Cuentos de navidad y reyes; cuentos de la patria; cuentos antiguos

Part 13

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LA GOTA DE CERA

Aunque los historiadores apenas le nombran, Higinio fue de los más íntimos amigos de Alejandro Magno. No se menciona á Higinio, tal vez porque no tuvo la trágica suerte de Filotas, de Parmenion, y de aquel Clitos á quien Alejandro amaba entrañablemente, y á quien así y todo, en una orgía, atravesó de parte á parte; y sin embargo--si no mienten documentos descubiertos por el erudito Julius Tiefenlehrer--Higinio gozó de tanta privanza con el conquistador de Persia, como demostrarán los hechos que voy á referir, apoyándome, por supuesto, en la respetabilísima autoridad del sabio alemán antes citado.

Compañero de infancia de Alejandro, Higinio se crió con el héroe. Juntos jugaron y se bañaron en Pela, en los estanques del jardín de Olimpias, y juntos oyeron las lecciones de Aristóteles. La leche y la miel de la sabiduría la gustaron, así puede decirse, en un mismo plato; y en un mismo cáliz libaron el néctar del amor, cuando deshojaron la primer guirnalda de rosas y mirto en Corinto, en casa de la gentil hétera Ismeria. Grabó su afecto con sello más hondo el batirse juntos en la memorable jornada de Queronea, en la cual quedó toda Grecia por Filipo, padre de Alejandro. Los dos amigos, que frisaban en los diez y nueve años entonces, mandaron el ala izquierda del ejército, y destruyeron por completo la famosa _legión sagrada_ de los tebanos. La noche que siguió á tan magnífica victoria, Higinio pudo haber conseguido el generalato; Alejandro se lo brindaba, con hartos elogios á su valor. Pero Higinio, cubierto aún de sangre, sudor y polvo, respondió dulcemente á los ofrecimientos de su amigo y príncipe:

--No acepto el generalato, porque habiéndome portado bien hoy, tal recompensa y tan alta dignidad me obligarían en conciencia á portarme todavía mejor en otras ocasiones que sobreviniesen, y no puedo comprometerme á amanecer cada día con más valor y más fortuna. Además, de las enseñanzas de nuestro maestro Aristóteles saco yo en limpio que el hombre, habitualmente, debe vivir en paz y no en guerra. Queda demostrado que no soy ningún medroso. El que ha combatido á tu lado en Queronea, ya tiene derecho á plantar un laurel en el sagrado bosque de Marte. Déjame de batallas y dame otro puesto cerca de ti, Alejandro, porque te quiero bien y te serviré fielmente.

Alejandro, cuya sangre hervía pidiendo luchas y glorias, se conformó mal de su grado á los deseos de Higinio, y le nombró su gran copero. Era cargo en extremo descansado y de alta confianza, pues sus funciones consistían en custodiar y servir la copa de oro reservada al príncipe, á fin de que nadie pudiese depositar en ella ponzoña. El oficio de Higinio le permitía vivir en constante comunicación con Alejandro, y cuando éste subió al trono, sucediendo á su padre, asesinado por Pausanias, los cortesanos auguraron á Higinio brillante carrera. Poco tardaron en verse desmentidos tales pronósticos: Higinio continuó presentando, recogiendo y custodiando la ya regia copa, sin mezclarse en intrigas ni aspirar á otras grandezas.

Mientras tanto, Alejandro asombraba al universo con sus campañas y triunfos, y ofrecía á Grecia, en compensación de la perdida libertad, páginas de luz para la historia.

Conteniendo á los bárbaros y sojuzgando el inmenso imperio del Asia, bien pronto se vió dueño del mundo Alejandro. Cuando, después de dejar trazado el emplazamiento de Alejandría, y de entrar vencedor en Babilonia y Ecbtana, el hijo de Filipo se declaró _hijo de Júpiter_ y decretó su propia apoteosis, Higinio--que hacía mucho tiempo no departía con su rey, limitándose á servirle la copa en silencio--fue despertado á las altas horas de la noche de orden de Alejandro, que le llamaba á su cabecera. La recién hecha deidad no podía dormir, y reclamaba cuidados y consuelos...

