Cuentos de navidad y reyes; cuentos de la patria; cuentos antiguos
Part 6
Siguieron, pues, la ruta, atravesando los campos sembrados de trigo, evitando la doble hilera de erguidas columnas que señalaba la entrada triunfal de la ciudad, y buscando la sombra de los olivos y las higueras, el oasis de algún manantial argentino. Abrasaba el sol, y en las inmediaciones de la villita de Betulia la desnudez del paisaje, la blancura de las rocas, quemaban los ojos. «Ahí no encontraremos sino pozos y cisternas, y yo quisiera beber agua que brotase á mi vista», murmuró, revolviendo contra el paladar la seca lengua, el anciano rey Baltasar, que tenía sedientas las pupilas, más aún que las fauces, y se acordaba de los anchos ríos de su amado país del Irán, de la sábana inmensa del Indo, del fresco y misterioso lago de Bactegán, en cuyas sombrosas márgenes triscan las gacelas. La llanura, uniforme y monótona, se prolongaba hasta perderse de vista: campos de heno, planicies revestidas de espinos y de malas hierbas, es todo lo que ofrecía la perspectiva del horizonte; en el cielo, de un azul de ultramar, las nubes ensangrentadas del Poniente devoraban el resplandor de la Estrella, haciéndola invisible. Entonces Melchor, el rey negro, desciende de su montura, y cruzando sobre el pecho los brazos, arrodillándose sin reparo de manchar de polvo su rica túnica de brocado de plata, franjeada de esmeraldas y plumas de pavo real, coge un puñado de arena y lo lleva á los labios, implorando así:
--Poder celeste, no des otra bebida á mi boca, pero no me escondas tu luz. ¡Que la Estrella brille de nuevo!
Como una lámpara cuando recibe provisión de aceite, la Estrella relumbró y chispeó. Al mismo tiempo los otros dos Magos exhalaron un grito de alegría: era que se avistaban las blancas mansiones y los grupos de palmeras seculares de En-Ganim. En Palestina, ver palmeras es ver la fuente. Gozosa se dirigió la comitiva al oasis, y al descubrir el agua, al escuchar su refrigerante murmullo, todos descendieron de los camellos y dromedarios y se postraron dando gracias, mientras los animales tendían el cuello y el hocico, venteando los húmedos efluvios de la corriente. Así que bebieron, que colmaron los odres, que se lavaron los pies y el rostro, acamparon y durmieron apaciblemente allí, bajo las palmeras, á la claridad de la Estrella, que refulgía apacible en lo alto del cielo.
Al alba dispusiéronse á emprender otra vez la jornada en busca del Niño. La mañana era despejada y radiante. Los rebaños de En-Ganim salían al pastoreo, y las innumerables ovejas blancas, moviéndose en la llanura, parecían ejércitos fantásticos. La proximidad de la comarca donde se asienta Jerusalén se conocía en la mayor feracidad del terreno, en la verdura del tupido musgo, en la copia de hierba y florecillas silvestres, que no había conseguido marchitar el invierno. Baltasar y Gaspar reflexionaban, al ritmo violento del largo zancajear de sus monturas. Pensaban en aquel Niño, rey de reyes, á quien un decreto de los astros les mandaba reverenciar y adorar y colmar de presentes y de homenajes. En aquel Niño, sin duda alguna, iba á reflorecer el poderío incontrastable de los monarcas de Judá y de Israel, leones en el combate, gobernantes felicísimos en la paz; y la vasta monarquía, con sus recuerdos de gloria, llenaba la mente de los dos Magos. ¡Qué sabiduría, qué infusa ciencia la de Salomón, aquel que había subyugado á todos sus vecinos, desde los Faraones egipcios hasta los comerciales emporios de Tiro y Sidón; el que construyó el Templo gigante, con sus mares de bronce, sus candelabros de oro, su terrible y velado tabernáculo, sus bosques de columnas de mármol, jaspe y serpentina, sus incrustaciones de corales, sus chapeados de marfil! ¡Qué magnificencia la del que deslumbró con su recibimiento á la reina de Saba, á Balkis la de los aromas, la que traía consigo los tesoros del Oriente y las rarezas venidas de las tres partes del mundo, recogidas sólo para ella y que ella arrojaba, envueltas en paños de púrpura, al pie del trono del rey! Cerrando los ojos, Baltasar y Gaspar veían la escena, contemplaban la sarta de perlas desgranándose, los colmillos de elefante ostentando sus complicadas esculturas, los pebeteros humeando y soltando nubes perfumadas, los monillos jugando, los faisanes y pavos reales haciendo la rueda, los citaristas y arpistas tañendo, y Balkis, envuelta en su larga túnica bordada de turquesas y topacios, protegida del sol por los inmensos abanicos de pluma, adelantándose con los brazos abiertos para recibir en ellos á Salomón... No podían dudarlo; el Niño á quien iban á adorar sería, con el tiempo, otro Salomón, más grande, más fuerte, más opulento, más docto que el antiguo. Sometería á todas las naciones; ceñiría la corona del Universo, y bajo su solio, salpicado de diamantes, se postraría la opresora ciudad del Lacio; sí, la ávida loba romana lamería, domada, los pies de aquel Niño prodigioso...
