Cuentos de navidad y reyes; cuentos de la patria; cuentos antiguos
Part 2
Cruzad la calle, deslizad un socorro en la mano escuálida de la mendiga, y penetrad después en la morada de la familia de Jesusa. El contraste, al pronto, os parecerá hasta sacrílego. Cualquier chirimbolo de los que decoran el gabinete, cualquier fruslería de rubia concha y cincelada plata, de las mil esparcidas sobre las mesillas del tocador, vale más de lo que costaría dar un año entero pan, luz y abrigo á la infeliz que tirita allá fuera, en el ángulo de la manzana, de pie contra una cancilla menos dura que algunos corazones.
Pasad el umbral de la alcoba tapizada de seda: acercáos á la camita virginal, esmaltada de blanco y oro, y contemplad la cabeza que descansa sobre la batista... Ved ese rostro transparente como alabastro, esos ojos de violeta, tan infinitamente melancólicos. Si pudiéseis alzar la sábana sin ofender el pudor de la niña--que ha cumplido sus once años ya,--se ofrecería á vuestra vista algo sin nombre ni forma, uno de esos cuadros que sobrecogen: una especie de insecto mísero: piernas como hilos retorcidos, manos que semejan contraídas por la acción del fuego, doble gibosidad en el pecho y la espalda, flacura de carnes secas y consumidas por el padecimiento. ¡Y si la enfermedad se contentase con haberla desfigurado! Pero son tan incesantes sus torturas, tan variadas, tan horribles, que hay horas negras en que el padre susurra al oído de la madre, en voz opaca:
--¡No sería mejor despedir á tanto médico... suprimir tanto remedio... no agobiarla... dejarla que!...
Y la madre responde con acento en que tiemblan irrestañables lágrimas:
--No, no... Mientras hay vida...
En el martirizado cuerpo, la inteligencia vela, despierta desde muy temprano. A los seis años, Jesusa decía de esas frases que cortan el alma. Las tempranas intuiciones, las precocidades, si en el niño sano regocijan, en el enfermo afligen con aflicción honda, como es hondo el abismo del humano dolor.
--Mamá, ¿soy yo mala?--gemía la inocente.--No, eres muy buena, muy buena.--Entonces, ¿por qué me castiga Dios?--No es castigo...--sollozaba la madre.--Es que después, cuando te mejores, has de disfrutar mucho... y es que ahora, si es verdad que estás malita, también tienes más cosas bonitas que las otras niñas, más muñecas, más juguetes, más flores, unas cajas preciosas...--Callaba la enferma un minuto, cerrando sus pupilas de marchita violeta, y las abría luego para exclamar:--Pues dales todo eso á los niños que no tienen... y ellos que me den no estar enferma un día... ¡Mamá, siquiera un día!
Al correr del tiempo, al multiplicarse los fenómenos del extraño padecimiento nervioso de Jesusa, arraigábase en su mente la idea de la sustitución, y la creía posible ó segura, mejor dicho. ¿Por qué no la complacían sus padres? ¿Había cosa más sencilla y natural? Que repartiesen á los golfos y á los mendigos sus joyas y sus muñecos caros; que les enviasen á cestos las golosinas; que les entregasen las sábanas de encaje y el edredón de plumón de cisne..., y que ellos, á su vez, la socorriesen con unas migajas de salud, de la riente salud que alegra el mundo, que calienta la sangre, que resplandece como el sol y hermosea el vivir. ¡Levantarse de aquella cama, andar, salir á la calle, respirar el aire libre, sin dolores, lista, ágil, contenta!