--Señor--dijo Higinio,--celebro poder hablarte sin testigos, como antaño. Justamente deseaba rogarte que me consientas dejar tu servicio y retirarme á mi casita del Atica, donde poseo olivos y colmenas.

--¡Bonita ocasión escoges para abandonarme!--exclamó furioso Alejandro.--¡Por el intento merecerías que te mandase crucificar! ¿Deseas riquezas? Pide cuanto se te antoje... ¿Pero marcharte? Ni lo sueñes, ¿Y de dónde nace esa manía?

--Ya que lo preguntas--contestó Higinio,--lo vas á saber. Yo fuí amigo y servidor de un hombre, pero ahora parece que ese hombre se ha vuelto Dios. No tengo vocación al sacerdocio. Desde que has ascendido á hijo de Júpiter Hamnon, hermano de Apolo, me inspiras temor y frialdad. El Alejandro que yo amaba no existe. Ha ascendido al Olimpo. Él es inmortal, yo mortal. No nos entendemos. Por otra parte, la idea que me he formado de un Dios, según la sublime doctrina de Aristóteles...

--¡Dale con Aristóteles!--interrumpió el conquistador.--¡Como le atrape, á ese sí que le crucifico! ¡Y alto, para que todos le vean!

--Crucifica, pero escucha. Prescindamos de Aristóteles y supongamos que, en efecto, eres Dios. Pues si eres Dios, yo no puedo cometer sacrilegio; yo no puedo seguir envenenándote.

--¿Envenenarme tú?--gritó Alejandro incorporándose convulso sobre su lecho de marfil incrustado de oro.--¡Ahora comprendo por qué un fuego constante abrasa mis venas; ahora comprendo por qué no descanso sino en horrible modorra; ahora me explico las visiones y las pesadillas que de noche me asaltan y empapan mis sienes en sudor frío! ¡Envenenarme tú!--Y con súbito acceso de ternura suspiró.--¿Y por qué quieres mi muerte, tú, mi amigo de la niñez, mi hermano de armas en Queronea?

Higinio, conmovido, se arrojó á los pies de Alejandro, y éste abrió los brazos; los dos amigos juntaron sus rostros y mezclaron sus cabelleras, y el copero declaró en tono muy diverso del de antes:

--Señor, dulce amado mío, si te enveneno, es contra mi voluntad y por orden tuya... Esas visiones, esas torturas de que te quejas, proceden de la doble embriaguez en que vives: estás ebrio de poder y de vino añejo... Antes sólo me pedías la copa dos ó tres veces en cada comida; desde que el Asia te ha inoculado su molicie y sus vicios, me duelen las manos de tanto recoger la copa vacía y extendértela colmada... Tu alma se ha turbado, la demencia te ronda, te habitúas á la crueldad, hieres á tus leales y morirás joven, sin que nadie necesite pegarte una puñalada como á tu padre. No quiero ser cómplice, y me voy.

Alejandro, pensativo, seguía estrechando el cuello y la cabeza de su amigo contra el pecho.

--Tienes razón, amado--murmuró al fin con sinceridad generosa.--Pero el hábito de beber se ha arraigado en mí, y si no bebo, me caigo á pedazos. ¿Qué haré? Aconséjame.

--No puedo--declaró Higinio--curarte la borrachera del poder, pero trataré de salvarte de la otra sin que te prives de tu gusto. Fíate en mí y verás.

En efecto, los días que siguieron á esta conversación, Alejandro continuó bebiendo copas tan rebosantes y tantas en número como siempre. No obstante, poco á poco, notó con placer gran mejoría. Gradualmente se despejaba su cabeza, se tranquilizaban sus nervios, volvía á sus miembros el vigor y la alegría á su espíritu. Vastos planes maduraban en su cerebro, sobrehumanas empresas bullían en su imaginación heroica. Pasmado y enajenado preguntó á Higinio el secreto, sin que éste se prestase á revelarlo. Pero un cierto Arsotas, juglar persa, adulador y afeminado, que divertía mucho al rey, le dió la clave del enigma.

