado. Un agudo cuchillo de pena, de contrición, se clavó en su pecho. Miró hacia lo alto con ansia: Jesús ya había inclinado la cabeza; el sol se velaba tras negrísima nube; la tierra se estremecía convulsa; á las plantas de Conrado se abrió una grieta horrible, casi un abismo... y el pecador, atónito, cayó con la faz contra el polvo y las rocas descarnadas...
* * * * *
Al despertarse Conrado de su largo sueño artificial, Preciosa estaba allí, vestida de negro, pero linda, fresca, reposada, espiando el instante de estrechar en sus brazos al durmiente. Éste se incorporó, aturdido aún, sin darse cuenta de lo que le sucedía... Preciosa, sonriendo, quiso halagarle, ser para él la vida que renace al borde de una sepultura. Conrado, sin aspereza, la rechazó; y á paso mesurado, firme, sin tambalearse ya, despejada la cabeza, salió á la antecámara, abrió la puerta, la cerró de golpe y corrió á la calle... Una brisa suave acarició sus sienes. Era la mañana del Domingo de Resurrección.
LA ORACIÓN DE SEMANA SANTA
El último chá de Persia, que, según nadie ignora, murió á manos de un fanático, tuvo en su historia una página de muy pocos conocida, y yo la ignoraría también á no referírmela una viajera inglesa, de esas mujeres intrépidas é infatigables que registran con emoción y curiosidad los más apartados confines del planeta. Cómo se las arregló miss Ada Sharpthorn (que así se llama la inglesita) para obtener la confianza y casi la privanza del chá, y penetrar en la cerrada magnificencia de su palacio y conocer íntimamente á sus allegados, áulicos, cortesanos y generales, es punto de difícil investigación; pero seguramente, al aspirar á este resultado, no se valió miss Ada de ningún medio reprobable, pues compiten en esta valiente exploradora la decencia y pulcritud de las costumbres con la austeridad del criterio moral y la delicadeza de la conducta. Si miss Ada gozó privilegios desconocidos en Persia, debe atribuirse á la tenacidad que sabe desplegar la raza anglo-sajona para conseguir sus propósitos--tenacidad que va haciendo á esa raza dueña del mundo.