A fuerza de hablar de la sustitución, Jesusa acabó por contagiar á su padre. Los desgraciados tienen siempre los brazos abiertos para abrazar á la quimera. La esperanza es ingeniosa y supersticiosa.--Verás, nena mía... Voy á darte gusto, voy á socorrer á los niñitos pobres... Así que les haga mucho bien, tú sanarás...--Y empezó su carrera de filántropo, descubriendo cada día, en la inagotable mina de la miseria, nuevas vetas que explotar, y soñando, á cada hallazgo, que allí podría estar la curación de su enferma. Subió á muchas buhardillas, llevando la bolsa llena y el médico prevenido; recogió y trajo en brazos, á las altas horas de la noche, al golfo que dormía aterido y desfallecido de hambre sobre un banco ó al través de una puerta, y se gozó en el golpe mágico del despertar de la criatura ante una suculenta cena y con la perspectiva de un mullido lecho; redimió de la abyección á niñas que aún no tenían conciencia del pecado, y las llevó á establecimientos benéficos, donde las inculcasen el trabajo y la honestidad; pagó nodrizas á desvalidos huérfanos; desató un río de aceite de hígado de bacalao para los chiquitines escrofulosos, y en verano envió á las orillas del mar á hijos de obreros, devorados de anemia... Mas Jesusa, enterada de tan santas acciones, no cesaba de mover su cabeza macilenta, de cerrar dolorosamente las lánguidas violetas de sus ojos. No era bastante; no se contentaba Dios todavía con eso.
Mayor sacrificio pedía sin duda... Prueba de lo estéril del esfuerzo, era que Jesusa empeoraba, que redoblaban sus sufrimientos, que la fiebre la consumía, que su piel se pegaba á los huesos abrasada por el mal, y que en los accesos, á cada paso más frecuentes, sentía, ó como un ascua en sus entrañas, ó como un enorme témpano de hielo en su corazón, próximo á cesar de latir. ¿Iba á durar eternamente aquella infernal tortura? ¿No se apiadaría Dios? ¿No la sanaría de repente del todo, dejándola alzarse, fuerte y gozosa, en el ímpetu de la juventud, á disfrutar de la existencia, á reir, á correr, á saltar como los pájaros felices?
Llegó la Nochebuena, el cumpleaños de Jesusa. En tal día, sus padres la abrumaban á regalos, inventaban caprichos para darse el gusto de satisfacerlos. Se armaba el _belén_, renovado siempre, siempre más lujoso, de más finas figuras, de más complicada topografía; pero aquel año, suponiendo que la enferma estaba cansada ya de tanto pastorcito y tanta oveja y tanto camello, discurrió la madre colocar un precioso Niño Jesús, de tamaño natural, joya de escultura, en un pesebre, sobre un haz de paja. La sencilla imagen atrajo á la abatida enferma. Parecía una criatura humana, allí echada, desnudita. Y al mirarla, al pensar que tendría mucho frío, Jesusa creyó adivinar por qué no la sanaba á ella Dios... No bastaba dar á otros niños limosna y socorro: era preciso _ser como ellos_, aceptar su estado, abrazarse á la humildad, á la necesidad, imitando al Jesús que reposaba entre paja, sobre unas tablas toscas... Afanosamente, la niña llamó á su madre y suplicó, trémula de ilusión y de deseo:
--Mamá, por Dios... Haz lo que te pido y verás si sano... Ponme como están los niñitos pobres... Echa paja en el suelo, acuéstame ahí... No me tapes con nada, déjame tiritar...
Resistíase la madre, temblando de miedo á la idea de su hija con frío y sobre unas tablas; pero, á pesar suyo, el loco ensueño también se apoderaba de su espíritu. ¿Quién sabe? ¿quién sabe?... Las alas de la quimera batían misteriosamente el aire en derredor... Alejó á los criados, miró si nadie venía... y cargando el leve peso de la enferma, la tendió sobre la paja esparcida, en el mismo pesebre donde sonreía y bendecía el Niño; Jesusa abrió los ojos, miró ansiosamente á la imagen, y después los cerró con lentitud. Su carita demacrada, crispada, expresó de pronto la mayor serenidad; una especie de beatitud bañó las facciones, iluminó la frente; un ligero suspiro salió de la cárdena boca... La madre, aterrada, se inclinó, la llamó por su nombre, la palpó... No respondía; el sueño se realizaba; los dolores de Jesusa habían cesado; no volvería á sufrir.
NOCHEBUENA DE JUGADOR
El vicio del juego me dominaba.--Cuando digo el vicio del juego, debo advertir que yo no lo creía tal vicio, ni menos entendía que la ley pudiese reprimirlo sin atentar al indiscutible derecho que tiene el hombre de perder su hacienda lo mismo que de ganarla. «De la propiedad es lícito usar y abusar», repetía yo desdeñosamente, burlándome de los consejos de algún amigo timorato.