--Tu gran copero ¡oh divino Alejandro! echa cada día una gota de cera en el fondo de tu copa. Así, insensiblemente, reduce su cabida y acorta tus libaciones. Bebes cada día una gota menos. ¡El osado Higinio se atreve á engañar á su soberano y á cercenar sus deleites!

Quedó Alejandro sorprendido: después su sorpresa se convirtió en enojo. ¡Tratarle como á un chiquillo! ¡Embaucarle con un artificio así! ¡Ah! No lo consentiría. ¿Qué se figuraba Higinio? Y una mañana mandó registrar y limpiar la copa, y á la tarde estableció sus famosos certámenes de intemperancia, apostando á beber con los más pellejos de su ejército. Higinio entonces desapareció: probablemente se retiraría al Atica. En cuanto á Alejandro, nadie ignora la ocasión y modo de su muerte: después de vaciar, con alarde jactancioso, no su propia copa, sino la enorme llamada de Hércules, cayó redondo dando un grito. La fiebre que allí mismo se apoderó de él, le arrebató del mundo á los treinta y dos años de edad, en la plenitud de la vida y de la gloria.

LA PALINODIA

El cuento que voy á referir no es mío, ni de nadie, aunque corre impreso; y puedo decir ahora lo que Apuleyo en su _Asno de oro: Fabulam grœcanicam incipimus_: es el relato de una fábula griega. Pero esa fábula griega, no de las más populares, tiene el sentido profundo y el sabor á miel de todas sus hermanas; es una flor del humano entendimiento, en aquel tiempo feliz en que no se habían divorciado la razón y la fantasía, y de su consorcio nacían las alegorías risueñas y los mitos expresivos y arcanos.

Acaeció, pues, que el poeta Estesícoro, pulsando la cuerda de hierro de su lira heptacorde, y haciendo antes una libación á las Euménides con agua de pantano en que se habían macerado amargos ajenjos y ponzoñosa cicuta, entonó una sátira desolladora y feroz contra Elena, esposa de Menelao y causa de la guerra de Troya. Describía el vate con una prolijidad de detalles que después imitó en la Odisea el divino Homero, las tribulaciones y desventuras acarreadas por la fatal belleza de la Tindárida: los reinos privados de sus reyes, las esposas sin esposos, las doncellas entregadas á la esclavitud, los hijos huérfanos, los guerreros que en el verdor de sus años habían descendido á la región de las sombras, y cuyo cuerpo ensangrentado ni aun lograra los honores de la pira fúnebre; y trazado este cuadro de desolación, vaciaba el carcaj de sus agudas flechas, acribillando á Elena de invectivas y maldiciones, cubriéndola de ignominia y vergüenza á la faz de Grecia toda.

Con gran asombro de Estesícoro, los griegos, conformes en lamentar la funesta influencia de Elena, no aprobaron, sin embargo, la sátira. Acaso su misma virulencia desagradó á aquel pueblo instintivamente delicado y culto; acaso la piedad que infunde toda mujer habló en favor de la culpable hija de Tíndaro. Su detractor se ganó fama de procaz, lengüilargo y desvergonzado; Elena, algunas simpatías y mucha lástima. En vista de este resultado, Estesícoro, con las orejas gachas como suele decirse, se encerró en su casa, donde permaneció atacado de misantropía y abrazado á su fea y adusta musa vengadora.

El sueño había cerrado sus párpados una noche, cuando á deshora creyó sentir que una diestra fría y pesada como el mármol se posaba en su mejilla. Despertó sobresaltado, y á la claridad de la estrella que refulgía en la frente de la aparición, reconoció nada menos que al divino Pólux, medio hermano de Elena. Un estremecimiento de terror serpeó por las venas del satírico, que adivinó que Pólux venía á pedirle estrecha cuenta del insulto.

--¿Qué me quieres?--exclamó alarmadísimo.

--Castigarte--declaró Pólux;--pero antes hablemos. Dime por qué has lanzado contra Elena esa sátira insolente; y sé veraz, pues de nada te serviría mentir.