Mientras rumiaban tales ideas, la Estrella desaparecía, extinguiéndose. Encontráronse perdidos, sin guía, en la dilatada llanura. Miraron en torno, y con sorpresa advirtieron que se había separado de ellos Melchor. Una niebla densa y sombría, alzándose de los pantanos y esteros, les había engañado y extraviado, de fijo. Turbados y tristes, probaron á orientarse; pero la costumbre de seguir á la Estrella y el desconocimiento completo de aquel país que cruzaban eran insuperables obstáculos para que lograsen su intento. Ocurrióseles buscar un guía, y clamaron en el desierto, porque á nadie veían ni se vislumbraba rastro de habitación humana. Por fin, aparecióse un pastor muy joven, vestido de lana azul, sujeto á la frente el ropaje con un rollo de lino blanco. Y al escuchar que los viajeros iban en busca del Niño rey, el rústico sonrió alegremente y se ofreció á conducirles.
--Yo le adoré la noche en que nació...--dijo transportado.
--Pues llévanos á su palacio y te recompensaremos.
--¡A su palacio! El Niño está en una cuevecilla, donde solemos recoger el ganado cuando hace mal tiempo.
--Qué, ¿no tiene palacio? ¿No tiene guardias?
--Una mula y un buey le calientan con su aliento...--respondió el pastor.--Su madre y su padre, el carpintero Josef de Nazareth, le cuidan y le velan amorosos...
Gaspar y Baltasar trocaron una mirada que descubría confusión, asombro y recelo. El pastor debía de equivocarse; no era posible que tan gran rey hubiese nacido así, en la miseria, en el abandono. ¿Qué harían? ¿Si pidiesen consejo á Melchor? Pero Melchor, envuelto en la niebla, caminaba con paso firme; la Estrella no se había obscurecido para él. Hallábase ya á gran distancia, cuando por fin oyó las voces, los gritos de sus compañeros: «¡Eh, eh, Melchor! ¡Aguárdanos!» El Mago de negra piel se detuvo, y clamó á su vez: «Estoy aquí, estoy aquí...»
Al juntarse por último la caravana, Melchor divisó al pastorcillo y supo las noticias que daba del Niño rey. «Este pobre zagal nos engaña ó se engaña--exclamó Gaspar enojado.--Dice que nos guiará á un establo ruinoso, y que allí veremos al hijo de un carpintero de Nazareth. ¿Qué piensas, Melchor? El sapientísimo Baltasar teme que aquí corramos grave peligro, pues no conocemos el terreno, y si nos aventuramos á preguntar infundiremos sospechas, seremos presos y acaso nos recluya Herodes en sus calabozos subterráneos. La Estrella ya no brilla y nuestro corazón desmaya.»