No obstante mi desprecio hacia el sentimiento general, procuraba por todos los medios que en mi casa se ignorase mi inclinación violenta. Habíame casado, loco de amor, con una preciosa señorita llamada Ventura; estrechaba más nuestra unión la dulce prenda de un niño que aún no sabía, si yo le llamaba, venir solo á mis brazos; y por evitar á mi esposa miedo y angustia, escondía como un crimen mis aficiones, sorteando las horas para satisfacerlas. Precauciones idénticas á las que adoptaría si diese á mi mujer una rival, adoptaba para concurrir al Casino y otros centros donde se arriesga, al volver de un naipe, puñados de oro; é inventando toda clase de pretextos--negocios bursátiles, conferencias con amigos políticos, enfermos que velar, invitaciones que admitir--cohonestaba mis ausencias y explicaba de algún modo mi agitación, mi palidez, mis insomnios, mis alegrías súbitas, mis abatimientos, la alteración de mi sistema nervioso, quebrantado por la más fuerte y honda tal vez de las emociones humanas.
Hacía tiempo que no poseía sino lo que al juego me granjeaba. Dueño de un mediano caudal, había ido enajenando mis fincas para cubrir pérdidas. Vino después una larga temporada de prosperidad, pero invertí las ganancias en valores fáciles de negociar, que ya mermaban recientes descalabros. Nada de esto notaba mi Ventura, porque, á semejanza de casi todas las mujeres, recibía de manos de su esposo el dinero sin preguntar su origen. Segura de mi cariño, pasiva y feliz en su hogar, ni se la ocurría ni quizás deseaba conocer el estado de nuestros intereses. En las ocasiones felices, yo la traía ricas alhajas y la compraba lindos trajes; en los momentos de estrechez, una indicación mía bastaba para que ella redujese el gasto y aplazase los pagos, con instintiva complicidad. Pero si mi esposa no me causaba inquietud y el desorientarla me parecía facilísimo, otra persona de la familia me inspiraba indefinible recelo.
Era esta persona el hermano mayor de Ventura, mi cuñado Bernardo, hombre de entendimiento vivo y sagaz, de fogosa condición, á quien penas ignoradas, quizás dolorosos desengaños, impulsaron á abrazar el estado eclesiástico. Bernardo ejercía su ministerio con un celo abrasador, con sed de sacrificio que le consumía, demacrando su cuerpo y encendiendo en sus azules ojos perpetua llama. Los tales ojos, al fijarse en mí, mostraban vislumbres de desconfianza y severidad. Indudablemente el santo altruista, consagrado á hacer el bien, olfateaba en mí la egoísta y desenfrenada pasión que teñía de un círculo de oscuro livor mis párpados y hacía temblar febrilmente mi mano cuando estrechaba la suya. Una desazón, un desasosiego parecido al del que con ropa sucia arrostra la luz del sol en un paseo concurrido, me asaltaban al encontrarme frente á frente con Bernardo. Este, que vivía fuera de Madrid, absorbido siempre por empresas de beneficencia, fundaciones de Asilos y Asociaciones caritativas, sólo venía á vernos dos veces al año; en Pascua de Resurrección y en Navidades.
Acercábase precisamente esta solemne época del año, cuando la suerte, que ya se me había torcido, comenzó á mostrarse airada, contra mí. Soplaba la racha negra, y soplaba tan inclemente y dura, que arrebataba mis esperanzas todas. Fallaban mis más laboriosas martingalas; se malograban mis golpes de habilidad, mis corazonadas se desmentían y naipe que yo tocase era naipe funesto. Encarnizado en el desquite, me precipitaba con ciega cólera, obstinándome en despeñarme, agotando mis recursos, desafiando al porvenir. La intuición de que se me venía encima la catástrofe, redoblaba mi desesperada energía. Debiendo ya sobre mi palabra crecida suma, busqué un prestamista--el más usurero, el más infame--y sin vacilar, como quien cierra los ojos y se arroja á una sima, me abandoné á sus uñas, firmando cuanto quiso, comprometiendo mi honor á cambio de la inmediata posesión de la cantidad que necesitaba para saldar mi deuda en el Casino y tentar el golpe supremo. Estaba determinado á que no luciese para mí el día de confesarle á Ventura que nos aguardaba la miseria y la afrenta además. Cierto que á veces se me ocurría decirla: «Figúrate que yo era un negociante; he quebrado; es preciso resignarse y trabajar.»--Pero inmediatamente comprendía la imposibilidad, el absurdo de calificar de _quiebra_ los resultados de mi desorden. Si caía á los pies de mi mujer revelando la verdad, tendría que implorar perdón, como cumple al que faltó á sus deberes. Antes morir, y morir me parecía la solución única del pavoroso conflicto. En aquellos instantes veía tan claro como la luz que la muerte era precisa y natural consecuencia de mi modo de entender la vida, y el derecho de jugar, hermano del de suicidarse: ambos se reducían á uno solo... «Usar y abusar»... Y morir sin miedo.