--¡Es cierto!--respondió Estesícoro.--¡En vano trataría un mortal de esconder á los inmortales lo que lleva en su corazón! Como tú puedes leer en él, sabes de sobra que la indignación por los males que ocasionó tu hermana y el dolor de ver á la patria afligida, me dictaron ese canto.

--Porque leo en lo oculto sé que pretendes engañarme--murmuró con desprecio Pólux.--Y sin poseer mi perspicacia divina los griegos, han sabido también conocer tus móviles y tus intenciones. No existe ejemplo ¡oh poeta! de satírico que tenga por musa el bien general: siempre esta hipócrita apariencia oculta miras personales y egoístas. Tú viste la belleza de mi hermana; tú la codiciaste, y no pudiste sufrir que otro cogiese las rosas cuyo aroma te enloquecía.

--Tu hermana ha ultrajado á la santa virtud--declaró enfáticamente Estesícoro.

--Mi hermana no recibió de los dioses el encargo de representar la virtud, sino la hermosura--replicó Pólux enojado.--Si hubiese un mortal en quien se encarnasen á un mismo tiempo la virtud, la hermosura y la sabiduría, ese sería igual á los inmortales. ¿Qué digo? Sería igual al mismo Jove, padre de los dioses y los hombres; porque entre los demás que se nutren de la ambrosía, los hay, como la sacra Venus, en quienes sólo se cifra la belleza, y otros como la blanca Diana, en quienes se diviniza la castidad. Si tanto te reconcomía el deseo de zaherir á los malos, debiste hacer blanco de tu sátira á algunas de las infinitas mujeres que en Grecia, sin poder alardear de la integridad y pureza de Diana, carecen de las gracias y atractivos de Venus. La hermosura merece veneración; la hermosura ha tenido y tendrá siempre altares entre nosotros; por la hermosura, Grecia será celebrada en los venideros siglos. Ya que has perdido el respeto á la hermosura, pierde el uso de los sentidos, que no te sirven para recrearte en ella por la contemplación estética.

Y vibrando un rayo del astro resplandeciente que coronaba su cabeza, Pólux reventó el ojo derecho de Estesícoro. Aún no se había extinguido el ¡ay! que arrancó al poeta el agudo dolor, y apenas había desaparecido Pólux, cuando apareció el otro Dioscuro, Cástor, medio hermano también de Elena, hijo de Leda y del sagrado cisne; y pronunciando palabras de reprobación contra el ofensor de su hermana, con una chispa desprendida de la estrella que lucía sobre sus cabellos, quemó el ojo izquierdo del satírico, dejándole ciego. Alboreó poco después el día, mas no para el malaventurado Estesícoro, sepultado en eterna y negra noche. Levantándose como pudo, buscó á tientas un báculo; y pidiendo por compasión á los que cruzaban la calle que le guiasen, fué á llamar á la puerta de su amigo, el filósofo Artemidoro, y derramando un torrente de lágrimas se arrojó en sus brazos, clamando entre gemidos desgarradores:

--¡Oh Artemidoro! ¡Desdichado de mí! ¡Ya no la veré más! ¡Ya no volveré á disfrutar de su dulce vista!

--¿A quién dices que no verás más?--interrogó sorprendido el filósofo.

--¡A Elena, á Elena, la más hermosa de las mujeres!--gritó el satírico llorando á moco y baba.

--¿A Elena? ¿Pues no la has rebajado tú en tus versos?--pronunció Artemidoro más atónito cada vez.--¿No la has estigmatizado y flagelado en una sátira quemante?

--¡Ay! ¡Por lo mismo!--sollozó Estesícoro dejándose caer al suelo y revolcándose en él.--Ahora comprendo que mi sátira era un himno á su hermosura... un himno vuelto del revés, pero al fin un himno. Los celestes gemelos me han castigado privándome de la vista, y las tinieblas en que he de vivir son más densas, porque no veré á la encarnación humana de la forma divina, al ideal realizado en la tierra.

--No te aflijas y espera--dijo Artemidoro;--tal vez consiga yo salvarte.