Melchor guardó silencio. Para él no se había ocultado la Estrella ni un segundo. Al contrario, su luz se hacía más fulgente á medida que adelantaban, que se aproximaban al establo. Y en su imaginación, Melchor lo veía: una cueva abierta en la caliza, un pesebre mullido con paja y heno, una mujer joven y celestialmente bella agasajando á un niño tiernecito, que tiembla de frío; un Niño humilde, rosado, blanco, que bendice, que no llora. Lo singular es que la cueva, en vez de estar obscura, se halla inundada de luz, y que una música inefable, apenas perceptible, idealmente delicada y melodiosa, resuena en sus ámbitos. La cueva parece que es toda ella claridad y armonía. Melchor oye extasiado; se baña, se sumerge en la deliciosa música y en los resplandores de oro que llenan la caverna y cercan al Niño.
--¿No oyes, Melchor? Te preguntamos si debemos continuar el viaje... ó volvernos á nuestra patria, por no ser encarcelados y oprimidos aquí.
--Y vosotros, ¿no oís la música?--repite Melchor, por cuyas mejillas de ébano resbalan gotas de dulce llanto.
--Nada oímos, nada vemos...--responden los dos Magos, afligidos.
--Orad, y veréis... Orad, y oiréis... Orad, y Dios se revelará á vosotros.
Magos y séquito echan pie á tierra, extienden los tapices, y de pie sobre ellos, vuelta la cara al Oriente, elevan su plegaria. Y la Estrella, poco á poco, como una mirada de moribundo que se reanima al aproximarse al lecho un sér querido, va encendiéndose, destellando, hasta iluminar completamente el sendero, que se alarga y penetra en la montaña, en dirección de Belén. La niebla se disipa; el paisaje es risueño, pastoril, fresco, florido, á pesar de la estación; claros arroyillos surcan la tierra, y resuena, como en Mayo, el gorjeo de las aves, que acompaña el tilinteo de la esquila y el cántico de los pastores, recostados bajo los terebintos y los cedros, siempre verdes. Los Magos, terminada su plegaria, emprenden el camino llenos de esperanza y de seguridad. Una cohorte de soldados á caballo se cruza con la caravana: es un destacamento romano, arrogante y belicoso; el sol saca chispas de sus corazas y yelmos; ondean las crines, flotan las banderolas, los cascos de los caballos hieren el suelo con provocativa furia. Los Magos se detienen, temerosos. Pero el destacamento pasa á su lado y no da muestras de notar su presencia. Ni pestañean, ni vuelven la cabeza, ni advierten nada.
--Van ciegos--exclama Melchor;--y los Magos aprietan el paso, mientras se aleja la cohorte.
SUEÑOS REGIOS
Es de noche. Temperatura, veinte bajo cero. Fuera no se escucha el menor ruido: la nevada, cayendo en finos copos delicadísimos que mullen la atmósfera, contribuye á sostener el silencio absoluto, ahogado, que pesa sobre los jardines blancos con blancura fantástica. La nieve ha perfilado primorosamente la traza de las calles de árboles, de los macizos, de los bosquetes, de los estanques cuajados por el hielo, y cuya superficie lisa rayaron los patines en la última sesión de patinaje que tanto divirtió á la corte, porque el príncipe de Circasia se dió unas costaladas regulares. Las estatuas parecen temblar y lucen aderezos de carámbanos. Las coníferas son témpanos bordados y esculpidos. En el alcázar, las cornisas, las balconadas, las torrecillas, la monumental ornamentación de la fachada, el reloj, sostenido por Genios que representan los destinos de la casa imperial venciendo al Tiempo, van desapareciendo bajo la suave acolchadura blanca. Los centinelas, en su garita, tiritando, sintiendo que el aliento se les cristaliza primero y se les liquida después dentro del alto cuello de sus capotes militares, hieren el suelo con el pie, se acuerdan del cuerpo de guardia donde arde la estufa y se puede echar un trago de lo fermentado, y de tiempo en tiempo lanzan, al través de la nieve, su «¡Alerta!» gutural. El decorativo reloj da las doce, pausadamente, como si la hora contada por él fuese más solemne que las otras. Al reloj de fuera contestan los de dentro, desde las consolas; tienen vocecillas aflautadas y bien moduladas de palaciegos.