Con estos pensamientos volví á mi casa la tarde del día 24 de Diciembre, llevando en el bolsillo la cantidad obtenida del usurero. No bien entré en la antesala, sentí que me abrazaban á un tiempo por el cuello y por las piernas. El primer abrazo era el de la mujer amante, que unía su rostro al mío con arrebato mimoso; el segundo... ¿Quién puede abrazar por más abajo de la rodilla, sino el nene, el muñeco que se ensaya en romper á andar y aun necesita agarrarse á algo para no caer de bruces?
Sentí que el corazón se me hendía; sentí que me acudían lágrimas á los ojos; y apartándome bruscamente, por disimulo, exclamé:
--¿Qué pasa? ¿A qué viene esto?
--Ha llegado Bernardo--respondió Ventura sorprendida de mi sequedad.
--Tío Nado--repitió mi pequeño, que acompañó esta gracia con una risa estrepitosa.
--Pues toma--dije entregando á mi mujer un puñado de billetes,--prepara una cena; pero una cena de verdad, como me gustan... y ahora déjame, hijita, déjame un poco; quiero reposar, me duele la cabeza, y de aquí á la noche espero mejorarme para charlar con Bernardo.
Ventura obedeció, y yo me encerré á escribir una especie de testamento y despedida. Mis dientes castañeteaban; concluí la tarea, registré mis pistolas, las cargué, me eché sobre el sofá y fumé nerviosamente, cigarro tras cigarro, hasta que Ventura, solícita, vino á avisarme para cenar. Era temprano, porque el niño no podía faltar de la mesa en noche semejante y su madre evitaba tenerle despierto hasta las mil. Nos dirigimos al comedor, iluminado por bujías rosa, alegrado por la blancura de los manteles y el destellar del cristal y de la plata.
La sopa de almendra humeaba suavemente y trascendía á gloria; las frutas raras se apiñaban en el centro de mesa, reflejado por una luna de espejo circundada de rosas tardías; en las copas reía ya el Sauterne amarillo, y mi mujer, engalanada, compuesta, sonriente, con el rizado pelo algo fosco y las mejillas rubicundas, se acercó á mí y murmuró acariciándome con la voz:
--¿No saludas al forastero? Ahí le tienes.
Abracé á Bernardo, y empezó la cena, animada al principio por las genialidades del nene y las coqueterías de Ventura, empeñada en que alabase su tocado y tan resuelta á conquistarme, que hasta apoyó sobre mi pie el suyo chiquitín. Sin embargo, languideció la conversación bien pronto; no era difícil notar que Bernardo y yo estábamos pensativos. A las preguntas inquietas de mi esposa respondí alegando cansancio y jaqueca; pero Bernardo, el de las chispeantes pupilas azules, declaró categóricamente:
--Tu marido tendrá lo que guste, y no querrá enterarnos del por qué parece un reo á quien le acaban de leer la sentencia ahora mismo; pero lo que es yo... estoy así... porque me da vergüenza cenar tan bien, con salmón, y ostras, y langostinos, y vinos añejos, y no poder ofrecer á algunas familias pobres, ya que no estos festines de Lúculo, al menos el pan del año, el fuego del hogar y ropa con que abrigarse las carnes. El Apóstol enseñaba que los cristianos no deben encerrarse para comer manjares suculentos. Nosotros nos saciamos de cosas ricas, y vamos á brindar con un Champagne... que ya lo conozco de otras veces... ¡Clicquot! mientras los pobres... No puedo evitar esto, ni vosotros podéis; pero allá dentro, hay un rincón de mi alma que llora. ¡Cómo ha de ser! ¡No acierto á remediarlo!