* * * * *

Cuando la incomparable Elena supo de Artemidoro que su detractor Estesícoro sólo lamentaba estar ciego por no poder admirar sus hechizos, sonrió, halagada la insaciable vanidad femenil, y murmuró con deliciosa coquetería: «Realmente, Artemidoro, ese vate es un infeliz, un sér inofensivo; nadie le hace caso en Grecia, y yo menos que nadie. No merece tanto rigor y tanta desventura. Anúnciale que voy á sanarle los ojos.» Y tomando en sus manos ebúrneas una copa llena de agua de la fuente Castalia, bañó con su linfa las pupilas hueras del satírico, que al punto recobró la luz. Como el primer objeto que vió fue Elena, se arrodilló transportado, prorrumpiendo en una oda sublime de gratitud y arrepentimiento, que se llamó _Palinodia_.

EL MANDIL DE CUERO

No creáis que esto que voy á referir sucedió en nuestros días ni en nuestras tierras, ni que es invención ó ficción. Si encierra alguna moraleja aprovechable, consistirá en que la historia tiene sentido y enseñanza. ¡Ay del género humano si la historia se redujese á la opresión del débil por el fuerte, al triunfo de la violencia!

Érase que se era un rey de Persia, á quien muchos llaman Nemrod, pero que según versiones más fundadas debió de llamarse Doac, y fue matador y sucesor de aquel Yemsid cuyo pecado consistía en creerse perfecto. Este Doac era mago, brujo y sabidor; pero en vez de ejercitar su ciencia según la habían ejercitado sus predecesores--fundando ciudades, enseñando y propagando artes é industrias, venciendo en singular batalla á los _divos_ ó genios del mal, estableciendo las primeras pesquerías de perlas, horadando las primeras minas de turquesas, popularizando el conocimiento del alfabeto y de los signos que trazados sobre ladrillo ó piedra conservan al través de las edades el recuerdo de los hechos insignes,--el empecatado Doac sólo utilizó su magia para componer y destilar filtros y venenos y refinar ingeniosos suplicios, porque se deleitaba en el dolor, y los gemidos eran para él regalada música. Hasta el reinado de Doac, no sabían los persas cómo desgarra las carnes un haz de varillas, ni cómo aprieta la nuez una soga. Cuando se pregunta qué enseñó Doac á sus súbditos, la crónica responde que enseñó á azotar y ahorcar.

Cansado sin duda el cielo, infligió á Doac un padecimiento cruel y vergonzoso. Una mañana, al disponerse á gozar las delicias del baño, notó el rey que en cada hombro le había salido gruesa verruga, tamaña como un huevo y de la mismísima figura que una cabeza de serpiente--chata, verdosa, horrible.--Al principio no dolían las tales excrecencias, pero no tardaron en ulcerarse y causar atroz martirio, que determinaba en Doac accesos de rabia, siendo lo peor que como no quería enseñar á los médicos ni á persona viviente su asqueroso alifafe, tenía que lavarse, curarse y vestirse solo, y atender á las úlceras con las plastas y ungüentos que encontraba en su repertorio mágico. Desesperado ya de tantas recetas que habían salido vanas, y realizando nuevos conjuros, un día amaneció con la persuasión de que el único remedio eran los sesos de un hombre, aplicados calientes aún á las enconadas heridas.

No vaya nadie á asustarse de la ignorancia que esto acusa en los tiempos de Doac, pues aún en los nuestros hemos podido ver que se receta el redaño del carnero, el pichón abierto en canal, y el trozo de carne de buey sobre el _lupus_. Que la sangrienta medicina sería algo eficaz, se demuestra con que poco á poco fueron vaciándose las prisiones del reino de Persia; diariamente ejecutaban á dos presos para sacarles el meollo. Mas no hay en el mundo cosa que no se agote, y también los criminales encerrados; así es que, cuando faltó la ración de meollo fresco, se fijó un tributo de dos hombres por día, que cobraban sayones y verdugos enviados aquí y allí á requisar. Solían éstos elegir, entre las familias numerosas, el individuo enfermizo, deforme, imposibilitado, el viejo, el inútil. Y ocurrió que enterándose Doac de esta circunstancia, montó en furiosa cólera, jurando que si seguían dándole el desecho y lo peor de los sesos de sus vasallos, los degollaría á todos. Entonces los verdugos resolvieron sacrificar lo más florido de Yspahan, para dejar al rey satisfecho.