El emperador se estremece y se incorpora en el gran lecho incrustado de marfil, bajo las pieles rarísimas que lo mullen. Se le figura que una mano acaba de posarse en su hombro; y en efecto, á la luz de la lámpara de alabastro velada de encaje, ve una figura venerable, un viejo aureolado por larguísima barba y melenas, donde la nieve se diría que enredó sus vellones. La vestidura del viejo deslumbra; túnica de brocado de oro, manto de terciopelo violeta orlado de armiño. Una especie de mitra en que las perlas se apiñan sobre la filigrana, rodea sus sienes y comprime y hace bufar su gran cabellera nevada, que se extiende caudalosa por los hombros. En la mano lleva cincelado cofrecillo abierto, lleno de polvo aurífero impalpable.
--¿Qué me quieres y quién eres?--pregunta el emperador al anciano.
--Como de casa. Baltasar, rey de los países de Oriente--contesta el patriarca en voz temblona.
--¡Bienvenido, primo y señor! ¿Por qué viaja Vuestra Majestad en tan cruda noche? Conviene á las testas coronadas no ponerse nunca en el caso de sufrir las molestias que padecen los demás mortales. Dígnese Vuestra Majestad descansar bajo mi hospitalario techo.
--No acepto sino breves instantes, aunque vengo rendido de atravesar los dominios de Vuestra Majestad, á los cuales no se les ve el fin: deben de cubrir buena parte de la superficie del planeta.
--¡Ah!--articula el emperador, satisfecho.--¿Los ha recorrido Vuestra Majestad? ¿Se ha enterado de su extensión y riqueza? Todos los climas, todas las producciones, todas las razas, reconocen mi soberanía. Cuando paso revista á mi ejército, en él veo soldados blancos y rubios, de ojos azules; soldados de morena tez; soldados de cutis amarillo y nariz achatada; ropajes orientales y envolturas que preservan del rigor de las estaciones en los países hiperbóreos. Mi imperio produce el trigo y el zafiro, los minerales, las pieles y las maderas odoríferas; es un gigante cuya cabeza, como la de Vuestra Majestad, se baña en las nieves árticas, y cuyas manos se tienden hacia el Mediodía para abarcarlo. Y en este Imperio yo soy Dios. A mi voz las frentes se inclinan, las muchedumbres se prosternan, la plegaria por mí hace retemblar los iconostasios. Mientras el soplo del huracán juega con los monarcas occidentales, nuestros necios primos, yo, como un numen, me oculto en santuario inaccesible.
--Conozco el poderío de Vuestra Majestad. Por eso sospecho si la tarea que me ha sido encomendada resultará estéril; pero, obedeciendo, la cumplo.
--¿Qué tarea es esa, primo y señor?
--La que me ordenó realizar el Niño. Vuelvo de Palestina; regreso á mi patria, después del interminable viaje anual... ¡Es una maravilla lo lindo que está el Niño y lo dulce y honesta que es la Madre! Nada perdió su inmortal hermosura en los mil novecientos dos años transcurridos desde que por vez primera les adoré. Como siempre, les he llevado mi ofrenda: polvo de oro del Ofir. Y el Niño, después de extender sus manitas, que besé, y bendecir el oro, me ha dicho que lo espolvoree por el suelo, allí donde vea que el hombre atenta á la libertad del hombre.
--¿Conque esas mañas saca el Niño?--tartamudeó el emperador.--¡Por cierto que lo educan bien mal su Madre y el carpintero, gente baja al fin, aunque descienda de la casta de nuestros augustos primos los reyes de Judá! Vuestra Majestad, con la experiencia que le dan los años, habrá comprendido que no debe cumplírsele al Niño ese antojo.