Decir esto el sacerdote, y cruzar por mi imaginación el chispazo de una idea, fue todo uno; ni dió tiempo á la reflexión, ni á que yo calculase el efecto que en Bernardo iban á producir mis palabras. Me levanté, llené una copa del Champagne que frío como nieve ya lucía en la jarra de cristal tallado, y la tendí á Bernardo, exclamando de un modo significativo:
--¡Pues brinda... ó reza! para que se logre un plan que tengo yo... Si se logra, asegurarás el pan á algunas familias.
Bernardo echó mano á su copa, y antes de alzarla, fijó en mí las fascinadoras pupilas. A mi parecer, me registraba el cerebro, me veía la conciencia y me leía como se lee un abierto libro.
De pronto, con súbita decisión, tendió la copa, la acercó á la mía, las chocó, y pronunció majestuosamente:
--Brindo ahora... Rezaré después. Deseo que se logre tu plan... pero una vez sola ¿entiendes? Una sola.
Consideré sellado el pacto. En mi superstición de jugador lo había ensayado todo, jitanas y _mediums_, amuletos y pueriles conjuros... todo, excepto interesar á Dios por el cebo de la caridad, partiendo mis ganancias con el Arbitro supremo, cuya previsión sirve al ciego azar de invisible lazarillo. ¡Poner al cielo de mi parte! Sí, porque el cielo tampoco podía _querer_ que yo ejecutase la resolución postrera y definitiva, la única que cortaba el nudo infernal de mi destino...
Así que terminó la cena, me levanté, alegué una excusa, dejé á Ventura malhumorada y á Bernardo meditabundo, y salí desalado, á jugar, no ya el dinero, sino la honra y la existencia, la existencia que en aquel momento me parecía tan seductora, tan digna de ser vivida, entre los halagos de una mujer enamorada y la luminosa sonrisa de un querubín que me pedía protección y ayuda para andar, cogiéndose á mis piernas...
Por las calles se oía tumulto de gentío, repique alegre de panderetas, rasgueos de guitarrillo; en las casas, la luz se filtraba delatando la reunión de los que se quieren en íntima fiesta; y yo pensaba, mientras el coche que había tomado á mi puerta iba rodando hacia el Casino: «Si marro, esta es mi Nochebuena última.»
¿Sabéis lo que se llama una suerte desatinada, increíble, loca? Pues así la tuve yo desde el primer instante. Sobraban horas para jugar, y estaban allí los puntos fuertes, los de repleta cartera y crédito firme. Sin tregua los arrollé: no recuerdo vena igual: parecía cual si viese al trasluz las cartas que iban á salir, ó un poder invisible me dictase la puesta. Como si Dios se esmerase en cumplir el pacto, mi vena aumentó desde que sonó la media noche.
Al regresar á mi domicilio, entré en el cuarto de Bernardo. El cura estaba despierto; me esperaba sin duda.
--Acuéstate--le dije,--y duerme bien, que mañana tendrás con qué dar á esas familias pobres el pan del año.
Vi en el expresivo rostro del sacerdote indicios de perplejidad y zozobra. Comprendía perfectamente el origen del dinero que yo venía á ofrecerle en cumplimiento del trato, y su conciencia batallaba con su pasión de hacer bien, de consolar penas, de enjugar lágrimas. Débil, por fin, vencido del deseo, sacudido por una trepidación interior que le enronqueció la voz siempre sonora, me cogió las manos entre las suyas, y murmuró:
--Acepto... Venga... Sólo que ¡acuérdate!... La condición...
--Hoy ha sido la última vez: palabra de honor--respondí adelantándome á su ruego.
* * * * *
No sé si me creeréis, pero no he jugado más desde aquella Nochebuena. Al principio se me crispaban los dedos y la cabeza se me desvanecía con el ansia de volver á probar las amargas delicias del juego; después, poco á poco, vino la calma: el olvido ¡nunca! Negocié, labré una fortuna, y aprendí que puedo usar de ella, pero no abusar. Sé que soy depositario. El dueño está arriba.