No se determinaron, sin embargo, á buscar víctimas entre la gente poderosa--magnates, empleados de la casa real;--pero, en los primeros instantes, acordáronse de que un pobre herrero, llamado Cavé, tenía dos hijos como dos pinos de oro, gallardos en extremo y diestros en todos los ejercicios corporales; y pareciéndoles buena presa, los sorprendieron en la plaza pública, los degollaron, les abrieron el cráneo, y llevaron á Doac su masa cerebral caliente todavía.

Hallábase Cavé trabajando en su forja, cuando los vecinos, entre compasivos é indiscretos, acudieron á darle la fatal nueva. Al pronto pareció como si el mísero padre no se hubiese enterado de la inaudita desventura que le comunicaban: helado, inmóvil, mudo, escuchó la relación del atroz caso. De súbito, su pena estalló formidable cual transporte de león que rompe la cadena y arranca de un zarpazo los hierros de la jaula. Lo que hizo saltar á Cavé fue saber que precisamente por ser sus hijos fuertes, inteligentes y hermosos, los habían señalado para la cuchilla. «¡No dejarme ni siquiera uno para consuelo! ¡Ah! Juro por la luz eterna del Sol que me vengaré.» Y el herrero, gritando así, blandía su enorme martillo, y al blandirlo, montañas de carne bronceada, endurecida por el trabajo, se acumulaban en su brazo desnudo y negro de escoria.

Desciñéndose el amplio mandilón de cuero que le protegía, Cavé lo ató á la punta de un palo, y con el mandil por estandarte y el martillo por arma, salió á la plaza profiriendo clamores de maldición contra Doac. A la voz del desesperado padre, sucedió un extraño fenómeno: los habitantes de Yspahan, que yacían aletargados y helados de miedo, recobraron energía, sacudieron la modorra; al ver que existía un hombre que se atrevía á enarbolar un estandarte, corrieron á rodearle locos de entusiasmo, y la sedición estalló tan repentina, que el tirano sólo tuvo tiempo de huir vergonzosamente con sus mujeres y sus tesoros.

Lejos ya de Yspahan, juntó Doac un ejército de más de cien mil hombres, y volvió dispuesto á disolver las hordas que un artesano capitaneaba y que tenían por bandera sucio y denegrido mandil de cuero. Pero avínole mal, porque el bordado guión de Doac, de seda y oro, recamado de perlas, ostentando por emblemas los siete planetas y la luna, hubo de retroceder ante el pedazo de suela que sólo lucía los estigmas del trabajo y las huellas del humano sudor; y la cabeza de Doac, goteando sangre, lívida, contraída por la mueca de la agonía, quedó hincada en el palo que sostenía el mandil de cuero, mientras las tropas de Cavé, habiendo despojado al tirano de sus vestiduras, se reían á carcajadas de las dos verrugas que en sus hombros figuraban cabezas de serpiente...

Al ser saludado rey por su ejército, el herrero se negó rotundamente á aceptar la corona. Él mismo señaló para reinar al príncipe Feridún, que después fue un gran monarca y un sabio profundo, y enseñó á los persas la astronomía, la medicina y la botánica. La única gloria que cupo á Cavé el herrero se cifró en su mandil, que Feridún tomó por estandarte regio. Siempre que al entrar en batalla Feridún, sin falso rubor ni respetos humanos, colocaba ante sí aquel trozo de suela que representaba la santidad del trabajo y la protesta contra la injusticia y el abuso del poder, era como si llevase un talismán: tenía la victoria segura. Cuando se avergonzaba del mandil de cuero, salía derrotado. Por haberse perdido en las revueltas y vicisitudes de la invasión griega el mandil, símbolo de que no debe el monarca colmar la copa de la iniquidad para que no se desborde la de la ira celeste; por haber desaparecido, digo, el estandarte de Cavé y su tradición de independencia, llegaron los persas, pueblo nobilísimo en su origen y de altas facultades intelectuales, al atraso, al servilismo y á la abyección en que hoy se pudren.

LOS CABELLOS