--No es posible desobedecerle, primo y señor--declaró gravemente el Mago.--He espolvoreado la enorme porción de tierra donde reina Vuestra Majestad, aunque confieso que dudo de ver germinar cosa alguna sobre la dura capa de hielo que la reviste. Sin esperanzas voy derramando polvillo de oro; y la verdad, hace un instante, en los jardines de este palacio, al caer el dorado polvillo, creí que el suelo se estremecía y se agrietaba la capa de nieve. Tembló la tierra; me pareció que un ruido cavernoso resonaba allá dentro. ¿Está seguro Vuestra Majestad de que no se halla minado su palacio?
--Vuestra Majestad es quien lo mina, y será preciso impedirlo;--contesta enérgicamente el emperador, hiriendo un timbre.
Aparece la guardia. El viejo toma una pulgarada de polvillo, lo arroja á los ojos de los soldados y pasa por entre ellos libre y majestuoso.
* * * * *
Otro efecto de nieve sobre jardines y palacio real, pero nieve ya cuajada y que empieza á derretirse formando un barro sucio y negruzco. En el alcázar se ven todavía luces: ha habido en el comedor de diario espléndida cena de familia, alegres y cariñosos brindis, y el emperador, rendido de recibir toda la tarde felicitaciones, después de bendecir á sus hijos, que uno por uno le han besado la mano respetuosamente, y de abrazar con afecto á la fecunda emperatriz, se tiende en su estrecha y dura cama de campaña, única donde concilia el sueño, á causa de la costumbre.
Apenas empieza á aletargarse, le llaman con un _¡Pssit!_ muy bajo, y á la claridad de la lamparilla divisa á un hombre en la fuerza de la edad, envuelto en ropón de púrpura, bajo el cual se parece una armadura de admirable trabajo. Rodea sus sienes una corona de picos; en su diestra alza rico pomo de mirra de fuerte aroma, acre y embriagador.
--¿Qué desea Vuestra Majestad, señor rey Gaspar?--pregunta el emperador que, conociendo al viajero, salta de la cama y saluda militarmente.
--Felicitar las Pascuas á Vuestra Majestad y confiarle un secreto.--Es el caso que el Niño, ¿no sabe Vuestra Majestad? ¡el Niño, á quien todos los años voy á visitar en su establo, para beber en sus ojos de violeta la sabiduría! después de jugar con esta mirra que le ofrecí y de arrojar sobre ella su aliento celestial, me manda que gota á gota la esparza por el suelo de los países donde el hombre tenga sed de la sangre del hombre. Y al caer gotitas de esta mirra, primo y señor, observo que la tierra, encharcada y pegajosa, se esponja, se entreabre, y nacen y surgen y crecen olivos, rosas, mirtos, centeno, lúpulo, viñas cargadas de racimos. ¡Ah! Es un gran portento la tal mirra. Y á mí, señor y primo, la armadura me asfixia, el corazón no me cabe en ella. Permítame Vuestra Majestad que salpique de mirra su cabeza augusta.
--¡Qué diantre! ¡Cosas de chiquillos!--gruñó el emperador.--Cuando el Niño crezca y se aparte de las faldas y del regazo materno, diferentes serán sus caprichos. No hay nada más santo que la guerra. Dios mismo guía á los ejércitos é infunde á los caudillos arrojo y tino para asegurar la victoria. Sobre el campo de batalla se cierne el Arcángel con sus alas salpicadas de rubíes y su gladio flamígero. El soplo divino hincha mi pecho apenas lo cubre la coraza rutilante. Esto no se les alcanza á los niños ni á las mujeres; convenido. Nosotros, pastores de pueblos, jefes de razas, sonreímos ante ciertos arranques de debilidad graciosa.
--Debo hacer lo que me mandan--insiste Gaspar.
Y tomando unas gotas de mirra, las dispara á la frente del emperador. Este exhala un suspiro; se deja caer en el lecho de campaña, y ve en sueños una pirámide de huesos humanos, blanca y pulida, altísima. Sobre la cúspide, un cuervo grazna plañideramente, hambriento, erizado el plumaje; y al pie, en las ramas de un olivo nuevo, dos palomas se besan, juntando los picos.