DE NAVIDAD
Este cuento pasa en el siglo XVI, en una de esas ciudades de Italia que gobernaba un tirano. Llamémosle á la ciudad, si queréis, Montenero, y á su tirano Orso Amadei.
Orso era un hombre de su época, feroz, desalmado, disimulado en el rencor, implacable en la venganza. Valiente en el combate, magnífico en sus larguezas y exquisito en sus aficiones artísticas, como los Médicis, festejaba en su palacio á pintores y poetas y recibía en su cámara privada á los sospechosos alquimistas de entonces, que si no consiguieron fabricar oro, no ignoraban la fórmula de destilar activos venenos.
Cuando á Orso le estorbaba un señor, le atraía, jurábale amistad, comulgaba con él--¡horrible sacrilegio!--de la misma hostia, le sentaba á su mesa... y en mitad del banquete el convidado se levantaba con los ojos extraviados y espumante la boca, volvía á caer retorciéndose... mientras el anfitrión, con hipócrita solicitud, le palpaba para asegurarse de que el hielo de la muerte corría ya por sus venas.
Con los villanos no gastaba Orso tantas ceremonias: los derrengaba á palos, ó los dejaba consumirse de hambre en un calabozo.
Orso era viudo dos veces: á su primera mujer la había despachado de una puñalada, por celos; á la segunda, la única que amó, se la mató en venganza Landolfo dei Fiori, hermano de la primera. Esta no había dejado hijos: la segunda sí, una hembra y dos varones. Perecieron los varones en un oscuro lance militar, una emboscada que tal vez preparó el mismo Landolfo, y quedó la niña Lucía, para continuar la maldita familia de Amadei.
Discurría ya su padre el Príncipe con quien desposarla, cuando Lucía declaró que deseaba tomar el velo. Orso se desesperó, porque, á su manera, adoraba á aquel último retoño de su raza; mas no hubo remedio; la voluntad de Lucía se impuso, y la niña entró en un monasterio de la Orden de Santo Domingo, en que había florecido Catalina, llamada _Eufrosina_, á quien el mundo venera hoy con el nombre de _Santa Catalina de Sena_.
La tierna juventud, la cándida belleza y la ilustre cuna de la hija del tirano, aumentaron el asombro de su penitencia. En un siglo ya pagano, renovó las duras penitencias de edades más fervorosas.
Su alimento era un puñado de hierbas cocidas; su cama dos quilmas sin paja; su ropa interior un burdo tejido de Cilicia, que llagaba la delicada piel; y cuando se levantaba á orar, en las noches de Enero, después de tomar una hora de descanso sobre las losas húmedas, que quebrantaban sus huesos todos, apenas podía sostenerse de debilidad y las palabras del rezo se confundían en su boca.
Porque Lucía, hija al fin de los Amadei, no había nacido para la mortificación y el dolor, sino para agotar las alegrías de la vida, para recrearse en el grato sonido del bandolín, en el armonioso ritmo de las estancias de los poetas, en la magia del color, en la dulce y misteriosa calma de los jardines, donde sonreía la eterna hermosura de las estatuas griegas,--y sólo el peso de ajenas culpas y el anhelo de la expiación la habían arrojado palpitante de angustia y de terror al pie de los altares, donde á cada minuto recordaba involuntariamente el mundo y sus goces.
Como Catalina de Sena, más de una vez se vió asaltada por tentaciones impuras y por imágenes engañadoras y burlonas; pero abrazada á la cruz, resistió heroicamente; lloró, se hirió las carnes y, al fin, conoció su victoria en la paz que descendía á su espíritu. Arrobos y dulzuras inexplicables sucedieron á los desfallecimientos, y Lucía se sintió consolada.
Llegó la Navidad, aniversario de su profesión. Vino la Nochebuena, acompañada de mucha nieve; pero cuanto más espeso era el sudario que cubría el huerto del convento, más calor notaba Lucía en su celda solitaria; una ilusión singular le mostraba, al través de los emplomados vidrios, que en lugar de copos de nieve llovían sobre las ramas de los árboles y sobre la dura tierra millares de azucenas nítidas, finas como plumas arrancadas del ala de los ángeles.