* * * * *
En el patio del alcázar, sobre el gran pilón de pórfido sostenido por leones, recae el agua, melodiosa, con dulce porfía. La luna ilumina las arcadas afiligranadas, juega en las charoladas hojas de los naranjos, descubre el reflejo pálido de sus pomas de oro. Dos esclavos velan el sueño del emir, que reposa vestido sobre un diván, cubierto con una manta de fina pluma de avestruz--porque la noche está algo fría y la helada ha endurecido los caminos del desierto--y apoyando el pie en la garganta de una mujer desnuda, que hace de cogín y presta calor más grato que el de la manta.
Elegante figura se desliza por entre los esclavos, invisible. Es un negro joven, esbelto, de robusta y acerada musculatura, de piernas nerviosas encerradas en calzas prietas y salpicadas de lentejuelas como las que ostentan los donceles en los cuadros de Carpaccio; una sobrevesta de tisú de plata acusa sus formas; un cinturón de pedrería sostiene sobre su vientre enjuto soberbio puñal; encima de sus cabellos crespos se ladea un gorro de velludo carmesí, y bajo el ala luce diadema de brillantes. El gallardo negro se inclina hacia el emir y le baña el rostro con una bocanada del incienso que humea en un incensario calado, pendiente de cadenillas de perlas. Sobresaltado, el emir despierta, echando mano á su gumía.
--No temas, soy Melchor, que como tú ejerce el mando en tribus del desierto y posee palacios misteriosos, que parecen labrados por los genios del aire. Vengo á cumplir órdenes del Niño Yesuá, hijo de Leila Mariem.
--¿Y qué te ordena ese profeta infiel?--exclama el emir con desprecio.
--Columpiar este incensario en todos los países donde el hombre trate á la mujer como esclava y no como compañera.
Ríese el emir, mostrando sus blancos dientes de chacal entre la negra y sedosa barba.
--Pues vuélvete á tierra de rumíes, Melchor. También allí necesitan el perfume de tu incensario. Pero antes, reposa. Eres mi huésped; voy á ordenar que te preparen un baño con agua de rosas dos bellas cautivas.
Y el Emir se incorpora, dando con el pie á la mujer en cuya garganta lo tenía apoyado.
LA VISIÓN DE LOS REYES MAGOS
(_Los Reyes Magos regresan á su patria por distinto camino del que vinieron, á fin de burlar al sanguinario Herodes. Es de noche: la estrella no les guía ya; pero la luna, brillando con intensa y argentada luz, alumbra espléndidamente la planicie del desierto. La sombra de los dromedarios se agiganta sobre el suelo blanco y liso, y á lo lejos resuena el cavernoso rugir de un león._)
BALTASAR (acariciándose la nevada y luenga barba y moviendo la anciana cabeza á estilo del que vaticina).--No sé lo que me sucede desde que me puse de rodillas en el establo de Belén y saludé al Hijo de la Doncella, que me agita un espíritu profético, y siento descorrerse el velo que cubre los tiempos futuros. Este tributo de oro que ofrecí al Niño para reconocerle Rey, ¡cuántas y cuántas generaciones se lo han de rendir! Tributos percibirá, no como nosotros, días, meses y años, sino siglos, decenas de siglos, generación tras generación, y los percibirá de todo el universo, de toda raza y lengua, de nuevas tierras que se descubrirán para aclamar su nombre. El oro que le he presentado era poco; apenas llenaba el cofre de cedro en que lo traje; y ahora se me figura que se ha convertido en un mar de oro, y veo que al Niño se le erigen templos de oro, altares de oro labrado y cincelado, tronos de oro en torno de los cuales oscilan blancos flábulos de plumas con mango de oro, y que ciñe su cabeza una triple corona de oro macizo también, incrustada de diamantes y gemas preciosas. Olas de oro, fluyendo de los veneros de la tierra, corren á los pies del Niño: y lo más extraño es que el Niño los contempla con entristecida cara, y al fin esconde el rostro en el seno de su Madre. ¿Habré obrado mal, ¡oh sabios!, en presentarle oro? ¿No le agradará á la criatura celeste el símbolo de la autoridad real? Temo que mis dones no hayan sido aceptos y mi obsequio pareciese sacrílego.